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Jin es una adolescente común y corriente que vive una vida normal. Bueno, lo más normal que se puede hacer en el 2090. Un día cuando se despertó, se percató de que algo no estaba bien, muchas cosas habían cambiado, cosas que era imposible que cambiaran de la noche
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La última oportunidad - Ivo Q.C
La última oportunidad
Escrito por Ivo Q.C
La última oportunidad por Ivo Q.C
ivoquesadac@gmail.com
Instagram: @ivo.q.c
Primera edición 2023
Segunda edición 2025
Diseño de la portada: Ivonne Quesada Carazo
Ilustración de la portada: Alfredo Fonseca
Revisión filológica: Margarita Chaves Bonilla y Joss Curwen
Todos los derechos reservados. Esta obra ha sido registrada en la Oficina de Derechos de Autor. Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio sin permiso escrito de la autora.
Copyright 2023 Ivo Q.C
Para toda mi familia, en especial mi abuelita, quien me inspiró mucho; mi hermana, que a su manera, me ha enseñado, y a mis primas, quienes me alentaron a escribir. Para Tía Olga y Ms. Mouakar: ambas han sido una bendición en mi vida. Y por último, para mi mamá, mi papá y mi Padre: gracias a ellos soy quien soy el día de hoy.
Esta es una advertencia de lo que están a punto de leer.
Esto está basado en los hechos de un futuro en el que nadie gana.
Todos perdemos.
Claro, todavía hay tiempo de cambiarlo, dependiendo qué año sea.
Continúe leyendo bajo su propio juicio.
Capítulo 1
—Inhala.
—Exhala.
—Inhala.
—Exhala.
—Inhala.
—Exhala.
—Todo está bien, solo ocupas tranquilizarte. Jin, tranquilízate —me dije a mí misma antes de entrar al comedor.
Lo que estoy a punto de decirles va a sonar muy loco, pero mantengan la mente abierta. ¿Qué pasaría si un día se despiertan y se dan cuenta de que todo en su vida ha cambiado, que las cosas no son como las recuerdas, que todo es diferente? Es exactamente lo que me estaba pasando a mí.
Antes de continuar, voy a presentarme. Mi nombre es Jin Montana. Soy de la Aldea del Sur y soy del futuro. Vivo en el año 2090, justamente cuarenta años después del Gran Tsunami, pero ya les explicaré eso más tarde. Por ahora, déjenme ponerlos al día sobre lo que estaba pasando.
En el momento en el que me desperté, me di cuenta de que muchas cosas habían cambiado, cosas que eran imposible que cambiaran de la noche a la mañana. Por ejemplo, ahora mi hermana se llamaba diferente, gran parte de mis compañeros eran personas completamente diferentes, mis profesores enseñaban cosas diferentes y el clima había cambiado de forma radical.
Probablemente, no me habría alterado (tanto) si las demás personas lo notaran. El problema es que no lo hacían. Según el resto del mundo, todo estaba justamente igual a como cuando se fueron a dormir la noche anterior.
El hecho de que no lo notaran de verdad me alteró, y mucho. En la aldea, debido a la cercanía del bosque, había unas cuantas personas que sufrían demencia de bosque, el efecto secundario del veneno de unos de los insectos que vivían cerca, y yo temía que me hubiera infectado. El tener demencia de bosque era lo peor que te podía pasar, en especial si eras joven. Era casi como una sentencia de muerte. De hecho, era peor que una sentencia de muerte.
En resumen, me estaba volviendo loca. No porque me estuviera volviendo loca, sino porque yo pensaba que me estaba volviendo loca. Sé que es algo complicado, pero pronto lo entenderán. Perdonen si voy muy rápido. Irónicamente se me acaba el tiempo.
Verán, siempre fui una chica inteligente. Mi mamá solía decir que si les ponen mucha atención a mis ojos se puede ver cómo analizo todo lo de mi alrededor: lo que decía, lo que veía, lo que escuchaba. Por eso, cuando me percaté de que todo estaba diferente, sentí un hueco en el estómago. Este no era el mundo que yo conocía, ni con el que sabía lidiar.
