Cuando Antígona encontró a Benjamin: Víctimas del franquismo y derecho a la memoria
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Las víctimas del franquismo iniciaron hace décadas un camino para plasmar en términos políticos y jurídicos sus demandas de verdad, justicia y reparación. Un objetivo amenazado por el silencio y el olvido institucional que presidió la transición a la democracia y por el revisionismo histórico de quienes se empeñan en clausurar toda rendición de cuentas con el pasado. Este libro analiza los resultados en términos políticos, sociales y legales que se han alcanzado a lo largo de este camino, en el que el desgarrador lamento de Antígona contra Creonte se ve iluminado por el propio viaje existencial e intelectual de Walter Benjamin.
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Cuando Antígona encontró a Benjamin - Rafael Escudero Alday
Cuando Antígona encontró a Benjamin
Víctimas del franquismo y derecho a la memoria
Rafael Escudero Alday
Editorial TrottaCOLECCIÓN ESTRUCTURAS Y PROCESOS
Serie Derecho
© Editorial Trotta, S.A., 2025
http://www.trotta.es
© Rafael Escudero Alday, 2025
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
ISBN: 978-84-1364-315-1 (edición digital e-pub)
Contenido
Once pasos para un encuentro
La denuncia de Juan Gelman sobre las razones de la desmemoria
La desobediencia de Antígona a la ley de Creonte
La mirada horrorizada del «ángel de la historia» de Paul Klee
La herencia de Walter Benjamin en la configuración del derecho a la memoria
La aplicación de la demanda de «justicia transicional» frente a la excepción española
La aparición de los «desaparecidos» en la esfera pública y en la agenda política española
La propuesta fallida de la (mal llamada) ley de memoria histórica
La vía autonómica de recuperación de la memoria y reparación a las víctimas
La exhumación de los restos del dictador y su traslado a un cementerio municipal
La aprobación de la (deseada) Ley de Memoria Democrática
El encuentro entre Antígona y Benjamin
Antígona y las víctimas del franquismo
La creación de una categoría legal: las víctimas del franquismo
La internacionalización del caso español
Pongamos causa y nombre a las víctimas
La obligación de búsqueda de las personas desaparecidas
La deuda con las víctimas (o cómo reparar lo irreparable)
Una verdad, ¿en singular o en plural?
Una justicia, ¿sin juicios?
Una reparación, ¿suficiente?
Bola extra. Las víctimas de la Transición
Walter Benjamin, la memoria y la justicia
La memoria democrática y los derechos humanos
El derecho a la memoria
Las políticas de memoria democrática
La memoria democrática tiene rostro de mujer
La simbología democrática en la dignificación del espacio público
Los lugares de memoria
Las medidas educativas: garantía de no repetición
Aprendiendo de la Cultura de la Transición: los riesgos de la cultura de la memoria
Epílogo
Bibliografía
Índice de nombres
A Pía, mi compañera,
de cuya inteligencia y savoir faire aprendo día a día.
A Blanca, mi hija, bisnieta de víctima del franquismo
y continuadora de ese «hilo rojo» del que tanto orgullo sentimos.
1
Once pasos para un encuentro
«Todo está cargado en la memoria
Arma de la vida y de la historia
La memoria apunta hasta matar
A los pueblos que la callan
Y no la dejan volar
Libre como el viento».
(León Gieco, La memoria, 2001)
1. La denuncia de Juan Gelman sobre las razones de la desmemoria
En su discurso de recepción del Premio Cervantes, pronunciado el 23 de abril de 2008 en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, el poeta argentino Juan Gelman reivindicó la necesidad de la memoria como instrumento de lucha contra el olvido y la impunidad de las graves violaciones de derechos humanos. El discurso se pronunció frente a un auditorio lleno de autoridades¹. El jefe del Estado, el presidente del Gobierno, la presidenta de la Comunidad de Madrid, el ministro de Cultura, autoridades locales, militares y también académicas, entre otras muchas, escucharon unas palabras dirigidas a reclamar verdad y justicia en el Cono Sur, sí, pero también en España. «Ya no vivimos en la Grecia del siglo v antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto», afirmó. Ni tampoco —podía leerse entre líneas— en aquella otra época mucho más reciente y lugar más cercano donde el olvido se elevó a la categoría de pacto de Estado para así clausurar toda rendición de cuentas con el pasado.
En esos momentos, la figura de Gelman representaba a todas las víctimas de las dictaduras militares que asolaron ambos lados del Atlántico durante el siglo pasado. Cualquiera de ellas podía haber ocupado el lugar del poeta y haber desgranado sus mismas palabras. Palabras como desaparición forzada, crímenes, olvido, silencio o impunidad retumbaron en esa sala repleta de autoridades. La referencia al caso español no se hizo esperar. En la parte central de su discurso en el Paraninfo, Gelman celebraba, en esos inicios del año 2008, su llegada a «una España empeñada en rescatar su memoria histórica, único camino para construir una conciencia cívica sólida que abra las puertas al futuro», vinculando así el recuerdo del pasado con la construcción del futuro y rechazando, a la vez, las tesis de quienes vilipendian el esfuerzo de memoria. «Sospecho —terminaba afirmando frente a las altas instituciones del Estado español— que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad procuran la destitución de su pasado en particular». Somos muchas las personas que compartimos esta sospecha.
