La muerte baja en el ascensor
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Perversa novela de costumbres, La muerte baja en el ascensor confirma que la literatura policial es la que mejor realiza la primordial —y despiadada— presunción de Homero: los dioses han enviado las desgracias a los mortales para que puedan contarlas" (Del prólogo de Ricardo Piglia).
María Angélica Bosco
María Angélica Bosco (Buenos Aires 1917 -2006) was an award-winning author, known as the Argentinean Agatha Christie for her dedication to detective fiction. Death Going Down was her first novel, and won the Emecé Novel Award in 1954.
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La muerte baja en el ascensor - María Angélica Bosco
Prólogo
Una mujer desciende a la madrugada en el ascensor iluminado de un exclusivo edificio de la calle Santa Fe. Es joven, es bella y está muerta. Sobre esa imagen gira una de las mejores novelas policiales escritas en Argentina.
Los primeros sospechosos son los que viven ahí: varios extranjeros, algunos miembros de la clase alta argentina, una exmucama, un médico prestigioso, el portero y su mujer. Una casa de gente muy tranquila, señor comisario. El inevitable estribillo. El comisario Lahore lo estaba esperando… casas tranquilas y buenas gentes… siempre... ¿Cómo es posible entonces que ocurran tantas cosas?
Al analizar los relatos de Conan Doyle, Franco Moretti señalaba que los crímenes que investiga Sherlock Holmes no están situados en las zonas de mala vida de Londres, sino en los barrios donde viven sus lectores. El género policial se instala en las regiones pacíficas de la sociedad: su tema son los terrores que suscita la invisible vecindad del mal. Quizá las diversas etapas en la historia del género se explican por los modos distintos de narrar la tensión entre vida tranquila e imaginario paranoico; en todo caso, ese movimiento parece definir la actual expansión del policial, que ha cruzado todas las fronteras y ha llegado a Suecia, a Noruega, a Holanda, a Japón. Convertida en literatura mundial, en el siglo XXI la novela policial ha puesto en cuestión el predominio del thriller a la norteamericana y ha flexibilizado sus procedimientos siguiendo la ruta de los temores sociales.
La muerte baja en el ascensor se liga a ese nuevo espacio de lectura del género; afirma los clásicos presupuestos del relato de investigación y a la vez los renueva y los modifica.
Por de pronto, en la red de sospechosos de la novela se destacan algunos individuos que han escapado de Alemania luego de la caída del Tercer Reich. ¿Se trata de una conspiración de prófugos del nazismo? Los datos inciertos sirven para darle apariencia de realidad a las presunciones: ¿los turbios partidarios de Hitler se han refugiado en la Argentina de Perón? Estamos en 1954: lo verosímil siempre es posible. Versiones, pistas, rastros borrosos: de inmediato los indicios se transforman en el centro de la intriga. Dios está en los detalles
: la frase de Virginia Woolf encuentra su plena realización en la novela de enigma. Claro que no todos los detalles son un indicio; más bien cada detalle está contado como si fuera un indicio: iluminado, sesgado, visible pero no reconocido. La significación del relato no está expresada, y muchas de las acciones centrales están aludidas como al descuido o no han sido narradas. Los acontecimientos pueden inferirse del relato, pero no están en él.
El gran logro de la novela de María Angélica Bosco ha sido quebrar el molde típico de las dos tramas superpuestas que definen el género desde su origen (cómo se cometió el crimen y cómo se lo descifra). Con una prosa de alta calidad, atenta a los matices de la distinción social y a los signos de clase, Bosco logra desplegar en el presente de la investigación una intriga en la que nuevas muertes perturban —o iluminan— el enigma inicial. El relato avanza sostenido por un notable uso del diálogo que trasmite una dramática sensación de suspenso e intimidad.
Por otro lado, es muy original la inclusión en el libro de las notas personales del investigador que posibilitan seguir el desarrollo y las distintas alternativas de la trama. He escrito aquí los nombres de los presuntos complicados en este caso y los posibles motivos que los pudieron llevar al crimen
, anota y detalla las características de los protagonistas y la compleja red de causas que afronta la pesquisa.