—¡Jin, es suficiente! —dijo irritada mi compañera Ayley (ahora también conocida como Rihanna)—. Todo está totalmente igual a como estaba ayer. Ningún nombre ha sido reemplazado, ningún lugar ha dejado de existir. ¡Nadie ha cambiado! Todo está igual a como estaba ayer y todos los años anteriores, así que deja de decir esas cosas.
—Eso no es verdad, ¿cómo no te das cuenta? Si quieres te hago una lista de cada cambio...
—¡No quiero una lista! —dijo ella casi gritando, el ruido hizo que varias personas dejaran sus almuerzos y nos pusieran atención. Ya estaba más que cansada de mi insistencia—. Si tan segura estás de que las cosas han cambiado, ve a hablar con Luke. Él está hablando de la misma tontería que tú. Solo déjame en paz —dijo agitando sus brazos. Para ella esa conversación ya se había terminado.
Ayley me miró antes de salir del comedor y se me acercó.
—Piensa mejor en las tonterías que dices y a quién se las dices, porque si no, podrías terminar muerta —agregó en voz baja antes de irse.
«Tonterías», esa palabra fue como un puñetazo. No pude evitar mirar el suelo. De cierta manera estaba avergonzada. Había pasado de ser una de las más inteligentes a ser la niña que hablaba tonterías. Lo peor era que yo pensaba lo mismo y tenía miedo. Cada vez que mencionaba el tema, en lo único en que pensaba era eso: tonterías. Y cuanto más pensaba en las tonterías, más me convencía de que tenía demencia.
—No te dejes llevar por estas cosas, solo estás confundida —pensé—. Ayer recibiste a los Nuevos, al igual que Luke. Es muy probable que de ahí hayas sacado todo esto… O tal vez no.
Levanté la vista del suelo y noté que varías personas me estaban viendo de manera extraña. No me importó.
Parecía que el mundo que yo conocía se caía a pedazos, no me podía sentar y no hacer nada. Tenía preguntas y quería respuestas. Aunque fuera una respuesta que dijera que ya no podía salir de mi casa porque podía contagiar a alguien de demencia, la aceptaría. Aceptaría cualquier respuesta con tan solo no quedarme con dudas. Simplemente no podía, había demasiado en riesgo. Por eso me fui a la plaza, donde esperaba poder encontrar a Luke. Si él sabía algo tal vez me podría ayudar.
Mi escuela era la única escuela de la aldea, tal vez incluso una de las últimas en todo el mundo. Siendo sincera, no soy una experta en arquitectura ni ingeniería, pero varias veces me pregunté cómo es que todavía se mantenía en pie. La escuela había sido construida usando unos almacenes viejos que habían sobrevivido al tsunami después de que la original (la cual estaba en el mismo lugar) se derrumbó, así que era poco estable y muy grande. Pero eso solo era el edificio. Hablando de personas, éramos muy pocos. Apenas, en promedio, unos diez por clase, lo cual era bastante comparado con el número de personas viviendo en la aldea.
Mientras cruzaba la institución pensé en la posibilidad de haberme enfermado cuando recibí a los Nuevos. El día anterior, al igual que todos los fines de semana, llegaba gente de otros continentes que venían en busca de una mejor forma de vivir o recursos que robar. Era más común la segunda. Nuestra aldea tenía mucho espacio, por eso los aceptaba, pero aun así raramente se quedaban viviendo aquí.
Así que sí: había una posibilidad de que me hubiera contagiado ahí. Llegaba mucha gente, de muchos lugares. Pero, entonces, más personas también se habrían contagiado, y de los que había visto ese día, ninguno mostraba algún tipo de síntoma.
Seguro se están preguntando cómo la demencia del bosque se contagia si es el veneno de un mosquito. Bueno, pues bienvenidos a mi vida. Nada tenía sentido, ni siquiera antes de que las cosas cambiaran. Supongo que eso es lo que pasa cuando un tsunami arrasa con todo el mundo. Pero ya, hablando en serio, el contagio de la demencia es lo que la hace tan peligrosa. Una vez que alguien está enfermo, se la puede pasar cualquier persona con solo estar con ellos unos cuantos segundos.
