Arte chino contemporáneo
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Arte chino contemporáneo - Eva Fernández del Campo
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Arte chino contemporáneo
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Arte chino contemporáneo
EVA FERNÁNDEZ DEL CAMPO
SUSANA SANZ GIMÉNEZ
N E R E A
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Imagen de cubierta: Zhang Huan, Family Tree, 2000.
Dirección de la colección: SAGRARIO AZNAR Y JAVIER HERNANDO.
© Eva Fernández del Campo y Susana Sanz Giménez, 2011
© Editorial Nerea, S. A., 2011
Aldamar, 38
20003 Donostia-San Sebastián
Tel. (34) 943 432 227
nerea@nerea.net
www.nerea.net
© de las ilustraciones: sus autores
© de las reproducciones autorizadas:
Huang Yongping, VEGAP. Donostia-San Sebastián, 2011;
Chen Zhen, VEGAP. Donostia-San Sebastián, 2011;
Wang Du, VEGAP. Donostia-San Sebastián, 2011
Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro pueden reproducirse o transmitirse utilizando medios electrónicos o mecánicos, por fotocopia, grabación, información u otro sistema, sin permiso por escrito del editor.
E-ISBN: 978-84-15042-43-3
Maquetación: Eurosíntesis
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Índice
INTRODUCCIÓN
Eva Fernández del Campo
LOS INICIOS DEL ARTE CONTEMPORÁNEO CHINO
Eva Fernández del Campo
• Los modernos antiguos y la estela de la rebeldía
• La humillación de China y el peso del arte tradicional
• La pintura de estilo occidental
• Obra comentada: Autorretrato, de Ren Xiong
EL ARTE DE LA REPÚBLICA POPULAR
Eva Fernández del Campo
• El primer entusiasmo
• La Revolución Cultural
• De la rebelión de Las Estrellas a Tian’anmen
• Obra comentada: Una «Historia del arte chino» y una «Breve historia de la pintura moderna» metidas en la lavadora durante dos minutos, de Huang Yongping
EL EXILIO Y LA DIÁSPORA
Eva Fernández del Campo
• Lejos de la madre patria
• Las grandes estrellas del siglo XXI
• Obra comentada: United Nations: Babel of the Millenium, de Gu Wenda
ARTE Y POLÍTICA EN CHINA DESDE 1989
Susana Sanz Giménez
• El realismo cínico
• El pop político
• Obra comentada: Mi sueño: el pequeño general, de Zhang Xiaogang
LOS ECOS DE LA TRADICIÓN EN EL ARTE ACTUAL DE CHINA
Susana Sanz Giménez
• El pasado presente
• La reinvención de la tradición
• Obra comentada: Estacas de bambú, de Yung Ho Chang
LA FOTOGRAFÍA Y EL VIDEOARTE EN CHINA
Susana Sanz Giménez
• De los primeros pasos a la eclosión del videoarte chino
• Pintando con una cámara
• Obra comentada: Liu Lan, de Yang Fudong
APÉNDICE
BIBLIOGRAFÍA
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Introducción
Alo largo de las últimas tres décadas, el mundo ha asistido sorprendido al despegue económico de China y a una efervescencia cultural y artística sin parangón en el resto de los países tradicionalmente excluidos del discurso artístico dominante, o de eso que los anglosajones llaman el mainstream. Desde finales de la década de los noventa se han multiplicado las exposiciones, los libros y las galerías que tratan con artistas chinos cuya existencia era, pocos años antes, totalmente ignorada por Occidente. Los grandes museos del mundo han adquirido su obra a un ritmo vertiginoso, mientras un buen número de coleccionistas privados han hecho también buen acopio, conformando importantes colecciones particulares de arte chino actual: todo un fenómeno que todavía hoy resulta muy difícil de cartografiar en su justa medida dada la poca perspectiva con que puede hacerse.
