La Cabaña del Tío Tom: Edición enriquecida. Clásicos de la literatura
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
Harriet Beecher Stowe
Harriet Beecher Stowe (1811–1896) was an abolitionist, writer, and teacher at Hartford Female Seminary. Stowe escaped the restrictions on women of the nineteenth century through her novel writing and antislavery activism. Stowe is best known for her depiction of African American life before the Civil War in Uncle Tom’s Cabin, which was extremely influential in both the United States and Britain.
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La Cabaña del Tío Tom - Harriet Beecher Stowe
Harriet Beecher Stowe
La Cabaña del Tío Tom
Edición enriquecida. Clásicos de la literatura
Introducción, estudios y comentarios de Néstor Garrido
EAN 8596547742050
Editado y publicado por DigiCat, 2023
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Biografía del Autor
La Cabaña del Tío Tom (Clásicos de la literatura)
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
Cuando la ley exige que el corazón renuncie a su humanidad, empieza una historia capaz de poner a prueba a un país entero. En La cabaña del Tío Tom, Harriet Beecher Stowe transformó una situación histórica en un retrato íntimo y vibrante de vidas sometidas a la esclavitud. Su novela no solo convoca al sentimiento; invita al juicio moral y al examen de conciencia. Desde sus primeras páginas, el conflicto entre deber legal y compasión individual se vuelve el eje de un relato que cruza casas, ríos y fronteras interiores, revelando cómo una institución política se infiltra en lo doméstico y define destinos cotidianos.
Publicada como libro en 1852, tras su serialización entre 1851 y 1852 en un periódico abolicionista, esta obra se convirtió en un fenómeno cultural de alcance internacional. El subtítulo original, A Life Among the Lowly, declara su proyecto: dar visibilidad literaria a quienes eran sistemáticamente silenciados. Stowe, escritora estadounidense comprometida con la causa antiesclavista, reúne testimonios, observaciones y recursos de la ficción sentimental para componer una trama coral. Con lucidez, describe una sociedad marcada por deudas, ventas y fugas, y sitúa al lector en el punto preciso donde las decisiones privadas se enfrentan a estructuras de poder.
El contexto inmediato de su composición fue el periodo anterior a la Guerra Civil de Estados Unidos, especialmente la aprobación, en 1850, de una ley que exigía la captura y devolución de personas esclavizadas que habían huido. A partir de ese clima tenso, Stowe comenzó a publicar entregas que pronto atrajeron a miles de lectores. La premisa central es clara: ante la amenaza de la separación familiar y la venta forzada, distintos personajes deben elegir entre someterse, resistir o huir. Sin anticipar desenlaces, la autora abre un mapa moral y geográfico que conecta plantaciones, ciudades y hogares que reaccionan de modos dispares.
La cabaña del Tío Tom alcanzó estatus de clásico por su capacidad de articular una protesta ética con los recursos emotivos de la novela doméstica. Stowe emplea la empatía, la compasión religiosa y la cotidianeidad de la vida familiar para interpelar sensibilidades diversas, lejos de la abstracción. Sus estrategias narrativas —escenas íntimas, contraste de hogares, alternancia de itinerarios— hacen del sufrimiento una experiencia cercana, pero evitan que el dolor sea espectáculo. Ese equilibrio entre pathos y propósito cívico colocó el libro en la tradición de la literatura de reforma social y lo convirtió en referencia obligada del siglo XIX.
Temas perdurables atraviesan estas páginas: la dignidad humana frente a la cosificación, la tensión entre ley y conciencia, la fuerza de los vínculos familiares, la fe como refugio y como impulso de acción, y la responsabilidad individual ante injusticias institucionalizadas. El relato muestra cómo la esclavitud no solo encadena cuerpos, sino que distorsiona lenguajes, economías y afectos. Al privilegiar el ámbito doméstico, Stowe revela cómo una estructura política penetra en los gestos más sencillos: un cuidado, una promesa, una mesa compartida. De ese modo, lo público y lo privado se funden y obligan al lector a tomar posición.
La destreza de Stowe consiste también en su construcción espacial. La novela despliega escenarios en distintos estados y hogares, permitiendo observar variaciones del mismo sistema: severidades explícitas y paternalismos que, bajo apariencias benignas, perpetúan jerarquías. En ese mosaico, los personajes encarnan posibilidades éticas y contradicciones comunes. Cada desplazamiento —una venta, un cruce, una negociación— no solo anima la trama, sino que ilumina los engranajes que sostienen la esclavitud. La autora dosifica la tensión narrativa para que la urgencia moral no sofoque la complejidad humana, y para que la denuncia social no pierda su anclaje en la experiencia concreta.
Su impacto literario y cultural fue inmediato. Leída por públicos amplios, reimpresa en pocos meses y rápidamente traducida, la novela circuló más allá de fronteras nacionales. Adaptaciones teatrales contribuyeron a su difusión, multiplicando escenas y personajes en escenarios diversos. Si bien esas versiones variaron en fidelidad y calidad, testimonian la fuerza dramática del material original y su capacidad para suscitar conversación pública. La obra de Stowe participó activamente en el debate abolicionista, al ofrecer argumentos sensibles y accesibles que ampliaron el alcance de panfletos, sermones y discursos políticos en una época convulsionada.
Desde el punto de vista de la historia literaria, La cabaña del Tío Tom abrió un camino para la novela de protesta en lengua inglesa y fijó un repertorio de recursos que muchas y muchos autores usarían y discutirían después. Su modo de vincular emoción y reforma, domesticidad y política, influyó en ficciones que abordaron otras injusticias sociales. También generó respuestas críticas que examinaron sus límites, su representación de personajes y sus estrategias retóricas. Ese diálogo —adopción, corrección, disentimiento— contribuyó a dinamizar la tradición narrativa y a consolidar la idea de que la literatura podía intervenir en la esfera pública.
El estatus de clásico no se debe solo a su recepción temprana, sino a su capacidad de sostener lecturas nuevas. La novela ha sido interrogada por generaciones de críticos y lectoras, que han destacado tanto su potencia persuasiva como los estereotipos que algunos personajes encarnan. Esa tensión, lejos de invalidarla, explica su vigencia en la conversación cultural: obliga a distinguir entre intención y efecto, entre contexto histórico y sensibilidad posterior. Como testimonio, como instrumento político y como artefacto estético, el libro invita a una lectura atenta, informada y crítica, capaz de reconocer logros y limitaciones.
La autoría de Harriet Beecher Stowe, su pertenencia a un entorno reformista y el momento de publicación ofrecen claves esenciales. La novela se gestó en un cruce de convicciones religiosas, observación social y urgencia histórica. Stowe escribe con la autoridad de quien conoce argumentos legales y debates públicos, pero elige interpelar desde lo íntimo, convencida de que la empatía puede precipitar cambios. El resultado es un texto que combina documentación y dramatización, que expone abusos sin convertirlos en espectáculo gratuito y que confía en la capacidad del lector para evaluar dilemas morales complejos sin renunciar a la emoción.
Volver hoy a La cabaña del Tío Tom supone reconocerla como pieza central de la cultura del siglo XIX y, a la vez, como punto de partida de discusiones contemporáneas sobre representación, agencia y memoria. Leída con contexto, permite comprender cómo se formaron sensibilidades políticas y cómo la ficción intervino en transformaciones reales. Leída con distancia crítica, invita a revisar categorías y lenguajes. En ambos casos, su valor radica en articular preguntas que exceden su época: qué significa obedecer una ley injusta, qué nos pide la conciencia, qué precio tiene la libertad cuando la niegan las instituciones.
