Pablo Ramírez: el chileno desconocido
Por Jaime Esponda
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Convencido de tener siempre la razón, caía en conductas arbitrarias y caprichosas que defendía con su proverbial procacidad verbal. Pablo Ramírez no era un político que cuidase las formalidades, fuesen de carácter legal o social, pero generalmente las decisiones que adoptó como hombre público correspondieron al convencimiento de que harían bien al país.
Para Jaime Esponda, el olvido que cayó sobre Pablo Ramírez es un nuevo ejemplo de lo que se ha denominado «el pago de Chile». Su propósito ha sido saldarlo, pero pensando más en el derecho de las nuevas generaciones a conocer nuestra historia, que en la reivindicación de su persona.
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Pablo Ramírez - Jaime Esponda
Jaime Esponda
Pablo Ramírez
El chileno desconocido
Ril%20-%202006%20-%20Logo%20general.tifPablo Ramírez. El chileno desconocido
Primera edición: diciembre de 2013
© Jaime Esponda Fernández, 2013
Registro de Propiedad Intelectual
Nº 217.188
© RIL® editores, 2013
Av. Los Leones 2258
751-1055 Providencia
Santiago de Chile
Tel. (56-2) 22238100 • Fax 22254269
ril@rileditores.com • www.rileditores.com
Composición, diseño de portada e impresión: RIL® editores
Epub hecho en Chile • Epub made in Chile
ISBN 978-956-01-0046-7
Derechos reservados.
«Reorganizó los servicios de Impuestos Internos, de Tesorerías y de Aduanas. Creó la Contraloría General de la República y la Tesorería General, la Oficina de Presupuestos, la Oficina de Pensiones y reglamentó el funcionamiento de todas ellas. Creó, asimismo, el Instituto de Crédito Industrial y la Caja de Fomento Carbonero.
Impulsó el despacho de numerosas leyes, como la Ley de Protección a la Marina Mercante de Navegación Exterior, la Ley Orgánica de Presupuestos, la Ley de Impuesto Territorial vigente y la ley que creó el Instituto Bacteriológico.
Creó la Caja Reaseguradora de Chile que, en el transcurso de los años, se ha transformado en una importante institución financiera; y para que pudiera rendir todos los frutos que de ella se esperaban, dio vida a la Superintendencia de Seguros.
Se interesó, especialmente, por mejorar el régimen de fiscalización de las sociedades anónimas y operaciones bursátiles —que era prácticamente inexistente— y proyectó y obtuvo la aprobación de la ley que creó la Inspección General de Sociedades Anónimas y Operaciones bursátiles, organismo que se fusionó más adelante con la Superintendencia de Seguros.
Su preocupación por la industria salitrera lo llevó a crear la Superintendencia del Salitre y Yodo y a dedicar los mejores esfuerzos para salvar a esa industria de la grave crisis a la que la llevaba la competencia del salitre sintético».
Senado de la República. Boletín de Sesiones Ordinarias, 1949. Vol. I. Sesión 15ª. Ordinaria, en martes 19 de julio de 1949. Intervención del senador Carlos Ibáñez del Campo.
Prólogo del autor
La lectura del volumen
IV
de la Historia de Chile, de Gonzalo Vial, subtitulado La dictadura de Ibáñez, me permitió descubrir, como estudioso no profesional de nuestro devenir histórico, la trascendencia de la figura y el accionar de Pablo Ramírez Rodríguez a partir de su gestión en el primer equipo ministerial de Carlos Ibáñez del Campo, conocido como el Gabinete de febrero, de 1927.
En los dos años y medio transcurridos hasta que hace dejación de su cargo de ministro, Pablo Ramírez se erige como el gran reformador de la Administración pública que sienta las bases de la nueva institucionalidad financiera del país. Prácticamente todas las instituciones básicas forjadas por Ramírez perduran hasta hoy.
Además, sobre la base de dicha transformación, el superministro Ramírez impulsó, por primera vez en Chile, una política de fomento de la industria nacional que prefiguraba el modelo de Estado interventor.
También hizo historia al impulsar el más grande plan de obras públicas conocido hasta esa época y organizar la Compañía Salitrera de Chile (COSACH), inédita asociación del Estado con los empresarios, para enfrentar la competencia del producto sintético. Luego de la recesión mundial y la caída del régimen ibañista, fue objeto de críticas por estas dos iniciativas.
El impacto de mi encuentro con Ramírez me hizo preguntar por qué razón es un desconocido para la inmensa mayoría de los chilenos, incluidas muchas personas poseedoras de un aceptable bagaje histórico. Hasta la fecha de la primera edición de aquel volumen de Vial, ningún otro autor de una historia general de Chile había tratado al personaje. Busqué y rebusqué, sin encontrar una biografía suya, sino solo dos breves pero serios estudios referidos, también en lo fundamental, a la gestión de Pablo Ramírez en el primer gobierno de Ibáñez¹.
