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Entre (des)gracias y circo
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Libro electrónico295 páginas4 horas

Entre (des)gracias y circo

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El doctor Alirio Alberto Muñoz es el alcalde municipal. Casado con una ejemplar dama cuyo propósito de vida es amarlo y acompañarlo en las decisiones que —por el bien común— su esposo deba tomar. Vivencian una feliz y ejemplar vida de pareja; pero mueren, y su muerte es lo que da vida y comicidad literaria a Entre (des)gracias y circo.
Asimismo, la historia de algunos personajes «secundarios» se entrelaza, admirablemente, para dar locuacidad expresiva al corpus del relato. Monseñor Paganó, Inocencia y sor Analina llegan a amarse —y a pecar— con dogmática religiosidad. El abogado Espriella, la sin par Katherine y la doctora Eugenia crean un triángulo amoroso cuyo inicio, intriga y desenlace puede ser considerado como una historia disímil, pero trascendental dentro de la propia novela.
A través de sus entretenidas páginas identificarás, al desnudo, el oscuro y controversial actuar de una clase política y religiosa que el autor no pre- tende criticar, pero sí exhibir —sin tapujo alguno— ante la ceguedad de militantes y feligreses, quienes, con votos y diezmos, avalan sus acciones. Entre (des)gracias y circo es, sin mayor exordio, la historia social (aún im- perante) en el contexto del propio escritor.
Una obra escrita durante el transcurso de más de mil cuatrocientos se- senta días (con gran parte de sus noches y alboradas); tiempo en el cual, el autor, Jhon Ánderson Cerón Apache, pudo consolidar su pretensión particular de legar, a sus conciudadanos, una obra atrayente, de calidad y significancia intelectual.
ENTRE (DES)GRACIAS Y CIRCO
Una obra irónica —satírica y mordaz—, en la cual cada lector se aventura a leer, motu proprio, las líneas de su propia novela.
IdiomaEspañol
EditorialLetrame Grupo Editorial
Fecha de lanzamiento2 jul 2024
ISBN9788410687899

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    Entre (des)gracias y circo - Jhon Ánderson Cerón Apache

    Portada de Entre (des) gracias y circos hecha por Jhon Anderson Ceron Apache

    © Derechos de edición reservados.

    Letrame Editorial.

    www.Letrame.com

    info@Letrame.com

    © Jhon Ánderson Cerón Apache

    Diseño de edición: Letrame Editorial.

    Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

    Diseño de portada: Rubén García

    Supervisión de corrección: Celia Jiménez

    ISBN: 978-84-1068-789-9

    Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

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    .

    A quien es la razón de la sinrazón del presente escrito:

    Usted, encomiable lector o lectora.

    A mi gloriosa Universidad del Cauca (Popayán, Colombia)

    Posteris Lvmen Moritvrvs Edat

    A, poco igual o rayano, modo de prólogo.

    «En ocasiones pienso que el premio de quienes escribimos duerme, tímido y virginal, en el confuso corazón del lector más lejano» (Camilo José Cela Trulock)

    Cuatro años más tarde, y algunos meses después, de cara al portentoso cúmulo de más de setenta mil palabras sonlocadas; pero mágicamente unidas, el profesor Jhon Ánderson Cerón Apache había de memorar aquella noche lluviosa en la que por mandato del destino, y angustia inefable de su corazón, dio inicio al tecleo de su donosa y singular novela. San Agustín, Huila, Colombia (contexto de su acertada historia) era, en aquel entonces, un poblado lúgubre y prevenido cuyos habitantes vivían con la única certeza de ser, ellos mismos, causantes de su propio fenecimiento. Y antes de que el mismo, con su tajante podón llegara, nuestro autor, temiendo a la vida, al amor y a la muerte, comenzó a tipear lo que hoy —en sus manos—, luego de su valiente lectura, perdurará como afable recuerdo. Ahí…, y así nació: Entre (des)gracias y circo.