En cuanto llegué a la plaza, no me tomó más de un instante encontrar a Luke. Estaba de pie a la par de un árbol en medio del lugar.
Luke era un chico de mi edad, de quince años. Era alto, tenía pelo rubio claro un poco ondulado y tenía unos ojos grises que parecían estar activos a todo momento, en busca de aventura. Debido a que la Aldea del Sur era pequeña, habíamos hablado varias veces y habíamos compartido clase toda la vida, pero en realidad yo no lo conocía. En otras palabras, era más que obvio que esta iba a ser una plática un poco incómoda.
—Supongo que vienes a preguntarme sobre los Cambios —dijo el chico cuando me vio acercarme, parecía un poco molesto. Yo no era la primera persona que venía a preguntarle sobre los Cambios y por lo visto las demás personas que le habían venido a preguntar no le habían creído.
—Algo por el estilo —respondí extrañada.
—Bueno, pues Teo ahora es mucho mayor, mis vecinos no son los mismos y aparentemente ahora mi cumpleaños es el quince de diciembre, en vez del doce —dijo rápidamente de mala gana y sin darle importancia—. Aquí tienes, ya puedes ir y pensar que estoy demente —dijo sin detenerse a respirar—. Ah, y por cierto, prefiero más los burritos de nueces que la sopa de tomate —añadió.
De pronto, mi expresión se suavizó, como si algo hubiera hecho clic en mi cabeza. De todo lo que Luke había dicho, lo último fue lo único que me hizo sentido. Yo sabía que ese día se suponía que iba a haber sopa de tomate para el almuerzo, pero había cambiado a burritos. Esto quería decir que de verdad había notado los Cambios y no era solo una mentira que se acababa de inventar.
Él, al ver mi expresión, supo que yo también había notado los Cambios y me miró con una mezcla de sorpresa y alivio. Esto lo cambiaba todo.
—¿Tú también los notaste? —preguntó, y por primera vez en la conversación, estaba poniendo atención a lo que decía.
—Sí —le respondí sorprendida y aliviada. Esto reducía la posibilidad de que fuera demencia. Era imposible que dos personas tuvieran las mismas alucinaciones, pero aun así nunca se podía estar seguro con las enfermedades del futuro.
—De verdad consideraba que me estaba volviendo loca —dije confundida. En mi mente solo había un pensamiento. Si no era demencia, entonces ¿qué rayos era lo que estaba pasando?
—Igual yo —respondió Luke—. Ya estaba a punto de ver si podía encontrar un churrumino.
Sonreí, se parecía un poco a mi hermana.
—¿Cuándo notaste el primer cambio? —pregunté.
—Hoy en la mañana, ¿y tú?
—Lo mismo. ¿Crees que estén conectados?
—Sería muy raro si no lo estuvieran.
Era cierto, esto parecía estar de algún modo relacionado. Pero… ¿Qué era? La demencia casi se podía sacar de la ecuación, aunque no quería sacar conclusiones demasiado pronto.
—¿Qué planeas hacer? —pregunté. Tenía que pensar en algo para resolver esto o al menos descubrir qué estaba pasando.
—Voy a ver a Liam más tarde. Si alguien sabe algo de locuras, es él —me respondió el chico.
—¿Puedo ir contigo? —le pregunté sin siquiera parar a pensarlo un segundo.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, me sorprendí y me asusté. Liam era un señor mayor (alrededor de setenta), que toda la aldea creía loco, porque lo estaba. Nunca en mi vida se me habría ocurrido ir hasta su casa a preguntarle algo. Primero, de seguro me respondería alguna locura. Y segundo, su casa se encontraba al sur, cerca del bosque y del mar, mis dos cosas menos favoritas. El mar me espantaba debido a la basura y el olor. Y el bosque me espantaba aún más debido a los insectos. Además, en todos los lugares hay recuerdos y el sur no tenía muy bonitos que digamos.