Este vacío de información me suscitó, a la vez, la interrogante acerca de qué había hecho Ramírez antes y después de esa administración y, en fin, quién era este chileno que según aquellos escasísimos estudios, aparte de ser considerado como el «rey detrás del trono de Ibáñez»², fue el «principal arquitecto de un ambicioso proyecto nacional»³, «determinante en la transformación de la institucionalidad chilena hacia una franca y explícita intervención del Estado en la economía»⁴.
Me sentí entonces estimulado a ocupar parte de mi tiempo en buscar la respuesta. El caudal de información recopilada permitió acercarme, primero, al joven abogado radical que se había destacado desde la segunda década del siglo
XX
, como adalid de la lucha anticlerical que se libraba en el Parlamento y luego, al ministro de Educación que otorgó impulso final al proyecto de Ley de Instrucción Primaria Obligatoria.
Así se fue gestando esta biografía que abarca desde el nacimiento de Pablo Ramírez en 1886, hasta su muerte, en 1949. Inserto en el contexto histórico en que le correspondió ser protagonista, el trabajo se basa en un examen de fuentes históricas, la mayor parte directas (archivos oficiales, debates parlamentarios, prensa y, por cierto, obras que incluyen testimonios de primera mano acerca del personaje), a partir de los cuales se narra su vida y se traza su interesante y controvertida personalidad, a veces extravagante, a veces patética.
Entre las fuentes históricas de carácter contextual debo destacar, en cuanto se refiere a la época de Ibáñez, además de la obra de Vial, los Recuerdos del gobierno de Alessandri Palma y los trabajos de Mauricio Bertolino y Patricio Bernedo; y en lo que respecta al desenvolvimiento de la industria salitrera, el aporte clave de Alejandro Soto Cárdenas. Tratándose de obras que permiten profundizar más en el personaje, cabe referirse especialmente a los subjetivos, pero imprescindibles escritos de su colega ministerial Aquiles Vergara. Y, abarcando un periodo más extenso, fueron de gran utilidad las Memorias (o apuntes) de Enrique Oyarzún, obra inédita, proporcionada por Gonzalo Vial, los Recuerdos de don Pedro Aguirre Cerda, de Cabero y, por último, en lo atingente a las vicisitudes económicas y financieras del país, la información que aportan las Memorias del Banco Central. No puedo omitir los importantísimos aunque escasos testimonios que sobre la personalidad de Pablo Ramírez, proporcionaron personas que lo conocieron. Agradezco, en particular, los invaluables aportes de sus sobrinos, señores Eduardo Mewes y Horacio Ramírez. Por último, agradezco en todo lo que vale la colaboración que me prestara en la recopilación de notas de prensa y algunas entrevistas el periodista don Mario Rodríguez Órdenes.
1 Patricio Silva, «Pablo Ramírez: A Political Technocrat Avant-la-Lettre». En The Politics of Expertise in Latin America, Miguel A. Centeno y Patricio Silva (eds.), Houndsmills (Basingstoke), Macmillan Press, 1998, pp. 52-76; Javier Couso y Mauricio Hidalgo, «Un precursor de las instituciones estatales en materia económico-social durante la década de 1920: Pablo Ramírez Rodríguez». Documento no editado. Proyecto FONDECYT Nº93/0195.
2 Javier Couso; Mauricio Hidalgo, op. cit.
3 Patricio Silva, op. cit., p. 52.
4 Javier Couso; Mauricio Hidalgo, op. cit.
Primera parte
Un hijo de la clase media
Valparaíso
Julio Pablo Ramírez Rodríguez nació en 1886, en la casa del barrio Almendral que habitaban sus padres y sus dos hermanos mayores. El doctor Manuel Ramírez González, médico de treinta y cinco años de edad, casado con Elvira Rodríguez, gozaba de prestigio no solo debido a sus condiciones profesionales, sino también por haber alcanzado una respetable situación económica, que le permitió adquirir varios edificios en la manzana ubicada frente a la actual estación Bellavista. Durante la guerra del Pacífico, se había desempeñado como cirujano jefe de la Escuadra y, además, por encargo del Gobierno, organizó el sistema de ambulancias de campaña. También fue regidor por Valparaíso, cuando era alcalde Francisco Echaurren.
En 1890, año en el que murió el abuelo paterno de Pablo, fallece también su madre. El doctor Ramírez no tardará mucho en contraer segundo matrimonio con Julia Rahausen Nieto, de veintitrés años de edad, quien será mamá Julia para los hermanos Carlos, Enrique y Pablo Ramírez Rodríguez. El 6 de junio de 1891, en plena guerra civil, se celebra la ceremonia nupcial que no pudo ser anunciada en El Mercurio de Valparaíso, como era habitual, pues el periódico había sido clausurado por el gobierno de Balmaceda. El matrimonio se trasladó pronto a la casa quinta que el médico había adquirido en El Salto, comuna de Viña del Mar, donde serían vecinos de la familia Edwards Mac-Clure. La casona de grandes galerías se iluminó con la llegada de la primera medio hermana de Pablo. El padre pidió a mamá Julia que la niña llevase el nombre de su primera esposa, Elvira. Ella le respondió: «‹de acuerdo, doctor Ramírez’. Así lo trataba»⁵. Después de Elvirita, la familia seguiría creciendo. Con la llegada de Camilo, Raquel e Ida ya sumaban siete hermanos y luego se agregarían Horacio y Jorge.
