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Descubra a Nova Coleção de Romances Encantadores de Barbara Cartland – Amor, Aventura e Emoção para Jovens Sonhadores!
Prepare-se para se apaixonar com a nova coleção de romances inesquecíveis de Barbara Cartland, escritos para jovens leitores que desejam se perder em histórias de paixão arrebatadora, heroínas destemidas e cenários deslumbrantes. Ambientados em períodos fascinantes da história, esses romances transportam o leitor para a elegância da Regência, a grandiosidade da Era Vitoriana e o esplendor dos salões de baile parisienses.
Com protagonistas corajosas e determinadas, como a misteriosa criada que desafia as convenções em A Criada Misteriosa, a jovem que foge do perigo na corte de Napoleão em A Violeta Imperial e a dama que desafia as apostas do destino em Corações em Jogo, cada livro é uma jornada de romance puro, desafios inesperados e finais felizes inesquecíveis.
Seja nas perigosas intrigas da aristocracia inglesa, nos luxuosos palácios europeus ou nos recantos exóticos da Índia e do Oriente, esta coleção promete ser um verdadeiro refúgio para quem busca escapar para um mundo de amor e magia.
Ideal para leitores que adoram Jane Austen, Bridgerton e histórias repletas de emoções, esta série exclusiva traz o melhor da literatura romântica clássica com uma abordagem jovem e envolvente.
? #EscapeYourDay para um mundo de amor eterno! ?
Barbara Cartland
Barbara Cartland war die produktivste Schriftstellerin der Welt. Sie schrieb zu Lebzeiten 723 Bücher, von denen nicht weniger als 644 Liebesromane waren, die sich weltweit über eine Milliarde Mal verkauften und in 36 Sprachen übersetzt wurden. Neben Liebesromanen schrieb sie außerdem historische Biografien, Theaterstücke und Ratgeber. Ihr erstes Buch schrieb sie im Alter von 21 Jahren – es wurde auf Anhieb ein Bestseller. Ihr letztes Buch schrieb sie im Alter von 97 Jahren und es trug den vielleicht prophetischen Titel »Der Weg zum Himmel«. Zwischen den 1970er und 1990er Jahren wurde Barbara Cartland dank zahlreicher Fernsehauftritte und ihrer Beziehung mit der jungen Lady Diana zu einer Medienikone, doch ihr großes Vermächtnis werden ihre vielen inspirierenden Liebesromane bleiben. Barbara Cartlands offizielle Website: www.barbaracartland.com Bei dotbooks erscheinen von Barbara Cartland mehrere historische Liebesromane in der der HIGHLAND SKY-Reihe sowie in der REGENCY SCANDALS-Serie und Exotikromane in der Reihe TRÄUME UNTER FERNER SONNE.
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5 - Barbara Cartland
CAPÍTULO I
La puerta de la Posada "Jorge y el Dragón" se abrió y un caballero salió al aire helado del mes de noviembre.
—El sol se ocultaba tras los árboles, cuyas ramas desnudas semejaban raquíticos dedos recortados contra el cielo dorado.
El ruido y las risas de la Posada disminuyeron cuando el caballero cerró la puerta. Luego, se colocó gallardamente el sombrero de copa sobre el cabello oscuro y miró a través de los pastos comunales de la villa, al faetón negro y amarillo tirado por cuatro caballos castaños que lo esperaba.
Sus caballos no eran los únicos animales finos que se veían en el prado, los había cazadores, cansados y lodosos, que eran llevados lentamente a casa por sus palafreneros, y los faetones, los carros abiertos y los cerrados landós, cuyos propietarios habían pasado un día agotador en la silla de montar, esperaban para transportar cómodamente a sus amos.
El caballero estaba a punto de cruzar el angosto camino que lo se paraba de su carruaje, cuando escuchó una voz musical, aunque ligeramente asustada, que decía:
—Por favor, señores… les ruego que me dejen pasar.
—¡No! ¡Tienes que elegir! ¡Debe ser cualquiera de nosotros!
El caballero reconoció la voz de un libertino Barón y, mirando distraídamente en dirección a la Posada, pudo ver en el escalón superior de una casita de campo de barda blanca y negra, a una joven que llevaba una capa azul adornada con piel gris.
La capucha le cubría la cabeza pero, aun a esa distancia, él distinguió el pequeño y blanco rostro en el que sobresalían unos enormes ojos oscuros.
Frente a ella se encontraban el Barón y otro joven, vestidos ambos con pantalones de ante blanco salpicados de lodo y chaquetas de caza rosadas con las solapas verdes del Morden Chase.
—¡Vamos, decídete!— insistió el Barón.
A juzgar por sus balbuceos, era evidente que el ponche caliente que le sirvieron en Jorge y el Dragón
le había hecho mucho efecto.
El caballero dio un paso más hacia su carruaje. Después de todo, si el joven Haydon y su amigo deseaban perseguir a una joven de la localidad no era asunto suyo, y él no iba a echarles a perder la diversión. -
—¡Por favor… por favor, déjenme seguir… se los ruego!
El tono de voz de la joven lo hizo retroceder. Parecía una chica tan joven y tan indefensa que lo impulsó a volver sobre sus pasos.
—¡Creo que yo gané!
Fue el amigo del Barón quien habló. No cabía duda de que era muy ladino y de que el licor había exacerbado sus instintos.
—¡Vamos, preciosa!— se adelantó y estiró los brazos haciendo ademán de rodear con ellos a la joven que se encontraba en el escalón. Ella retrocedió atemorizada y el caballero dijo entonces secamente:
—¡Creo que oyó decir a la dama que la dejara pasar!—
Dijo aquello con voz ligeramente divertida, pero el Barón se volvió a mirarlo fijamente y, casi de inmediato, su rostro adquirió una expresión de disculpa.
Pero su amigo tardó más en descubrir quién había hablado.
—¿Qué diablos tiene que ver con…?— comenzó a decir, pero al reconocer al caballero abandonó confundido su actitud agresiva.
El caballero los ignoró a ambos y se inclinó irónico ante la pequeña figura parada en la puerta.
—¿Me permite escoltarla a su carruaje, Madame… si es que trajo alguno?
Ella levantó la cabeza para mirarlo. A pesar de la escasa luz reinante, sus grandes ojos y extraordinaria juventud no pasaron desapercibidos, al caballero.
—Gracias— contestó sin aliento.
Bajó el escalón para detenerse a su lado e ignoró al Barón y a su amigo, quienes la dejaron pasar sin añadir una palabra más.
Era muy pequeña, su cabeza apenas llegaba a los amplios hombros del caballero. Aunque él era excepcionalmente alto y poseía, pensó ella nerviosamente mientras lo miraba, cierta sobrecogedora fuerza interior.
No se trataba tanto de su apariencia como de su presencia de ánimo y pudo comprender por qué los hombres que la habían estado acosando como a una presa acorralada, se habían intimidado ante él.
Los prados comunales se extendían a la derecha de la Posada y al frente de otras casas de campo, de bardas blancas y negras. Los cercaban troncos de árboles y, al otro lado, el estanque de los patos donde, según la leyenda, más de una docena de brujas se enfrentaron a la muerte siglos atrás.
En el centro del prado había una calesa antigua de la que tiraba, mientras pacía, un enorme y rollizo pony moteado, contrastando absurdamente con los elegantes vehículos y los caballos de pura sangre que rodeaban la Posada.
La joven de la capa azul se dirigió de prisa hacia la calesa y, como sus pasos eran tan cortos, parecía correr para poder ir a la par del caballero, que caminaba con lentitud.
Sólo después de que estuvieron lejos de las cabañas y los dos frustrados cazadores no podían escuchar, ella se decidió a hablar de nuevo. Con aquella vocecita suave que atrajo antes la atención del caballero , dijo:
—Le estoy muy agradecida, señor. Todo sucedió por mi culpa… olvidé que los participantes de la cacería se reunían hoy aquí.
—Creo que eso acontece cada año.
—Así es, pero lo olvidé.
—El año entrante deberá tener más cuidado.
—Lo tendré.
Para entonces, ya habían llegado a la calesa y él observó las riendas anudadas y atadas con cuidado al guarda fango.
