En viaje hacia el renacimiento
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"El criterio de selección tuvo que ver, sobre todo, con diferentes ramas o senderos de la reflexión filosófica que en el Humanismo, y como no podía ser de otra manera, giran en torno de la antropología, del examen acerca de la condición del hombre, sus límites, sus posibilidades y su destino, ya individual, ya colectivo. Sin embargo, previa al tratamiento de cualquier temática –con una anterioridad, claro está, no cronológica– es la consideración del lenguaje filosófico que se está utilizando. El período humanístico no fue una excepción en este sentido.
Sobre todos estos criterios se funda el índice del presente libro."
"Pero, como no podía ser de otro modo, el que sigue es un repertorio limitado de aspectos que, dentro de su disparidad, explora y propone una visión de Renacimiento. No se pretende que sea única ni la más válida; sólo una de las muchas posibles en un fenómeno que no sólo es polifacético sino que además se muestra muchas veces contradictorio. En la misma medida es férvido, idealista, apasionado, rebelde… Todo ello ha llevado a pensarlo más de una vez como la adolescencia de nuestro Occidente, hoy tan vituperado, y siempre tan capaz de recuperación, de resurgimiento a partir de las energías que se nutren de sus raíces."
Fragmento de: Silvia Magnavacca. "En viaje hacia el Renacimiento"
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En viaje hacia el renacimiento - Silvia Magnavacca
Esta colección bifronte ofrece, en una de sus caras, una serie de textos fundadores del pensamiento renacentista (correspondientes a la Antigüedad Tardía, el Medioevo y al propio Renacimiento) en su traducción al castellano.
Su segundo rostro se conforma por estudios especializados sobre los textos, temas y problemas del pensamiento renacentista que abarcan la historia de la filosofía, el humanismo, la dignidad del hombre, la unidad del bien y la belleza, el pensamiento mágico-astrológico y el pensamiento poético, entre otros muchos.
Jano se propone, con ello, poner a disposición del lector las fuentes y las herramientas para adentrarse, desde un enfoque plural, en el conocimiento y el estudio de las tradiciones que se cultivan en el Renacimiento.
Comité editorial Colección Jano
Massimo Riva. Brown University
Marie-Elisabeth Boutroue. Centre national de la recherche scientifique
Laura Benitez Grobet. Instituto de Investigaciones Filosóficas,
UNAM
Ernesto Priani Saisó. Facultad de Filosofía y Letras,
UNAM
María Teresa Rodriguez. Facultad de Filosofía y Letras,
UNAM
Silvia Magnavacca. Universidad de Buenos Aires
Títulos de la Colección
Sobre el Sol y Sobre el Lumen Por Marsilio Ficino
Traducción de Alejandro Flores Jiménez
Presentación de Ernesto Priani Saisó
Sobre la eternidad del mundo
Ernesto Priani Saisó, coordinador
En viaje hacia el Renacimiento
Silvia Magnavacca
Epistolario
Marsilio Ficino, Pico della Mirandola
Comentario a una canción de amor de Bienivieni
Pico della Mirandola
En viaje hacia
el Renacimiento
Silvia Magnavacca
Los derechos exclusivos de la edición quedan reservados para todos los países de habla hispana. Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de los legítimos titulares de los derechos.
Primera edición: Mayo de 2016
De la presente edición:
© Bonilla Artigas Editores, S.A. de C.V., 2016
Cerro Tres Marías número 354
Col. Campestre Churubusco, C.P. 04200
México, D. F.
editorial@libreriabonilla.com.mx
www.libreriabonilla.com.mx
ISBN: 978-607-8450-38-1 (libro electrónico)(Bonilla Artigas Editores)
Responsables en los procesos editoriales en
Bonilla Artigas Editores:
Cuidado de la edición: Nicolás Mutchinick
Coordinación editorial: Felipe Campos Gutiérrez
Diseño de portada: Teresita Love
Diseño digital para ePub: KubikPress
Hecho en México
Contenido
Presentación
A manera de introducción
Capítulo 1
Filosofía y lenguaje
Capítulo 2
Entre Metafísica y Antropología
Capítulo 3
Ética e individuo
Capítulo 4
Ética y sociedad
Capítulo 5
Política
Casi una conclusión
A María Antonia Ferrer, mi madre, que me enseñó a renacer.