Su atractivo duradero proviene de esa doble exigencia: conmover y pensar. Esta edición de un clásico de la literatura ofrece la oportunidad de reencontrar un relato que todavía interpela debates sobre racismo, ciudadanía, migración forzada, responsabilidad cívica y resistencia moral. Sin destripar su desarrollo, basta decir que sus escenas iniciales bastan para encender un proceso de reflexión que se extiende mucho más allá de sus páginas. Leer a Stowe hoy es examinar la textura ética de nuestras decisiones y aceptar que, cuando el corazón se enfrenta a la ley, la literatura puede mostrar caminos hacia una justicia más humana.
Sinopsis
Índice
La cabaña del Tío Tom, publicada por Harriet Beecher Stowe en 1852 en Estados Unidos, sitúa su acción en los estados esclavistas antes de la Guerra Civil. La novela abre en Kentucky, donde el señor Shelby, acuciado por deudas, acuerda vender a un comerciante de esclavos, Haley, a Tom —un hombre maduro, respetado por su integridad— y al pequeño hijo de Eliza. Desde esta decisión económica que desordena la vida de una plantación relativamente benévola
, Stowe plantea el conflicto central: cómo la esclavitud subordina vínculos familiares, convicciones religiosas y legalidad a la lógica de la propiedad, y cómo las personas responden a ese dilema.
Eliza, criada en la casa de los Shelby, escucha los planes y huye de noche con su hijo para evitar la venta. Su fuga, perseguida por agentes y el propio Haley, atraviesa paisajes invernales y fronteras internas, y moviliza una red de simpatías y resistencias que incluye a extraños que arriesgan su seguridad. En paralelo, Tom, decidido a no provocar represalias contra los suyos, acepta su destino y es conducido hacia el sur. En esta bifurcación, la novela contrapone dos respuestas morales —la huida y la obediencia sacrificial— y explora los costos personales, espirituales y legales de cada camino bajo la Ley de Esclavos Fugitivos.
Durante el viaje en barco por el río, Tom conoce a la niña Evangeline St. Clare, cuya compasión impresiona al comerciante y a los presentes. Su padre, Augustine St. Clare, adinerado propietario de Nueva Orleans, adquiere a Tom y lo incorpora a su casa. El nuevo escenario introduce un abanico de posiciones: la elegancia urbana, la ironía de Augustine, la frialdad de su esposa Marie y la disciplinada moral de la prima Miss Ophelia, llegada de Nueva Inglaterra. Tom asume tareas de confianza y se convierte en figura estabilizadora, mientras la narración indaga en el contraste entre benevolencias personales y la estructura jurídica que sostiene la esclavitud.
En el hogar St. Clare, la relación entre Eva y Tom ofrece escenas de afecto, cuidado y deliberación religiosa que iluminan tensiones entre doctrina cristiana y práctica cotidiana. Miss Ophelia, encargada de la niña Topsy, enfrenta sus propios prejuicios y el desafío de educar sin reproducir humillaciones, mostrando que la transformación moral no se logra solo con discursos. Tom busca sentido en el trabajo y en la comunidad doméstica, y su lealtad se lee como fuerza y vulnerabilidad a la vez. Stowe presenta así los límites del paternalismo: aun donde hay gestos de bondad, el poder de vender, separar y castigar permanece intacto.
En una línea paralela, George Harris, esposo de Eliza y trabajador altamente capacitado, decide escapar tras ver anulados sus talentos por un sistema que lo reduce a mercancía. Con ingenio y disfraces, avanza hacia el norte, apoyado por comunidades abolicionistas, iglesias y familias cuáqueras que desafían la ley federal. La persecución se intensifica, y su travesía muestra debates públicos y privados sobre la obediencia al Estado, el deber hacia el prójimo y la legitimidad de la autoliberación. Esta trama complementa la de Eliza al situar la libertad como proyecto familiar y como afirmación de dignidad, no solo como huida individual.
Un cambio decisivo en la casa St. Clare altera el rumbo de Tom y lo expone de nuevo al mercado de personas. Su traslado al profundo sur lo pone bajo el mando de Simon Legree, plantador que concentra la lógica más brutal de la institución: el control por el miedo, el trabajo extenuante y la ruptura de lazos afectivos. En ese espacio aparecen Cassy y Emmeline, mujeres cuya experiencia revela las dimensiones de violencia sexual y manipulación psicológica. El relato intensifica su examen de poder absoluto, mostrando cómo la dominación se sostiene con castigos y con estrategias de aislamiento que buscan quebrar identidades y memorias.
En la plantación, Tom es presionado a colaborar con prácticas que repudian su conciencia. Su resistencia —más ética que violenta— plantea la pregunta sobre qué significa mantener la integridad cuando todo incentivo apunta a la sumisión. Cassy, por su parte, desarrolla tácticas de astucia y perspectiva para protegerse y proteger a otras personas, ofreciendo una mirada compleja sobre supervivencia y agencia. Stowe explora también el efecto corrosivo de la esclavitud en los amos, cuya autoridad depende de la crueldad y la mentira. La atmósfera de terror, rumores y supersticiones sirve como mecanismo de control y como terreno para pequeños actos de desafío.
Las trayectorias de Eliza y George, sostenidas por redes transregionales, avanzan hacia la posibilidad de un refugio más allá del alcance de los captores. Sin resolver todavía su destino, la narración alterna escenas de escondite, traslados peligrosos y discusiones sobre deberes familiares y compromisos cívicos. La geografía —de Kentucky a Nueva Orleans y al margen del río Rojo— muestra que la esclavitud es un sistema nacional con cómplices y opositores dispersos. La historia cruza hogares, tribunales y caminos, y sugiere que cada decisión, desde una mesa de comedor hasta un puerto fluvial, contribuye a sostener o desmantelar la injusticia.
Publicada por entregas y luego en volumen en 1852, La cabaña del Tío Tom busca persuadir a través de historias entrelazadas que humanizan a quienes viven bajo esclavitud y confrontan a quienes se benefician de ella. Más allá de sus desenlaces, el libro propone un examen de la autoridad de la ley frente a la ley moral, del poder de la fe y del imperativo de mantener unidas a las familias. Su vigencia radica en cómo interroga la indiferencia y la racionalización del daño, invitando a medir las convicciones por las acciones y a imaginar una comunidad fundada en la dignidad y la libertad.
Contexto Histórico
Índice
Escrita y publicada en 1851-1852, La Cabaña del Tío Tom surge del Estados Unidos anterior a la Guerra Civil, cuando la esclavitud constituía la institución económica y jurídica dominante en el Sur y condicionaba la vida política de toda la nación. La narración se mueve entre estados esclavistas y libres, con el río Ohio como frontera simbólica, y pone en primer plano la economía algodonera, los mercados de personas esclavizadas y el protestantismo evangélico que ordenaba valores y costumbres. Ese marco de tensiones federales, leyes en conflicto y lealtades religiosas permite leer la obra como testimonio y crítica de un orden social que, hacia mediados del siglo XIX, parecía a la vez consolidado e insostenible.
En el Sur esclavista, el régimen de servidumbre era de propiedad mobiliaria: las personas Afrodescendientes eran, por ley, bienes comerciales. Normas conocidas como códigos esclavistas regulaban el trabajo, la movilidad, los castigos y la prohibición de la alfabetización en varios estados. El principio jurídico partus sequitur ventrem fijaba que el estatus seguía a la madre, perpetuando la esclavitud por herencia. La vigilancia corría a cargo de patrullas y capataces, y la justicia local protegía prioritariamente los derechos de los propietarios. La novela refleja este armazón legal y social en escenas de compraventa, de control del movimiento y de vulnerabilidad ante decisiones arbitrarias, mostrando cómo las leyes convertían la vida cotidiana en un terreno de riesgo permanente.