En este volumen nos hemos planteado realizar un recorrido sumario por el arte chino contemporáneo poniendo de relieve algunas de las claves histórico-artísticas que consideramos fundamentales para su comprensión, partiendo de varias premisas que creemos necesario tener en cuenta. En primer lugar, partimos de la convicción de que el arte chino actual no es exclusivamente el resultado de la violenta penetración del consumismo global a raíz de las transformaciones políticas y económicas que el gigante asiático ha sufrido en estas décadas. Es necesario diferenciar el boom del arte chino, el evidente deseo por parte de algunos de sus creadores de agradar al mercado internacional —y el fulgurante, y quizá (lo veremos en los próximos años) efímero, éxito que ello ha supuesto—, de las transformaciones profundas que se han producido en su manera de entender y hacer el arte. En ningún caso, creemos, el arte chino debe entenderse como una asimilación rápida del arte eurooccidental y un rechazo por su pasado cultural, sino que más bien responde a un proceso mucho más complejo, que hunde sus raíces en épocas anteriores y entraña un continuo debate y un continuo abrazo entre las novedades llegadas de Occidente y la más pura tradición china; un hecho que, aunque algunos textos actuales hayan obviado, es, sin duda alguna, un referente necesario a la hora de contemplar la obra de los jóvenes realizadores. El proceso mediante el que se ha gestado este arte de hoy ha sido más largo y complicado de lo que algunas veces nos han querido contar, razón por la que hemos optado por situar el arranque de nuestro libro al inicio del siglo xx, e incluso remontarnos a épocas anteriores, conscientes de la importancia que el devenir artístico de estos años ha tenido para los creadores de las distintas disciplinas.
En segundo lugar, reducir el panorama del arte chino contemporáneo a un reflejo de la realidad socioeconómica que este país vive con la llegada del capitalismo resulta excesivamente simplificador. El escenario chino no es unitario, sino convulso y cambiante, y su arte, más que un espejo, es un caleidoscopio que nos muestra una realidad múltiple donde tienen cabida miradas y sensibilidades muy diversas. Un auténtico mosaico compuesto por muchas existencias que, además, se hallan continuamente sometidas a turbulencias y a enormes contradicciones. Ello no quita, sin embargo, para reconocer, como no podría ser de otra manera, que la política y la concepción del arte como un medio para cambiar la sociedad ha sido uno de los motores fundamentales para muchos de los artistas más interesantes de los últimos tiempos; y es difícil no descifrar el arte de la China contemporánea en clave política. Este hecho, por otra parte, debe hacernos pensar en la paradoja que en sí mismo conlleva, pues, aunque muchos de los artistas chinos más representativos de los últimos tiempos habían comenzado por hacer de su arte un ejercicio de lucha contra el régimen comunista, han acabado convirtiéndose en los mejores reclamos y escaparates de dicho régimen ante el mundo occidental.
En tercer lugar, conviene recordar el peligro que comporta entender el arte chino actual desde una perspectiva exclusivamente occidental; de hecho, en ocasiones parece como si hubiésemos pasado de ignorar casi sistemáticamente una tradición artística milenaria que era, indudablemente, de un gran hermetismo y había producido objetos de una belleza extraña para Occidente, a alabar sus producciones actuales precisamente por creer que hablan el mismo lenguaje del arte occidental, finalmente globalizado y homogeneizado. A comienzos del siglo XX, Oswald Spengler había conseguido despojar a China de la carga de exotismo que había tenido tradicionalmente para los occidentales al escribir su obra La decadencia de Occidente y al tratar, por primera vez, a un país asiático como susceptible de ser estudiado con los mismos parámetros culturales que los países europeos. Desde siempre, China se había constituido para la mirada occidental en lugar exótico, podríamos decir que en el lugar exótico por excelencia, donde todo era extraño y difícil. De hecho, en castellano utilizamos las expresiones esto suena a chino cuando algo es imposible de comprender, o es un trabajo de chinos cuando algo es muy difícil de realizar. Importantes sinólogos, entre los que