Trasandinos
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Trasandinos - Jorge Fondebrider
Jorge Fondebrider (compilador)
Jorge Aulicino
Betina Keizman
Jorge Spíndola C.
Hernán Ronsino
Margarita Cea
Cynthia Rimsky
Gonzalo León
Diego Alfaro Palma
Trasandinos
logo_lom_alta.tifLOM PALABRA DE LA LENGUA YÁMANA QUE SIGNIFICA SOL
© LOM Ediciones
Primera edición, 2017
ISBN impreso: 978-956-00-0928-9
ISBN digital: 978-956-00-0985-2
Diseño, Composición y Diagramación
LOM Ediciones. Concha y Toro 23, Santiago
Fono: (56-2) 2 860 68 00
www.lom.cl
lom@lom.cl
5.150 km de frontera y una historia común
Estaba yo en Panguipulli –y que se me perdone por esta forma un tanto grandilocuente de comenzar–, una comuna cordillerana, ubicada a dos horas en auto de Valdivia, asistiendo a una suerte de festival artístico local que incluía música, dramatizaciones y poesía. A decir verdad, la invitada era la poeta Verónica Zondek, pero como yo estaba dando unas charlas en la Universidad Austral de Chile, ella les hizo saber de mi presencia a los organizadores para que me invitaran a leer a mí también. Cuento esto para explicar mi absoluta sorpresa cuando, ya en Panguipulli, un locutor me presentó como «poeta trasandino». Primero me costó entender que se referían a mí, porque era evidente que los trasandinos eran ellos, los chilenos. Al menos, así se los nombra en la Argentina cuando las circunstancias exigen algún sinónimo de «chileno». Terminada la lectura, mientras nos escapábamos arguyendo las dos horas que había que hacer para volver a Valdivia, se lo comenté a Verónica. «Claro, po –me dijo–, si eres trasandino. ¿Qué quieres? ¿Qué te digan francés?». Le aclaré que me bastaba con que, antes que argentino, me reconocieran porteño¹, que es la forma como nos nombramos los nativos de la ciudad de Buenos Aires (porque bonaerenses, quiero dejar en claro, son los que viven en la Provincia de Buenos Aires, que es otra cosa). Dejando de lado toda otra disquisición, ese día descubrí que una palabra que hasta entonces había tenido para mí un único uso, ahora tenía otro exactamente opuesto del que hubiera podido imaginar.
Esa noche, desde mi hotel en Valdivia, le mandé un mail a mi mujer contándole lo sucedido. «¡Y yo que pensaba que el gran poeta trasandino era Neruda!», me respondió al rato. Y, ya de vuelta en Buenos Aires, varios amigos me dijeron: «Tiene su lógica». Vino después el desconcierto cada vez que en las noticias de la televisión por cable se mencionaba al político trasandino, al artista trasandino, al equipo de fútbol trasandino, etc. Había que prestar atención al acento del que hablaba para saber de quién se hablaba. O simplemente resignarse a que, tratándose de argentinos y chilenos, trasandinos somos todos.
Ahora bien, aunque unos y otros somos trasandinos, considerando el carácter de cada uno de los pueblos, no somos iguales. La historia en común y las generalizaciones han hecho lo suyo como para que los rasgos que mutuamente nos atribuimos unos y otros se extrapolaran a toda la población, repartiéndonos los peores defectos, a saber: los argentinos somos presuntuosos, prepotentes y nos creemos la hostia (la «raja», dirían del otro lado de la cordillera), mientras que los chilenos son apocados, tímidos y, conspiradores natos, en todo ven una conspiración. De ahí se pasa a que se nos atribuya la carne y el vino tinto, y que a los vecinos chilenos se les concedan los mariscos y el vino blanco. Y se sigue repartiendo: para nosotros, los narradores, y para los chilenos, los poetas. Y para concluir con las simetrías, argentinos y chilenos nos acusamos de ladrones por habernos sustraído mutuamente porciones ínfimas de territorio, que la mala prensa considera sustantivas. Se trata siempre de lugares a los que nadie va, pero donde todos queremos izar la bandera, cantar el himno y reclamar como propios, apelando al nacionalismo, que, como bien definiera Jorge Luis Borges, es la manía de los primates. Dicho de otro modo, puras fealdades y, claro, simplificaciones. Por suerte el mundo es más complejo que esto y la verdad –aunque a muchos no les guste–, otra: casi desde el principio de nuestras respectivas historias, hemos sido pueblos complementarios y los tránsitos de uno a otro lado de la cordillera han sido en muchas ocasiones importantes, con consecuencias significativas. Quien dude de ello, no tiene más que pensar en José de San Martín cruzando los Andes para unirse con Bernardo O’Higgins y liberar a Chile de los siempre incómodos españoles. También en Domingo Faustino Sarmiento y en Juan Bautista Alberdi, o en Benjamín Vicuña Mackenna, quien de hecho fue homenajeado con un pueblo que lleva su nombre en la provincia de Córdoba. O considerar la importancia y el ejemplo de organismos vinculados a los derechos humanos en uno y otro lado de los Andes, como la Vicaría de la Solidaridad en Chile y el Equipo Argentino de Antropología Forense. Para no hablar de los muchos intelectuales, científicos y artistas que cruzaron en ambas direcciones para llevar conocimientos y consuelo a nuestros respectivos pueblos.
