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Maoismo: Una historia global
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Libro electrónico1146 páginas14 horas

Maoismo: Una historia global

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Información de este libro electrónico

Una brillante revisión de la historia global del maoísmo, doctrina imperecedera que traspasa fronteras.
GANADOR DEL PREMIO CUNDILL DE HISTORIA 2019
FINALISTA DEL PREMIO BAILLIE GRIFFORD DE NO FICCIÓN 2019
FINALISTA DEL PREMIO NAYEF AL-RODHAN DE LA ACADEMIA BRITÁNICA
FINALISTA DEL PREMIO DEUTSCHER MEMORIAL

Aunque Occidente lleva décadas desestimando su influencia, el maoísmo es una de las fuerzas políticas más significativas y complejas del mundo moderno. En la actual República Popular China, tras el aparente abandono de la confusa utopía de la revolución maoísta por un capitalismo autoritario, el ideario de Mao Zedong sigue muy presente. Dada la actual relación entre el gigante asiático y Occidente, comprender la historia del maoísmo global y cómo se extendió por todo el mundo es clave para entender los desafíos contemporáneos.
Motor decisivo en la guerra de Vietnam, talismán de la resistencia anticolonialista en África, en ocasiones germen del terrorismo en Alemania e Italia y de las guerrillas en Perú, India y Nepal, el poder y el atractivo del movimiento maoísta rebasó las fronteras de China y suscitó un fervor extraordinario en amplias zonas geográficas. En esta fundamental obra, Julia Lovell relaciona la evolución de China con su legado global, y nos transporta de las plantaciones de té del norte de la India hasta las sierras de los Andes, el quinto arrondissement de París, los campos de Tanzania, los arrozales de Camboya o las calles de Brixton.
La historia global del maoísmo, habitualmente incomprendida, queda relegada a un segundo lugar en los libros de historia. En este maravilloso libro, ganador del prestigioso Premio Cundill de Historia, Lovell extrae de la penumbra a Mao y sus ideas y resitúa al maoísmo como uno de los movimientos fundamentales de los siglos XX y XXI.
La crítica ha dicho...

«Revelador e instructivo [...]. Un libro accesible y maravillosamente contado.»
The Times
«No hay una sola frase aburrida en este brillante y torcido recuento del impacto global del maoísmo.»
The Evening Standard "Book of the week"
«Extraordinario.»
New Statesman
«Insuperable y escalofriante.»
The Sunday Times "Book of the year"
«Una historia alternativa del siglo XX absolutamente fascinante que se desvía de la manida versión que se emite desde Moscú y Washington.»
Financial Times
IdiomaEspañol
EditorialDEBATE
Fecha de lanzamiento4 mar 2021
ISBN9788417636869
Maoismo: Una historia global
Autor

Julia Lovell

Julia Lovell es Profesora de Historia y Literatura china en la Universidad de Londres. Es traductora de obras de ficción china y también una escritora premiada; sus obras más recientes son The Opium War (La guerra del opio) y La Gran Muralla (Debate, 2007). Asimismo, Lovell escribe sobre China en publicaciones del calibre de The Guardian, el Financial Times, el New York Times y el Wall Street Journal.

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    Maoismo - Julia Lovell

    A mi padre,William (Bill) Lovell,

    1946-2014

    Introducción

    Pekín, otoño de 1936. Una amplia casa con jardín: la residencia allí de los periodistas estadounidenses Helen y Edgar Snow. Helen —casi en la treintena, de complexión delgada y sin curvas, atractiva al estilo Hollywood— se prepara para una mañana de escritura. La puerta de la calle se abre: por ella se asoma Edgar. No lo ve desde hace cuatro meses, desde el pasado mes de junio, un lapso en el que ha estado prácticamente incomunicado a raíz de su travesía al Estado comunista chino desplegado al noroeste del país.Viene, en las siempre agudas palabras de Helen, «sonriendo con una expresión tontorrona detrás de su barba entrecana, como un niño con un juguete nuevo». Bailoteando alegre alrededor de la estancia con «una gorra gris con una estrella roja en su desteñida parte frontal», ordena a su cocinera china un desayuno americano abundante, con huevos, café y leche.[1] Su mochila viene repleta de libretas con anotaciones, película fotográfica y un texto de veinte mil palabras transcritas de Mao. En los próximos meses, transformará ese material en un libro titulado La estrella roja sobre China,que llegará a ser un superventas mundial.La estrella roja sobre China marcará no solo la carrera profesional de Snow como cronista de la Revolución comunista china y mediador entre los comunistas chinos y las varias audiencias internacionales, sino que también convertirá a Mao en una celebridad política. La obra servirá para traducir el pensamiento del líder y su revolución a los nacionalistas indios y la intelectualidad china, los partisanos soviéticos, los sucesivos mandatarios estadounidenses y hasta a los insurgentes malayos, los rebeldes que luchan contra el apartheid, los sectores radicales de Occidente, los insurgentes nepalíes y muchos otros. La estrella roja sobre China significó el inicio del maoísmo global.

    Selva de Perak, Malasia, a finales de la década de 1940. Soldados del ejército colonial británico (británicos, malayos, australianos, gurkhas) hurgan entre los restos de los campamentos abandonados por el Partido Comunista Malayo (PCM), donde encuentran docenas de ejemplares de La estrella roja sobre China en su traducción china. En 1948, el PCM —dominado por dirigentes de origen étnico chino— llama a una insurrección antibritánica que los gobernadores coloniales de Malasia bautizan como «la Emergencia». Es una de las más tempranas rebeliones a favor de la descolonización, dirigidas contra los viejos imperios europeos tras la Segunda Guerra Mundial. Mao y su revolución son una fuente de inspiración para estos rebeldes: por su dedicación a una guerra de guerrillas prolongada; por la creación de un partido y ejército firmemente adoctrinados; y por su desafío al imperialismo europeo, estadounidense y japonés.

    Washington, noviembre de 1950. La Guerra Fría provoca nerviosismo en las oficinas del Departamento de Estado. Se confirma la intervención de la China comunista en la guerra de Corea y prolifera el temor a una insurrección maoísta de carácter global. El senador Joe McCarthy —«el gran intimidador nacional»—[2] exacerba el pánico de la población por la infiltración comunista en Estados Unidos, lo que causa la destitución de dos senadores liberales tras acusarlos de relaciones con los «rojos». Para los líderes estadounidenses, la Emergencia malaya es parte de la Guerra Fría, no una lucha anticolonial; se dice que su causa es la subversión china de carácter transnacional y que tiene que ser derrotada para evitar la victoria global del comunismo.Nace la «teoría del dominó»;la idea de que sin la intervención de Estados Unidos los territorios del Sudeste Asiático caerán uno tras otro en manos del comunismo chino. Cuando ese invierno la guerra de Corea se recrudece y unos siete mil efectivos del ejército estadounidense son capturados por oleadas de soldados chinos que rompen sus líneas en dirección a Seúl,Estados Unidos se obsesiona con la idea de una presunta guerra psicológica al nuevo estilo maoísta,que estaría poniéndose a prueba con los prisioneros de guerra en Corea. Un periodista estadounidense (y quizá agente de la CIA) llamado Edward Hunter publica denuncias de la nueva y aterradora arma de Mao contra la humanidad: el «lavado de cerebro».Altos funcionarios de la CIA, periodistas, científicos conductuales, novelistas y cineastas se confabularán en los años cincuenta para especular en torno a una poderosa maquinaria de control maoísta del pensamiento. Esta amenaza del «lavado de cerebro» chino —cimentada en el terror previo a la manipulación psicológica soviética— inflará la «esfera encubierta» en Estados Unidos, justificando así la existencia de un estado secreto dentro de otro y el vasto programa de operaciones psicológicas de la CIA. Mediante una serie de iniciativas en clave durante los años cincuenta y sesenta —Azulejo,Alcachofa, MK-Ultra—, la CIA buscará desarrollar una modalidad de ingeniería para revertir las técnicas chinas y soviéticas de control mental, que considera en extremo peligrosas. Eventualmente, este programa se transformará en los «interrogatorios especiales o reforzados» de la actual guerra contra el terror, lo que socavará los cimientos de la democracia estadounidense.

