La angustia del rey Salomón
Por Romain Gary
4/5
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Jean Karmody, Jeannot, conduce un taxi que comparte con un estadounidense, un camboyano y un africano. En uno de sus viajes, conoce a un anciano octogenario. Es Salomón Rubinstein, conocido en otros tiempos como el rey del prèt-à-porter, un judío riquísimo enamorado de Cora Lamenaire, vieja gloria de la canción francesa.
Salomón emplea su dinero en ayudar a los ancianos de París: en su piso da cobijo a personas desesperadas a las que socorre en casos de necesidad, y no solo económica.
Humor judío y amor negro, amor judío y humor negro: estos son los pilares de la casa de Rubinstein.
Reseña:
«Queremos a Gary por lo que realmente es: un cómico excepcional, un narrador fabuloso nunca corto en imaginación, ni verbal ni de la otra, un virtuoso del humor que apunta hacia lo más profundo.»
Jacqueline Platier, Le Monde
Romain Gary
Romain Gary (Vilna, 1914 – París, 1980), nacido Roman Kacew, fue escritor, diplomático y cineasta francés de origen judío-lituano. Criado por su madre en Polonia y Francia, combatió como aviador en la Segunda Guerra Mundial, siendo condecorado como Héroe de la Liberación. Diplomático tras la guerra, publicó Educación europea (1945) y alcanzó el reconocimiento mundial con Las raíces del cielo (1956, Premio Goncourt), una fábula ecológica y humanista. En 1975 volvió a ganar el mismo premio, de forma inédita, bajo el seudónimo de Émile Ajar con La vida ante sí, revelado como suyo tras su suicidio. Su obra, irónica y apasionada, exalta la dignidad humana frente al absurdo y el racismo. Autor de La promesa del alba y Perro blanco, fue una figura mítica, puente entre el romanticismo y la modernidad.
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La angustia del rey Salomón - Romain Gary
Prólogo de
Adolfo García Ortega
Traducción de
Noëlle Boër
Victoria Cirlot
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PRÓLOGO
La que será la cuarta y última novela del extraño heterónimo-sobrino de Romain Gary, Émile Ajar, La angustia del rey Salomón, resultará finalmente una historia de amor muy original y llena de simbología, con la que, sin pretenderlo, culmina cuarenta años dedicado a la literatura. Es, además, la historia de un viejo judío de origen ruso que lucha contra la soledad y mira de reojo a la muerte. Algo que al propio Gary le estaba sucediendo en el otoño de 1979, cuando publica esta novela; solo que en vez de tener ochenta y cuatro años, como el Salomón de la novela, él tiene solo sesenta y cinco. Pero el abatimiento y el vacío se instalan en su vida, sobre todo después del fatídico 8 de septiembre de ese año, cuando la policía encuentra el cadáver del amor de su vida, Jean Seberg. En esa fecha Romain Gary decide vivir como un verdadero anciano, sin ilusión, y con el único horizonte que le proporciona una pistola debajo de la almohada.
Sin embargo, cuando escribe La angustia del rey Salomón aún hay esperanzas y un rescoldo de vida. La novela relata una curiosa historia: el octogenario judío Salomón Rubinstein, pianista frustrado y antiguo rey de la confección (le roi du prêt-à-porter o du pantalon), es rico y está solo en el mundo. Conoce a un joven taxista, Jean Lapin (Jeannot), narrador de la novela, que será reclutado para formar parte de una red, bautizada por Salomón como SOS Amitié, cuyo cometido es llevarle pequeños obsequios y atenciones a otros ancianos que viven solos y con las ilusiones perdidas. «Debe saber —dice Salomón al joven taxista Jeannot— que la palabra ayudar es la preferida del rey Salomón.» Y en verdad que, con grandes dosis de buen humor y de entusiasmo altruista, el viejo judío consigue interesar a los jóvenes de su movimiento con un liderazgo vital. Sin embargo, dentro de sí combate ferozmente contra la angustia ante la muerte y la premura del tiempo.