Pablo ingresó a las preparatorias del colegio de los Padres Franceses, en calle Independencia, donde se educaban los hijos de las familias más acomodadas. Viajaba al puerto en carros tirados por caballos, que se guardaban en las cocheras de la casa⁶. Solo excepcionalmente lo hacía en tren, acompañado por su padre. El imponente edificio escolar porteño de tres pisos había sido inaugurado el año anterior y tras él se extendía una amplia huerta, hasta el cerro de las Monjas, en cuyas pobres casas se asomaban los niños del Patronato, escuela gratuita que la congregación de los Sagrados Corazones financiaba con parte de los ingresos del establecimiento pagado. Como medio pupilo, Pablo almorzaba en el colegio y regresaba a casa en la tarde. Los alumnos internos —la gran mayoría— desayunaban, cenaban y dormían juntos, formando un grupo compacto que al parecer contaba con las mayores simpatías de los religiosos. La congregación sostenía que «el régimen de alumnos internos hace que estos encuentren en el colegio circunstancias muy parecidas a las de su hogar, situación que estrecha los vínculos entre maestros y educandos». Pablo debía madrugar todos los días de la semana para viajar a Valparaíso, pues tenía la obligación de «asistir a misa en el colegio los domingos y festivos, a las ocho un cuarto de la mañana»⁷. Aquellas circunstancias, pero también probablemente la admiración que el doctor Ramírez, ligado profesionalmente a familias británicas, profesaba hacia la educación inglesa, pueden explicar que pasado el segundo año de preparatorias matriculase a su hijo en el colegio Mackay y Sutherland, ubicado en la calle Tubildad del Cerro Alegre, que en pocos años había ganado gran prestigio.
El lema del nuevo colegio vincit qui se vincit —vence el que se vence a sí mismo— era reflejo de la educación británica, centrada en forjar la voluntad de los estudiantes y luchar contra el miedo y la inseguridad. En el Mackay, Pablo debió conocer a un pariente de los vecinos de El Salto, Joaquín Edwards Bello, que vivía en el puerto y estudiaba en el colegio.
Valparaíso contaba entonces con más de cien mil habitantes y era la capital comercial del país, en un período de expansión económica iniciado luego de la guerra del Pacífico. Como centro comercial, era «dos veces mayor que cualquiera ciudad de su tamaño en los EE.UU.»⁸ y al boyante proceso exportador del salitre, que movilizaba cientos de barcos provenientes del norte en dirección al Atlántico, se sumaba la intensa actividad financiera, con presencia de importantes entidades extranjeras.
Al doctor Ramírez no le hubo de resultar fácil llegar a ser un médico predilecto de la comunidad británica, la cual contaba como otras colonias, con facultativos muy reconocidos. A través de los médicos extranjeros, ingresaban novedosos remedios importados. En un artículo de la época, se lee:
En estos momentos de fríos (…) la humedad es fatal para los asmáticos (…) y por lo tanto no deben olvidar los Cigarrillos Indios de Grimault y Cía., preparados con la cannabis índica del cáñamo de Bombay, que con algunas fumadas calman los más violentos ataques y producen un sueño placentero y reparador⁹.
Pero estas medicinas estaban destinadas a las clases acomodadas. La mayoría de la población, de origen nacional, vivía en la miseria y, sordamente, había comenzado a incubarse el descontento en las mutuales y las organizaciones obreras, cuya manifestación culminante fue la huelga portuaria de julio de 1890, que derivó en decenas de muertos, heridos, saqueos y destrucción.
En El Salto, eran habituales los paseos de fin de semana de la familia Ramírez. Los niños subían por la quinta, que llegaba hasta muy arriba de los cerros, conducidos por el papá, que les hacía comer naranjas y limones para evitar los resfriados¹⁰. Quizá debido a que pudo sufrir algún problema de integración con los ingleses, Pablo fue trasladado nuevamente a otro colegio. Refiriéndose al Mackay, un autor señala que, «de hecho, británicos y ‘nativos’ no se mezclaban» y, en verdad, existían dos clases de alumnos, ‹ingleses y criollos’»¹¹. En todo caso, Pablo jamás olvidaría el idioma inglés que aprendió en esos años. Se puede conjeturar que quizá el progenitor pensó en la necesidad de que sus hijos tuviesen formación religiosa porque su nuevo destino sería, otra vez, un establecimiento de la Iglesia católica. En 1895, el colegio Seminario San Rafael, ubicado casi al final de la Avenida de Las Delicias, actual Avenida Argentina, recibió a Pablo, Carlos y Enrique Ramírez Rodríguez. El primero de ellos cursaría quinta preparatoria, en régimen de internado, de modo que debería vivir en el seminario desde los lunes hasta el mediodía de los sábados. La regla general era no aceptar alumnos externos.
