Escucha las sombras bajo el palmar: Escucha las sombras bajo el palmar
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Mariana Osorio Gumá
Nació en La Habana, Cuba, en 1967; vivió en Chile entre 1970 y 1973. El golpe militar la llevó a exiliarse en México. Actualmente es mexicana por elección. Es psicoanalista y escritora. Ha publicado una treintena de ensayos y cuentos en revistas nacionales e internacionales. Es coautora de los libros Imaginario; Sujeto, inclusión y diferencia; y Nuevas miradas a la historia de la infancia en América Latina: entre prácticas y representaciones. Es autora de la novela para niños Las Esencias de Sabina; de la novela El Paraíso de las Moscas; y del libro de divulgación Hablemos de violencia: un monstruo de mil cabezas.
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Escucha las sombras bajo el palmar - Mariana Osorio Gumá
Los habitantes de la mansión
La frescura matinal se presta para un largo paseo por los jardines. Es el inicio del verano y todavía no se impone el agobio de los calores que obligan a mantenerse resguardado a la sombra, cerca de un ventilador o, al menos, con un abanico en mano. Dorota e Iván caminan embelesados en mirar cuanto pajarillo se posa entre las ramas de los frondosos árboles. Las majestuosas ceibas cubren con su enorme sombrilla de hojas amplias zonas del camino, evitando que los rayos tropicales caigan sin piedad sobre los paseantes. De sus troncos y ramas cuelgan orquídeas floridas bien pegadas a los rincones donde la humedad se acumula. Flores rojas, amarillas y hasta negras cuelgan de las alturas como silenciosas reinas inalcanzables.
Esas horas tempranas y refrescantes del día suelen ser para Iván las más alegres: cuando su mamá no se queja porque el sudor adhiere la ropa al cuerpo, cuando el aire que se respira es menos caliente, cuando el abanico puede dejar de moverse sobre el rostro. Momentos en los que Dorota se muestra de mejor talante y ese contento pasajero lo hace sentir a él mismo especialmente vivaz.
Después de caminar entre los recovecos llenos de madreselvas y jazmines, se detienen junto a la gran fuente: ranitas y sapos mofletudos reposan en los bordes, gozando del frescor matinal y de los restos de humedad de la lluvia nocturna.
Aunque no suelen llegar hasta el fondo del terreno, pues necesitarían andar al menos media hora, desde las orillas del jardín se aprecian los semblantes de mangos, guayabos, naranjos y el platanal, los cuales forman parte del huerto de frutales de la familia Benavides. Asido de la mano de su mamá, a Iván le gusta trepar sobre la valla que separa un espacio de otro para divisar desde allí los racimos de frutas. Respira hondo, deseoso de capturar el olor irresistible de la guayaba, la dulzura del mango o la frescura de la naranja, y aunque no lo consigue, imagina que lo logró y eso abona a su alegría de la mañana.
Pero antes de la valla, mucho antes de que los jardines de ornato terminen para que den inicio los terrenos de cultivo, bajo las sombras del palmar, está el laberinto: mamá e hijo se internan por sus pasillos, ocultándose uno del otro entre risas y ecos furtivos que parecen viajar desde un tiempo lejano. Construido por el tatarabuelo Boris Gumercio, que vivió cien años antes del nacimiento de Iván, el laberinto guarda entre sus pasadizos la memoria de los recorridos, los divertimentos y la rara enfermedad del ánimo que sufría su tercera esposa, Ernestina Alondra, la cual pasó su existencia aterrorizada por los ángulos rectos. Se quedaba la mayor parte de la jornada encerrada en una habitación a oscuras o con los ojos vendados, echada en una hamaca de finísimos hilos de seda. Se distraía metiendo los dedos por los agujerillos del hilado y escuchando el rumor sin fin del ventilador de techo con tal de no encontrarse con líneas cruzadas en noventa grados. Eso ocurrió durante años hasta que un buen día, o quizá no tan bueno para el resto de la familia, se negó rotundamente a salir del dédalo tras declarar que se quedaría a vivir allí para siempre. Y así lo hizo. La visitaron médicos renombrados, curas pacientes, políticos importantes, damas de sociedad y hasta una santera recién llegada del África subsahariana para disuadirla de su absurda decisión. Sin embargo, cada vez que ella los veía acercarse, estallaba en gritos salvajes que obligaban a huir incluso a los más plantados.
Transcurrieron diez años y el día de su muerte, minutos antes de expirar, le hizo prometer a su marido que la enterraría en el centro mismo del laberinto, bajo amenaza de que, si no lo hacía, desde el más allá y por toda la eternidad se encargaría de jalarle los pies y los pocos pelos que le quedaban en el cráneo. Boris Gumercio no quiso contrariarla, sobre todo por temor a que su tenacidad, por no decir obcecación, continuara en el otro mundo y le impidiera vivir en paz el resto de sus días.
Cada vez que recorre los pasillos por cuyos muros de piedra trepan sin freno las pasionarias de flores rojas o de frutos de pulpa mocosa, Iván atisba, más allá o más acá, sombras furtivas. Ha llegado a escuchar risitas ahogadas, quejas y hasta un aullido salvaje, quizá de la mismísima Ernestina, aunque no pueda decirlo con certeza: son sensaciones imprecisas, vuelcos repentinos del corazón, una inquietud oscilante. Sin falta lo recorre un intenso escalofrío que lo obliga a detenerse. Se cuida muy bien de confesar a su mamá esas visiones: conoce la sensibilidad exacerbada de Dorota y teme su reacción de escándalo si le hace saber que alguna presencia anda cerca.
Ya está entrada la mañana cuando logran salir del embrollo de piedra y hierba, y se encaminan a tomar una merienda bajo la sombra de la vieja ceiba. Como de costumbre, Iván disfruta mirar hacia las alturas. Más allá, a un costado del camino que lleva al laberinto, se elevan las palmeras reales. A esas horas se atestan de urracas cuyo canto estridente lo contacta con los secretos del jardín: los que nadie nombra, los de figuras escurridizas y ecos inalcanzables que van y vienen por los rincones penumbrosos. Ensoñando sus propias visiones, escucha la voz de su mamá, esmerada en contarle historias de sus ancestros. Como aquélla protuberante del bisabuelo Delfino, que vivió con un tumor cerebral más de cincuenta años, haciéndolo parecer un hombre de dos cabezas. A decir de Dorota, a lo largo de las habladurías entre generaciones se contaba que a la cabeza más pequeña terminó por salirle una oreja. Era una cabeza chismosa incapaz de resistirse a la tentación de enterarse qué se decía sobre ella. Al escuchar aquel fragmento del relato, Iván suelta una risa franca que resuena entre los arbustos y choca con otros ecos lejanos e inalcanzables: los gorrioncillos que se animaron a