El viejo Salomón también combate contra la soledad a la que lo ha condenado la vida. Y lo hace coleccionando vidas ajenas. Así, al joven taxista le llama la atención, por ejemplo, una inaudita afición del generoso millonario: coleccionar postales llenas de frases de amor y de cariño, privadas, con despedidas o reencuentros, con momentos congelados de dicha y emoción; son postales que abarcan decenios, desde principios de siglo, y siempre están dirigidas a otras personas, ninguna a él. Eran miles y miles de postales, guardadas en álbumes que ocupan una pared entera de estanterías. Son la imitación de los álbumes familiares de fotografías que Salomón nunca tuvo. Cuando le preguntan a Salomón por qué guarda esas postales de personas tan ajenas a él, el viejo contesta: «Yo nunca he perdido a nadie. No hay ninguno de los míos, ni siquiera un primo lejano, entre los seis millones de judíos exterminados durante el poder de los alemanes. Incluso mis padres, en vez de ser asesinados, murieron prematuramente, con toda honorabilidad, antes de la llegada de Hitler. Yo tengo ochenta y cuatro años y no tengo a nadie a quien añorar. Es una soledad terrible la que acarrea perder a un ser amado, pero es una soledad aún más terrible no haber perdido jamás a ninguna persona. Por eso hojeo ese álbum de postales…». Eran, pues, su familia impostada, bienintencionadamente artificial, tiernamente imposible. Gary demuestra, con esta perspectiva, comprender muchas veces la situación del testigo que se implica en la historia de los demás. Es un punto de vista que le es muy querido y que conecta directamente con el lector. Esto, por otra parte, es muy propio de la literatura de Georges Perec y del Oulipo, en vigor en esos años, un movimiento sin duda alejado de Gary (incluso de la imagen que quiere dar de Ajar), pero al que mira con simpatía; de hecho, hay en la novela una pequeña referencia al maestro fundador del Oulipo, Raymond Queneau.
Con todo, la historia fundamental de la novela es una historia de amor. Una búsqueda, una expiación, una culpa y un ansiado encuentro siempre aplazado por el devenir del olvido, sazonado por el orgullo. Cierto día, Salomón le pedirá a Jeannot que entregue un regalo a una mujer, una vieja cantante de cabaret ya olvidada: Cora Lamenaire. La única condición que le pondrá al joven es que no diga quién lo envía. A partir de ahí, se desarrolla una maravillosa relación hacia la nostalgia del pasado y el ajuste de cuentas con la memoria entre Jean y Cora, una mujer mayor, tragicómica, a veces excesivamente extravagante, que vive en el mundo real, pero entre los fantasmas de cantantes y actores y películas que ella ha visto y de cuyo paraíso, aunque en la segunda fila, formó parte alguna vez. Se encadenan en la novela, como una música de fondo o un paisaje, muchas referencias al cine y a las canciones populares de la primera mitad del siglo XX, de Raquel Meller o Mistinguett a Jacques Brel.
Después de muchas peripecias e historias cruzadas, Jean alcanza a comprender qué fue lo que unió a Cora y Salomón. Una historia oscura va a aflorar, que en cierto modo es la historia de una deuda no saldada. Y de un amor no cumplido. El viejo judío Salomón estuvo enamorado de Cora, pero ella, que lo amaba, se enamoró también de Maurice, un ya olvidado artista de la época que trabajaba para la Gestapo y fue fusilado al acabar la guerra. Cora, por tanto, formó parte de ese grupo de tantos artistas que colaboraron con el enemigo durante la ocupación nazi; unos lo reconocieron, los menos; otros, los más, pasaron por ese episodio de su vida de puntillas, negando los hechos que los involucraran y sobre todo mezclándose con la masa de patriotas que inundó Francia (todos tenían en casa, como dice Gary, una foto de De Gaulle, lo que equivalía a un patriotismo indiscutible). Pero Cora, durante la guerra, enamorada aún de Salomón, lo ayudó a salvarse de las redadas que, como la famosa del Vel’ d’Hiv, enviaban a los judíos de París a los campos de exterminio. Durante cuatro años ocultó a Salomón en una especie de sótano, en los Campos Elíseos, sin que viera la luz del sol y sin que apenas la viera a ella.
Como sucede con el resto de las obras de Émile Ajar, también en La angustia del rey Salomón se dan dos aspectos contradictorios: la luz y la oscuridad, el día y la noche, el negro y el blanco. Por eso Gary siempre pensó que el color más humano es el gris, el rey de los matices: Salomón, judío, y Cora, colaboracionista, representan esos dos extremos que solo al unirse conforman la realidad, la verdad.