Para los hermanos, ese año resultaría inolvidable, pues se conmemoraban las bodas de plata del Seminario. Las celebraciones fueron fastuosas, destacando la gran fiesta de aniversario, con la presencia del arzobispo de Santiago, Mariano Casanova, que concluyó con el himno dedicado a San Rafael, patrono del plantel:
Al patrono del joven Tobías,
que cual hábil y fiel conductor,
al través del desierto nos guía,
dulce canto entonemos de amor¹².
El día del interno comenzaba con la levantada, a las seis. Antes del desayuno, todos se dirigían a la capilla, para la oración matinal que los viernes incluía una misa. Terminadas las clases de la mañana venía el almuerzo y concluida la jornada vespertina, los internos se dirigían a las habitaciones para cumplir con sus deberes, recogiéndose a las ocho y media, luego de cenar frugalmente. Pablo debió experimentar la vivencia religiosa en el deslumbrante ceremonial litúrgico más que en las clases de Historia Sagrada y, con seguridad, como tantos colegiales de la época, sintió emoción al recibir su primera comunión, mientras el coro cantaba O salutaris hostia, quae caeli pandis ostium. Hay quienes aseguran que Pablo Ramírez habría sido seminarista, en cuanto aspirante al sacerdocio, pero se da allí una confusión. Por ese entonces, en Valparaíso llamaban seminaristas a todos los alumnos de ese colegio, fuesen o no sacerdotes novicios. De todos modos, no debe extrañar que en sus últimos años de escolar Pablo, como muchos estudiantes, viviese una experiencia vocacional de carácter religioso, por cuanto, de acuerdo con las orientaciones de la autoridad eclesiástica, los seminarios menores, como el San Rafael, debían organizarse «de tal modo que vengan a ser verdaderos noviciados clericales»¹³.
En aquellos años, continuaron llegando a casa medio hermanitos de Pablo. Bastaba que mamá Julia dejase de amamantar, para que comenzara a crecer un nuevo retoño. Así, en 1897 nació Ricardo y en 1899 Gonzalo, seguido de Olga y Lidia. A los catorce años, cuando el país celebraría el llegada del nuevo siglo, Pablo era ya un eximio nadador. Pero su padre prefería la caza¹⁴. Pasado el invierno, casi todos los fines de semana el doctor organizaba paseos para los hijos mayores, que se extendían por los cerros del Valle de las Palmas, donde merodeaban conejos y liebres que cazaban, para después escabecharlos y saborear en familia. Carlos, el hermano mayor, luego de egresar del Seminario, partió a Santiago para incorporarse a la Escuela de Medicina. Pablo tuvo que sentir preocupación por él, puesto que además de ser su mejor confidente y amigo, era un tanto enfermizo y viviría solo en una pensión. Es probable que en Pablo Ramírez la extinción del sentimiento religioso y el rechazo hacia la Iglesia que caracterizó gran parte de su vida pública fuesen posteriores a su salida del Seminario, lo cual explica que a los diecisiete años de edad haya decidido estudiar Derecho en la Universidad Católica.
5 Entrevista del autor a los señores Eduardo Mewes Ramírez y Horacio Ramírez, sobrinos de Pablo Ramírez. Santiago, miércoles 10 de mayo de 2006. (En adelante citado como «Entrevista a Mewes y Ramírez».
6 Ibid.
7 Prospecto del Colegio de los Sagrados Corazones, Valparaíso, Sociedad Imprenta y Litografía Universo, 1905, p. 5.
8 Frank G. Carpenter. «South America. Social, Industrial and Political. A twenty-five-thousand-mile journey in search of information». Boston, Geo. M. Smith & Co. 1900, Pág. 199. Cit. por Juan R. Couyoumdjian, «El alto comercio de Valparaíso y las grandes casas extranjeras, 1880-1930: una aproximación», Historia, Santiago, 2000, vol. 33, pp. 63-99.
9 El Mercurio de Valparaíso, Valparaíso, 18 de febrero de 1886.
10 Entrevista a Mewes y Ramírez.
11 Salvador Benadava, Faltaban solo unas horas… Aproximación a Joaquín Edwards Bello, Santiago Lom Ediciones, 2006, p. 242.
12 Breviario Seminario San Rafael, Valparaíso, Imprenta y Litografía Excelsior, 1894.
13 Arzobispo Mariano Casanova a Rector Mesa. 30 de mayo de 1892. Cit. por David Toledo, Seminario San Rafael. 125 años de educación, amor y fe. Apuntes históricos, Valparaíso, Seminario San Rafael, 1996, p. 83.