—¿Va muy lejos?
Ella sacudió la cabeza.
—Sólo a corta distancia. Gracias de nuevo.
El bajó los ojos para mirarla. El sol que se había ocultado, envió un postrer rayo de luz que atravesó los árboles desnudos y brilló sobre su rostro. Era muy hermosa.. .
Había algo etéreo en aquella pequeña cara ovalada, algo espiritual, que el caballero jamás había visto antes o, por lo menos, desde hacía mucho tiempo, en ninguna mujer.
Le recordaba una pintura famosa, aunque por el momento no acudía a su mente el nombre del artista.
Advirtió en ese instante que sus ojos eran azules. No era el tono azul que uno esperaba ver de acuerdo al cabello rubio pálido que asomaba bajo de la capucha, sino el azul profundo y tempestuoso de un mar invernal aunque, curiosamente, las largas pestañas que los rodeaban, eran oscuras.
«Ojos extraños» se dijo, «Ojos misteriosos».
A su vez, aquellos ojos, que sostenían su mirada, parecían fascinados.
—Tiene que cuidarse mejor— le dijo él con voz profunda y luego, torciendo ligeramente los labios preguntó—, ¿Recibiré una recompensa?
—¿Recompensa?
Ella lo seguía mirando. Jamás imaginó que un hombre pudiera ser tan bien parecido, tan increíblemente gallardo y a la vez tan cínico, tan sardónico y… ¡quizás la palabra correcta era… pícaro!
Diciéndose que su rostro le recordaba al de un pirata, bajó la vista confundida, apoyándose en la calesa.
—La salvé y ello tiene un precio. ¿No les enseñan en el campo que las deudas de honor se pagan?
Perpleja, lo miró de nuevo.
—Creo que no… sé… lo que quiere decir— susurró.
—Creo que sí— replicó y, levantándole el mentón con los dedos de la mano derecha, se inclinó y la besó en los labios.
Durante un largo rato, ninguno de los dos se movió. Ella sintió como si se hubiera vuelto de piedra. Le pareció increíble lo que le estaba sucediendo. No podía comprender cómo, de pronto, la cálida boca de él se apretaba fuertemente sobre la suya.
La mantenía prisionera de sus labios y ella, desde algún rincón oscuro de su mente, comprendió que tenía que tratar de escapar.
¡Debía apartarse de él! Sin embargo, confundida, había perdido la voluntad y permanecía inmóvil.
Entonces, él levantó la cabeza y la liberó.
—No cabe duda de que hará sumamente feliz a un rústico campesino— dijo con voz seca y burlona, y se alejó.
Ella se quedó muy quieta al verlo marchar. Le costaba trabajo creer lo sucedido, un hombre, a quien jamás había visto en su vida, la había besado.
Increíblemente, ajena a toda modestia, se abstuvo de luchar contra él o de evitar que la besara. Sólo permaneció estática, dejando que los labios de aquel hombre se apoderaran de los suyos.
¡Fue un sueño, algo inverosímil que sucedió a pesar de todo! Subió a la calesa. El sol se había puesto y la alta figura de anchos hombros que se alejaba se perdía en la penumbra. No deseaba mirarlo ya. Debía regresar a casa y tratar de explicarse a sí misma si podía, cuanto ocurrió.
El pony moteado avanzaba lentamente y con desgano por el camino. Dejaba atrás el suave pasto, pero le esperaba un Establo cómodo y heno fresco.
Apuró un poco el paso y apenas había recorrido un cuarto de kilómetro, se introdujo a través de una entrada de piedra.
Después de un corto trecho, al salir de la sombra de los viejos árboles de roble, apareció a la vista una hermosa mansión Isabelina de ladrillo rojo, techo de madera, ventanas con gabletes y puerta principal de roble tachonado.
Apenas divisó la calesa, un sirviente, que parecía estar esperándola, se adelantó corriendo.
—Llega tarde, señorita Orelia— dijo con el reproche familiar de un viejo criado.
—Lo sé, Abbey— replicó Orelia—, pero la pobre Sarah murió hace sólo una hora.
—¿Murió al fin, señorita ?
—Sí, Abbey, y debemos alegrarnos. Sufrió muchos dolores en estos últimos meses.
—Lo sé, señorita , y de seguro agradeció el tenerla a usted allí.
—Creo que me quería— dijo Orelia sencillamente. Apenas se bajó de la calesa, se abrió la puerta principal. Otro anciano, de más de sesenta años, aguardaba.
—Al fin regresó, señorita Orelia, iba a mandar a Abbey a buscarla.
—¿El tío Arturo?— preguntó Orelia ansiosa.
—El doctor está con él, pero no creo que haya mucha esperanza.
—Subiré a verlo.
Orelia se desabrochó la capa y se la entregó al mayordomo. Se pasó una mano por aquel cabello rubio pálido… tan pálido, que recordaba el brillo del sol que anuncia la prima vera.
Su vestido era sencillo y ligeramente pasado de moda, pero no acertaba a ocultar la delgada, flexible gracia de su joven figura y las suaves curvas de sus senos. Sobre ellos, el esbelto cuello confería al pequeño rostro de claro cabello un porte y una belleza etérea que la hacía parecer un ser de otro mundo, como una Ninfa o una joven Diosa del Olimpo.
Subió la escalera con tanta prisa que sus zapatillas parecían volar sobre la gastada alfombra.
Luego, se detuvo un momento en el descanso antes de abrir la puerta de la alcoba, los ojos sombríos de ansiedad y aprensión.
No fue sino hasta el día siguiente que Orelia tuvo tiempo de volver a pensar en el caballero que la rescató de las torpes atenciones de los dos jóvenes cazadores borrachos, sólo para insultarla a su vez.
Pero, ¿fue en realidad un insulto? ¿No perdonó ella su comportamiento al abstenerse de protestar? Él le restó importancia, desde luego, a su persona: "No cabe duda que hará extremadamente feliz a algún rústico campesino", le había dicho.
Recordaba su voz y aquel tono seco y burlón que indicaba a las claras que ni siquiera la consideraba digna de ser la esposa de un caballero. Pero, por supuesto, ninguna dama noble, o bien nacida, viajaría sola.
Deseó haber podido explicarle por qué se llevó al pueblo la calesa tirada por el rollizo pony, sin que la acompañara ningún Sirviente.
Abbey debía recoger una medicina en casa del médico y el chico que lo ayudaba en el establo estaba enfermo. Si deseaba visitar a la vieja Sarah, que agonizaba, tenía que ir sola.
¿Cómo pudo ser tan tonta de olvidarse de la reunión del Morden Chase, en Jorge y el Dragón
? ¿Y cómo pudo permanecer impasible, cuando el desconocido la besó?
Pensó que tal vez estaba azorada y aturdida debido a la muerte de Sarah, la querida y vieja Sarah, a quien conocía desde niña, y quien la cuidó cuando llegó a Morden a vivir con su tío Arturo, la única madre que había conocido en su vida.
Pero ahora Sarah se había ido y también el tío Arturo. Murió antes del amanecer, sosteniendo la mano de Orelia, aunque hablaba de personas que, o bien habían muerto hacía mucho tiempo, o ella no conoció.
Cuando se refirió al padre de Orelia, dejó entrever, cuándo profundamente amó a su hermano, pero había otros parientes a quienes debió conocer cuando era niño y que eran sólo nombres para Orelia.
Luego, poco tiempo antes de morir, preguntó:
—¿Y Carolina? ¿Dónde está Carolina?
—En el extranjero, tío Arturo— contestó Orelia—. Estaría contigo ahora si supiera que la necesitabas, pero ni siquiera sé su dirección.
—¡En el extranjero! Siempre vagando por ahí, jamás contenta de estar en casa, siempre metida en problemas. Tienes que ayudarla, Orelia.
—Me temo que Carolina no me escuche, tío Arturo.
—Lo hara— insistió él débilmente, aunque con convicción.
—Siempre te hacía caso. Fuiste una buena influencia… para Carolina. Te quedarás con ella, no la dejes meterse en líos… prométemelo.
—Trataré de hacerlo.
