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Literaturas italiana y española frente a frente
Literaturas italiana y española frente a frente
Literaturas italiana y española frente a frente
Libro electrónico580 páginas7 horasEstudios italianos

Literaturas italiana y española frente a frente

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"Literaturas italiana y española frente a frente" representa una suma del recorrido de Joaquín Arce a través de sus estudios de literatura comparada italo-española, y no una simple recopilación de trabajos anteriores. El autor hizo, en efecto, una operación mucho más profunda, rescatando, actualizando o en algunos casos traduciendo al español artículos y contribuciones aparecidos en distintos medios lo largo de más de veinte años de investigación, aquí reunidos, junto con algunos inéditos, en un marco que confiere a dicho material aparentemente heterogéneo una coherencia cronológica y temática. Más allá del título, que parece remitir a cuestiones de naturaleza exclusivamente literaria, la atención hacia el aspecto lingüístico está constantemente presente. Los capítulos en los que se articula el texto abordan temas imprescindibles para establecer una comparación entre las tradiciones literarias de los dos países, a través de la obra de autores tan destacados como Dante, Petrarca, Boccaccio, Sannazaro, Lope de Vega, Parini, Quintana, Leopardi o Montale, entre otros. El volumen fue publicado póstumo en 1982, a tan solo pocos meses del prematuro fallecimiento de su autor. El sentido de esta reedición es, por lo tanto, además de una suerte de herencia científica que queremos mantener viva, también un sentido homenaje a uno de los padres fundadores de los estudios de Filología Italiana en España.
IdiomaEspañol
EditorialAthenaica Ediciones
Fecha de lanzamiento11 nov 2015
ISBN9788416230556
Literaturas italiana y española frente a frente
Autor

Joaquín Arce Fernández

Joaquín Arce Fernández nació en Gijón. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Oviedo (donde obtuvo el premio extraordinario de fin de carrera) y en Madrid, donde tuvo como maestros a Dámaso Alonso y Rafael Lapesa. Entre 1948 y 1956 trabajó como lector de español en las universidades de Bolonia, Florencia y Cagliari, donde pudo adquirir el profundo conocimiento de la lengua, la literatura y cultura italianas que se refleja en todos sus escritos, empezando por su tesis doctoral (premio Menéndez Pelayo en 1956), posteriormente remodelada en el volumen de 1960 España en Cerdeña. A partir de 1962, y hasta su prematuro fallecimiento, desempeñó su labor docente e investigadora como Catedrático de Lengua y Literatura Italianas en la Universidad Complutense. Dentro de su extensa y rigurosa producción científica destacan sus traducciones (de Miguel Ángel y Montale, entre otros), sus estudios sobre la literatura española del siglo XVIII (La poesía del Siglo ilustrado, 1981) y, sobre todo, sus investigaciones sobre las relaciones culturales y literatura comparada ítalo-española, entre las que destaca, justamente, Literaturas italiana y española frente a frente, de 1982. Dedicó parte de su investigación también a cuestiones lingüísticas y al análisis contrastivo de italiano y español. Fue el primero y más grande maestro y cultivador de los estudios de lengua y literatura italianas en España.

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    Vista previa del libro

    Literaturas italiana y española frente a frente - Joaquín Arce Fernández

    Portada

    ESTUDIOS ITALIANOS

    Directores del Consejo

    Paola Capponi

    Universidad Pablo de Olavide, Sevilla

    Paolo Silvestri

    Universidad de Sevilla

    Consejo editorial

    Gian Luigi Beccaria

    Università di Torino

    José Antonio Pascual Rodríguez

    Real Academia Española

    Margarita Borreguero Zuloaga

    Universidad Complutense de Madrid

    Cesáreo Calvo Rigual

    Universitat de València

    Mariapia Lamberti

    Universidad Nacional Autónoma de México

    Elisabetta Paltrinieri

    Università di Torino

    Prólogo

    Inauguramos la sección de Estudios Italianos de la editorial Athenaica con un volumen que representa una suma del recorrido de Joaquín Arce a través de sus estudios de literatura comparada ítalo-española. La génesis del texto, como se explica en la Advertencia preliminar, trasciende la simple recopilación de trabajos anteriores, y adquiere un sentido teórico y estructural más hondo. El autor rescata, actualiza o, en algunos casos, traduce al español artículos y contribuciones aparecidos en distintos medios lo largo de más de veinte años de investigación y aquí los reúne, junto con algunos inéditos, en un marco que confiere a dicho material aparentemente heterogéneo coherencia cronológica y temática.

    Aunque en las últimas décadas los enfoques del análisis filológico se hayan multiplicado y hayan seguido nuevos derroteros, a nuestro parecer la investigación de Arce sigue manteniendo inalterado su inestimable valor, porque refleja no solamente su incuestionable sabiduría, sino también sus profundos conocimientos de dos culturas más diferentes de lo que podría parecer. Leyendo sus páginas se percibe justamente su afán de desmontar el tópico pertinaz que ha querido y sigue queriendo poner de manifiesto las afinidades entre la cultura, la lengua y la literatura de Italia y de España, en detrimento de sus peculiaridades e idiosincrasias, que son el resultado de sus bien distintas historias. Su objetivo, absolutamente logrado bajo nuestro punto de vista, es por lo tanto el de ofrecer al lector un trabajo que recoja «experiencias de relaciones socio-culturales y lingüístico-literarias entre dos países, hermanados, oficial y tópicamente, por una propaganda vacía o interpretación superficial, pero que responden a dos concepciones muy distintas de la historia, de la vida, de la cultura» («Advertencia»).

