Los áspides de Cleopatra
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El primer acto nos introduce a Irene y Lépido, cuyo diálogo captura de inmediato las complejidades intrincadas del amor y el desprecio. Los sentimientos de Irene hacia Lépido oscilan entre la indiferencia y la aborrecencia, iluminando el tema del amor no correspondido que impregna la obra. Lépido, por otro lado, está impulsado por un amor que solo parece intensificarse ante el desprecio de Irene.
El diálogo entre Irene y Lépido sirve como un microcosmos de los conflictos más grandes en juego en la narrativa, a saber, la tensión entre el amor y el deber, y la agitación emocional que pueden crear estas obligaciones en conflicto. El intercambio está marcado por un ingenio agudo y una profundidad emocional, demostrando la maestría de Rojas Zorrilla en el diálogo y el desarrollo del personaje.
La obra se destaca por su complejidad psicológica y los dilemas morales que presenta. La decisión de Cleopatra de abandonar su trono por amor hace eco de las decisiones de otros personajes, que también luchan con las consecuencias de elegir el deseo personal por encima del deber. Este tema tiene una resonancia universal, ilustrando la lucha eterna entre la felicidad personal y las responsabilidades sociales.
Estilísticamente, Rojas Zorrilla emplea un lenguaje poético pero accesible, y su hábil uso del diálogo sirve para subrayar las dimensiones emocionales y psicológicas de los personajes. Presenta a una Cleopatra que no es simplemente un símbolo de poder, sino una mujer compleja atrapada en la intrincada red de amor y deber, convirtiéndola en uno de los personajes más cautivadores del teatro del Siglo de Oro español.
Los áspides de Cleopatra es una obra compleja y cargada de emociones que ofrece agudas perspectivas sobre la condición humana. Explora las difíciles elecciones que debemos hacer entre el deseo personal y la responsabilidad pública, enmarcadas en el gran telón de fondo de los acontecimientos históricos. La obra es un testimonio de la habilidad de Rojas Zorrilla para entrelazar personajes ricos, emociones complejas y dilemas morales en una narrativa apasionante.
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Los áspides de Cleopatra - Francisco de Rojas Zorrilla
Francisco de Rojas Zorrilla
Los áspides
de Cleopatra
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Créditos
Título original: Los áspides de Cleopatra.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: info@linkgua.com
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN tapa dura: 978-84-9953-624-8.
ISBN rústica: 978-84-9816-230-1.
ISBN ebook: 978-84-9897-775-2.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
Sumario
Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
Personajes 8
Jornada primera 9
Jornada segunda 59
Jornada tercera 103
Libros a la carta 145
Brevísima presentación
La vida
Francisco de Rojas Zorrilla (Toledo, 1607-Madrid, 1648). España.
Hijo de un militar toledano de origen judío, nació el 4 de octubre de 1607. Estudió en Salamanca y luego se trasladó a Madrid, donde vivió el resto de su vida. Fue uno de los poetas más encumbrados de la corte de Felipe IV. Y en 1645 obtuvo, por intervención del rey, el hábito de Santiago.
Empezó a escribir en 1632, junto a Pérez Montalbán y Calderón de la Barca, la tragedia El monstruo de la fortuna. Más tarde colaboró también con Vélez de Guevara, Mira de Amescua y otros autores.
Felipe IV protegió a Rojas y pronto las comedias de éste fueron a palacio; su sátira contra sus colegas fue tan dura al parecer que alguno de los ofendidos o algún matón a sueldo le dio varias cuchilladas que casi lo matan. En 1640, y para el estreno de un nuevo teatro construido con todo lujo, compuso por encargo la comedia Los bandos de Verona. El monarca, satisfecho con el dramaturgo, se empeñó en concederle el hábito de Santiago: las primeras informaciones no probaron ni su hidalguía ni su limpieza de sangre, antes bien, la empañaron; pero una segunda investigación que tuvo por escribano a Quevedo, mereció el placer y fue confirmado en el hábito (1643). En 1644, desolado el monarca por la muerte de su esposa Isabel de Borbón y poco más tarde por la de su hijo, ordenó clausurar los teatros, que no se abrirían ya en vida de Rojas Zorrilla, muerto en Madrid el 23 de enero de 1648.
