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Lo mismo te deseo
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Libro electrónico252 páginas2 horas

Lo mismo te deseo

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Información de este libro electrónico

Hay personas que aparecen súbitamente en nuestro camino para alumbrarlo cuando más perdidos estamos: faros que atraen nuestro barco antes de que se vaya a pique contra las rocas.
Hay momentos tristes y apagados que amenazan con pasar de largo sin dejar el rastro de un recuerdo, bueno o malo; nada que nos indique por donde hemos pasado o lo que hemos vivido.
A lo largo de estas páginas, el narrador descubre una luz muy lejana, tanto que no puede ver con precisión de dónde proviene, pero confía en ella. Siente que es un alma amiga, un ser errante por la vida, justo igual que él.
Ambos se tienden la mano y deciden atravesar ese oscuro mar. Aunque no se conocen de nada ni tan siquiera se han visto, pero sienten que hay algo especial y eso ya es suficiente.
En los días subsiguientes y a lo largo de muchos meses, se dedican a escribirse, hablarse, mantener un contacto intermitente desde la distancia: una comunicación que les mantiene a flote y siempre está ahí, como el eco de la montaña.
Este libro recopila, a modo de diario, los mensajes que él le escribe a ella, que se convierte en una especie de musa sin cuerpo ni rostro, solo una voz y unas risas; en definitiva: una buena conversación para colorear sus días.
IdiomaEspañol
EditorialLetrame Grupo Editorial
Fecha de lanzamiento24 mar 2025
ISBN9791370121808
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    Lo mismo te deseo - Carlos Manuel

    Imagen de portada

    © Derechos de edición reservados.

    Letrame Editorial.

    www.Letrame.com

    info@Letrame.com

    © Carlos Manuel

    Diseño de edición: Letrame Editorial.

    Maquetación: Juan Muñoz

    Diseño de cubierta: Rubén García

    Supervisión de corrección: Celia Jiménez

    ISBN: 978-84-1089-755-7

    Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

    «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

    .

    A mi querida Lorena.

    Prólogo

    A lo largo de nuestra vida nos cruzamos con multitud de personas; de algunas ni nos acordaremos, con otras estableceremos algún tipo de relación e incluso es posible que con alguna pueda surgir una conexión que nunca hubiéramos alcanzado a imaginar.

    Los protagonistas de este libro, precisamente y sin esperarlo, conectan rápidamente y lo que comienza siendo una simple relación de trabajo, tímidamente, va tomando un matiz más personal. Son conscientes de la gran complicidad que existe entre ellos y de alguna manera saben que pueden confiar el uno en el otro, como si toda la vida se hubieran estado buscando.

    Intercambian mensajes y conversaciones cada vez más íntimas y personales, que despiertan en ellos emociones y sentimientos que quizá esperaban dormidos en algún lugar de sus corazones. Ni ellos mismos consiguen explicarse cómo es posible sentir de aquella manera, sin apenas conocerse y sin haberse visto jamás.

    Ese deseo de leerse, de escucharse, de sentirse, de conocer más cosas del otro, todo ello es lo que los lleva a construir un delicado e invisible puente con la ilusión de poder cruzarlo y encontrarse algún día. ¿Qué ocurrirá si esto llega a pasar?

    Lorena

    Conectar

    Para conectar con otra persona no basta con tener alguna afición en común. Quizá eso sea solo el catalizador de algo más esencial que necesita fluir.

    Me he sorprendido pensando en ti, sintiendo deseos de volver a hablar contigo, de conectar. Pero, al tiempo, entiendo que no debo dejarme llevar por esos deseos. ¿Hasta dónde podrían arrastrarme?

    Lo bueno de la madurez es esta capacidad de autocontrol que casi estoy estrenando, pues diría que la tenía sin usar. Pero no negaré el deseo, eso jamás. Pues el deseo es motivo, origen, causa de tantas cosas: algunas, las más felices. Aunque por ellas haya que penar en los infiernos en no pocas ocasiones.

    Pero volvamos a nuestra conexión, esa energía que nos atrae el uno al otro, nos hace desear hacernos compañía.

    Como decía, no es solo cuestión de afinidades, hay otra circunstancia y se trata del momento que cada uno atraviesa en la vida y que se traduce en necesidad. Necesidad de ser escuchado y comprendido. Necesidad de volver a conocer personas, como cuando entrábamos en la universidad o iniciábamos un nuevo empleo. Los cambios, que, además de incertidumbre, nos regalaban ilusión («¿cómo será?»). Esas experiencias que, cuando atraviesas la frontera de los cincuenta, cada vez suceden más raramente.

    Por eso nos ilusiona tanto esa persona, no solo por cómo es (sin duda, encantadora); sino también por lo que representa. Volver a desear que llegue el lunes o estar trabajando, esa magia, como cuando era niño y me había enamorado de una compañera del colegio al punto de desear que pasara rápido el fin de semana para volver a verla.