—¡Prométemelo!— insistió su tío.
—Lo prometo.
No estaba segura de lo que prometió, pero comprendió que el juramento que se hacía a un moribundo debía tener algún significado. Era curioso que su último pensamiento, sus últimas palabras coherentes, estuvieran dedicadas a Carolina. En los últimos años significó muy poco en su vida y algunas veces parecía que casi la había olvidado y que era a Orelia a quien miraba como hija, ya que tenían tantos intereses en común.
No se podía esperar que Carolina se contentara con la pobreza, la incomodidad y la falta de diversiones de Morden. Era tan bella, tan vivaz y sentía tantas ansias por la vida social, que no era sorprendente que casi no supieran de ella.
Pero ahora que su padre había muerto, Orelia se dijo que debía ponerse en contacto con Carolina de alguna manera, que ella debía regresar a casa, que debía reclamar la herencia que él le dejó, por pequeña que fuera.
*
En los meses que siguieron, Orelia comprendió que todo dependía del regreso de Carolina. Tenía que poner cuanto estuviera de su parte para seguir adelante, para conservar la propiedad como estaba, hasta que la hija y heredera de la casa regresara al hogar.
Los abogado s aceptaron adelantar cierta suma de dinero para pagar a los ancianos sirvientes y para el cultivo de las tierras, pero no ocultaron que lo hacían con renuencia, pues no tenían autoridad de pagar nada sin el permiso de Lady Carolina.
—Creo que está en Roma— les dijo Orelia—, pero no estoy segura. Hace unos meses, un mensajero nos trajo una carta suya. Nos dijo que viajaba por Italia y que intentaba quedarse por algún tiempo en Roma. Eso es todo lo que sé. Envié una carta por barco a la dirección que mandó, pero pudo haberse mudado, por supuesto.
—Entonces, señorita Stanyon, confiamos en que no gastará mucho— dijo el abogado .
Su voz, precisa y seca, parecía carecer de la menor pizca de humanidad.
—Haré lo mejor que pueda.
Unos parientes lejanos asistieron al funeral y cuando terminó se leyó el testamento. Era muy simple.
El Quinto Conde de Morden, dejó cuanto poseía a su única hija, Lady Carolina Stanyon. Pero, en un codicilo con fecha 9 de septiembre de 1817, agregó:
También confío a mi hija el cuidado y tutela de mi sobrina, Orelia Stanyon, cuya bondad y atenciones hacia mí durante estos años, me produjeron gran felicidad. Ordeno a mi hija que permita a su prima Orelia considerar esta casa como su hogar, y a Orelia le pido a cambio que ayude a mi hija Carolina y que sea, como en el pasado, su inspiración y su guía
.
Orelia sintió que el rubor afloraba a sus mejillas cuando el abogado leyó la extraña solicitud. Los parientes presentes la miraron con curiosidad y ella advirtió la expresión de alivio que asomó a sus rostros, al saber que no tenían que hacerse cargo de ella, ni ofrecerle ningún tipo de hospitalidad.
Cuando todos se fueron y se quedó sola en la casa, se enfrentó con aprensión al futuro.
¿Qué pensaría Carolina de las curiosas instrucciones de su padre ?
¿Estaría preparada para actuar como tutora de una joven con la que creció y con quien ahora tendría, obviamente, muy poco en común?
Una cosa era que Carolina le tuviera cariño a su prima menor cuando eran niñas y permitiera que Orelia se ocupara de ella, la obedeciera, la quisiera y estuviera orgullosa de ser su confidente y otra que estuviera dispuesta a ser su tutora.
Orelia recordó cuán a menudo se sentaba en la cama de Carolina para escuchar los relatos de sus conquistas amorosas. Desde los trece años, Carolina incitaba a los hombres a que la persiguieran y a Orelia no la sorprendía. No había nadie más encantadora, más seductora o coqueta que su prima. Con sus rizos sueltos y oscuros, el rostro ovalado, los negros ojos vivaces y la boca roja como botón de rosa, resultaba una irresistible provocación para cualquier hombre joven de las cercanías. Luego, cuando creció, se fue a Londres con su madrina, una parienta lejana, y regresó entusiasmada del éxito logrado.
Desde el amanecer hasta el anochecer hablaba de los enamorados que a todo lo largo y lo ancho de la calle St. James, pusieron el corazón a sus pies, entonaron odas a sus ojos, y brindaron por ella.
Carolina se enamoró a los diecisiete años.
Fue entonces cuando Orelia le resultó indispensable, pues tenía que hablar siempre de sus sentimientos, de sus enamorados, y sus planes futuros y Orelia se sentía muy feliz de escucharla. Había una diferencia de tres años entre las prima s y, sin embargo, algunas veces, a los catorce años, Orelia se sentía mayor que Carolina.
Carolina jamás se tomaba tiempo para pensar; era impetuosa, irresponsable y se dejaba llevar fácilmente por la excitación del momento. Jamás se detenía a reflexionar antes de actuar.
—¡Oh, Carolina, por favor no hagas eso!— le rogaba Orelia.
—¿Por qué no? ¿A qué esperar? ¡Esto es vida! ¡Esto es vivir! ¡Quiero disfrutar cada momento, Orelia. Es muy fácil perderse algo y yo no intento privarme de nada.
Carolina no se privó de nada. Al cumplir dieciocho años, impetuosamente, se casó con un apuesto primo lejano, un Stanyon, joven derrochador, jugador y valentón.
Sucedió como reacción a su primera relación amorosa, como Orelia sabía. Fue un gesto desesperado para evitar ser herida, para pretender que su corazón no sufría, que no extrañaba al hombre amado, quien la dejó precisamente por quererla demasiado. No tuvo otra salida, pues a la muerte de su padre se quedó endeudado y con una propiedad empobrecida.
—Sí, soy Lord Faringham— le había dicho amargamente—, un, noble con un techo que gotea y con la bolsa vacía. ¿De qué sirve mi corazón en tales circunstancias?
Hubo abundantes lágrimas por parte de Carolina y exclamaciones incoherentes del hombre que la adoraba desde la cuna. Entonces, una mañana, él desapareció.
Haré una fortuna, amada mía— escribió. ¡Espérame… te amo, te amo!
.
Pero Carolina no esperó. Se negó a ser infeliz y, huyendo de sus propias emociones, perdió la cabeza por un experto y joven libertino.
Fue un matrimonio idiota… destinado al fracaso, pero nada de lo que Orelia pudiera decir impediría que Carolina se casara con Harry Stanyon.
Y, a los seis meses de matrimonio, murió Harry, de la misma manera loca en que vivió, montando con los ojos vendados en una carrera a campo traviesa en la que dos hombres salieron gravemente heridos y tres caballos tuvieron que ser sacrificados.
Aquella tragedia innecesaria hizo decir a la gente que el desenfreno de la regencia había llegado demasiado lejos y que el Regente era una influencia nociva y ofrecía un mal ejemplo a los jóvenes caballeretes que lo rodeaban, que la sociedad debía mostrar más sentido del decoro
y que algo se debía hacer al respecto.
El asunto fue la comidilla de nueve días… los chismosos no hablaron de otra cosa y se publicaron caricaturas y artículos alusivos en los periódicos, pero después, todo se olvidó con rapidez.
Pero el hecho fue, que Harry Stanyon murió y Carolina se convirtió en viuda antes de cumplir diecinueve años. Fue entonces cuando por primera vez en su vida, se sintió un poco deprimida y aprensiva hacia el futuro y su madrina acudió a rescatarla.
Antes que se sintiera en Morden el impacto de lo sucedido, y de que el Conde pudiera darse cuenta de la clase de ambiente en que su hija se desenvolvía, Carolina se había marchado a Europa en un largo viaje.
Sólo por alguna carta ocasional, Orelia y su padre se enteraban de su paradero y de sus asuntos. Aun las escuetas líneas, que les mandaba, permitían adivinar claramente que Carolina no sólo había recobrado el buen ánimo, sino que se divertía intensamente.
Ahora, al pensar en su prima , Orelia exhaló un ligero suspiro. A menos que se encontrara otro esposo, ¿qué iba a hacer a su regreso?