2. La desobediencia de Antígona a la ley de Creonte
Fue Juan Gelman quien asimismo nos recordó la figura de Antígona, aquella mujer que no dudó en desobedecer las leyes terrenales para enterrar a su hermano basándose en una ley no escrita, impuesta por los dioses, que desde el inicio de los tiempos mandata dar digna sepultura a los muertos. En términos filosófico-jurídicos, el mito de la Antígona de Sófocles se ha analizado de forma recurrente desde la sempiterna cuestión de la obediencia al Derecho injusto. ¿En qué se fundamenta el deber de cumplir el Derecho? ¿Cuáles son sus límites? ¿Hasta qué punto está justificada la desobediencia o la rebeldía frente a un orden jurídico que se considera contrario a valores morales? Estas preguntas han presidido el desarrollo de la filosofía jurídica prácticamente durante toda su existencia como disciplina. No en vano suele citarse y estudiarse este mito como uno de sus hitos fundadores.
Antígona es víctima del conflicto que siempre puede producirse entre las leyes humanas y divinas, entre las normas jurídicas y los mandatos de la moral. Una mujer que no duda en seguir los dictados de su conciencia, que le ordena obedecer a los dioses, y enterrar a su hermano Polinices frente a la orden de su tío Creonte, el regente de Tebas, quien representa el poder del Estado. Cumple con una norma de derecho divino que garantiza, a su vez, un derecho tan humano como es el de enterrar a los muertos.
El trato digno a los muertos en la batalla es una constante en el mundo clásico griego. Antes de la Antígona de Sófocles, Homero narró el llanto de Príamo ante Aquiles para conseguir que este le devolviera el cadáver de su hijo Héctor y pudieran celebrarse sus funerales (Homero 2022: 521-544). Si Aquiles aceptó no fue por su propia voluntad y deseo, sino porque así se lo ordenaron los dioses. No es de extrañar en este punto la similitud entre el dolor y las peticiones de Antígona y Príamo, dado que, como advirtió Simone Weil, «la tragedia ática, al menos la de Esquilo y Sófocles, es la verdadera continuación de la epopeya», es decir, de la Ilíada —o el poema de la fuerza, como ella misma lo calificó (Weil 2023: 54)—.
Pacifista convencida en su juventud, Simone Weil participó en la guerra civil española. En agosto de 1936 se enroló en la «columna Durruti», en el frente de Aragón, durante un corto periodo de tiempo, hasta que un accidente provocó su evacuación y posterior regreso a Francia. Allí escribió la famosa carta al novelista Georges Bernanos, católico y simpatizante de la causa franquista, en la que se reafirmó en su rechazo de la violencia y el terror. «Nunca he visto, ni entre los españoles, ni siquiera entre los franceses que fueron unos a combatir, otros a pasearse [...], nunca he visto a nadie expresar ni siquiera en la intimidad repulsa, asco o simplemente desaprobación ante sangre inútilmente derramada». Bernanos —quien, consciente de las masacres cometidas por los franquistas y los militares italianos en la isla de Mallorca, renegó de sus ideas iniciales— guardó esa carta en su billetera hasta su muerte, en julio de 1948².
En la España contemporánea, el mito de Antígona se manifiesta en la demanda de exhumar, identificar y devolver a sus familiares los restos de las víctimas de las desapariciones forzadas llevadas a cabo durante y a causa de la represión franquista. Es cierto que hoy, en la tercera década del siglo xxi, ya no tenemos un Creonte totalitario como el que sí sufrimos desde 1939 hasta 1975, pero no lo es menos que el actual Creonte sigue sin asumir como propias todas las demandas de Antígona. Esta —símbolo de todas las víctimas de la dictadura— sigue sin poder hacer el duelo.
3. La mirada horrorizada del «ángel de la historia» de Paul Klee
Llevamos años debatiendo sobre la mejor forma de recuperar la memoria democrática y reparar a las víctimas de la dictadura franquista. Una tarea que se dejó aparcada durante los años de la transición a la democracia y aprobación de la Constitución de 1978. En aquellos años lo único que parecía importar —la «razón de Estado» dixit— era la generación de un régimen político y económico que permitiera superar la dictadura y sentar las bases para un sólido desarrollo del país en términos democráticos. En aquel contexto las demandas de Antígona contenían un cierto lastre: mirar al pasado podría suponer el peligro de repetirlo, en un momento en que las heridas estaban todavía bien abiertas y sin sanar, así como poner en riesgo el despertar democrático que tanta ilusión generaba en esos momentos.