    Hay que subrayar que, más allá del título del volumen, que parece remitir a cuestiones de naturaleza exclusivamente literaria, la atención hacia el aspecto lingüístico está constantemente presente, empezando por uno de los dos capítulos introductorios, titulado «Italiano y español: confrontación lingüística», que podríamos definir como un embrión del enfoque de análisis contrastivo entre los dos idiomas que posteriormente tanta fortuna ha tenido en la investigación y en la práctica didáctica. Es una atención que refleja su solidísima competencia, debida también a los muchos años transcurridos como lector de español en varias universidades italianas, así como su sensibilidad a la hora de abordar la cuestión lingüística, tanto en su faceta comunicativa como en sus implicaciones textuales, especialmente las relacionadas con la traducción y con la «métrica contrastiva».

    Los capítulos en los que se articula el volumen abordan temas y autores imprescindibles para establecer una comparación entre las tradiciones literarias de los dos países, empezando, como no podía ser de otra manera, por las Tre Corone, Dante, Petrarca y Boccaccio, sin olvidar a Sannazaro, que tanta influencia ejercieron en la literatura española, sobre todo en el ámbito poético. La pauta cronológica en la que se articula el texto se acerca, además, a muchas otras cuestiones emblemáticas, entre otras la influencia de Boccaccio en Lope de Vega, la encrucijada entre Italia y España simbólicamente representada por Cristóbal Colón, el análisis comparado de las obras de los poetas ilustrados Parini y Quintana, las manifestaciones literarias del romanticismo italiano y español y, naturalmente, las dos cumbres de la prosa y la poesía italianas del siglo XIX, representadas respectivamente por Manzoni y Leopardi y aquí analizadas en sus influencias en las letras españolas.

    No hay, sin embargo, espacio solamente para los grandes nombres de la historia literaria y Arce desvía en ocasiones su inteligente mirada hacia otras direcciones no menos interesantes, que son también el reflejo más o menos directo de su recorrido formativo. Los años transcurridos en Cagliari, donde por cierto elaboró su tesis doctoral (premio Menéndez Pelayo en 1956), posteriormente remodelada en el volumen de 1960 España en Cerdeña, le permiten hablar con conocimiento de causa de la influencia de la lengua y la cultura españolas en la isla italiana. Su magisterio docente, desempeñado, después de la experiencia en Italia, en la Universidad Complutense de Madrid, contribuye quizás a hacerle rescatar la figura de Salvatore Costanzo, intelectual y periodista siciliano afincado en Madrid, interesante intermediario entre las dos culturas y autor de una gramática para la enseñanza del italiano a hispanohablantes. Y, para concluir este mínimo recorrido temático, la sólida experiencia de Arce en el ámbito de la traducción le permite hablar con minucia y sensibilidad de los problemas relacionados con esta fascinante y compleja tarea, retomando uno de los poetas que más amó, Eugenio Montale.

    Literaturas italiana y española frente a frente fue publicado póstumamente en 1982, tan solo pocos meses después del prematuro fallecimiento de su autor. El sentido de esta reedición es, por lo tanto, además de una suerte de herencia científica que queremos mantener viva, también un sentido homenaje a uno de los padres fundadores de los estudios de Filología Italiana en España.

    Paola Capponi

    Paolo Silvestri

    A mi mujer y a mis hijos,

    que me recuperaron a la vida

    y a la ilusión de ultimar este libro,

    a punto de quedar truncado para siempre.

    I. VISIÓN DE CONJUNTO

    Advertencia preliminar

    No trato con la presente obra, fruto de larga elaboración que abarca un par de decenios, ofrecer en su conjunto un material completamente virgen en la concepción de su autor, pero tampoco hacer una síntesis o recopilación de algunos trabajos precedentes. Lo que sí pretendo es sacar del olvido, rescatar a la luz una serie de artículos que se hallaban, algunos de ellos, desperdigados por raras revistas, otros perdidos en olvidadas actas de congresos, y muchos aparecidos, y nunca traducidos, en lengua italiana. Por una parte, pues, aunque sean varios los capítulos que no se imprimen ahora por vez primera, sí se presentan ahora en sus resultados, por primera vez en español, en publicación accesible, enteramente revisados o puestos al día y enfocados a otro objetivo. Las partes necesarias para lograr la nueva visión integral en un buscado y contrabalanceado paralelismo, han sido escritas, por entero, para el presente volumen, como emblemáticamente se presentan, a título de ejemplo, los capítulos de apertura y de cierre.

    El volumen, por tanto, resulta en su totalidad enteramente innovado, con partes o apartados que tienden a equilibrarse —panoramas globales, figuras y tierras de transmisión intercultural, exposición diacrónica selectiva de intercambios e influjos que abarcan desde Dante y Petrarca por un lado, a Machado y Jorge Guillén por otro—, haciendo que a un problema, encuadrado desde una de las perspectivas, siga otro proyectado desde la perspectiva contraria, en un contrapeso de afinidades, contrastes y recíprocos esclarecimientos.