El auge del algodón, impulsado por la desmotadora de Whitney desde 1793 y por la demanda de la industria textil británica y neuevainglesa, expandió la frontera esclavista hacia el llamado Suroeste: Alabama, Misisipi, Luisiana y, más tarde, Texas. La rentabilidad descansaba en el trabajo forzado a gran escala y en la integración con nuevas infraestructuras: barcos de vapor surcaban el Misisipi y el Ohio, y los ferrocarriles empezaban a conectar mercados. Esta geografía económica aparece en la obra a través de haciendas, puertos y rutas fluviales, donde la circulación de mercancías y de personas esclavizadas se entrelaza con decisiones familiares y legales, evidenciando que el capitalismo atlántico y la esclavitud eran, entonces, engranajes de un mismo sistema.
Tras la prohibición federal del comercio transatlántico en 1808, se intensificó el comercio interno de esclavos entre el Alto Sur y el Sur Profundo. Corredores y casas de subastas trasladaron a cientos de miles de personas a plantaciones de algodón y azúcar, con centros neurálgicos en Nueva Orleans, Natchez y otras ciudades. La separación de familias, la inspección corporal y la valoración en efectivo formaban parte del proceso de compraventa. La novela reproduce y denuncia ese circuito a través de escenas de mercados y traslados forzados, subrayando que la destrucción de vínculos afectivos no era un accidente excepcional, sino un efecto estructural del tráfico doméstico legalmente protegido y económicamente incentivado.
Las disputas sobre la expansión de la esclavitud marcaron la política nacional. El Compromiso de Misuri de 1820 había intentado balancear estados libres y esclavistas. Medio siglo más tarde, el Compromiso de 1850 incorporó la Ley de Esclavos Fugitivos, que reforzó la captura de personas escapadas en cualquier estado y penalizó a quienes las ayudaran. Ese estatuto conmocionó a amplios sectores del Norte y proporcionó un detonante inmediato para la escritura de La Cabaña del Tío Tom. La obra muestra cómo una ley federal puede invadir hogares y conciencias, haciendo patente el conflicto entre obediencia legal y obligación moral, y retrata la ansiedad de comunidades antes relativamente protegidas.
En la frontera entre Kentucky y Ohio, una red informal de ayuda —conocida después como el Ferrocarril Subterráneo— ofrecía refugio, transporte y contactos a quienes huían. Dirigida por afroamericanos libres y apoyada por abolicionistas blancos, combinaba casas seguras, iglesias y rutas fluviales. Cincinnati, donde Harriet Beecher Stowe vivió desde la década de 1830 hasta 1850, era un punto clave de ese tránsito y también escenario de choques violentos entre partidarios y opositores de la esclavitud. La novela incorpora este paisaje fronterizo y su sociabilidad clandestina, evidenciando tanto la cooperación interracial como los riesgos legales y físicos que entrañaba asistir a personas perseguidas bajo la nueva legislación federal.
El trasfondo religioso del libro procede del protestantismo evangélico surgido de los avivamientos del Segundo Gran Despertar. Lyman Beecher, padre de la autora, fue un influyente ministro congregacionalista y promotor de reformas morales. En ese ambiente, la religión se presentó como motor de perfeccionamiento social, incluyendo el abolicionismo. La narrativa, en consecuencia, recurre a un lenguaje teológico y a apelaciones a la conciencia cristiana para evaluar instituciones y conductas. La compasión, la fraternidad y la responsabilidad individual ante Dios se contraponen a la racionalización del dominio y la violencia. La fe, más que mero consuelo, funciona como criterio crítico que invita a juzgar leyes y costumbres a la luz de principios universales.
Durante las décadas de 1830 y 1840, el movimiento abolicionista se diversificó. William Lloyd Garrison y la American Anti-Slavery Society defendieron la abolición inmediata mediante la persuasión moral y la agitación pública. Otros, a través de partidos como el Liberty y, después, el Free Soil, priorizaron frenar la expansión de la esclavitud por vías electorales. Abolicionistas afroamericanos como Frederick Douglass, Henry Highland Garnet y Sojourner Truth aportaron testimonios y estrategias. La novela circuló en ese clima, reforzando la táctica de conmover a lectores para activar la empatía y el compromiso. Su énfasis en las experiencias personales encajó con la idea de que la transformación política requería una conversión moral previa.
La cultura impresa de mediados del siglo XIX facilitó un impacto inédito. La Cabaña del Tío Tom apareció primero por entregas en el periódico abolicionista The National Era (1851-1852) y luego como libro en 1852. Las prensas a vapor, el papel más barato y los ferrocarriles abarataron y aceleraron la distribución. En su primer año en Estados Unidos vendió en torno a cientos de miles de ejemplares, y en el Reino Unido superó rápidamente el millón. Se tradujo pronto a múltiples idiomas. La lectura en voz alta en salones y parroquias permitió que su mensaje atravesara barreras de género y clase, convirtiendo la ficción en herramienta de conversación pública.
El auge de la llamada novela sentimental o doméstica proporcionó a escritoras y lectoras un espacio de intervención moral. Bajo la ideología de las esferas separadas, se atribuía a las mujeres autoridad sobre el hogar y la crianza. Stowe se apropió de ese lenguaje para proyectar al ámbito público la responsabilidad del cuidado y la compasión, mostrando cómo las decisiones del Estado penetraban en la intimidad familiar. En paralelo, asociaciones femeninas promovieron peticiones, boicots a productos del trabajo esclavo y redes de caridad. La obra dialoga con esas prácticas: convoca a la sensibilidad doméstica para juzgar políticas nacionales, sin abandonar la ambición de incidir en el debate ciudadano.
La inseguridad no afectaba solo a quienes vivían esclavizados en el Sur. Afroamericanos libres en estados del Norte enfrentaron discriminación legal, violencia y el riesgo de secuestro para su venta al Sur, documentado en casos de la década de 1840 y 1850. El fallo Prigg contra Pennsylvania (1842) limitó la capacidad estatal para proteger a fugitivos, y los estados respondieron con leyes de libertad personal, variando su efectividad. La Ley de 1850 otorgó a comisionados federales amplios poderes y recompensas, debilitando garantías procesales. La novela dramatiza esa precariedad, mostrando cómo las fronteras entre libertad y esclavitud podían desdibujarse cuando la autoridad federal priorizaba la reclamación de propiedad humana.
La defensa de la esclavitud se articuló como paternalismo y, desde 1837, como bien positivo en discursos como los de John C. Calhoun. Se invocaron pasajes bíblicos, teorías raciales y argumentos sobre orden social para justificarla. Autores proesclavistas describían plantaciones armoniosas y jerarquías naturales. La obra de Stowe responde a esa retórica desde una teología de la dignidad humana: no se limita a denunciar abusos individuales, sino que cuestiona la premisa de que una persona pueda ser propiedad de otra. Al contraponer el mandamiento del amor al prójimo a la lógica del mercado, la novela desarma la coartada moral del paternalismo y expone sus contradicciones.
Las sociedades esclavistas vivían tensionadas por el temor a la resistencia. Rebeliones como la de Nat Turner en 1831 provocaron endurecimientos legales y vigilancia intensificada. Pero la resistencia cotidiana adoptó formas menos visibles: aprendizaje clandestino de la lectura, redes de apoyo, trabajo ralentizado y fuga. El Ferrocarril Subterráneo materializó esa estrategia de movilidad como acto de autoliberación. La novela inscribe estas prácticas en historias individuales de perseverancia y decisión, evitando romantizarlas: recalca los costos, los peligros y la necesidad de cooperación. Al hacerlo, desmonta la idea de pasividad y sitúa a las personas esclavizadas como sujetos históricos con agencia frente a un sistema opresivo.
