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Italo Calvino
Italo Calvino nació en 1923 en Santiago de las Vegas (Cuba). A los dos años la familia regresó a Italia para instalarse en San Remo (Liguria). Publicó su primera novela animado por Cesare Pavese, quien le introdujo en la prestigiosa editorial Einaudi. Allí desempeñaría una importante labor como editor. De 1967 a 1980 vivió en París. Murió en 1985 en Siena, cerca de su casa de vacaciones, mientras escribía Seis propuestas para el próximo milenio. Con la lúcida mirada que le convirtió en uno de los escritores más destacados del siglo XX, Calvino indaga en el presente a través de sus propias experiencias en la Resistencia, en la posguerra o desde una observación incisiva del mundo contemporáneo; trata el pasado como una genealogía fabulada del hombre actual y convierte en espacios narrativos la literatura, la ciencia y la utopía.
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La jornada de un escrutador - Italo Calvino
Índice
NOTA PRELIMINAR
Italo Calvino
LA JORNADA DE UN ESCRUTADOR
Notas
Créditos
NOTA PRELIMINAR
Con motivo de la publicación por el editor Einaudi de La jornada de un escrutador (febrero de 1963), Calvino escribió el texto de una presentación del libro, hasta ahora sustancialmente inédita, que aquí se publica por primera vez en su redacción íntegra. La pregunta inicial y los dos primeros párrafos aparecieron en Il Corriere della Sera el 10 de marzo de 1963 bajo el título «Una pregunta a Calvino».
Su nuevo libro La jornada de un escrutador trata de una cuestión contemporánea y es un relato entreverado de reflexiones que abarcan la política, la filosofía y la religión. ¿Considera este libro un viraje respecto a otros libros suyos tan distintos, nacidos de una imaginación libremente fantasiosa, como El vizconde demediado, El barón rampante y El caballero inexistente? Y si es un viraje, ¿a qué se debe?
No es un viraje ya que mi trabajo de representación y comentario de la realidad contemporánea no comenzó hoy. La especulación inmobiliaria es una novela breve que escribí en 1957 y que intenta –partiendo también de la experiencia autobiográfica apenas deformada– una definición de nuestro tiempo. La nube de «smog», que escribí en 1958, también está en esa línea. Entonces en mi ánimo tenía la idea de hacer una especie de ciclo que habría podido titularse A mediados de siglo, o sea historias de los años cincuenta, para resaltar un cambio de época que todavía estamos viviendo. La jornada de un escrutador era precisamente uno de los relatos de esta serie. Dentro de esta dirección (en la que creo que seguiré trabajando aún bastante tiempo) es donde se puede hablar de un viraje o, mejor, de una profundización. Los temas que trato en La jornada de un escrutador, los de la infelicidad natural, el dolor, la responsabilidad de la procreación, nunca me había atrevido ni siquiera a rozarlos antes. No creo que ahora haya hecho más que rozarlos; pero el hecho de admitir su existencia, el saber que hay que tenerla en cuenta, cambia muchas cosas.
En cuanto a las historias fantásticas de aventuras, no me planteo el problema de continuar o no el ciclo porque cada historia nace de una especie de maraña lírico-moral que se forma poco a poco, madura y se impone. Está claro que además hay una parte de diversión, de juego, de mecanismo. Pero esta maraña inicial es un elemento que necesita formarse a sí mismo; las intenciones y la voluntad cuentan poco. No es que esto valga sólo para las historias fantásticas; vale para todos los núcleos poéticos de toda obra narrativa, incluso realista y autobiográfica, y esto es lo que decide, en el mar de las cosas que se pueden escribir, las que es imposible no escribir.
Es un relato no muy largo en el que no ocurren muchas cosas; se tiene en pie más que nada por las reflexiones del protagonista: un ciudadano al que durante las elecciones (estamos en 1953) le corresponde la tarea de hacer de «escrutador» en un colegio electoral en el «Cottolengo» de Turín. El relato sigue su jornada y se titula precisamente La jornada de un escrutador. Es un relato, pero, al mismo tiempo, es una especie de reportaje sobre las elecciones en el Cottolengo y de panfleto contra uno de los aspectos más absurdos de nuestra democracia y también de reflexión filosófica sobre qué significa hacer votar a los retrasados mentales y a los paralíticos, y sobre cuánto se refleja en ello el desafío a la historia de toda concepción del mundo que considera la historia como algo vano; y también es una imagen insólita de Italia y una pesadilla del futuro atómico del género humano. Pero, sobre todo, es una reflexión acerca de sí mismo del protagonista (un intelectual comunista), una especie de Viaje del peregrino de un historicista que de repente ve el mundo convertido en un inmenso Cottolengo y que quiere salvar las razones del obrar histórico junto a otras razones, apenas intuidas en aquella jornada suya, del fondo secreto de la persona humana...
No, a poco que empiece a explicar y a comentar lo que escribí, diría sólo banalidades... Es decir, todo lo que sentía que debía decir está en el relato; cada palabra de más empieza ya a traicionarlo. Sólo diré que el escrutador llega al final de su jornada distinto de algún modo a como era por la mañana; y también yo, para escribir este relato, de alguna forma tuve que cambiar.
Puedo decir que escribir algo tan breve me llevó diez años, más de lo que había empleado en cualquier otro trabajo mío. La primera idea de este relato la tuve precisamente el 7 de julio de 1953. Estuve en el Cottolengo durante las elecciones unos diez minutos. No, no era escrutador; era candidato del Partido Comunista (candidato para completar la lista) y como candidato visitaba los colegios electorales donde los candidatos de la lista pedían la ayuda del partido para los problemas que pudieran surgir. De ese modo, presencié una discusión en una mesa electoral del Cottolengo entre democristianos y comunistas del tipo de la que constituye el centro de mi relato (mejor dicho, igual por lo menos en algunas frases). Y fue entonces cuando se me ocurrió la idea del relato; es más su diseño ideal ya estaba casi completo tal como lo he escrito ahora: la historia de un escrutador comunista que se encuentra allí, etc. Me puse a escribirlo pero no me salía. Había estado en el Cottolengo apenas unos minutos; las imágenes que se me quedaron grabadas eran demasiado poca cosa para las que se esperan del tema. (Aunque no quería ni quise después hacer concesiones a escenas de «efecto»). Había una amplia documentación periodística sobre los casos más clamorosos de las distintas elecciones en el Cottolengo; pero sólo me habría servido para una fría crónica indirecta. Pensé que habría podido escribir un relato sólo si hubiera vivido verdaderamente la experiencia del escrutador que asiste a todo el desarrollo de las elecciones allí dentro. La ocasión de ser escrutador en el Cottolengo se me ofreció en las elecciones administrativas de 1961. Pasé en el Cottolengo casi dos días y también fui uno de los escrutadores que iban a recoger el voto en las salas. El resultado fue que me sentí completamente incapaz de escribir durante muchos meses: las imágenes que tenían mis ojos de desdichados sin capacidad de entender ni de hablar ni de moverse, para los cuales se montaba la comedia de un voto delegado a través del cura o de la monja, eran tan infernales que sólo habrían podido inspirarme un panfleto violentísimo, un manifiesto antidemocristiano, una sucesión de anatemas contra un partido cuyo poder se sostiene en los votos (pocos