Jeannot, el narrador, es, por su parte, un joven inocente. Como sucede en La vida ante sí, no deja de ser un testigo de la evolución entre el bien y el mal, en el debate entre contrarios. Guarda una fiel semejanza con el pequeño Momo de La vida ante sí, con la que Gary-Ajar consiguió, por cierto, su segundo Goncourt. Repite un modelo de enorme eficacia, quizá la razón del gran éxito de las cuatro novelas que escribió con pseudónimo: el modelo de una enorme concesión a la humanidad y a la victoria del sentimiento generoso sin caer en la ramplonería de una empalagosa dulzura. Los personajes de Salomón y de madame Rosa, la judía ya anciana de la primera novela de Ajar, tienen un mismo origen y una simbología para Gary. Son ancianos, son judíos, han sufrido y han curtido su sufrimiento con una melancolía positiva, reactiva. Asumen su condición de víctimas tratadas con la ternura de un humor suave y amable. De fondo —pero en absoluto de lado— Gary deja las grandes tragedias del mundo, el contexto sociopolítico (la guerra en Oriente Próximo, las Brigadas Rojas y el asesinato de Aldo Moro), pero sitúa el foco de la historia narrada en los personajes que viven y sufren el amor, la soledad, la angustia, la alegría, el reencuentro, aunque esos sentimientos requieran muchos años, treinta y cinco o más, una vida entera, antes de llegar a ser plenos, más constantes y sólidos que los acontecimientos de la historia, tan dolorosos y traumáticos, que pasan y solo quedan en las cicatrices del alma o de las piedras.
Por tanto, en esta novela de emociones y sorpresas, Gary vuelve con el tema de las víctimas de la historia, del destino; en suma, la fatalidad ante lo pasado, algo que es recurrente en él. Pero en esta ocasión lo aborda desde la temática inmediata de la vejez no derrotada, de la vitalidad que aún existe en la época de la ancianidad, cuando el cuerpo y el espíritu avanzan a trompicones con un desequilibrio pronunciado aunque negociable entre ambos. De hecho, con el humor con que Gary-Ajar sazona la novela, el anciano Salomón quiere una y otra vez recuperar la juventud perdida, se siente fuerte y capaz de alcanzar cualquier meta, incluso habla de volver al punto de amor perdido (¡casi cuarenta años atrás!) con Cora, su vieja y eterna amada, cuya historia común quedó inconclusa; pero también, de pronto, de manera levemente patética, manifiesta su deseo de ir hasta el burdel cuando cumpla los ochenta y cinco, porque, como él dice, «no se ha librado del Holocausto para nada».
Sobre Gary, escribe Todorov: «Quien rechaza el relato heroico como relato de la víctima, quien renuncia a pensar que el mal está exclusivamente reservado a una categoría de hombres y el bien a otra, está condenado al relato trágico». Sin embargo, en contra de lo que pensaba Todorov, Romain Gary no es autor de tragedias, sino de historias que bordean la tragedia para dar salida a la humanidad tragicómica que subyace, y muy profundamente, en el centro de los hechos narrados. Y la humanidad de la vida es la victoria de los débiles y derrotados que se resisten por encima de todo. Como escribió Gary en La nuit sera calme: «Toda mi obra está hecha de respeto por la debilidad». La angustia del rey Salomón, esta novela última de su producción, reflejo mudo de la situación biográfica de su autor, termina por ser toda una síntesis del ideario moral del propio Gary.
La angustia a la que hace referencia el título se explica bien avanzada la novela. La vida contrae deudas con cada uno, hace decir Gary a su protagonista, y siempre se espera que tarde o temprano las pague. «Se llama soñar —dirá Salomón—. Pero, entonces, hay un momento —que es el que para Salomón representa la necesidad de volver a encontrarse con mademoiselle Cora— en que se empieza a sentir que es demasiado tarde, que la vida nunca pagará sus deudas, y eso produce una angustia… Es lo que en SOS Amitié llamamos la angustia del rey Salomón
.»
Hay en la novela una frase que es citada dos veces por ser realmente el espíritu certero de esa angustia del tiempo perdido. Pertenece a Arletty, la gran diva del cine francés de los años treinta y cuarenta, que, al igual que Cora, fue tachada de colaboracionista: «Es una pena dejar que se vaya aquello que fue sin tratar de retenerlo un poco».