In memoriam
Presentación
Este libro es resultado de un acto de generosidad: el de mis colegas de la Facultad de Filosofía de la
UNAM
, específicamente, los que constituyen el equipo de trabajo coordinado por Ernesto Priani Saisó. Hace ya un tiempo nos reunieron intereses comunes vinculados con la filosofía del Renacimiento. A ella yo había dedicado algunos de mis trabajos, a veces, confrontando el tratamiento que los humanistas hacen de algunos temas con el que recibieron en los siglos finales de la Edad Media. Así, cuando me propusieron este libro, pensé de inmediato que se podía adecuar bien para una colección cuyo nombre es el del dios que mira hacia uno y otro lado, que tanto tiene que ver con la cultura y que, además, según los antiguos romanos, augura buenos finales.
Quise aprovechar la ocasión, entonces, para volver a esos trabajos, revisarlos, escoger algunos y ver hasta qué punto mi pensamiento se ha modificado sobre las cuestiones que encaran. Como era previsible, hay algunas cosas que se mantienen, especialmente, las mencionadas en la Introducción
. Hay tesis específicas que han sufrido ajustes de enfoque, porque vuelven, como se decía, a temas ya tratados. El capítulo tercero es, en cambio, completamente inédito, ya que aborda la consideración medieval y humanística de la amistad, tema al me he dedicado recientemente en el marco de un proyecto de investigación en curso en Argentina.
En cuanto a aspectos puramente formales, cabe advertir, en primer lugar, que, salvo expresa indicación en contrario, todas las traducciones textuales que aparecen en este libro son propias, así como excepcionales y eventuales subrayados. En segundo lugar, en lo que concierne a la bibliografía, conviene hacer dos observaciones: por una parte, no hemos añadido un elenco bibliográfico como apéndice, precisamente porque, en virtud de la disparidad de los temas que se abordan, una lista única se tornaría dispersa, perdiendo así su utilidad para el lector; por la otra, puede sorprender que algunos de los títulos citados sean de antigua data. Los hemos elegido por considerar que su valor intrínseco sostiene su vigencia frente a textos más recientes que, en nuestra opinión, no los superan. En tercer término, y en lo que hace a cuestiones terminológicas, aclaramos que en varias ocasiones nos hemos valido de un anacronismo: la palabra intelectual
. Lo usamos con el significado simple que le otorga en contexto medieval Le Goff en su clásico ensayo Los intelectuales en la Edad Media: el intelectual, hombre de ciudad, es alguien cuyo oficio es escribir y/o enseñar, un hombre que es un sabio y un profesor.
Volviendo ahora al contenido de las páginas que siguen, cabe decir que las principales modificaciones hechas sobre antiguos artículos, capítulos o contribuciones a congresos, obedecen, en general, al hecho de que esta vez he antepuesto tratamientos medievales en los temas típicamente humanísticos, precisamente porque se trata de mostrar de qué manera se da el tránsito que nos permite ponernos en viaje al Renacimiento
. Para ello, hay que ver rápidamente cómo, con elementos similares, van variando –ciertamente, con la espasmódica lentitud propia de los procesos históricos– las figuras en ese calidoscopio que vira desde el Medioevo al Humanismo renacentista.
Más que en cualquier otro período, la filosofía en el Renacimiento reclama un abordaje interdisciplinario, cosa que se ha tenido en cuenta al acercarnos a sus autores. De todos modos, nos hemos ceñido al campo de las ideas sobre el que confluyen otras perspectivas. Asimismo, hemos tomado como referencia esencial, en la Introducción
, su momento más pleno y emblemático, el siglo
XV
, con epicentro en Florencia. Aun así, sería imposible abarcar en un solo libro el fenómeno renacentista. Circunscripto de esta manera el radio de examen, nos hemos propuesto una suerte de selección de imágenes: ellas presentan diversos aspectos del pensamiento en ese período.