—¿En serio? ¿Estás segura? —preguntó Luke con el ceño fruncido. No todos los días alguien se ofrecía a visitar al loco que toda la aldea deseaba evitar.
—Sí —balbuceé antes de cambiar de opinión. Por ahora era mi única opción.
—Está bien... Entonces te veo en la frontera sudeste a media tarde —dijo el chico rubio, sus ojos todavía observándome extrañados.
—Bueno —dije. Definitivamente estaba tomando medidas extremas para responder mis preguntas.
Llegué a mi casa después de clases y entré. Era una estructura vieja, pero bonita. Tenía dos pisos y un gran balcón al frente. Era de color crema con un poco de café oscuro, lo que la hacía ver acogedora. En realidad, no era tan grande. Al frente, se podía ver que tenía unas ventanas grandes que dejaban entrar mucha luz y adentro había unas puertas de vidrio por el patio que agregaban incluso más iluminación a la casa.
Mi hogar estaba completamente rodeado por espacios verdes. No bosque, sino zacate. Al igual que la mayoría de las casas en la aldea, nuestros vecinos estaban lo suficientemente lejos para hacerla tranquila y callada.
—Mech, ya llegué —dije poniendo mi mochila a la par de la puerta, igual que todos los días.
—Estoy en la cocina —dijo una voz chillona y alegre.
Caminé a través de una pequeña sala de estar y de un comedor perfectamente decorado y cuidado. Esta era tal vez una de las únicas casas que conservaban muebles originales de antes del tsunami.
Después de caminar unos metros, llegué al cuarto del fondo, frente al patio. Este cuarto también era conocido como cocina. No era una cocina de lujo, pero era funcional. Tenía una pequeña estufa de gas, unos cuantos estantes y una refrigeradora que de vez en cuando hacía ruidos extraños y dejaba de funcionar.
Cuando llegué, miré al frente de la refrigeradora. Ahí estaba Mech, mi abuela. Mi abuela es una señora de cincuenta y siete años, muy saludable y alegre. Como la mayoría de las tardes, estaba cocinando tortillas con una sonrisa en su cara. Ese día llevaba puesto un vestido amarillo brillante que le iba perfecto con su pelo corto color café con mechones plateados y sus ojos café miel un poco achinados, iguales a los míos.
Mech era una mujer pequeña, llena de carácter. Definitivamente, era alguien con quien nunca te gustaría meterte, pero también era la persona más alegre y esperanzada que conocía. Era lo que la hacía especial. No había dejado que el mundo la venciera sin importar cuántas veces le hubiera caído encima.
—Mech, ahorita me tengo que ir —dije mientras agarraba una de las tortillas recién hechas.
—¿A dónde vas? —preguntó Mech dándome un plato al ver hacer muecas de lo caliente que estaba.
—Creo que puedo conseguir respuestas. Voy a visitar a alguien en el sur.
Mech asintió pensativa y su pequeña nariz se arrugó como lo hacía cada vez que se preocupaba. Muchas de las personas que habían vivido el tsunami sufrían de algún tipo de estrés postraumático o algún tipo de ansiedad, pero Mech no. De hecho, era la única persona que yo conocía que no se encogía al mencionar el mar o el bosque, pero sí se preocupaba por mí.
—¿Estás segura de que quieres eso? —preguntó sin volver a verme.
—Sí, quiero conseguir respuestas y tú también deberías. Al igual que yo, notaste los Cambios. ¿Cómo es que no estás preocupada?
—Llegué a una era de mi vida en que cosas como esa no me preocupan, pero sí me preocupa que vayas al sur sola. ¿Estás segura de esto? No es exactamente el lugar más seguro de todos.
—He estado en peores —le respondí.
—Eso es discutible —debatió ella, todavía preocupada.
—Sé cuidarme, tranquila. Además, no voy a ir sola y solo voy por las respuestas y regreso. No duraré mucho —dije terminando mi tortilla.