    Una novela escrita bajo la técnica narrativa (com binada) de la retrospección y prospección; siendo, esta escogencia, uno de sus mayores aciertos; aunado a la congruencia del relato mismo.

    Como lector causa mágico asombro el hecho de sentirse extraviado, distante, perdido y errante en el tiempo de la narración; descubriendo, al final del túnel, que el inicio de la obra es su acertado final; y su final, su magistral inicio. Y aún más: el capítulo III evidencia la apertura cronológica de la historia; esto es, en pocas palabras, literariamente sorprendente.

    Otro punto de encomio, más que a favor del autor; sí lo es para el lector de la obra, se relaciona con la objetividad de los personajes. La mayoría de ellos son seres reales, «de carne y hueso» (vivos aún), quienes han marcado «para bien» la vida del escritor, motivo por el cual, a través de Entre (des)gracias y circo, con magistral diligencia, les da vida literaria. Usted podrá llegar a ser, sin tener la intención de serlo, personaje antagónico o protagónico de «las líneas de su propia novela».

    Pocas obras —aunque de hecho las hay—, pero son pocas, logran transmitir con tanto acierto el sentir; último sentir de unos personajes quienes, al final de sus vidas, tienen la oportunidad de declararse, sin temor al perecimiento, su más significativa verdad; su verdadera razón de haber vivenciado una existencia con propósito alcanzado y, por consiguiente, partir con eterno renombre:

    «Te amo, amor mío.

    Te amo, amor…

    Te amo…

    Te…»

    Pocas líneas en la cuales se figura y se percibe la an gustia de la muerte de dos personajes quienes lo único, o lo más que en común tienen, es el verdadero amor que se profesan. Todo esto; esto y más, lo placerá con la deleitable lectura de Entre (des)gracias y circo.

    Resalto, a manera de colofón, que la obra que tiene en sus manos va más allá de sí misma; se aventaja al acto monótono de una lectura cualquiera. El entramado de su historia, sumado al estilo narrativo de la misma, será motivo de esporádica o habitual tertulia, y sus frases (sueltas o conjuntas) entrarán a formar parte de un nuevo léxico discursivo. El modus vivendi de los personajes, en el contexto de los mismos, le sumergirá en una amena travesía por el entramado propio del relato, y del cual —con asombro— vivenciará el fantástico hecho de ser su más atónito lector o protagonista.

    Bien es sabido que todo autor; todo «buen» autor, es inspiración y conditio sine qua non para otro autor, y en el caso particular es evidente la influencia Cervantina, Garciana y Borgiana en la prosa de Jhon Ánderson Cerón Apache: el «ferido de punta y ausencia» y el honrado Melquiades son almas que desde singulares páginas, y remotos tiempos, han revivido y —por extraordinario mandato— venido a trazar las puntadas literarias de la presente novela.

    Con admiración, cariño y respeto:

    Jorge Gabriel Cervantes.

    Sinopsis… Y otra locuacidad.

    El doctor Alirio Alberto Muñoz es un hombre decente y «honorable» político; casado con una singular dama cuyo propósito de vida es amarlo y acompañarlo en las decisiones que, por el bien común, su esposo deba tomar. Vivencian una feliz y ejemplar vida de pareja; matrimonio acorde al canon religioso imperante en su municipio. Pero mueren, y su muerte es lo que da vida y jocosidad a la intrincada existencia de otros personajes, quienes, de no haber sido por la desgracia ocurrida, de ningún modo hubieran tenido realidad literaria.

    Asimismo, la historia de algunos personajes «secundarios» se entrelaza, admirablemente, para dar locuacidad expresiva al corpus del relato. Monseñor Paganó, Inocencia y sor Analina llegan a amarse —y a pecar— con dogmática religiosidad. El abogado Espriella, la sin par Katherine y la doctora Eugenia crean un triángulo amoroso cuyo inicio, intriga y desenlace puede ser considerado como una historia disímil, pero trascendental, dentro de la propia novela.