    El Bronx, Nueva York, 1969. Un joven radical estadounidense llamado Dennis O’Neil discute con un amigo. Como muchos de su generación, O’Neil es un apasionado admirador de Mao Zedong y su Revolución Cultural. En cambio, su amigo es más afín a Trotski. Entre ambos diseñan un experimento científico para determinar quién tiene una estrategia política superior.Todos los días, durante un periodo de tiempo determinado, cada uno de ellos le leerá obras escogidas de su ídolo a distintas plantas de marihuana en el balcón de su apartamento, situado en la decimocuarta planta de un edificio. «Mi planta floreció y la suya se secó —recuerda O’Neil—. Resultado positivo.» Mientras tanto, en una librería de San Francisco llamada China Books and Periodicals —el mayor local de la Costa Oeste donde se pueden leer las palabras de Mao—, bulle incluso una mayor excentricidad. Entre los montones apilados del Libro rojo, unos «ultrademócratas» con estilo propio, conocidos como «los Siete Excavadores», permanecen en la posición de loto mientras absorben energía de unas magdalenas rellenas de cannabis y leen la obra de Mao y sus impresiones sobre la Revolución china y la guerra de guerrillas. Un par de funcionarios del FBI, con las habituales gabardinas, rebusca entre los sellos postales chinos a un lado de la tienda para monitorear la situación.[3]

    En los años sesenta y setenta, los experimentos de la CIA con el LSD durante la implementación de su propio programa de control psicológico desempeñan un papel clave en las rebeliones juveniles propiciadas por las drogas. En torno a 1969, las cantidades de LSD disponibles en laboratorios universitarios de investigación financiados por la CIA se habían filtrado para el uso recreativo de los estudiantes. La escena floreciente de las drogas ayuda a liberar una ruidosa cultura de protesta que se identifica con la Revolución Cultural. El maoísmo hippy —ilustrado por el balcón de Dennis O’Neil y las sesiones de lectura de los Siete Excavadores— prolifera. La fiebre de Mao se difunde en todo Occidente: hay «pósteres con grandes caracteres» en los campus universitarios franceses; los estudiantes de la República Federal de Alemania lucen chapas de Mao en la solapa; citas del Libro rojo aparecen pintarrajeadas en las paredes de las aulas italianas; un grupo de maoístas anarquistas se sube al tejado de una iglesia en Berlín Occidental y bombardea a los transeúntes con cientos de ejemplares del Libro rojo. Pero detrás de tanto ruido hay gestos más duros. Los aspirantes a revolucionarios viajan a China o Albania para recibir adiestramiento político y militar en un programa diseñado y financiado por la República Popular China.Después de 1968, la militancia de la Revolución Cultural maoísta inspira el terrorismo urbano en la facción del Ejército Rojo en la Alemania Federal y en las Brigadas Rojas en Italia, que embisten contra estas frágiles democracias europeas que aún luchan por afianzar su legitimidad tras las secuelas del fascismo y el nazismo.

    Nankín, 1965.A medida que el entusiasmo por la revolución de Mao arrasa entre la izquierda política a escala mundial, un profesor peruano de filosofía asiste a una escuela de adiestramiento militar en Nankín. Más tarde se especula que allí conoció a Saloth Sar —que tiempo después sería conocido como Pol Pot, artífice del genocidio de los Jemeres Rojos en Camboya—, que ese año también asiste a clases en la Yafeila Peixun Zhongxin (el centro de entrenamiento en Pekín para Asia, África y América Latina, situado en los alrededores marmóreos del Palacio de Verano imperial), una entidad que acoge a revolucionarios de esas regiones. «Cogimos un bolígrafo —diría Abimael Guzmán más adelante, al evocar una clase de manipulación de explosivos— y el lápiz estalló, y cuando nos sentamos el asiento también estalló. Fue como un despliegue completo de fuegos artificiales [...], perfectamente calculado para mostrarnos que cualquier cosa se podía hacer estallar si uno sabía cómo hacerlo. [...] Esa escuela contribuyó mucho a mi desarrollo y marcó el comienzo de mi aprecio por el presidente Mao Zedong.»[4] En 1979, como líder del Partido Comunista de Perú —conocido también como Sendero Luminoso—, Guzmán se embarca en su guerra popular maoísta, una campaña brutal que en las próximas dos décadas se cobrará setenta mil vidas y representará para Perú un coste de doce mil millones de euros en perjuicios económicos. Después de doce años de guerra de guerrillas prolongada, Guzmán —como un alarde final maoísta— fija la fecha de su última ofensiva para la toma del poder el día del nonagésimo noveno cumpleaños de Mao: el 26 de diciembre de 1992.[5] La revolución, pronostica, costará «un millón de muertos».[6] Algunos auguran que si la revolución predicada por Sendero Luminoso tiene éxito —una posibilidad real en el Perú de principios de los años noventa— sus secuelas generarán un reguero de sangre que volverá insignificante el perpetrado por los Jemeres Rojos.

    Además de Pol Pot, quizá Guzmán se topara con otro aspirante a revolucionario mientras estaba en Nankín: un ciudadano originario de Rodesia del Sur, de aspecto imponente, expresión intensa y muy serio, con el pelo cortado casi al rape y ojos verdes hundidos en un rostro moreno pálido marcado por la viruela: Josiah Tongogara. Es un individuo que suele estar sumido en sus reflexiones sobre la eventual liberación de Rodesia del Sur del dominio blanco; si le presionan para que participe en una conversación trivial, solo habla de su voluntad de morir «frente a un fusil» (de hecho, morirá a causa de una maniobra imprudente en una autopista). Como ocurre con Guzmán, el tiempo que pasa en China convierte a Tongogara en un devoto maoísta. En la academia militar de Nankín, llega a venerar a los chinos como sus «mentores en términos éticos y en cuanto a habilidades y estrategias militares».[7] A finales de los años sesenta,Tongogara regresa a la frontera meridional de Rodesia, donde el Ejército Africano para la Liberación Nacional de Zimbabue (ZANLA, por sus siglas en inglés), el brazo armado de la Unión Nacional Africana de Zimbabue (ZANU, por sus siglas en inglés), se está preparando para la guerra de guerrillas contra Rodesia del Sur. En ese punto abandona las viejas y fallidas tácticas de ZANLA de golpear y huir, y reorganiza la lucha armada según las pacientes y prolongadas directrices maoístas.Traduce a Mao a la lengua shona; sus destacamentos guerrilleros deben depender del pueblo y moverse entre él como simba rehove riri mumvara, «como un pez en el agua», el medio donde adquiere toda su fuerza. Mientras tanto, instructores chinos entrenan a los reclutas del ZANLA cerca de Tanzania; a finales de los años setenta, se reclutan cinco mil cadetes para una ofensiva denominada Sasa tunamaliza («Estamos al final»).[8] Exhaustos por la resistencia del ZANU, los gobernantes blancos de Rodesia del Sur se ven obligados a negociar. Cuando era un niño,Tongogara había trabajado como recogedor de las pelotas de tenis que lanzaba fuera de la cancha un joven niño blanco llamado Ian Smith. En 1979, como representante del ZANLA en las conversaciones de paz, comparte las pausas para el café con él —entonces primer ministro del Gobierno de mayoría blanca de Rodesia del Sur— en la Lancaster House de Londres.[9]

