Sentimentología
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Sentimentología - Florencio Hernández Galmés
Sentimentología es una obra reflexiva y trascendental que explora la naturaleza del alma humana, el destino más allá de la muerte y la verdadera medida del valor personal: los actos, no las creencias. Con un enfoque ético y filosófico, el autor defiende que cada espíritu tiene asignado su lugar en el Universo, y que nuestra vida terrenal no es sino una etapa en un viaje cósmico mucho mayor. Lejos de sermonear, este ensayo invita al lector al diálogo y al pensamiento crítico, proponiendo una mirada profunda sobre el sentido de la existencia, la familia, la dignidad y la trascendencia. Un libro escrito para quienes buscan comprender —y vivir— con autenticidad, conscientes de que cada acción deja su huella más allá de este mundo.
logo-edoblicuas.pngSentimentología
Florencio Hernández Galmés
www.edicionesoblicuas.com
Sentimentología
© 2025, Florencio Hernández Galmés
© 2025, Ediciones Oblicuas
EDITORES DEL DESASTRE, S.L.
c/ Lluís Companys nº 3, 3º 2ª
08870 Sitges (Barcelona)
info@edicionesoblicuas.com
ISBN edición ebook: 979-13-87908-05-8
ISBN edición papel: 979-13-87908-04-1
Edición: 2025
Diseño y maquetación: Dondesea, servicios editoriales
Ilustración de cubierta: Leticia Hernández
Queda prohibida la reproducción total o parcial de cualquier parte de este libro, incluido el diseño de la cubierta, así como su almacenamiento, transmisión o tratamiento por ningún medio, sea electrónico, mecánico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin el permiso previo por escrito de EDITORES DEL DESASTRE, S.L.
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Contenido
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El autor
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Existe al menos una posibilidad entre cien de que, tras este mundo, nos aguarde otro. Sin embargo, esta eventualidad posee extrema importancia; tanta que relega a un segundo plano las otras noventa y nueve. De hecho, objetivamente, es la única cuestión que debería preocuparnos, ocuparnos e, incluso, si fuera posible, postocuparnos.
Existe en general una aversión indescriptible a escuchar semejante afirmación. Nos empeñamos, además, en objetarla e incluso desvirtuarla cuando no podría haber dádiva mejor que seguir, más allá de este mundo, vivitos y coleando. Somos vitalistas y nos seduce tal posibilidad. Pero, amigo, esta posibilidad conlleva probablemente la evaluación de nuestro comportamiento; y conjeturamos —digámoslo ya— que, de obtener un suspenso, estaríamos en un grave aprieto. Este es el motivo por el cual desdeñamos la idea de una vida ulterior y, tácitamente, preferimos la muerte.
La posibilidad de poder respirar —quién sabe si eternamente— no es en realidad de una entre cien, sino que son más. Si solo se detectaran vagas huellas en los senderos de este mundo, me dedicaría ahora mismo a otros menesteres. Pero hay miles y miles de fenómenos religiosos, contrastados, registrados y documentados por testigos —como yo mismo— de múltiples épocas que incrementan el porcentaje por encima de la unidad.
Censuro a numerosos pensadores por omitir en sus disquisiciones estos prodigios como posibles indicios de otro mundo. ¿Cómo es posible que, en sus postulados, ignoren algo tan cercano a lo definitivo? ¿Cómo puede Bertrand Russell, por ejemplo, escribir un libro titulado ¿Por qué no soy cristiano? y ni siquiera considerarlos entre los pros y los contras de su argumentación? Russell —como tantos otros pensadores— refuta los milagros y los fenómenos religiosos por no poder ser demostrados científicamente. Y, cuando se enfrenta a una manifestación divina, alega que se trata de un prodigio natural aún incomprendido… Esto es pecar de frívolo, por no decir que es patético.