La oposición a la crítica antiesclavista se manifestó en censura y violencia. En 1835, campañas contra el envío de literatura abolicionista llevaron a la incautación de correos en el Sur. Entre 1836 y 1844, la Cámara de Representantes impuso la llamada regla mordaza para bloquear peticiones antiesclavistas. Ciudades fronterizas como Cincinnati presenciaron disturbios en los años 1830 contra imprentas y activistas. Harriet Beecher Stowe residió allí entre 1832 y 1850; su esposo fue profesor en el Lane Seminary, centro de debates sobre esclavitud. Ese entorno de confrontación, sumado a testimonios de personas fugitivas, nutrió la sensibilidad documental de la autora y su urgencia por intervenir en el terreno moral del público lector.
El contexto internacional también importó. Gran Bretaña había abolido la trata en 1807 y la esclavitud en la mayor parte de su imperio en 1833, creando una audiencia atenta a la literatura antiesclavista. La recepción británica de La Cabaña del Tío Tom fue masiva y generó giras y colectas. En 1853, Stowe publicó A Key to Uncle Tom’s Cabin, una compilación de documentos legales, noticias y testimonios que respaldaban la veracidad de episodios y condiciones descritos en la novela. Con ello respondió a críticos que la acusaban de exageración, situando su ficción dentro de un archivo público y reafirmando que las prácticas denunciadas eran habituales y comprobables.
El éxito del libro desató una intensa disputa cultural. Adaptaciones teatrales, los llamados Tom shows, llevaron su trama a públicos que no leían, con versiones que iban desde lecturas comprometidas hasta caricaturas racistas. De inmediato aparecieron novelas de respuesta proesclavistas y textos que defendían la vida en las plantaciones. Mientras tanto, la política se radicalizaba: en 1854, la Ley Kansas-Nebraska reabrió la cuestión de la expansión y fomentó conflictos armados. Aunque la novela no determinó por sí sola esos procesos, su circulación contribuyó a mantener la esclavitud en el centro del debate público y a forjar un lenguaje moral compartido para juzgarla.
En suma, La Cabaña del Tío Tom funciona como espejo y crítica de su tiempo. Inserta la vida doméstica en una red de leyes, mercados y creencias que definieron la república antes de la guerra, y somete ese entramado a un examen ético persistente. Al documentar la violencia legalizada, el comercio interno, la fe que moviliza y las solidaridades transregionales, la obra condensa fuerzas históricas que modelaron la nación. Su estrategia de apelar a la compasión no sustituye el análisis; lo acompaña. Por eso, más que una fábula edificante, es un alegato informado que ayudó a millones de lectores a ver la esclavitud como problema público ineludible.
Biografía del Autor
Índice
Harriet Beecher Stowe (1811–1896) fue una novelista y ensayista estadounidense cuya obra se convirtió en un referente moral y cultural del siglo XIX. Su novela La cabaña del tío Tom (1852) la situó en el centro del debate público sobre la esclavitud en los años previos a la Guerra de Secesión. Escribió ficción, crónica de viajes, crítica social y manuales domésticos, utilizando una prosa accesible y emotiva para intervenir en cuestiones de conciencia colectiva. La recepción internacional de sus libros, especialmente en Estados Unidos y Europa, consolidó su figura como una autora capaz de vincular literatura, religión y reforma social con amplia resonancia pública.
Se formó en el ambiente intelectual de Nueva Inglaterra, con estudios en instituciones para mujeres como el Litchfield Female Academy y el Hartford Female Seminary. Su educación combinó humanidades con una intensa cultura religiosa protestante, rasgos que marcaron su sensibilidad literaria. A comienzos de la década de 1830 se trasladó a Cincinnati, en la frontera con estados esclavistas, donde el contacto con debates antiesclavistas y testimonios de personas anteriormente esclavizadas amplió su perspectiva. Participó en círculos literarios locales, como el Semi-Colon Club, y adoptó estrategias del sentimentalismo y la narrativa doméstica para articular argumentos morales que buscaban llegar a un público amplio.
Sus primeros pasos literarios se dieron en revistas y periódicos, con relatos, bocetos y ensayos que revelan interés por la vida cotidiana, la religión y la crítica de costumbres. Reunió parte de ese trabajo temprano en The Mayflower (1843), donde ya ensayaba tonos y recursos que desarrollaría con mayor ambición más adelante. Además de escribir, ejerció la docencia, lo cual reforzó su convicción sobre el valor cívico de la educación. En esos años fue afinando una voz que combinaba observación social, apelaciones morales y un manejo eficaz del melodrama, conjunto que haría más tarde de su narrativa un instrumento de reforma.
La cabaña del tío Tom apareció primero por entregas en el periódico antiesclavista National Era (1851–1852) y luego como libro en 1852. Nació como respuesta a la intensificación del conflicto por la esclavitud tras la Ley de Esclavos Fugitivos de 1850. Su éxito fue inmediato, con ventas masivas, traducciones y representaciones teatrales, a la par de fuertes controversias y refutaciones desde defensores de la esclavitud. Para sostener la base documental de su obra, publicó A Key to Uncle Tom’s Cabin (1853), recopilación de fuentes y testimonios que explicaba su método y materiales. La novela cambió el horizonte de expectativas del público y del debate antiesclavista.
Stowe amplió su intervención con Dred: A Tale of the Great Dismal Swamp (1856), ficción que volvió sobre violencia, ley y conciencia. Cultivó, además, el relato de viajes con Sunny Memories of Foreign Lands (1854), fruto de su visita a Gran Bretaña y Europa, donde fue recibida por círculos abolicionistas. Exploró la vida doméstica y la moral religiosa en novelas como The Minister’s Wooing (1859), The Pearl of Orr’s Island (1862) y Oldtown Folks (1869). En el terreno práctico, coescribió con Catharine Beecher The American Woman’s Home (1869), manual sobre economía doméstica que articuló reforma social y cultura del hogar.
Su escritura se apoyó en convicciones religiosas y en un humanitarismo que vinculaba caridad, empatía y reforma gradual, recurriendo a testimonios de personas afectadas por la esclavitud para respaldar sus argumentos. Viajó, dio conferencias y colaboró con redes reformistas, divulgando causas y recaudando apoyos. No rehuyó polémicas: su intervención en la controversia sobre la vida de Lord Byron, a partir de un artículo en 1869 y el volumen Lady Byron Vindicated (1870), desató un debate transatlántico sobre moral, veracidad y límites de la exposición pública. Esa capacidad de llevar disputas éticas a la esfera literaria definió su perfil intelectual.
En sus últimos años residió en Nueva Inglaterra, con etapas en comunidades académicas y, desde la década de 1860, en Hartford, donde su casa es hoy un centro dedicado a su legado. Pasó temporadas en Florida y plasmó impresiones y reflexiones en Palmetto-Leaves (1873). Continuó publicando y participando en la conversación pública, ya en el contexto de la posguerra y la Reconstrucción. Falleció en 1896. Su influencia persiste tanto por el papel que desempeñó en el auge de la imaginación antiesclavista como por el debate crítico que su obra suscita hoy, entre el reconocimiento de su impacto histórico y la revisión de sus estereotipos y estrategias narrativas.