    El encantamiento o fascinación de la obra comienza desde sus iniciales cuartillas; el cual, gracias a la habilidad narrativa —hábilmente asumida por el autor—, induce a que el lector se identifique con la historia y, página tras página, se convierta en parte vivencial de la realidad de su lectura.

    La trama de la historia (narrativa, descriptiva y dialógica) se centra en un hecho reprochable por la sociedad contemporánea: un asesinato. Pero no un asesinato cualquiera, un asesinato que va más allá de los límites de la pasividad y la tolerancia colectiva y, por ello, su esclarecimiento es asunto de trascendencia nacional. Han muerto dos de los habitantes más importantes y queridos del municipio y encontrar a los asesinos, en el entorno de la desgracia, no es tarea fácil; razón por la cual, en el avance de la historia, te verás sumergido en dicho propósito y —a tu manera— darás con el paradero (real o imaginario) de los responsables del magnicidio.

    A través de sus entretenidas páginas identificarás, al desnudo, el oscuro y controversial actuar de una clase política y religiosa que el autor no pretende criticar, pero sí exhibir —sin tapujo alguno— ante la ceguedad de militantes y feligreses, quienes, con votos y diezmos, avalan sus acciones. Entre (des)gracias y circo es, sin mayor exordio, la historia social (aún imperante) en el contexto del propio escritor.

    Una obra escrita durante el transcurso de más de mil cuatrocientos sesenta días (con gran parte de sus noches y alboradas); tiempo en el cual, el autor, Jhon Ánderson Cerón Apache, pudo consolidar su pretensión particular de legar, a sus conciudadanos, una obra atrayente, de calidad y significancia literaria.

    ¿Por qué comenzar y, sobre todo, lucubrar lo que estás a punto de leer?

    Porque a través de sus páginas, pocas o muchas (por cierto), podrás llegar a ser juez y parte de una confusa historia de vida, la cual; de no ser la tuya, si lo es la de alguien más.

    Alea iacta est… Mejor dicho: éxito y buena mar.

    CAPÍTULO I

    Que hace referencia al plural óbito y otros hechos inherentes a la desconcertante tragedia

    «Con dolor en el alma, y más nostalgia en el corazón, continuamos interrumpiendo nuestra programación oficial para informar que manos criminales, aún no identificadas, segaron la vida de nuestro alcalde y benefactor doctor Alirio Alberto Muñoz, como también la de su señora esposa Deyanira Cerón de Muñoz. Los móviles del macabro hecho son motivo de incertidumbre e investigación y, hasta el momento, no se le ha atribuido el crimen a ningún grupo delictivo en particular. Reiteramos que la autoridad competente ha decretado toque de queda durante la noche de hoy y medio día de mañana, razón por la cual se suspenden todas las actividades públicas civiles. Se recomienda prudencia y serenidad ante tan lamentable hecho, el cual esperamos no quede impune… y los perpetradores de tan deplorable crimen sean, prontamente, castigados con todo el peso de la justicia terrenal y divina. Dios reciba en su santa gloria a las inmoladas almas de nuestros más ejemplares ciudadanos. Y para ellas brille, siempre, la luz perpetua».

    La noticia sobre la muerte de las respetables personas fue, según don Ómar Guzmán, la peor que pudo transmitir en su vida de locutor. Jamás en sus treinta y ocho años de labor profesional había sido portavoz de hechos tan lamentables —o de eso se jactaba—, y aunque estos esporádicamente ocurrían en el municipio, él prefería que fueran otros colegas quienes anunciaran lo trágico. Pero ese día, justo cuando su programa estaba al aire, se presentó el abominable hecho; el cual, debido a su importancia y trascendencia, debía ser transmitido a los oyentes tal como las autoridades policiales lo reportaban.