    Hoy en día, en las profundidades de las selvas del centro de India, las guerrillas naxalitas, con uniforme verde oliva y saris brillantes, bailan en formación ante la foto del presidente Mao y le declaran la guerra a los «esbirros uniformados» del Gobierno que han confiscado la tierra local por sus preciosas reservas de bauxita. En estas hermosas y brutales selvas, el todavía militante movimiento maoísta indio se remonta en sus orígenes a su propia encarnación de la Revolución Cultural de 1967, cuando sus líderes estuvieron en Pekín junto con hombres como Guzmán y Tongogara. En 2006, los gobernantes de India consideran esta insurgencia maoísta la «mayor amenaza interior a la seguridad del Estado».[10] Mientras la intelectualidad debate en Nueva Delhi si los insurgentes son terroristas tribales guiados por manipuladores de castas superiores o rebeldes con causa pero desesperados, los maoístas y la policía se enzarzan en luchas en las que suele haber víctimas: una semana, una docena de policías son aniquilados con minas terrestres maoístas; a la siguiente, la policía viola y asesina a civiles con presuntas relaciones maoístas.A diferencia de los rebeldes maoístas de Nepal, que en 2006 abandonan la insurrección para participar en la democracia parlamentaria, los camaradas de India son un bastión residual de la doctrina maoísta pura y se niegan a presentarse a las elecciones. Los naxalitas dieron a Arundhati Roy —una de las escritoras e intelectuales más conocidas de India— acceso exclusivo a su historia, y la escoltan por los alrededores de los campamentos clandestinos. A su regreso al mundillo literario de Nueva Delhi, la autora publicó artículos en los que elogiaba su sencilla cultura, dinámica y fraternal.[11] ¿Es Roy una intelectual romántica enamorada de un ideal revolucionario feroz que, en caso de que consiguiera el control de India, no vacilaría (parafraseando a Nabókov al hablar de los admiradores tempranos de la Rusia soviética) en destruirla «con la misma naturalidad que los hurones y los granjeros eliminan a los conejos»? ¿O solo ha puesto de manifiesto sagazmente el atractivo que la anárquica liberación maoísta supone para una perseguida clase marginal de izquierdas, a la que un Gobierno brutal y corrupto no deja alternativas?

    En Chongqing, una ciudad a orillas del río Yangtsé considerada oficialmente como «la ciudad más feliz de China», miles de civiles con idénticas camisas de color escarlata se reúnen en una plaza pública a cantar y bailar himnos maoístas: «Sin el Partido Comunista no existiría la Nueva China», «El cielo y la tierra son pequeños en comparación con la benevolencia del partido», «El Partido Comunista es maravilloso, el Partido Comunista es maravilloso, el Partido Comunista es maravilloso».[12] En la prensa abundan historias sobre las milagrosas propiedades terapéuticas de tales himnos; por ejemplo, sobre una mujer que se ha recuperado de una profunda depresión con solo escucharlos; de pacientes psiquiátricos cuyos síntomas «desaparecieron de repente» al sumarse a los coros revolucionarios; de prisioneros curados de sus tendencias criminales por entonar «cánticos rojos».[13] Los estudiantes son enviados al campo a aprender de los campesinos. Cuadros del partido de aspecto solemne visten toscos uniformes maoístas de color azul y viajan a un rincón montañoso y aislado del sudeste de China «para profundizar en su comprensión y experiencia» de la revolución y, generalmente, para aumentar su «moral roja».[14] «Hay a nuestro alrededor algunos literatos abominables, amargos y apestosos—acota un anciano del Ejército Popular de Liberación, mientras los críticos del régimen desaparecen sin dejar rastro en las prisiones comunistas—. Atacan al presidente Mao y practican la desmaoificación. Debemos luchar para repeler esta contracorriente reaccionaria.»[15] Un hombre joven solicita al Gobierno que juzgue a escritores que critican al Gran Timonel y exige que los vecinos denuncien a la policía a cualquier sospechoso de deslealtad al presidente.[16]

    Esto no sucede en 1966, el año en que Mao inició la Revolución Cultural y alcanzó el punto álgido de su febril utopía, que desató la acción de las bandas de Guardias Rojos en las calles de las ciudades chinas, desterró a millones de habitantes urbanos a remotas áreas rurales y dejó un saldo de al menos un millón y medio de muertos (que siguieron a los treinta millones de muertos a causa de la hambruna causada por la mano del hombre a principios de los años sesenta). Esto ocurre en 2011 y es la razón de que esas canciones se escuchen en bares de karaoke, o de que los teléfonos móviles chinos —unos trece millones en determinado momento— sean bombardeados con textos que citan a Mao, de que el mensaje de Mao llegue a las audiencias a través de una programación televisiva dominada por películas revolucionarias clásicas, y de que el Gobierno haya lanzado el «Twitter Rojo», enviando retazos de la lacónica sabiduría de los años sesenta por un micromedio muy del siglo XXI.[17] Bo Xilai —el artífice de este resurgir neomaoísta— es purgado en la primavera de 2012 por corrupción y por el envenenamiento, llevado a cabo por su esposa, de un antiguo graduado de la Harrow School, Neil Heywood. Con todo, Xi Jinping, que se convierte en secretario del partido en noviembre de 2012, hereda e implementa el neomaoísmo de Bo a escala nacional. En los primeros meses después de su ascenso al poder, Xi lanza un sitio web que es el «frente de masas» (uno de los términos con gancho preferidos de Mao), para tomar medidas drásticas contra la corrupción y reforzar los vínculos entre el Partido Comunista y las bases, y reintroduce la «crítica y autocrítica» al estilo de Mao en el seno de la burocracia estatal. Por primera vez desde la muerte de Mao en 1976, Xi Jinping ha rehabilitado las estrategias maoístas dentro de la cultura nacional y la esfera pública de China.

    Estos ocho escenarios —que se extienden desde la década de 1930 hasta el presente y recorren Asia,África, Europa y las Américas— ilustran el amplio espectro cronológico y geográfico del maoísmo, una de las fuerzas políticas más significativas y complejas del mundo moderno. Una poderosa mezcla de disciplina de partido, rebelión anticolonial y «revolución permanente», todo ello imbricado con el culto secular al marxismo soviético, hace del maoísmo no solo una puerta de entrada a la historia contemporánea de China, sino una influencia clave en la insurrección, insubordinación e intolerancia globales durante los últimos ochenta años. Pero, más allá de China,y especialmente en Occidente, la difusión e importancia global de Mao y sus ideas en la historia contemporánea del radicalismo se perciben solo con vaguedad, si acaso. Con el fin de la Guerra Fría, la aparente victoria global del capitalismo neoliberal y el resurgimiento del extremismo religioso, el maoísmo ha sido en cierto modo borrado. Este libro pretende extraer de la penumbra a Mao y sus ideas y resituar el maoísmo como una de las historias fundamentales de los siglos XX y XXI.

    En 1935, Mao maniobró para abrirse paso hasta una posición de liderazgo en el Partido Comunista Chino. Por esa época, con toda probabilidad era aún una autoridad dudosa en su seno. Ese mismo año, unos ocho mil revolucionarios exhaustos, que huían de las campañas de cerco y aniquilación dirigidas por el Partido Nacionalista en el poder, marcharon hacia Yenan, una pequeña ciudad empobrecida enclavada en las laderas al noroeste de China. Con todo, al cabo de diez años —una década en que el país fue azotado por inundaciones, hambrunas y la invasión japonesa— los miembros del Partido Comunista ya sumaban 1,2 millones de militantes y sus ejércitos aumentaron a más de 900.000 efectivos.[18] Cuatro años después, los comunistas chinos dirigidos por Mao Zedong habían expulsado a sus rivales, los nacionalistas de Chiang Kai-shek, del territorio continental hacia Taiwán. Desde su fundación en 1949, la República Popular China se las ha ingeniado de diverso modo para sobrevivir más tiempo que cualquiera de los regímenes revolucionarios que la antecedieron en China, pese a las convulsiones de una hambruna causada por el hombre y una guerra civil (la Revolución Cultural) que afectaron y desbarataron la vida de decenas de millones de chinos.

