La posdemocracia: Las transformaciones en la política mexicana
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En este marco, en este marco, el libro da cuenta de las nuevas condiciones políticas postalternantes: qué tanto se cumplieron y arraigaron las condiciones democráticas mínimas (Bobbio, Dahl, O´Donnell), cuales son los rasgos generales y específicos de la posdemocracia mexicana; de dónde: por qué y quién genera la antipolítica o antidemocracia, cuáles son las nuevas subjetividades políticas y como coexisten con las prácticas autoritarias, y cuáles son las nuevas identidades políticas.
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La posdemocracia - Pablo Vargas González
UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LA CIUDAD DE MÉXICO
COORDINACIÓN DE DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA
Tania Hogla Rodríguez Mora
RECTORA
Fernando Francisco Félix y Valenzuela
COORDINADOR DE DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA
José Ángel Leyva
RESPONSABLE DE PUBLICACIONES
Página legalLa posdemocracia: las transformaciones en la política mexicana.
Primera edición electrónica, 2023
D.R. © Pablo Vargas González
© Universidad Autónoma de la Ciudad de México
Dr. García Diego, 168,
colonia Doctores, alcaldía Cuauhtémoc,
06720, Ciudad de México
ISBN 978-607-8840-98-4 (ePub)
publicaciones.uacm.edu.mx
Imagen de portada: Marcos Limenes, de la serie <
Epub realizado por Netizen Digital Solutions-Hipertexto
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Hecho en México
Introducción
De repente, en el siglo XXI , las imágenes y referentes de la política han cambiado. Los ciudadanos se enfrentan a situaciones inéditas, con un malestar inusual que requiere ya no respuestas sino nuevas preguntas. La fragilidad de las instituciones, los cambios de partido y de ideologías en el gobierno, los aprietos de gobernantes para resolver los problemas, cada vez más complejos, la polarización de los discursos en todos los medios y no sólo en los convencionales, las incontenibles formas de violencia, la rampante inmoralidad pública y privada nos indica la quiebra de la democracia tradicional. Bienvenidos a la era de la posdemocracia.
Una nueva ruptura de la cultura y la política coexiste desde hace años entre nosotros, no solo en el nivel planeta sino con mayor fuerza en América Latina. La política ya no es lo que fue; se desvanece vertiginosamente.¹ Como una gran ola, la política ha vaciado los contenidos del debate político e inclusive de las instituciones más cercanas ante una masa de ciudadanos pasivos, muchas veces incapaces del control del sistema político, un espectáculo que se reproduce incansablemente. Pero también la pospolítica, que se apoya en los mecanismos del sistema, que intenta revaluarlos, se enfrenta a la antipolítica, que busca desde afuera, generar cambios o abrir el espacio público.
La instalación de políticas de liberalización económica, ataviadas como modernización, no solo generó grandes cambios en las condiciones estructurales y en la conformación de elites económicas en los gobiernos, produjo también nuevas identidades y prácticas sociales que repercutieron en la administración pública, en el desgaste de las fronteras público-privadas, y en la decadencia de los mecanismos de control moral y ético, que dio lugar a diversas formas de descomposición.
Este trabajo pretende situar algunos de los elementos, sin intentar agotarlos, de la condición posdemocrática, del alcance de los procesos de alternancia de partidos y de reformas cíclicas en el ámbito político, elementos que en su momento parecieron innovadores; es decir, cómo entendemos hoy la democracia realmente existente, cómo se han producido y cuál es la relevancia de las transformaciones políticas ante la decadencia de los actores políticos tradicionales.
Posdemocracia: modelo conceptual en construcción
En los inicios del siglo XXI, la sociedad global parece no estar alejada de los peligros que acecharon la centuria anterior, como las guerras en todas sus modalidades, el terrorismo, las hambrunas, el colapso ambiental, las tiranías, las desigualdades sociales y la discriminación (racismo, clasismo, sexismo), la corrupción rampante, la violencia generalizada, y por el contrario estas amenazas se presentan con gran intensidad como un desafío a la democracia. México no se escapa a estos problemas, y a la inversa los vive con gran fuerza, agravados por sus condiciones propias.