Corresponde, con todo, aclarar que, como en toda relación amorosa, no siempre nos hemos querido o admirado por las razones deseadas por el otro. Recuerdo acá que el prestigioso narrador y crítico argentino David Viñas definía a Pablo Neruda como «un boludo con vista al mar»; y recuerdo también que, cuando murió Borges, Nicanor Parra escribió un poema en el que decía que iba a ser difícil olvidarlo, y aclaraba: «difícil, no imposible». Estos ejemplos podrían ampliarse, pero a ellos también podría oponérseles otros, como el enorme cariño que demuestran los aficionados chilenos al fútbol por Marcelo Bielsa y, más tarde, por Jorge Sampaoli, y los muchos aplausos recibidos en las canchas de River, por Marcelo Salas, y de Boca, por Gary Medel. Para no hablar de la pasión que los jóvenes narradores chilenos manifiestan por Julio Cortázar y los jóvenes poetas argentinos por Enrique Lihn y Jorge Teillier.
Este libro, compuesto por ocho testimonios –cuatro de argentinos y cuatro de chilenos–, busca dar cuenta de lo que a unos y a otros les ha tocado en suerte ver en el país vecino. Fueron escritos por argentinos que vivieron o viven en Chile y por chilenos que vivieron o viven en la Argentina, y que desde sus propias circunstancias tuvieron la oportunidad de sorprenderse, admirarse, alegrarse, entristecerse, alarmarse y sacar algún tipo de conclusión en un lapso que abarca las últimas décadas. Ojalá sirva para que argentinos y chilenos podamos conocernos un poco más y hacer más claros los muchos vínculos que nos unen a pesar de las finales de las dos últimas Copa América.
Jorge Fondebrider
1 Nota: Ya sé que en Chile se les dice «porteños» a los nativos de Valparaíso. Pero son meros usurpadores: los verdaderos porteños somos los de Buenos Aires.
De un lado
Jorge Aulicino
Nacido en Buenos Aires en 1949, es poeta, traductor y periodista. Publicó los libros de poesía Vuelo bajo (1974), Poeta antiguo (1980), La caída de los cuerpos (1983), Paisaje con autor (1988), Hombres en un restaurante (1994), Almas en movimiento (1995), La línea del coyote (1999), Las Vegas (2000), La nada (2003), La luz checoslovaca (2003), Hostias (2004), Máquina de faro (2006), Cierta dureza en la sintaxis (2008), Libro del engaño y del desengaño (2011), El camino imperial. Escolios (2012), El Cairo (2015) y Corredores en el parque (2016). En 2000 apareció un antología de sus poemas bajo el título La poesía era un bello país, en el sello Libros de Tierra Firme, dirigido por José Luis Mangieri, con prólogo de Marcelo Cohen y una entrevista de Jorge Fondebrider como epílogo. Publicó tres libros on line: Ituzaingó (2007), Primera Junta (2008) y El capital (2010). En 2010 publicó Memoria de Garbeld, historia intelectual de un personaje imaginario. En 2012, por el sello Bajo la Luna, apareció Estación Finlandia, que incluye sus libros hasta 2011. Tradujo a numerosos poetas italianos y de lengua inglesa, entre los que se cuentan Marianne Moore, Frederick Seidel (con Jorge Salvetti), Guido Cavalcanti, Cesare Pavese, Pier Paolo Pasolini, Franco Fortini y Antonella Anedda. Coordinó en 2009 una antología cronológica de los poemas cortos de Ezra Pound traducidos por autores argentinos en los siglos XX y XXI, bajo el título de Argentarium, para Ediciones en Danza. En 2015 hizo un trabajo similar con los poemas de Marianne Moore, que apareció como Moore en el sello digital Op. Cit. En 2016 tradujo para Ediciones en Danza una antología de poemas de Pasolini bajo el título Nada personal. Publicó en 2011 la traducción del «Infierno» de Dante Alighieri en la editora Gog y Magog, y en 2015 la traducción de la Divina Comedia completa en editorial Edhasa. Formó parte del Consejo de Dirección de Diario de Poesía entre 1987 y 1992, y colaboró con las revistas 18 Whiskies, Hablar de Poesía y León en el Bidet. Colabora con la versión digital de Periódico de Poesía, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En 2011 el Espacio Hudson recopiló varias de sus
