Lecturas contemporáneas de tres clásicos: María, Cien años de soledad y Que viva la música
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Lecturas contemporáneas de tres clásicos - María Ximena Hoyos Mazuera
EROTISMO VELADO Y DECORO EN MARÍA DE JORGE ISAACS
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María Ximena Hoyos Mazuera
Profesora y escritora
Interesa abordar aquí la relación entre los dos personajes principales, Efraín y María, y lo que significan –dentro del lenguaje narrativo ‘isaacciano’– la metaforización de la mujer dentro de la naturaleza, la simbología de las flores, la imagen virginal de María, así como los sueños, las voces y las miradas dentro del imaginario erótico durante el siglo XIX y la particularidad de una región, en este caso, el Valle del Cauca colombiano. Para ello se elaboró un rastreo de las huellas y signos que ha dejado el escritor en su novela cumbre, tratando de explicar la simbología romántica que utilizó en su recurso estilístico narrativo para expresar el deseo sexual sin nombrar el cuerpo.
Una de las razones por las cuales en la literatura colombiana decimonónica se presentó este fenómeno de perfeccionar el discurso del decoro, se explica por la tradición cristiana de no nombrar el cuerpo en la América Española, que a su vez viene de la tradición religiosa de la iglesia en la Europa católica, en donde "el sexo debe ser nombrado con mucha prudencia, bajo el manto de un lenguaje depurado de manera que el sexo ya no pueda ser nombrado directamente" (Foucault, 1986, pp. 25-26).
Este hecho tiene un antecedente muy importante que está basado en la fuerte evangelización que hubo de parte de los españoles con los indígenas precolombinos y, posteriormente, con toda la población de la sociedad colonial. En la Nueva Granada de los siglos XVI y XVII, la sociedad barroca americana estuvo marcada por los preceptos del pecado, los miedos a Dios y la culpa.
Un cuerpo vestido es un cuerpo de virtud para cualquier habitante neogranadino de esos siglos; los blancos vestidos (hombres y especialmente mujeres) que taparan su sexualidad eran asociados con lo bueno y con Cristo, mientras que los negros, mulatos y mestizos eran asociados con el mal y el diablo por no tapar sus genitales. Esta imposición dio lugar a la creación de un discurso social en el cual el cuerpo erótico pasó de un plano social a un plano íntimo y privado, desde donde solo se podía mencionar bajo la mirada inquisitiva de la Iglesia.
Las novelas escritas durante el siglo XIX en Hispanoamérica, aunque venían cargadas de esa tradición colonial de un discurso oculto, también incluyeron nuevas estéticas que dieron pie a una retórica más abierta y fluida. En este sentido, la retórica del decoro maneja un amplio espectro de posibilidades y forman un conjunto de lugares narrativos que permitían sugerir el cuerpo erótico
(Jaramillo, 1994, p. 12). Las descripciones de la naturaleza exuberante, el vestido, el baile, las miradas, los roces del cuerpo, las voces, entre otras posibilidades, adquirieron una nueva dimensión fresca y propia.
La retórica desde la prosaica se puede entender como los intercambios sociales en la vida cotidiana a través del vestido, del lenguaje no verbal a la palabra casual, de la postura y los gestos. A la prosaica lo que le interesa es la comunicación, no como proceso de producción de efectos, sino de efectos sensibles, es decir, las formas, juegos, estilos y lenguajes que, al ponerse en contacto con el sujeto por medio de las palabras, crean una sensibilidad determinada.
La proxémica quinésica es para Mandoki (1994), la distancia que establecemos con el cuerpo con respecto a los otros. Este tipo de proxémica consiste en mirar o no al otro, situarse especialmente cerca o lejos del otro, tocarlo o no y de qué modo, sonreír o ser indiferente
(p. 157).
Es decir, es el espacio íntimo que culturalmente a todos se asigna, y permite establecer en la esfera social los grados de cercanía o de lejanía que se manejan entre las personas dependiendo de su clase, raza, religión, profesión, parentesco, entre otras.
Teniendo en cuenta estos aspectos introductorios, se presenta a continuación, los aspectos particularmente enunciados aquí para su análisis.
Mujer, erotismo y naturaleza
Algunos de los elementos del discurso del decoro, explicados por Eduardo Jaramillo Zuluaga (1994), están caracterizados en la novela María, a través de recursos estilísticos que el narrador utilizó para expresar su pasión y deseo sexual por la blanca y virginal María.