    Hoy, la República Popular China todavía está cohesionada por el legado del maoísmo.Aun cuando hace tiempo que el Partido Comunista Chino ha abandonado la vorágine utopista del maoísmo en favor de un capitalismo autoritario que prioriza la prosperidad y la estabilidad, el Gran Timonel ha dejado una pesada huella en la política y la sociedad del país. Su retrato —de seis metros por cuatro y medio— cuelga aún en la plaza de Tiananmén, el corazón del poder político chino, en el centro de la capital del país. En medio de la plaza todavía descansa su cuerpo embalsamado y ceroso, como una bella durmiente a la espera de que la historia lo devuelva a la vida. La «mano invisible de Mao» (como plantea un libro de reciente publicación) continúa siendo omnipresente en la política china: en la profunda politización de su judicatura; en la supremacía del Estado de partido único sobre todos los demás intereses; en la intolerancia fundamental de las voces disidentes.[19]

    El maoísmo es un cuerpo de ideas contradictorias que se diferencia de los aspectos tempranos del marxismo en varios e importantes sentidos.Al otorgar el protagonismo dentro de la escena política a una agenda no occidental y anticolonial, Mao proclamó ante los radicales de los países en vías de desarrollo que el comunismo al estilo ruso debía adaptarse a las condiciones locales y nacionales, y que quizá la Unión Soviética iba mal encaminada. Divergiendo de Stalin, dijo a los revolucionarios que llevaran su lucha lejos de las ciudades, al campo.Aunque, al igual que Lenin y Stalin, Mao estaba decidido a forjar un Estado de partido único sometido a una disciplina militar, propició a la vez (sobre todo en la última década de su vida) una democracia anárquica, diciendo al pueblo chino que «la rebelión está justificada»: que, cuando «hay un gran caos bajo el cielo, la situación es excelente». Predicó la doctrina del voluntarismo, al señalar que, por la pura audacia de sus convicciones, los chinos —y cualquier otro pueblo con la necesaria fuerza de voluntad— podía transformar su país; el celo revolucionario, no el armamento, era el factor decisivo. Y, quizá, lo más innovador de todo: Mao proclamó que «las mujeres sostienen la mitad del firmamento».Aunque su práctica feminista se quedó corta frente a su retórica, ninguno de sus pares mundiales expresó una agenda igualitaria como esa.

    Nacido en una época en que China era despreciada por el sistema internacional, Mao reunió un variado repertorio de herramientas prácticas y teóricas para transformar un imperio indolente y fallido en una potencia global desafiante. Creó un lenguaje que podían entender los intelectuales y los campesinos, hombres y mujeres; un sistema de propaganda y control del pensamiento que se ha descrito como «uno de los intentos más ambiciosos de manipulación humana en toda la historia», y un ejército disciplinado. Además, se rodeó de unos camaradas inusualmente talentosos y despiadados. Sus ideas provocaban un fervor extraordinario. Millones de personas se embarcaron en matrimonios de conveniencia política y abandonaban a sus hijos para dedicarse por completo al experimento utópico.Tales hijos, a su vez, denunciaron, humillaron y —en casos extremos— asesinaron a sus padres en las décadas de 1960 y 1970, en nombre de su Gran Timonel.

    El primer capítulo de este libro examinará las definiciones del maoísmo, un término que se ha empleado a la vez admirativa y desdeñosamente durante décadas,aludiendo a una amplia variedad de comportamientos políticos que van desde la democracia anárquica de masas hasta la brutalidad maquiavélica aplicada contra los enemigos políticos. Los términos «maoísta» y «maoísmo» se convirtieron, en inglés, en moneda corriente de los análisis estadounidenses de la Guerra Fría sobre China, en un intento de categorizar y crear un estereotipo de una «China Roja» vista como la quintaesencia de la amenaza extranjera.Tras la muerte de Mao, se convirtieron en términos válidos para todo a la hora de degradar lo que se percibía como la locura represiva única de China entre 1949 y 1976. Sin embargo, aquí no entendemos el término de esta forma petrificada. En este libro, el «maoísmo» es un paraguas verbal para el amplio espectro de la teoría y la práctica atribuidas a Mao y su influencia en los últimos ochenta años. En otras palabras, este término solo es útil si aceptamos que las ideas y las experiencias que él describe están aún vivas y son cambiantes, al haber sido ambas traducidas y mal traducidas tanto en vida de Mao como después, y en su expansión dentro y fuera de China.

    Debido a que hoy la República Popular China ha comenzado a reafirmar por primera vez desde la época de Mao sus ambiciones globales, el imperativo de entender el legado político que unifica al país se vuelve cada vez más urgente. Pero hay a la vez una imperiosa necesidad de evaluar el poder y el atractivo del maoísmo más allá de China, donde ha disfrutado de una larga vida después de su muerte en movimientos revolucionarios inspirados en las teorías de Mao sobre la lucha de clases y la guerra de guerrillas. El maoísmo contiene en su seno ideas que han demostrado una enorme firmeza y habilidad para viajar a otros sitios y arraigar en tierras cultural y geográficamente alejadas de China: en las plantaciones de té de India, las sierras de los Andes, el quinto arrondissement de París, los campos de Tanzania, los arrozales de Camboya y las terrazas de Brixton. Este libro es tanto una historia de ese movimiento en China como de su legado global: analiza la historia ambivalente del maoísmo y el perdurable atractivo que ejerce sobre los soñadores ávidos de poder y los rebeldes desposeídos de todo el mundo.

    Con todo, la del maoísmo global continúa siendo una de las historias omitidas —o incomprendidas— en los siglos XX y XXI.Basta comparar la cantidad ingente de libros sobre Hitler y Stalin, y acerca de las consecuencias internacionales de sus respectivas figuras, con la falta de estudios que sinteticen y expliquen los legados del maoísmo en todo el mundo. ¿Por qué tendemos a no percibir el maoísmo globalmente? ¿Por qué no existe ya un libro como este?[20]

    Desde la década de 1980, los lectores de las lenguas europeas (sobre todo en inglés) que dominan el ámbito editorial internacional han podido acceder a docenas de relatos testimoniales de China en la era de Mao, en forma de memorias personales escritas por víctimas de la Revolución Cultural.Tales aportaciones ofrecen un sobrecogedor relato del horror: de la violencia y persecución, fruto del culto de Mao a su personalidad y de la xenofobia irracional. El marcado contraste entre, por una parte, nuestra imagen de una China maoísta disfuncional y desastrosa que se desprende de esas obras y, por otra, de la China contemporánea —una tierra donde se construye un Estado funcional y prolifera el consumismo pragmático— podría dar la impresión de que el maoísmo ha sido relegado al olvido. El kitsch circulante refuerza la idea de un distanciamiento.Aunque un amplio sector de lectores occidentales equiparan hoy a Mao con Stalin o Hitler por la fuerza destructora de sus políticas, los turistas que van a China compran ejemplares con tapas de plástico del Libro rojo o encendedores decorados con el rostro de Mao que entonan el himno maoísta de «El Oriente es rojo». Quienes visitan la Alemania contemporánea no soñarían siquiera con adquirir ejemplares de Mi lucha o novedosos relojes despertador que mostraran a Hitler haciendo el saludo nazi. Los libros de humor para niños británicos incluyen alegremente ciertos juegos de palabras sorprendentes. Pregunta: ¿cuál fue el gato más poderoso en China? Respuesta: el presidente Miao. Una vez más, un chiste análogo en torno a Stalin o Hitler es impensable.

    Todo esto sugiere, a ojos occidentales, que Mao ha sido relegado de manera segura al pasado, sin riesgo de que sus ideas o herederos experimenten un resurgimiento. Igual que ocurre con el comunismo, y especialmente el comunismo durante la era del tardomaoísmo, en las décadas de 1960 y 1970, que parecen hoy ajenos y extraños, sobre todo por sus dialectos y variados acrónimos doctrinarios (por citar solo unos pocos grupúsculos maoístas en la República Federal de Alemania de esa época: el MLPD, el KBW, el KPD/ML, el KABD...). Con todo, es un hecho que muchas de las tragedias que suceden en relación con el subdesarrollo y los conflictos que actualmente aquejan África, Asia, América Latina y Oriente Próximo son resacas de conflictos en los que las superpotencias de la Guerra Fría —Estados Unidos, la Unión Soviética y la China de Mao— estuvieron enzarzadas alguna vez. De hecho, la ideología maoísta contribuyó a moldear la Guerra Fría en tales regiones.

