El pirata enmascarado. Guayaquil 1687
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No recogen las páginas de la historia porteña peor tragedia que la acaecida en 1687. La muy noble y leal ciudad de Santiago de Guayaquil quedó en completa ruina. Setenta y cuatro conciudadanos nuestros ofrendaron sus vidas en la acometida pirata... No se les rindió honor de héroes, aunque lo merecieron. A muchos ni los enterraron.
Muchas familias pasaron repentinamente de la opulencia a la más humillante miseria. La población huyó despavorida a los campos y Guayaquil quedó desolado por varios años. Era la ciudad de los cadáveres, la ciudad de los recuerdos, la ciudad del terror... Nadie caminaba ya sus calles. En 1688 se ordenó su demolición.
¿Pero quién se acuerda del Guayaquil colonial? ¿Quién se acuerda de esa bella localidad que un día ostentó tener el puente más largo del mundo? Los siglos pasaron y sepultaron su recuerdo, que ahora Riofrío saca del baúl y desempolva de manera magistral.
La presente obra nos narra la catástrofe de 1687 con personajes perfectamente esculpidos por la desenvuelta pluma de Riofrío. A través de sus vidas aparecen diáfanas las costumbres, voces y pensamiento de la época. Una novela histórica, o más bien una historia novelada que revive de forma muy colorida la historia olvidada de Guayaquil.
Juan Carlos Riofrío Martínez-Villalba
Juan Carlos Riofrío Martínez-Villalba (Guayaquil, 1 de marzo de 1976 - ), jurista y escritor ecuatoriano, descendiente lejano del primer novelista ecuatoriano, Miguel Riofrío (+1879). Siguiendo los impulsos de su sangre desde muy joven se dedicó a escribir, ganando concursos de poesía y cuento. Tiene tres carreras, una especialidad y dos doctorados. Licenciado en Derecho ecuatoriano y en Ciencias políticas por la Universidad Católica Santiago de Guayaquil, y también en Derecho canónico por la Pontificia Università della Santa Croce. Especialista en Derecho de las comunicaciones por la Universidad Andina Simón Bolívar. Doctor en Derecho por la Universidad Católica Santiago de Guayaquil y en Derecho Canónico por la Pontificia Università della Santa Croce. Su pluma se ha caracterizado por una gran versatilidad, que prueba nuevos estilos y técnicas de expresión. Se ha interesado por el arte, costumbres e historia de los lugares donde ha vivido (Guayaquil, Quito y Roma). En estas ciudades ha procurado fomentar, e incluso rescatar cuando lamentablemente se han perdido, varias de las antiguas costumbres locales. Entre sus obras literarias aparece “El corazón de la ciudad” (2003), “El Pirata enmascarado” (2007) y “Juegos de Pluma. Técnicas literarias llevadas al extremo” (2014), editadas por el Muy Ilustre Municipio de Guayaquil y por la Universidad de los Hemisferios. Actualmente se desempeña como Abogado del Estudio Jurídico Coronel & Pérez y como profesor de Derecho constitucional y Derecho de la Información en la Universidad de Los Hemisferios, donde años atrás fue Decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas.
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El pirata enmascarado. Guayaquil 1687 - Juan Carlos Riofrío Martínez-Villalba
A mi querida Virgen de la Mano Santa, antiquísima devoción guayaquileña de la que me confieso deudo y devoto. A esa hermosísima mujer a quien no me bastaría dedicar todos los libros de la tierra.
Nota: En los títulos se ha conservado la ortografía y modismos del lenguaje de fines del siglo XVII. En el texto sólo los giros del lenguaje de esa época, que no es tan antigua como la de Cervantes y resulta, por lo tanto, más similar al lenguaje actual. A lo largo del texto se harán las oportunas aclaraciones.
°°° ANEXO HISTÓRICO DE APERTURA °°°
Siglo XVII. Corrían malos tiempos para el Reino de Su Majestad Carlos II. Sus débiles fronteras, extendidas de un extremo a otro del orbe, eran constantemente atacadas por las nacientes potencias europeas, que pugnaban por destronar a España del control de la hegemonía mundial. Especialmente tirantes resultaban las relaciones con dos naciones vecinas, Inglaterra y Francia: a veces guerreaban, a veces andaban en paz… y aunque las tropas luchaban por mantener definidas las fronteras, las tierras europeas pasaban frecuentemente de unas manos a otras. En América la contienda se planteaba en términos distintos; las colonias enfrentaban más una batalla contra los saqueos corsarios, que una guerra por la defensa de los territorios.
