Aquel que Une el Cielo y la Tierra
Por Masahisa Goi
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Información de este libro electrónico
Filósofo Japonés y líder espiritual, Masahisa Goi describe aqui su propia vida, desde su infancia y juventud, y su madurez durante y despues de la Segunda Guerra Mundial, hasta las experiencias y el entrenamiento que lo llevó a su despertar espiritual. El título " Aquel que Une el Cielo y la Tierra" representa la unificación del ser divino o celestial del Señor Goi, con su ser físico o terrenal.
Masahisa Goi
Born in Tokyo, Japan, on November 22, 1916, Masahisa Goi was a poet, philosopher, writer, and singer. Though he aimed at a career in music, he found himself spontaneously drawn to the realms of philosophy and spiritual guidance. At the age of 33 he attained oneness with his divine self. From that time on, he endeavored to reach out to people by holding informal talks, where anyone was invited to participate and ask questions. He enjoyed this direct contact with people, and provided many with spiritual guidance toward the attainment of inner peace. Mr. Goi authored more than 60 books and volumes of poetry, including God and Man (his first and most fundamental work), One Who Unites Heaven and Earth (an autobiography of his early life), The Spirit of Lao Tsu, Essays on the Bible, How to Develop Your Spirituality, and Catch the Light, to name a few. Translations of many of his works are in progress. Based on the universal prayer May Peace Prevail on Earth which he advocated, Masahisa Goi founded a worldwide movement of world peace through prayer, transcending religious, ethnic, and political boundaries. Before departing from this world in 1980, he named Mrs. Masami Saionji, his adopted daughter, as his successor and leader of the world peace prayer movement that he initiated.
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Aquel que Une el Cielo y la Tierra - Masahisa Goi
AQUEL QUE UNE EL CIELO Y LA TIERRA
La Autobiografía de
MASAHISA GOI
Edición electrónico
© 2014 Masahsa Goi
Todos los derechos reservados.
Publicado por Byakko Press (www.byakkopress.ne.jp).
Originalmente publicado como Ten to chi o tsunagu mono (天と地をつなぐ者), Byakko Press, 1955.
Traducido del inglés por Elena Becú
Corregido por María Elena Cazau y Adriana Lukac
Diseño de la tapa por David W. Edelstein
Contenidos
Prefacio
Infancia, Parte I
Infancia, Parte II
Mi Juventud
Buscando al Ser Divino
El Plan Divino
Dejando Atrás Mi Viejo Ser
Comunicando con los Mundos Espirituales y Subconscientes
Más Allá del Mundo Real
Las Pruebas del Entrenamiento Espiritual
Acercándome a la Libertad Espiritual Perfecta
El Cielo y la Tierra Se Convierten en Uno
Fotos
Notas
Prefacio
El ser humano es un pequeño universo.
Recuerdo haber escuchado estas palabras de alguien cuando yo era un niño pequeño, y no podría ahora estar más de acuerdo con ellas. Es en verdad real que el universo refleja sus principios a través de los senderos que nosotros, los seres humanos, transitamos. Pero la pregunta es si nuestra forma de vida expresa el corazón universal de una forma verdadera o de una forma distorsionada. La respuesta a esta pregunta depende de si nuestros pasos son verdaderos o falsos, hermosos o feos.
Y así a medida que cada uno de nosotros caminamos por el sendero de nuestra vida, marca una gran diferencia el hecho de vivir solo como seres humanos físicos o también como seres espirituales. Esto es lo que determina la belleza o la fealdad en la forma de vida de un ser humano.
En este libro yo escribo sobre mi propio viaje espiritual, de la manera en que se fue desarrollando. Mirando atrás hacia esos eventos, encuentro que soy el tipo de persona que no pudo evitar poner gran énfasis en lo espiritual más que en la parte física de la vida. En realidad, sé que no habría sido posible para mí vivir de ninguna otra manera.