14 Entrevista a Mewes y Ramírez.
Santiago
Cuando Pablo Ramírez descendió del tren, en la Estación Alameda, donde seguramente lo esperaba su hermano Carlos, su estampa física era ya definida. Superaba el metro setenta, estatura más que mediana para la época. De tez morena y grandes ojos café claro, destacaban sus marcadas cejas, el rebelde pelo negro y los labios delgados, con leve prominencia del inferior. Le debió deslumbrar el movimiento de Santiago, en particular la Alameda, con su continua línea de elegantes edificios y próspero comercio. Pero pronto se daría cuenta de que solo en el centro había luz eléctrica —la periferia contaba con iluminación a gas— y que al sur de La Moneda se extendía un feo sitio eriazo.
En marzo de 1903, Pablo ingresó al primer curso de Derecho de la Universidad Católica, que funcionaba en el antiguo edificio de calle Agustinas. Era decano de la Facultad el ya anciano José Clemente Fabres. Desde un comienzo, según diversos testimonios, «fue un estudiante brillante»¹⁵, que se caracterizaba por su «espíritu franco, amistoso y dicharachero»¹⁶. Los hermanos Carlos y Pablo Ramírez eran muy diferentes uno del otro. Contemporáneos suyos se refieren al primero como «dotado de un talento y una voluntad poco comunes» y destacan que «a pesar de la dolencia que desde muy joven le aquejaba (…) prosiguió sus estudios médicos con gran tenacidad y brillo, mereciendo el aprecio y la distinción de sus profesores»¹⁷. Carlos pudo avizorar pronto los impulsos jaraneros de su hermano menor y lo mucho que le atraían las diversiones nocturnas. Pese a todo, tanto se querían los dos hermanos Ramírez que siendo aún jóvenes «hicieron testamento recíproco entrambos»¹⁸.
Ya en segundo año, fue tomando fuerza en Pablo la decisión de trasladarse a la Universidad de Chile que, además de ser la casa de estudios superiores más importante, era centro del emergente movimiento estudiantil laicista, cuando comenzaba a desarrollarse la discusión acerca de la cuestión obrera. En 1905, ingresó al tercer año del curso de Leyes de la casa de Bello, que funcionaba en Teatinos con Compañía. Destacaban catedráticos como Manuel Egidio Ballesteros, que después de ser conservador había abrazado los idearios liberales. Pero quien marcó a fuego a la generación de Pablo Ramírez fue don Valentín Letelier, tanto en sus clases de Derecho Administrativo como en las tertulias posteriores, donde reflexionaba junto con sus alumnos respecto del futuro de Chile. Fue en este ambiente que Pablo comenzó a simpatizar con el pensamiento más avanzado del radicalismo. Si bien la base de apoyo electoral del Partido Radical estaba constituida fundamentalmente por sectores de la naciente clase media, en su núcleo dirigente gravitaban representantes de la burguesía minera, comercial y financiera, entre quienes destacaba la figura de Enrique Mac Iver. Todos los radicales postulaban los principios políticos liberales, un marcado anticlericalismo y la educación laica. Pero no existía unanimidad en las denominadas cuestiones sociales y económicas, respecto de las cuales se enfrentaban el sector individualista, personificado en Mac Iver, seguidor de Stewart Mill, y otro proclive a una mayor intervención pública en la economía, liderado por Valentín Letelier. La III Convención del Partido Radical, celebrada en los primeros días de 1906, fue escenario de un debate acerca de la función económico-social del Estado que marcó un hito histórico en el desarrollo futuro de la colectividad. La mayoría se pronunció a favor de las tesis de Letelier y declaró que:
(…) es deber moral, obligación jurídica y obra de previsión política no abandonar (…) a los pobres que viven del trabajo diario. En consecuencia, se deben dictar aquellas leyes y crear aquellas instituciones que sean necesarias para mejorar su condición y para ponerles, hasta donde sea posible sin daño del derecho, en pie de igualdad con las demás clases sociales¹⁹.
Caló hondo esa convención en el estudiantado de la Chile. Así como esos jóvenes admiraban crecientemente a Letelier, se habían formado la peor opinión de Mac Iver, debido a su vinculación con el rey del salitre, Thomas North, quien le había conferido «poder general amplio» para que, en su nombre, siguiese «toda clase de juicios». Especialmente, el curso de Leyes fue un semillero de la Juventud Radical y muchos alumnos ingresaron al partido después de la convención. Pablo optó, sin embargo, por hacerlo más tarde, quizá porque no quería que decayese su nivel de excelencia como alumno de Derecho. Quienes entonces lo conocieron afirman que «se distinguió en los estudios universitarios por su versación jurídica»²⁰, «su talento y la agudeza de su genio»²¹. Un destacado historiador contemporáneo nos señala que era «muy culto y de inteligencia excepcional»²². También hay quienes (adversarios suyos) sostienen que su cultura no era sistemática, sino una variedad de «ideas nuevas y atractivas, cogidas de aquí y allá en lecturas quizá extensas, pero desordenadas y a menudo superficiales»²³.
