Las lealtades
4.5/5
()
Adolescence
Friendship
Mental Health
School Life
Self-Discovery
Coming of Age
Dysfunctional Family
Secret Keeper
Concerned Teacher
Fish Out of Water
Power of Friendship
Absent Parent
Parental Neglect
Absent Father
Childhood Innocence
School
Trust
Deception
Family
Personal Growth
Información de este libro electrónico
Una novela desgarradora sobre un niño que se evade bebiendo y unos adultos que tratan de encontrar un sentido a sus vidas.
En el centro de esta novela hay un niño de doce años: Théo, hijo de padres separados. El progenitor, sumido en una depresión, apenas sale de su caótico y degradado apartamento, y la madre vive consumida por un odio sin fisuras hacia su ex, que la abandonó por otra mujer. En medio de esa guerra, Théo encontrará en el alcohol una vía de escape. A su alrededor se mueven otros tres personajes: Hélène, la profesora que cree detectar que el niño sufre maltrato a partir del infierno que vivió en su propia infancia; Mathis, el amigo de Théo, con el que se inicia en la bebida, y Cécile, la madre de Mathis, cuyo tranquilo mundo se tambalea después de descubrir algo inquietante en el ordenador de su marido...
Todos estos personajes son seres heridos. Marcados por demonios íntimos. Por la soledad, las mentiras, los secretos y los autoengaños. Seres que caminan hacia la autodestrucción, y a los que acaso puedan salvar –o tal vez condenar definitivamente– las lealtades que los conectan, esos «lazos invisibles que nos vinculan a los demás (...) las leyes de la infancia que dormitan en el interior de nuestros cuerpos, los valores en cuyo nombre actuamos con rectitud, los fundamentos que nos permiten resistir, los principios ilegibles que nos corroen y nos aprisionan. Nuestras alas y nuestros yugos. Son los trampolines sobre los que se despliegan nuestras fuerzas y las zanjas en las que enterramos nuestros sueños».
Una novela concisa, escrita con una prosa afilada, y que no da tregua al lector. Un relato de una contundencia sin contemplaciones, desgarrador y necesario.
Delphine de Vigan
Delphine de Vigan is French and lives in Paris. She has published several novels for adults. No and Me was awarded the Prix des Libraires 2008 (The Booksellers' Prize) in France.
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Comentarios para Las lealtades
130 clasificaciones18 comentarios
- Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Sep 5, 2024
Contado a varias voces, nos centramos en la vida de varias personas, con sus problemas. Un hijo de padres divorciados que se da a la bebida, arrastrando a su mejor amigo. La madre de este que no quiere que su hijo salga con ese chico "problemático". La profesora que quiere ayudar pero no sabe cómo...
Está muy bien contada. La trama es bastante interesante y toca temas actuales que pueden pasarle a cualquier persona, pero el final no me ha gustado. Se ha quedado demasiado abierto, no me explica qué pasa ni qué sucede después de la última escena. Y por eso es como que se me ha quedado el libro a medias. Por lo demás, me ha gustado, aunque no al nivel de Las gratitudes, también de la misma autora. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jun 12, 2024
Y... ¿este final? - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Mar 12, 2024
Muy buen libro, no conocía a esta autora.
Narrativa muy realista, actual y cruda.
El personaje principal es un adolescente (Theo)con padres separados, una madre con mucho odio hacia su padre y lo expresa abiertamente a su hijo, un padre sumido en la depresión en la cual Theo no puede manejar y se vuelca al alcohol.
Se suman a la historia ,una maestra con mucho dolor y un triste pasado que se siente identificada con el adolescente y la madre del mejor amigo de Theo que no sabe cuanto conoce a su pareja.