A través de mi propia experiencia, tomé conciencia de que el cuerpo físico es uno de los vehículos del espíritu. Comprendí que el ser humano es esencialmente espíritu, y que el espíritu trabaja dentro del cuerpo físico a través de las vibraciones de nuestro pensamiento y de nuestros elementos físicos en forma combinada (1).
También comprendí que el origen del espíritu (nuestro ser real), es la vida divina misma actuando de acuerdo con el movimiento de la gran vida universal, ó Dios universal. A través de mi propia experiencia también me di cuenta que segundo a segundo, momento a momento, cada ser humano ejerce una influencia en el vasto universo. Las palabras no pueden ni siquiera empezar a describir, la importancia de la existencia de cada ser humano.
También pude entender que este mundo humano puede convertirse en un cielo o en un infierno, dependiendo de las creencias en las cuales los seres humanos viven. Cuando vivimos creyendo que los humanos son existencia material y nada más, un mundo infernal toma forma alrededor de nosotros; y cuando vivimos creyendo que nuestro ser físico es un lugar de trabajo para Dios y para el Espíritu, manifestamos alrededor nuestro el cielo mismo en esta tierra. La verdad, la bondad y la belleza no surgen del cuerpo físico. Más bien estas cualidades se expresan en el cuerpo cuando el alma se acerca a Dios y adquiere un profundo amor por la humanidad.
No alentaría a otros a seguir el sendero que yo he transitado, porque cada persona tiene en esta vida su propio sendero individual. Mi deseo es que cada persona viva con dignidad siguiendo el camino que se adecue más a él y que progrese a lo largo de este sendero sin perderse, siempre conectándose con su Divino Ser interior.
El título de este libro Aquel que Une el Cielo y la Tierra surgió a partir de mi propia experiencia espiritual, de unir mi ser divino (celestial) con mi conciencia física (terrenal). Es mi esperanza que al leer este libro, al menos unas pocas personas más puedan reconocer que, por naturaleza, todos los seres humanos pueden hacer lo mismo.
Las formas aparecen y desaparecen naturalmente
En el mundo alrededor mío.
Yo simplemente permanezco en cristalina quietud.
Mi cuerpo está en este mundo
Pero mi vida está unida con el infinito,
Brillando en el cielo y en la tierra.
Masahisa Goi
Junio 1955
Infancia, Parte I
Nací en Tokio, en el distrito de Asakusa, en algún momento entre las 5 y 6 horas de la tarde del 22 de noviembre de 1916.
Mi padre descendía de una familia samurai, quien durante la era feudal sirvió al clan Nagaoka de la provincia de Echigo. A la entrada de nuestro hogar siempre había una placa, colocada allí especialmente por mi padre, que decía: Manjiro Goi de descendencia samurai.
Lleno de sueños mi padre había dejado su hogar a la edad de 15 o 16 años, y se radicó en Tokio para buscar fortuna. Sin embargo, al tener cierta tendencia a la enfermedad y haber tenido muchos niños, debió pasar su vida entera en una ocupación que nunca alegró su corazón y que lo envejeció prematuramente. Su único motivo de orgullo parecía ser la placa que atestiguaba su herencia samurai.
Mi madre, Kiku, la hija de un mercader, nació en Tokio. Sus cualidades de fuerza y dinamismo le permitieron sostener a su marido enfermo, y dar a luz a nueve niños. Finalmente ella crió a ocho de nosotros hasta la edad adulta, 2 niñas y seis niños.
Aunque yo era muy pequeño en aquel entonces, recuerdo bien que ella tenía en casa un comercio chico donde vendía dulces y donde, a veces, también hacía de peluquera. Nunca tomes dinero prestado de otros. No importa lo difícil que las cosas resulten, debes arreglarte por tus propios medios.
