Dando pata
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Información sobre esta serie
"Me temo que no tengo gran cosa que decir sobre Canadá, ya que no he visto mucho; lo que sí conseguí al visitar este país fue coger un resfriado. Salí de Concord, en Massachusetts, el miércoles 25 de septiembre de 1850 por la mañana en dirección a Quebec. El billete de ida y vuelta tenía un precio de siete dólares; la distancia desde Boston era de ochocientos veinte kilómetros; me veía obligado además, a la vuelta, a dejar Montreal en una fecha temprana, el viernes 4 de octubre, o en un período de diez días desde mi salida. No me detendré a relatarle al lector los nombres de mis compañeros de viaje; se decía que había mil quinientos. Yo sólo quería llegar a Canadá y poder dar un buen paseo por allí igual que caminaría una tarde en los bosques de Concord...".
Títulos en esta serie (5)
- Los bosques de Maine
5
Los bosques de Maine es uno de los relatos más tempranos y detallados del proceso de cambio en el Hinterland americano. Thoreau hace gala de una inmensa destreza al escribir sobre la naturaleza a través de su capacidad de observación y su compromiso de vivir conforme a ella.
- Cape Cod
7
Del grupo de notables que a mediados del siglo pasado tuvieron su hogar en la pequeña población de Concord, en Massachusetts, otorgándole con ello una fama literaria a la vez especial y duradera, Thoreau es el único nacido allí. Su vecino Emerson había buscado aquel sitio en su madurez como refugio rural y, después de haberlo convertido en el lugar elegido para su retiro, le siguieron Hawthorne, Alcott y otros; pero Thoreau, el genio más peculiar de todos ellos, era hijo de la tierra. En 1837, a los veinte años de edad, se graduó en Harvard, y durante tres años fue maestro de escuela en su pueblo natal. Luego se puso a trabajar en el negocio al que estaba dedicado su padre: la fabricación de lapiceros de grafito. Creía poder fabricar un lapicero mejor que cualquiera de los que se usaban en aquella época, pero cuando tuvo éxito y sus amigos lo felicitaron por haberse abierto la perspectiva de hacerse rico, él respondió que jamás fabricaría otro lapicero. "¿Para qué?", dijo. "No quiero hacer de nuevo lo que ya he hecho una vez". Albergaba una marcada antipatía hacia el tipo urbanita acomodado, y hablando de esta clase de personas señala: "Habitualmente realizan cada día una pequeña actividad con objeto de mantenerse y luego se reúnen en los salones a fabular lánguidamente y a chapotear en la sensiblería social, y se marchan sin reparos a la cama a revestirse de una nueva capa de pereza". Las personas que él prefería eran de un tipo más primitivo, sin artificios, con el valor necesario para librarse de las ataduras de la moda y las costumbres heredadas. Le gustaba especialmente la compañía de aquéllos que vivían en estrecho contacto con la naturaleza. Un irlandés semisalvaje, un rudo granjero, un pescador o un cazador, le producían verdadero placer; y por ese motivo, Cape Cod lo atraía poderosamente. Constituía por entonces una porción sumamente aislada del estado, y sus habitantes eran precisamente del tipo de gente independiente, autónoma, que lo atraía. En la narración de sus excursiones por allí ocupa un lugar principal el elemento humano, y el autor se detiene larga y afectuosamente en las características de sus conocidos casuales, anotando todo comentario relevante por su parte. Sin duda ellos a su vez, también lo encontraban interesante, aunque los propósitos del viajero fueran en buena medida misteriosos para ellos y se inclinasen a pensar que se trataba de un buhonero.