A la dedicación académica sumaba esa irresistible y creciente propensión a la bohemia y las farras, germinando en él la costumbre —que lo haría célebre— de acostarse de madrugada y comenzar a trabajar después del mediodía. Para Pablo Ramírez, quien reconocía que «somos, por herencia, inclinados a la pereza»²⁴, debía significar todo un sacrificio compatibilizar las correrías nocturnas con el cumplimiento de las exigencias universitarias. Un antagonista que avala el rumor de su homosexualidad lo moteja de hedonista, cultivador de «la sensualidad como signo de triunfo personal» y más aún «degenerado (cuya) enfermedad le había amargado la vida»²⁵. Vial piensa que «era más bien bisexual»²⁶. Con seguridad, fue en sus calaveradas que este hijo de un destacado médico, educado en colegios prestigiosos, adquirió un «lenguaje habitual (que) competía en desenfadada ordinariez con el de Alessandri»²⁷, aunque condimentado frecuentemente con sarcasmo hacia las personas. «El habla (…) no solo era intemperante, sino viperina. Los apodos graciosos e hirientes, (…) la burla, el chisme, salpicaban su conversación»²⁸. Un contemporáneo de Ramírez apunta que:
(…) no obstante su gran cultura, le placía salpicar la gracia e ironía de sus pláticas ya con expresiones vulgares, en ocasiones soeces, que hacían ruborizarse a pudibundos y a mojigatos, ya con epigramas, siempre oportunos, con que en pocas palabras retrataba ingeniosamente una situación, una política o un personaje²⁹.
En defensa suya, se afirma que «como estudiante (…) era uno de esos raros hombres sinceros, sin trastienda, que dicen lo que piensan, con ruda claridad»³⁰, por ejemplo, cuando se refería a los chilenos típicos como indios o destacaba su desdén por los pacos y milicos (la expresión pacos se refería a la policía uniformada y la expresión milicos a los miembros del Ejército).
Al promediar la primera década del siglo
XX
, muchos jóvenes universitarios que sentían hastío hacia la mayoría de los políticos, por su renuencia a enfrentar los problemas económicos y sociales, vieron encenderse en el horizonte una luz de esperanza cuando el doctor Valdés Canje, a quien consideraban un apóstol de la ética política y social y el dirigente obrero Luis Emilio Recabarren adhirieron a la candidatura presidencial de Pedro Montt. No cabe duda de que Pablo Ramírez formaba parte de aquel sector juvenil. Respaldado principalmente por radicales y liberales, Montt fue capaz de reunir en torno a su postulación a importantes sectores de la juventud, prometiendo «terminar con los escándalos financieros del periodo de Germán Riesco y realizar reformas al sistema parlamentario»³¹. El 25 de junio de 1906, se impuso a su contendor, Fernando Lazcano, de la Coalición conservadora.
Cuando aún no asumía el nuevo presidente, en el frío anochecer del jueves 16 de agosto, un fuerte temblor de tierra sorprendió en la capital a nuestro estudiante de Derecho. Ignoraba que el epicentro era su ciudad natal. Gran parte de Valparaíso fue destruida por el terremoto más desastroso en su historia. Según el parte de un capitán de la bomba Germania, cerca de la calle Bellavista lo que se constató fue lo siguiente:
se vio que toda la manzana estaba perdida (…) y cuando se notó que no se podía salvar nada (…) se llevó el chorro a la calle Blanco para evitar que se propagara el incendio a las casas del doctor Ramírez. (…) La bomba trabajó bastante, pudiendo salvar una manzana y media³².
Este relato alude a los edificios de propiedad del doctor Manuel Ramírez, que fueron de los pocos que resistieron el sismo. Según la prensa, la casa de El Salto «se desplomó, junto a otras»³³, pero esto parece una exageración, si se considera que la construcción, que era de madera, continuó siendo habitada y conocida por generaciones posteriores. Donde antes se erguía el edificio de los Padres Franceses, se veía ahora un sitio vacío y, junto a él, derrumbada, la torre del templo. En cambio, la construcción del Seminario había soportado bien el sismo y servía como albergue de damnificados. Pero, la pena grande de Pablo fue ver postrado en el lecho de enfermo a su querido hermano Carlos, egresado de medicina, que formó parte del puesto de socorro «Estación Portales y Barón y se distinguió en los días posteriores al terremoto atendiendo a los heridos»³⁴, circunstancia en la cual se agravó la antigua afección renal que lo acompañaría por el resto de su corta vida.
15 Patricio Silva, op. cit., pp. 52-76. (Traducción propia).
16 Juan Piedra, «Pablo Ramírez», La Opinión, Santiago, 12 de julio de 1949.
17 El Mercurio de Valparaíso, Valparaíso, 12 de marzo de 1918.
18 Aquiles Vergara, Criba de recuerdos. Memorias. Mi odisea ministerial, La Paz, 1955, p. 215. (Biblioteca del Congreso Nacional).