    Dicen que la vida es cíclica y se va volviendo a los inicios, como si se tratase de un giro muy amplio, un paseo antes de volver a casa. Pues yo me he cruzado contigo en ese paseo, de vuelta al hogar, y he deseado detenerme, tomar un café juntos en alguna cafetería, olvidar por un instante el reloj («no marques las horas...») y perderme en tus ojos.

    Necesito contarte tantas cosas, como si fueras esa amiga a la que hace veinticinco años que no veo. O, no sé, volver a ser dos niños en la escuela y prestarte mis rotuladores nuevos, incluso antes de haberlos estrenado yo. Porque, en verdad, lo que más me importa eres tú, no los dichosos rotuladores.

    ¡Cómo son los niños de ingenuos y, en consecuencia, de felices!

    ¡Y cómo me enrollo! Yo solo quería que supieras que también aprecio muchísimo cada palabra de tu tiempo que me regalas.

    Gracias de corazón.

    Decepción

    Habito la decepción como mi propia casa. Me he acostumbrado tanto a ella que ya no me duele. Pero no creas que hace tanto de eso. No, es reciente. Justo cuando he entendido que no voy a ganar nada con sufrirla. No sé si soy más fuerte, supongo que no, pero hoy ese dolor ya me es indiferente. Es que tengo una edad y no puedo permitirme andar llorando por las esquinas como un adolescente. No está bien; es más, diría que resulta patético.

    Pero lo admito: el paso de los años no ha borrado del todo esta ingenuidad mía tan infantil, este ilusionarme fácil. En realidad, a mis años, ni siquiera estoy dispuesto a renunciar a eso. Bastantes cosas perdemos ya por el camino, al hacernos viejos, como para, además, dejar ir otras de manera voluntaria. No, señor, para nada.

    No me preocupa si se ríen de mí; en verdad, reírse de alguien es otra forma de manifestar envidia hacia aquello que no tienes y lo único que se te ocurre hacer para no sufrir por esa carencia es pretender auto convencerte de que eso no tiene valor alguno.

    Hoy pensé cómo esa prometida conversación se quedó en nada, se esfumó. Pero, si supieras la de veces que esperé algo grande y no vino, tantas decepciones que me he llevado a lo largo de mi vida. Quizá no llamaría a esto ni decepción. Solo ha sido un mal menor, un leve contratiempo. Como cuando la sopa está fría o el pan, duro. Mientras haya hambre...

    Y sí, es posible que yo aún tenga hambre, pero no un instinto animal, es algo más etéreo y casi eterno. Porque no depende más que de mi alma, de mi yo emocional.

    Me he identificado contigo, me he encontrado bien a tu lado. Es algo muy inmaterial, como casi todo en el mundo que vivimos ahora. Virtual.

    En fin, no te aburro. Te espero el lunes.

    Travesuras

    También nos robarán el tiempo y nos dirán que nunca fue nuestro, que el aire era prestado, que una gran empresa pagó por nuestro espacio... Y así todo. Nos harán sentir culpables de habernos hablado, como si no fuera lo natural que las personas se hablen, como si fuera pecado emocionarse a veces.

    Pero no estoy dispuesto a renunciar a vivir, a negarme esos escasos placeres que nos depara la vida a los que no envidiamos nada y nos conformamos con poco. Pues eso solo puede ser así porque sabemos disfrutar de lo más insignificante y puro.

    Tú me hablas y yo te escucho, yo te escribo y tú me lees. Y así vamos tejiendo el tiempo entre las manos y nos imaginamos cuando no estamos.

    No queremos nada a cambio, no buscamos nada que sea de nadie, solamente estamos, como animales tras el cristal, sin tocarnos, solo entes flotando en mitad de la nada, emitiendo sonrisas de luz en la oscuridad del silencio.

    Confieso que te he imaginado en un cuerpo, que me he inventado tus formas, aunque solo fuera por rellenar los abrazos imaginarios del poeta, igual que deja emocionados versos para quien quiera encontrarlos.

    Así es esta historia y no me pongo metas porque no corro hacia ningún lado, solo vivo el instante, evoco y sueño, escribo y toco, y caigo luego, vuelo y, después, me duermo entre delicados heliotropos. Que por algo soy poeta o, tal vez, solo otro soñador loco.

    Encantadora de sueños

    Supongo que me ha atrapado tu encanto, que me sedujo como lo hace la tela de araña al insecto, a pesar de que sabe que va a morir. Yo soy así: esa criatura que vuela libre y salta de hoja en hoja, que se moja con las gotas de lluvia y brilla al sol amable de otra primavera. Me deleito con las más insignificantes formas y no pienso en mañana. Cada día es una nueva historia y la belleza es mi alimento para fabricar la miel de los versos con que se alimentan las almas. Y con eso soy feliz o, al menos, lo intento. Pero el atardecer siempre me hiere en lo más hondo, cuando el día dice adiós y se acerca lo tenebroso. Esa belleza nostálgica de los cielos anaranjados que van mutando a rosa, morado y, finalmente, azul oscuro, negro.