La Cabaña del Tío Tom (Clásicos de la literatura)
Tabla de Contenidos Principal
CAPÍTULO PRIMERO
En El Que Se Presenta Al Lector A Un Hombre Humanitario
CAPÍTULO II
La Madre
CAPÍTULO III
Marido Y Padre
CAPÍTULO IV
Una Tarde En La Cabaña Del Tío Tom
CAPÍTULO V
Donde Se Explican Los Sentimientos De Las Mercancías Humanas Al Cambiar De Dueño
CAPÍTULO VI
El Descubrimiento
CAPÍTULO VII
La Lucha De La Madre
CAPÍTULO VIII
La Huida De Eliza
CAPÍTULO IX
En El Que Parece Que El Senador Es Solo Humano
CAPÍTULO X
Se Llevan La Mercancía
CAPÍTULO XI
En El Que La Mercancía Humana Adopta Un Estado De Ánimo Poco Recomendable
CAPÍTULO XII
Un Incidente Propio Del Comercio Legítimo
CAPITULO XIII
La Colonia Cuáquera
CAPÍTULO XIV
Evangeline
CAPÍTULO XV
Sobre El Nuevo Amo De Tom Y Varios Otros Asuntos
CAPÍTULO XVI
El Ama De Tom Y Sus Opiniones
CAPÍTULO XVII
La Defensa Del Hombre Libre
CAPÍTULO XVIII
Las Experiencias Y Opiniones De La Señorita Ophelia
CAPÍTULO XIX
Más Experiencias Y Opiniones De La Señorita Ophelia
CAPÍTULO XX
Topsy
CAPÍTULO XXI
Kentucky
CAPÍTULO XXII
«La Hierba Se Seca, La Flor Se Marchita»
CAPÍTULO XXIII
Henrique
CAPÍTULO XXIV
Presagios
CAPÍTULO XXV
La Pequeña Evangelista
CAPÍTULO XXVI
La Muerte
CAPÍTULO XXVII
«Esto Es Lo Último De La Tierra»
CAPÍTULO XXVIII
Reencuentro
CAPÍTULO XXIX
Los Desamparados
CAPÍTULO XXX
El Almacén De Esclavos
CAPÍTULO XXXI
La Travesía
CAPÍTULO XXXII
Lugares Oscuros
CAPÍTULO XXXIII
Cassy
CAPÍTULO XXXIV
La Historia De La Cuarterona
CAPÍTULO XXXV
Señales
CAPÍTULO XXXVI
Emmeline Y Cassy
CAPÍTULO XXXVII
La Libertad
CAPÍTULO XXXVIII
La Victoria
CAPÍTULO XXXIX
La Estratagema
CAPÍTULO XL
El Mártir
CAPÍTULO XLI
El Joven Amo
CAPÍTULO XLII
Una Auténtica Historia De Fantasmas
CAPÍTULO XLIII
Resultados
CAPÍTULO XLIV
El Libertador
CAPÍTULO XLV
Comentarios Finales
Harriet Beecher Stowe
La Cabaña del Tío Tom
CAPÍTULO PRIMERO
Índice
En El Que Se Presenta Al Lector A Un Hombre Humanitario
Índice
A mediados de una fría tarde de febrero, dos hombres estaban sentados solos con una copa de vino delante en un comedor bien amueblado de la ciudad de P. de Kentucky. No había criados, y los caballeros estaban muy juntos y parecían estar hablando muy serios de algún tema. Por comodidad, los hemos llamado hasta ahora dos caballeros. Sin embargo, al observar de forma crítica a uno de ellos, no parecía ceñirse muy bien a esa categoría. Era bajo y fornido, con facciones bastas y vulgares, y el aspecto fanfarrón de un hombre de baja calaña que quiere trepar la escala social. Vestía llamativamente un chaleco multicolor, un pañuelo azul con lunares amarillos anudado alegremente al cuello con un gran lazo, muy acorde con su aspecto general. Las manos eran grandes y rudas y cubiertas de anillos; llevaba una gruesa cadena de reloj repleta de enormes sellos de gran variedad de colores, que solía hacer tintinear con patente satisfacción en el calor de la conversación. Ésta estaba totalmente exenta de las limitaciones de la Gramática de Murray[1], y salpicada regularmente con diversas expresiones profanas, que ni siquiera el deseo de dar una versión gráfica de la conversación nos hará transcribir.
Su compañero, el señor Shelby, sí parecía un caballero; y la organización y el aparente gobierno de la casa indicaban una posición cómoda si no opulenta. Como hemos apuntado, estaban los dos inmersos en una seria conversación.
—Así dispondría yo el asunto —dijo el señor Shelby.
—No puedo hacer negocios de esa forma, de verdad que no, señor Shelby —dijo el otro, alzando su copa entre él y la luz.
—Pues el caso es, Haley, que Tom es un muchacho poco común; desde luego que vale ese precio en cualquier parte, pues es formal, honrado, eficiente y me lleva la granja como la seda.
—Quiere usted decir honrado para ser negro —dijo Haley, sirviéndose una copa de coñac.
—No, quiero decir que Tom es un hombre bueno, formal, sensato y piadoso[1q]. Se convirtió a la religión hace cuatro años en una reunión, y creo que se convirtió de verdad. Desde entonces, le confío todo lo que tengo: dinero, casa, caballos, y lo dejo ir y venir por los alrededores; y siempre lo he encontrado honrado y cabal en todas las cosas.
—Algunas personas no creen que haya negros piadosos, Shelby —dijo Haley, con un movimiento candoroso de la mano—, pero yo sí. Había un tipo en este último lote que llevé a Orleans: era como un mitin religioso oír rezar a ese individuo; y era bastante tranquilo y callado. Me dieron un buen precio por él también, pues lo compré barato a un hombre que tuvo que venderlo todo; así pues gané seiscientos con él. Sí, creo que la religión es una cosa valiosa en un negro, cuando es de verdad, he de decirlo.
—Bien, Tom tiene religión de verdad, sin duda —respondió el otro—. El otoño pasado, le dejé ir solo a Cincinnati a hacer negocios en mi lugar y me trajo a casa quinientos dólares. «Tom», le dije, «me fío de ti porque creo que eres buen cristiano y se que no me engañarías». Tom volvió, desde luego, como ya lo sabía yo.
Cuentan que algunos tipos rastreros le dijeron: «Tom, ¿por qué no te largas al Canadá?» y él respondió: «El amo confía en mí y no podría hacerlo», eso me contaron. Me da pena desprenderme de Tom, he de confesarlo. Debería usted cogerle por toda la deuda, Haley; y si tuviera usted conciencia, lo haría.
—Pues tengo tanta conciencia como se puede permitir cualquier hombre de negocios, sólo un poco para ir tirando, como si dijéramos —dijo chistoso el comerciante—; y estoy dispuesto a hacer cualquier cosa razonable para contentar a mis amigos, pero lo que pide usted es un poco excesivo —el comerciante suspiró pensativo y se sirvió más coñac.
—¿Cómo quedamos, entonces, Haley? —preguntó el señor Shelby, después de una pausa incómoda.
—¿No tiene usted un niño o una niña que pueda meter en el lote con Tom?
—Bien, ninguno que me sobre; a decir verdad, si no fuera absolutamente necesario, no vendería a ninguno. La verdad es que no me hace gracia desprenderme de ninguno de mis muchachos.
En este momento, se abrió la puerta y entró en la habitación un pequeño cuarterón de entre cuatro y cinco años. Había algo hermoso y atractivo en su aspecto. El cabello negro, suave como la seda y de color azabache, caía en rizos brillantes alrededor de su rostro redondo con hoyuelos en las mejillas, mientras que unos grandes ojos negros, llenos de fuego y dulzura, se asomaban bajo unas pestañas largas y pobladas y miraban con curiosidad por el aposento.