Historia que deja muchos mensajes al lector, la recomiendo !! - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Feb 21, 2024
Y pensar que estas cosas suceden… grandes cuestionamientos a los adultos , padres , maestros y demás personas q deberían dar amor y contención a cualquier menor . Esta autora ha sabido expresar sentimientos humanos destacando la importancia de la lealtad y la falta de ella . Excelente y a la vez duro relato !! - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Jul 10, 2023
Más que escribir o intentar, nunca hay que ser presuntuoso, grandes palabras lo que quiero reseñar del libro es ¡¡lo bueno que es!! . Ha habido momentos que dejaba de leer pero no porque el libro fuera malo sino porque tenía las ganas de seguir leyendo y aunque parezca una incongruencia, al menos para mi no lo es. Tiene retratos muy, muy buenos. Todo lo demás siempre dependerá de lo que a cada uno le guste. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Apr 22, 2022
Intensidad pura y el talento de la escritora por generar ritmo y alivianar un poco la carga separando la narración en pequeñas píldoras. Sin este recurso creo que sería muy difícil adentrarse en estas 4 historias durísimas.
Profundidad y empatía, libre de prejuicios y una gran pregunta que cada uno podría hacerse acerca de su propia existencia… - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Apr 14, 2022
Es uno de esos libros con sobredosis de realidad, una realidad necesaria.Duro, crudo, directo y al mismo tiempo conmovedor.
La autora toca un tema común y susceptible,el del alcoholismo es un tema que no pasa desapercibido sobre todo cuando se habla de la problemática en la juventud.
"Las lealtades" es un libro de mucha reflexión incluso de introspectiva. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Feb 10, 2022
Hermoso libro.
Es la historia de un chico de 12 años, con padres separados, contada desde cuatro perspectivas que a su vez, son personajes con historias muy intensas.
Adultos que tratan de encontrar un sentido a sus vidas mientras están los chicos, que perciben los diferentes estados de ánimo de sus padres. Esos chicos, además, tienen que batallar con esos estados de ánimo de los adultos, de sus padres.
En el caso del personaje de esta historia, percibe claramente cómo se sienten sus padres con quienes tiene la tenencia compartida. El es quien siente la necesidad de ayudarlos, a su padre que está deprimido y a su madre, que no quiere saber nada de su vida durante la semana que está con su papá.
Y así, el hace su vida, empieza a probar el alcohol, mientras nadie nota su sufrimiento salvo una maestra que se ve reflejada o recuerda cosas de su infancia.
Lo recomiendo. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Jan 30, 2022
Novela escrita a cuatro voces (Théo, su profesora Hélène, su amigo Mathis y Cécile, la madre de Mathis).
Personajes que callan por lealtad. Una lealtad mal entendida que les lleva a caer en un dolor emocional mal gestionado.
Pero, sobre todo, lo que aquí podemos leer son las consecuencias de un divorcio, gestionado de la peor manera posible, sobre la pieza más inocente: el hijo.
Cruda, pero necesaria. Me dejó muy triste esta historia. Y una necesidad de abrazar a Théo como si de una persona real se tratase. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Dec 7, 2021
El centro de esta historia es Theo , un adolescente de padres separados. Su padre hundido en el abandono y la depresión. Su madre hundida en el odio de su separación. En medio de este caos Theo encuentra en el alcohol la vía de escape a todos sus problemas.
Acompañan su entorno Helene, la profesora que intenta ocuparse de él, Mathis, su amigo incondicional y Cecile la madre de Mathis, quien descubre un monstruo en el interior de su marido.
Las Lealtades, esos lazos de fidelidad que nos vinculan a los demás, es una historia corta, escrita con mucha sencillez, pero triste y desgarradora.
Considero muy recomendable su lectura. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jun 28, 2021
Una escritora que me encanta . Tiene un ritmio y una melodia en su escritura que hace que no pueda dejarla de leer. Esta tiene un formato curioso y una sensibilidad preciosa.. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Mar 19, 2021
Las lealtades es un libro que me ha movilizado. Invita a la reflexión y al cuestionamiento sobre cuál es el papel del adulto en la formación de los niños.
Habla sobre egoísmos y ausencias, sobre carencias y necesidades. Habla de anhelos personales, de historias familiares que pesan en los hombros y fundamentalmente habla sobre el desamparo de un niño-adolescente.
Excelentemente narrado. Lo recomendaría. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jun 3, 2020
Es una historia de una sensibilidad desgarradora,el cuidado del adolescente sobre su Padre que a su vez lo va destruyendo a Él.
La maestra que no quiere pasarse de la raya pero que muestra una desesperación por salvar a ese adolescente en el que se identifica en su propia historia.