    Por ello son pocas las páginas de previa redacción originaria que mantienen su composición inicial, ya que todo está reestructurado en función del conjunto, aunándose en unos casos lo que estaba en origen separado, o desligándose en otros lo que había respondido a otra finalidad unitaria.

    Ni que decir tiene que no aparecen citados los artículos cuya aportación sustancial ha sido ahora aprovechada íntegramente y que quedan, por tanto, con la presente redacción ya superados. Sí están, naturalmente, reseñados en nota, tanto los artículos como los libros propios que sólo han sido ahora tenidos en cuenta ocasionalmente.

    Espero así haber ofrecido un tipo de libro no frecuente, que recoge experiencias de relaciones socio-culturales y lingüístico-literarias entre dos países, hermanados, oficial y tópicamente, por una propaganda vacía o interpretación superficial, pero que responden a dos concepciones muy distintas de la historia, de la vida, de la cultura. Poner de relieve en qué divergen y qué les distingue por un lado, sin olvidar, por otro, la fecunda deuda mutua que han contraído en la formación de su doble personalidad cultural y literaria, es el objetivo fundamental de este libro. Libro que representa, además y al mismo tiempo, un homenaje de afecto y admiración a dos pueblos tan entrañablemente unidos en su visceral atracción de simpatía, tan hondamente contrastantes —no obstante, sus recíprocas aportaciones, influencias e interferencias— en las manifestaciones más profundas de su radical modo de ser.

    I. Literatura española y literatura italiana frente a frente

    España, Italia: dos pueblos, dos culturas, dos literaturas. ¡Cuánta historia común, cuántas conexiones, encuentros, interferencias! Y, sin embargo, por encima o por debajo de tantos contactos, de tanto paralelismo histórico, qué radicales y profundas diferencias.

    La simpatía recíproca entre ambos pueblos es inmediata, tumultuosa. Ello es innegable. Pero quizá nunca se ha examinado a fondo que tal atracción es debida mucho más que a identidades discutibles, al hecho de que ambos pueblos se sienten instintivamente complementarios, de que encuentren en el otro lo que se echan en falta a sí mismos. Se han confundido unas estructuras superficiales, que presentan, sin duda, afinidades tan engañosas como evidentes, y por eso recíprocamente atractivas, con realidades profundas que abiertamente divergen.

    En sus modos de vida, de comportamiento, italianos y españoles son muy distintos. Claro es que de cualquier otra entidad o pueblo, se puede decir lo mismo. Lo significativo es que las distinciones, si existen, se verifiquen en un ámbito de materias semejantes y respondan a una base común.

    Si merece la pena insistir precisamente entre estas dos culturas literarias, la española y la italiana, es porque creo que se ha exagerado el tópico de la hermandad, del parecido; pero ni su historia ni sus manifestaciones vitales o artísticas ni su psicología actúan siempre en sentido paralelo. Los juicios de contraste en este caso, precisamente por esa presunta y discutibilísima afinidad en la estructura profunda, resultan más válidos, más efectivos y definitorios. Sólo lo afín adquiere sentido comparable, ya que lo que se contrapone ofrece de suyo su propia radicalidad diferencial.

    Para las notorias y hasta extremadas distinciones entre lo español y lo italiano basta pensar, tanto en lo más espontáneo vitalmente —los dispares hábitos gastronómicos, por ejemplo— como en lo más refinado de sus artes respectivas: el mundo de la música, las manifestaciones de las artes plásticas (el distinto alcance en ambos países de la arquitectura gótica —entre los centenares de iglesias que hay en Roma parece ser que puramente gótica sólo es una—, del puro arte renacentista, del barroco, de la escultura como forma de expresión, de la pintura, la de un Rafael o Leonardo y la de un Greco o Goya…).

    En todo caso, estas generalidades pecan siempre, inevitablemente, de superficialidad. Por ello debemos centramos en una manifestación artística específica como puede ser la literatura. Mi propósito es intentar demostrar que en sus orígenes, en su desarrollo, en sus predilecciones, en sus distintos niveles de significantes y significados, ambas literaturas se presentan como entidades radicalmente diferenciadas.

    La preocupación por buscar rasgos distintivos a la propia literatura ha sido dominante en la historiografía española. Y en esos caracteres primordiales, tantas veces señalados, vamos a apoyarnos para deducir, por contraste, que la literatura italiana se presenta y se conforma de manera muy distinta —y hasta opuesta en muchos casos— a la española. Lo cual lleva consigo obviamente la pretensión de ahondar en las peculiaridades nacionales, si es que se admite su existencia, que se manifiestan con mayor intensidad en la lengua y la literatura¹.

    La actitud abiertamente contrapuesta, propia de la cultura crociana italiana de la primera mitad del siglo, está contundentemente reflejada en la respuesta de Croce al crítico de arte Lionello Venturi. Cuando éste le preguntó sobre la posición que correspondía a Italia en las artes figurativas, el gran teórico de la estética le respondió que tal «posición» debe ser examinada pero negada, al igual que ocurre en la historia de la poesía. En efecto —afirma—,

    c’è bensí una geografia d’Italia, e magari una politica o una cultura o un costume italiani, ma non già, a parlar con rigore, una poesia e una pittura italiana, essendo l’arte in quanto arte sempre individuale e sempre universale, e perciò sempre sopranazionale².