—A veces andar buscando respuestas a todo podría ser peligroso. No hay nada de malo en dejar algunas preguntas sin responder de vez en cuando —dijo cogiendo mi plato vacío de vuelta.
—Lo sé, me lo has dicho toda mi vida. Pero esta no es una de esas veces. En este caso, si nos quedamos con preguntas, podríamos estar en peligro.
—Esa es tu decisión, pero ten en cuenta que tendrás que vivir con las consecuencias, sean las que sean. Por mientras, vete ya o no te dará tiempo de regresar antes de que oscurezca —dijo, intentando ocultar el hecho de que todavía estaba preocupada por mí.
Me levanté de la mesa y agarré una mochila. Le metí varias cosas y estaba lista para irme.
—Cuídate y vuelve antes del anochecer o yo misma iré por ti —dijo Mech y me dio un fuerte abrazo—. Te amo, chiquilla.
—Yo también te amo, Mech —dije, devolviéndole el abrazo.
Mech me soltó, me miró y sonrió.
—Adiós —dije ya afuera.
—Cuídate —agregó una vez más, antes de que estuviera demasiado lejos como para escucharla.
Llegué a la frontera sudeste después de un gran rato. Cuando llegué ya estaba Luke esperándome. Se notaba mucho la diferencia de la frontera entre el centro, el este y el sur. Mientras que el centro estaba mayormente cubierto por zacate, y el este estaba mayormente cubierto de antiguos caminos y algunos árboles, el sur no era más que un montón de tierra seca. Mucha gente, incluida yo, decían que era un lugar tenebroso. Esa parte fue una de las más afectadas por el tsunami. Todo había sido arrasado y destrozado, en especial el terreno. Por alguna rara razón, la tierra del sur no se había recuperado como la del bosque. Por eso nada crecía allí.
Antes de cruzar la frontera, respiré hondo. Estaba a punto de entrar a una zona peligrosa y aterradora. La mayoría de la gente que vivía ahí tenía algún problema y por eso vivían en el lugar más solitario. Y si no te lastimabas con el horrible terreno, podías morir envenenado por insectos. Pero no, con el miedo no se llega a ninguna parte, así que pasé la frontera sin dudarlo.
—¿Estás seguro de donde vive Liam? —le pregunté a Luke dudosa después de unos minutos. Mi conocimiento del sur de la aldea era como mi conocimiento de energía nuclear: nulo.
—Sí, ya lo he visitado antes —me aseguró Luke y empezó a caminar—. Vive cerca de la frontera sur del Este, así que debemos apurarnos si queremos regresar antes de que oscurezca.
Tomé otro respiro hondo para calmarme y seguí caminando. Durante la primera mitad del camino ninguno habló. Fue mejor así, ya que aparte del hecho de que ambos habíamos notado cambios en el tiempo, no teníamos nada de qué hablar.
Antes de llegar a la casa de Liam, hay un par de cosas que debo explicar. Digamos que los problemas empezaron mucho antes de que una gran ola inundara el planeta. El mundo estaba muy contaminado, especialmente el mar. Las cosas estaban tan mal que había playas llenas de basura e islas pequeñas hechas de plástico flotando por ahí. Casi nadie le prestó mucha atención a eso, ni la comunidad ni el gobierno, solo unas cuantas personas, pero no lograron hacer mayor cambio. Claro, cuando llegó el 2050 todos desearon haberlo hecho.
Como lo había mencionado, hubo un gran tsunami. El tsunami como tal creó mucha destrucción, pero el mayor golpe lo trajo la basura del mar. El desastre fue tan fuerte que mandó réplicas a los demás continentes. La basura, junto con el agua, destruyó muchas ciudades, haciendo que la economía cayera en todos los lugares. También el agua limpió el suelo y eso les quitó la capacidad de cultivar a muchas tierras, dejándolas sin recursos. Eventualmente, las ciudades fueron abandonadas por completo. Las costas y las zonas rurales se llenaron de gente y la contaminación empeoró aún más. Todo se puso tan mal que ambos polos se derritieron, lo que creó mucha más destrucción, hundió todas las aldeas costeras e hizo que ciudades enteras desaparecieran.