    Pero dejar de lado el maoísmo global no solo es fruto de nuestra desatención, sino también una consecuencia del éxito de la China posterior a Mao para difundir una narrativa singular de su pasado. En 1978, el sucesor de Mao, Deng Xiaoping, proclamó ante el mundo que China «nunca buscaría la hegemonía», y desde entonces casi todas las campañas de relaciones públicas se han dedicado a argumentar el estatus de China como víctima, no como activista o agresora, en la política internacional. Durante los últimos diez años, a medida que China ascendía al estatus de superpotencia, sus gobernantes promovían la teoría del «ascenso pacífico» del país, insistiendo en que su nueva fuerza e influencia serían una fuerza a favor de la armonía internacional más que una modalidad de nacionalismo militante. La forma en que se escribe la historia es un factor relevante a la hora de corroborar esta narrativa: el Gobierno repite que China jamás ha interferido en los asuntos soberanos de otras naciones. La idea de una China virtualmente neutral contrasta así con las acciones de los halcones occidentales. La propia historia de victimización de la China moderna por las naciones imperialistas entre 1839 y 1945 alienta las simpatías hacia este enfoque.

    La última campaña del Partido Comunista Chino por la influencia global es la del «sueño chino», diseñada para vender internacionalmente la idea de una China fuerte y exitosa. Su manifiesto, que tiene la extensión de un libro, arguye que «China cuenta con una tradición que atesora la paz y la armonía, y nunca ha buscado saquear a otras naciones o crear zonas de influencia».[21] Cuando investigaba para mi primer libro, que rastreaba la obsesión de la China posterior a Mao con la obtención de un Premio Nobel de Literatura, me encontré una y otra vez —en documentos y entrevistas— con una gran muralla de negaciones en cuanto a que China hubiera tenido algún tipo de contacto con el mundo exterior entre 1949 y 1976. En el saber difundido en la década de 1990 y en la de 2000, se sugiere que la República Popular China hizo su primera entrada a lo grande en la escena internacional en 1978, cuando Deng Xiaoping asumió el poder supremo. Por ende, la China de la época de Mao no tenía una política exterior, tal como afirma esta versión de la historia, pues era una nación aislada dentro de la comunidad internacional.

    En tales circunstancias,China es hoy reacia a proyectar alguna luz sobre su deseo de liderazgo de la revolución mundial durante el periodo de Mao, una época en que exportaba no solo ideología en la forma de centenares de millones de ejemplares del Libro rojo, sino también otros activos más sólidos para la revolución: financiación, armas y entrenamiento de los insurgentes globales, sobre todo en los países en vías de desarrollo. Por supuesto, la historia de las intromisiones de la CIA o el KGB en el extranjero no es más edificante, pero al menos resulta más conocida. Un antiguo historiador de la diplomacia china ha señalado el bochorno que este aspecto del pasado nacional provoca a los gobernantes contemporáneos de la nación. «El Partido Comunista Chino no quiere hoy que el pueblo hable de su historia. [...] Su intromisión en otros países fue en aquellos años verdaderamente excesiva.»[22] Dado lo mucho que la República Popular China añora ese influjo global, es irónico que la memoria del periodo durante el cual China disfrutó posiblemente del mayor poder global de naturaleza blanda de su historia deba hoy «desaparecer» por razones políticas. El tratamiento que el partido hace de este tema ilustra las inconsistencias de la actual política china. El Estado de partido único contemporáneo, que debe su legitimidad y estabilidad política a Mao, añora contar con un «rostro» internacional. Con todo, visto que la historia y el legado de la era de Mao, y en especial la Revolución Cultural (el motor principal del maoísmo global), eran tan inestables, y dado que el Partido Comunista Chino contemporáneo ha hecho de la estabilidad política y económica su fetiche por encima de otro objetivo gubernamental, ese mismo Estado de partido único rechaza atribuirse la influencia global que esta era alimentaba (incluidos los movimientos maoístas contemporáneos en India y Nepal).

    Debido a lo delicadas que resultan estas cuestiones en la China contemporánea, mucha documentación histórica sigue estando fuera de nuestro alcance. En una liberación de archivos sin precedentes en la historia comunista, el Ministerio de Asuntos Exteriores chino inició en 2003 una apertura de sus archivos entre 1949-1965 a los investigadores interesados (nunca un Estado comunista había desclasificado la documentación de un organismo del Gobierno estando aún en el poder). Pero esta apertura parcial se quedó corta respecto a los años decisivos de la Revolución Cultural, y la mayoría de los documentos del Ministerio de Asuntos Exteriores fueron reclasificados entre 2012 y 2013, durante una «puesta al día de los sistemas [informáticos]». En cualquier caso, las dos organizaciones más relevantes que manejaban la exportación de la teoría y práctica revolucionaria china eran el Departamento de Enlace Internacional (DEI, Zhonglianbu) y la inteligencia militar. El primero gestionaba las relaciones entre partidos y, por ende, lidiaba con ambiciosos grupos comunistas (que planteaban diversas clases de amenazas a sus respectivos gobiernos) en, digamos, Birmania, Camboya, Malasia, Francia, la República Federal de Alemania, Perú y otros lugares. Dentro de China, el DEI era, y continúa siendo, tan secreto que el conocimiento de su ubicación exacta entre las décadas de 1950 y 1970 no es, en apariencia, del dominio público hasta hoy. No hace falta decir que las posibilidades de que estas organizaciones en particular abran sus archivos son muy escasas, a menos que el propio Partido Comunista Chino caiga alguna vez del poder. Por consiguiente, el maoísmo global no es un asunto fácil de investigar: no hay un archivo unificado sobre el tema, y las fuentes principales están dispersas en discursos, telegramas y actas de reuniones (muchos de los cuales siguen estando clasificados),así como en las memorias y los relatos orales en diversos idiomas. La sensibilidad que suscita este asunto en China se ha intensificado aún más con el ascenso al poder de Xi Jinping, hijo de Xi Zhongxun, líder revolucionario de la primera generación de rebeldes. Puesto que Xi debe mucho de su prestigio político a la sacrosanta imagen de la revolución, se ha vuelto más importante que nunca enterrar todo detalle histórico vergonzoso de la era de Mao, en particular aquellos que contradigan la doctrina de la no interferencia china en los asuntos internacionales.

    La percepción del maoísmo como un sistema de ideas y prácticas relevantes solo para China ha servido a la vez para relegarlo a los márgenes de la historia mundial. Las historias sobre la Guerra Fría a menudo subestiman la importancia de la China maoísta como una alternativa genuina al comunismo soviético, al brindar apoyo intelectual y práctico a rebeldes en todo el mundo. La indagación académica reciente reconoce cada vez más la influencia asiática, en concreto la china. Los dos importantes ensayos de Odd Arne Westad en torno a la Guerra Fría desde 2005 han globalizado el estudio de este conflicto. Una serie de excelentes historiadores dentro y fuera de China —Westad, Chen Jian, Li Danhui, Lorenz Lüthi, Serguéi Radchenko, Shen Zhihua,Yang Kuisong,Yafeng Xia— aprovecharon la ampliación del proceso de desclasificación llevado a cabo por la República Popular China en la década de 2000, antes de que en 2011 se cerrara de nuevo.[23] Pero aún ocurre, quizá a causa de una negligencia más general (ajena a los especialistas) sobre el papel global de China en el siglo XX, que la influencia de la China maoísta en la insurgencia política radicalizada durante las décadas de 1960 y 1970 curiosamente se margina en las historias anglófonas del periodo. No existe, por ejemplo, ningún libro en inglés sobre la difusión e impacto de las ideas maoístas en la Italia o la República Federal de Alemania de posguerra. Ni tampoco hay, ciertamente, ninguna historia sumaria y detallada de la implicación de China en un amplio espectro de conflictos y disturbios que estallaron a partir de la Segunda Guerra Mundial en Asia,África, las Américas, Europa y Oriente Próximo.