    Naturalmente, no es mi intención plantearme el problema de si hay rasgos caracterizadores de un arte nacional ni si tal posibilidad se presenta dada la universalidad del arte. Pero un hecho es indiscutible: dos literaturas diferentes, en cuanto productos históricos desarrollados en el tiempo, ofrecerán en un momento determinado convergencias o divergencias, simpatías o repulsiones, parecidos o desemejanzas, que constituyen elementos culturales sincrónica y diacrónicamente diferenciados. Y el conjunto de tales preferencias o rechazos puede ser objetivamente examinado, constatado, sin tener por qué llegar a ninguna conclusión que presuponga caracterizaciones, prioridades o juicios de valor.

    Expongamos primeramente, para la ordenación expositiva, los distintos modos de manifestarse lo que puede entenderse por una actividad literaria nacional. Una historia de la literatura se delimita exteriormente entre unos límites temporales y dentro de unos confines espaciales, configurándose además con un instrumento lingüístico. Interiormente la caracteriza no sólo la reacción social que ejerce ante su público, sino también sus rechazos o predilecciones temáticas, y hasta las prioridades que adquieren, a veces con reiteración, formas, estructuras y hasta géneros. Limitémonos, pues, a establecer, en esos cinco apartados (tiempo, espacio, lengua, sociedad, contenidos y formas), constantes y preferencias de ambas entidades literarias.

    Se ha convertido en un lugar común de los orígenes de la literatura italiana tratar de su bien conocido ritardo, es decir, del retraso en su aparición. Pero, aparte del hecho de que el argumento si puede ser válido para las manifestaciones literarias, no lo es ya tanto para las lingüísticas, es problema que en este lugar no nos afecta demasiado. Me ceñiré, resumiéndola, a la opinión de A. Viscardi sobre las explicaciones, no muy satisfactorias, dadas a las causas de estas tarde origini, en las que influyen ciertamente factores de civilización y cultura; acéptese, entonces, la realidad de que la literatura italiana empieza un siglo después de la literatura francesa y de la literatura provenzal, pero sin ulteriores motivaciones, ya que «è fatto che non impone il quesito di un perché, che sembra del tutto illegittimo e anzi arbitrario»³.

    Lo que sí me parece, en cambio, destacable, desde un punto de vista comparativo —y sorprende que no se insista en ello demasiado—, es la casi instantánea sazón de esa incipiente literatura, la repentina madurez que logra, lo cual supone un abierto contraste con la literatura de los españoles en la época de su formación. Pensar que a cuarenta años de la fecha del primer documento literario italiano (Cantico di Frate Sole, de S. Francisco) nazca ya la más grande figura de toda la literatura nacional parece increíble. Pensar que hacia mil doscientos treinta y tantos ya existiera como autónoma creación la forma del soneto, quizá la estructura métrica de más alcance en la literatura universal, por obra y gracia de ese semidesconocido fuera de Italia, Iacopo da Lentini, es para llenar de estupor. Analícese, por contra, el soberano esfuerzo de adaptación y de incorporación del soneto en la poesía castellana dos y tres siglos después, para no aludir a las otras bien conocidas estructuras métricas.

    Y frente a esa casi repentina floración de formas y hasta de consumada técnica ya en las primicias en volgare, merece destacarse la conocida teoría de Menéndez Pidal aplicada a nuestra literatura, la «de los frutos tardíos»: «Frutos tardíos, de ramas literarias ya estériles y secas en el resto de Europa, son las más fecundas actividades de nuestro Siglo de Oro»⁴: los libros de caballería, el romancero, la mística, los autos religiosos, el drama del honor, etc. Y a lo tardío del fruto se acompaña la lenta maduración, con esa persistencia a veces de los temas en ciclos épicos o históricos. Al esfuerzo en la imitación del endecasílabo —y eso que nos limitamos a su fiel traslado— podrían aducirse tantos otros ejemplos, como el intempestivo triunfo de nuestro romanticismo, cuando está casi fuera de sazón en otros lugares, o con que nuestro más puro lírico romántico, Bécquer, haya nacido nada menos que en 1836, un año antes de la muerte de Leopardi y un año después del nacimiento de Carducci.

    Por no ser de suyo bien significativos a nuestro objeto, no entraré en las consideraciones a que da lugar la exposición en ambas literaturas de su contorno geográfico-vital: la existencia en nuestra península de nacionalidades literarias autónomas, el desbordamiento del castellano como lengua de otras naciones ultramarinas, la intermitente presencia de la literatura dialectal en Italia, el italiano extrapeninsular o extrainsular del cantón Ticino y de algunos valles suizos, o el de algunos dialectos de Córcega, los enclaves en el espacio geográfico italiano, aunque de escasa importancia, de otras lenguas (alemán, esloveno, albanés, griego, catalán), aparte del sardo y del retorrománico. En todo caso, las repercusiones de esta situación socio-espacial encuentran enfoque más adecuado al tratar más adelante del instrumento lingüístico y de la relación entre la literatura y su público.