Un alegre traje de cuadros rojos y amarillos, cuidadosamente cortado y entallado, resaltaba su belleza exótica; y un curioso aire de seguridad mezclado con timidez demostraba que estaba acostumbrado a que su amo se fijara en él y le hiciera mimos.
—Hola, Jim Crow[2]—dijo el señor Shelby, silbando y lanzando un racimo de pasas en dirección al niño—, recoge esto, vamos.
El muchacho salió corriendo en pos de su premio mientras se reía su amo.
—Ven aquí, Jim Crow —dijo. Se acercó el muchacho y el amo le dio golpecitos en la cabeza y le acarició la barbilla.
—Vamos, Jim, demuestra a este caballero lo bien que sabes bailar y cantar.
El muchacho comenzó a cantar con voz clara y rica una de esas canciones salvajes y grotescas de los negros, acompañando su canción con muchos movimientos cómicos de las manos, los pies y el cuerpo entero, todo al compás de la música.
—¡Bravo! —gritó Haley, echándole un cuarto de naranja. Vamos, Jim, anda como el viejo tío Cudjoe cuando le da el reuma —dijo su amo.
En el acto las flexibles extremidades del muchacho adoptaron la apariencia de la deformidad y la distorsión mientras, con la espalda encorvada y el bastón de su amo en la mano, andaba a trompicones por la habitación con su rostro de niño dibujando una mueca de dolor, escupiendo a diestro y siniestro como un viejo.
Los dos caballeros se rieron estrepitosamente.
—Ahora, Jim, muéstranos cómo el viejo Robbins canta el salmo —el muchacho rechoncho alargó la cara de manera sorprendente, con gravedad imperturbable, y comenzó a entonar nasalmente un salmo —¡Hurra, bravo! ¡Qué chico! —dijo Haley—; que me aspen si ese muchacho no es todo un caso. ¿Sabe lo que le digo? —dijo de repente, golpeando al señor Shelby en el hombro—, incluya usted a este muchacho y cerraremos el trato, se lo prometo. Venga ya, no diga usted que no es un buen trato.
En ese momento se abrió suavemente la puerta y entró en la habitación una joven cuarterona de unos veinticinco años. Sólo hacía falta una mirada al muchacho para identificarla como su madre.
Tenían los mismos ojos oscuros y expresivos con largas pestañas, los mismos rizos de cabello sedoso y negro. Su cutis moreno mostraba un rubor perceptible en las mejillas que se oscureció cuando se percató de la mirada osada de franca admiración del desconocido fija en ella. Su vestido se ceñía perfectamente a su cuerpo resaltando sus formas armoniosas; la mano de delicada factura y el pie y el tobillo pequeños no escapaban a la mirada perspicaz del comerciante, acostumbrado a evaluar con una mirada las ventajas de un buen ejemplar femenino.
—¿Y bien, Eliza? —preguntó su amo cuando ella se detuvo para mirarlo vacilante.
—Buscaba a Harry, señor, si no le importa —y el muchacho se le acercó de un salto mostrándole su botín, que había recogido en la falda de su vestido.
—Pues llévatelo, entonces —dijo el señor Shelby; y ella se retiró deprisa con su hijo en brazos.
—Por Júpiter —dijo el comerciante, mirándolo con admiración— ¡ése sí que es un buen artículo! Podría usted hacerse rico cuando quisiera con esa muchacha en Nueva Orleans. He visto a más de cien hombres pagar al contado por muchachas menos guapas.
—No quiero hacerme rico con ella —dijo secamente el señor Shelby; y, para cambiar de tema, descorchó otra botella de vino y pidió la opinión de su compañero al respecto.
—¡Excelente, señor, de primera! —dijo el tratante; y volviéndose y dando palmaditas en el hombro de Shelby, añadió—: Vamos, ¿qué me dice de la muchacha? ¿Qué le doy? ¿Cuánto quiere?
—Señor Haley, ella no está en venta —dijo Shelby—. Mi esposa no se desprendería de ella ni por su peso en oro.
—¡Bah! Las mujeres siempre dicen esas cosas, porque no entienden de números. Usted demuéstrele cuántos relojes, plumas y chucherías pueden comprar con su peso en oro, y cambiará de idea, me figuro.
—Ya le digo, Haley, que no se hable más del asunto; he dicho que no, y es que no —dijo Shelby con decisión.
—Bueno, pero me dará al muchacho, ¿verdad? —dijo el comerciante—. Tiene que reconocer que me porto bien al conformarme con él.
—¿Para qué demonios quiere usted al niño? —dijo Shelby.
—Bueno, pues, un amigo mío se va a dedicar a este negocio y quiere comprar muchachos guapos y criarlos para el mercado. Sólo de primera calidad, para venderlos como camareros y cosas así a los ricos, a los que pueden pagar por los guapos. Realza la calidad de una de estas casas solariegas tener a un muchacho realmente guapo para abrir la puerta y servir. Se pagan bien; y este diablillo es un niño tan gracioso y dotado para la música, que sería perfecto.
—Prefiero no venderlo —dijo el señor Shelby pensativo—. El caso es que soy un hombre humanitario y no me gustaría quitarle el hijo a su madre, señor.
—No me diga; vaya, algo parecido, ya, lo comprendo perfectamente. Es muy desagradable tener tratos con las mujeres a veces, a mí no me gusta nada que se pongan a gritar y a chillar. Son muy desagradables; pero yo, como soy hombre de negocios, evito tales escenas. Bien, aleje usted a la muchacha un día, o una semana o así; se hace la operación discretamente y todo habrá acabado antes de que vuelva. Su esposa podría comprarle pendientes, o un vestido nuevo, o algo así, para compensarle.
—Me temo que no.
—¡Dios me ampare, le digo que sí! Estas criaturas no son como la gente blanca, desde luego; superan las cosas, sólo hay que saberlos llevar. Pues dicen —dijo Haley con un aire franco y confidencial— que este tipo de negocios endurece los sentimientos; pero a mí no me lo parece. A decir verdad, nunca he podido hacer las cosas como algunos tipos las hacen en este negocio. He visto a quien arrancaba al hijo de brazos de su madre para ponerlo a la venta, con ella chillando como loca todo el rato; es muy mala política, pues daña el género y a veces los estropea para el servicio. Conocí a una muchacha muy guapa una vez en Nueva Orleans que se echó a perder del todo por un trato así. El tipo que la vendía no quería a su hijo, y ella era altiva cuando se enfadaba. Le digo que estranguló a su hijo con sus manos y siguió hablando de manera terrible. Me hiela la sangre recordarlo; y cuando se llevaron al hijo y a ella la encerraron, se volvió loca de atar y al cabo de una semana estaba muerta. Un desperdicio, señor, de mil dólares, sólo por no saber hacer negocios, esa es la verdad. Siempre es mejor hacer lo humanitario, señor, en mi experiencia —y el comerciante se repantigó en la silla y cruzó los brazos, con un aire decidido y virtuoso, considerándose como un segundo Wilberforce.
El tema parecía interesar mucho al caballero; mientras que el señor Shelby pelaba pensativo una naranja, empezó a hablar de nuevo, con decoroso apocamiento, como si la fuerza de la verdad le empujara a decir unas palabras más.
—No está bien visto que uno se elogie a sí mismo, pero lo digo porque es la verdad. Se dice que importo los mejores rebaños de negros de todos, por lo menos eso se dice; me lo han dicho más de cien veces, en cualquier caso, gordos y prometedores, y pierdo menos que cualquier otro comerciante. Y yo lo achaco todo a la organización, señor; y la humanidad, señor, si me permite, es el pilar de la organización.