    Las tramas pentagonales dentro del eje Moscú-Berlín-Praga-Londres-Washington que ocurren en las novelas de John le Carré impulsaban a pensar a los lectores anglófonos en las grandes crisis de la Guerra Fría como una historia estadounidense, soviética y europea. Pero eso no es lo que parecía en los años sesenta y setenta, cuando los territorios de Asia parecían al borde del desplome frente a los mensajes del comunismo chino propiciatorios de la rebelión militante; y cuando los políticos europeos, estadounidenses y australianos acusaban a China de apoyar un «programa para la dominación mundial maoísta» con reminiscencias «de Mi lucha», de liderar «un movimiento subversivo de alcance mundial [...] en América Latina, África y Asia». «Si cae Australia —señalaba flemáticamente un comentarista de la región—, los historiadores no se detendrán a reflexionar en profundidad en torno al sino fatal de este puñado de hombres blancos que pensaban que podían vivir bajo la sombra del falo chino.»[24] La voz internacional tan grandilocuente de China —Revista de Pekín, publicada en la capital del país— servía para alentar esa sensación de alarma en ediciones traducidas a docenas de idiomas: «El presidente Mao [...] es el gran líder de los revolucionarios del mundo [...] iluminando los corazones de todos ellos e indicándoles el camino a la victoria en la revolución».[25] La documentación interna informaba de una proclama de Mao que indicaba que «China no solo es el centro político de la revolución mundial, sino que debe ser además el centro de la revolución mundial en términos militares y técnicos».[26] Occidentales y soviéticos por igual se acobardaban ante las cuentas optimistas de Mao respecto a los posibles efectos de una guerra nuclear: «Si lo peor sigue a lo peor y media humanidad muriera, la otra mitad seguiría en pie, mientras que el imperialismo quedaría arrasado hasta los cimientos y todo el mundo se haría socialista».[27]

    Si no se tiene en cuenta a China, resulta imposible entender las acciones estadounidenses desarrolladas en Asia durante la Guerra Fría, donde varios mandatarios estadounidenses crearon y promovieron estados para frenar a Mao. La publicación de los Papeles del Pentágono en 1971 reveló que la guerra estadounidense en Vietnam no era «para ayudar a un amigo» (Vietnam del Sur), sino para «contener a China». Revisar el papel global de la China de Mao contribuye también a reconsiderar uno de los análisis definitorios de la Guerra Fría en Asia: la teoría del dominó, cuya lógica dictaba la intervención política y militar de Estados Unidos en el Sudeste Asiático. Por buenas razones, al menos a partir de la década de 1970, los analistas han sido muy críticos con este conjunto de supuestos, ya que condujo a las desmesuras del ejército estadounidense en Vietnam entre 1965 y 1973, y a operaciones abiertas o encubiertas para desestabilizar naciones que habían accedido hacía poco a la independencia, además de facilitar o directamente impulsar la irrupción de dictaduras (por ejemplo, en Indonesia, Birmania y Camboya). La teoría del dominó es asimismo insatisfactoria en términos intelectuales, ya que sugiere que los distintos estados del Sudeste Asiático eran actores pasivos y desamparados ante la subversión propiciada por la China de Mao. Pero la repulsa ética y el rechazo a los resultados de la teoría del dominó, la doctrina enarbolada por la política exterior estadounidense, favorecieron cierta negligencia (en particular a partir de los años ochenta) respecto a la influencia que China tuvo durante la época de Mao en la Guerra Fría en el Sudeste Asiático. Este libro propone revisitar y reelaborar tales nociones.Argumenta que la teoría del dominó tenía cierto asidero en la realidad: que Mao y sus lugartenientes sí querían difundir su modelo para la revolución en todo el Sudeste Asiático y más allá. Casi cada país de la región —Vietnam, Filipinas, Indonesia, Malasia, Camboya y Birmania— contaba con fuertes y hábiles movimientos comunistas (a menudo anteriores a la fundación de la República Popular China), influenciados y en buena medida financiados materialmente por la China de Mao a partir de 1949. Debido al largo padecimiento de estas naciones a manos de regímenes coloniales y extractivos, no es de extrañar que las arremetidas militantes, primero de Lenin y luego de Mao, contra el imperialismo resultaran atractivas para algunas de las mentes más brillantes del Sudeste Asiático. Sin la enorme afluencia a la región de material de guerra y botas británicas y luego estadounidenses, no está claro si los oponentes locales al comunismo habrían resistido a las insurrecciones de la forma en que lo hicieron.

    El estudio de la expansión mundial del maoísmo requiere no solo que reconsideremos este conjunto de ideas desde la perspectiva de un pasado ideológico reciente, cuando las doctrinas del comunismo regían y le importaban a gran parte de la humanidad, sino también pensar nuestro derrotero desde diversos puntos de vista geográficos. Para muchas personas que crecieron en el mundo en vías de desarrollo entre las décadas de 1950 y 1970, la China de la era de Mao no representaba (y sigue sin representar) un caso perdido, sino más bien una alternativa admirable e independiente a los modelos políticos de Estados Unidos y la Unión Soviética.[28] Representaba un ejemplo de un país pobre y de base agraria acosado por el expansionismo occidental o japonés y que se erguía por sí mismo ante el mundo. Hoy en día, en Nepal muchos consumidores corrientes idealizan China como un paraíso económico y creen que es un país tan próspero a causa, y no a pesar, de Mao. Desde París hasta Phnom Penh, de Pekín a Berlín, desde Lima hasta Londres, y de Dar es Salam a Derby, Mao ofrecía no solo un desafío retórico, sino estrategias prácticas para potenciar estados empobrecidos y marginados, o dominados por las potencias globales; para entrenar insurrecciones campesinas con una pobre tecnología contra ejércitos coloniales financiados por el Estado.

    Durante y después de la Guerra Fría, el maoísmo ejerció un atractivo particular para los estados subdesarrollados, colonizados o recién descolonizados como Tanzania, Nepal, India, Camboya e Indonesia, que al menos superficialmente se parecían a la China previa a 1949. Ejercía este atractivo a menudo sin demasiada ayuda de la propia República Popular China, sin duda menor en comparación con el presupuesto dispuesto por el Komintern y auspiciado por los soviéticos en las décadas de 1920 y 1930. Con un estilo auténticamente guerrillero, las ideas y propuestas de Mao sedujeron al mundo desarrollado, infiltrándose en los mejores barrios franceses y en las élites de los campus universitarios estadounidenses. «Cavad túneles hondos, almacenad el grano en todas partes» era la arenga de los estudiantes radicales de Harvard en los años setenta. El maoísmo arraigó también en países en vías de desarrollo que no tenían una semejanza sólida con la China prerrevolucionaria, como es el caso de Perú. Sin una comprensión adecuada del atractivo y la expansión mundial del maoísmo, cuesta entender sucesos geográfica y cronológicamente tan dispares como la Emergencia malaya, las matanzas de 1965 en Indonesia, las revoluciones culturales de Europa occidental y Estados Unidos en 1968, la guerra de Vietnam y el genocidio de los Jemeres Rojos, el fin del dominio blanco en Rodesia del Sur y el levantamiento de la Unión Nacional Africana de Zimbabue liderada por Robert Mugabe, la insurgencia de Sendero Luminoso en Perú, la guerra civil en Nepal, que puso fin a siglos de monarquía, y la insurrección contemporánea en las selvas de India. Los conflictos y las crisis influenciadas por Mao no son solo sucesos históricos fundamentales; de hecho, varios de ellos aún prevalecen entre nosotros en India, Perú, Nepal y Zimbabue.