El criterio de selección tuvo que ver, sobre todo, con diferentes ramas o senderos de la reflexión filosófica que en el Humanismo, y como no podía ser de otra manera, giran en torno de la antropología, del examen acerca de la condición del hombre, sus límites, sus posibilidades y su destino, ya individual, ya colectivo. Sin embargo, previa al tratamiento de cualquier temática –con una anterioridad, claro está, no cronológica– es la consideración del lenguaje filosófico que se está utilizando. El período humanístico no fue una excepción en este sentido.
Sobre todos estos criterios se funda el índice del presente libro. Así, después de una introducción donde se plantea una concepción general sobre el Renacimiento y la crisis del último siglo medieval que le dio lugar, se articulan cinco capítulos:
El primero gira en torno de la cuestión Filosofía y Lenguaje
. Los ejemplos de la sintaxis y aun de la morfología medievales son confrontados con la crítica que de ellos hace Ermolao Barbaro. Ante ésta, el príncipe de los humanistas, Pico della Mirandola, yergue una defensa encendida del latín de los escolásticos y, lo que es más importante, plantea las diferencias entre elocuencia y retórica. En la base de este discurso está precisamente la mutua implicación que guardan filosofía y lenguaje.
El segundo capítulo, Entre metafísica y antropología
, encara un eje primordial en esta transición, puesto que examina de qué manera el tejido ontológico de la realidad parte no sólo de Dios –que, además, lo sostiene– sino también del hombre que ha recuperado el centro del escenario filosófico. Lo hace analizando una cuestión sobre la que no se ha insistido bastante pero que es crucial: la recepción del ser por parte del hombre como microcosmos en los autores medievales, y su viraje hacia la constitución del mundo como macrohombre en los humanistas.
Operado el giro antropocéntrico, el capítulo tercero, Ética e individuo
, se circunscribe a la relación ética de los sujetos humanos entre sí. Estudia esta cuestión a propósito del tema de la amistad, mostrando la diversidad de su tratamiento tanto entre los autores medievales como entre los humanistas y la convivencia de optimismo y escepticismo antropológico en unos y otros.
El cuarto extiende la mirada al ámbito de Ética y sociedad
. Para ello, sigue a grandes rasgos la evolución del mapa político-social en la Cristiandad entre los siglos
XIII
y
XIV
. Explora, así, los nuevos planteos que se formulan ante la crisis del Imperio pero también de las nacionalidades, tomando como ejemplo un autor considerado tardo-medieval y prehumanista a la vez: Dante. Un enfoque de esta índole hace que, tal como sucede en los capítulos anteriores, éste sea una preparación para el siguiente.
El quinto y último capítulo, dedicado a la Política
, intenta mostrar que, al acercarse el final de la Edad Media, la polémica sobre la superioridad de la vida contemplativa sobre la activa o viceversa, vira hasta convertirse en otra concerniente al papel del consejero del príncipe. Así, este capítulo despliega los hitos fundamentales de la historia del debate sobre ambas formas de vida, en el que se involucraron tanto los autores medievales como los humanistas. De este modo, rastrea la última hebra que liga la política a la ética, antes de llegar a la modernidad de Maquiavelo.
Una serie de consideraciones finales, tampoco publicadas hasta ahora, salvo de modo fragmentado y disperso, cierran el texto que ahora ofrecemos. Ellas conforman Casi una conclusión
. Desde luego, el adverbio obedece a que en Filosofía –o, lo que es lo mismo, su historia– toda conclusión es, por principio, siempre provisoria. Pero ese casi
responde también al hecho evidente de lo inacabado, de lo fragmentario: ya se ha anticipado de alguna manera que los pocos capítulos que componen este volumen no alcanzarían ni remotamente a fundar una perspectiva de conjunto del tránsito al Renacimiento, aun cuando abordan aspectos diferentes del fenómeno.
Con todo, la relectura final, de un lado, confirmó los puntos esenciales propuestos en la Introducción
y concebidos hace años; del otro, sugirió relevar una lista de algunos prejuicios usuales alrededor de la confrontación Medioevo-Renacimiento que resultan desmentidos, o al menos puestos en tela de juicio, por los textos e ideas que aquí se traen a colación. Tampoco ese elenco de prejuicios pretende ser exhaustivo. Sólo esperamos que su invalidación sea de alguna manera útil.