So pretexto de ello, en el Caribe gobernadores como los ingleses Thomas Lynch de Jamaica y Robert Clarke de Bahamas, concedían con largueza patentes de corso a cuanto pirata vagabundo ociaba por esos lares para saldar ofensas reales o imaginarias, supuestamente ocasionadas por el enemigo español. No importaba mucho si eran tiempos de guerra o de paz; ya se sabía que en América las noticias llegaban siempre tarde. Había quienes hasta incluso otorgaban patentes de corso en blanco, para que fuesen llenadas por el propio titular a su gusto y capricho. Lo único que la autoridad revisaba con escrupulosidad es que las piezas de ocho pagadas por la concesión fueran auténticas y suficientes. Quienes no podían pagarlas, debían de conformarse con un mero permiso de pesca y caza menor o mayor, cosa que, a fin de cuentas, también era un título y a muchos les tranquilizaba la conciencia.
En ese ambiente no nos resulta difícil entender que gente como François Grogniet, dejara su modesta y acaso mísera vivienda del viejo continente —Europa atravesaba una aguda depresión económica—, para aventurarse en un viaje posiblemente sin retorno hacia el Caribe americano, soñando con aquellas inmensas riquezas que portaban los galeones españoles de las que buena cuenta daba la ingente literatura producida en ese tiempo.
Grogniet llegó a la parte occidental de la isla de Santo Domingo, poblada por un pequeño asentamiento francés. Allí rápidamente gestionó y obtuvo en 1681 una patente para arremeter contra los españoles, por derecho de represalias. Desde ese momento se dedicó para siempre a la guerra en el mar. Al mando de un navío de seis cañones, el Saint-François, y de setenta hombres, solo o junto a otros jefes piratas, dedicó un lustro de su vida a arremeter contra diversas poblaciones y barcos mercantes del Caribe. En los pillajes no usaba su nombre de pila, sino el pseudónimo de Cachemarée. En estas andanzas perdió muchos seguidores y otros lo abandonaron.
Fue entonces cuando decidió ir a Panamá a recomponerse. Allí logró reclutar doscientos bucaneros, entre los que se contaba uno a quien la historia lo conocería como el Enmascarado, y un ilustre capitán llamado Pierre Le Picard, francés de más de cuarenta años que había iniciado su carrera como corsario al servicio de Francia, pero que tras la paz de Nimega de 1678 se había convertido en renegado. No sorprende el hecho: siempre se ha sabido que los corsarios fácilmente degeneraban en filibusteros. Por la vasta experiencia de Picard, ganada durante años junto a insignes piratas como el Olonés o Henry Morgan, Grogniet lo puso al mando del Santa Rosa de Viterbo. Rearmadas las fuerzas de este capitán, en 1685 cruzó el itsmo y dio el salto al océano Pacífico.
*** *** ***
En este lado del mundo rápidamente se terminan conociendo quienes hacen causa común contra España, y un poco da lo mismo ser corsario, pirata o bucanero, holandés, francés o inglés. Allí Grogniet no tardó en conocer, hacer amistad y unirse a Edward Davis, capitán de una poderosa escuadra reclutada años atrás en las costas de Virginia, que tenía en su haber numerosos asaltos piratas perpetrados en varias poblaciones de la costa sur. A esta coalición se sumaron las fuerzas de otros tres bucaneros ingleses: las de Charles Swam, George D’Hout y del capitán Townley.
Davis seguramente habrá comentado a su amigo acerca de sus gloriosas gestas, del botín recaudado, de las reglas del reparto y, con un cierto desdén, también de sus fracasos… ¡Ah, Guayaquil! Al pirata no le agradaba recordar la noche del 18 de diciembre de 1684. La guardaba en su memoria como una mala noche, obscura, de cuarto de luna, en la que se había echado al sereno Guayas con su gente y con la de un contrabandista inglés llamado Charles Swam, en trece grandes chalupas. El plan era el de siempre: dejar las fragatas lejos, donde no podían ser divisadas por los vigías, y desde ahí navegar con la creciente del río en chalupas, sin herir el silencio de la noche, para tomar por sorpresa a la ciudad. La treta era perfecta y les había funcionado en Paita, Saña, Casma, Huancho y Huarmey; se esperaba que funcionara también en aquella ciudad invencible. Nadie nunca había podido apoderarse de Guayaquil, ni siquiera el almirante holandés Jacques L’Hermite, ni Thomas Cavendish en sus mejores días.
