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Tu voz en el silencio
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Libro electrónico438 páginas5 horasHQN

Tu voz en el silencio

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Información de este libro electrónico

«Los momentos de paz en Otroran eran pequeños oasis en un infinito desierto de angustia y aflicción. Si tropezabas con uno, era casi un deber obligarse a disfrutarlo.»
 
Zesc Zéreck y su prometida, Dina Garp, quieren empezar una vida juntos. Sin embargo, el destino los lleva a Otroran, la ciudad gris, el lugar donde «empezar» suena utópico. El lugar donde todo acaba.
Cuando Dina desaparece, Zesc busca desesperadamente el modo de dar con ella, pero los de la ciudad no son los únicos muros que encuentra en su camino. Las personas allí son frías, distantes y sombrías. No solo no le ayudan, sino que, además, son incapaces de entenderle.
Aunque hay algo más en Otroran, algo aparte de misterio, desidia y mala suerte. Algo que la ciudad gris engulló mucho tiempo antes y permanece oculto en busca de una oportunidad.
Amor, destino o decadencia. Una historia ligada a la esencia de cada uno. Nada tendrá sentido hasta que Zesc dé con los Invisibles. A menos que ellos lo encuentren primero...
 

- La vida puede vivirse en la oscuridad o en la luz; la forma en que nos enfrentamos a ella depende de nosotros.
- A veces olvidamos que somos libres porque nada es como queremos, pero podemos decidir qué hacer con lo que tenemos.
- Inspirada en la fábula del lobo bueno y el lobo malo: todos tenemos a ambos en nuestro interior y ganará aquel lobo al que alimentemos.
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IdiomaEspañol
EditorialHarperCollins Ibérica
Fecha de lanzamiento6 mar 2025
ISBN9788410744233
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    Tu voz en el silencio - Ángela G. Sanjuán

    Dedicatoria

    A Guille, por ser un gran amigo.

    Y a Paco, por los días de campamento.

    Esta historia es vuestra.

    Primera parte

    La ciudad gris

    Capítulo 1

    ZESC

    Hay lugares que te roban la felicidad en cuanto llegas. Otroran era mucho peor. No sabría definirlo, pero casi olvidé lo que era estar vivo apenas puse un pie en ella. La ciudad más gris del mundo; húmeda y fría. Las calles vacías, la luz brillaba por su ausencia y las fachadas de las casas eran de la misma piedra que oprimía mi corazón. Olía a soledad, a tristeza, a abandono… Olía a mala decisión.

    Pero no importaba. No me importaba. Lo haría por ella, por Dina. Mi novia, mi prometida, mi amor.

    Estaba ilusionada. Recuerdo que no podía dejar de observarla mientras me contaba cómo de felices íbamos a ser ahora que por fin había encontrado trabajo. Estaba decidida a ganarse su pan, por mucho que se opusiera a ello su familia. Siempre me habían encontrado culpable de la rebeldía de su hija. Una rebeldía que, por otro lado, me parecía encomiable.

    Yo, por mi parte, había renunciado a mi trabajo por ella, era bastante más fácil para mí conseguir un empleo que para una mujer como Dina. Daba igual que estuviera preparada, que supiera hablar las tres lenguas de nuestro país, que entendiera de armas, de salud, de animales o de lo que fuera. Daba igual que fuera más inteligente que cualquiera de las personas que yo conocía. Daba igual porque, ante todo, era una hembra; y las hembras inteligentes no le interesaban a nadie. Aunque, al menos, a mí sí.

    Sí… No podía quitarle los ojos de encima. Llevábamos cuatro años juntos, el amor era distinto a como fue al principio; había cambiado mucho por ella, por no perderla, y no me arrepentía de ello. En Gémvener, mi ciudad natal, me dedicaba a la sanación. Entendía el cuerpo de las personas; de alguna forma, era capaz de escuchar sus dolencias y sabía responder. Siempre había sabido. Sin embargo, tuve que aprender otros oficios por amor, porque decidí moverme con Dina. Decidí seguirla pese a todo y contra todos. Ella buscaba una ciudad donde la dejaran trabajar y yo solo quería estar con ella. Así que me rebelé contra aquellos que me dijeron que siguiera mi vocación, me rebelé y renuncié al don que me había sido otorgado; me rebelé y permanecí al lado de Dina como un carpintero poco habilidoso y, por qué no decirlo, bastante mediocre.