Ciertamente, no están ausentes el texto fundacional del Humanismo, de Petrarca, ni el manifiesto del Renacimiento, de Pico. Pero, como no podía ser de otro modo, el que sigue es un repertorio limitado de aspectos que, dentro de su disparidad, explora y propone una visión de Renacimiento. No se pretende que sea única ni la más válida; sólo una de las muchas posibles en un fenómeno que no sólo es polifacético sino que además se muestra muchas veces contradictorio. En la misma medida es férvido, idealista, apasionado, rebelde… Todo ello ha llevado a pensarlo más de una vez como la adolescencia de nuestro Occidente, hoy tan vituperado, y siempre tan capaz de recuperación, de resurgimiento a partir de las energías que se nutren de sus raíces.
Silvia Magnavacca
Montevideo, en el mes de Jano de 2016
...válganme el sostenido estudio y el gran amor
que me han hecho indagar en tu libro
Dante Aligheri, Inf. I, 83
En la Presentación
del presente volumen, se aludió al carácter particularmente polifacético del Renacimiento. Y ésa es la primera dificultad que surge ante la necesidad de introducirlo a él.
Escribir una introducción, en alguna medida digna de ese nombre, al Renacimiento o a la Edad Media, es prácticamente tarea imposible. Por cierto, las dificultades que presentan al historiador de las ideas lo que llamamos Edad Media
y Renacimiento
tienen dos diferencias: una es pricipalmente de extensión; la otra, de perspectiva. En el caso del Medioevo, su extraordinaria duración nos obliga a hablar en realidad de mundos medievales
que se suceden, pero que a veces pueden ser también simultáneos: el siglo
XII
urbano, el de Pedro Abelardo, de un lado, sucede al mundo monástico; del otro, es contemporáneo y muy distinto de lo que en ese momento estaba viviendo Maimónides en España. En cambio, el fenómeno renacentista es relativamente breve en su duración y, aunque también reviste escorzos múltiples y muy variados, éstos suelen ser simultáneos y aun estar en contacto. En lo que concierne a la diferencia de perspectiva, se puede decir, aunque sólo sea a título de hipótesis, que la Edad Media vio al mundo y al hombre a partir de las categorías de un texto sagrado; los humanistas, sin abdicar la mayor parte de las veces de sus creencias religiosas, vieron al mundo y a Dios desde el hombre.
En ambos casos, estamos ante períodos en la historia del pensamiento cuya enorme riqueza no es ajena a su frecuente carácter contradictorio intrínseco. Pero tampoco se puede ignorar la necesidad de usar rótulos como primer paso en el abordaje. La mayoría de las veces, ellos señalan una serie de rasgos comunes o generales en el fenómeno estudiado que –y esto es lo más importante– operan funcionalmente, es decir, como hipótesis interpretativas en las que encuadrar los hechos y textos. Tales rótulos son, pues, un mero punto de partida a menudo descartado después.
Aquí sólo nos proponemos eso: presentar una hipótesis hermenéutica funcional y a la vez clásica del Renacimiento o, más específicamente, del Humanismo renacentista.
La acotación obedece al hecho de que a lo largo de la historia de la Filosofía no ha habido un solo humanismo
; a título de ejemplo, cabe recordar lo dicho por Jean Paul Sartre en su célebre conferencia El existencialismo es un humanismo
:
En realidad, la palabra humanismo
tiene dos sentidos muy distintos. Por humanismo
se puede entender una teoría que toma al hombre como fin y como valor superior [...] Pero hay otro sentido del humanismo que significa en el fondo esto: el hombre está continuamente fuera de sí mismo; es proyectándose y perdiéndose fuera de sí mismo como hace existir al hombre y, por otra parte, es persiguiendo fines trascendentales como puede existir; siendo el hombre este ir más allá de sí mismo, y no captando los objetos sino en relación con esta suerte de desborde, está en el corazón y en el centro de ese trascenderse.