Así llegamos a ese día de 1979 en que va a producirse el ocaso de su larga y completa vida (un largo ocaso al que él pondrá punto final con su suicidio un año más tarde). Es el 8 de septiembre, cuando se encuentra el cuerpo de Jean, su gran amor. Una semana antes había ingerido grandes dosis de alcohol y barbitúricos, pero hasta entonces no hallaron el cadáver. Gary entra en un estado de abatimiento. No volverá a escribir ni una línea más. La angustia del rey Salomón será su última gran novela (aunque todavía, a comienzos de 1980, verá la luz su último libro publicado, Les Cerfs-Volants). La historia de amor que encierra la novela del viejo Salomón, cuya obsesión es regresar a Niza con Cora (la Niza donde vivió y murió la madre de Gary), se reinterpreta a partir de estos hechos dramáticos, y la frase de Arletty adquiere todo su triste esplendor: tratar de retener un poco aquello que fue y ya no está. ¡Ah, mi bienamada, ya te has ido para siempre y yo no supe retenerte un poco más, un pequeño e insignificante poco más! Quien habla es Gary-Salomón en su particular muro de las lamentaciones.
ADOLFO GARCÍA ORTEGA
1
En el bulevar Haussmann, subió a mi taxi un señor muy anciano, con un frondoso bigote y perilla blancos que más adelante se afeitó, cuando nos conocimos mejor. Su barbero le dijo que le envejecía, y, como ya tenía más de ochenta y cuatro años, no era cosa de cargar las tintas. Pero en nuestro primer encuentro aún llevaba el bigote y una perilla a la española, así la llaman, pues fue en España donde apareció por vez primera.
Enseguida aprecié la gran dignidad que emanaba de su persona, cuyos rasgos eran acentuados y perfectos, y en absoluto ajados. Lo que mejor se habían conservado eran los ojos, oscuros e incluso negros, un negro que se desbordaba, creando una sombra alrededor. Incluso sentado, se mantenía muy erguido, pero me sorprendió la expresión severa con que miraba al exterior mientras transitábamos, un aire resuelto e implacable, como si no temiera a nada ni a nadie y hubiese derrotado al enemigo varias veces, a pesar de que nos encontrábamos tan solo en el bulevar Poissonnière.
Hasta entonces no había transportado a nadie de su edad tan bien vestido. Con frecuencia, he observado, al final del recorrido, que gran parte de los señores mayores, incluso los mejor cuidados por las personas que se ocupan de ellos, visten siempre trajes que usan desde hace mucho tiempo. Uno no se encarga un nuevo guardarropa para el poco tiempo de vida que le queda, pues no resulta económico. Pero el señor Salomón, cuyo nombre yo aún no conocía aquel día, iba vestido con ropa nueva, de pies a cabeza, desafiante y confiado, con un traje príncipe de Gales, una pajarita azul de pequeños lunares, un clavel rosa en el ojal, un sombrero gris de ala dura, unos guantes de piel de color crema y un bastón con pomo de plata, en forma de cabeza de caballo, que reposaban sobre sus rodillas; en suma, transmitía esa elegancia postrera y se notaba enseguida que no era un hombre que se dejara morir fácilmente.
Me sorprendió también el tono de su voz, que parecía un rugido, incluso cuando me dijo la dirección rue du Sentier, a pesar de que no había motivo alguno para ello. Quizá estaba enfadado y no quería ir a su destino. He buscado en el diccionario la palabra que mejor definía nuestro primer encuentro histórico y la impresión que él me causó al introducir en mi taxi primero la cabeza dándome la dirección rue du Sentier, y me he quedado con «rugir, producir un ruido sordo y amenazador bajo el efecto de la indignación y de la cólera», pero en aquel momento no sabía que aquello era mucho más cierto tratándose del señor Salomón. Más tarde, busqué detenidamente y encontré «ira, irritación vehemente contra un ofensor». Su avanzada edad le producía entumecimiento y molestias renales, artrosis en las rodillas y en otras partes, y subió a mi taxi con este enemigo que llevaba a cuestas y su irritación contra este ofensor.
Se produjo una coincidencia, cuando él se sentó y yo puse en marcha el taxi. Tenía la radio conectada y, por casualidad, lo primero que oímos fueron las últimas noticias del naufragio de un petrolero y la marea negra que amenazaba las costas de Bretaña; veinticinco mil pájaros muertos por el fuel. Vociferé contra ello, como de costumbre, y el señor Salomón, por su parte, se indignó también con su hermosa y rugiente voz.