En el «regreso a la democracia» a finales de los setenta y los ochenta, Huntington² dio cuenta de que la transición política en curso apenas estaba siendo conceptualizada, es decir era una teoría en construcción. En este momento del siglo XXI, con los tropiezos, aceptación o desconfianza hacia la democracia se sigue reconstruyendo la teoría democrática contemporánea. En este tenor se abre la posibilidad de discutir el tema de la democracia, como lo dijo Sartori,³ en sus dos dimensiones: desde la perspectiva teórica con principios e ideales pero también con los indicadores de la democracia real. Urge la reconstrucción de la teoría democrática, sobre todo en las sociedades post industriales,⁴ en donde la política, la tecnología y —parafraseando a Bauman— los cambios se desvanecen en el aire y se diluyen como agua.
El cambio político en América Latina, inclusive en el mundo, ha transcurrido por grandes hitos de las olas políticas (Huntington) como ha pasado por momentos históricos precisos, ciclos o etapas esenciales. En Latinoamérica las etapas han sido definidas por las transformaciones de la política y de los cambios en el régimen político; Alcántara⁵ marca dos ciclos nuevos en la democratización reciente, lo que llama periodo «post transicional».
Los factores e indicadores de estos períodos no precisamente se identifican con la «democracia cosmopolita» planteada por Held, ni siquiera con la poliarquía de Dahl, en 1993, de una democracia liberal básica y prescriptiva. Por el contrario, muestran las grandes dificultades para instaurar democracias eficientes y efectivas que se quedaron a medio camino de la consolidación a causa de «democracias delegativas» esbozada por O’Donnell.⁶ Después del «regreso a la democracia» en una parte del Cono Sur, en los años ochenta, se empezaron a regularizar los procesos políticos abiertos y competitivos.
Fueron dominantes, por lo menos en la literatura politológica, las experiencias de la transición autoritaria por medio de «pacto de elites» y elecciones fundacionales que plantearon O’Donnell y Schmitter en 1991, pero también se consideraron indicadores importantes como la relación de los partidos y la sociedad civil, esto inclusive conformó un modelo en Europa del Sur (Portugal, España, Grecia e Italia) explicativo de las trayectorias de la consolidación, que muestran los aciertos pero también las debilidades para extender la democratización.⁷
Los procesos políticos en Europa,⁸ y otras partes del mundo, a finales del siglo XX mostraban «una democracia cansada» y paulatinamente se empezó a acuñar el término de posdemocracia instaurado por Crouch, en 2004, relativos a gobiernos y Estados que presentaban resultados limitados, donde la representación política y los partidos políticos tienen poca aceptación social, es decir, donde existen elecciones y se conforman los poderes públicos pero no cuentan con la suficiente legitimidad política.
Con el concepto posdemocracia se hace alusión a los regímenes políticos o gobiernos que se pretenden democráticos, que se encuentran asentados y estables pero donde el debate político ha decaído, y los procesos políticos son escenarios organizados por «profesionales de la persuasión», en donde «el «juego electoral» presenta un pequeña gama de opciones, y el ciudadano se mantiene en su mayoría pasivo, y donde la práctica política se centra en un círculo cerrado de intereses de grupos poderosos, que deriva en un cierto grado de decadencia.⁹ Con este concepto se resume la insatisfacción y el desencanto¹⁰ con «la democracia» tradicional de partidos, políticos y gobiernos que ofrecen pocas o limitadas opciones de transformación política y generan amplio descontento.
Otros autores reconocidos ya habían conceptualizado la condición de la democracia en las últimas décadas, desde Bobbio con la «degeneración de la democracia»; las «pseudo democracias» (Morlino); «democracia cansada» (Laporta), «democracia inconclusa» (Rosanvallon), «democracia difícil» (Zolo), «democracias delegativas» (O’ Donnell), hasta llegar a best sellers, «fatiga democrática» (Reybrouck)¹¹ en conjunto, aludiendo al alejamiento del ciudadano de la cosa pública y la preponderancia de las elites económicas, el uso de políticas de miedo, del marketing y la violencia que generan gobiernos con poca responsibilidad ante los asuntos públicos.