    El internacionalismo del propio Mao necesitaría por sí solo un libro, por lo mucho que él nos dice de la variedad —y no la homogeneidad— de la política exterior de la República Popular China. Mao combinaba los sueños de una revolución mundial con las ambiciones nacionalistas y un imperialismo chino de raigambre mucho más antigua. Oscilaba entre las anexiones imperiosas —reafirmando las reivindicaciones de la China imperial sobre partes de la Unión Soviética— y una generosidad sin condiciones con partidos «hermanos» a los que veía como parte de una civilización chinocéntrica y maocéntrica. Sin mayores reparos, concedió franjas de territorio en la frontera chinocoreana a su «fraternal aliado» Kim Il Sung y, tras reunirse con miembros del radical y prochino Partido Comunista de India, prometió convertir en un futuro Gobierno comunista indio todo el territorio fronterizo que India y China disputaron de manera sangrienta durante la década de 1960.[29] La noble solidaridad socialista de Mao —y masiva ayuda financiera— para con Vietnam estaba matizada por afanes de dominio imperialista; dos años después de su muerte, las tensiones chinovietnamitas escalaron hasta desencadenar una infame conflagración fronteriza. Mao estaba embebido de una mentalidad más arcaica asociada al Reino Medio: al proponerse el liderazgo de la revolución global, asimismo quería reafirmar el derecho de China a ocupar el centro del mundo.[30] El énfasis en la misión global de China desempeñaba un papel relevante también localmente. Al ser el cuartel general de la revolución, argüía Mao, China era vulnerable a los ataques del mundo reaccionario. Insistía constantemente en la inseguridad internacional de China para movilizar campañas internas contra potenciales oponentes, que eran tildados de «espías» y «enemigos de las masas revolucionarias».

    Muchas de las consecuencias actuales del maoísmo global no fueron intencionadas. Por ejemplo, la China de la época de Mao invirtió dinero, tiempo y conocimiento en África con la esperanza de ganarse la simpatía del continente negro y convertirlo a su causa política, pero ni un solo régimen parecido a uno maoísta llegó allí al poder. Solo hubo una adopción parcial de las estrategias y los emblemas de Mao en Tanzania y Rodesia del Sur, hogar de sus más fervientes admiradores africanos. Por el contrario, en Nepal, India y Perú la inversión de la República Popular China fue más discreta: con revistas de portada lustrosa, traducciones y radios en las lenguas locales, invitaciones ocasionales a China y poco más. Sin embargo, las ideas de Mao en esos países encontraron apasionados adeptos que desplegaron sus estrategias en guerras que acabaron transformando la historia contemporánea de sus países. La historia del maoísmo global ejemplifica el curso impredecible de la búsqueda de la China Comunista de un poder blando. Por más que el Estado de partido único haya intentado amoldar y dirigir su imagen internacional, sus iniciativas siempre han oscilado en direcciones inesperadas e incontrolables, debido a que el maoísmo es un credo político inestable que reverencia de forma simultánea el partido centralizado y el liderazgo de las masas, la obediencia colectiva y la rebelión contra el Estado. En su expansión por el mundo, el maoísmo ha servido a causas que cuestionaban o atacaban a los gobiernos establecidos; en su país de origen, ha dado pie a un Estado de partido único omnipotente. Ha exaltado la revolución campesina a la vez que se ha granjeado a muchos de sus seguidores o simpatizantes entre las élites cultivadas (Louis Althusser, Jean-Paul Sartre, Michel Foucault, Baburam Bhattarai,Abimael Guzmán), al ser una revolución difundida a través de libros. Los maoístas mundiales más cerebrales han transformado a sus «masas» tan idealizadas en carne de cañón para sus revoluciones doctrinarias, mezclando la empatía con la brutalidad hacia aquellos que más padecen en la base de la sociedad.

    El fin de la Guerra Fría —con la desintegración de las viejas alianzas de Estados Unidos y la Unión Soviética, y el surgimiento de culturas globales en que los desplazamientos y transmisiones son cada vez más fluidos— únicamente ha conseguido —si es que ha conseguido algo— fortalecer la validez de las tácticas y estrategias guerrilleras de Mao. Los analistas del Estado Islámico sostienen que este grupo llegó al poder en su región desplegando las ideas de Mao sobre la guerra asimétrica contra un Estado consolidado; desde luego, hay una huella documental de la influencia que las doctrinas sobre la «guerra popular» relacionadas con la Revolución Cultural han ejercido en las insurrecciones en Oriente Próximo. China concedió a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), como escribía un satisfecho visitante palestino al país asiático, «todo lo que le pedimos», y varios militantes palestinos hicieron la transición del maoísmo al yihadismo en los años ochenta.[31]

    Es más, una vez que reinsertamos la historia global del maoísmo en la historia del siglo XX, se empieza a tener una narrativa muy distinta del relato estándar en que la Unión Soviética pierde la Guerra Fría frente al neoliberalismo. Un cuarto de siglo después de que el comunismo colapsara en Europa y luego en la Unión Soviética, el Partido Comunista Chino sigue —en apariencia— floreciendo. Bajo su dirección, China se ha convertido en una fuerza económica y política mundial. El Partido Comunista Chino —cuya práctica y legitimidad está aún bajo el dominio de Mao— se ha reinventado a sí mismo con un éxito considerable como adalid de la economía de mercado, a la vez que continúa siendo una organización esencialmente secreta y leninista. Si la organización sigue aún a cargo del país en 2024, la Revolución comunista china habrá superado los setenta y cuatro años que duró la vida de su hermano mayor soviético. Los líderes de China experimentan un nervioso orgullo ante esta perspectiva; las causas del colapso soviético en 1991 fascinan a los miembros pretéritos y actuales del Politburó chino. Si el Partido Comunista Chino sobrevive mucho más allá de ese punto, quizá los historiadores comiencen a ver el octubre de 1949, en vez del octubre de 1917, como la fecha de la revolución que cambió las reglas del juego en el pasado siglo.

    El estudio de la historia y las repercusiones del maoísmo global esconde lecciones muy relevantes para los desafíos contemporáneos en todo el mundo. Este ensayo argumenta que entender el maoísmo global es vital para comprender no solo la historia china, sino también las políticas extremas en muchas partes del mundo: políticas de privación de derechos, propiciatorias del descontento y el empobrecimiento. En la India de hoy, el movimiento naxalita recluta significativamente a sus integrantes entre los sectores menos privilegiados de la sociedad. El maoísmo se transformó en una fuerza internacional en la era de la descolonización. En el mundo en vías de desarrollo, su mensaje de confrontación antiimperialista fascinó a pueblos que habían sido reprimidos económica, política y culturalmente, que aspiraban a los estándares de vida del Occidente industrializado y la dignidad internacional. Aunque la Guerra Fría haya concluido, persisten los problemas de pobreza y desigualdad. Mientras Europa se enfrenta a una crisis migratoria resultante del empobrecimiento y el caos político, el pasado y el presente del maoísmo global son importantes recordatorios del radicalismo que puede surgir de la desesperación material y política, y de sus consecuencias.