19 Francisco Barría Soto, El Partido Radical, su historia y sus obras, Santiago, Editorial Universitaria, 1957, p. 154.
20 Manuel Rivas Vicuña, Historia política y parlamentaria de Chile, tomo II, Santiago, Ediciones de la Biblioteca Nacional, 1964, p. 138.
21 Juan Piedra, op. cit.
22 Entrevista realizada por don Mario Rodríguez, colaborador del autor, a Gonzalo Vial, en su oficina de la Universidad Finis Terrae. Santiago, 7 de septiembre de 2005. (En adelante citado como «Entrevista a Gonzalo Vial»).
23 Gonzalo Vial, Historia de Chile, volumen III, Santiago, Editorial Santillana, 1988, p. 163 y volumen IV, Santiago, Editorial Fundación, 1996, p. 165. (En adelante citado como «Gonzalo Vial, op. cit., volumen III»).
24 Pablo Ramírez Rodríguez, Los regímenes matrimoniales (Estudio de Derecho Civil chileno y comparado), Tesis de la Licenciatura en Leyes y Ciencias Políticas de la Universidad de Chile, Santiago, Imprenta Cervantes, 1908.
25 Carlos Vicuña Fuentes, La tiranía en Chile, Santiago, Editorial Aconcagua, 1987, p. 342.
26 Entrevista a Gonzalo Vial.
27 Gonzalo Vial, op. cit., volumen III, p. 163.
28 Ibidem.
29 Alberto Cabero, Recuerdos de don Pedro Aguirre Cerda, Santiago, Imprenta Nascimento, 1948, p. 112.
30 Juan Piedra, op. cit.
31 Rafael Gumucio Rivas, «Chile entre dos centenarios. Historia de una democracia frustrada», Polis: revista on-line de la Universidad Bolivariana, Santiago, volumen 4, nº 10, 2005.
32 «Historia de la Compañía». Segunda Compañía de Bomberos (Bomba Germania) de Valparaíso.
33 La Unión, Valparaíso, 29 de agosto de 1906.
34 José Grossi, Servicio médico de un terremoto, Valparaíso, Litografía e Imprenta Moderna, 1907, p. 11.
Dirigente estudiantil y joven abogado
El 15 de agosto de 1906, el claustro pleno de la Universidad de Chile eligió, por unanimidad, a Valentín Letelier como futuro rector de dicha casa de estudios. Pedro Montt lo ratificó. El acontecimiento estimuló el interés del joven Ramírez en ser partícipe del ascendente movimiento universitario, impregnado de ideales laicos y de cambio social. Ese mismo año se integró activamente al grupo organizador de la Federación de estudiantes, encabezado por el estudiante de medicina José Ducci. Sostiene Carlos Vicuña que lo hizo por afán de figuración, pero reconoce que también lo movía su pasión pública y su talento³⁵. Rivas Vicuña, recogiendo la equivocada idea de que fue seminarista, afirma que «producto del seminario, Ramírez había abandonado su fervor religioso, convirtiéndose en adalid de las ideas extremas»³⁶.
El 21 de octubre de 1906 se constituyó la Federación de Estudiantes de Chile, FECH. Ducci asumió como presidente y Pablo Ramírez ocupó la vicepresidencia. Aunque la directiva no surgió de una contienda partidista, la mayoría se identificaba con la Juventud Radical y contaba con el respaldo del rector Letelier, que cedió a los dirigentes un espacio en la casa central universitaria. A poco andar, la FECH incorporó a estudiantes de otras entidades educacionales. Como dirigente, Pablo Ramírez «se hizo famoso en los círculos políticos de la universidad por su excelente oratoria y su combativo estilo de debate»³⁷. El propio Carlos Vicuña admite que «su oratoria resplandeciente y aguda había entusiasmado a la muchachada»³⁸. En 1907, cuando cursaba el último año, fue designado delegado del curso de Leyes al Primer Congreso Americano de Estudiantes, el que se realizaría en Montevideo. La delegación sería integrada también por Ducci y el egresado de medicina Óscar Fontecilla. Los tres viajarían junto con la delegación peruana, que llegó a Santiago luego de desembarcar en Valparaíso, entre cuyos integrantes destacaba un estudiante de 19 años, Manuel Prado, de quien se decía era bastante conservador, y un auténtico émulo de Castelar llamado Víctor Andrés Belaúnde. Los dos serían, más tarde, gravitantes figuras públicas de su país. Cuando faltaban diez días para el viaje, la salud le jugó a Pablo una mala pasada. La fiebre era tan elevada que hubo de ceder el lugar a otro estudiante de Leyes, Manuel Gaete. Pero como el enfermo se encontraba redactando ya su tesis de licenciatura, decidió hacer de su desgracia una oportunidad para practicar la severidad consigo mismo y sumergirse en el volumen de Baudry-Lacantinerie dedicado al contrato de matrimonio civil. Fue también en esta época que comenzaría a practicar su nueva afición, el tiro al blanco, en el que muy pronto destacaría. En 1908, el directorio de la Federación de Estudiantes encargó a Ramírez la redacción de sus primeros estatutos. El proyecto, que recoge el interés de la FECH por los problemas sociales³⁹, fue ratificado ese mismo año.