Una madre hundida en su propia autocompasión que no ve la vulnerabilidad de su hijo.
Agobiante pero exquisita - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
May 16, 2020
Narración clara y precisa, con gran economía expresiva y muy buen ritmo para contar una historia desoladora. Gran empatía para desarrollar las distintas voces del libro, entre ellas la del niño/adolescente que se hace cargo de las desgracias de su padre y encuentra en la bebida su experiencia en la que los problemas se desvanecen. Sin duda, una de las mejores voces de la literatura francesa contemporanea. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Feb 17, 2020
Alternando la1ra y la 3era persona, cuatro personajes desgranan el dolor que arrastran y "la ciénaga que los rodea", las lealtades que se sostienen en silencios, mentiras y secretos.
La soledad, el abuso, el matrimonio, la separación, la docencia, la vulnerabilidad de la infancia, la depresión y el alcoholismo como un monstruo peligroso que lo destruye todo pero se presenta como un anestésico del sufrimiento en quien no puede tomar dimensión del peligro.
La realidad que no es ni remotamente lo que se ha soñado y la tragedia casi como un destino inexorable.
Temas que se entrecruzan en un drama contemporáneo interesante, duro, realista y bien escrito que nos deja pensando en las consecuencias terribles que pueden tener las decisiones de los adultos en el bienestar de los niños.
Recomendable!! - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jan 15, 2020
“Las lealtades. Son lazos invisibles que nos vinculan a los demás –lo mismo a los muertos que a los vivos–, son promesas que hemos murmurado y cuya repercusión ignoramos”
¿Cuánto debemos sacrificar por cumplir pactos de silencio, lealtades tácitas o explícitas respecto a quienes nos rodean? Hasta donde pueden llegar cuatro personajes, cada uno con sus propias vulnerabilidades y carencias, al verse enfrentados a sus propias lealtades, hasta donde eso implica arriesgar su vida o la de otros.
Es un libro corto, rápido de leer, no es un libro feliz pero si interesante para darle una vuelta y analizar a las propias lealtades o las que hemos creado con los cercanos. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Dec 2, 2019
Muy ágil su lectura y con golpes certeros va construyendo la trama. Es un libro corto. Me quedo sabor a poco. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Oct 30, 2019
La única crítica es que se acaba demasiado rápido. Estoy fascinada por cómo se muestran los efectos mortíferos de todo lo no dicho y por como puede exponer las vivencias infantiles, fundamentalmente en cuanto a los estragos de suponer que lxs niñoxs "no entienden" o "no perciben".
También adoro su buceo, en toda su obra, por lo "roto" de las personas y como solo aceptando esa herida es posible empatizar con lo "roto" del otro.
Vista previa del libro
Las lealtades - Javier Albiñana Serraín
Índice
Portada
Las lealtades
Créditos
Notas
Las lealtades.
Son lazos invisibles que nos vinculan a los demás –lo mismo a los muertos que a los vivos–, son promesas que hemos murmurado y cuya repercusión ignoramos, fidelidades silenciosas, son contratos pactados las más de las veces con nosotros mismos, consignas aceptadas sin haberlas oído, deudas que albergamos en los entresijos de nuestras memorias.
Son las leyes de la infancia que dormitan en el interior de nuestros cuerpos, los valores en cuyo nombre actuamos con rectitud, los fundamentos que nos permiten resistir, los principios ilegibles que nos corroen y nos aprisionan. Nuestras alas y nuestros yugos.
Son los trampolines sobre los que se despliegan nuestras fuerzas y las zanjas en las que enterramos nuestros sueños.
HÉLÈNE
Pensé que el chiquillo sufría maltratos, lo pensé enseguida, quizá no los primeros días pero no mucho después de la vuelta a clase, era algo en su modo de comportarse, de sustraerse a la mirada, sé lo que me digo, sé perfectamente lo que me digo, una manera de fundirse con el entorno, de dejarse traspasar por la luz. Solo que conmigo eso no funciona. Los golpes los recibí cuando era cría y las señales las oculté hasta el final, o sea que a mí no me la dan. He dicho el chiquillo porque lo cierto es que hay que verlos, a los chicos de esa edad, con su cabello fino como el de las chicas, su voz de pulgarcito, y esa indecisión consustancial a sus movimientos, hay que verlos asombrarse abriendo ojos como platos, o aguantar un rapapolvo con las manos entrelazadas en la espalda, el labio temblequeante y cara de no haber roto un plato. Sin embargo, es indudable que a esa edad empiezan las gilipolleces de verdad.