Esta era la constante letanía que escuchábamos de nuestra madre. Fiel a sus palabras, la mayor fuente de orgullo de mi madre era que, no importando lo difícil que fuera nuestra vida, nunca tomó prestado un centavo de nadie. Por esta razón, sólo mi hermano mayor fue al colegio con la ayuda financiera de mis padres. El resto de nosotros tuvimos que trabajar para pagar nuestra asistencia a la escuela. Sin embargo, ninguno de nosotros tomó esto a mal porque habíamos crecido viendo como mi madre trabajaba de la mañana a la noche, a veces casi sin dormir.
Como mi padre, yo también tenía una salud muy pobre cuando era pequeño. A medida que fui creciendo, los doctores a menudo dudaban de que yo pudiera sobrevivir y llegar a ser un adulto. Cuando había chequeos físicos en el colegio, recuerdo bien que los doctores y maestros miraban mi cuerpo de una forma especial, lo señalaban y lo describían como un típico ejemplo de una constitución enfermiza. En voz baja comentaban que sería una verdadera sorpresa para la ciencia médica, si yo llegara a crecer sin sucumbir antes a la tuberculosis.
Yo escuchaba silenciosamente estas susurradas conversaciones, totalmente sobrecogido con un sentimiento indescriptible, mezcla de temor y dolor. Quizás por esto es que siempre he sido muy reticente a desvestirme en frente de otros, y he odiado absolutamente ir a los baños públicos. (NT: los baños públicos en Japón son pagos, y allí la gente se desnuda.) Al mismo tiempo empecé a perder la esperanza de tener buena salud, ya que estaba seguro de que iba a morir de tuberculosis o por causa de algún desorden estomacal o intestinal para cuando llegara a ser un adulto, sino antes.
Antes de que pudiera darme cuenta y debido a todo esto, me encontré seriamente interesado en el tema de la muerte. Creo que esto debe haber sido el primer paso en el despertar a mi cambio de mentalidad filosófica y religiosa.
A pesar de mis temores acerca de mi salud, escondido en lo profundo de mi corazón había un sentimiento de optimismo y alegría que no estaba de acuerdo con el débil estado de mi cuerpo. Habitualmente yo realizaba danzas cómicas para divertir a mi madre, a mis hermanos y hermanas, sin importarme si ellos me consideraban tonto o estúpido. Verlos divirtiéndose, me hacía feliz.
Desde la infancia me entretuve leyendo libros y cantando. La composición y el canto fueron mis materias favoritas en el colegio, y fui frecuentemente elogiado por mi pronunciación clara y fuerte al leer los textos, hasta por el mismo director del colegio. Creo que la razón por la cual me volví un músico tiene mucho que ver con lo que experimenté en este período.
Yo era un joven delgado, de tez pálida, con hombros redondeados, pecho hundido y de estatura baja. Aún así, no proyectaba hacia los demás una imagen deprimente. Esto se debía a mi afable disposición y sonrisa constante. Algo que nunca pude soportar era transmitir a los demás un sentimiento desagradable. Siempre puse gran atención en no herir los sentimientos de los otros o hacer que se sintieran mal. Creo que esto, con el paso del tiempo, se convirtió en un hábito y me dio una habilidad natural para ver el corazón de las personas de manera que, sin el más mínimo esfuerzo, siempre podía hablar y comportarme de modo de no herir sus sentimientos.
Para mí siempre fue preferible perder algo que ganar algo dañando a otros. No había ninguna razón particular para esto, simplemente me parecía la forma más natural de comportarme.
Después del gran incendio que azotó a Tokio durante el terremoto de 1923, perdimos todas nuestras posesiones y nuestra casa. Vivimos en barracas de emergencia, solo con la ropa que teníamos puesta. Un día en el colegio se distribuyeron entre los niños que habíamos sufrido el terremoto, donaciones que habían llegado de distintas partes del país. Dentro de los artículos donados, lo más valioso era la ropa. Sin embargo, no había suficiente para ser distribuida entre todos los estudiantes.
La maestra entonces dijo: Todos los estudiantes que no tengan más ropa que la que tienen puesta ahora, levanten sus manos.
