No me agrada el ambiente
Por Corín Tellado
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Corín Tellado
Corín Tellado (1927-2009) nació en un pequeño pueblo pesquero de Asturias, pero vivió la mayor parte de su vida en Cádiz. Publicó su primera novela a los diecisiete años, y en su larga carrera escribió más de cinco mil obras.
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No me agrada el ambiente - Corín Tellado
CAPITULO PRIMERO
María Morales se seguía preguntando si había hecho bien.
Evidentemente, en principio le pareció casi un milagro, pero a la sazón entendía que nada de cuanto veía se parecía a lo que ella había imaginado.
El cuarto, sí.
Era bastante mejor y más amplio que su cuchitril del colegio mayor, y, por otra parte, había conseguido de un compañero que ya había terminado, la mesa de trabajo que, colocada en una esquina con el flexo, le permitía trabajar a sus anchas.
Cuando Marta y Gustina le propusieron ir con ella a un piso, lo dudó mucho pero al fin accedió.
Marta, que era persuasiva y hacía dos años ya que compartía el piso con Gustina, argumentó motivos al conocer su situación.
—Mira —decía Marta sentada en el rincón de un pub—, el asunto está claro y que dejes la carrera en el último año es un trauma que no quitarás de encima en toda tu vida. Vente a vivir con nosotros y por un módico precio al mes, vives independiente y comes por tu cuenta, y cuando tengas dinero comes mejor y cuando tengas menos comes peor. Es lo que venimos haciendo nosotros.
A los argumentos de Marta añadió Gustina los suyos:
—El colegio, además, es una sujeción insoportable, te dan de comer corcho y encima tu padre, dada la situación, un día cualquiera te sale diciendo que no puede pagarlo y cuando no pagues te despiden sin contemplaciones.
Eso era lo peor de todo lo que le hizo a ella decidirse.
—Nos conocemos de siempre —añadía Marta—. Llevamos un montón de años viéndonos casi a diario y estuvimos conviviendo en el mismo colegio mayor, pero la rigidez del colegio no nos iba ni le va a nadie de nuestra edad.
—Además la crisis alcanza a todos —aducía Gustina sin duda para hacer más fuerza—. Todo era muy distinto cuando tu padre era un buen contratista de obras y ganaba el dinero como quería. Pero ahora…
María reconocía que a la sazón su padre lo había perdido todo, los pisos no se vendían y se había arruinado, y encima vivía de hacer chapuzas casi a la baja altura que empezó. Por otra parte, tenía dos hermanos más y su madre se había resentido una barbaridad desde que su status social había bajado y la economía andaba mal.
Es más, llevaba casi dos años viviendo un infierno cuando por vacaciones se iba a casa. Sus padres, al faltar el dinero se llevaban pésimamente y todo el amor que parecían tenerse se había evaporado.
Tanto es así que de verlos pelearse, ella había perdido todo afán matrimonial, pero, eso sí, deseaba ante todo y sobre todo emanciparse.
Terminar su carrera de arquitecto, colegiarse en Madrid si podía, y quedarse a vivir allí.
No era egoísmo, era que no soportaba la guerra continua de su hogar.
Debido al comentario que sobre el particular hizo con sus dos amigas, aquéllas insistían más.
Y la estaban convenciendo.
—No nos conocemos de siempre —dijo María con voz vacilante—. Nos conocemos desde que hemos venido a Madrid, hace luego seis años.
—¡Qué importa! —sonreía Marta con su desenvoltura habitual—. Es tiempo más que suficiente para justificar una amistad. Te vienes a vivir con nosotras. Ahorras dinero y de paso vives independiente. Le escribes a tu padre y le dices que con la mitad de lo que te manda te arreglas y así quizá haya menos guerra en tu casa.
Esa ya no dejaría de haberla jamás.
No es fácil vivir en la cumbre y bajar de golpe y además continuar en la misma provincia donde a su madre la adulaban cuando poseía una fortuna, o se le suponía poseer, y, de súbito, verse privada de toda adulación y de los propios amigos.
Pero eso era otra cosa.
Lo esencial era ella.
—Nosotros vivimos en Toledo —decía Gustina— y, como observarás, sólo vamos en vacaciones. La vida familiar no es un encanto precisamente. Las personas se casan muy enamoradas y terminan odiándose o tirándose los trastos a la cabeza, que para el caso es igual.
—Mis padres son felices —aducía Marta—, pero demasiado egoístas y viven para sí más que para nadie.
—A las dos nos mandan lo suficiente para vivir —decía Gustina—, pero nos gusta vivir mejor y nos tenemos que aguantar.
Así la convencieron y así pasó ella del colegio mayor al piso de Avenida de los Reyes Católicos, con lo cual le quedaba más cerca la Escuela de Arquitectura.
No pasó nada en los primeros días.
Marta y Gustina, dos chicas estupendas y preciosas, le ayudaron a instalarse. El piso era pequeño, pero suficiente. Tres habitaciones, dos baños, cocina y salón y les permitían meter los muebles que quisieran. Ella sólo metió sus ropas en el armario y, eso sí, se hizo con una mesa de arquitecto que compró a un compañero que se iba porque había terminado. Y un flexo, y lo colocó todo en una esquina y después fue al rastro a comprar el taburete giratorio que le costó baratísimo y además encontró en seguida.
Hasta aquí todo iba bien.
Comunicó a sus padres por carta el traslado y ambos estuvieron de acuerdo, máxime cuando les anunció que le enviasen menos dinero.
Y desde entonces le enviaron lo justo.
* * *
Conoció a Marta y a Gustina en el colegio mayor y las tres eran novatas entonces (seis años antes).
Ella terminaba aquel año y andaba liada ya con el proyecto fin de carrera que además estaba haciendo sola y le costaba una barbaridad.
En cambio, sus dos compañeras no habían pasado aún de tercero de químicas y encima con asignaturas pendientes de segundo, lo cual las ponía en el disparadero. O lo dejaban o emprendían otra carrera.
Pero el caso es que viviendo con ellas se daba cuenta de que tanto Gustina como Marta lo pasaban divinamente, dormían la mañana y no iban por clase casi nunca.
Solía comer cualquier cosa con el fin de estirar el dinero.
A primeros de mes comía mejor, pero a mediados ya empezaba a racionarse y al final casi pasaba