    La consideración de las lenguas nacionales de Italia y de España en relación con su peculiar producción literaria ofrece contrastes singularísimos. Menciono tan sólo el añejo y secular problema conocido entre los italianos como la questione della lingua, es decir, el problema, por un lado, de las discusiones sobre si debiera haberse aceptado como lengua escrita el latín o el volgare italiano, y, por otro, el de cuál debiera ser la norma de la lengua nacional con su nombre más adecuado. Frente a la situación española hasta el Siglo de Oro, ahí está la producción latina de Dante, el fecundo prehumanismo de Petrarca, que sólo escribió en italiano su Canzionere y sus Trionfi, la gran cantidad de obras en latín de Boccaccio, toda la serie de filólogos y filósofos humanistas italianos del siglo XV; e incluso, a lo largo del siglo XVI, surgen todavía teóricos apoyos al latín, pero ya más entonces como estudio que como preferente cultivo.

    Desde el punto de vista español, no resulta fácilmente comprensible que sea difícil tratar la historia de la lengua de Italia, sin tener en cuenta esas seculares disputas lingüísticas, todavía vivas a fines del siglo XIX, sobre si la propia lengua deba ser llamada «florentina», o «toscana», o «italiana», o incluso «cortesana» o «común». Y ello ha sido consecuencia, tanto de su forma de constituirse lingüísticamente, como del lento proceso de la unificación italiana por la carencia de unidad política. Resulta así una lengua que es, por su estructura gramatical, florentina o toscana si se quiere, pero italiana, por su variado léxico de distintas procedencias regionales. Lengua, en fin de cuentas, de origen literario, que se forja por el prestigio de los tres grandes escritores del Trecento, Dante, Petrarca y Boccaccio. Nada que ver, en cambio, ni en su formación ni en su desarrollo, con aquel castellano hablado de la parte central de España, que se extiende con la Reconquista, y se convierte en lengua literaria, es más, en lengua nacional, y que ya desde fines del siglo XV, al comprender prácticamente toda la producción literaria hispánica, puede ser llamado indistintamente español.

    Este carácter del italiano, nacido de y para la literatura, comporta, por otro lado, su notable distancia entre lengua hablada y lengua escrita. La riqueza dialectal de Italia, tanto en sentido horizontal o territorial como en su estratificación vertical o social, es patrimonio cultural indudable. Pero ha significado, por otra parte, que a fines del siglo pasado, cuando la unificación, el 80% de la población italiana fuese ajena a la lengua escrita y que apenas un 2,5% fueran italófonos. Es nada menos que Alessandro Manzoni quien, en carta particular a Fauriel, de 9 de febrero de 1806, se expresa de este modo:

    Per nostra sventura, lo stato dell’Italia divisa in frammenti, la pigrizia e l’ignoranza quasi generale hanno posto tanta distanza tra la lingua scritta e la parlata che questa può dirsi quasi come lingua morta.

    Ligado al hecho de una lengua forjada por el prestigio literario de grandes creadores está el de su sorprendente continuidad y estaticidad, el de su conservadurismo. Su evolución ha sido casi nula, hasta el punto de que puede afirmarse, sin exagerar, que el lenguaje poético de Petrarca es el mismo de Carducci, un italiano de mediana cultura puede leer a ambos con idéntica facilidad o dificultad, lo que supondría comparar, dentro de la literatura española, salvando equivalente distancia temporal, la lengua del Arcipreste de Hita, con la de Bécquer o Núñez de Arce. Y si se quiere extremar la comparación, confróntese la dificultad de lectura, para un italiano o español de hoy, entre la Divina Comedia y el Poema del Mio Cid. Esa es la longevità y letterarietà que, como rasgos característicos del italiano, señala Migliorini⁵.

    Pasando a la función social de ambas literaturas, las diferencias son tan notables, que merecerá la pena aducir testimonios muy reveladores. Por un lado, la característica hispana, puesta tan de relieve por Menéndez Pidal, sobre la unión entre nosotros de vida y literatura, la mayor uniformidad de gustos entre escritor y público, el popularismo o arte de mayorías —que desemboca en el colectivismo y abundante anonimia, a veces hasta de obras importantes—; analícese, por el otro lado, esta poco conocida afirmación de un italiano decimonónico en un libro cuyo título es ya de suyo hasta harto aclaratorio⁶:

    Il primo fatto appunto, a cui bisogna attendere, è questo. I libri italiani hanno in Italia un molto minor numero di lettori che i francesi in Francia, i tedeschi in Germania, e gl’inglesi in Inghilterra… E non già che in Italia si legga assolutamente meno che altrove; si leggono meno i libri nostri…