    El mundo gira, la vida gira, los días giran... Y la mañana me despierta con otro haz de luz que se cuela a través de la ventana de mis ojos. Y allí, al fondo, al final de este interminable revoloteo, las gotas de rocío engalanan la perfección de tu tela en mil destellos. Sus formas geométricas me hipnotizan, me embelesan, me atrapan. Y aquí estoy al fin, condenado y rendido a tus encantos: esa seda que selló mis alas y consumió mis ganas. Ya solo soy un muerto viviente. Tu veneno, ese brebaje amargo que bebí mientras me sonreías preciosa, me inmovilizó hasta los párpados. Y, en cambio, es capaz de mantenerme plenamente consciente de cada paso que das sobre tu red de encaje negro, de cada movimiento perfecto en que sé que me devorarás, y así acabarán mis versos, justo ahí, donde te amaré eternamente, encantadora de sueños.

    Magia, a veces

    Te diría que eres magia por esa incertidumbre amable de encontrarme tus palabras. También que tu risa me da alas y, aunque no pueda verla, quizá también tu sonrisa. Todo es imaginarla a partir de retazos de tu voz y otras fantasías mías.

    Al final el poeta vive entre lo etéreo y lo imposible. Dibujando versos que a veces riman y, otras, solo hieren. Qué ensoñación de estrofas me lleva a ti, como un penúltimo paseo por los acantilados del deseo, donde el más ligero traspiés puede acabar con mis huesos en el agujero.

    Pero ¿acaso no vivo y muero por eso? Por ese momento incierto que me motiva, ese no saber del que nacen las mejores rimas.

    Así me tienes, eternamente de rodillas, rendido a tus pies, sin poder escapar a todas las pasiones dormidas en las que mi alma habita.

    Hoy camino con el peso de muchos años sobre mi espalda: ya no puedo correr y chocar luego contra la realidad, pues esta madurez lo evita. Es como una bola de grillete que me mantiene pegado al suelo, para que no sueñe más de lo recomendable, para que no vuele, es como un hilo de cometa que me hace subir y al final me devuelve, sano y salvo, a la realidad de siempre.

    La niña de la foto

    Me saludas desde la lejanía de otro tiempo, en una imagen borrosa que únicamente la emoción de los años vividos sabe interpretar. Te miro, absorto en tu belleza inocente y la de tus hermanas, sobre las que proyectas tu incipiente hermosura temprana en una evolución genéticamente esperada.

    Qué linda instantánea la de un padre rodeado por sus hijos, ¿qué más se puede pedir en la vida? Yo ya no pido nada, solo doy las gracias por toda esta suerte que me regalas, por cosas que no puedo ya valorar sin un nudo en la garganta.

    No, no me hagas caso, yo soy así: cuando la inspiración se me dispara ya no puedo parar. Me encanta tu foto, me atrapa. Siento no haber estado en ese tiempo, en tus más felices momentos, emborronado por un desliz del universo al construir nuevos recuerdos.

    Yo ya vivo en esa foto, habito imposiblemente en sus perfiles caducos y rotos, en el delicado roce del envoltorio de una caja, aquella donde guardas los recuerdos y atesoras lo que el tiempo, de un modo u otro, nos arrebata. ¿Quién soy ahora? ¿Adónde me llevaste con esa mirada intensa y sincera que me atraviesa del todo? Ya no soy dueño ni de lo escrito, me abandono. Me entrego al improbable azar del deseo y me dejo marchar a través de los sueños de otros.

    Por qué te escribo

    Que por qué te escribo, por qué te sigo, por qué te digo... Es muy sencillo: las personas necesitamos motivos. Velas para sostener el castillo de naipes que son los días.

    Necesitamos ilusionarnos, tener objetivos emocionales, aunque puedan parecer tan simples y superficiales como un «¡Buenos días!» lanzado al aire fresco de la mañana.

    Es toda esa motivación lo que nos devuelve las ganas y nos mantiene vivos y, aunque no lo parezca, una palabra tan solo puede ser suficiente para sanarme, para alegrarte, para hacerte sonreír, y eso ya me vale.

    Que por qué apareciste en mi camino, eso ya no lo sé: avatares del azar o del destino, tal vez, o porque el mundo es un laberinto de pasillos y en algún momento te tenía que encontrar. No pudo ser de niños, estabas lejos, como ahora también, pero el mundo, que es complejo, a veces sabe darle la vuelta a todo lo escrito y empezar una nueva historia donde antes dejó puntos suspensivos.

    Montaña rusa

    Pareciera que vivo en un continuo sube y baja con períodos de aburrimiento llano.

    Sufro los descensos, aún no me he acostumbrado, será vértigo o pánico.

    Pero, aun así, no sé resistirme ni reprimirme cada vez que insinúas otra cima hacia la que escalar.

    No sabría explicar por qué, pero un día me llevas en volandas y creo que puedo volar al impulso de unas pocas palabras.

    Mas, después, ya ves, como siempre, la bajada, con sus precipicios y sus curvas cerradas, acantilados en los que desaparecer para siempre.

    Pero no aprendo y mañana soñaré

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