En este marco global, de debilidad de las instituciones democráticas y de desigualdad social, como también falta de acceso de los ciudadanos a derechos elementales y polarización de la sociedad, conforman un caldo de cultivo que propicia profundos abismos entre saber, conocer e informarse;¹² las campañas de desinformación, la manipulación de los hechos, la utilización de las nuevas redes sociales para colocar «verdades a medias», denostar la protesta social y a los opositores, forman parte de la posverdad, mecanismo que se ha instalado en países e situación de postconflicto o que padecen situaciones crónicas de violencia social.¹³
En Europa occidental se fue instalando la narrativa de la pospolítica, con todo su significado, para las democracias agotadas y sin opción, e inclusive de sus nuevos antípodas; lo mismo en España, Francia y Alemania; o como en las elecciones italianas de 2013, un periodista situaba claramente el debate entre quienes son los protagonistas y su forma de actuar:
No hay fórmula a la vista capaz de construir alguna alianza entre dos de las tres fuerzas más votadas. Así que, nos afirman, la situación está próxima al caos. Imposibilitado de calibrarse desde el centro, el sistema político italiano parece definirse por sus extremos. En el choque explosivo entre el modelo pospolítico de Silvio Berlusconi y el movimiento antipolítico de Beppe Grillo.¹⁴
El subtítulo del artículo era de pasmosa realidad: «El pospolítico cree que todo es posible dentro de este sistema; para el antipolítico, nada lo es».
La posdemocracia también llegó a Latinoamérica, en países y regímenes políticos con frágil democracia, O’Donnell¹⁵ ya mencionaba muchos de los síntomas que padecían las «democracias añejas» occidentales, sobre todo al instaurar «democracias delegativas» en gobiernos con ascenso electoral que no cumplen con la representación política y son incapaces de generar la normalidad institucional, no son democracias consolidadas, o bien parcialmente cuentan con algunos rasgos de las democracias representativas en que las elites sustituyen a los ciudadanos, lo que fue dando lugar a la instauración de «democracias inconclusas y frágiles».¹⁶
Los estudiosos de la post transición han señalado las dificultades de cada país para «aplicar» las categorías principales de liberalización y democratización, ya que los procesos de consolidación son tremendamente abiertos y muchos de los conflictos para el desarrollo de las democracias no se resuelven con el «pacto entre elites» o en las elecciones fundacionales o en las reformas políticas institucionales, sino más bien atendiendo el vínculo de la institucionalización de la democracia con «el consentimiento social, la representación y la rendición de cuentas».¹⁷
El contexto sí importa,¹⁸ las condiciones sociales de la democratización son determinantes en el derrotero de la transición-consolidación. Desde el inicio se previó que, en algunos lugares, las categorías de la teoría de la transición eran incompatibles y de incierta aplicación.¹⁹ En países de Europa del Este y de África se dan los casos más emblemáticos del «fracaso» o retroceso en la consolidación debido a una transición prolongada, falta de consenso y elites autoritarias.²⁰
Otros estudios post transicionales, señalan que la transición prolongada o la difícil consolidación se produce por no dar lugar central a la política ni a los ciudadanos. En una frase magistral, «la política ya no es lo que fue», Lechner resume la preocupación por el olvido de los nuevos gobiernos que desdeñan la práctica política y no incluyen la política en la democratización. Eisenstadt²¹ pone como advertencia metodológica fijarse en los fundamentos microinstitucionales, ya que la democratización es «una guerra de trincheras» que comprende a toda la sociedad, a los movimientos sociales opositores, en forma de luchas continuas y prolongadas para incidir en las reglas del juego formales.
En Latinoamérica la política, por las circunstancias históricas y sociales, tiene raíces en el «clientelismo político», que se convierte en parte sustancial del sistema de prácticas de control político desde la hegemonía de partidos y liderazgos autoritarios o populistas que impiden la consolidación democrática en la medida que la ciudadanía carece de derechos políticos o no tiene un participación real y decisiva en las decisiones y asuntos públicos.²²
La teorización sobre la democracia contemporánea fue desarrollándose considerando los diferentes enfoques, tanto prescriptivos-ideales como los relacionados con estudios comparados e inclusive histórico-analíticos. De la teoría de la transición democrática, influyente a lo largo de cuatro décadas, con la experiencia de los estudios de caso, en las democracias occidentales como en las incipientes, fueron tomando lugar nuevos enfoques más sistémicos, con una panorámica comparada y que incluyen los abordajes normativos y empíricos sobre la institucionalización de la democracia. Entre otros, los enfoques que han tomado la escena del análisis político de la democracia, de gran aporte conceptual y metodológico.