—Es una vergüenza —declaró, y por el retrovisor vi que suspiraba—. El mundo resulta cada día más pesado de llevar.
Fue entonces cuando me enteré de que el señor Salomón había dedicado toda su vida al negocio del prêt-à-porter, sobre todo al de los pantalones. Charlamos un poco. Se había retirado del negocio de los pantalones hacía algunos años y dedicaba su tiempo libre a obras de beneficencia, pues cuanto más viejo se hace uno, más necesita de los demás. Había cedido una parte de su apartamento a una asociación denominada SOS Benévolos, a la que se puede llamar de día y de noche, cuando el mundo resulta demasiado pesado de soportar, abrumador incluso, y aparece la angustia. Se marca el número y se recibe consuelo, lo que se llama apoyo moral.
—Tenían dificultades financieras y no disponían de un local. Los he tomado bajo mi protección.
Rió al hablar de su protección, y aquello también sonó como un rugido, como si la risa fuese algo que proviniese de las profundidades de su ser. Hablamos de las especies en vías de extinción, lo cual era normal, dado que a su edad él era el primer amenazado. Yo conducía despacio, para no llegar demasiado pronto. Ya conocía SOS Amistad, pero no sabía que existían otras asociaciones y que las ayudas se organizaban. Estaba interesado, ya que puede sucederle a cualquiera, salvo que no se me ocurriría llamar por teléfono a SOS Amistad u otras instituciones similares, ya que uno no puede permanecer toda la vida colgado del teléfono. Le pregunté quiénes eran las personas que respondían a las llamadas y me contestó que se trataba de jóvenes de buena voluntad, y que también eran principalmente jóvenes los que llamaban, pues los viejos ya están acostumbrados a su situación. Me explicó que en este tipo de organizaciones existía un problema, pues había que encontrar a benévolos que acudieran para ayudar a los demás y no para sentirse mejor ellos mismos a expensas del prójimo. No estábamos muy lejos ya de la rue du Sentier, pero yo no le había comprendido: no veía cómo una llamada de socorro podía aliviar a quien la recibía. Me explicó con indulgencia que era un hecho bastante frecuente en psicología. Por ejemplo, hay psiquiatras que no han sido amados en su juventud o que siempre se han sentido feúchos y rechazados, y se desquitan haciéndose psiquiatras y ocupándose de jóvenes drogadictos y de delincuentes. Entonces se sienten importantes y son muy buscados. Reinan sobre los demás, están rodeados de admiración y de chicas guapas que jamás habrían conocido de otro modo; así se sienten poderosos, se cuidan y se sienten mejor consigo mismos.
—En SOS hemos tenido benévolos que se sentían angustiados, lo que se llama «desprovistos de afecto», pero en el momento en que recibían una llamada desesperada, se sentían menos solos… La ayuda humanitaria no deja de plantear problemas.
Conducía aún más despacio, ya que estaba verdaderamente interesado, y fue entonces cuando pregunté al señor Salomón cómo había pasado del negocio del prêt-à-porter a la ayuda humanitaria.
—Mi joven amigo, no se sabe muy bien dónde termina ni dónde comienza el prêt-à-porter…
Llegamos a la rue du Sentier, el señor Salomón se bajó, me pagó, dándome una muy buena propina, y fue en ese momento cuando sucedió, aunque no sé muy bien qué. Al pagarme, me miró con gesto amistoso. Y después volvió a mirarme, pero de manera extraña, como si yo tuviese algo en la cara. Incluso sufrió un sobresalto; hizo un movimiento brusco e involuntario mostrando una viva estupefacción. Durante un momento no dijo nada, solo me miraba de hito en hito. Seguidamente, cerró los ojos y se pasó la mano por los párpados. Después los abrió de nuevo y continuó contemplándome con fijeza sin decir palabra. Seguidamente desvió la mirada y observé que reflexionaba. Volvió a echarme un vistazo. Comprendí que se había forjado una idea en su mente y que dudaba. Entonces sonrió de forma curiosa, algo irónica, pero sobre todo triste, y me invitó a beber algo de manera inesperada.
Nunca me había ocurrido una cosa así en mi taxi.