    Y ahora, estábamos en Otroran. Hogar de la desazón y la desidia. Hacía dos semanas, Dina había conocido a una mujer en Cornich, la aldea donde nos encontrábamos entonces; una mujer triste de aspecto extraño. Ella le habló de Otroran y del interés de cierto señor poderoso por las regiones más alejadas, en especial por Urrea, que, curiosamente, era el lugar de nacimiento de Dina. Le aseguró que encontraría trabajo allí, que la emplearían al instante por la sencilla razón de ser de donde era, y que, por primera vez, alguien querría escuchar todo cuanto tuviera que decir. Alguien aparte de mí, claro.

    Nos pusimos en marcha.

    Intenté recordar las advertencias de mi madre sobre Otroran, sobre la ciudad de los anónimos o Ciudad Gris, como solían llamarla. Pero hacía ya diez años que se la había llevado la enfermedad del polvo rojo y apenas era capaz de recordar más palabras suyas que las últimas: «Mi niño bendito, no me arrepiento». Eso era todo. Eso y la continua tos que la había perseguido hasta donde llegaba mi memoria. La misma tos que otras mujeres en Gémvener padecían. Pero yo sabía que había algo oscuro, algo triste más allá de las nubes que cubrían Otroran, y así se lo hice saber a Dina.

    ¿Me escuchó? Obviamente, no. Lo que sí me dijo fue que hiciera lo que quisiera, aunque yo sabía lo que significaba eso: «Ven conmigo u olvídate de mí para siempre».

    Así que la seguí.

    Una vez más.

    Nuestro hogar era pequeño, un cuchitril en la tercera planta de una decadente posada. Aunque uno lo suficientemente amplio como para contener una cama, una pila para asearse y una mesa con un par de sillas. A Dina le daba igual, estaba pletórica. Sus ojos más achinados que nunca empujados por aquella sonrisa que nada podría quitarle de la cara. Su pelo, corto y ondulado, relucía a la luz de las velas. Destellos de color caramelo que me inspiraban paz.

    La primera noche la pasé despierto, hundiendo los dedos en su cabello y respirando la tranquilidad que me daba tenerla cerca. Pero me faltaba algo, me faltaba algo de mí que ni siquiera era capaz de definir.

    Quizá tuviera que ver con aquella voz que siempre había invadido mis sueños. El eco que me susurraba canciones cuando dormía. Desde que habíamos llegado a aquella condenada ciudad, su cantar sonaba con mayor claridad. Escucharla siempre me hacía pensar en mi madre. Ella solía hablar de la «brisa» y clasificaba a las personas en aquellas que podían sentirla y las que no. A estas últimas las llamaba muros.

    La brisa, para mi madre, era el eco de las primeras voces del mundo. Y según la leyenda, las primeras voces solo podían ser de paz o de guerra. Las voces se entendían entre ellas y encontraban a su compañero de canto aún a través del tiempo o la distancia.

    Cuando le hablé a mi madre de aquella voz que me cantaba en sueños, me sonrió como si le hubiera dado la mejor noticia del mundo. Y desde aquel momento, rezó para que algún día me encontrara con mi destino.

    Yo no creía demasiado en todo aquello, no pensaba que mi vida estuviera registrada en algún limbo alejado del plano físico, sino que mis actos y sus consecuencias me guiarían a un final aún por determinar. No obstante, debo admitir que una parte de mí —la más romántica— fantaseaba con la idea de que todas aquellas leyendas fueran ciertas. Porque, de ser así, si no llegaba a encontrarme con la brisa que acunaba mis noches y desaparecía de la faz de la tierra, nuestras voces podrían comunicarse instantes antes de la muerte.

    Jamás le hablaría a Dina de aquellos sueños. Jamás le contaría las leyendas con las que mi madre solía entretenerme. Quería a mi prometida, la quería como a nadie. Daba igual cuantas historias hermosas hubiera escuchado a lo largo de los años; mi amor, como mi vida, se definiría por mis actos.

    Al día siguiente, Dina se levantó temprano para poner rumbo a la casa a la que aquella mujer le había dicho que debía dirigirse si quería el empleo. Yo ya estaba despierto. La luz del alba era más que suficiente para robarme el sueño y siempre aprovechaba el desvelo para entrenar. Seguía realizando mis ejercicios en el suelo de la habitación cuando mi querida Dina se despidió con un beso.