Recién en el capítulo final, al reconstruir las condiciones del asesinato, el secreto se revela. El desciframiento no es más que una confirmación del carácter a la vez plausible e irreal de todo intento de develar las pasiones que están en juego en un crimen. Perversa novela de costumbres, La muerte baja en el ascensor confirma que la literatura policial es la que mejor realiza la primordial —y despiadada— presunción de Homero: los dioses han enviado las desgracias a los mortales para que puedan contarlas.
Ricardo Piglia
Noviembre de 2013
I. La muerte baja en el ascensor
El automóvil se detuvo frente a una casa de departamentos en una de las primeras cuadras de la calle Santa Fe, donde esta se abre sobre una perspectiva a través de la plaza de San Martín. A las dos de la madrugada los escasos vehículos se deslizaban por la calzada reluciente de humedad en medio de la niebla fría de la noche de agosto.
Las siluetas de los transeúntes se precisaban sobre un fondo de aislamiento y de soledad. A pesar de que apretaban el paso, hostigados por la temperatura y por lo avanzado de la hora, su andar tenía la vaguedad de la marcha de los sonámbulos. El afán por llegar a sus casas los espoleaba. Aun una habitación solitaria o poblada de penosos recuerdos es un hogar cuando la noche y el invierno imperan en la calle y cuando se adivina, detrás de las ventanas cerradas, el olvido en el sueño feliz o agitado por las preocupaciones que cobran la absurda y desviada forma de la pesadilla.
Pancho Soler dejó caer el cuerpo sobre la portezuela del automóvil para abrirla. Encuadrada dentro del parabrisas, la doble hilera de edificios se proyectaba inacabablemente. El estrujón de la náusea lo obligó a cerrar los párpados en busca de un equilibrio. Cuando los volvió a abrir las ondas de la luz se concentraban en un foco amarillento como en una mal pintada luna.
Por la abierta portezuela asomaron un par de piernas fofas como si fueran de algodón, Pancho Soler sacaba la cara al aire helado de la noche con la avidez de la carpa que surge de las aguas. La acera, extendida como un abismo de monótonas baldosas entre el coche y la puerta de la casa, le inspiraba miedo. Se decidió a cruzarla con desconectados pasos, que en vano trataba de encauzar, enfurecido por el desgaste de atención que le exigían los actos más simples.
Con todo, se había divertido… siempre se divertía con Luisita… una gran muchacha que sabía apreciar las copas… el recurso era bueno para que no protestara después porque la dejaba sola… las mujeres inevitablemente concluyen por decir que se las deja solas.
La luz del vestíbulo estaba encendida. Si se apresuraba llegaría hasta el ascensor antes de que transcurrieran los tres minutos reglamentarios. El tablero de luces marcaba el número 6, la portería. ¡Qué fastidio! Acabaría por quedarse a oscuras antes de que el ascensor llegara a la planta baja.
Apoyado contra la puerta de cristales esmerilados, Pancho esperó mientras los rojos botones se encendían y apagaban sucesivamente. Una borrosa languidez trepaba por sus miembros e invadía su cabeza. Notó de pronto que el hueco se había llenado con la luz de la caja y que al mismo tiempo, como en una coreográfica combinación, el vestíbulo quedaba a oscuras.
Alguien había descendido en el ascensor. Se entreveía una forma borrosa del otro lado de la puerta. Pancho se hizo a un lado, sin dejar de apoyarse contra la pared, para dejar paso a la persona que viajaba dentro del ascensor. Pero la puerta de este permaneció obstinadamente cerrada, revelando simplemente con los contornos de las sombras chinescas el bulto acurrucado en un rincón.
—Debe de ser una mujer —refunfuñó Pancho—. Estas mujeres siempre esperan que uno lo haga todo… —una simple reflexión que hubiera hecho las delicias de algún psicoanalista.