Ciertamente, el segundo sentido es el propio de la concepción sartreana. El primero, en cambio, se adecua a lo que, en cierto modo, es el giro antropocéntrico que se da en el pensamiento, específicamente, en la filosofía del siglo central del Renacimiento. Pero éste no se identifica con el Humanismo tout court; excede los escritos y expresa esa nueva posición del hombre en el cosmos de todas las formas posibles, en el arte, la política, la religiosidad, etcétera, aspectos a los que también se remitirá tangencialmente en las páginas que siguen, siempre a propósito de los textos.
Esta nueva concepción de vida imponía –y por momentos fue contemporánea a– intereses intelectuales distintos a los que habían predominado en la Edad Media; así, generó un verdadero programa de estudios. Por una parte, estos estudios se dieron de hecho; por la otra, ellos mismos, su constitución y su articulación interna fueron objeto de reflexión y debate. Era un nuevo mundo lo que los protagonistas sentían que había que construir, pero hay que tener en cuenta que, en esa construcción, la nueva física fue tan importante como la nueva filosofía. ¿En qué consistió ese programa de estudios? Lo primero a destacar es el papel central que los clásicos tenían en él y su afán por encontrar, en una vuelta a las raíces, fuente de inspiración que les permitiera resolver su propia problemática.
De hecho, y al contrario de lo que se cree habitualmente, el término Humanismo
proviene de humanista
y no al revés. El latín "humanista y sus equivalentes vernáculos en italiano, francés, inglés y otros idiomas fueron palabras de uso común, si no en los comienzos mismos del Renacimiento ni en su plenitud, por lo menos en su decantación. Se aplicaba a los maestros o estudiantes de disciplinas como la filosofía o la filología. La primera aparición de la palabra, estrictamente hablando, parece haber surgido de la jerga estudiantil en las universidades italianas, en las que el profesor de estas materias terminó por ser llamado
umanista por analogía con sus colegas de disciplinas más antiguas, a quienes por siglos se habían aplicado los términos de
legista,
canonista y, sobre todo,
artista", término con el que se designaba al maestro que enseñaba las artes, es decir, las distintas disciplinas que se aprendían en la universidad medieval, como la aritmética o la gramática.
Por su insistencia en el retorno a los clásicos, el nuevo intelectual de la Florencia del siglo
XV
se confirió a sí mismo el nombre de "humanista que provino a su vez de los
studia humanitatis, expresión que autores romanos como Cicerón y Gelio emplearon con el sentido general de una educación literaria. Así,
studia humanitatis" dio en significar, para los sabios italianos de la segunda mitad del Quattrocento, un ciclo claramente definido de las siguientes disciplinas: gramática, retórica, filosofía, historia y poesía.
En efecto, ya desde los primeros humanistas la poesía se concibió como la clave de unidad del conocimiento, aun cuando dicha concepción desmintiera las tesis que –al menos, formalmente– habían sustentado al respecto Platón y Cicerón. Cuando el propio Dante, sabio y poeta, autor pero también protagonista de su Divina Comedia, se encuentra, al comienzo de su gran poema, con el espíritu de Virgilio, exclama válganme el sostenido estudio –en realidad, la sostenida dedicación– y el gran amor que me han hecho indagar en su libro
. Con ello nos alcanza una de las llaves que abren la puerta del período que nos interesa.
Si el mismo Petrarca ubica a Platón y a Cicerón junto a Séneca y Varrón, en la falange de los poetas
, es precisamente porque supieron aunar el más alto grado de especulación con el cultivo de las letras. Más aún, no deja de ser significativo que también incorpore a Aristóteles en esa corte, pensando especialmente, quizás, en el Aristóteles de la Poética. Sea como que fuere, constituye una prueba más de que si Petrarca, el primero de los humanistas, rechaza con vehemencia las formas en las que había derivado el aristotelismo escolástico, no hace otro tanto con Aristóteles mismo. Por su parte, Boccaccio postula la poesía como modalidad del saber laico convertido en filosofía. Pero ello no obsta para que la caracterice aun como