El señor Shelby, al no saber qué decir, dijo simplemente:
—¡Vaya!
—Mis ideas han sido motivo de escarnio, señor, y de críticas. No son bien vistas, ni son corrientes; pero yo sigo en mis trece; yo sigo en mis trece y así me va; sí, puedo decir que he amortizado su pasaje —y el comerciante se rió de su broma.
Había algo tan provocativo y original en estas dilucidaciones de humanidad, que el señor Shelby no pudo menos que reír también.
Quizás te rías tú, también, querido lector; pero sabes que la humanidad se presenta hoy día de muchas maneras peculiares, y no hay límite a las cosas extrañas que dice y hace la gente humanitaria.
La carcajada del señor Shelby animó al comerciante a seguir.
—Es raro pero nunca he podido meterlo en la cabeza de la gente. Veamos el caso de mi viejo socio, Tom Loker, de Natchez; era un tipo muy listo, aunque era el mismísimo diablo con los negros, pero sólo por principio, porque jamás ha existido hombre con mejor corazón; era su sistema, señor. Yo lo comentaba con Tom. «Bueno, Tom», le decía, «cuando se ponen a llorar tus muchachas, ¿de qué sirve darles en la cabeza o pegarles una paliza? Es ridículo», decía yo, «y no sirve para nada. A mí no me parece mal que lloren», decía yo, «es la naturaleza», decía, «y si la naturaleza no se desahoga de una forma, lo hará de otra. Además, Tom», decía yo, «estropea a tus muchachas; enferman y se ponen tristes; y a veces se ponen feas, sobre todo las amarillas se ponen feas, y cuesta mucho trabajo que se domestiquen. Ahora bien», decía yo, «¿por qué no las engatusas y les hablas con amabilidad? Puedes creerme, Tom, una pequeña dosis de humanidad remedia más que tus regaños y golpes; y es más rentable, puedes creerme». Pero Tom no alcanzaba a comprenderlo; y me echó a perder a tantas que tuve que romper con él, aunque tenía buen corazón y era un hombre de negocios honrado.
—¿Y cree usted que su manera de hacer negocios es mejor que la de Tom? —preguntó el señor Shelby.
—Ya lo creo. Verá usted, cuando puedo, cuido de la parte desagradable, como la venta de los niños; alejo a las madres, pues ojos que no ven, corazón que no siente, ya sabe, y cuando la cosa está hecha y no tiene remedio, se resignan. No es como si fuera gente blanca, educada para quedarse con sus hijos y sus esposas y todo eso. Los negros bien criados no tienen expectativas de ninguna clase, así que aceptan más fácilmente todas estas cosas.
—Me temo que los míos no están bien criados entonces —dijo el señor Shelby.
—Supongo que no; ustedes los de Kentucky miman mucho a sus negros. Tienen ustedes buena intención, pero no es bueno para ellos. Verá, a un negro que tiene que ir de aquí para allá en el mundo y soportar que lo vendan a Mengano y a Zutano y a Dios sabe quién más, no es bueno llenarle la cabeza de ideas y expectativas y educarle demasiado, porque la dureza de la vida es mucho más difícil de soportar después. Estoy seguro de que los negros de usted estarían muy tristes en un lugar donde algunos negros de plantación cantarían y vitorearían como posesos. Es natural, señor Shelby, que cada hombre crea que sus propias maneras de hacer las cosas son las mejores; y yo creo que trato a los negros tan bien como merecen.
—Es una felicidad estar satisfecho —dijo el señor Shelby, encogiéndose ligeramente de hombros y dando muestras de incomodidad.
—Entonces —dijo Haley, después de que ambos hombres pasaran un rato comiendo frutos secos en silencio—, ¿qué me dice?
—Me lo pensaré y lo hablaré con mi esposa —dijo el señor Shelby—. Mientras tanto, Haley, si usted quiere que se maneje el asunto con la discreción que ha mencionado, más vale que lo mantenga en secreto en este vecindario. Correrá la voz entre mis muchachos, y no será un asunto nada discreto llevarse a alguno de mis muchachos si se enteran, se lo aseguro.
—¡Desde luego, naturalmente, ni una palabra! Pero mire usted, tengo muchísima prisa y quiero saber cuanto antes qué decide usted —dijo él, levantándose y poniéndose el abrigo.
—Pues venga esta tarde entre las seis y las siete y le contestaré —dijo el señor Shelby, mientras el tratante salía de la habitación con una reverencia.
«Me hubiera gustado echarlo de una patada», se dijo cuando vio que se había cerrado la puerta, «con ese aplomo descarado; pero sabe que me tiene a su merced. Si alguien me hubiera dicho que iba a vender a Tom a uno de estos bribones tratantes del sur, yo habría dicho: ¿Es un perro tu sirviente para que hagas eso?
Y ahora parece ser que tendrá que ser así. ¡Y el hijo de Eliza, también! Sé que tendré un problema con mi esposa por eso, y, de hecho, por el asunto de Tom también. Mala cosa tener deudas, ¡vaya! El tipo ve la ocasión y se aprovecha».
Quizás la forma más suave del sistema de la esclavitud es la del estado de Kentucky. El predominio general de los quehaceres agrícolas tranquilos y paulatinos, que no necesitan de esas prisas y presiones periódicas que tienen lugar en los asuntos de los estados de más al sur, hace que la tarea del negro sea más sana y razonable; mientras que el amo, satisfecho de seguir un estilo más gradual de adquisición, no siente la tentación de la crueldad que siempre vence a las naturalezas débiles cuando lo que está en la balanza es la posibilidad de una ganancia repentina y rápida, sin más contrapeso que los intereses de los indefensos y desvalidos.
Quien visita alguna finca de allí y observa la complacencia de algunos amos y amas y la lealtad cariñosa de algunos esclavos, podría caer en la tentación de pensar en la popular leyenda poética de la institución patriarcal; pero por encima de esta escena pende una sombra ominosa —la sombra de la ley—. Mientras que la ley considere a todos estos seres humanos, con sus corazones que laten y sus sentimientos vivos, como una serie de objetos que pertenecen a un amo, mientras que el fracaso, la desgracia, la imprudencia o la muerte del amo más amable pueda hacer que cambien una vida protegida e indulgente por otra desesperada de miseria y trabajos, es imposible hacer nada bello ni deseable dentro de la administración mejor regida de la esclavitud.
El señor Shelby era un hombre bastante común, amable y de buen corazón y bien dispuesto hacia los que lo rodeaban, y nunca había faltado nada que pudiera contribuir al bienestar físico de los negros de su finca. Sin embargo, se había dedicado a la especulación, se había endeudado mucho y sus pagarés por una gran suma habían caído en manos de Haley; esta pequeña información es la clave de la conversación precedente.
Bien, dio la casualidad de que, al acercarse a la puerta, Eliza había escuchado bastante de la conversación para saber que el comerciante quería que su amo le vendiera a alguien.
De buena gana se habría quedado escuchando detrás de la puerta al salir, pero tuvo que marcharse deprisa porque la llamó su ama en ese momento. Sin embargo, le parecía haber oído al comerciante hacer una puja por su hijo; ¿podía equivocarse? Se le encogió el corazón y comenzó a latir deprisa, y sin querer apretaba tanto al niño que éste le miró atónito a la cara.
—Eliza, muchacha, ¿qué te pasa hoy? —preguntó su ama, después de que ésta le volcara la jarra del lavabo, derribara el bastidor y le ofreciera distraída un camisón largo en lugar del vestido de seda que le había pedido que le trajera del armario.
