Ronda del Guinardó
Por Juan Marsé
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En la antesala del infierno, un viejo inspector de policía con la memoria sembrada de cadáveres, decide emprender la que acaso sea su última ronda. Debe acompañar a una adolescente al depósito de un hospital para que reconozca en unos despojos humanos al delincuente que la violó dos años atrás.
Su peregrinaje por las calles de Barcelona a lo largo de una tarde de posguerra -muy lejos, en otros ámbitos, resuenan los últimos estertores de la Segunda Guerra Mundial- se convertirá en un paulatino descenso al corazón de las tinieblas. Los círculos sucesivos del atormentado trayecto nos muestran a una población saciada de podredumbre, que, a pesar de su náusea, deja entrever la posibilidad de redención.
La ronda del inspector a través del caos y la decrepitud, entreverada con los recuerdos que surgen desde los oscuros sótanos de su mente, se convierte en el viaje del ser humano hacia los límites de su propia resistencia al horror.
Reseña:
«Marsé ha sabido crear un mundo que es a la vez personal y un retrato espléndido de la Barcelona de una época. Con sus novelas, Marsé levantas crónica de una ciudad que estaba cambiando irremisiblemente.»
Quim Monzó
Juan Marsé
Juan Marsé nació en Barcelona en 1933. En 1960 publicó su primera novela, Encerrados en un solo juguete, y en 1962 Esta cara de la luna. Les siguieron Últimas tardes con Teresa, que en 1966 obtuvo el Premio Biblioteca Breve, La oscura historia de la prima Montse en 1970 y Si te dicen que caí en 1973. La muchacha de las bragas de oro le valió el Premio Planeta en 1978. Cuatro años más tarde presentó Un día volveré, seguida de Ronda de Guinardó en 1984 y la colección de relatos Teniente Bravo en 1986. El embrujo de Shanghai recibió el Premio Nacional de la Crítica en 1994, y en el año 2000 apareció Rabos de lagartija, que obtuvo tanto el Premio Nacional de la Crítica como el de Literatura. En 2005, Lumen publicó Canciones de amor en Lolita’s Club; en 2011, Caligrafía de los sueños; en 2014, la novela breve Noticias felices en aviones de papel, ilustrada por María Hergueta; en 2016, su última novela, Esa puta tan distinguida, y en 2017, la antología de relatos Colección particular. En 2009 se le concedió el Premio Cervantes de las Letras Españolas. En 2020 Lumen sacó a la luz Viaje al sur y, en 2021, el libro en el que Marsé trabajaba antes de su muerte, el 18 de julio de 2020: Notas para unas memorias que nunca escribiré.
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Ronda del Guinardó - Juan Marsé
1
El inspector tropezó consigo mismo en el umbral del sueño y se dijo adiós, pedazo de animal, vete al infierno. Desde el bordillo de la acera, antes de cruzar la calle, miró por última vez la desflecada palma amarilla y la ramita de laurel sujetas a los hierros oxidados del balcón, pudriéndose día tras día amarradas a los sueños de indulgencia y remisión que anidaban todavía en el interior del Hogar. Siempre sospechó que el infierno empezaba aquí, tras los humildes emblemas pascuales uncidos a esa herrumbre familiar.
Este escarpado y promiscuo escenario de La Salud nunca había sido para él un simple marco de sus funciones de policía, sino el motor mismo de tales funciones. Habían pasado tres años desde su traslado y otras competencias lo alejaron del barrio, pero nunca logró desconectar su imaginación sensorial y su belicoso olfato de estas calles enrevesadas y de su vecindario melindroso, versado en la ocultación y la maulería. En el recuerdo enquistado de rutinarias inspecciones y registros domiciliarios persistía un cálido aroma a ropa planchada y almidonada, a festividad clandestina y vernácula, ilegal y catalanufa.
Conminado desde hacía rato por un peso en el corazón, el inspector abrió los ojos sentado en el recibidor celeste tachonado de estrellas de púrpura, ciertamente nada apropiado como antesala del infierno. Sintió en el vientre la culebra de frío enroscándose y miró el revólver en su mano como si descifrara un sueño. Habría jurado que le quitó el seguro. El frío de la culata no lo sentía en la palma, sino en el corazón, y, por un instante, el ansiado fervor de la pólvora le nubló la mente. Volvió a su boca el sabor mansurrón a eucalipto del caramelo olvidado entre el paladar y la lengua, menguado ya su tamaño hasta el sarcasmo: más o menos del calibre 9 milímetros, calculó taciturno. Deslizó el arma en la funda sobaquera y se levantó de la silla empapado en sudor.