destacan figuras como Lin Yutang, Alan Watts o Joseph Needham se esforzaron por acercar el conocimiento de China a los occidentales, algo que ha llevado muchos años de trabajo, que sigue haciéndose a base de importantes esfuerzos intelectuales y que hoy, en el siglo XXI, ha cobrado una importancia crucial por el decisivo papel que este coloso de Asia desempeña en el panorama económico mundial. Sin embargo, sería un error grave olvidar la extrañeza del pasado y pensar el arte chino actual en términos exclusivamente euroooccidentales y sin tener presente su propio bagaje cultural; de hecho, muchos estudiosos ven en el actual boom chino no una forma de doblegarse ante Occidente, sino precisamente todo lo contrario: una forma de recobrar la grandeza del pasado y de convertir China, de nuevo, en la potencia dominante del planeta gracias a la fortaleza y al peso de su tradición. Así, estarían muy equivocados quienes sostienen que el papel del arte chino en estas últimas décadas ha consistido en superar una serie de etapas que lo ponen a la par del arte occidental, como si el camino del arte fuera unidireccional y únicamente se trazase desde Europa y Estados Unidos. Deberíamos asimismo, al hilo de esta reflexión, cuestionarnos dónde se halla ahora el centro del arte y si no estamos asistiendo a su proceso de traslado a Asia, donde no solo se imita lo europeo sino donde también se fraguan nuevas tendencias.
Resulta necesario también comenzar a hablar de China visualizando su extraordinaria complejidad y su paradójica composición, e intentando dilucidar toda una serie de tópicos en los que el país se ha visto envuelto y que en la mayor parte de los casos son discutibles y matizables. Uno de estos es, sin duda, el que sostiene que China es un baluarte del tradicionalismo. Se la ha acusado de una obsesión por conservar lo antiguo por el mero hecho de ser antiguo y, en consecuencia, de vivir desde épocas remotas en un profundo inmovilismo. Efectivamente, a lo largo de toda su historia, la forma de organización china ha estado basada en el respeto a autoridades paternalistas que basaban su actuación en el sometimiento a las estructuras y a la tradición; de manera que podría decirse que un chino de la dinastía Han, otro de la dinastía Ming o, incluso, uno de la China comunista, no han visto muy modificados sus referentes sociales y culturales. En una cultura donde no existía una teoría sobre el Estado, ni un equivalente al derecho romano, la tradición ha sido siempre la base de todos los aspectos de la convivencia, incluido el arte. Ello ha dado lugar, efectivamente, al hecho de que en China todo parezca haber transcurrido lentamente, sin aparentes cambios y a que, cuando estos se han producido, lo hayan hecho de manera muy pausada. Por supuesto, lo anterior no ha impedido que la historia de China haya presentado movimientos convulsos, pero sí dio lugar a un ritmo especial en el acontecer histórico que resulta muy ajeno a Occidente y que, sin embargo, es una característica de toda Asia, donde los sucesos no se entienden como fruto de una oposición dialéctica, de una superación de lo anterior, sino como resultado de un flujo continuo donde un momento nunca niega el anterior, sino que lo comenta y, si lo supera, es a fuerza de admirarlo. Esta concepción de la existencia enraíza directamente con la idea taoísta del dao, el camino o el curso, que equipara el transcurrir del tiempo a un flujo de agua, y que supone que la realidad es un equilibrio continuamente cambiante y en la que todo lo que vemos no es más que un juego de fuerzas.
Esta peculiar forma de entender el discurrir de la vida, y por tanto también del arte, parecía haber tocado a su fin con la proclamación de la República Popular y con la Revolución Cultural, que prohibió toda manifestación de arte tradicional por considerarlo burgués, pretendiendo dar al traste, definitivamente, con todo lo anterior; sin embargo, hoy vemos como lo sucedido durante los años más duros del comunismo no es sino un leve paréntesis en esa tradición milenaria, a la que hoy vuelven a apelar los artistas. Hoy China, en chino Zhong Guo (que literalmente significa ‘el país del centro’), vuelve a ser consciente de su posición central, del papel de gran potencia que le toca desempeñar en el panorama internacional, y hoy más que nunca su carácter