    El último hasta hoy, porque no volví a escuchar su risa, ni a oler su pelo, ni a sentir su piel…

    Dina no regresó.

    Y en aquella ocasión, no pude seguirla.

    Capítulo 2

    ZESC

    ¿Cómo son tres meses en la vida de cualquiera? Insignificantes.

    ¿Cómo resultan tres meses en la vida de alguien que ha perdido a la persona que ama? Eternos.

    Así era. Caminaba por Otroran como alma en pena, me había dedicado a buscar a Dina hasta debajo de las piedras, pero nadie la había visto. Tampoco es que la gente tuviera demasiadas ganas de cooperar. Hubiera pensado que mi aspecto zarrapastroso y mi decadente higiene tenían algo que ver, pero no era una cuestión personal. Los otroranos eran ariscos, taciturnos y bastante distraídos. A veces, me daba la sensación de que no vivían en el mundo real. No en el mismo que habitaba yo, al menos.

    Al contrario de lo que esperaba, había sido imposible conseguir un empleo desde mi llegada. Nadie necesitaba nada, la vida estaba perfectamente estructurada y los nuevos no tenían cabida allí. O eso me pareció.

    Por fortuna, la dueña de la posada se apiadó de mí. Desde nuestra llegada, cuando Dina todavía me acompañaba, se había mostrado bastante desconfiada, me observaba con recelo y respondía a mis preguntas con monosílabos. Pero pude percibir bondad en ella, una bondad pura e insólita en una otrorana. Se preocupó por Dina y también por mí, aunque siempre, desde el principio, insistió en que cualquier búsqueda por mi parte resultaría inútil. Y cuando le pregunté por qué, tan solo calló.

    No obstante, después de casi tres semanas viéndome salir con el primer rayo de luz y regresar bien entrada la madrugada, se animó a hablar conmigo. Una conversación seca, escueta y nada agradable; y, aun así, la más larga que había mantenido en los últimos meses. Se llamaba Rut, tenía cerca de cuarenta años y estaba soltera.

    —Y lo seguiré estando —había afirmado con convicción.

    No se explicaba por qué no había conseguido un trabajo todavía, por lo que le conté todo lo que había intentado. Ella se frotó la barbilla reflexiva.

    —¿Nadie te ha contactado? —preguntó.

    Mi ceja se arqueó planteando una pregunta.

    —¿Contactarme?

    Rut se apoyó sobre el mostrador de la recepción y me miró con atención. Luego suspiró.

    —Otroran funciona distinto, chico —empezó a decir—. Las personas aquí ya tienen trabajo; casi siempre a cargo de otro, de un Grande.

    Me quedé pensando entonces en sus palabras.

    Ophy, nuestro país, era grande y tenía tres regiones bien diferenciadas: Regnar (la apartada), Oliv (la sagrada) y Koev (la llena). En la primera apenas había dos ciudades y la gente no solía moverse de ellas; en la segunda más de lo mismo, Urrea —la ciudad en la que vivía el rey— y Gémvener —la mía—; y luego, en Koev, habitaba el grueso de la población: veinte ciudades entre las cuales estaba Otroran. Aunque, de todas ellas, era sin duda la más decepcionante. En cada ciudad gobernaba, bajo mandato real, un Consejo de Grandes; y los Grandes eran las personas más poderosas de la región. Todo el mundo los conocía y todo el mundo les honraba. Pero no era así en Otroran, no según yo tenía entendido.

    —¿Los Grandes no son anónimos aquí? —inquirí.

    Rut se aclaró la garganta algo incómoda.

    Después de echar un ojo a la recepción de la posada, continuó hablando:

    —Sí, lo son. Pero trabajamos para ellos de igual modo.

    —¿Tú estás a su cargo?

    Negó con la cabeza.

    —Mira, muchacho —se acercó a mí—, desde que nuestro Consejo se volvió anónimo, la gente trabaja a cargo de los Grandes. Solo algunos pudimos conservar los negocios de nuestros antepasados, pero está prohibido emprender uno nuevo.

    Aquello me impactó, aunque empezaba a entender ciertas cosas.

    —¿También está prohibido contratar? —pregunté.

    —No si se trata de familia. Pero contratar a alguien nuevo… Bueno, eso requeriría ciertos permisos que… —En aquel momento, alguien entró en la posada—. Ni siquiera estoy segura de que eso sea posible.

