Ficción en estado crítico: Historias imposibles, o no tanto
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Estos cuentos dialogan con lo cotidiano. Pueblos pequeños, ciudades reconocibles, vínculos familiares y rutinas aparentemente inofensivas funcionan como escenarios donde lo siniestro irrumpe de manera gradual, casi imperceptible. El lector es llevado de la mano hacia un terreno ambiguo, donde la frontera entre víctima y culpable se vuelve difusa.
Cada historia propone un universo propio, pero todas comparten una misma pulsión: explorar el costado oscuro de lo humano. La violencia, la culpa, la traición y el miedo no aparecen como golpes efectistas, sino como consecuencias inevitables de decisiones postergadas o verdades ocultas y reveladas.
Este conjunto de cuentos confirma una apuesta por la lectura corta pero atrapante, consciente de que el tiempo es un elemento clave.
Un libro que propone historias cortas, intrincadas y de lectura atenta, incómoda y atrapante.
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Ficción en estado crítico - Rafael Oscar Costa
Agradecimiento
A mi esposa Marcela, fuente de amor y compañía desde hace más de tres décadas, por su paciencia y apoyo constante.
A mis tres hijos, Lisandro, Débora y Julieta, quienes con su presencia y afecto han dado sentido a cada jornada.
A mi madre, que sembró en mí la semilla de las palabras y me enseñó a valorar su fuerza.
A mi padre, cuya ausencia temprana dejó huellas profundas, al mismo tiempo la inspiración para seguir adelante.
A Carlos, por impulsarme a vencer mis propias barreras y abrir caminos nuevos.
Y a Irma, por su ayuda desinteresada y su guía generosa en El Andén, donde encontré palabras que creía no tener.
A todos ellos, mi gratitud sincera y permanente, porque sin su presencia este libro no habría encontrado su voz.
A la salida de la facultad
img1La tarde languidecía serenamente. López esperaba recostado en la pared revestida de viejos avisos de papel. Aunque hacía calor, estaba ataviado con un sobretodo con las solapas levantadas, funyi y zapatos en tonos marrones, haciendo juego. El sol ya se había retirado, pintando de rojo el cielo. Escondía sus ojos con gafas oscuras. Se lo veía relajado, aunque un buen observador, notaría la tensión de los músculos de los brazos, que estaban dispuestos y listos. Las manos dentro de los bolsillos del abrigo y en el izquierdo, una pistola 32 con silenciador, presta para su cometido.
Cuando niño, se vio envuelto en la crónica policial. Cuando su padre, el famoso Pedro de la navaja y del diente de oro, perdiera la vida en un confuso episodio callejero a manos de una extraña mujer. Las consecuencias fueron inmediatas. Terminó en una institución que lo tuvo hasta la mayoría de edad.
Dentro de él, el resentimiento había anidado con la familia que lo dejó huérfano. Aún resuena en su memoria la noticia de que aquella prostituta había matado a su padre, de un disparo. Esa mujer era la amante del acaudalado industrial, soltero con quien tuvo un hijo, justamente a quien estaba esperando a que saliera. Nunca le importó cómo fueron las cosas. El tiempo de la venganza había llegado, sabía a quién buscar, a quién lastimar.
Los sucesos ya estaban rodando. Los transeúntes pasaban delante de él sin prestarle atención, después de todo en la ciudad cosmopolita, había personajes raros por doquier.
A las ocho, la puerta de la facultad cobró vida, comenzaron a salir decenas de estudiantes conversando despreocupadamente.
López agudizó su mirada, expectante. Un movimiento imperceptible en el bolsillo izquierdo del abrigo se produjo cuando el muchacho rubio y bien parecido, traspasaba solitariamente la puerta.
López se le acercó silenciosamente por la espalda, y con un rápido rodeo colocó en el pecho de su víctima el helado metal del arma. Descargó dos tiros certeros. Dos rosas carmesí crecían tiñendo la camisa, rápidamente.
La mañana siguiente los matutinos informaban sobre la muerte del único heredero del monopolio cementero, cuando salía de la facultad donde realizaba sus estudios de posgrado. Eso fue lo último que leyó el poderoso empresario, antes de desplomarse en el suelo de su lujoso despacho, infartado. Muerto.
Avances en la causa
img2ROBERTO MARTÍN ABOGADO PENALISTA
rezaba la placa de la puerta de ingreso a la oficina privada del decimoquinto piso, en el complejo edilicio de la zona de tribunales.