    Gran parte de la audiencia fiel a don Ómar quedó atónita, confusa, desconcertada…, y —por más lógica que trataban de aplicar al informe— no le encontraban sentido a semejante noticia. Todos sabían de la negativa del locutor para ser profeta de lo trágico; de igual manera su carácter, ligado a su honorabilidad, no concordaba con la desgracia anunciada. Otros perspicaces de poca monta, haciendo gala de su creatividad e ingenio, intuían que se trataba de una desatinada mofa del avezado locutor; motivo por el cual esperaban, en su punzante razonar, que tras la artificiosa noticia viniera un sarcástico comentario del abuelo diciendo:

    «Los engañamos, esto no es más que una ingeniosa broma y bienvenido sea el crepúsculo de nuestros Santos Inocentes».

    Pero ni don Ómar apareció ni su comentario jamás se escuchó y al cabo de pocos minutos, su curiosidad, más que su escepticismo, hizo que llamaran en masa para corroborar, de voz de quien fuera, la veracidad de la desgracia anunciada.

    Para que los colegas del locutor pudieran responder tantas llamadas que minuto a minuto se recibían, hubo necesidad de repetir dos, tres, cuatro, cinco, diez y hasta mil veces la misma canción. El CD de Diomedes se rayó y, para que pudiera volver a funcionar, se necesitó limpiarlo con un extraño polvo blanco donado por don Aldemar. Celia le puso «azúcar» al mal rato y, al son de sus célebres canciones, creó un caudal de fingidas lágrimas que como desbordado río inundaron toda la conexión telefónica. El himno nacional sonó más de una vez y su coro, junto a sus once estrofas, fue berreado en siete dialectos y tonalidades diferentes. Las cuñas radiales se repetían infinidad de veces, anunciando (las mismas) negocios ya inexistentes. Las arengas del candidato fueron nuevamente escuchadas y su voz, aquel anochecer nefasto, sonó tan melodiosa que ni los coros de ángeles, arcángeles y todos los geles divinos con ella pudo ser comparada.

    El impacto de la noticia fue de tan elevada magnitud psicológica que don Ómar Guzmán, temiendo que posteriores infortunios se repitieran en el municipio y que a él le correspondiera anunciarlos a su fiel audiencia, optó por renunciar, pocos minutos después, al programa que cada tarde transmitía. Su honor, ligado a los ideales de partido que con dogmatismo profesaba, como también sus sólidos principios católicos, apostólicos y agustinianos, hicieron parte de tan lamentable decisión. ¡Y lo hizo!, no sin antes advertir a los violentos y matones de alcaldes y primeras damas que, si querían acabar con la dignidad del municipio, comenzaran con él y así le evitarían, de una vez para siempre, el padecimiento de transmitir a la comunidad inesperadas desgracias.

    El toque de queda no obtuvo el resultado que se esperaba y los pobladores, inquietos como nunca, decidieron deambular como potrada por las estrechas y frías calles del ancestral pueblo. El señor personero convocó a una reunión de carácter extraoficial y urgente a todos los dirigentes conservadores del municipio, y —aunque estos no sobrepasaban los treinta— Carmenza Lozanía confirmó la asistencia de más de diez mil gregarios. Monseñor Jorge María Paganó, santo señor y divino cajero departamental, al enterarse de la desgracia anunciada, citó con extrema urgencia a los sacerdotes encargados de las cuatro parroquias bajo su vigilancia y mandato. Ellos, ante semejante llamado mesiánico, no dudaron en dejar a medias sus eucaristías e ir volando al encuentro de su pastor, no sin antes encargar a sus monjitas la repartición de hostias y la recolecta de ofrendas y diezmos.

    Los liberales se congregaron en la casa de doña Gertrudis Manzano: matrona que luego de haber heredado una inconmensurable fortuna familiar decidió gastarla, de a mucho o de a poco, con el fin de borrar legal e ideológicamente cualquier causa conservadora. Las señoras de los Santos Dolores de María se reunieron a rezar mil rosarios como soborno a Dios para que le concediera el cielo y «la luz perpetua» a las dos almas que partían. Los zorreros se reunieron, los albañiles también; se congregaron los docentes y los trabajadores del hospital, lo mismo hizo don Ángel y sus mujeres de fácil vida. En el municipio jamás se había visto tan ta muchedumbre errante viniendo y yendo de un lado para otro; la confusión fue tan desconcertante que algunos terminaron entrando a sitios donde no habían sido convocados. Los apodados «Milagrosos»: acreditados delincuentes de poca monta y bastante creatividad e ingenio, aprovecharon el desorden reinante y saquearon algunas casas y locales comerciales que por aquella noche permanecían sin vigilancia. La policía intervino, pero luego de realizar operativos en el barrio «Siloco» fueron absurda y ridículamente asaltados por un grupo de indigentes que estaban apostados en el parque de la Marimba.