    Era un tipo alto, de piel oscura y cabellos trenzados. Seguramente Rut había cortado la conversación por su presencia. Sin embargo, no se mostraba del todo incómoda. El hombre, joven e inusualmente risueño, se acercó hasta apoyarse en el mostrador.

    —¿Nuevo por aquí? —dijo.

    Tuve la sensación de que hablaba de mí, pero no apartó la vista de Rut. Ella tampoco me miraba.

    —Lleva tres semanas hospedado —respondió.

    No estaba seguro de hasta qué punto era conveniente que la gente de Otroran supiese nada sobre mí. Pero me asombró más todavía que Rut confiara en alguien lo suficiente como para hablar con semejante tranquilidad. Parecía relajada, incluso a gusto.

    El hombre arqueó las cejas antes de mirarme.

    —¿Tres semanas? —repitió con asombro—. ¿Y sigues aquí?

    No respondí. O no entendí bien la pregunta o la respuesta era demasiado obvia.

    —¿No te han contactado? —añadió.

    De nuevo con aquello… ¿A qué se referían con eso de «contactar»?

    Rut no me había respondido, así que lo volví a preguntar.

    Él suspiró.

    —Aquí los Grandes serán anónimos, pero ninguno de nosotros lo es para ellos —respondió. De repente, se mostraba enigmático—. Nuestros nombres no importan, pero sí nuestras habilidades. Nuestra «gracia». Somos números, ejemplares que pueden serles de utilidad. —Dejé que siguiera hablando y contuve mis ganas de preguntarle sobre aquella gracia a la que se refería. No podía ser lo que yo estaba pensando—. No suele llegar gente nueva, yo mismo evitaría visitar Otroran si hubiera nacido en cualquier otro lugar. Pero cuando vienen visitantes —añadió sin quitarme el ojo de encima—, no pasan por alto para los Grandes.

    —¿Insinúas que no saben que estoy aquí?

    Él se encogió de hombros.

    —O eso o no les interesas en absoluto. —Recuperó su actitud desenfadada.

    Luego rio. Sí, rio como yo no había escuchado hacer a nadie en semanas.

    Rut le reprendió por ello.

    —¿Es que no aprendes, Will? —dijo en voz baja.

    —No quiero hacerlo —respondió él.

    Me quedé mirándole. Era como si nada le importara, como si aquello que tenía tan atemorizada a Rut a él le resbalase por completo. Y entonces lo pensé. Sí, quizá Will pudiera ayudarme. Quizá alguien lo suficientemente valiente como para no vivir tan acobardado como parecían los demás pudiese echarme una mano para encontrar a Dina.

    —Yo tampoco te he visto por aquí —le dije.

    Él me miró.

    —Trabajo mucho —respondió con algo en los ojos, algo amargo—. Y tú deberías empezar a hacerlo.

    Desvió la mirada hacia Rut. Ella, como si leyera lo que Will tenía en mente, se echó hacia atrás espantada.

    —Ni de broma —declaró tajante.

    —Vamos, Ruti —insistió Will con voz melosa—, ¿ni siquiera por tu primo de Ídemgal?

    No entendía nada, pero algo me decía que Will trataba de ayudarme.

    —No colará —continuaba diciendo ella—. Saben todo sobre mí. Sobre mi familia.

    —¡Exacto! —exclamó él triunfante—. Saben que tu madre se mudó desde Ídemgal, saben que sus hermanos siguen allí, ¿por qué no deberían saber que uno de sus hijos ha venido a visitarte?

    Rut guardó silencio sin dejar de mover la cabeza de un lado a otro. No se atrevía.

    —Exponerme así… Sería una locura —dijo con la voz débil, derrotada.

    Él alargó el brazo para tomar su mano. No fue un gesto romántico, sino más bien de apoyo. Sí, un gesto de fuerza, de respaldo, como si dijera: «Yo estaré contigo». Y Rut debió de entender lo mismo, porque al final asintió.

    —Está bien, les hablaré de él. De mi primo… —Sus ojos se detuvieron en mí esperando una respuesta.

    —Zesc —dije.

    —Zesc Turk —añadió ella con una advertencia en la mirada.

    Asentí. Ese sería mi nombre a partir de entonces, Zesc Turk, primo de Rut Turk, la posadera. Y trabajaría para ella, trabajaría en aquella posada limpiando, cocinando, reparando… Es decir, su «chico para todo».

    —No hables con nadie —me advirtió de nuevo Rut.