Roberto solía trabajar hasta tarde. Particularmente en esos días donde la causa que traía entre manos, estaba dando resultados.
Justamente, en aquellos momentos la causa que involucraba a las esferas del poder político con respecto a la droga, comenzaba a destrabarse.
El abogado, era el fiscal más renombrado del distrito. Su inteligencia, osadía y honestidad le habían permitido llegar a resultados que el mundillo de las leyes le reconocía pero, al mismo tiempo, le había valido recelos profesionales y más de un rencor.
Sentado en su escritorio, leía los últimos reportes que le habían enviado los peritos forenses. De tanto en tanto bebía una taza de té que él mismo se había preparado. La oficina no era grande pero tenía suficientes comodidades. Disponía de una cocinita y un baño. En la sala más grande estaba el escritorio de roble que poseía tres cajones de cada lado, solo uno con llave. La silla giratoria, se reclinaba a voluntad.
En la pared, se distinguía una réplica de la pintura Girasoles de Van Gogh. Un placard empotrado en la pared lateral, que contenía la caja fuerte. Una mesa con seis sillas alrededor para eventuales reuniones, completaba el mobiliario.
Absorto en la lectura del informe, cada tanto tomaba la lapicera y escribía unas notas en su agenda. El té ya se había enfriado a la mitad de la taza. La seguidilla de datos eran reveladores y lo mantenía en excitación. Sonó la alarma del celular, eran las once de la noche, sintió hambre. En la pequeña nevera, Jazmín su secretaria, le había dejado unos bocaditos ese día, previendo que su jefe se quedaría hasta tarde.
Comió unos bocadillos que acompañó con agua mineral. Calentó el resto del té en el microondas y otra vez se sumergió en los datos esparcidos sobre su escritorio.
Se felicitó por haber hecho llevar las pericias al ámbito de la nación, pues no confiaba en los profesionales locales, no por falta de conocimiento sino porque estaban a merced del poder político. Esto sumado a la posibilidad de quedarse sin empleo…definitivamente fue un acierto enviar las investigaciones a la Capital.
De los análisis se desprendía que la muerte de RC el único testigo de la causa, no había sido un accidente. La autopsia confirmó que la alta concentración en los tejidos del occiso, de temambul, un poderoso ansiolítico muy difícil de conseguir en las farmacias aún con receta, combinado con altas dosis de alcohol, fue letal. En este caso el alcohol había sido inyectado en sangre por vía intravenosa. Lisa y llanamente el testigo RC había sido asesinado, justamente un día antes que compareciera ante el juez, cuando estaba en la celda de la alcaldía.
RC era el propietario del galpón y del terreno ubicado a las afueras de la ciudad donde operaba la base que comandaba la banda narco más poderosa del país. En ella se destacaban los socios Mexicanos que, detrás de la pantalla del fútbol, regenteaba el cartel en Centroamérica y el sur de los EEUU. La conexión local, ligada a altos funcionarios del poder político, se presumían los cabecillas de una red que se extendía desde Venezuela hasta Tierra del Fuego.
Justamente RC, iba a revelar datos de fechas, nombres, números de cuentas bancarias y lugares claves para desenmascarar la banda.
El día anterior que RC declarase, apareció muerto en su celda y el galpón quedo reducido a cenizas fruto de un voraz incendio.
Sí, Roberto disponía de acabados datos para pedir el procesamiento al sospechoso del asesinato de RC.
Levantó el teléfono y digitó el número del Juez, aunque era muy tarde, él comprendería.
—Hola, se escuchó del otro lado de la línea.
—Dr. Afiance, lo tenemos. Mañana le llevo las pruebas para solicitarle la orden de detención.
Eso fue toda la conversación.
Cerró todas las carpetas y la agenda, guardando ambas en la caja fuerte. Se puso el abrigo y se dispuso a salir. Al cerrar la puerta tras de sí, se prendió automáticamente la luz en el palier. Llamó al ascensor pues, de noche nunca usaba escaleras.
El ascensor se detuvo en el piso décimo quinto. Roberto abrió la puerta corrediza, ingresó y pulsó el botón PB. El elevador incrementó su velocidad por efecto de la gravedad, se desplomó.
Segundos le bastaron a Roberto para comprender que había cometido un error.
El estruendo del golpe alertó a vecinos y curiosos. Todo lo demás, es historia.