Tomamos asiento en un bar donde continuó observándome con estupefacción, como si no diera crédito a lo que veía. Después me hizo algunas preguntas. Le expliqué que era técnico reparador de oficio, chapucero más que nada. Tenía habilidad manual para arreglar todo lo que no funcionaba: trabajos de fontanería, de electricidad, de maquinaria pequeña; no conocía la teoría, pero había aprendido mediante la práctica. También tenía parte en el taxi, con dos compañeros: Yoko, que cursaba estudios de quiromasajista para volver a su casa en Costa de Marfil, donde no existía esa profesión, y Tong, un camboyano que había logrado huir a través de la frontera tailandesa. El resto del tiempo estudiaba en solitario, en las bibliotecas municipales, como autodidacta. Abandoné la escuela tras finalizar la enseñanza primaria, y a partir de entonces me instruía solo, sobre todo consultando los diccionarios, que es el libro más completo que existe, porque lo que no se encuentra allí no se encuentra en otro lugar. El taxi no era aún de nuestra propiedad, pues habíamos pedido un préstamo para adquirirlo, y nos faltaba todavía un millón y medio de francos por pagar, aunque disponíamos de la licencia y teníamos muchas esperanzas de poder amortizarlo.
Y fue entonces cuando me quedé estupefacto como nunca lo había estado en mi vida, porque esta vez su voz era agradable. El señor Salomón estaba sentado ante su café y tabaleaba distraídamente con las puntas de sus dedos, algo que acostumbraba hacer siempre que meditaba, como más adelante pude percatarme.
—Pues bien, quizá podría ayudarle —declaró.
Y deben saber que la palabra ayudar es la preferida del rey Salomón, dado que es precisamente la que menos abunda. Digo «el rey Salomón» sin dar más explicaciones, pero ya llegará el momento, pues no puede estar uno en todas partes a la vez.
—Quizá pueda ayudarle. Justamente, desearía disponer de un taxi a mi completa disposición. Poseo un coche familiar, pero no tengo familia y, además, ya no conduzco. También me gustaría poner un medio de transporte a disposición de personas desprovistas que les cuesta desplazarse por causas físicas, corazón, piernas, ojos, etcétera.
Yo estaba como alelado. En otros tiempos existieron reyes legendarios que a su paso sembraban la felicidad, o genios benignos que vivían en las botellas o en otros lugares y que ponían fin a la desgracia de cualquiera con un gesto lleno de autoridad, pero aquello no ocurría en la rue du Sentier. Evidentemente, no estaba al alcance del señor Salomón hacer desaparecer la desgracia en la vida de alguien con un simple gesto lleno de autoridad, dado que su fortuna había sufrido algo el alza de los precios y el descenso de los valores franceses y extranjeros, pero él lo hacía lo mejor que podía y, como se había enriquecido con el negocio de los pantalones, continuaba prodigando su liberalidad y presentándose, de repente, ante los que ya no creían en esto, para demostrarles que no habían caído en el olvido, y que existía alguien, en el bulevar Haussmann, que velaba por ellos.
Chuck, de quien todavía no he hablado aquí, pues cada uno aparecerá cuando le llegue su turno, dice que el señor Salomón hace esto no solo movido por su bondad de corazón, sino para dar lecciones a Dios, para avergonzarle y mostrarle el buen camino. Pero Chuck se burla siempre de todo; es su inteligencia la que se lo exige.
—Además, podría ser útil a nuestra asociación SOS Benévolos, pues a veces hay que visitar a la gente en su domicilio, en los casos urgentes… No siempre se puede ayudar a las personas por teléfono…
Y, mientras tanto, continuaba observándome con atención, tabaleando, con una sonrisa algo triste e irónicas chispas en sus oscuros ojos.
—Bueno, ¿qué le parece?
Yo tenía la piel de gallina. Cuando ocurre algo tan bueno, jamás presenciado, salvo, quizá, en tiempos legendarios, hay que desconfiar, porque no se puede saber nunca lo que se esconde detrás. No soy creyente, pero incluso para esto existen unos límites. Uno no puede no creer sin límites, ya que todo tiene sus límites. Me daba perfecta cuenta de que el señor Salomón no era un ser sobrenatural, a pesar de que tuviera una mirada ardiente, cuando normalmente a esas edades es más bien apagada. Por lo menos, debía de tener más de ochenta años. Era un hombre de carne y hueso que tocaba a su fin, lo que