    Fenómeno, como se ve, incluso de época reciente, pero patente sobre todo en la literatura de los orígenes en cuanto a la calidad o cantidad del público receptor. La configuración política y social de Italia, cuando ya las literaturas romances están formadas en el siglo XIII, es tan distinta de la española, que sería largo entrar en este género de consideraciones. Lo importante aquí, y ello ha sido ya estudiado⁷, es constatar cómo la vida política y mercantil se desarrolló en Italia en núcleos urbanos independientes, lo que da lugar a una colectividad seglar más instruida y más práctica a un tiempo, sin que se contradiga este espíritu práctico con la propedéutica retórica, a la que estaban tan habituados, que influye en la literatura volgare. Lo que importa señalar es la relación de esa literatura con el público. Una escuela poética, como la del Stilnovo, es en realidad para iniciados, para cuori gentili. El refinado aristocratismo intelectual de Petrarca y su distanciamiento del estrato vulgar queda bien de manifiesto en un endecasílabo de su soneto 234:

    e’l vulgo a me nemico et odioso

    Y resulta en extremo clarificador, a estos efectos, un recurso estilístico de Dante, ya por mí analizado con otro objeto en ocasión distinta, las apelaciones o apostrofes a la persona que está leyendo la obra. En una época como la Edad Media, en que la colectividad a que se destina el poema no son ya eventuales lectores, sino un público oyente, Dante, en la Divina Comedia, se dirige a un lector concreto, estableciendo una relación auténticamente original y personalizada, que es una prueba más de la diferencia de comportamiento entre nuestras dos literaturas⁸.

    Esta escasez o carencia de sentido colectivo y popular, en los orígenes de la literatura italiana, en gran parte literatura de arte y obra de jueces, notarios o expertos en las artes dictandi, no ha dejado de ser notada por sus críticos más sensibles, de quienes puedo aducir juicios contundentes y definitorios. Véanse dos de ellos:

    Assai scarsi sono i documenti volgari, i quali siano testimonianza del popolo italiano nascente, nell’alto medioevo (Luigi Russo⁹).

    Italia, fulgida d’ogni arte, d’ogni scienza… e nondimeno priva di quegli attestati di vigore collettivo che non mancarono a popoli meno dotati e meno benemeriti nella civiltà… (Benedetto Croce¹⁰).

    Y es que el pueblo como tal, con su fragante y espontáneo modo de expresarse y comportarse, está en gran parte ausente de las grandes creaciones literarias de Italia. Naturalmente que no pueden olvidarse importantes aspectos narrativos del Boccaccio del Decamerón o de los novellieri, pero son siempre obras de arte refinado, áulico. Casi, casi puede afirmarse que hasta el tardío Goldoni dieciochesco no entra el lenguaje hablado en el filón de la selecta literatura italiana, que es el que la distingue y personaliza. Sin duda alguna, todo otro filón de cultura literaria, popular y dialectal, tendrá todavía que ser estudiado a fondo, pero aquí nos limitamos a los autores institucionalizados de la gran literatura de Italia. A un público o lector español, que tiene bien presente lo que en este sentido ha significado el género picaresco, le sorprende oír o comentar a veces que sólo con I promessi sposi, en el siglo pasado, entra en la novela de Italia, como personaje, el pueblo auténtico. Y es que no se tiene siempre bien presente, y ésta es otra característica individualizante de la actividad literaria italiana, que predominan en ella producciones selectivas y magistrales, que se trata de una literatura, dicho así, sin énfasis, como lo ha hecho un escritor italiano, de obras maestras; es decir, más una «letteratura di capolavori che di lavori freschi…, più d’arte che di vita…, libri di letterati»¹¹. Técnica que no presupone necesariamente fecundidad inventiva, como si el esfuerzo creador se concentrase en la maestría de lo realizado, como ya se comentó en la misma Italia a mediados del siglo pasado:

    I nostri scrittori sono i meno inventivi del mondo, e forse per questo appunto i maggiori (Vittorio Imbriani, 1840-1886)¹².

    Es natural que de preferencias temáticas o argumentales no se pueda hablar con excesivo rigor. Más bien, habría que referirse a actitudes o comportamientos generales en el modo de abordar la materia tratada. Es en este sentido bien conocida la opinión de Menéndez Pidal sobre la austeridad moral en nuestra literatura como «rasgo fisonómico de los más persistentes a través de todos los tiempos». En oposición precisamente a la literatura italiana destaca «los asuntos de festiva escabrosidad» en que sobresale el Decamerón contraponiendo, como coetáneos y antitéticos, a Boccaccio y don Juan Manuel, y recordando otras obras hispanas saturadas de intención ética, con la conocida frase cervantina de que antes se cortaría la mano que inducir con la pluma a un mal pensamiento. Asimismo, frente al tratamiento en broma del tema de la casada infiel y del engañado marido, se presenta en general el adúltero en nuestra literatura como tema trágico. En este sentido, sin embargo, don Ramón exagera olvidando la infinidad de epigramas sobre los cornudos en los que son maestros Quevedo y los líricos del XVIII.

    Y aun siendo bien cierto que una figura como el Aretino no se encuentra entre nuestros autores más significativos, no habría que confundir realidades literarias con restricciones inquisitoriales o sociales del ambiente receptor. Un lector español, de hoy, está ya acostumbrado a ver circular libremente un libro como La lozana andaluza o a que se hayan reimpreso los versos, casi clandestinos, del Arte de las putas, de Nicolás F. de Moratín, o los cuentos verdes de Samaniego, lo que no obsta, en efecto, para que escandalizara el que fueran públicos en otras épocas.

    Ni es en el fondo discutible, sin sacar las cosas de quicio, nuestra parquedad en lo maravilloso y fantástico, sobre todo, si tenemos en cuenta en la épica fabulosa de Italia un poema que desborda lo sobrenatural ficticio en los límites del tiempo, del espacio o de los seres que lo habitan, como el exuberante Orlando furioso de Ariosto. Lo cual contrasta, en efecto, con el tratamiento épico de lo histórico, con toda esa poesía historial española ante los hechos de la Reconquista o de la conquista americana.