Bajo el título Los regímenes matrimoniales: estudio de Derecho civil chileno y comparado, la tesis de licenciatura de Pablo Ramírez fue aprobada en julio de 1908 y publicada por la Imprenta Cervantes. En perspectiva, más destacable que la memoria propiamente tal son los precursores planteamientos que, bajo el enunciado Observaciones sobre los Estudios Jurídicos, contiene la introducción. Observa que mientras durante muchos años solo se avanzó hacia la interpretación exegética, su generación realizaba ya «el estudio propiamente jurídico, deduciendo con la ayuda de la historia, del Derecho comparado y del raciocinio, las teorías de la ley»⁴⁰. Sin embargo, aprecia como mayor obstáculo un método de estudio que favorecía más la memorización que «la formación del criterio». Descendiendo a propuestas concretas, recomienda la creación de profesores ayudantes, ya que estima «imposible que un solo hombre dé toda la instrucción en su ramo». Los ayudantes tendrían por función explicar los artículos, dejando al catedrático «lo que constituye verdaderamente la enseñanza del Derecho: la exposición doctrinaria y sistemática de las grandes líneas». En seguida, califica la asignatura de Historia del Derecho como mero «resumen de Derecho canónico (…) y una especie de bibliografía de leyes bárbaras», en circunstancias que «las bases del Derecho moderno (…) se fundan en el Derecho romano, modificado por el Derecho de la Edad Media», de lo cual colige «cuán absurda es la idea de que el profesor de este ramo deba ser un eclesiástico» y aconseja que se confíe la cátedra a «una persona (…) que esté familiarizada con el Derecho romano y el Derecho moderno». Concluye recomendando «el estudio del Derecho comparado (que) nos mostraría los defectos de nuestro Código y (…) serviría de guía en la reforma de nuestras leyes»⁴¹.
En un país donde no más de una persona entre cien activas era profesional, el 11 de diciembre de 1908, Pablo Ramírez recibía su título de abogado, justo cuando su querido hermano Carlos partía hacia Alemania, para perfeccionar sus estudios. Y al concluir el año, era invitado a disertar en el Congreso Científico Panamericano, oportunidad que no podía desperdiciar. Valentín Letelier se propuso reunir a la intelectualidad chilena y a destacados científicos y pensadores de otros países, con el objeto de debatir el resultado de sus investigaciones y reflexiones y también generar un intercambio continental de experiencias académicas. Para ello, organizó un simposio que se realizó en la sede universitaria, entre el 26 de diciembre de 1908 y el 5 de enero de 1909. El primer Congreso Científico Panamericano, al decir del propio rector, «fue la más grande asamblea científica de carácter internacional que el continente americano hubiera presenciado»⁴², con 742 ponencias y cerca de 2.000 participantes, de los cuales 400 representaban a instituciones científicas.
En el programa del congreso, donde aparecía el peruano Víctor Andrés Belaúnde disertando acerca de los incas de la Hoya Amazónica, destacaba la ponencia del diputado Malaquías Concha, fundador del Partido Demócrata, titulada La lucha económica. Fue la primera vez que Ramírez escuchó a un político activo proponer un programa de fomento de la industria nacional bajo el impulso estatal y, desde entonces, el tema industrial pasaría a formar parte importante de sus inquietudes intelectuales y políticas. En el Congreso Científico Panamericano, correspondió al abogado Ramírez disertar sobre el régimen de bienes en el matrimonio, a la luz del Derecho comparado, ocasión en la cual propuso reformas que facilitasen un régimen voluntario de separación de bienes. En la subcomisión de Ciencias Jurídicas, donde participaba un importante número de delegados extranjeros, su intervención «le valió felicitaciones, sobre todo de la delegación del Brasil, país que estaba adelantado en esta materia»⁴³.
En la tarde del 5 de febrero de 1909, Pablo se enteró del incendio que se había declarado en la sede de la legación alemana, ubicada en Nataniel Cox esquina con Alonso Ovalle. Al día siguiente, la prensa informaba que en el inmueble, reducido a escombros, se había descubierto el cadáver carbonizado del canciller de la legación, Guillermo Beckert. Su identificación fue posible debido a que el occiso llevaba consigo la argolla de matrimonio, el reloj y sus colleras. El malogrado canciller fue objeto de un funeral oficial, con todos los honores señalados por el protocolo, y en él participaron representantes del Gobierno presididos por el ministro de Relaciones Exteriores. Desde el día del siniestro, se había detectado la desaparición del portero del edificio, Exequiel Tapia, exsargento del regimiento Cazadores. Como se encontrara la caja de seguridad abierta y sin los veinticinco