Unas semanas antes de la vuelta a clase, pedí ver al director para hablar sobre Théo Lubin. Tuve que explicárselo varias veces. No, ni indicios ni confidencias, era algo en la actitud del alumno, una suerte de enclaustramiento, una manera sui géneris de hacerse el distraído. El señor Nemours se echó a reír: hacerse el distraído, pero ¿no era ese el caso de media clase? Sí, claro, sabía a qué se refería: esa costumbre que tienen de encogerse en el asiento para que no se les pregunte, de fijar los ojos en la mochila o de abstraerse de pronto en la contemplación de su mesa como si fuera en ello la vida de todo el distrito. A esos los detecto sin siquiera alzar la vista. Pero no era ese el caso. Pregunté qué se sabía del alumno, de su familia. Seguro que habría alguna referencia en el expediente, observaciones, una notificación anterior. El director repasó con atención los comentarios aparecidos en los boletines de notas, varios profesores habían observado en efecto su mutismo el año anterior, pero nada más. Me los leyó en voz alta, «alumno muy introvertido», «ha de participar en clase», «buenos resultados pero alumno muy silencioso», y un largo etcétera. Padres separados, el muchacho en custodia compartida, todo de lo más normal. El director me preguntó si Théo había trabado amistad con algún otro chico de la clase, imposible negarlo, andan siempre juntos los dos, hacen buena pareja, la misma cara angelical, el mismo color de pelo, la misma tez clara, parecen gemelos. Los observo por la ventana cuando están en el patio, forman un solo cuerpo, hirsuto, una suerte de medusa que se contrae de golpe cuando se acerca alguien y vuelve a estirarse una vez pasado el peligro. Los raros momentos en que veo sonreír a Théo se producen cuando está con Mathis Guillaume y ningún adulto traspasa su perímetro de seguridad.
Lo único que llamó la atención del director fue un informe redactado por la enfermera a fines del año pasado. El informe no figuraba en el expediente administrativo, y Frédéric me sugirió que fuera a informarme a la enfermería, por si acaso. A finales de mayo, Théo pidió permiso para salir de clase. Dijo que le dolía la cabeza. La enfermera menciona una actitud huidiza y síntomas confusos. Notó que tenía los ojos enrojecidos. Théo explicó que tardaba mucho en conciliar el sueño y que, en ocasiones, podía pasar toda una noche sin dormir. Al pie de la hoja, la enfermera escribe en rojo «alumno delicado de salud» y lo subraya con tres trazos. Luego debió de cerrar el expediente y guardarlo en el armario. No pude preguntarle porque abandonó el establecimiento.
Sin ese documento, me habría resultado imposible que la nueva enfermera convocara a Théo.
Se lo comenté a Frédéric, me pareció preocupado. Me dijo que no me tomara el asunto muy a pecho. Le parecía cansado desde hacía algún tiempo, con los nervios a flor de piel,1 fue la expresión que utilizó, y enseguida me vino a la cabeza la navaja que guardaba mi padre en el cajón de la cocina, accesible a cualquiera, cuyo seguro accionaba una y otra vez, con gesto mecánico, para calmar los nervios.
THÉO
Es una ola de calor que no sabe describir, que quema y abrasa, a la vez un dolor y un alivio, es un momento que se cuenta con los dedos de una mano y debe de tener un nombre que él no conoce, un nombre químico, fisiológico, que define su fuerza y su intensidad, un nombre que rima con combustión o explosión o deflagración. Tiene doce años y medio y si respondiera con franqueza a esas preguntas que le formulan los adultos, «¿qué profesión te gustaría ejercer?», «¿cuáles son tus pasiones?», «¿a qué te gustaría dedicarte?», si no temiera que los últimos puntos de apoyo que parecen perdurar a su alrededor se desmoronasen en el acto, contestaría sin vacilar: me gusta notar el alcohol dentro de mi cuerpo. Primero en la boca, ese instante en que la garganta recibe el líquido, y luego esas décimas de segundo en que el calor desciende por su vientre, podría seguir el recorrido con el dedo. Le gusta esa ola húmeda que le acaricia la nuca y se difunde por sus miembros como una anestesia.