    Cada reunión tenía como objetivo identificar a los culpables del asesinato. Los liberales culparon a los conservadores y estos, ¡como era de esperarse!, expresaron que desde un principio todo el pueblo sabía que los rojos iban a asesinar al alcalde. Monseñor Paganó, y sus fieles sacerdotes, luego de consumir un centenar de hongos y hostias benditas remojadas en vino sacro, llegaron a la conclusión de que los asesinos debían ser los herejes protestantes: su tesis estaba ebriamente ligada a la cantidad de alucinógenos y alcohol ingerido. Al mismo tiempo, en otro lugar de la Mancha, los protestantes —como acto de rebeldía contra Yahvé— le imputaron el crimen a la santísima Virgen María, a los ángeles y al santo papa. Los albañiles culparon a los docentes y los docentes (en su indecencia) culparon a los estudiantes. Los trabajadores del hospital, luego de una ardua y exhaustiva deliberación psiquiátrica, concluyeron que el asesino podría ser don Felixiano Garcés: loco que días atrás se había fugado de la sección de psiquiatría. Estaba tan loco que en su huida, sin rubor alguno, se llevó consigo doscientos treinta sobres de acetaminofén, veintitrés aspirinas, ochenta fórmulas médicas, catorce bisturíes, doce jeringas, cuatro batas, doce tapabocas, quince órdenes de pago y diez guantes quirúrgicos.

    Las señoras de los Santos Dolores de María, terminado el centenar de oraciones afanosamente rezadas, fueron poseídas por un espabilado daimon quien —luego de consumirlas en su intimidad— les reveló que el crimen no lo había cometido varón alguno. En su prolongado éxtasis religioso concluyeron que las asesinas debían ser las pecaminosas mujeres de fácil vida que trabajaban en el burdel de don Ángel. Los indigentes, con atrofiada y ahumada mentalidad, pensaban que todo era un montaje de la burguesía municipal quienes, desde el comienzo del fin, pretendían acabar con ellos y con la digna planta que a diario consumían.

    Tan pronto fueron terminando las reuniones, y sin identificar asesino alguno, hubo un singular desfile de almas atormentadas y ahumadas quienes, como ganado hacia matadero, se fueron congregando en el parque de la Marimba. Aquel lugar, en tiempo de paz y quietud, albergaba unas doscientas personas; sin embargo, aquella noche trágica, había más de mil; menos los indigentes, personajes que al ver invadido su habitual sitio de permanencia, y ante la posibilidad de una inminente muerte, decidieron desplazarse hacia el matadero: altar sagrado en el cual determinaron ofrendar su valiosa vida. Fieles a su funesto destino, y como moribundos en despedida, hicieron un último ritual de agradecimiento al dios de la hierba, de los colores, del cosmos, de la vibra y de la Pachamama. Con elocuente arenga, y conmovedor discurso, se despidieron de sus hongos, de sus licores artesanales y de cuanto alucinógeno poseían. Su ritual consistió en una fumata colectiva en donde todas las provisiones de hierba sagrada fueron comúnmente repartidas; de igual modo decidieron acabárselas esa misma noche, ya que —según su pálpito— sería la última de su existencia.