Llevaba una eternidad esperando bajo aquel cielo de Belén pintado por las huérfanas en las últimas Navidades. La niña descalza que abrió la puerta y lo saludó con voz de trompetilla, había desembarazado la silla de madejas de lana para que él se sentara y lo había espiado maliciosamente en el espejo del perchero mientras simulaba enderezar los toscos uniformes mal colgados, con sus cuellos y puños todavía calientes de almidón; luego, obsequiándole con una tos perruna tan seca y espantosa que parecía falsa, de rechifla, había echado a correr por el pasillo hacia el estallido de sol y de risas en la galería. El inspector se adormiló concienzudamente en la penumbra azul. Pudo distinguir más tarde, entre el parloteo de las huérfanas y el rumor de colchones sacudidos, la vocecita resabiada de la niña:
«Es él, señora directora. Está sentado en el recibidor y parece un sapo dormido. Habla en sueños y dice palabrotas y tiene la cara verde como el veneno.» Nuevo alboroto en la cuadrilla de la limpieza y casi en el acto el graznido autoritario de la directora imponiendo silencio: «Te he dicho mil veces que no friegues descalza, Puri. Qué querrá ahora este pelma desgraciado…»
El inspector recibió el doble insulto de su cuñada con un bostezo. Presentía la espiral del escalofrío en la ingle y evitó su propia imagen en el espejo contemplando a la Virgen de Fátima que presidía la salita-paraíso desde su hornacina en el rincón, entre dos vasos con rosas y velitas chisporroteantes.
Puri volvió acarreando un cubo de agua.
—Dice la directora que bueno. Que pase.
En la galería trabajaban las huérfanas con pañuelos liados a la cabeza, chismorreando nimbadas de luz, muertas de la risa. Algunas, sentadas de cara a las rotas vidrieras, el cojín cilíndrico entre los muslos, hacían encaje de bolillos. Vieron al inspector parado de perfil en mitad del pasillo, mirándolas por encima del hombro. «¡Buenas tardes, señor inspector!», entonaron a coro. Inmóvil, la mano en el costado flatulento, él calibró un instante su risueño descaro, el pubertinaje de sus voces melifluas. No vio a Pilarín, o no supo verla. Luego entró en el comedor.
La directora se afanaba en torno a la larga mesa y las sillas de enea desencoladas, sacudiéndolas con una gamuza.
—Aún no te han jubilado y ya empiezas a no saber adónde ir —dijo sin volverse—. ¿Qué quieres?
—¿Mi mujer no ha venido?
—Fue a un recado. —Acentuando el tono de reproche, su cuñada añadió—: Y no pienso discutir, si vienes a eso. Pili se queda aquí. No volverás a ponerle la mano encima.
—Merche la convencerá para que vuelva a casa.
—Tu mujer no hará eso.
—Si yo se lo mando, lo hará.
—Tú has dejado de mandar, al menos en tu casa.
Flaca y apergaminada, sobre la negra blusa camisera lucía el cordón morado de alguna promesa. Que nunca jamás las huérfanas vuelvan a pasar hambre y frío como en el último invierno, pensó el inspector, que nunca jamás ninguna de ellas tenga que sufrir una vejación tan horrible como la de Rosita o una paliza como la de Pili…
—Traigo tebeos —dijo el inspector—. ¿Ya habéis comido?
—Si quieres que te diga la verdad, no estoy muy segura. Pero tebeos no, a eso no hemos llegado, todavía.
—Siempre te estás quejando, puñeta.
—Bueno, ¿a qué has venido?
Seguía sacudiendo sillas y arrimándolas a la mesa. El inspector no decía nada y ella lo miró de refilón. Constató la dejadez de su persona, el cuello sobado de la camisa, la raída americana de desfondados bolsillos; sobre todo, las mejillas mal rasuradas y con arañazos. Pensó en su descalabrado estómago y en sus insomnios y dijo:
—Tienes mala cara.
—Nunca me sentí mejor.
—Mi hermana ya no sabe qué hacer contigo.
—No me extraña —gruñó el inspector—. Pasa más tiempo aquí que en casa.
Inició un bostezo lento y falaz, supuestamente saludable, pero de pronto imaginó el desgarro en la boca causado por la bala y el agobio de la sangre, y volvió la cara. Desde hacía seis meses dormía poco y malamente, revolcándose en un pedregal y chafándose los brazos roídos por una carcoma, pesados como leños. Anoche llegaron a torturarle tanto, que en sueños deseó cortárselos con un hacha; esta mañana al afeitarse aún no le obedecían del todo, como si fuesen los brazos de otro. Sin embargo, por muy jodido que estuviera, con resaca, la tensión alta y la moral en los talones, frente a este cardo borriquero vestida de exvoto se sentía fresco como una rosa.
El inspector sacó del bolsillo la bolsa de caramelos, algunos tebeos y cancioneros enrollados. La bolsa cerraba con un lacito rojo que su cuñada, de un rápido vistazo, reconoció de la pastelería Montserrat, en la vecina calle Asturias. Las huérfanas aprovechaban estas cintas para sujetarse las trenzas y adornar las palmas del balcón. Cuidadosamente, el inspector dejó los regalos sobre la mesa.
—No he venido para hablar de esa mosquita muerta —comenzó a decir, y se paró a pensarlo—. Ya me ocuparé de ella en otro momento…
—Déjame decirte una cosa —lo interrumpió su cuñada—. La niña no necesita que te ocupes de ella para nada. ¿Estamos?
La directora rodeó la mesa y al pasar junto a él captó el tufo a cuero sudado de su sobaco izquierdo. Sus nervios dieron un respingo y vio otra vez a Pilarín cubriéndose la cabeza con los brazos y