Era obvio que Morden le parecía demasiado aburrido. Aunque, como estaban cerca de Londres, no sería difícil invitar amigos para que la visitaran y Carolina podría reanudar la vida social que tanto disfrutaba.
Pero, se dijo Orelia, ¿cómo obtendría dinero? Ese era el verdadero problema, el punto crucial, el dinero.
Estaba cansada de oírlo… se necesitaba dinero para la tierra, para la casa, para los salarios… y una cosa era segura, aunque nunca se quejaba: jamás había dinero para ella. Entonces comenzó a pensar.
Tenía mucho tiempo para hacerlo, porque la nieve los aisló esa Navidad. Afortunadamente, había bastante leña para mantener el fuego en la casa y la vieja cocinera, quien había estado casi cincuenta años en Morden, tenía preparadas aves y pescado para que hubiera suficiente comida, además de los jamones colgados de los maderos en la cocina y las palomas que abundaban en el palomar. Aunque Orelia no se pre ocupaba demasiado de lo que comía. Se le ocurrió de pronto una idea mientras ordenaba los papeles en los que su tío trabajó hasta que murió. Ella lo había ayudado, copió su desaliñado manuscrito en su bella y distinguida letra, archivó los libros de referencia para poderlos consultar nuevamente en un momento dado y, tomó tantas notas que al final conocía ya tanto del tema como su tío.
Cuando llegaban papeles de Londres, a menudo los leía y luego le indicaba a su tío los fragmentos que podían aplicarse al libro que resumía.
Las copias de Hansard y el reporte oficial diario de los discursos en las casas del Parlamento llegaban regularmente y Orelia los revisaba, cuando su tío no tenía tiempo, en caso de que tuvieran algún significado especial que a él pudiera interesarle.
Pero el libro no estaba terminado cuando él murió. Sólo llegó a la mitad y Orelia comprendió que ella no podía terminarlo. Sin embargo, había algo que sí podía hacer. Mientras más lo pensaba más segura se sentía que era capaz de realizarlo.
Durante todo diciembre y pasada la Navidad, Orelia estuvo trabajando en el estudio de su tío y, al final de enero, hizo un paquete y lo mandó a Londres.
Cuando lo despachó, se sintió extrañamente agotada, como si hubiera dado todo lo que era capaz de dar de sí misma.
En Morden la vida siguió su curso y no fue sino hasta mediados de mayo que Carolina regresó sin avisar.
Un momento antes, el lugar había estado callado y oscuro y al siguiente instante todo fue ruido, excitación. El sol brillaba de nuevo… ¡Carolina estaba en casa!
Descendió de un costoso carruaje tirado por cuatro caballos sudorosos y por unos segundos Orelia tuvo dificultad en reconocerla.
Jamás la había visto tan bella ni tan elegante. Su abrigo de viaje de terciopelo rojo adornado con pequeñas bandas de armiño, armonizaba con el gorro adornado de plumas rojas de avestruz, amarrado bajo la barbilla con cintas de raso.
—¡Orelia, Orelia, estoy en casa! Tengo mucho que contarte.
Era la misma Carolina, de siempre, no había duda. Entró como una tromba en el vestíbulo. Reía, hablaba, sonreía a los viejos criados, pedía refrescos y arrojaba su manguito de armiño sobre una silla y sobre otra su sombrero.
Orelia sintió como si la vida hubiera vuelto a la casa y en lo profundo de su corazón se aprestó a recibirla.
—Queridísima Orelia ¿qué te hiciste?— exclamó Carolina—. Pero, por supuesto, ¡ya sé lo que es! Creciste, y yo que seguía pensando en ti como en una niñita que se sentaba en mi cama y escuchaba mis sensacionales aventuras de amor.
—No podemos dejar de crecer— rió Orelia—. ¡Tengo dieciocho años, Carolina, y tú cumplirás veintidós en julio!
—No me lo recuerdes. Pero tú… tú, estás preciosa, Orelia. No tenía idea que llegarías a ser una belleza.
—Una muy insignificante a tu lado— dijo calmadamente Orelia.
—Tonterías, hacemos un contraste perfecto, como de costumbre. Siempre fuiste tú el angelito bueno y yo el travieso diablillo negro… ¿no te acuerdas?
—Recuerdo que siempre fuiste bonita y la persona más excitante que jamás conocí.
Carolina rió, obviamente encantada con el halago.
—Tengo tanto que contarte— dijo, y luego, al mirar alrededor del cuarto, agregó—, ¡Cielos, qué gastado está todo! ¡Gracias a Dios que podemos irnos de aquí! ¡Nos iremos a Londres y tú vendrás conmigo! Hice planes para llevarte como mi dama de compañía y ahora que te veo, comprendo que tu belleza no puede seguir escondida en este agujero aburrido y deprimente.
Enlazó su brazo al de Orelia.
—Las dos juntas, prenderemos fuego a la ciudad. ¿Cómo nos llamarán? Porque, como bien sabes, en el bello mundo todos tienen apodos.
—Oí que tú eres "la incomparable entre las incomparables"
—Ese es sólo uno de los apodos, pero ya verás cómo nos vamos a divertir. Deslumbraremos al Mundo Social con nuestra presencia. Me pareció extraordinario que papá me nombrara tu tutora. Seré muy mala tutora, ¡espero que tú me cuides a mí, Orelia!
—¿Ya te enteraste de lo de tío Arturo?
—Encontré una carta de los abogado s esperándome en casa de mi madrina en Londres.
—Yo te escribí a Roma.
—Ya me había marchado, pero un amigo me la llevó a París. Tú sólo me comunicabas que papá había muerto. La semana pasada, cuando regresé, encontré junto con la comunicación de los abogados, una copia del Testamento.
—Carolina, me temo que hay muy poco dinero— dijo Orelia disculpándose—. Cuando hablas de ir a Londres, me pregunto cómo podremos darnos ese lujo.
Carolina echó riendo la cabeza hacia atrás. Se veía tan bonita al hacerlo, que a Orelia le pareció un alegre ave del paraíso y se preguntó cómo sería posible explicarle a esta reluciente y gloriosa criatura que no podría obtener ninguna de las cosas que deseaba, porque no podía pagar por ellas.
—No te he contado mis novedades— dijo Carolina—. Ahora, pon atención, porque realmente es algo estupendo. ¡Voy a casarme!
—¿A casarte? Pero, ¿con quién?
—¡Jamás lo adivinarías, ni en mil años! Es algo maravilloso, increíblemente excitante. El Marqués de Ryde se me declaró.
—¿El Marqués de Ryde? ¿Se supone que debo saber quién es?
—¿No conoces al Marqués de Ryde? ¡Qué verguenza, Orelia! Realmente vives atrasada si jamás has oído hablar del Marqués malvado
.
—¿El "Marqués malvado"?— repitió Orelia tontamente—, pues me imagino que si lo llaman así no desearás casarte con él.
—¿No desear casarme con el Marqués de Ryde? Orelia, debes ser realmente una boba si no te das cuentas de que pesqué al soltero más evasivo, más codiciado y sensacional de toda la Gran Bretaña.
Exhaló un profundo suspiro.
—Su Señoría es rico, tiene mucho poder y tantas posesiones que hasta él mismo ha perdido la cuenta. Es hermoso, exigente y por supuesto, malvado. ¡Es irresistible!
—¿Y te ama?
—No creo que el Marqués ame a nadie más que a sí mismo y así ha sido siempre, pero desea un heredero y una esposa que haga honor a su mesa, a sus joyas y a sus posesiones y, ¿quién mejor que yo?
Carolina dijo aquello con voz alegre y despreocupada y luego, en un tono más confidencial agregó:
—Orelia, jamás creí que lo lograría. Nos conocimos en París y me dijo que me admiraba. Pero con el Marqués, nunca se puede estar segura. Es uno de esos hombres que la hacen sentir a una que jamás es sincero. Pero creo que estaba metido en un lío.
—¿Qué quieres decir?
—Oí rumores, vagos, porque el Marqués cubre sus pasos con mucha habilidad, de que estaba involucrado con una dama muy importante, tan absorbente que podía causar un escándalo político.
