Ya llegará tu hora
Por Corín Tellado
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¿Por qué no?
Tenía que madurar la idea.
Comoquiera que fuese llevaba tres años casada y siempre rumiando lo mismo.
En seguida de casarse le pesó el viejo.
Incluso necesitaba la habitación que ocupaba. Por cierto que siempre la tenía llena de libros y cachivaches. Le vendría muy bien levantarlo todo y preparar la alcoba para cuarto de juegos del niño.
Puede que ella fuera egoísta, pero si se analizaba a fondo no era egoísmo, sino razón."
Corín Tellado
Corín Tellado (1927-2009) nació en un pequeño pueblo pesquero de Asturias, pero vivió la mayor parte de su vida en Cádiz. Publicó su primera novela a los diecisiete años, y en su larga carrera escribió más de cinco mil obras.
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Ya llegará tu hora - Corín Tellado
Índice
Portada
CAPÍTULO PRIMERO
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
Créditos
El más pequeño dolor en nuestro dedo meñique nos causa más preocupación e inquietud que la destrucción de millones de nuestros semejantes.
W. HAZLITT
CAPÍTULO PRIMERO
Tendida en una hamaca se hallaba Tati y no lejos de ella, en el puro césped, tan sólo protegido de aquél por una toalla, estaba Ernesto.
El jardín no era muy grande, pero sí lo suficiente para tener macizos, una pequeña piscina y al fondo una terraza, el garaje y el chalecito pintado de blanco y verde, cubierto de plantas trepadoras.
Tati fumaba, parecía impaciente.
En cambio, Ernesto se diría que se sentía totalmente relajado tomando el sol que en aquella mañana de domingo caía de plano.
De la casa, a través de las ventanas abiertas, se filtraba la voz canturreante de la criada.
Y sobresaliendo de todo ello la voz un tanto temblona de don David, el cual metía y sacaba a Dan del agua provocando en el niño gritos de contento y a veces de susto.
—A mojarse, mozo —decía don David riendo—. Hay que ser valiente.
Y sujetando al niño (dos años) por los bracitos lo introducía en el agua.
Tati se levantó nerviosa.
Tiró el cigarrillo en el cenicero que había a su alcance y en traje de baño y calzada con chinelas, se acercó a la piscina.
—Papá, deja al niño. No creo que le estés entreteniendo, sino asustando.
—Déjate de tonterías, Tati. Los niños deben ser despabilados.
—Te lo ruego, papá.
—Mujer...
—Por favor.
Papá no hacía caso alguno.
Seguía riéndose y metiendo al niño en la piscina, el cual, entre la voz de su madre y las faenas de su abuelo, estaba ya a punto de gritar desesperado.
Tati, impaciente, observando que su suegro no hacía caso de sus súplicas, dio la vuelta a la piscina, se acercó a don David y le quitó al niño de las manos.
Con él apretado en brazos regresó a su hamaca.
Papá, tocado con su gorro de paja, su camisa de manga corta y sus pantalones de dril, algo gangoso, se alejó y salió por la cancela empezando a pasear por delante del chalecito agitando su bastón.
Tati se acercó a la ventana de la cocina, que daba justamente junto a la piscina, y metió la cabeza por ella.
—Marcelina —llamó.
La criada asomó en seguida.
—Dígame, señora.
—Será mejor que le dé de comer y le acueste.
—Sí, señora. ¡Huy, cómo está el pobrecito! Mojado de los pies a la cabeza.
—Papá se ha empeñado en meterlo en la piscina contra su gusto.
Marcelina hizo un gesto vago.
—Lo hace todos los días cuando ustedes no están.
—¿Sí?
—Pues claro.
—Tome. Séquelo, vístalo y dele de comer, después acuéstelo.
—¿A qué hora van a comer los señores?
—A las dos y media en punto.
—Tres cubiertos, ¿verdad?
—Sí.
Y de mala gana se apartó de la ventana y volvió a su hamaca.
Ernesto ya estaba en la piscina buceando.
Bufaba e iba de un lado a otro nadando a grandes brazadas, tan pronto se sumergía como emergía sacudiendo la cabeza.
Era moreno, fuerte, no demasiado alto y tenía los ojos negros.
Un buen mozo. Y, sobre todo, muy atractivo.
Desde su hamaca Tati miraba en torno con los párpados caídos.
Veía a su marido en la piscina y a su suegro paseando impertérrito por la acera. Tan pronto desaparecía como aparecía, azotaba el bastón contra las verjas de los chalecitos alineados y echaba el sombrero hacia la nuca.
Hacía calor.
Tati pensó tirarse al agua.
Pero tenía más en que pensar.
Y estaba pensando mucho.
Hacía tiempo que aquella idea le bullía en la cabeza.
La verdad es que nunca la había expuesto aún. Pero no tardaría en hacerlo. ¿Tan malo era decir lo que pensaba?
Pero antes de exponérselo a Ernesto, prefería comentarlo con su madre.
Se tendió de nuevo en la hamaca y cerró los ojos.
* * *
Estaba morena.
Era rubia y tenía los ojos verdes. Delgada y elegante, era una muchacha de veintitrés años escasos. Tres años antes se había casado con Ernesto.
Y se había casado enamorada. Muy enamorada.
Y lo estaba aún y lo estaría, suponía.
Pero el padre de su marido... Eso era punto y aparte. Lo comentaría con su madre antes de abrir los labios.
Sus padres vivían al otro extremo, pero en la misma avenida residencial, es decir, al final de la hilera de chalecitos que se alineaban a todo lo largo de dicha avenida.
En invierno ellos vivían en el centro de la ciudad, en un piso no muy grande, pero bonito y coquetón.
En invierno usaban aquel chalecito y también en la primavera en fines de semana.
—¿No vienes al agua, Tati? —preguntó el marido asomándose al borde de la piscina.
—Prefiero tomar un poco más el sol.
—Oye, ¿dónde anda papá? Hace un rato lo vi por aquí con Dan.
—Ha salido...
—Pero ¿adónde?
—No sé.
—¿Pasa algo, Ernesto? — preguntó la voz del padre desde la verja—. Estoy aquí.
—Oh, ¿no vienes a darte un chapuzón?
—Prefiero hacer piernas y pasear.
—Como gustes.
Ernesto dejó de prestarle atención al viejo y miró de nuevo a su mujer.
—Que mañana es lunes, querida, y hay que trabajar.
Sí, trabajaban los dos en el mismo bufete.
Años atrás el bufete y la clientela eran de don David, pero al jubilarse aquél (tenía setenta y ocho años) dejó a su hijo oficinas, pasantes y clientes. Claro que ya antes de retirarse, Ernesto trabajaba con él.
Tati también era abogado y trabajaba con su marido..
Prefería los asuntos legales que las faenas de la casa.
Además tenía a Marcelina.
Y Marcelina era una criada de confianza, trabajadora y responsable.
Lástima que chocase tanto con el viejo...
También de eso le hablaría ella a su madre.
Al fin y al cabo no iba a consentir que le malcriaran al hijo y exponerse a perder a Marcelina por su suegro.
Por otra parte, su suegro tenía dinero. No sabía cuánto, pero sí el suficiente para vivir en cualquier otro lugar, solo o en una residencia para ancianos, cara y elegante.
¿Por qué no?
Tenía que madurar la idea.
Comoquiera que fuese llevaba tres años casada y siempre rumiando lo mismo.
En seguida de casarse le pesó el viejo.
Incluso necesitaba la habitación que ocupaba. Por cierto
