En el fondo del mal
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En el fondo del mal - Antonio Arias Mosquera
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
info@Letrame.com
Colección: Novela
© Antonio Arias Mosquera
Edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes.
Diseño de portada: Álvaro Dorda.
Fotografía de cubierta: © Álvaro Dorda.
Ilustraciones: Álvaro Juan prego, Álvaro Dorda y Patricia Souto
ISBN: 978-84-17542-18-4
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Sí. Me repugna el ambiente de nuestros días. ¡Si uno toma una cosa y no le agrada, no hay más que deshacerse de ella lo más rápidamente posible! La conciencia, la buena fe no cuenta para nada.
Agatha Christie, Maldad bajo el sol
Primera parte
Se sabe que las creencias son un artificio hecho a medida de las necesidades de los pobres y mortales, que viven más manejables y dóciles si se sienten dentro de un credo; pero todos aprendemos que el auténtico Dios terreno es el dinero. A mí me da igual, encuentro la realidad platónicamente atractiva. No padezco necesidad de ingenios que ofenderían mi honor. El tal dinero es superfluo; la belleza propia de la juventud aún me acompaña, y la soledad es una gran aliada si tienes salud, y, por norma general, los trastornados poseemos un poderío físico envidiable. No puedo apartarme del culto a cierta mitología, y alguna superchería me acompaña en el camino. Qué puedo hacer, es mi sino: debatirse entre ser libre o tomar lo impreso y asignado. Al final siempre soy yo cuando hay que hacer algo.
Hemos arribado en la portuaria ciudad de A Coruña. Durante el trayecto salía todas las noches a mirar por la borda, pero nunca había reparado en el hecho que narraré, hasta el día en que el barco, una antigualla de carguero de cincuenta metros de eslora, tuvo una avería y quedó parado balanceándose en alta mar.
Pese a estar roto de carretear cajas por la cinta de embalaje, no podía dormir. Hacía una temperatura excesiva para la época y salí a cubierta; no quiero imaginar cómo estarían pasándolo en la máquina, pero ellos ya están acostumbrados, y yo no; siempre preferí el frío a este húmedo calor. Soplaba una brisa que serenaba el sueño, y el oleaje pegaba en el casco, provocando un sonido que sugirió en mi recuerdo alegorías de momentos no vividos, de leyendas ancestrales como el canto de sirenas o de remeros ahogándose. Me sentí el niño que de repente conoce algo velado y zozobra abrumado por lo ignoto de lo cercano; pasé de ser hombre insensato a poeta que recita la nueva que el viejo Océano le señala con sus pinzas de cangrejo. De pronto vinieron a mi mente los versos de un célebre autor cuyo nombre no he retenido, quizá porque las pastas del ejemplar que poseo se caen ya, desvencijadas y sin letras que informen de su contenido; pero de tantas veces releído, al ocurrir, me sentí en el alma del propio libro: «Como torpe y vanidoso aprendizaje humano, he descubierto que el mar nunca descansa, he descubierto que permanece inmutable, aunque yo no lo mire ni lo escuche; he descubierto que no depende de mí.
Estando solo, en ausencia total, su música me arrebata, y lo amo como a un momento feliz. Por las noches, cuando el hombre descansa, yo escucho para él, que sigue una continua frase impersonal y me descubre como su eterno amante».
«El sonido del mar no tiene tiempo.»
Algunas veces hay que cuidarse
«Si yo faltara, la mierda acumulada sería del tamaño de una montaña, y la mierda alguien tiene que sacarla o mandar sacarla», decía Antón Renuard mientras apilaba el cadáver de un joven contra el muro del malecón coruñés. Las nuevas obras (que el ilustrísimo alcalde se empeñaba en dilatar) hacían de cobertura, y ya nadie pasaba por ahí; además, a esas horas las calles de la ciudad vieja lucían una oscuridad remota, como de pueblo o aldea, y solo algún borracho la atravesaba de vez en cuando buscando el portal.
Antón seguía con su diálogo interior: «Me tomo la molestia, y me la tomo muy a pecho, y entonces me divierto». Recordó a aquel arrogante tipejo increpando al camarero:
—¡Me retiraste la cerveza, ponme otra! —Y cómo este se la negó a sabiendas de que no era así. Después, incomodado por las miradas y gestos ofensivos, la repuso, preguntando que por dónde estaba—. Por aquí —dijo señalando la mitad del botellín; y se la vació en su cara. El tipo se molestó, y el camarero le invitó a no volver; quedó esperando; fui a hablar con él.
—Mire, ¿podría ponerme dos cervezas? Estamos fuera.
Manuel, el camarero, respiró aliviado, mirando por encima del hombro al sucio bastardo. Bebimos y nos fuimos solos para otro lado.
—¿Qué pasó, amigo, te trató mal el barman?
—Sí, ese mierdas de camareta no es nadie para faltarme; si le digo que tenía una cerveza, la pone y punto.
—¡Claro, hombre! Mira, y... ¿algún lugar por aquí cerca? O podemos pedir hielo e ir a por una botella que tengo en la pensión. Atajando por el muelle llegaremos rápido.
—Vale, pero cuidado. ¡Que yo no soy maricón!
Dicen que, cuando eres malo, eres bueno, porque te cortas; y que, cuando eres