De pronto, todos los mares se volvieron mares muertos y la mayoría de los animales del mar fallecieron. Como todos los animales marinos ya no estaban, no había criaturas que ayudaran a purificar el aire y nos volvimos cien por ciento dependientes de los árboles. Lamentablemente, los árboles no lograban purificar el aire lo suficiente y muchos lugares, como las ciudades o regiones alejadas de las zonas verdes, tenían un aire demasiado contaminado, haciendo imposible que viviéramos ahí. (Tampoco era que nuestro aire cerca del bosque fuera tan bueno que digamos). En cuanto a los demás animales, estos estaban tan al borde de la extinción que migraron a diferentes regiones, especialmente a bosques lejanos en las montañas, que eran, por cuestiones de salud, imposible que los humanos alcanzaran. Ya nunca se veía ni un solo animal, excepto por algunas aves, pero incluso esas muy raramente aparecían.
Desafortunadamente, los animales no incluyeron a los insectos. Gracias a la contaminación, muchos de los insectos que antes eran inofensivos se volvieron venenosos, y cuando digo venenosos, me refiero a muy venenosos. Su veneno causaba cosas tan malas como la demencia de bosque y otras mucho peores. Así fue como llegamos a estar como estábamos o al menos eso era lo que yo había escuchado.
—¿Crees que nos pudimos haber contagiado ayer recibiendo a los demás? —preguntó Luke a la vez que caminábamos al frente del bosque. Con solo verlo, parecía irradiar peligro. Nunca nadie cuerdo entraría jamás a un lugar así.
—No lo creo —le respondí mirando el bosque, aunque no estaba segura del todo—. Si alguno tuviera demencia ya debería haber mostrado algún síntoma, como dolor de cabeza, mínimo. Aparte de las alucinaciones, claro. Además, tú y yo notamos lo mismo en el almuerzo. La demencia no les provoca las mismas alucinaciones a todos. De hecho, es casi imposible.
Luke asintió, pero en su expresión se veía que su preocupación no se había ido a ningún lado.
—No soportaría vivir con demencia de bosque —murmuró para sí, exactamente lo que ambos pensábamos.
—Yo tampoco.
Vivir con demencia era lo peor que le podía pasar a alguien. Ya lo había dicho, pero vale la pena repetirlo. En cuanto alguien se infecta de demencia, se pone en cuarentena (me refiero a una cuarentena seria). No se puede salir de la casa, ni aunque sea para asomarse por la ventana. Y para que toda la familia no tenga que ponerse en cuarentena, la persona debe estar en un solo cuarto de la casa, totalmente aislada de los demás. Ahora, el estar solo no impide las alucinaciones. Sin alguien que te acompañe, ya no sabes qué es real y qué no. Podrías pensar que una silla es comida y no habría nadie para detenerte. O podrías pensar que el viento te va a matar y nadie te corregiría.
Entre mayor sea la persona, es más difícil contagiarse y contagiar a otros. Pero para los jóvenes, como nosotros, es muy fácil contagiarnos y contagiar a los demás, así que nuestra cuarentena sería diez veces peor. Además, no existe cura, por lo que tendríamos que vivir así el resto de nuestras vidas, con miedo de cosas que ni siquiera son reales y sin poder hablar con nadie, excepto con quienes compartan nuestro diagnóstico. Sin poder caminar libres, sin poder pasar una noche tranquila sin alucinaciones, incluso se podría decir que sin poder vivir. Y todo esto pasaría solo en el caso de que no nos exiliaran al oriente, donde es básicamente una sentencia de muerte.
