Una pragmática de la fragilidad humana
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Una pragmática de la fragilidad humana - Eugenio Díaz Massó
PRÓLOGO
Un mundo razonablemente normal
Conocí a la «gente de la Cassià» a principios de siglo, cuando acudí a sus locales de Sant Boi de Llobregat para escribir un artículo sobre uno de estos temas que los diarios consideran menores; algo que se hace de mal humor, con la impresión de que existen otras cosas mucho más importantes sobre las que escribir. Catorce años después, todavía sigo con ellos como uno más del equipo, compañero de viaje voluntario, patrón de la Fundación, sin fallar, incluso, a las reuniones económicas, a pesar de mi aversión profunda por los números y las reuniones.
Hubo varias cosas que me sedujeron y atraparon de este proyecto, incluso más allá de los consejos «fraternales» de los psicoanalistas del equipo social, Francesc Vilà y Eugenio Díaz, según los cuales, en vez de quejarte todo el día de lo mal que va el mundo, resulta mucho más saludable participar de algún proyecto colectivo que te comprometa no solo con los tiempos que te ha tocado vivir, sino, especialmente, con la variada fauna –mientras más distintos mejor– de los seres humanos que produce nuestra época. Más saludable para el ego y el propio bienestar mental, sostienen ellos; y yo, que soy de los que en la infancia nos hablaban de la «obligación de ganarse el cielo», añado el bienestar moral al mental.
La Fundación Cassià Just (FCJ) tiene una actividad muy clara: proporcionar trabajo a personas especialmente frágiles que en otros tiempos solían permanecer marginados, aislados en casa, entretenidos en centros ocupacionales paternalistas haciendo una actividad manual repetitiva, muchos de ellos anestesiados y ofuscados a base de medicación, y algunos incluso encerrados en terribles manicomios.
En la FCJ se les proporciona trabajo y un acompañamiento, de manera que puedan llevar una vida razonablemente buena o, al menos, tan buena o no tan mala como la que nos es dado vivir al resto de los frágiles mortales.
La principal dificultad para una empresa de estas características es obviamente la rentabilidad. Conseguir que pueda sostenerse por sí misma, por su propia actividad. Pronto descubrí, sin embargo, que este reto de acometividad, en vez de ser un lastre, puede ser también un estímulo, pues requiere más responsabilidad, más compartir, más pensar como grupo, más «romperse la mollera», más dejar de escuchar las propias elucubraciones, más esforzarse en entender el mundo que nos rodea, y todo ello exigiendo de cada uno de los trabajadores, con especial fragilidad o no, patronos o encargados, el máximo de sus posibilidades y deseo.
Si además se consigue que las relaciones laborales tengan una base humanista, porque se construyen sobre la base de las personas, quizá podamos también soñar, como lo hacemos nosotros, en el ideal de subvertir el penoso precepto sagrado del nuevo capitalismo según el cual un trabajador es un eslabón más del proceso productivo, una mercancía, y no precisamente la mercancía más valorada, ¡sino la más molesta!
La convicción de que no estamos solos y de que hay que avanzar acompañándonos, buscando sentido y provecho a lo que hacemos, fue, finalmente, lo que más me sedujo de la FCJ. Especialmente porque no tardaría en descubrir que los trabajadores para los que se creó la FCJ no eran las únicas personas frágiles, puesto que también lo éramos el resto del equipo; y que acaso el mito de la sociedad de los iguales solo parece razonable si se aceptan estas diferencias entre semejantes, cosa que quedaba perfectamente reflejada en las reuniones de patronos a las que yo acudía, donde creencias, gustos, vidas e ideas, siendo completamente disidentas, incluso enfrentadas, eran capaces de encontrarse, tomar decisiones y