Carolina dejó escapar una risita y continuó.
—De todas maneras, después de portarse en forma muy agradable, pero nada más, se me declaró de pronto. ¿Puedes creerlo? Seré la Marquesa de Ryde, la figura social más importante de toda Inglaterra después de la familia real.
Orelia se alejó de su prima .
—¿Y qué pasará con George?
Durante un momento pareció que todo el cuarto se quedaba quieto. Luego, con una voz completamente diferente, Carolina replicó:
—¿George? George debe estar muerto. Hace más de un año que no sé de él. Estaba en la India entonces o en otro de esos ridículos lugares. No tiene objeto pensar en George. Además, ¿cómo puedes compararlo con el Marqués de Ryde?
—Lo amabas. Sólo te casaste con Harry porque te sentías desgraciada cuando él se fue. Pensé que tal vez ahora que Harry está muerto, esperarías su regreso.
—¡No va a regresar! ¡Jamás lo hará! Y además, aunque así fuera, creo que nuestros sentimientos han cambiado. Yo sólo tenía diecisiete años, Orelia, ¿ qué sabía del amor y qué sabía George?
—Se fue porque te amaba tan desesperadamente, que no te quiso pedir que compartieras incomodidades y pobreza. Te pidió que esperaras hasta que pudiera hacer fortuna.
—¿Y cuánto puede tardar eso? ¡No seas absurda, Orelia! El Marqués de Ryde me acaba de hacer el ofrecimiento más espléndido, más brillante que cualquier mujer puede desear. ¡Voy a ser su esposa! Ningún hombre en el mundo podría ofrecerme mejor posición social.
—¡El Marqués malvado!— dijo Orelia pensativamente—
—¿Por qué es malvado?— Carolina se encogió de hombros.
—Lo llaman así, por ser tan apuesto, porque cada mujer a la que chasquea los dedos corre tras él como un perrito faldero en busca de sus favores.
—Carolina se rió, pero Orelia no sonrió siquiera.
—Todos los esposo s están celosos de él. Y, por si fuera poco, además de ser rico, Su Señoría gana todas las noches una fortuna en las cartas, sus caballos tienen éxito en el hipódromo y el regente le consulta todo. Por eso, inevitablemente, hay personas siempre listas a atribuirle todo tipo de crímenes, simplemente porque los consume la envidia.
—¿Eso es todo?— preguntó Orelia.
—Por supuesto que no. En Roma, ofreció orgías tan fantásticas, que se dice que el Papa amenazó con excomulgar a cualquiera que asistiera. En Venecia, una Princesa trató de cortarse la yugular cuando el Marqués se cansó de ella.
—¿Murió?
—No, la salvaron. En París, Su Señoría causó tal conmoción en las salas de juego del Palais Royal que él mismo declaró que ya era hora de irse a casa. Te aseguro que se ganó su apodo.
—¿Y realmente crees que es malvado?
Carolina no ignoró la pregunta de Orelia, pero se encogió de hombros nuevamente.
—Eso espero. Por lo menos, así no será tan aburrido como otros hombres.
—¿Y crees— insistió Orelia—, que llegarás a amarlo con el tiempo?
—¡Amor! El Marqués no desea amor. Una esposa entremetida y abnegada lo aburriría soberanamente. Querida y tonta Orelia, realmente tendré que educarte para que funciones en el bello mundo. Su Señoría y yo haremos un trato… yo le daré el heredero que necesita y él me dará todo lo que quiero.
Hubo una pequeña pausa y, por un fugaz instante, sus ojos se quedaron sin expresión. Luego, desafiante, agresiva casi, exclamó en voz alta:
—¡Todo lo que pueda desear, Orelia!
CAPÍTULO II
Durante todo el camino a Londres, Carolina deleitó a Orelia con relatos de sus aventuras en Italia y Francia.
—El Conde estaba loco por mí— repitió una docena de veces, refiriéndose a un joven francés que conoció en París:
—Pero seguramente eso sucedió antes que te comprometieras con el Marqués ¿verdad?
Carolina la miró de reojo, maliciosamente.
—Trato de enseñarte a no ser provinciana, Orelia.
—¿Realmente quieres decirme que aun después que le prometiste al Marqués que te casarías con él, seguiste flirteando con el Conde?
—Por supuesto. ¿O acaso imaginas que porque voy a casarme tengo que comportarme como monja?
—Tal vez no como monja, pero con toda seguridad el Marqués espera cierto grado de decoro.
—Me comporté con el mayor decoro. Sólo nos veíamos de noche, en el jardín del Castillo o, si llovía, él trepaba a la casa por el balcón.
—¡Carolina!¡Realmente eres una desvergonzada! ¿Cómo pudiste ser tan atrevida? Además, ¿qué hubiera sucedido si el Marqués te descubre?
—Estoy segura de que Su Señoría estaba aún ocupado con sus propios amoríos tan numerosos que ni siquiera sé de quiénes se trata.
—Pero, ¿qué va a pasar cuando te cases?— preguntó Orelia preocupada.
En realidad le inquietaba la actitud de Carolina con respecto a su matrimonio. Sabía que su prima necesitaba un esposo que no sólo la adorara sino que supiera dominarla. A pesar de su frivolidad, su alegría y su insaciable necesidad de nuevas diversiones, Carolina era afectuosa por naturaleza, pero como era tan bella, la echaron a perder desde pequeña. Semejaba ahora un caballo indómito, listo a enfrentarse a cualquier cosa con tal de salirse con la suya y en grave peligro, tarde o temprano, de volverse tan irresponsable y desenfrenada, como lo fue su esposo .
Por las venas de los Stanyon corría sangre salvaje, Harry, incapaz de ejercer ningún control sobre sí mismo, se arruinó por disponer de demasiado dinero cuando aún era demasiado joven .y Carolina, a menos que alguien la tratara con mano firme, podía seguir el mismo camino, ya que la admiración y los halagos se le subían a la cabeza como el vino.
—En Roma había un Príncipe— comenzó a decir y procedió a relatarle a Orelia una intrigante aventura amorosa.
Aunque parecía excitante por la forma en que Carolina la contaba con aquella voz alegre y fascinadora, era sólo, como Orelia sabía demasiado bien, una escapada que, de ser descubierta, hubiera arruina do la reputación de su prima .
—Pero Carolina, ¿amabas a ese hombre?— le preguntó cuando le contó de besos robados durante un baile , de citas a las que acudían disfrazados, de horas transcurridas a la luz de la luna junto a un Lago plateado.
—Estaba loca por él— contestó Carolina con voz profunda y los ojos entornados en un éxtasis repentino.
—Entonces, ¿por qué no se casó contigo si te amaba?
—Porque ya estaba casado.
Orelia se sentó rígidamente contra los cojines del landó.
—¡Carolina! ¿Cómo pudiste comportarte con tan poco decoro… y con un hombre casado?
—Suena mal ¿verdad? Pero, Orelia, era tan apuesto y exigente. Yo estaba lejos de casa y no parecía importar tanto lo que hiciera. Además, me afligía la muerte de Harry… necesitaba consuelo.
—¡Eso son puros cuentos! Harry jamás te importó un comino. La única vez que fuiste desgraciada fue cuando George partió.
—No puedes esperar que llore a George toda la vida— replicó Carolina con cierta brusquedad—. Quiero que quede muy claro, Orelia: en el futuro, voy a divertirme mucho.
Levantó la barbilla, obstinada, gesto que no era nuevo para Orelia.
—Al Marqués no le importa lo que haga mientras no provoque un escándalo. Tendré todo el dinero que desee y vestidos fabulosos y extravagantes, con los que asombraré a todas esas mujeres elegantes que hasta ahora me han mirado con la nariz en alto.
Dejó oír una risa que más parecía una burla.
—Se van a ver muy estúpidas, te lo aseguro, porque tendrán que ser amables con la Marquesa de Ryde. Deberán adularla servilmente y rendirle pleitesía, aunque sus maliciosos corazones revienten de rabia al hacerlo.
Orelia no contestó nada, pero luego, inesperadamente, tomó la mano de Carolina entre las suyas.