En una de las chalupas viajaba un pirata poeta de ánimo temeroso, William Dampier. Llevaba como guía a un negro, apresado la tarde anterior. Él les informó acerca de las defensas del puerto: un fuerte en lo alto del cerro, una trinchera en el estero Villamar, trescientos hombres armados… Los comentarios inquietaron a la tripulación.
Al alcanzar la boca del canal la ciudad debía aparecer, pero no apareció nada. Las nubes taparon la luna y todo se eclipsó. Luego las chalupas pasaron delante de una isleta, desde donde el más avisado distinguió la lúgubre silueta de un cerro coronado por la ciudad; una figura tremendamente obscura, ni un faro encendido. Las embarcaciones comenzaron a distanciarse para el ataque, los hombres a rastrillar sus fusiles, cuando una antorcha se prendió en el puerto, y tras ella otra, y otra, y otra… la urbe pronto quedó completamente iluminada. Davis trató de calmar a su gente afirmando que se trataba de la celebración de la víspera de un santo, pero un arcabuzazo proveniente de la isleta lo desmintió. Entonces todo estalló. ¡Guayaquil estaba en vela, esperándolos!
Los piratas lucharon por desembarcar, aún más cuando oyeron a Davis ofrecer quinientas onzas de oro al primero que clavase la bandera en el fuerte. Pero las defensas del puerto estaban bien apertrechadas, tanto que hasta un lego franciscano se animó a enfrentar a los filibusteros en el mismo desembarcadero, saliendo temerosamente a combatir con una simple lanza. Davis le clavó un balazo y alcanzó a rociar el fuego de su antorcha en los tejados de las casas de la Sabaneta. Más allá, a Dampier las balas lo asustaron y decidió soltar las amarras del negro guía, quien no perdió tiempo en saltar y perderse entre las aguas. Dampier gritó desaforadamente que los habían traicionado y comenzó a alejarse de la costa; los demás tampoco tardaron en cambiar las armas por los remos. De nada sirvieron las amenazas que Davis profería a su tripulación para que no huyeran, pues el espanto sembrado en aquella sangrienta noche había ensordecido a los cobardes.
Son estos los hombres que siguieron a Davis hasta Panamá, donde a principios de 1685 el inglés conoció a Grogniet. Desde ahí ambos bandos se unieron para asaltar varias poblaciones del Pacífico, yendo desde México hasta Perú, mas esa coalición no perduraría seis meses. En julio de ese mismo año Davis sufrió grandes contradicciones, sus huestes se dispersaron; muchos de sus hombres pasaron a enrolarse en las filas de Grogniet. Así, para 1687 Grogniet contaba ya con 308 efectivos y un espléndido navío de treinta y seis piezas llamado San Jacinto.
*** *** ***
Las historias de Davis calaron hondo en el alma de François Grogniet, quien desde entonces se prometió tomar Guayaquil. Habiendo querido entrar al golfo de la Culata durante los primeros meses de 1687, tuvo que aguardar, avituallarse debidamente y buscar refuerzos para su empresa. Para un bucanero de la mar del Sur eso solo podía significar una cosa: visitar las Islas Galápagos.
Este archipiélago es un conjunto de dos mil cráteres, el más alto de 1707 metros sobre el nivel del mar, ubicados a mil kilómetros de la costa sudamericana. Emergió a la superficie hace cinco millones de años. Es un penacho de magma, una columna de gases y roca caliente de unos cien kilómetros de diámetro que se levanta desde las profundidades de la tierra a razón de diez centímetros por año, por estar a mayor temperatura que la roca que lo rodea. La tremenda presión de los gases volcánicos ha abierto en las islas unas inmensas y profundísimas cavernas que los piratas aprovechaban para guardar sus tesoros.