Por el resto del camino, nadie dijo nada. Tampoco es que viniéramos hablando montones. No sé qué iba pensando Luke durante el camino, pero siempre hubo una expresión de intranquilidad en su cara. En cuanto a mí, mi cabeza estuvo dando vueltas, repasando todo lo que estaba sucediendo. En ese momento solo estaba casi segura de que no era demencia, o al menos de eso intentaba convencerme a mí misma; pero al pensar en buscar respuestas con Liam, tuve una sensación en el estómago. Una sensación extraña… no como de que no podía confiar en él. Más bien que él no tenía las respuestas que necesitábamos. Una sensación que decía que estábamos buscando en el lugar equivocado. Una sensación que decía que había algo que no estaba viendo. Aun así, no podía pensar en ninguna otra manera para obtener respuestas, así que seguí caminando.
Después de unos minutos que parecieron años, llegamos a la casa de Liam. En cuanto vi la casa me di cuenta de por qué toda la aldea decía que Liam estaba loco. De verdad parecía la casa de un loco. «Espera, ¿dices que vivías en una aldea con tan poca gente y no conocías la casa del loco?» Respuesta simple: no. Nunca había visto la casa de Liam por dos razones. Uno: nunca me acercaba al sur debido al mar y al bosque, me daban mucho miedo (creo que ya lo había mencionado). Sinceramente, no soy esa clase de personas que le gusta acercarse a lugares que pueden matarte en menos de cinco minutos, así que siempre había intentado mantenerme lejos. Y dos: no era muy común socializar. Era mejor cada uno por su cuenta. Más fácil y menos dolor.
La casa estaba completamente rodeada por un jardín. Era el jardín más hermoso que había visto en mi vida. Había toda clase de plantas, arbustos y árboles pequeños. Incluso había toda clase de frutas y verduras. Al ver estos últimos, me quedé impresionada. Como mencioné antes, en el sur no crecía nada. Esta era la primera vez que veía alimentos crecer en esta región. Estaba asombrada, especialmente porque las plantas se veían perfectas. Las hojas de las flores estaban bien podadas, los arbustos igual. Algunos árboles tenían un palo cuidadosamente amarrado para que crecieran rectos. Todas y cada una de las plantas estaban tan bien cuidadas y regadas, como si alguien viviera ahí solo para cuidarlas. Pero ahí terminaba lo bonito.
La casa era de tres pisos, totalmente cuadrada, casi parecía un bloque de construir. Parecía que antes, mucho tiempo antes, había sido amarillo brillante, pero ahora era de un color amarillo gastado, muy sucio, y en la mayoría de las paredes la pintura se estaba desprendiendo a pedazos. Al frente tenía un pequeño porche blanco de madera que estaba torcido en un ángulo peculiar. De hecho, me parecía un milagro que aún no se hubiera caído. La casa tenía algunas ventanas, pero las del tercer piso estaban todas agrietadas o quebradas, y las de los otros dos pisos estaban llenas de tantas telarañas y polvo que era imposible ver a través de ellas. Algunas incluso estaban un poco abiertas, pero habían estado así tanto tiempo que ahora estaban atascadas.
Ahora pueden ver de dónde viene la idea de que Liam está definitivamente loco. O sea, por favor. Alguien que cuide su jardín tan bien, pero deje que su casa se caiga poco a poco definitivamente está loco.
—Liam no sale mucho así que debe estar aquí —dijo Luke, deteniéndose a mirar la casa.
—Para mantener un jardín así uno tiene que casi vivir afuera —dije mirando a mi alrededor. Era asombroso.
—Es cierto. Que yo sepa, Liam no tiene ningún otro pasatiempo que no tenga que ver con el jardín —respondió el chico sin despegar la mirada de la casa.
—¿Cómo sabes eso? —pregunté. No muchos conocían cosas sobre Liam.
—Mi mamá lo conocía muy bien y me contó.
Seguí caminando en silencio hasta la casa, mirando todos los colores de las flores y los grandes árboles a mi alrededor. Para el momento que llegué a la puerta, estaba segura de que ese día de verdad no podría empeorar. Justo al lado de la entrada había un pequeño árbol creciendo y sus raíces impedían que la puerta pudiera abrirse más de tres centímetros.
—Oye, Luke —llamé.
—¿Sí? —respondió
