LA PRÁCTICA DE LA HUMILDAD
Por Papa Leon XIII
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La humildad es la mayor virtud de la vida espiritual, la virtud que abre las gracias del Sagrado Corazón de María.
de Jesús y del Corazón Inmaculado de María. Es la virtud por la que alcanzamos el Cielo. Es la virtud que Nuestro Señor la apreciaba, porque Él es el mayor instructor de la humildad: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de
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LA PRÁCTICA DE LA HUMILDAD - Papa Leon XIII
LA PRÁCTICA DE LA HUMILDAD
60 CONSEJOS PARA ADQUIRIR ESTA GRAN VIRTUD
Papa Leon XIII
image-placeholderCopyright © 2023 por Sensus Fidelium Press
Esta traducción de The Practice of Humility: 60 Counsels for Acquiring this Greatest Virtue del Papa León XIII y traducida por Dom Joseph Jerome Vaughan, O.S.B., fue publicada en 1898 (sexta edición) por Burns & Oates. El título original era The Practice of Humility: A Treatise. La edición de Sensus Fidelium Press ha sido reimpresa, con algunas revisiones en las citas. La tipografía y los cambios en esta edición son propiedad de Sensus Fidelium Press y no pueden ser reproducidos, en todo o en parte, sin permiso escrito del editor.
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser utilizada o reproducida de ninguna manera, salvo en el caso de reimpresiones en los contenidos de las reseñas, sin permiso escrito de Sensus Fidelium Press.
ISBN 978-1-962639-14-9
image-placeholderDiscite a Me quia mitis sum et humilis corde.
Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón.
Mateo —11:29
Humilibus dat gratiam.
A los humildes Él les da gracia.
—1 Pedro 5:5
Contents
Prólogo
Prefacio
INTRODUCCIÓN
Prólogo
1.PARTE I
2.PARTE II
3.VARIAS REFLEXIONES SOBRE LA HUMILDAD
4.ORACIÓN
Prólogo
image-placeholderEl mayor ejemplo de humildad es nuestro Señor Jesucristo mismo. El verdadero fundamento de la humildad se encuentra, por tanto, en el ejemplo del mismo Dios, hecho hombre. La humildad es tan importante para el hombre, que la majestad divina quiso recomendarla también con su ejemplo. El hombre orgulloso se habría perdido para siempre si Dios no hubiera venido a buscarlo humillándose. En efecto, el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido (Lc 19,10). El hombre se perdió por haber seguido la soberbia del tentador; por eso, ahora que ha sido encontrado, que siga la humildad del Redentor. (San Agustín, In Ioan. tr. 55, 7) El edificio espiritual del alma cristiana debe tener, por tanto, un profundo fundamento de humildad, que se asienta en la verdad de la Encarnación de Dios.
Hay más santos en el cielo que no han dado limosna; y su pobreza los justifica.
Hay más santos que no han castigado el cuerpo con la austeridad del ayuno o del cilicio, y la debilidad de su propia constitución los excusa. Hay más santos que no fueron vírgenes; porque así lo ha dispuesto su vocación. Pero en el cielo no hay santo que no haya sido humilde. ¿Echó Dios del cielo a los ángeles porque eran soberbios, y pretenderemos nosotros entrar en él si no nos mantenemos en la debida humildad? Sin humildad, dice San Pedro Damián (Sermo 45), ni la misma Virgen María con su incomparable virginidad hubiera entrado en la gloria bendita de Cristo, y debemos convencernos de esta verdad, de que sin algunas otras virtudes aún podemos salvarnos, pero no ya sin la humildad. Hay quienes piensan que pueden hacer mucho conservando en sí mismos la castidad inmaculada; y esto es realmente un hermoso friso; pero más que la virginidad, enseña el Angélico Santo Tomás (In 4 dist. 33, quaest. 3, art. 3, ad 6) que se puede estimar la humildad. Cuán pocas veces se emplea la diligencia y la cautela contra los vicios espirituales, de los cuales el primero es el orgullo, y es el peor de todos, el único que bastó para transformar al ángel en demonio" (Gaetano da Bergamo, L’umiltà del cuore).
La humildad debe formar parte de la verdad y no de la mentira
(San Agustín, De natura et gratia, 34). La práctica de la humildad debe continuar durante toda nuestra vida, ya que nunca llegamos al punto de decir que la hemos alcanzado. Por lo tanto, mientras vivamos, debemos esforzarnos por adquirir la humildad, y nunca debemos imaginar que la hemos adquirido; e incluso si la tenemos en algún grado, debemos, no obstante, para conservarla, esforzarnos por adquirirla, como si no la tuviéramos. Toda la regla de la sabiduría cristiana consiste en la humildad genuina y voluntaria. Es el fundamento de la fe. Es la raíz de todas las demás virtudes, como el orgullo es la fuente de todo pecado. La humildad es la madre, la nutricia, el apoyo y el ancla de la verdadera piedad. Todas las buenas obras no valen nada si no las asegura la humildad. El lugar más bajo en este mundo es por esta misma razón el más alto en humildad.
La humildad cristiana es un espejo de la realidad más bella que Dios creó, un espejo de la gracia. San Agustín, el