Tiró de la puerta, con una sonrisa en reserva por si de veras se trataba de una mujer. Podía ser joven y bonita. La silueta femenina, casi desplomada contra el espejo del fondo, ablandó su corazón que los vapores del alcohol enternecían. El espejo repetía la inadecuada posición de aquella desconocida arrebujada dentro de un tapado de pieles oscuras. ¡Pobrecita! No demostraba en absoluto la oportuna intención de moverse de aquel lugar. Debía de sentirse peor que él…
Un velo de irrealidad envolvía los impulsos solidarios de Pancho cuando se acercó a la mujer y observó que era joven y rubia. Parecía atrozmente pálida. El fastidio de Soler se disipaba a medida que constataba los sucesivos detalles, su egoísmo no era, al fin de cuentas, el producto de una resentida actitud de adulto; conservaba, en cambio, la integridad inocente y la estabilidad del egoísmo de los niños.
Solo resultaba antipática aquella atmósfera de paredes movedizas, que la luz espectral del espejo reproducía, iluminando a la mujer caída con el rostro semioculto en el cuello del abrigo de pieles. Un mechón de cabellos rubios se deslizaba lánguidamente sobre la mejilla con sugerencias de intimidad. Pancho Soler estiró la mano y apartó los cabellos; al hacerlo, sus dedos rozaron la piel… Instantáneamente una horrible sacudida lo conmovió hasta paralizarlo. Inconsciente del sentido de su gesto, Pancho Soler palpó las manos de la desconocida. El sonido de su propia voz lo sorprendió con una involuntaria invocación:
—¡Dios mío!
Tuvo luego conciencia de que el suelo adquiría firmeza bajo sus pies. El espejo reflejaba la imagen de un semblante descompuesto y extraño, y el vestíbulo en sombras se precisaba a su alrededor como el tétrico pozo donde uno despierta al borde aún de la pesadilla. Sentía la invencible necesidad de estallar en protestas. ¿Por qué le ocurría eso, precisamente a él? ¡Si por lo menos Luisita hubiera insistido para que se quedara con ella! Habría sido menos engorroso, al fin y al cabo…
Sintió de pronto que sus piernas tropezaban contra un blando reborde. Había retrocedido, como si el estupor se hubiera apoyado en su pecho como una imperativa mano, y ahora chocaba contra la pared del vestíbulo a lo largo de la cual se extendía un diván de terciopelo castaño. Pancho Soler se dejó caer pesadamente sobre el asiento con los ojos clavados en la escena del ascensor que la distancia destacaba mejor.
*
Adolfo Luchter cruzó casi a la carrera la calle Santa Fe, el frío mordía las mejillas y le traía el recuerdo desagradable de noches desoladas, cuando el día siguiente solo se presentaba como una pesada seguidilla de amargas horas de lucha en la ciudad desconocida.
En el mismo momento en que se disponía a abrir la puerta de calle, vio la figura de Soler lamentablemente derrumbada sobre el diván del vestíbulo. ¡Lo de siempre! Imposible llegar a la casa a altas horas de la madrugada sin tropezar con alguna de las manifestaciones del extravagante aburrimiento de aquel. O estaba de juerga en la casa con otras personas tan convencidas como él de que el dormir a determinadas horas de la noche significa la total ausencia de la personalidad o era preciso recogerlo en la puerta y ayudarlo a subir hasta su departamento e incluso meterlo en la cama cuando las manifestaciones habían sido excesivas. La voluntad de Luchter, tendida hacia la acción constructiva, se rebelaba contra las gentes como Soler, para quienes la vida solo representa ser un molesto y prohibido juego.
Al ver entrar al médico, Soler se precipitó hacia él, obligándolo a sostenerlo para evitar que cayera. Luchter notó sus ojos vidriosos. Un ligero fruncimiento de las cejas rubias fue la única señal de su enojo.
Mientras se dirigía hacia la llave de la luz para encenderla, el otro no le soltaba el brazo. Casi se dejaba arrastrar. Murmuraba unas pastosas palabras como si la lengua debiera de dar muchas vueltas dentro de la boca para alcanzar a modularlas. Su mano extendida señalaba el ascensor. Por el gesto, más que por las frases, Luchter adivinó lo que pretendía decirle:
—Mire… —balbuceaba— allí… hay una mujer muerta…
La luz brotó barriendo con su nitidez el absurdo de semejantes palabras, pulverizándolas en el ridículo.
—Déjese de tonte… —empezó a decir Luchter.
Pero una rápida mirada al ascensor