    —¿Quieres que lo tomen por idiota? —le preguntó Will.

    —¡Lo estropearía todo! —se defendió ella.

    —Pero tendré que hablar si me preguntan —repuse.

    Will extendió las manos hacia mí para darme la razón.

    —Me encargaré de que te vean lo menos posible —dijo Rut—. Si alguien se dirige a ti, responde escueto y cortante.

    —Es decir, como si fuera de por aquí…

    Ambos asintieron.

    —Pero como se supone que eres de fuera —empezó a decir Will—, mejor finge que ser grosero y desagradable forma parte de tu propia naturaleza.

    No me terminó de gustar la idea, pero era todo cuanto tenía.

    —Veamos cómo te defiendes. —Will apoyó la mano en mi hombro—. Si todo sale bien, es posible que te deje venir conmigo de paseo.

    Rut puso los ojos en blanco.

    —¿De paseo? —pregunté intrigado.

    Él sonrió.

    —No nos apresuremos, ni siquiera somos amigos todavía.

    No sabía si me atrevería a hacerlo, pero estaba desesperado.

    —En realidad —empecé a decir—, no sé si puedo pedirte esto sin ser tu amigo…

    —Pídele lo que quieras —intervino Rut—, él no tiene reparo en hacerlo contigo.

    Era un reproche, pero a Will pareció encantarle.

    —Habla —me animó entonces.

    Me aclaré la garganta.

    —Llegué aquí hace días, pero no lo hice solo. —Apenas pronuncié palabra, sus caras minaron mis esperanzas—. Mi prometida había oído hablar de un empleo, uno en el que encajaría muy bien, era en casa de un Grande de Otroran… —Will apartó la mano de mi hombro, pero no bajó la mirada—. Salió una mañana bien temprano y no he vuelto a verla desde entonces. —Temía que mi voz se quebrase, pero debía continuar—. Solo sé que debía dirigirse a un lugar, es lo que la mujer le dijo: «Ve a la casa dorada». —Se miraron el uno al otro—. Nadie quiere hablar, nadie quiere decirme nada sobre esa maldita casa… —Efectivamente, la garganta se me empezó a cerrar—. Necesito que me ayudéis.

    Miré a Will con los ojos empañados por las lágrimas que inútilmente trataba de contener. Él había vuelto a posar sus ojos en mí, unos ojos apagados que no reconocí en él. Y eso que lo acababa de conocer.

    —Aquí desaparece mucha gente —dijo con la voz también apagada.

    Rut ni siquiera se atrevió a levantar la vista del mostrador.

    La ira volvió a apoderarse de mí. Una llama prendió en mi pecho al oír aquellas palabras, las mismas que decía cualquier otrorano que se hubiese rebajado a escucharme. Will era como ellos. Exactamente igual que los demás. Y Rut una cobarde que ni siquiera tenía coraje para hablar.

    —Vosotros tampoco vais a ayudarme, ¿verdad?

    No pensaba perder más tiempo.

    —No puedo ayudarte con eso —respondió Will.

    Un gruñido gutural se me escapó de la garganta. Jamás había emitido sonido semejante, jamás había estado tan enfadado, tan harto, tan… asustado. Sí, estaba aterrorizado. Nadie quería echarme una mano, nadie quería saber nada de la desaparición de Dina, ni siquiera se dignaban a escucharme. Como si ya fuera tarde, como si estuviera… No. No quise pensarlo. Encontraría a Dina aunque tuviera que hacerlo solo.

    Salí disparado de la posada. Todavía era de noche, una noche de niebla y soledad. Desconocía el destino, pero no dejé de caminar. Avanzaba a pasos agigantados mientras mi cabeza me bombardeaba con maldiciones, palabras malsonantes e ideas de lo más inoportunas. No conocía la ciudad ni pretendía hacerlo, solo quería encontrar a Dina y salir corriendo de allí. Huir con ella a cualquier parte, volver a estar juntos.

    Ignoraba cuánto tiempo había pasado desde que abandoné la posada, pero los cascos de los caballos empezaron a sonar a mis espaldas. Me di la vuelta sobresaltado. Todo era niebla, una niebla densa y gris que no me dejaba ver nada a mi alrededor. Poco a poco, un par de sombras largas y oscuras empezaron a formarse ante mí. Cada vez más grandes, cada vez más cerca.