—Queridísima Carolina, no te eches a perder. Siempre fuiste dulce y amable en el fondo. Cuando hablas así eres una extraña… alguien que jamás conocí.
Su voz era alentadora al continuar:
—Jamás te has sentido amargada por nada. Has sido infeliz, que es algo muy distinto y yo quiero, sobre todo en el mundo, que encuentres la felicidad… la verdadera felicidad.
Carolina apretó los dedos de Orelia. Luego dijo en voz muy baja, casi infantil:
—Trataré, Orelia, de verdad. Pero creo que de alguna manera he perdido el corazón. En su lugar sólo hay un espacio vacío, pero no de seo llorar por eso. Quiero reír, estar alegre.
—Por supuesto que sí, pero no dejes que eso altere tu verdadero ser.
—Trataré que no suceda— dijo Carolina casi en un susurro.
Y como la conmovieron realmente las palabras de su prima apartó la mano y, con uno de esos rápidos cambios de humor que Orelia conocía tan bien, le dijo:
—¡Ropa! En eso tenemos que concentrarnos tú y yo por el momento.
—Está bien, pero no podrás gastar demasiado, ni siquiera en tu ajuar de bodas. Sabes que el abogado dijo que aún hay que pagar una hipoteca de la propiedad.
Carolina rió.
—Por supuesto que no voy a tratar de comprar un ajuar con la miseria que me dejó papá.
—¿Pero, cómo?... ¿No querrás decir que vas a pedirle dinero al Marqués? No sería correcto.
—Por supuesto que no voy a pedirle al Marqués que pague por mi ajuar antes de casarme con él, pero es natural esperar que un esposo se haga cargo de las deudas de la esposa .
—¡Carolina, no puedes hacer algo tan deshonesto!
—¡Puedo y lo haré! El marqués es tan rico, que ni siquiera se dará por enterado si gasto miles de libras en mis galas nupciales. Y no voy a ir al altar en un ridículo traje barato para que el bello mundo se ría.
—Estoy segura que no es lo correcto— dijo Orelia desconsolada.
—No te preocupes, cariño, y de paso, será para tu beneficio. Podrás quedarte con toda mi ropa usada y aunque necesitará muchos ajustes porque eres de menor estatura que yo, te verás encantadora. Así como te ves ahora en mi abrigo de viaje azul, que a mí nunca me gustó… y ese sombrero es encantador.
—Los dos son muy lindos y realmente estoy muy agradecida, Carolina. No hubiera podido ir a Londres con mi capa vieja.
—Por supuesto que no, no quiero avergonzarme de ti. Además, si te ves andrajosa, como eres mi prima, la gente sospechará que yo tampoco tengo dinero. Y no deseo hacer públicamente el papel de criada indigente del Marqués.
—Puedo hacerme algunos vestidos. En realidad, no pensé en ropa para Londres hasta ahora.
—¡No puedo imaginar en qué piensas! Pero vivir en Morden mes tras mes, sin nada que rompa la monotonía, salvo una ocasional visita del párroco, es para volver loco a cualquiera.
—En realidad no era tan malo como todo eso. ¡Te aseguro que Tío Arturo me mantenía muy ocupada!
—En esos papeles suyos tan aburridos. ¡Pobre papá! ¿Los leerá alguien alguna vez? Pero no importa, Querida, estoy determinada a que tengas éxito y, aunque no seas mundana, te aseguro que la ropa en el bello mundo es una necesidad, no una extravagancia.
—Entonces será mejor que regrese enseguida al campo.
—Déjamelo a mí, ya imaginaré algo. Mientras tanto, comienza a arreglar la que te di, porque te aseguro que jamás la volveré a usar.
—¡Carolina! ¡Si está casi nueva!
—Por supuesto que sí, pero no imaginarás que en mi posición voy a ponerme un vestido más que unas cuantas veces.
Orelia no contestó y ella prosiguió:
—Por supuesto, eres más pequeña que yo y, aunque me pese decirlo, mucho más esbelta, pero por fortuna es más fácil estrechar que aumentar. Hasta que podamos encontrar algunos vestidos realmente fabulosos que sean todos tuyos, sé que te verás muy bonita con los que te regalé.
—Me siento muy rara un ellos porque la cintura cambió.
—En París se están usando los corsés muy apretados y verás que dentro de un año todos nuestros trajes sueltos estarán pasados de moda. Así que empezaremos por hacer que la gente nos mire cuando nos presentemos, de acuerdo a la moda francesa, con una cintura pequeñísima.
—En realidad, creo que no deseo que me miren— repuso Orelia con voz suave, pero Carolina no la escuchaba.
Se encontraba enfrascada en contar cómo un admirador francés la colmó de elogios cuando asistió a un baile en las tullerías, usando uno de los vestidos que le regaló a Orelia.
Sin duda ambas jóvenes eran tan encantadoras como para hacer volver la cabeza a cualquier caballero que se las encontrara.
Carolina, en su abrigo rojo adornado de armiño y Orelia, en uno azul pálido, parecían salidas de las páginas del Ladie `s Journal.
Pero aunque un hombre pudiera sentirse instantáneamente atraído por la belleza algo llamativa de Carolina, el encanto etéreo de Orelia y sus grandes ojos preocupados, serían los que quedarían impresos en su memoria.
Sin embargo, aunque a Orelia no le interesaba la ropa, se alegró de llegar a Londres razonablemente presentable cuando el carruaje arribó a la Casa Ryde en Park Lane.
Al principio, Orelia se sorprendió y se mostró aprensiva cuando Carolina le comunicó que se quedaría en la mansión del Marqués.
—¿Será correcto, si se considera que estás comprometida con Su Señoría?
—El Marqués invitó a su abuela , la Duquesa viuda de Wantage, para que nos acompañara y, además, la casa es tan grande que puede haber docenas de personas en el mismo lugar sin que uno se sienta in cómodo.
—No imaginé que pudieras causarle molestias al Marqués. Lo que me parece extraño es que vivas bajo su techo antes de casarte.
—Su Señoría dicta sus propias leyes y me parece tonto que tú y yo tomemos una casa, una extravagancia que no nos podemos permitir, sólo por un mes.
—¡Por un mes! Carolina se rió.
—No pongas esa cara de sorpresa, querida. Tienes que comprender que mientras más pronto tenga el anillo en mi dedo, más confiada estaré en mi buena suerte y en el hecho de que realmente capturé al escurridizo Marqués de Ryde.
—¿Temes acaso que Su Señoría pueda arrepentirse? Orelia no ignoraba que, cuando un hombre se comprometía, empeñaba su palabra de honor en una forma tan sagrada e ineludible como en una deuda de juego.
Ningún caballero de buena cuna dejaría plantada a su novia, aun que llegara a desear hacerlo por determinadas circunstancias.
—No, por supuesto, no temo que el Marqués rehúse casarse conmigo después de todo lo que dijo y espero que el anuncio de la boda ya esté en La Gaceta. Lo sabremos cuando lleguemos a Londres pero, al mismo tiempo, algo podría impedirla… un accidente, una muerte… no sé.
Hizo una ligera pausa.
—Tengo miedo, Orelia. Mi suerte es demasiado buena para que dure y tengo que aferrarme a ella mientras está presente.
—Oro… ficticio!— dijo Orelia con ligera sonrisa.
Recordó que, cuando era niña, trató de buscar el oro escurridizo que se suponía que las hadas dejaban escondido en los bosques para atraer a los viajeros tontos y codiciosos.
—¡Exactamente!— aceptó Carolina—. Pero, por lo que a mí respecta, no se va a tratar del oro que desaparece al toque de los dedos humanos. Va a ser oro verdadero, porque eso es lo que quiero y lo que intento obtener.
De nuevo su voz adquirió un tono duro, lo que hizo suspirar a Orelia, pero cuando entró a la Casa Ryde pudo comprender, en cierta medida, porqué Carolina ansiaba convertirse en la castellana de ese lugar.
La casa, de piedra gris, coronada por torreones, era enorme. Tenía los verdes árboles de Hyde Park enfrente y un jardín atrás.
Contemplaban los canteros de flores, los arbustos de lirios blancos y morados y los dorados árboles de codeso de los Alpes, cuando el landó del Marqués, en el que viajaron a Londres, se detuvo ante el enorme pórtico de la entrada principal.