Esta fascinación por el progreso y su poder curativo nos sitúa frente al conocido cuadro de Paul Klee, Angelus Novus; ese cuadro que Walter Benjamin llevó siempre consigo hasta casi el final de su vida y que le sirvió de inspiración para su novena tesis de filosofía de la historia³. En él se plasma un ángel, el «ángel de la historia», cuyo rostro mira horrorizado hacia el pasado. Para Benjamin, esa mirada es la de quien observa impotente el avance del progreso devorando todo lo que se pone en su camino. Esa mirada y esa impotencia son las de las víctimas a quienes ese progreso que inevitablemente trae la historia obliga a dejar de lado. Es la tragedia mítica de Antígona frente a la racionalidad civil de Creonte y es, también, el grito de las víctimas de la dictadura franquista cuando ven cómo el llamado «espíritu de la Transición» se las lleva por delante sin poder evitarlo. La Historia lineal, racional, evolutiva y progresiva no puede detenerse ante historias trágicas, irracionales, fragmentarias y parciales. Estas se vieron obligadas a refugiarse en la memoria, a la espera de un momento en el que puedan ocupar su lugar en las páginas de los libros de Historia. Este momento, en nuestro caso, está todavía por llegar. Más de cuarenta y cinco años después de la aprobación de la Constitución de 1978, en muchos ámbitos sigue todavía vigente ese «mirar hacia adelante» que se impuso en el particular proceso de transición a la democracia que se dio en la España de los años setenta del siglo pasado.
4. La herencia de Walter Benjamin en la configuración del derecho a la memoria
Pero, al igual que Antígona, las víctimas de la dictadura son resilientes y, by the way, conocedoras de sus derechos (divinos, en el caso de aquella; humanos, en el de estas últimas). Se resisten a que su nombre se borre en la Historia y demandan ocupar el lugar que merecen en ella. Es en este punto donde la figura de Walter Benjamin entra plenamente en juego. Hoy, cuando la humanidad ha tomado conciencia del carácter finito de los recursos naturales y el paradigma del productivismo salvaje se ve poco a poco sustituido por el de la sostenibilidad, vuelven a surgir con fuerza los ecos temerosos de Benjamin. Nadie como él supo vindicar el valor epistémico de la memoria para poner freno a esa Historia ensimismada en un progreso material ilimitado y ciego a las demandas de los oprimidos y los débiles, es decir, de las víctimas y sus derechos, preteridas por ese progreso. Si tuviéramos que destacar una sola de las enseñanzas de Benjamin, esta sería la de que el pasado exige derechos. A partir de su construcción filosófica hemos sido capaces de ir configurando los contornos de un derecho a la memoria, todavía frágil e incipiente, pero con una enorme proyección teórica y práctica.
El catálogo de derechos no está cerrado, como muestra su propia evolución histórica. Estos se han ido incorporando al acervo normativo e institucional, tanto de los Estados como de la comunidad internacional, según iban cobrando fuerza —hegemonía, en el sentido gramsciano del término— en la sociedad. De ahí que su perfil también se haya ido modificando con el paso del tiempo, siempre con una vocación expansiva en cuanto a sus contenidos y mecanismos de garantía e incluyente en cuanto a sus titulares. En suma, la certificación de un derecho requiere la conjunción de tres factores: la existencia de una demanda social o ciudadana; su configuración conceptual y analítica por parte de la doctrina; y, finalmente, su plasmación en el entramado normativo e institucional de una sociedad. Es así, con demanda social, construcción teórica y actuación normativa, como se han ido consolidando los derechos en la historia. Por tanto, es preciso analizar el grado de desarrollo de estos tres elementos a la hora de hablar, en términos bien doctrinales, bien normativos, de un derecho a la memoria democrática en la España contemporánea.
Un derecho a la memoria cuya titularidad se atribuye no solo a las víctimas de esas violaciones de derechos ocurridas en el pasado y mantenidas en el olvido y la impunidad, sino a toda la comunidad afectada, como tal, por ese olvido e impunidad. Podría configurarse, entonces, como un derecho con una vertiente individual y otra colectiva. En su primera vertiente, la titularidad del derecho a la memoria corresponde a la víctima y a sus familiares, considerados ellos mismos también como víctimas. A la hora de determinar los contenidos de este derecho a la memoria ya no necesitamos recurrir, como Antígona, a los dictados de una ley superior de carácter divino y no humano. En este sentido, ha devenido un lugar comúnmente aceptado recurrir a las demandas de verdad, justicia y reparación —derechos de las víctimas de graves violaciones de derechos humanos y obligaciones internacionales de obligado cumplimiento para los Estados— como contenidos del derecho a la memoria en su dimensión o vertiente individual.
En su segunda vertiente, la titularidad del derecho a la memoria corresponde a toda la ciudadanía. El recuerdo de lo sucedido, la llamada de atención sobre lo que no puede volver a suceder (el «nunca más»), el conocimiento colectivo de las historias de las víctimas, la explicación de las razones reales de su victimización y la vindicación de los valores por cuya defensa sufrieron persecución, violencia y represión pertenecen a toda la sociedad. Este relato debe formar parte del estatuto de ciudadanía, máxime cuando, como es el caso español, fue la defensa de la democracia y la legalidad republicana lo que motivó la represión y las violaciones de derechos humanos.
De ahí que en nuestro contexto haya cobrado fortuna la expresión «memoria democrática» para hacer referencia a esa labor de recuperación y reivindicación del pasado constitucional republicano al objeto de que cumpla un doble objetivo: de garantía de no