Personajes
Cleopatra
Lépido
Irene
Una Mujer
Marco Antonio
Lelio, viejo
Caimán, gracioso
Un Sargento
Octaviano
Octavio
Libia, criada
Músicos
Jornada primera
(Salen Irene y Lépido.)
Irene Cansado, Lépido, estás.
Lépido Irene, téngote amor.
Irene ¿No te hiela mi rigor?
Lépido Desdenes encienden más.
Irene ¿Y los desaires?
Lépido También.
Irene Confiésote que es verdad,
que a una grande voluntad
la da sazón un desdén;
si cae sobre amor, yo siento
que es el desaire donaire,
mas no si cae el desaire
sobre un aborrecimiento.
Y así, pues tu engaño ignora
que tu amor aborrecí,
lo que te encendió hasta aquí
te puede helar desde ahora.
Lépido Pues ya que saber merezco
que no me quieres...
Irene Detén;
no es que no te quiero bien.
Lépido Pues di, ¿qué es?
Irene Que te aborrezco.
Lépido ¿Ese extremo no es igual?
Irene Diferente viene a ser:
una cosa es no querer,
y es otra querer muy mal.
Lépido Y, en fin, me dices aquí...
Irene Ya tu oído lo escuchó.
Lépido Que no me has querido.
Irene No.
Lépido ¿Y que me aborreces?
Irene Sí.
Lépido Con la amorosa pasión
no pensarán mis agravios
que lo que hablaban tus labios
dictaba tu corazón.
Mas la causa he de saber
por qué aborreces mi nombre.
Irene No puedo querer yo a un hombre
a quien venció una mujer.
Lépido Aunque Cleopatra cruel
me venció, el ser vencedor
no está en manos del valor,
la fortuna da el laurel.
Venciome, y aún te asegura
esta verdad inclinada
que a no vencerme su espada
me venciera su hermosura:
que es tan bella...
Irene Ten, que espero
pedirte, si eres constante,
que te vengues como amante,
pero no como grosero;
que yo no he dicho verás
en este desdén primero
con decir que no te quiero
que a otro amante quiero más.
Y tu venganza procura
tanto encender mi tibieza,
que alabas otra belleza
galanteando mi hermosura.
Pues refrena tu osadía
como amante; que no es bien
satisfacer un desdén
con toda una grosería.
Lépido Que a ti te alabo verás
si lo miras ingeniosa,
que es hacerte más hermosa
estarte queriendo más.
¿De alabarla sin amor
qué ofensa te puedo hacer,
si esto es darte a ti a entender
que me pareces mejor?
Irene Yo aborrezco a Cleopatra, ya lo sabes;
y ni aun poco no quiero que la alabes.
Lépido Tú me aborreces.
Irene Tú me desobligas.
Lépido Pues ni aun esto no quiero que me digas:
de Marco Antonio tengo estos recelos.
Irene Tú eres el que te das a ti los celos.
Lépido Que le quieres infiero.
Irene Cortés soy, no te he dicho que le quiero.
Lépido Pero tu amor su amor ha preferido.
Irene Es galán, es valiente y entendido.
Lépido Con la voz de la fama militante
tres veces Roma me aclamó triunfante.
Irene Y Cleopatra eclipsar tu luz procura.
Lépido Es hermosa, y venció con la hermosura.
Irene De grosero otra vez das testimonio.
Lépido Y tú, ¿por qué alabaste a Marco Antonio?
Irene Dices bien, ya lo veo,
resbalose la voz por el deseo.
Lépido Pues no te cause enojos
que se fuese mi lengua hacia mis ojos.
Irene No me quieras, y alaba a quien