    En los últimos dos años, la elección de Donald Trump y el ascenso del populismo político en Europa han puesto las cuestiones relativas a la soberanía bajo un nuevo escrutinio. En Reino Unido, por ejemplo, ¿reside en «el pueblo» (como argumenta un demagogo como Nigel Farage) o en el Parlamento? ¿Cuál es la relación entre la «voluntad popular» y la élite especializada que legisla en la capital del reino? Son preguntas que el maoísmo ha abordado —a menudo con resultados violentos— en sus vaivenes entre el «centralismo democrático» (la veneración que Lenin sentía por un núcleo partidista todopoderoso y que actúa con sigilo), el «frente de masas» (la propuesta de Mao de que las ideas de las bases debían moldear la política del partido) y la «democracia de masas» (manipulada en realidad por el culto a Mao gestado en el seno del partido) de la Revolución Cultural. En teoría, Mao y el maoísmo agitaban la escena para dar voz a los marginados y evitar el inevitable flujo del poder hacia las élites tecnocráticas metropolitanas (aunque la realidad ha resultado muy distinta).De manera desconcertante, los repertorios rebeldes del leninismo y el maoísmo parecen atraer a los artífices de las políticas trumpistas. Steve Bannon se ve a sí mismo como un «zar de la agitación» y como (según sus propias palabras) un leninista que conspira para desarticular el sistema político.[32] El sinólogo australiano Geremie Barmé ha comparado a Trump («el Gran Desestabilizador») con Mao: por su errático populismo, su desprecio del sistema burocrático, su predilección por las proposiciones breves y concretas (Trump en tuits a temprana hora de la mañana en lugar de compendios de citas) y su obsesión retórica con la autarquía nacional.[33] En un desarrollo emblemático de la confusión política de la derecha alternativa estadounidense (y la ductilidad del maoísmo), la Administración Trump se vio envuelta en una confusión aún mayor en agosto de 2017, cuando un memorando que circuló entre los partidarios de Trump en el Consejo de Seguridad Nacional se filtró a la prensa; la nota describía una conspiración «profunda dentro del Estado» contra el presidente, dirigida según las estrategias y las tácticas del «modelo insurgente maoísta».[34]

    La historia del maoísmo global nos ofrece también importantes —aunque asimismo omitidos— estudios de casos de radicalizaciones, que es una de las preocupaciones de la sociología contemporánea. La bibliografía analítica sobre este tema se centra actualmente y de manera casi exclusiva en la religión (en especial el islam), dando una ojeada muy por encima a los ejemplos de violencia política y adoctrinamiento de inspiración maoísta en el Sudeste Asiático, Europa Occidental y América Latina. El reciente encarcelamiento en Reino Unido de Aravindan Balakrishnan, líder de un partido maoísta de Brixton en los años setenta, por «lavado de cerebro» y haber mantenido en cautiverio durante décadas a varias mujeres, nos recuerda obligadamente (en un ejemplo cercano a nosotros) el potencial de dicho adoctrinamiento. Los veteranos radicales incluidos en el listado de búsqueda del FBI durante la guerra contra el terror eran seguidores de grupos maoístas en los años sesenta y setenta; su oposición al Gobierno estadounidense se forjó al involucrarse con el maoísmo. Los rebeldes internacionales aún en escena aprendieron de subversión en los textos maoístas.[35] En el extremo opuesto del espectro político, el ejército de Estados Unidos sigue obsesionado con la estrategia militar maoísta, que es aún, en sus manuales de contrainsurgencia, el modelo de insurrección que hay que contrarrestar.Aunque la radicalización fruto de la ideología política, en especial la ideología comunista, ha llegado a parecer algo caduco en el mundo posterior a la Guerra Fría, es un proceso similar a la radicalización por obra de la religión: en su despliegue de vínculos cercanos para reclutar miembros, en su empleo de explicaciones sencillas y confiables y en su explotación de las crisis socioeconómicas. De hecho, la historia global del maoísmo —dentro y fuera de China— es notable por los matices religiosos de su culto al liderazgo. En China, se perfilaba a Mao como el sol que iluminaba a su pueblo, el cual manifestaba su veneración a través de bailes demostrativos de su lealtad. El Mao de Perú, Abimael Guzmán (alias Gonzalo, su nombre de batalla), era también representado con un halo dorado en los carteles de Sendero Luminoso, y sus cuadros políticos obligaban a los campesinos bajo su dominio a exclamar «¡Ay, Gonzalo!», en vez de «¡Ay, Jesús!». Las historias pasadas y las aún actuales del maoísmo global plantean preguntas que hoy resuenan con fuerza acerca de la radicalización. ¿Qué clase de circunstancias socioeconómicas, sistemas de creencias y estructuras sociales incuban la violencia política? ¿Qué sucede con tales programas cuando luchan por el poder y se hacen con él? ¿Cómo pueden las sociedades asoladas por la insurgencia y la contrainsurgencia repararse a sí mismas?

    Finalmente, una nota respecto al alcance de este ensayo. Su objetivo es relatar la historia global del maoísmo, pero es imposible contar cada historia peculiar. Otros ejemplos abundan: los de los maoístas caribeños, islandeses, mexicanos, suizos; el maoísmo de los partidos comunistas de Filipinas y Birmania; los integrantes de la Organización para la Liberación de Palestina acogidos eufemísticamente en la China de Mao con becas para estudiar literatura china moderna. No se puede contar cada episodio relevante de esta historia con el detalle que requiere: la guerra de Rodesia del Sur, la reforma agraria en Perú, la independencia de Indonesia, la segunda oleada del feminismo, el movimiento verde de la República Federal de Alemania serán todos bosquejados de manera somera. He intentado seleccionar episodios que evocaran la trayectoria, la variedad y (me parece) las consecuencias más significativas del maoísmo global. Mientras investigaba y escribía acerca de todo ello, fui incapaz de dar con un texto que yuxtapusiera esas historias para brindarnos una visión unificada de su diversidad y significación. Este ensayo es un intento de llenar ese vacío.

    Mi historia del maoísmo internacional empieza, como tantas de las extraordinarias historias del Asia moderna, en el Shanghái de los años treinta, un mundo interconectado de gánsteres, revolucionarios, intelectuales y anfitriones sociales. En 1936, Song Qingling, la bella viuda del primer presidente de la república, Sun Yat-sen, que era a la vez cuñada de Chiang Kai-shek (el azote de la izquierda china) y fue una compañera de viaje preeminente de los comunistas de Mao, presentó a Edgar Snow —un ambicioso periodista originario del Medio Oeste de Estados Unidos que andaba a la caza de una primicia internacional— a una red clandestina que lo escoltaría hasta los nuevos cuarteles de Mao en el noroeste polvoriento de China. Durante las semanas que el estadounidense pasó en la base de operaciones comunista, Mao y sus lugartenientes más cercanos proporcionaron a Snow una exclusiva mundial, sumergiéndolo en un recuento erudito de su pasado y presente, que hizo una suerte de photoshop a la violencia y las purgas habidas, y los retrataba a ellos mismos como patriotas y demócratas perseguidos.Al final de su estancia en el noroeste, Snow había reunido veinte mil palabras de entrevistas transcritas, todas ellas revisadas y corregidas por Mao.

    Mao y sus camaradas habían escogido bien a su hombre. Snow —un extranjero no comunista y con impecables relaciones en los medios de comunicación— era el portavoz ideal para llevar su historia a la escena internacional. La estrella roja sobre China convirtió a Mao en un líder político mundialmente reconocido. Su edición en chino se ganó a los jóvenes de las ciudades para la revolución de Mao en una época en que el comunismo chino estaba al borde de la aniquilación.A partir de 1937, el libro creó a múltiples rebeldes y grupos guerrilleros, desde las selvas de Malasia a los helados campos de Rusia, desde los estilos de vida alternativos de la contracultura en la República Federal de Alemania de los años sesenta hasta los campos de entrenamiento de los maoístas nepalíes de casta superior.

    En este libro hago un recorrido cronológico de la historia política, diplomática y cultural del maoísmo internacional a través de las vidas, textos y objetos materiales —como La estrella roja sobre China, el Libro rojo (en sus docenas de lenguas y traducciones), los discos de 45 rpm rosados y flexibles con la grabación de «El Oriente es rojo»— que transmitieron el credo maoísta en China y el mundo. Haciendo un recorrido desde los años treinta hasta el presente, las páginas de este ensayo están pobladas de figuras políticas, académicos, poetas, revolucionarios, traductores, inadaptados sociales, espíritus maquiavélicos, fanáticos y fantoches —algunos de los cuales terminaron gobernando uno de los países más grandes y poderosos de la tierra—. El comunismo suele presentarse como

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