    El humo de tan desproporcional fumata llegó hasta las mismas narices de Dios y su séquito de santos: mártires de Cristo quienes, debido a la repentina alucinación, se olvidaron del pueblo y de los asesinos; aunque gracias a Yahvé, para el diablo también hubo porción. El amargo, cáustico y encantador olor de tan despreciable hierba no tardó en contaminar al pueblo y a todos sus alrededores. La traba fue tan desproporcional que, pasados algunos segundos, la población comenzó a sentir un abrumador hechizo. Todos se sentían en el país de las maravillas: en el edén; en el más allá…, en el más acá; todos estaban en onda con las vibraciones de la naturaleza y se creían seres de luz, de fuego, de agua y de tierra; se transformaron en jaguares, búhos, águilas (no negras), simios, serpientes y ratas (no de cuello blanco). El sedante hechizo, en el parque de la Marimba, se vivenció con mayor locura. Los liberales, como violáceos sujetos, se abrazaban con los conservadores y ondeaban conjuntamente sus deterioradas banderas. Monseñor Paganó, junto a sus fieles sacerdotes, propuso a los protestantes fundar una iglesia en común y repartir los diezmos en cantidades iguales. Como estrategia comercial se planteó la creación de un frente municipal para venerar, cada cuatro días, a Yahvé y a Jehová y así descartar cualquier posibilidad de culto y adoración a dioses paganos. Las señoras dolorosas o de los Santos Dolores de María, ¡más orgásmicas que nunca!, solicitaron a sus rivales la fórmula sexual y secreta que con verdadero amor y placer atraía a sus maridos, y estas (más orgásmicas que las anteriores) no dudaron en confesar su preciado secreto:

    —En la cama sean…, sean como nosotras, sean putas; sean más putas que todas nosotras —les aconsejó María.

    Lo dijo con tanta elocuencia, sinceridad y atino que a todas, sin refutación alguna, astutamente convenció. Los docentes juraron ante monseñor hacer el sacrificio de tirar a la hoguera los arcaicos y descontextualizados libros de enseñanza que en sus bibliotecas, y en sus sesos, fosilizadamente poseían; al mismo tiempo, en virtud de su promesa, se comprometieron a actualizarse constantemente. Su representante legal, en nombre del politizado sindicato, sentenció que para agradar a Dios y a la santísima Virgen quedaba prohibida toda relación sentimental entre colegas; con voz marcial sentenció que cualquier transgresión a la norma sería motivo de escarnio público y expulsión de las filas del sindical magisterio. Esta singular medida era tomada con el utópico objetivo de hacer respetar y conservar el sagrado matrimonio de algunas pretéritas y malcaradas maestras a quienes ni sus cirugías estéticas de cola, de senos y de cerebro podían garantizarles un matrimonio estable y duradero.

    El diablo y el Santísimo también se unieron al improvisado momento de olvido y perdón y, como acto de divina amistad, decidieron intercambiar varios millones de almas. El hechizo colectivo, producto de la inocente hierba, trajo una consecuencia positiva para los trabados: hizo que el pueblo se olvidara de los criminales y no se matara como en las previas reuniones se había acordado.

    El santo hijo de Dios, con su boca llena de oraciones y de humo maligno, propuso que como acto católico todos los presentes perdonaran a tan perversas criaturas: engendros del anticristo quienes «por falta de fe y dogma católico» habían sido presa fácil del demonio. Trabadamente arengaba que si nuestro señor Jesucristo había perdonado a sus verdugos, ellos también podían perdonar a los asesinos de la ilustre pareja. Todos convinieron en sus santas palabras, y después del perdón —y antes de que la humareda se evaporara— cabalmente partieron para sus hogares. En el velorio solo quedaron los tendidos difuntos, algunos familiares de los mismos y algún que otro curioso quien, por cuestión de inseguridad o de traba, prefirió terminar su alucinación y demencia en compañía de su admirado alcalde.

    Al día siguiente hubo consternación y arrepentimiento general. Algunos ahumados y ahumadas, al despertarse, se encontraron con la escena por ellos siempre temida: entablar diálogo o amistad con sus adversarios. Muchos, ¡sin saber cómo!, compartían cama con las esposas de sus más acérrimos enemigos. «Las rezanderas» amanecieron con infinidad de moretones hechos en las partes íntimas de sus

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