Muchos intelectuales confunden por otra parte a Dios con la Iglesia, cuando la distancia entre ambos es tan distante como la que separa el Cielo de la Tierra. Dios es universal y la Iglesia, terrenal. Para refutar la cristiandad, uno debe enfrentarse a Cristo, no al clero. Es pueril intentar discernir la verdad a través de las irregularidades eclesiásticas. Lo sustantivo, lo verdaderamente esencial, debe buscarse en otras esferas. La Iglesia es, al fin y al cabo, el restaurante de Dios, y los clérigos, sus empleados. El clero se limita a preservar las recetas y a servir el menú de la jornada, y santas pascuas. Sin la Iglesia, el texto divino no habría tenido continuidad; su presencia era, por tanto, absolutamente necesaria. Tal vez usted alegue que, a veces, no limpia la vajilla, ni barre el local ni blanquea las paredes… pero, aun así, la comida sigue siendo divina. La aversión o el aborrecimiento que puedan generar sus maneras no debería ser motivo de rechazo. A la Iglesia se le deben pedir las mismas cosas que a otras entidades civiles —como los ayuntamientos o los cabildos—. Exigirle más que a otra institución es, en el fondo, una exigencia partidista.
Tampoco es esencial que los textos sagrados coincidan puntillosamente con los estrictos razonamientos de la crítica científica. Cristo, con su naturaleza trascendental, no solo los trajo, sino que se encarga de preservarlos. ¿No habría descendido a la Tierra para que los manipularan o distorsionaran? Es obvio…, ¿no?
Uno de los dilemas esenciales —tal vez el más radical— es determinar si Cristo es Dios. Y la respuesta más apropiada tras interminables horas de debate no puede ser otra: los fenómenos religiosos lo demuestran, aunque no de forma inequívoca. Solo muestran una mano de su poderío; el resto puede, perfectamente, extrapolarse. Porque si enseñara todo el brazo —si fuera categórico—, estaríamos más pendientes de otro mundo que de este.
Coincidirá conmigo en que no estoy perorando si tan solo uno de estos fenómenos religiosos resulta cierto…, a menos que usted se empecine en negar tal evidencia. Ahora bien, si todos fueran un engaño tal vez mandaría estos folios a la papelera. Y digo «tal vez» porque no solo las manifestaciones extraterrenales apuntan a la divinidad de Cristo, sino que existen otras huellas —terrenales, abrumadoras y racionales—, como veremos a lo largo de este libro, que también lo indican.
2
Lo relaté en mi anterior libro, pero como merece contarse una y otra vez lo hago nuevamente en este. Yo resido en las Islas Canarias, y cada verano, en septiembre, cuando la afluencia turística y el calor desaparecen en el Mediterráneo, mi esposa, mi hija y yo volamos a Menorca, mi tierra natal, donde pasamos dos semanas.
Sin embargo, en una ocasión fue diferente. Unos días antes de partir de la isla balear, mi esposa, Loreto, sugirió hacer escala en Jaén para ver un busto de cerámica de 60 centímetros de un Cristo que lloraba cada viernes, durante el rezo del rosario, en el cuarto misterio de dolor. Este asombroso fenómeno ocurría en una casa particular, donde se reunía una multitud de personas, junto a medios de comunicación, tal como había visto en el popular programa televisivo Cruzando el Mississippi, conducido por Pepe Navarro.
Mi esposa padecía por entonces intensas neuralgias, lo que la llevó a creer que nuestra visita a Jaén podría ser más beneficiosa que las consultas con neurólogos, hasta entonces ineficaces. Me sorprendió que quisiera emprender tal viaje, pues, aunque era creyente, la consideraba incapaz de participar en una aventura tan extrema como la que proponía. No abrí la boca en su contra. Le advertí, eso sí, que los billetes no eran cambiables, adquiridos como fueron con una tarifa económica —conocida por entonces como «tarifa mini»—, sin que cambiase de opinión. Así que nos embarcamos, ante mi escepticismo, en una aventura religiosa con un coste aproximado de cien mil pesetas, que incluía billetes de avión, hotel y coche de alquiler.
Antes de comprar los billetes, contacté telefónicamente, claro está, con Jaén para confirmar si podían reservarnos un lugar en el rezo del viernes. Un hombre, al otro lado de la línea, me aseguró que no habría ningún inconveniente. Viajes Barceló confirmó el itinerario: jueves, Menorca-Barcelona-Granada, y el sábado a las 8:30 a.m., Sevilla-Tenerife Norte.
Una vez en Granada, alquilamos un coche y, ya entrada la noche del jueves, llegamos a Jaén. Pernoctamos en un hotel, y el viernes por la mañana nos dirigimos a la casa, donde se encontraba el busto del Cristo,