    El silencio de la noche se rompió cuando uno de aquellos caballos relinchó.

    —Identifícate.

    Una orden. Una voz femenina, sugerente e inquisitorial.

    Me costó recordar cómo se hablaba, pero lo logré justo a tiempo.

    —M-me llamo Zesc —respondí titubeante.

    Las sombras eran cada vez más claras ante mis ojos. Un par de figuras humanas encapuchadas que montaban a lomos de dos caballos negros como la noche que cubría nuestras cabezas. Sabía quiénes eran, me habían hablado de los Ocultos de Otroran, los vigilantes que se encargaban de proteger a los ciudadanos desde las sombras.

    —Tu nombre completo —volvió a ordenar la misma voz.

    No quería hacerlo, no quería relacionarme con aquellos cobardes de la posada, pero no encontré alternativa.

    —Zesc Turk —respondí tratando de sonar convincente.

    —¿Turk? —preguntó la voz masculina que cabalgaba a su lado.

    Asentí, aunque no estaba seguro de que pudieran verme en la oscuridad.

    —La posadera se llama Turk —respondió la chica.

    Él gruñó.

    —Él no es la posadera —rebatió molesto.

    —Cierto —observó ella con calma—. ¿Quién eres?

    —Su primo de Ídemgal —respondí con rapidez.

    Dudé sobre si demasiada.

    La chica pareció sospechar, o eso temí yo.

    —¿Qué haces en la calle, Turk? —inquirió su compañero.

    —He salido a correr.

    Sí. Tan estúpido como suena. Esa fue mi gran excusa, todo lo que mi mente erudita fue capaz de inventar en una situación como aquella.

    —Pues no lo estabas haciendo —comentó la chica.

    Genial. Además de ser una pésima excusa, también era una mentira evidente.

    —No he tenido en cuenta la niebla. —Suspiré—. Me he perdido.

    Las sombras de sus capuchas ocultaban los rasgos de ambos, pero podía imaginarme sus gestos de incredulidad.

    —Es una hora extraña para correr… —observó ella.

    Me encogí de hombros, como si me diera igual, como si no me temblaran hasta las pestañas y temiera mearme encima de un momento a otro.

    —Rut me hace trabajar mucho, solo tengo libres algunos ratos por la noche —traté de elaborar excusas más plausibles.

    —Si tanto trabajas, deberías aprovechar esos ratos para descansar —espetó el compañero.

    La chica rio. Una risa afilada y sexi.

    —¿Qué? —preguntó él molesto.

    —Nada, me divierte ver cómo te preocupas por el populacho —se burló.

    Él volvió a gruñir.

    —Acabemos con esto.

    La chica debía de ser fuerte para que ese tipo asumiera la humillación sin pelear. Una mujer convertida en Oculto. Era difícil de creer, la verdad. Quizá en Otroran las cosas funcionaran de manera diferente.

    —Vuelve a la posada —ordenó la chica—. Tu prima tendrá noticias pronto.

    Tragué saliva. Rut era una cobarde, pero esperaba no haberla metido en problemas.

    —Rapidito, chico —me urgió su compañero.

    Quería ponerme en marcha, de veras que sí, aunque mis piernas se resistían a obedecer. Además, había algo que debía hacer, algo que podía ser rematadamente estúpido, pero tenía que intentarlo.

    —Ha desaparecido una mujer.

    Ellos se irguieron en las sillas, contemplándome desde las alturas protegidos por la oscuridad de sus capuchas. Se miraron el uno al otro durante un segundo y luego, de nuevo, me observaron a mí.

    —La gente se marcha continuamente de Otroran, muchacho —dijo él.

    Para mi sorpresa, su respuesta fue bastante más sutil que todas las que había recibido hasta ahora. La gente «se marcha», en lugar de «desaparece».

    —¿Por qué se marchan? —pregunté.

    No podía olvidar que seguía siendo el primo de Rut.

    —¿No lo sabes todavía? —ironizó la chica, su voz sonaba sorprendida, pero, de algún modo, también divertida—. Realmente no eres de aquí, ¿verdad?

    Su compañero volvió a gruñir. Casi parecía más un perro que una persona por la asiduidad con la que lo hacía.

    —Vuelve a la posada —ordenó ella con repentina seriedad.

    No tenía ni idea de cuáles eran las habilidades de los Ocultos, ni cuál era el motivo por el que eran tan temidos. Tampoco quise averiguarlo. Al menos, no aquella noche. Mis piernas accedieron a avanzar y emprendí el paso de regreso hacia la posada.