- Tocándome los cojones: Apuntes de viaje y otras fábulas
8
Un libro tronchante, audaz, iconoclasta y real como pocos, que acabo de descubrir con cinco años de retraso. Se titula Tocándome los cojones y su autor, Jaime Centurión, no me dice nada -afortunadamente- en la agenda de las Bellas Letras canarias, en cuyas páginas doradas jamás tendrá cabida un texto tan inclasificable, libre y divertido como éste cuyo tema es nada más y nada menos que "la estricta realidad de las cosas". Con lo cara que se ha puesto la realidad, el viaje de Centurión por toda África oriental a lo largo de diez meses, viaje golfo y ganso -nada de monu-mentos, nada de antropología, nada de ayuda en acción: mujeres, birras y un transistor multibanda para escuchar los goles del Tenerifito en Tablero Deportivo- tiene el mismo principio activo que el mejor limpiador de maquillaje. La gozada de este libro fragmentario y arrebatado, son su voz y su mirada. Una voz a pie de experiencia, hablando al lector cercano como un compañero de viaje, al que habla como tú le hablarías a un amigo que te acompaña en un viaje y de quien, a menudo, estás un poco harto pero no se lo dices abiertamente, de lo que ocurrió en el momento en que le ocurre, o de lo que ocurrió como si estuviera ocurriendo; y una mirada limpia, nunca idiota, que va por esos mundos de Dios arrancando máscaras de estos mundos del diablo, a base de humor y verdad. Toda una joyita este libro, que para mí es la continuación, o el antecedente, o un fragmento suelto de ese gran texto que te hace parar en cualquier puerta, de la forma más tonta. Háganse con él.
- La tortuga de Luang Prabang: Y otras historias de viaje
9
Son escasos los escritores brillantes que desde la ficción han escrito buenos libros de viajes. No nos engañemos, los que consideramos mejores libros de viajes no son libros de viaje. Kapuscinsky nunca ha escrito un libro de viajes, Makroll el Gaviero viaja, pero sus andanzas pertenecen al género de la buena literatura, sin más. Saint Exupery es poesía en movimiento. Rimbaud viajó, pero, precisamente, para huir de la literatura. Vivimos el ocaso de los géneros tal y como los conocíamos hasta ahora, se impone el eclecticismo, la creación transversal que desconoce pautas preestrablecidas, como estos relatos que Antonio Cordero nos presenta aquí. Su Tortuga de Luang Prabang transita luces y sombras, ficciones y tabernas tan reales como el fantasma de Makrol, personajes novelescos y cazadores de osos, historias que se intuyen, pero no se dejan ver. Por momentos nos traslada a un mundo que evoca la felicidad, esa cosa naif que tanto nos preocupa y perseguimos como antes perseguíamos unicornios. En otros, nos sumerge en oscuridades conradianas, ejerciendo una especie de melancolía del horror, un deseo insatisfecho por compartir el destino de aquellos que se dejaron la cordura entre raíles, canoas y dunas de arena. Pareciera que para Antonio El Gaviero, el viaje es una excusa para la huida y cada uno de sus relatos un refugio temporal donde apaciguar las ansias de retorno. Ir, partir, volver... descuidos del lenguaje, paréntesis entre inocente y doloroso para evitar respuestas En cualquier caso, sus relatos son un alivio para esa enfermedad llamada nostalgia de lo que nunca tuvimos.
- Un yanqui en Canadá
10
Henry David Thoreau realizó un viaje a Canadá del 25 de septiembre al 2 de octubre de 1850. Su relato sobre este viaje apareció publicado inicialmente por entregas en 1853 en la revista Putnam's Monthly bajo el título Una excursión a Canadá, y en 1866 fue recogido en un libro titulado A Yankee in Canada, with Anti-Slavery and Reform Papers. "Me temo que no tengo gran cosa que decir sobre Canadá, ya que no he visto mucho; lo que sí conseguí al visitar este país fue coger un resfriado. Salí de Concord, en Massachusetts, el miércoles 25 de septiembre de 1850 por la mañana en dirección a Quebec. El billete de ida y vuelta tenía un precio de siete dólares; la distancia desde Boston era de ochocientos veinte kilómetros; me veía obligado además, a la vuelta, a dejar Montreal en una fecha temprana, el viernes 4 de octubre, o en un período de diez días desde mi salida. No me detendré a relatarle al lector los nombres de mis compañeros de viaje; se decía que había mil quinientos. Yo sólo quería llegar a Canadá y poder dar un buen paseo por allí igual que caminaría una tarde en los bosques de Concord...".
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