Las habitaciones de la casa tenían techos altos ornamentados con el más fino enyesado y los muros estaban cubiertos con cuadros de gran antigüedad y valor.
Los muebles, heredados de una a otra generación, merecían conservarse en un Museo.
Había en la casa tal atmósfera de majestad, que hasta Carolina tuvo que dejar de parlotear y bajar la voz mientras eran conducidas a través del vestíbulo de mármol hacia el enorme salón que daba al Jardín de atrás.
Ahí todo era también magnífico, pero Orelia sólo tenía ojos para una Dama de edad que estaba sentada junto a la chimenea y que se levantó al verlas entrar.
Debía frisar en los ochenta años, pero retenía aún algo de su legendaria belleza. Sus rasgos, en un tiempo de corte clásico y su blanco cabello que le caía sobre la frente oval, todavía eran atractivos.
En su tiempo, la Duquesa fue aclamada como una belleza y todavía parecía rodearla la aureola de sus triunfos.
Vestida toda de blanco, color habitual para las viudas, según se enteró Orelia más adelante, llevaba una hilera de enormes perlas, numerosos brazaletes de diamantes y dos enormes anillos de rubí, demasiado pesados para sus delgados y envejecidos dedos.
A su lado, un pequeño chiquillo negro con turbante, empuñaba un enorme abanico de plumas de pavo real.
Cuando Carolina se inclinó para hacer una reverencia, la anciana Duquesa recordó en un tono casi divertido:
—Oí decir, Carolina Stanyon, que tengo que ofrecerte a ti y a mi nieto, mis mejores deseos por su felicidad.
—Gracias, señora y gracias también por consentir en acompañarnos a mi prima y a mí. Es mucho más divertido y en realidad mucho más cómodo alojarse en la Casa Ryde, que rentar unos alojamientos inferiores en esta época del año.
—Me encantará acompañarlas. Me aburro demasiado viviendo en el campo, sin tener nada que me distraiga aparte del cacareo de los gallos y gallinas.
Carolina se rió.
—No puedo creerlo, señora. Según me contó Su Señoría, usted está constantemente en Londres y siempre pasa la temporada social con él.
Los ojos de la viuda brillaron.
—Veo que mi nieto te ha contado historias acerca de mí. Ahora, preséntame a tu prima .
—Señora, ésta es Orelia. Nos criamos juntas y, como puede ver, hay mucha diferencia entre nosotras y no sólo en el aspecto sino en el carácter.
Orelia se dio cuenta de que los ojos de la Duquesa, brillantes y astutos a pesar de su edad, parecían notar cada detalle de su aspecto. Luego dijo, casi con rudeza:
—¿Y qué esperas encontrar en Londres, niña? ¿Un esposo ?
—Como Orelia no esperaba aquella pregunta, se ruborizó.
—Por supuesto que no, Señora. Me siento muy feliz de acompañar a mi prima Carolina.
—No tendríamos ninguna dificultad en encontrar un excelente partido para ti. Con tu aspecto y, como Carolina dijo, el curioso contraste entre las dos, me doy cuenta de que la casa se verá asediada por admiradores importunos.
Sus ojos parecieron revolotear sobre las dos jóvenes cuando continuó diciendo:
—Al mismo tiempo, seré muy estricta. Nadie que no sea un partido adecuado será tomado en cuenta por un solo instante. Carolina, tu prima, también debe realizar un matrimonio envidiable.
—Eso es exactamente lo que yo digo, Señora. Orelia tiene que casarse y, con su ayuda, estoy segura de que le conseguiremos un hombre encantador y adecuado para ella.
—¿Tan adecuado como mi nieto?— preguntó la duquesa con cierto sarcasmo en la voz.
—Dudo que alguien pueda compararse a él, pero la verdad es que Su Señoría, és único en su género, ¿verdad?
—Así lo he creído siempre y también que, como él mismo me dice tan a menudo, no es fácil de sonsacar. Tengo que felicitarte, Carolina. Capturaste la ciudadela… que tantas otras fallaron en conquistar.
—¡Tal vez tuve suerte o estaba especialmente bien armada!
Orelia escuchó el intercambio de frases entre Carolina y la Duquesa, con perplejidad.
Le parecía que las dos mujeres, una tan vieja y la otra tan joven, usaban tácticas evasivas y que la ironía de sus voces y la sofisticada mirada de sus ojos, decían mucho más que sus palabras.
En ese momento, la puerta se abrió y un caballero penetró en el salón .
Carolina dio un pequeño grito de alegría antes de correr a su lado con las manos extendidas, mientras las plumas de su sombrero se agitaban con la rapidez de sus pasos.
—Así que llegaste a salvo— dijo una voz profunda.
Orelia sintió como si su corazón dejara de latir y no pudo respirar.
No podía ser cierto… era demasiado fantástico. ¡Una coincidencia muy grande! Y sin embargo, supo a primera vista y aun antes que él hablara, que lo había visto antes, que una vez se vio presa de su hechizo.
Comenzó a temblar, pero después respiró profundamente y se dijo que no debía traicionarse, pues no era posible que el marqués la re conociera.
No creía que se hubiera dignado pensar en ella ni siquiera durante unos minutos después que salió del pueblo o, si lo hizo, la recordaría como una joven vestida con una vieja capa, una simple campesina sin rango social alguno.
No podía imaginar que aquella pueblerina a quien besó con desdeñosa arrogancia, estuviera ahora en su propio salón en Park Lane, vestida a la moda con un sombrero francés y un abrigo de viaje azul comprado en París.
Haciendo un sobrehumano esfuerzo, Orelia trató de aparecer serena y calmada cuando, moviéndose lentamente por el salón con el brazo de Carolina enlazado al suyo, avanzó hacia ella el hombre a quien jamás esperó volver a ver.
Sin embargo, sus rasgos estaban aún impresos en su memoria. Recordaba exactamente aquel rostro de expresión sardónica, la forma como torcía la boca, la indolente caída de sus párpados. Muy cerca ya de ella, lo vio tomar la mano de la Duquesa y acercársela a los labios, antes de besarla en la mejilla.
—Perdóname, abuela— dijo—. Debí estar aquí para presentarte a Carolina, pero me retrasé.
—¿Fue la baraja, un caballo o una mujer?— preguntó la Duquesa con los ojos brillantes de malicia.
—Esa pregunta merece ser ignorada, pero la responderé: un caballo. ¿Te causo una desilusión?
—Depende quién montara el caballo— replicó la Duquesa y el Marqués se rió.
Luego, se volvió hacia Orelia. Ella no se atrevía a mirarlo, pero sus pestañas destacaban oscuras contra las pálidas mejillas al inclinarse para dedicarle una reverencia.
—Esta es mi prima Orelia— oyó decir a Carolina—. Ya te hablé de ella, Darío, y de cómo Papá dispuso en su testamento que me sirviera de ejemplo y me impidiera proceder mal.
—Indudablemente se empeñó en una tarea formidable— dijo el Marqués con ese tono de voz burlón que Orelia había escuchado antes.
Al incorporarse lo miró, sin descubrir nada especial en su expresión, salvo una formal cortesía.
Era evidente que no la había reconocido y, de todos modos, Orelía supuso que debía haber olvidado por completo a la joven a quien besó en el prado del pueblo. Ello le causó alivio y, al mismo tiempo, cierta desilusión.
Conversaron acerca del viaje y de los planes que el Marqués había hecho esa noche para Carolina. Orelia estaba callada, pero muy consciente de su anfitrión.
No se había atrevido siquiera a soñar que volvería a encontrar al caballero que fuera el primer hombre que jamás tocó sus labios.
Lo miró furtivamente y luego se sintió confundida cuando él se volvió hacia ella y le dijo:
—Señorita Stanyon, espero que se divierta en Londres. Haremos lo posible para que su visita sea memorable, lo que será una grata tarea.
—Gracias… Su Señoría.
Sintió que se burlaba de ella, como si sus ojos penetraran a través de sus elegantes ropas y adivinara, aunque no recordara haberla visto antes, que no era sino una joven e ignorante campesina sin importancia.
