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Finjamos que soy feliz
Finjamos que soy feliz
Finjamos que soy feliz
Libro electrónico63 páginas25 minutos

Finjamos que soy feliz

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Unaselección de lamejorsor Juana Inés de la Cruz a cargo de Luna Miguel.
Pero valor,corazón:
porqueen tan dulcetormento,
en medio decualquier suerte
nodejar deamarprotesto.
Sor Juana Inés de la Cruz es una de las poetas más importantes de la lengua española. Cerró con broche de oro el Barroco hispánico y es, además, una figura muy seductora: mujer, monja, sabia, defensora de la capacidad intelectual de las mujeres. Sin embargo, como toda autora célebre, Sor Juana ha sido víctima de su fama: todo el mundo la conoce, pero muy pocos la leen.
Esta selección a cargo de la también poeta Luna Miguel pone al alcance de todos los lectores la brillantez de los mejores poemas de aquella que fue perseguida por dedicarse en cuerpo y alma no a la religión, sino a la intelectualidad y la escritura. El lector actual descubrirá en estos versos la perspicacia y el desafío que su poesía imperecedera alberga.
IdiomaEspañol
EditorialRANDOM HOUSE
Fecha de lanzamiento21 sept 2023
ISBN9788439742616
Finjamos que soy feliz
Autor

Sor Juana Inés de la Cruz

Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) fue la exponente novohispana más importante de México. Escribió poesía, teatro y prosa. En 1669 comenzó una vida monástica, que continuaría por el resto de su vida, lo cual le permitió dedicarse por completo al estudio y a la escritura. Ya que pertenecía a la corte de los virreyes, tuvo una serie de mecenas que le permitieron publicar sus primeras obras. Gracias a su talento, así como a las controversias que muchos de sus textos generaron en su círculo social, se volvió, junto a autores como Sigüenza y Góngora y Ruiz de Alarcón, una de las poetas más admiradas de la Colonia. Entre sus libros destacan Respuesta a sor Filotea de la Cruz, El divino Narciso, Los empeños de una casa y Amor es más laberinto. Murió a causa de una epidemia.

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    Finjamos que soy feliz - Sor Juana Inés de la Cruz

    Finjamos que soy feliz,

    triste Pensamiento, un rato;

    quizá podréis persuadirme,

    aunque yo sé lo contrario:

    que pues sólo en la aprehensión

    dicen que estriban los daños,

    si os imagináis dichoso

    no seréis tan desdichado.

    Sírvame el entendimiento

    alguna vez de descanso,

    y no siempre esté el ingenio

    con el provecho encontrado.

    Todo el mundo es opiniones

    de pareceres tan varios,

    que lo que el uno que es negro,

    el otro prueba que es blanco.

    A unos sirve de atractivo

    lo que otro concibe enfado;

    y lo que éste por alivio,

    aquél tiene por trabajo.

    El que está triste, censura

    al alegre de liviano;

    y el que está alegre, se burla

    de ver al triste penando.

    Los dos filósofos griegos

    bien esta verdad probaron:

    pues lo que en el uno risa,

    causaba en el otro llanto.

    Célebre su oposición

    ha sido por siglos tantos,

    sin que cuál acertó, esté

    hasta agora averiguado;

    antes, en sus dos banderas

    el mundo todo alistado,

    conforme el humor le dicta,

    sigue cada cual el bando.

    Uno dice que de risa

    sólo es digno el mundo vario;

    y otro, que sus infortunios

    son sólo para llorados.

    Para todo se halla prueba

    y razón en que fundarlo;

    y no hay razón para nada,

    de haber razón para tanto.

    Todos son iguales jueces;

    y siendo iguales y varios,

    no hay quien pueda decidir

    cuál es lo más acertado.

    Pues, si no hay quien lo sentencie,

    ¿por qué pensáis vos, errado,

    que os cometió Dios a vos

    la decisión de los casos?

    ¿O por qué, contra vos mismo

    severamente inhumano,

    entre lo amargo y lo dulce

    queréis elegir lo amargo?

    Si es mío mi entendimiento,

    ¿por qué siempre he de encontrarlo

    tan torpe para el alivio,

    tan agudo para el daño?

    El discurso es un acero

    que sirve por ambos cabos:

    de dar muerte, por la punta;

    por el pomo, de resguardo.

    Si vos, sabiendo el peligro,

    queréis por la punta usarlo,

    ¿qué culpa tiene el acero

    del mal uso de la mano?

    No es saber, saber hacer

    discursos sutiles vanos;

    que el saber consiste sólo

    en elegir lo más sano.

    Especular las

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