Es importante subrayar lo que significa el paisaje para el escritor romántico americano en su narrativa. En María existen dos entornos naturales donde se desarrollan diferentes escenas del texto: el jardín alrededor de la Casa de la Sierra y la selva vallecaucana. En cada uno de estos espacios utilizados como recurso poético, el autor sitúa distintos sentimientos del narrador hacia la protagonista y sus evocaciones.
En un estudio que hace el profesor italiano Rosario Assunto (1991), sobre el jardín como paisaje absoluto, este es considerado como la ordenación de un paisaje natural en un espacio cercano a la casa. La Teoría del paisaje muestra que, en una categoría estética, hay paisajes de la poesía y de la narrativa. El paisaje como entorno de una relación entre la idea y la realidad. Lo ideal es la perfección de la naturaleza, la parte real sería la ventaja para el sujeto que lo transita. Esto es lo que nos lleva a una práctica del jardín. En el jardín vemos el paisaje como una forma para la contemplación, con un fin de quehacer artístico. Promete el placer vital de encontrarse en él, el jardín se identifica con la naturaleza que lo hace ambiente de la vida y para el amor. Hay dos momentos vividos en un jardín, primero el del placer vital interesado y segundo el de goce estético desinteresado. El jardín es una realización de la idea absoluta del paisaje, concebida desde la cultura y el gusto estético. Un arquetipo de este paisaje y jardín a la vez, es el Edén de Adán y Eva. Las delicias de la floración en el jardín son recurrentes y constantes en los testimonios literarios en la tradición cristiana, dice Assunto.
Por esta razón, no es extraño que Efraín haya enmarcado a su virginal María dentro de un jardín de las delicias, lleno de flores exóticas y desconocidas por los románticos europeos. Este elemento constituye uno de los grandes aciertos de Isaacs y pone a María como una de las más bellas prosas poéticas americanas.
María continuaba siendo para conmigo solamente lo que había sido hasta entonces: aquel casto misterio que había velado nuestro amor, lo velaba aún. Apenas nos tomábamos la libertad de pasear algunas veces solos en el jardín y en el huerto (Isaacs, 2005, p. 246).
Desde el primer capítulo, el narrador va a utilizar la imagen idealizada de una niña enmarcada dentro del jardín, repetida una y otra vez a lo largo de la historia, como se puede observar en el siguiente ejemplo: María estaba bajo las enredaderas que adornaban las ventanas del aposento de mi madre
(Isaacs, 2005, p. 4).
Aunque esto no quiere decir que esa niña blanca y rubia
va a ser la única figura enmarcada en la naturaleza –porque también los personajes secundarios entran en esa marca natural–, ella si va a ser una figura determinante que está caracterizada por un lenguaje más lírico. En el caso de los otros personajes, dicho lenguaje es de un orden costumbrista, incluso hasta llegar al realismo.
Esta diferencia de órdenes lingüísticas, que se expresan en lenguajes más o menos líricos, esconde, dentro de descripciones detalladas, intenciones eróticas de Efraín hacia María. Se puede decir incluso que entre más expresiones usa Efraín para nombrarla, más velado está el deseo sexual que él siente por ella. Allí es cuando funciona la metonimia, en la sucesión de frases, expresiones y palabras donde no se nombra el cuerpo del objeto deseado, pero justamente en esa ausencia es que se expresa esa presencia de dicho deseo.
Olvidados entonces de mi viaje, retozaba ella a mi alrededor, recogiendo flores que ponía en su delantal para venir después a mostrármelas!… Para lo cual se recogía las mangas dejando ver sus brazos, sin advertir qué hermosas me parecían (Isaacs, p. 246).
Expresiones como: retozaba ella a mi alrededor
o se recogía las mangas dejando ver sus brazos
, esconden, entre la lírica y detallada descripción, el deseo imposible de enunciar, entre Efraín y María. Ella hace parte del paisaje del huerto, pues toma las flores en su delantal, para después regalárselas a él; en este gesto lee Efraín un deseo que corporiza a María.
Françoise Perus (1998), explica cómo la selva se transforma narrativamente en un medio para expresar sentimientos de felicidad o de tristeza, de melancolía o de esperanza. Ella ha demostrado que cuando Efraín está en una situación de tristeza habla de nubes grises
, y cuando está feliz nombra "las flores,