Eliza dio un respingo.
—¡Oh, señora! —dijo, alzando los ojos y, rompiendo a llorar, se sentó en una silla y se puso a sollozar.
—Eliza, hija, ¿qué te ocurre? —preguntó su ama.
—¡Oh, señora, señora! —dijo Eliza—. ¡Había un tratante hablando con el amo en el salón! Lo he oído.
—Bueno, tonta, ¿y qué?
—Oh, señora, ¿usted cree que el amo vendería a mi Harry? —y la pobre criatura se lanzó a una silla y se puso a sollozar convulsivamente.
—¿Venderlo? ¡Qué va, tontita! Sabes que el amo no hace negocios con esos tratantes sureños y que nunca querrá vender a ninguno de sus criados, siempre que se porten bien. Vamos, tonta, ¿quién crees que querrá comprar a tu Harry? ¿Crees que todo el mundo lo quiere como tú, gansita? Venga, anímate y abróchame el vestido. Vamos, arréglame el pelo con esa trenza bonita que aprendiste el otro día, y deja de escuchar detrás de las puertas.
—Señora, usted nunca permitiría...
—¡Tonterías, niña! Por supuesto que no. ¿Cómo puedes hablar así? Antes dejaría vender a uno de mis propios hijos. Pero, Eliza, te estás enorgulleciendo demasiado de ese niño. No puede asomar la nariz un hombre por la puerta sin que creas que ha venido a comprarlo.
Reconfortada por el tono seguro de su ama, Eliza siguió ágil y mañosa con el tocado, riéndose de sus propios temores.
La señora Shelby era una dama de clase alta, hablando tanto intelectual como moralmente. Además de la magnanimidad y generosidad mentales que a menudo tipifican el carácter de las mujeres de Kentucky, tenía grandes sensibilidades y principios morales y religiosos, que se plasmaban en resultados prácticos realizados con gran energía y habilidad. Su marido, que no profesaba ninguna religión en particular, reverenciaba y veneraba la consistencia de la religiosidad de su esposa y su opinión le imponía respeto. Era verdad que le daba carta blanca en todos sus esfuerzos benévolos para el confort, instrucción y mejora de sus criados, aunque él personalmente no intervenía en ello. De hecho, si no creía exactamente en la doctrina de la eficiencia del excedente de las buenas obras realizadas por los santos, sí parecía pensar que su esposa tenía suficiente piedad y benevolencia para los dos y albergaba una vaga esperanza de entrar en el cielo gracias a la sobreabundancia de cualidades de ella que él mismo no pretendía poseer.
Lo que más le pesaba a él, después de su conversación con el tratante, era tener que informar a su esposa del negocio propuesto, y enfrentarse a las objeciones y oposición que sabía que le esperaban.
La señora Shelby, totalmente ignorante de las deudas de su marido y conociendo sólo la bondad habitual de su temperamento, era sincera al reaccionar ante las sospechas de Eliza con absoluta incredulidad. De hecho, había descartado la idea sin pensarlo dos veces; y, ocupada como estaba con los preparativos de una visita por la tarde, se le fue totalmente de la mente.
CAPÍTULO II
Índice
La Madre
Índice
Eliza había sido criada desde pequeña como favorita de su ama.
El viajero del sur debió de notar ese peculiar aire de refinamiento, la dulzura de voz y de modales, que parecen ser un don especial de las cuarteronas[3] y mulatas. Estas gracias naturales de la cuarterona a menudo van parejas con la belleza más deslumbrante y casi siempre con un aspecto atractivo y agradable. Eliza, como la hemos descrito, no es un bosquejo imaginario sino el dibujo de memoria de una mujer que vimos hace años en Kentucky. Segura bajo los cuidados protectores de su ama, Eliza había llegado a la madurez sin las tentaciones que convierten la belleza en una herencia fatal para una esclava. La habían casado con un inteligente mulato de talento que era esclavo en una finca colindante y se llamaba George Harris.
El amo había alquilado a este joven para que trabajara en una fábrica de bolsas, donde era considerado el mejor trabajador por su destreza e ingenuidad. Había inventado una máquina para limpiar el cáñamo que, teniendo en cuenta la educación y las circunstancias del inventor, mostraba un genio mecánico parecido al de la despepitadora de algodón de Whitney.
Era guapo y tenía modales agradables, y era muy querido en la fábrica. Sin embargo, como a los ojos de la ley este joven no era un hombre sino una cosa, todas sus cualidades superiores estaban sujetas al control de un amo tiránico, intolerante y vulgar. Al oír hablar de la fama del invento de George, este caballero se acercó a la fábrica para ver la obra de este esclavo inteligente. Lo recibió con gran entusiasmo el empresario, que lo felicitó por poseer un esclavo tan valioso.
Le acompañó a ver la fábrica, donde, al mostrarle la máquina, George, animado, hablaba tan fluidamente y tenía un aspecto tan bello y viril, allí erguido, que su amo comenzó a tener una desagradable sensación de inferioridad. ¿Cómo se atrevía su esclavo a andar por el país inventando máquinas e irguiendo la cabeza entre caballeros? No pensaba tolerarlo. Lo llevaría de vuelta, lo pondría a trabajar con la azada y la pala y «a ver si se iba a pavonear tanto entonces». En consecuencia, el patrón y los trabajadores se quedaron de piedra cuando reclamó de repente el salario de George y anunció su intención de llevárselo a casa.
—Pero, señor Harris —objetó el patrón—, ¿no es un poco repentino?
—¿Y qué, si es así? ¿No es mío el hombre?
—Estaríamos dispuestos a aumentar el pago de compensación.
—No sirve de nada, señor. No tengo necesidad de alquilar a mis trabajadores si no quiero.
—Pero, señor, parece estar muy bien adaptado a este negocio.
—Puede que sí; no se adaptaba muy bien nunca a nada de lo que yo le mandaba, sin embargo.
—Pero dese cuenta de que ha inventado esta máquina —interrumpió uno de los obreros, algo inoportuno.
—¡Oh, sí! Una máquina para ahorrar trabado, ¿verdad? No me extraña que inventara eso; un negro es especialista en eso. Todos ellos son máquinas para el ahorro del trabajo. No, ¡se marchará!
George se quedó como paralizado al oír a una potencia que sabía irresistible pronunciar su condena. Se cruzó de brazos, comprimió los labios, pero un volcán de sentimientos amargos ardió en su pecho, enviando ríos de fuego por sus venas. Jadeaba y sus grandes ojos negros llameaban como brasas ardientes, y hubiera podido estallar en algún tipo de ebullición peligrosa si el bondadoso patrón no le hubiera tocado el brazo, diciendo en voz queda:
—Déjate llevar, George; ve con él de momento. Intentaremos ayudarte más adelante.
El tirano vio este susurro y adivinó su significado aunque no oyó lo que se dijo; y le fortaleció aún más en su empeño interno de mantener el poder que ejercía sobre su víctima.
George fue llevado a casa y puesto a trabajar en las tareas más humildes y fatigosas de la granja. Había conseguido reprimir cada palabra irrespetuosa; pero los ojos llameantes y la frente triste y preocupada formaban parte de un lenguaje natural que no podía reprimir: señales inequívocas de que un hombre no se podía convertir en una cosa.
Fue durante la época feliz de su trabajo en la fábrica cuando George conoció y se casó con su esposa. En ese período, como su patrón confiaba en él y lo trataba bien, tenía libertad para ir y venir a su antojo. La señora Shelby aprobó