    Mucho más significativa me parece, sin embargo, la presencia de Italia, entre sus grandes libros en prosa, de autores no específicamente «literatos», sin paralelo a ese nivel de calidad literaria, con los de nuestra nación. Me refiero a la existencia de una prosa política, científica o filosófica, que no cuenta en España entre lo más privilegiado de sus creaciones. Autores como Maquiavelo, Galileo, Vico —y dejamos aparte a Campanella o Giordano Bruno—, tendrían que figurar en una antología de la literatura italiana por muy selectiva que fuese. Que autores de la altura de Maquiavelo o Galileo, creadores, respectivamente, de la ciencia política y de la exposición científica, figuren entre los más grandes prosistas toscanos es circunstancia que merece relevarse.

    Y añádese a ello otra característica más, la de la autorreflexión crítica o clara conciencia creadora. Dante mismo fue el primer teorizador de las formas métricas italianas en su De vulgari eloquentia. Y la parte no versificada de su obra juvenil, La Vita nuova, no es sólo modelo de prosa poética, sino también, ejemplo de prosa expositiva en la que autocomenta sus sonetos y canciones con divisiones estructurales y argumentales¹³.

    Al final de su vida, el propio Boccaccio, desde el pulpito de una iglesia florentina, comentará públicamente los primeros cantos del Infierno dantesco, que quedaron interrumpidos con su muerte. Recuérdense además, en los estudios teóricos de retórica y poética, a los tratadistas italianos del Renacimiento. Poetas de primerísimo orden fueron al mismo tiempo críticos o expositores de doctrina filológica o literaria (Poliziano, Torquato Tasso, Ugo Foscolo, Giosuè Carducci…). Es un hecho advertible y advertido en la misma Italia:

    Esiste in Italia un’ininterrotta tradizione di pensiero critico, essendosi sempre accompagnata alla creazione di opere letterarie la riflessione sulla letteratura, la poesia, il linguaggio…: in Italia si è formata la poetica del classicismo, accolta poi nelle altre nazioni d’Europa, compendio sistematico dell’esperienza letteraria del Rinascimento…¹⁴

    Actitud teórica tendente a justificar la propia creación, que diverge abiertamente de la existencia en España de un específico tipo de ficción poética con intención crítica o satírica. Aquí se trata de juicios sobre autores u obras, insertos en obras de carácter novelesco o poemático, o que se presentan en forma amena y divulgadora. A esta línea responde el escrutinio que hicieron el Cura y el Barbero en la librería de Don Quijote; o la forma confidencial, a pesar de su didactismo, de Lope, en su Arte nuevo de hacer comedias (1609); o los enjuiciamientos irónico-satíricos del propio Cervantes en el Viaje del Parnaso (1614) o de Lope en las alabanzas de su Laurel de Apolo (1630) a los poetas contemporáneos; y podrían recordarse los distintos Cantos con catálogos de varones célebres —Canto de Turia (1564), de Gil Polo; Canto de Calíope, de la Galatea (1585), cervantina— y hasta en época más reciente, las sátiras en prosa como Los eruditos a la violeta (1772) de Cadalso, o La derrota de los pedantes (1789) de Leandro F. de Moratín.

    Sobre la extremosidad hispánica frente al equilibrio itálico hay materia para un largo ensayo que podría pecar, como alguno de los aspectos reseñados, de genérico y superficial. Bástenos aquí las agudas observaciones de Dámaso Alonso, por un lado, y de Gianfranco Contini, por otro. En su ensayo sobre Escila y Caribdis de la literatura española, el crítico español se opone a la visión tradicional de nuestra cultura literaria, como localista y popularista, ya que «la corriente idealista y culta es casi tan persistente, rica y extremada, como la popular realista». Y lo que es más bien normal es que ambos extremos se den juntos:

    Este dualismo, esta constante yuxtaposición de elementos contrarios en la literatura de España, tendría aún una nota distintiva más: la terrible exageración de las dos posiciones… Y es probablemente también esta tremenda dualidad lo que da su encanto agrio, extraño y virginal a la cultura española…

    Idea que reaparece en otro estudio sobre un poeta tan visceralmente enraizado en su tierra como Lorca, que empieza así: «Salió España más agria y más suya, más cerrada, más trágica, más obsesionante que las otras naciones»¹⁵.

    Como mera constatación anecdótica y paradójica recuerdo, por mi parte, que, frente a tal actitud, no sólo el nombre de la gran primera escuela poética italiana fue un «dolce stil nuovo», sino que el adjetivo dolce, tanto en la lírica de Petrarca, como en la de Poliziano, es el más abundante cuantitativamente después de bello.

    Cuando Contini, en cambio, pretende caracterizar la lengua de Petrarca —que representa la norma y el modelo institucionalizado de la lírica italiana posterior— frente a la de Dante, advierte que, en éste, el hecho lingüístico tiende a establecerse en dos polos; Petrarca, en cambio, «se ne distanzia equamente verso il centro» con una lengua que es la actual porque «egli si è chiuso in un giro di inevitabili oggetti eterni sottratti alla mutabilità della storia»¹⁶.