Pese a estar cortadas por la línea ecuatorial, es decir, pese a encontrarse dentro de la franja tropical del globo, en este piélago se encuentran pingüinos venidos de la Antártida y focas por doquier. Llegaron hace miles de años con la corriente fría de Humboldt y lograron adaptarse en estas rocosas tierras volcánicas, donde hoy conviven con tortugas gigantes de más de cien años de edad, con iguanas, extraños cangrejos, langostas, lobos marinos; con variadísimas especies de aves como las gigantes albatros, los piqueros de patas azules y rojas, o enmascarados, los cuervos marinos con alas atrofiadas, las fragatas de buche dilatado, los pinzones picamaderos sin lengua que utilizan una espina para comer insectos, los flamencos de rugosas patas largas que les impiden sumergirse en el lodo… ¡Una verdadera fiesta de especies!
Todo ello hizo que estas islas representaran para los filibusteros del siglo XVII un magnífico lugar para el descanso, propio para abastecerse de comida y para carenar sus barcos. En sus playas solían reunirse las diferentes flotas para diseñar la estrategia mancomunada de la guerra. Todo esto lo conocía bien Grogniet, y por eso fue que puso proa en las Galápagos.
°°° NOVELA °°°
Capítulo Primero
Vna triza de felizidad
Hoy mi agonía halló una triza de felicidad. El sol rozaba ya lo más alto del cielo cuando alguien llamó a la puerta. Yo seguía bamboleándome en la hamaca sin la menor intención de salir a calafatear barcos. Melancólicos recuerdos habían entretenido las diferentes posiciones que adopté sobre el entramado de paja. Dos semanas ya van así, ¡Cuerpo de Cristo! [1], esto se va convirtiendo en hábito. Cerraba mis ojos y veía su frágil figura asomándose a la ventana: saludábame sin palabras o solicitábame discretamente que guardara silencio, y luego se escondía. Otras veces aparecía meciéndose en la hamaca del balcón de la casa de su padre, yo la saludaba al pasar desde mi bote. Siempre la recordaba a la moda, con su vestido rojo de tres talles, con pomposos nudos y largas lanzadas en su falda de cola. Así revivía el pasado para no enfrentar el mundo sin María Josefa.
Los golpes en la puerta insistieron tozudamente, consiguiendo levantarme. Entre tumbos, despeinado, con la camisa de dormir caída, conduje mis flácidas carnes a la entrada. La sangre todavía no irrigaba el cerebro. La puerta se batió lentamente hasta la pared con el único impulso que acerté a dar, y tras ella apareció José Salas con su elegante uniforme de capitán, apestando a varios meses de vida en alta mar. Su tentativa de bigote se hizo aún más imperceptible cuando sonrió.
—Ignacio Barrionuevo, ¡qué alegría ver esas ojeras! —exclamó al observar mi aletargado aspecto—. ¿A que no sabes qué te traigo?
Cargaba en sus manos una pesada caja forrada con grueso papel.
—No sé. ¿Qué es? —dije volteándome con intenciones de regresar al dormitorio.
—Tampoco yo lo sé. Diómelo un desconocido en Puerto de Perico y suplicóme que te lo hiciera llegar —contestó. Era característico dél hacer ese tipo de circunloquios. José era gallego, pero buen amigo. A él le debo mi vida y mi agonía—. Créeme, ¡lo suplicaba…! Fue al zarpar. Los oficiales reales habían acabado de reconocer la nave y bajaban por el puente con el magistrado de la Audiencia y con el fiscal [2]. Ya nos disponíamos a subir al barco, cuando de repente apareció entre la multitud un hombre mestizo gritando que necesitaba de urgencia hablar con el capitán. ¡Hubiéraslo visto…!
José llevó su mano a la barbilla y calló unos instantes para recordar.
—Al verme instintivamente se agachó y se tapó el rostro, como horrorizado. Luego, olvidando su temor, me entregó aqueste [3] paquete suplicándome una y otra vez que te lo hiciera llegar… ¡Casi lloraba! ¿Qué te parece?
Yo simulé sueño para restarle importancia, mirando al paquete sólo de reojo: una caja de buena madera, amarrada tensamente con muchas cabuyas. Mi amigo acabó formulando la pregunta que como gallego ya había insinuado.