Durante los días siguientes, Orelia se dio cuenta de que Carolina había dicho la verdad cuando mencionó que la casa era tan grande que podía alojar a cualquier número de invitados, sin incomodar a los propietarios.
Casi nunca veía al Marqués. El salía con Carolina a pasear en carruaje por Hyde Park y las dos primeras noches después de su llega da a Londres cenaron con sus amistades, reuniones a las cuales no fueron invitadas ni Orelia, ni la Duquesa.
Orelia empleaba la mayor parte del tiempo en visitar las tiendas.
Jamás creyó, ya que sólo conocía la vida del campo, que la moda londinense hubiera cambiado tanto o que los trajes pudieran ser creaciones tan bellas y tan costosas.
Con el mayor optimismo, quiso copiar algunos de los vestidos de Carolina pero después de ver el tipo de traje que se esperaba que usara, comprendió que le sería imposible y se preparó a aceptar agradecida y sin protestar, aquellos que su prima insistía en regalarle.
Sin embargo, podría hacerse unos cuantos vestidos sencillos de muselina para las mañanas.
Por lo tanto, rehusó acompañar de nuevo a la Duquesa y a Carolina de compras y decidió quedarse en casa y tratar de cortar un vestido nuevo, igual a una de las creaciones más sencillas de Carolina.
Se llevó el rollo de muselina que compró a una sala de estar del primer piso que le fue cedido a ella y a Carolina como su santuario privado, donde Carolina contestaba sus invitaciones y escribía las cartas de agradecimiento.
Tenía todo preparado para empezar a trabajar cuando advirtió que había dejado su bolsa de costura en la planta baja, en el salón principal.
Le había enseñado a la Duquesa una tela de tapicería que estaba bordando antes de dejar su hogar, con el propósito de tapizar algunas de las viejas sillas del comedor , cuyo diseño estaba casi borrado por el uso.
La Duquesa la felicitó por el excelente trabajo, pero en aquel momento se anunció la llegada de unos visitantes y Orelia ocultó la bolsa tras un sofá y después se olvidó de recogerla.
Bajó ahora la escalera, y al hacerlo, vio que uno de los lacayo s abría la puerta principal y un joven entraba al vestíbulo .
Orelia no pudo dejar de mirarlo sorprendida, pues traía las botas, los pantalones de montar y hasta la chaqueta salpicados de lodo.
Llevaba la copa del sombrero toda aplastada. Quizá por haberse caído del caballo y la arrugada corbata toda deshecha. Se veía increíblemente fuera de lugar en medio de la grandeza de la Casa Ryde.
Apenas entró, a Orelia le pareció que se tambaleaba. El mayordomo se acercó a toda prisa.
—¡Señor Rupert! ¿Qué le sucede?
—¿Dónde está… mi… tío?
Por el tono de voz, Orelia comprendió que estaba embriagado.
—Su Señoría no está en este momento— replicó el mayordomo .
—Debo… verlo… ¿entiende?... debo… verlo.. .
Al pronunciar la última palabra se desplomó al suelo.
Orelia bajó la escalera a toda prisa.
—¡Está enfermo!— le dijo al mayordomo quien, inclinado sobre la rodilla, se encontraba al lado del joven.
—¡Está bien, señorita ! Creo que es sólo que el señor Rupert tomó unas copas de más. Lo llevaré arriba.
—Es más que eso, tiene fiebre. Sería mejor meterlo en la cama. Tengo un té de hierbas que lo ayudará.
—Si no me equivoco, parece que el señor Rupert cabalgó desde Oxford, señorita .
—¡Desde Oxford!
Dos sirvientes subieron cargando al desmayado joven y Orelia se dirigió a su cuarto.
De Morden trajo unas hierbas consigo, las cuales solía usar con objeto de aliviar a la gente enferma del pueblo y que cultivó en el jardín de hierbas, inaugurado desde los tiempos de Henrique VIII.
Ella misma las puso a secar, encontrando que eran de incalculable valor para tratar fiebres y todo tipo de malestares en personas de cualquier edad.
Después de preparar la tisana y agregarle dos cucharadas de miel, la llevó a la habitación donde vio a los criados transportar al joven.
Sabía de quién se trataba, pues oyó a la Duquesa hablar de su bisnieto, Rupert Charington, que era pupilo del Marqués y cuyos padre s habían muerto.
—Darío le tenía mucho afecto a su hermana— le había dicho la Duquesa a Orelia—, pero encuentra muy problemático a su sobrino.
Orelia la escuchó con simpatía, como siempre acostumbraba cuando le contaban algo. Pero hasta aquel momento no se sintió particularmente interesada.
Al ver el pálido rostro del joven y sus profundas ojeras, comprendió que se trataba de algo más que las consecuencias de una trasnochada luego de una juerga.
Al mismo tiempo, al verlo tan joven, sintió lástima por él.
Cuando el lacayo lo desvistió y lo metió en la cama, parecía un niño con el oscuro cabello revuelto contra las almohadas y moviéndose inquieto murmurando incoherencias.
—Dudo que el señor Rupert quiera tomar eso, señorita— dijo en voz baja el mayordomo, al ver la tisana que Orelia, sostenía en la mano.
—Tratemos de que lo haga. Se le pasará la embriaguez.
—Muy bien, señorita .
A pesar de su incredulidad, el mayordomo rodeó al joven con los brazos y lo ayudó a sentarse.
—Vamos a ver, señor Rupert. Esta amable jovencita trajo algo que lo hará sentirse bien.
—¡Quiero ver… a mi tío!
—En cuanto Su Señoría regrese, le diré que está usted aquí, señor— dijo el mayordomo tranquilizándolo—. Podrá hablar con más facilidad cuando haya tomado algo.
—¡Eso es! Tengo hambre… mucha hambre.
—Por favor, tómese esto primero— le rogó Orelia.
—¡Me caería bien… un trago!— replicó Rupert casi rudamente.
Tomó la taza que ella le tendía y bebió su contenido rápidamente, sin reparar en el sabor. Luego, se rió brevemente.
—Esperaba que fuera… algo más fuerte que… ese brebaje.
—Creo que por el momento ya tomó bastante licor— dijo Orelia con amabilidad—. Trate de dormir, y cuando despierte, si ya no tiene fiebre, podrá comer algo.
Le puso la mano en la frente cuando él se apoltronó entre las almohadas.
—¡Está bien!— dijo con voz ronca—. Estoy demasiado cansado para… discutir.
—Entonces, duerma— le dijo ella suavemente.
Una hora después, regresó a la habitación y vio que Rupert Charrington abría los ojos, en ese momento después de dormir profundamente, como esperaba.
—¿Qué diablos hago en la cama?— preguntó él cuando la vio.
—Se desmayó al llegar. ¿Cabalgó toda la noche?
—Cabalgué y bebí.
—Eso pensé. Si es inteligente se quedará aquí por el resto del día.
Se le había pasado la embriaguez y hablaba sensatamente, pero aún se veía enfermo. Tenía el rostro pálido y los ojos hundidos y sin brillo.
—¿Qué se ha hecho, niño tonto?— preguntó Orelia.
Por un momento lo miró como a uno de los niños del pueblo a quienes cuidó tan a menudo cuando estaban enfermos. Olvidó que un estudiante universitario se consideraba a sí mismo una persona de importancia, merecedor de que se le hablara con más respeto.
Pero Rupert no pareció resentir sus palabras. Por el contrario, extendió una mano para tomar la suya.
—Tengo que ver a mi tío. Debo convencerlo de que ya no aguanto más ese sitio.
—¿Qué sitio?
—Oxford. ¡No lo soporto! Es horrible, se lo juro, y me hicieron ir con ellos anoche. Yo no quería… me rehusé… pero fueron a mi alojamiento y me sostuvieron mientras me vaciaban una botella de vino por la garganta. ¡Sabía que iba a ser terrible! ¡Lo sabía!
—¿Qué fue terrible?
Era evidente que algo lo había trastornado y le hizo perder todo el control. Hablaba con voz agitada y febril y su mano, que apretaba la de ella, estaba rígida.