    El carácter de una literatura, como la toscana, más volcada al reflexivo pensamiento crítico, político o filosófico, no se contradice con el hecho del reconocimiento de sus primarios valores formales. Fue casi un tópico de los escritores italianos y españoles del Renacimiento contraponer esa reconocida riqueza retórico-ornamental y esa mayor densidad de la cultura toscana con las ingeniosidades e inferioridad intelectual y formal de la nuestra. Como resumen de la cuestión podría citarse el polémico título de un conocido ensayo de Benedetto Croce, La protesta della cultura italiana contro la barbarie spagnuola (1894)¹⁷. Y son bien conocidos dos famosos octosílabos de Tirso de Molina, en La fingida Arcadia, que sintetizan la contraposición entre lo formal y lo conceptuoso:

    Italia todo es hablar,

    España todo es conceto.

    También Gracián en El criticón destaca la fama de los italianos como escritores y su mayor atención a las letras y la cultura. Critilo afirma, por un lado, que «están hoy en tanta reputación las plumas italianas como las espadas españolas» (I, crisi VIII); y, por otro, a la pregunta de Andrenio, «¿qué os ha parecido de la cultura Italia?», responde:

    Vos lo habéis dicho en esa palabra, culta, que es lo mismo que aliñada, cortesana, política y discreta, la perfecta de todas las maneras (I, crisi IX).

    De las valoraciones referentes a lo que más bien afecta al plano del contenido pasemos a las disonancias que ambas culturas literarias presentan en el plano de la forma, entendida en su más amplio sentido. Ya he tratado de la lengua literaria en sus repercusiones sociales. Pero no me he referido al lenguaje poético en sí, en su peculiar artificiosidad. En el capítulo siguiente expondré algunos ejemplos indicativos del esfuerzo que supuso la adaptación en nuestra lengua del endecasílabo: cuando Boscán quiere reproducir en verso secuencias de Petrarca, sus versos aumentan al no poder encerrar en los límites métricos de su endecasílabo lo que el toscano puede introducir en idéntica medida.

    Reduzco brevemente a dos características la distancia entre ambas lenguas en su función poética: la posibilidad italiana del troncamento o apócope y su capacidad de sinalefación. El español también cuenta con casos de apócope, pero son, en líneas generales, normativos, obligados. El italiano, no. Las tres sílabas de la palabra «corazón» (que son cuatro si está en final de verso) se reducen en italiano a dos, cuore, o a una, cuor. Añádase a ello lo que el más consciente de nuestros traductores clásicos en verso, Juan de Jáuregui, llamaba «las partículas que entremete a la oración»¹⁸ el italiano, es decir, formas expletivas que sirven de matización u ornamento sin ser estrictamente necesarias, como ocurre con pure, dada su variedad de valores. El poeta italiano puede elegir entre cero sílabas si la suprime, entre una sola, pur, si la apocopa, o entre dos, pure, disponibilidad inaccesible al castellano.

    Por otro lado, el toscano, en sentido estricto, carece de palabras —salvo los casos de troncamento— terminadas en consonante. Frente al español, además, sus plurales acaban en vocal. Ello explica la capacidad de sinalefación, de fusión en única sílaba de las palabras de la cadena sintagmática, por lo que en un verso italiano caben, en idéntico número de sílabas métricas, más sílabas gramaticales.

    No quiero insistir, pero sí dejar constancia una vez más, en la abismal diferencia que supone entre ambas lenguas el que el verso típico sea, de una, el complejo y armónico endecasílabo; de la otra, el vario, flexible y libre octosílabo. Lo que no obsta para que las literaturas hispánicas hayan logrado asimilar esas estructuras métricas de tal manera, que en sus momentos mejores —ejemplo máximo es el soneto— absolutamente en nada desmerecen de las de la literatura aprendida. Sigue el hecho incuestionable de todos modos que Italia es la gran abastecedora de nuestra literatura en cuanto a las formas estróficas, situación que llega hasta fines del siglo XVIII con la llamada, y muy justamente, «octavilla italiana».

    Paralela a la distancia interlingüística del metro endecasilábico/octosilábico es la de la rima consonante/asonante. Piénsese sólo en la combinación estructural que cada una de las dos lenguas ha operado con estos tres factores: romancero octosílabo rima asonántica, por un lado, y épica culta octava real rima consonántica, por otro.

    La espinosa cuestión de los géneros literarios, como convención normativa de naturaleza formal y estilística, también ha sido tenida en cuenta al destacar rasgos peculiares de nuestra literatura. Quien ha incidido concretamente en este enfoque ha sido un portugués, Fidelino de Figueiredo, que, sin proponérselo, ha logrado precisamente destacar los aspectos más llamativos en la diferenciación de nuestras dos literaturas. Como toda síntesis esquemática corre el riesgo de caer en el dogmatismo y en el simplismo, me interesa tan sólo relevar, una vez más, realidades históricas diferenciales ajenas a cualquier discusión teórica. Según Figueiredo, en nuestra literatura se da

    o predominio dos generos que idealisam a força, a lucta…: a epopêa dos odios castelhano-leoneses…; o theatro de choque entre caracteres…; a mystica…; a litteratura… que produz o donjuanismo, o quixotismo, o mysticismo…

    Y añade más adelante que la literatura castellana —frente a la gallega—

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