—¿Tienes idea de quién habrá podido ser?
—José, agradezco tu gentileza —dije mientras tomaba el paquete, ¡caray que pesaba!— y me alegro que te haya ido bien en Panamá pero, discúlpame, me estoy sintiendo mal. A lo mejor mañana podemos vernos.
Pasó un minuto de largas miradas. Al final inquirió:
—¿Sigues preocupado por lo de María Josefa?
Su pregunta me causó un nudo en la garganta que no pude disimular. Gracias a Dios esta vez sí comprendió que prefería estar a solas. Entonces me miró compasivamente, puso su mano sobre mi hombro y se fue.
Sólo después de pasar el trago amargo de su pregunta, tomé la caja, busqué un cuchillo y comencé a reventar las amarras, más desenfrenadamente cuando descubrí por entre los bordes de la tapa que se abría, un cerro de monedas del precioso metal. Pero no fue el oro el que robó mi aliento, sino lo que estaba encima… Sobre las monedas relucía impecable, más que ningún tesoro, una espléndida daga italiana de doble filo grabada con soles, pequeña, con pomo de perilla y guardamano en forma de concha [4]. ¡Una espléndida arma! ¡Blanca, de acero! No reflejaba mi rostro somnoliento, sino las batallas, el amor y la impiedad. Irradiaba luz y sentido a mi existencia. Volvía a escuchar las palabras de don Lorenzo: «Un signo de lucha, un arma para defender, una daga para atacar». Tenía razón, María Josefa no necesitaba un fanático que la recordara, sino alguien que aún la quisiera.
El paquete contenía algo más: una libreta con pasta de cuero negro, un poco viejo y roído, con una nota doblada en la esquina: «Ignacio, las monedas son para mamá. Tú lee la libreta y cuéntale lo que te parezca conveniente. ¡No se la dejes leer! Dila que he vuelto a ser un buen hijo suyo. Confío en ti. Un fuerte abrazo. El Enmascarado».
Hízome reír con lo del «Enmascarado». ¡Qué de leyendas inventa el pueblo! ¡Pobre! Sólo Dios sabe qué le harían si alguien lo delatara y llegasen a encontrarlo. Intrigado por la nota abrí la libreta. Era su diario personal. Las primeras páginas habían sido arrancadas o, más bien, cortadas con la finura del estilete y el rigor de quien pretende mantenerlas en secreto. Supongo que allí se compendiaban anécdotas de su vida ruin, que las había arrancado para evitar que llegasen a oídos de su madre. Pasé las páginas en vaga mirada hasta que enfoqué una fecha que paró mi corazón como un puñal:
«Domingo, 20 de abril de 687».
Seguí leyendo bajo la fecha y mi temor aumentaba con cada letra. Por cierto, el Enmascarado tenía una pésima letra. ¡Apostaría que varias páginas habían sido escritas en alta mar! Comentaban la espeluznante historia que por trágico destino le tocó vivir. Leíalas y admirábame. El diario reconstruía lugares y sucesos donde yo no había podido estar, desconocidos para mí hasta entonces, que llenaban huecos y contestaban inquietantes preguntas que hasta ese momento habían permanecido insolutas. Eran hechos tremendos que conmovieron nuestras vidas… El desquiciado Picard, el pirata inglés D’Hout y aquel francés vestido siempre de negro, Grogniet, con su tremenda frialdad… habían dejado en nosotros una profunda huella, ¿o acaso mella debería decir? Era la historia de mi pueblo, la que muchos prefieren olvidar.
Leyendo, bebiéndome esos impresionantes apuntes me embargó la loca idea, cada vez con más fuerza, de revivir el pasado escribiendo, de resucitar a la inquieta doncella de quien años atrás me enamoré perdidamente. Veome agora capaz de la peor barbaridad. Por eso es preciso no olvidarla, no permitir que la enfermedad apague el amor. ¡Debo escribir! ¡Cuántas gracias le doy agora a la madre del Enmascarado, que nos enseñó a leer y a escribir! Por ella leímos cuanto libro de barcos había en la biblioteca de la escribanía y así acabamos dedicándonos a una honesta profesión; gracias a ella mi amigo pudo escribir su diario