Por una parte, ante la reinstalación de «pseudo democracias» se fue posicionando el concepto «calidad de la democracia»,²³ que permite el escrutinio empírico de los atributos de una democracia: democracia de calidad «es aquella que presenta una estructura institucional estable que hace posible la libertad e igualdad de los ciudadanos, mediante el funcionamiento legítimo de sus instituciones y mecanismos». Ello implica que la calidad se da en tres ámbitos.²⁴ Esto llevó a que organismos internacionales y asociaciones civiles monitoreen, «evalúen» y «midan» las condiciones de la democracia en diferentes países, con enfoques y esquemas particulares y con resultados distintos. El uso de diferentes metodologías cualitativas y cuantitativas con el respaldo de sus respectivos enfoques puso de manifiesto la visión múltiple para abordar la compleja realidad política.
Entre los esfuerzos más completos sobresale el de Institute for International Democracy and Electoral Assistance (IDEA), de Estocolmo, que asumieron la metodología de investigadores encabezados por David Beetham, y formularon una guía para estudiar el «estado de la democracia» en varios países desde 2001, desde una perspectiva cuantitativa-cualitativa. El Handbook on Democracy Assessment es una guía propositiva que hace explícitos sus variables, hipótesis y metodologías. Parte de la premisa que la democracia es un conjunto de instituciones y procesos de gobierno, que debe ser definida en la práctica, a partir de dos principios fundamentales: 1) Control popular sobre la toma de decisiones públicas y los agentes decisores, y 2) igualdad entre los ciudadanos en el ejercicio de dicho control.
Por otra parte, O’Donnell²⁵ pudo concluir sus estudios sobre la democratización con un gran aporte que incluyó lo que Sartori mencionaba sobre las dimensiones de la teoría democrática, dando lugar a plantear diversa conceptualización, categorías normativas e indicadores empíricos de la institucionalización de la democracia. En La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos, donde pone de relevancia desde el cambio al Estado, el régimen político, política y democracia, enfoque que va más allá del perfeccionamiento de los sistemas electorales.
México: de la hegemonía a la consolidación política
En México ha irrumpido de modo tardío la posdemocracia; en el 2000 inició la alternancia política en el poder presidencial, un acontecimiento que permitió expresar una nueva etapa de condiciones políticas y de participación ciudadana, se habló de una «consolidación democrática», de que por fin había traspasado los lastres del pasado autoritario, expresado no solo por la hegemonía partidaria sino principalmente por un conjunto de rasgos y prácticas políticas que impusieron una dominación social y cultural, sin embargo, décadas después la «democracia mexicana» ha presentado un déficit democrático y síntomas que padecen otras democracias pero con la salvedad de que las elecciones limpias e igualitarias no tienen larga data ni son consustanciales a los ciudadanos, tampoco las condiciones políticas democráticas se han arraigado en la sociedad, por el contrario la gobernabilidad ha sido trastocada por la incapacidad gubernamental, las fallas en las políticas públicas, la corrupción y la descomposición del tejido social y cultural, que en conjunto constituyen severas amenazas a la convivencia social, actual y futura.
La democracia formal se alcanzó en el 2000 con la alternancia política y el funcionamiento de instituciones electorales que, paulatinamente, durante dos décadas fueron adquiriendo la institucionalización para organizar junto con los actores y partidos políticos elecciones transparentes²⁶ que con sus vaivenes fueron perdurando; fue una «transición votada»²⁷ dejando al desafío de las urnas la posibilidad de las transformaciones, lo cual fue sucediendo de modo gradual sobre todo en el nivel subnacional;²⁸ y en los congresos locales y gubernaturas.²⁹ Se trató de una «transición prolongada»,³⁰ en parte debido a la resistencia de la cultura de la hegemonía priista,³¹ que siguió alternando