    Aceptaría trabajar para Rut, aceptaría la cobardía de cualquier otrorano, aceptaría lo que tuviera que aceptar hasta que descubriese el paradero de Dina.

    Y así fue como viví los siguientes tres meses, como el «chico para todo» de una posadera que me odiaba por haberme presentado ante los Ocultos como su primo.

    Fueron tres meses eternos…

    Capítulo 3

    ZESC

    El día amaneció con una luz deprimente, casi fui incapaz de levantarme de la cama. Me dolía todo el cuerpo. El ritmo al que Rut me hacía trabajar era insoportable y, aun así, me despertaba siempre una hora antes para poder entrenar. Salía a correr con el miedo constante de que los Ocultos me volvieran a sorprender, luego me encerraba en mi habitación y levantaba los pesos que había robado de las cocinas de la posada. Los había unido todos con una cuerda para que me resultaran de alguna utilidad, aunque el artilugio resultante fue de lo más rudimentario. Por no hablar de Rut, se puso como un ogro cuando se percató de que habían desaparecido y tuvo que comprar unos nuevos.

    Por supuesto, jamás confesé que los tenía yo.

    Empezaba a acostumbrarme a la tristeza que se respiraba en Otroran, pero seguía sin ser capaz de vivir un solo día sin acordarme de Dina. Había pasado tanto tiempo que cada vez tenía menos esperanzas, cada vez me dolía más pensar en ella, cada vez me aterrorizaba más conocer cuál había sido su destino. Pero algo permanecía inmutable: mi determinación por descubrirlo.

    Aquel día preparé veinte desayunos, no cabía tanta gente en la posada, pero muchas personas pasaban por ahí antes de ir a trabajar. Era un ambiente desmoralizador, pese a ser tantas personas juntas, todas guardaban silencio y sus rostros eran el reflejo de la más profunda depresión. Tez pálida, ojeras marcadas y miradas perdidas. Almas en pena.

    Limpié todas las habitaciones, reparé los fogones, afilé los cuchillos, preparé las comidas, las cenas, todo lo que Rut me pidió. Y cuando me di cuenta, la oscuridad, como siempre, me esperaba al otro lado de la ventana.

    ¿Cómo se suponía que iba a encontrar a Dina así? Todas las noches salía con la esperanza de hallar alguna pista: luz en alguna casa, voces en alguna esquina… Pero todas las noches volvía con la misma sensación de fracaso en el cuerpo.

    Y aquella no fue diferente.

    Entré a la posada por la puerta de atrás para no encontrarme con ningún visitante inesperado, me quité la capa con la que solía cubrirme para esconderme de los Ocultos y también las botas. Luego, me acerqué a la chimenea de la cocina y empecé a desnudarme para librarme de la humedad que se había apoderado de mi ropa. Las temperaturas no eran extremas en Otroran, pero el frío era insoportable. Calaba los huesos.

    Mientras me encorvaba hacia el pequeño fuego que Rut siempre dejaba encendido para mí —aunque ella nunca admitiría que lo hacía por eso—, escuché el rechinar de la puerta. Me sobresalté, no sin antes reparar en que tendría que echarle aceite a esas bisagras. Cuando me di la vuelta, sorprendí a Will observándome con mirada divertida.

    Me relajé al instante, aunque no me agradaba del todo estar desnudo frente a él. Tapé mis partes pudendas con las manos y escudriñé la habitación en busca de algo con lo que cubrirme.

    Will rio de esa forma brusca y escandalosa que tanto alteraba a Rut. Luego se quitó el abrigo que llevaba encima y me lo lanzó.

    —Tranquilo —dijo—. Tienes un cuerpo increíble, pero los prefiero femeninos.

    Me sentí halagado y relajado al mismo tiempo.

    Su abrigo estaba cálido, suave, era enorme y deseé no tener que quitármelo jamás.

    —Quédatelo —comentó Will como si hubiera escuchado mis pensamientos—. No creo que pueda volver a ponérmelo sin pensar en tus «perlitas».

    Sonreí. Sí, después de meses, volví a sonreír.

    —¿Perlitas?

    Él me miró con picardía.

    Entonces, tomó una silla de la mesa de la cocina y la arrastró hasta situarse frente a la chimenea. Luego se dio la vuelta y fue a por otra

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