Casi todos los niños levantaron sus manos. Solo yo y otros 2 ó 3 estudiantes no lo hicimos. No levanté mi mano porque recordé que además de la camisa que estaba usando en ese momento, tenía otra camisa que me habían regalado mis parientes que vivían en el interior del país.
Yo llegué a casa pensando que era natural que no me hayan entregado nada. Ese día también habían sido distribuidas en otras escuelas más donaciones, y todos mis hermanos y hermanas mayores habían recibido ropa. Al ver que había llegado a casa con las manos vacías, mi madre me preguntó: ¿No repartieron ropa en tu colegio?
Sí, pero les conté que tenía otra camisa en casa y por eso no recibí nada
, le respondí. Al escuchar esto mi madre dijo: No puedo creer lo que estoy escuchando; esta era tu oportunidad de conseguir otro conjunto de ropa. ¡Qué lástima! ¡Este niño es un desastre!
Mientras hablaba, me miró con total desesperación.
Al escuchar estas palabras, empecé a pensar que quizás era verdaderamente un niño estúpido. Sabía que todos los estudiantes que habían levantado la mano, habían llevado a sus casas algo de ropa. Entre ellos había niños de mejor posición económica que la nuestra. Me sentí absolutamente desconsolado y bajé mi cabeza delante de mi madre. Estaba a punto de llorar si ella llegaba a decir una sola palabra más.
Por suerte mi madre no emitió ninguna otra palabra de reproche. A sus ojos debo haber parecido un tristemente estúpido niño que, teniendo una sola camisa extra para sí mismo, no pensó en nada al rechazar un precioso regalo de ropa.
Durante bastante tiempo, este incidente permaneció en mi mente juvenil como un problema sin resolver. ¿Era yo muy honesto, ó era un tonto honesto? Me llevó bastante tiempo antes de llegar a la conclusión de que había actuado de la única forma que era posible para mí en ese momento. Entonces y solo entonces, recuperé mi corazón alegre otra vez.
Durante mi infancia, mi debilidad física no era mi único problema. Desde mi primer año en el colegio, mi ojo izquierdo había estado rojo e hinchado y siempre parecía estar en llamas. Le había aplicado varios tipos de remedios y también lo había vendado, pero esto solo acentuaba mi apariencia de enfermedad, haciéndome parecer más vulnerable. Aunque fui examinado por varios doctores, la inflamación se negaba a sanar. Mirando hacia atrás ahora me parece que tanto la condición de mi ojo como la fragilidad de mi físico, debe haber sido una forma de purificar los pensamientos erróneos, o karma, de mis ancestros.
Estas varias enfermedades tuvieron el efecto de atenuar mi naturaleza, espontáneamente vibrante y brillante, convirtiéndome en una persona que se relacionaba más con su mundo interno que con el mundo exterior. En otras palabras, me llevaron a interesarme en los asuntos del alma.
Infancia, Parte II
No sé si fue porque mi familia era pobre, pero recuerdo que a la edad de 3 años más o menos pensaba a menudo acerca de mi futuro, preguntándome que clase de vida debía llevar y qué clase de trabajo sería para mí el más adecuado. Cuando los adultos que no me conocían me llamaban Botchan
, (forma diminutiva de llamar a los niños pequeños de familias ricas), yo pensaba para mí mismo, No, estás en un error, yo no soy Botchan.
Para mi forma de pensar, no era adecuado llamar de esta forma a un niño de una familia pobre como la mía.
Recuerdo vagamente sentir que iba a necesitar ser independiente, ganando mi propio sustento tan pronto como pudiera. Sin embargo no tenía ninguna antipatía hacia los ricos ni tampoco di forma, dentro de mi joven mente, a ningún sentimiento de hastío por la vida. La psicología de la auto-sustentación fue algo que vino a mí en forma natural.
Al comenzar mi primer año en la escuela, mi sombrero, mi ropa, mi valija y mis libros habían sido usados varias veces por mis hermanos mayores. Recuerdo que me fue muy útil en mis estudios tener las respuestas a todas las preguntas ya prolijamente escritas en