Bebe a morro y tose varias veces. Mathis, sentado frente a él, lo observa y se ríe. Théo piensa en el dragón del libro ilustrado que le leía su madre de pequeño, cuerpo gigantesco, ojos rasgados, fauces abiertas mostrando unos colmillos más afilados que los de los perros feroces. Le gustaría ser esa fiera enorme de dedos palmeados capaz de abrasarlo todo. Respira profundamente, se lleva de nuevo la botella a los labios. Cuando deja que le aturda el alcohol, cuando intenta visualizar su camino, evoca mentalmente uno de esos esquemas que la señora Destrée les reparte en clase. Muestra el trayecto de la manzana e indica los órganos implicados en la digestión. La imagen le hace sonreír y se entretiene distorsionándola. Muestra el camino del vodka; colorea su trayectoria; calcula el tiempo que se requiere para que los tres sorbos te lleguen a la sangre... Se ríe solo y Mathis se ríe de verlo reírse.
Transcurridos unos tres minutos, algo explota en su cerebro, es una puerta que se abre de una patada, un potente arranque de aire y de polvo, y le acude la imagen de un saloon del Oeste cuyos batientes ceden con un chirrido. En un abrir y cerrar de ojos pasa a ser ese cowboy con botas camperas que avanza hacia la barra en la oscuridad, y sus espuelas rascan el suelo con un ruido sordo. Cuando se acoda en la barra para pedir un whisky, se le antoja que todo se ha esfumado, el miedo y los recuerdos. Las garras de autillos que le oprimen de continuo el pecho han soltado por fin su presa. Cierra los ojos, todo se ha borrado, sí, y todo puede comenzar.
Mathis le coge la botella de las manos para llevársela a los labios. Le toca a él. El vodka se desborda, le cuelga un hilo transparente de la barbilla. Théo protesta: si se escupe no vale. Entonces Mathis bebe de un trago, le lagrimean los ojos, tose, se tapa la boca, por un instante Théo se pregunta si va a vomitar, pero a los pocos segundos Mathis rompe a reír con más fuerza. Con un gesto rápido, Théo le amordaza la boca para hacerlo callar. Mathis enmudece.
Contienen la respiración, inmóviles, pendientes de los ruidos a su alrededor. A lo lejos, se oye la voz de un profesor que no aciertan a identificar, un monólogo átono en el que no sobresale ninguna palabra.
Están en su escondite, su refugio. Es su territorio. Bajo la escalera que conduce al comedor, han descubierto ese espacio expedito, un metro cuadrado donde apenas se cabe de pie. Un ancho armario cierra el paso, pero con un poco de agilidad pueden deslizarse por debajo. Es cuestión de rapidez. Primero tienen que buscar refugio en los servicios hasta que todo el mundo esté en clase. Esperar unos minutos más, y dejar alejarse al vigilante, quien cada hora comprueba que los alumnos no deambulen por los pasillos.
Cada vez que consiguen deslizarse tras el armario, constatan que es cosa de centímetros. Dentro de unos meses, ya no podrán hacerlo.
Mathis le alarga la botella.
Tras echar un último trago, Théo se relame, le gusta ese sabor a sal y a metal que perdura en la boca, a veces unas horas.
La distancia entre el pulgar y el índice permite saber lo que han bebido. Repiten la operación varias veces, sin lograr hacerlo ni el uno ni el otro sin moverse, se echan a reír.
Han bebido mucho más que la última vez.
Y la próxima beberán aún más.
Es su pacto, y su secreto.
Mathis coge la botella, la envuelve en el papel y la mete en su mochila.
Se toman cada uno dos pastillas de chicle Airwaves con sabor a regaliz mentolado. Mascan aplicadamente para liberar el aroma, dan vueltas al chicle en la boca, es lo único que camufla el olor. Aguardan un buen rato antes de salir.
Una
