La Cabaña del Tío Tom: Edición enriquecida.
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
Harriet Beecher Stowe
Harriet Beecher Stowe (1811–1896) was an abolitionist, writer, and teacher at Hartford Female Seminary. Stowe escaped the restrictions on women of the nineteenth century through her novel writing and antislavery activism. Stowe is best known for her depiction of African American life before the Civil War in Uncle Tom’s Cabin, which was extremely influential in both the United States and Britain.
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La Cabaña del Tío Tom - Harriet Beecher Stowe
Harriet Beecher Stowe
La Cabaña del Tío Tom
Edición enriquecida.
Introducción, estudios y comentarios de Néstor Garrido
EAN 8596547726777
Editado y publicado por DigiCat, 2023
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Biografía del Autor
La Cabaña del Tío Tom
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
En un mundo donde la compraventa de seres humanos dicta el destino de familias enteras, una decisión mercantil abre una grieta por la que irrumpen la compasión, el miedo y la resistencia. Esta tensión moral atraviesa La Cabaña del Tío Tom y obliga a mirar de frente el orden que convierte a las personas en propiedad. No se trata solo de leyes y contratos, sino de conciencias en conflicto. La novela propone, desde su arranque, una interpelación incómoda: ¿qué significa ser humano cuando la humanidad es negada por el sistema? De esa pregunta nace su potencia narrativa y su legado cultural.
El estatus de clásico de esta obra se apoya en una doble eficacia: literaria y cívica. Con una prosa accesible y un pulso emotivo deliberado, Harriet Beecher Stowe convirtió un problema político en experiencia íntima para lectores diversos. El libro alimentó conversaciones públicas, influyó en sensibilidades y expandió el alcance de la narrativa social. Su perdurabilidad no depende solo del tema, sino de cómo lo aborda: dramatizando la vida cotidiana, la vulnerabilidad infantil, la fe y la responsabilidad personal frente a la injusticia. Por ello sigue siendo referencia ineludible al pensar la literatura como fuerza de persuasión moral.
Harriet Beecher Stowe, autora estadounidense, compuso esta novela en el clima convulso que siguió a la aprobación de leyes que endurecieron la persecución de personas esclavizadas fugitivas. La obra apareció por entregas en el periódico abolicionista The National Era entre 1851 y 1852 y se publicó como libro en 1852. Ese contexto de Estados Unidos anterior a la Guerra de Secesión, marcado por tensiones políticas, religiosas y económicas, es decisivo para entender su urgencia. Stowe articuló una ficción que dialogaba con la realidad inmediata, poniendo en el centro el valor de la empatía y la responsabilidad individual ante un orden injusto.
La premisa central presenta a un hombre esclavizado de profunda convicción religiosa cuya venta forzada, motivada por presiones económicas, desencadena una cadena de encuentros y decisiones. En torno a él, la novela entrelaza historias de familias separadas o amenazadas, de propietarios y testigos que justifican o cuestionan el sistema, y de mujeres y hombres obligados a elegir entre la ley y la conciencia. El recorrido espacial desde estados fronterizos hacia el sur profundo permite observar distintas caras de la institución esclavista. Sin revelar desenlaces, la obra instala desde el principio la gravedad del riesgo y la fuerza de los lazos afectivos.
Su apuesta estética combina el dramatismo sentimental con el alegato moral. Stowe apela deliberadamente a la compasión del lector, no como evasión, sino como método de conocimiento y de acción. La novela busca mostrar consecuencias concretas de una estructura deshumanizadora: cuerpos agotados, familias deshechas, intimidades vigiladas. La religión, la maternidad y la amistad se vuelven campos de resistencia y también de conflicto. Al situar lo doméstico en el corazón del debate público, el libro impulsa una ética de la atención al sufrimiento ajeno, insistiendo en que ninguna costumbre ni ley puede anular la dignidad intrínseca de una persona.
Desde el punto de vista narrativo, la obra despliega múltiples líneas que se cruzan, cambios de escenario y una voz que, en ocasiones, interpela al lector para reforzar el examen moral. El ritmo alterna escenas de peligro, momentos de consuelo y observaciones sobre la responsabilidad individual. Stowe combina caracterizaciones nítidas con escenas diseñadas para suscitar memoria e identificación. El resultado es una arquitectura que equilibra relato y argumentación, emoción y razonamiento, de modo que los conflictos internos de los personajes iluminan el conflicto externo de la época. Esta estrategia amplifica su alcance más allá de lo estrictamente novelesco.
El impacto histórico de la novela fue inmediato y amplio. Se convirtió en uno de los libros más leídos del siglo XIX en Estados Unidos y circuló de manera significativa en otros países, avivando debates sobre la esclavitud y la libertad. Generó reacciones encontradas y provocó respuestas en prensa, púlpitos y foros políticos. También inspiró adaptaciones escénicas que difundieron su historia en términos populares, aunque no siempre fieles a su complejidad. El hecho de que la ficción intensificara una conversación pública tan urgente ayuda a explicar por qué la obra conserva un lugar central en la historia cultural del periodo.
Más allá de su momento, la novela contribuyó a consolidar una tradición de literatura de denuncia social que continúa explorando injusticias sistémicas. Su manera de tejer vida privada y dilema público abrió vías para que otros escritores abordaran temas de raza, ciudadanía y conciencia moral con estrategias narrativas persuasivas. Se advierte su influencia en el empleo de emociones como motor crítico y en la convicción de que la narrativa puede crear comunidad de lectura alrededor de causas éticas. Sin agotar esos modelos, la obra allanó el terreno para debates literarios y culturales posteriores.
La recepción crítica a lo largo del tiempo también ha señalado tensiones internas: la presencia de estereotipos, los límites del sentimentalismo y las marcas de su contexto histórico. Estas observaciones han enriquecido su lectura, permitiendo distinguir entre intención persuasiva y representación. Reconocer tales tensiones no disminuye la relevancia del libro; la sitúa en el centro de discusiones sobre cómo la literatura combate la injusticia sin reproducir jerarquías. Esa complejidad es parte de su legado: invita a sopesar medios y fines, y a preguntar qué formas narrativas resultan más justas para contar el sufrimiento y la resistencia.
Para el lector contemporáneo, ingresar en estas páginas implica un doble gesto: comprender un pasado específico y repensar categorías presentes. La Cabaña del Tío Tom opera como puente entre historia y actualidad al mostrar cómo elecciones individuales sostienen o desafían sistemas. Leerla hoy exige atención al contexto que la produjo y apertura para debatir sus métodos. También pide reconocer que su fuerza emocional se pone al servicio de un argumento ético. Ese equilibrio entre historia, ficción y conciencia proporciona una vía de acceso a discusiones sobre memoria, responsabilidad y cambio.
La vigencia de sus temas se aprecia en la persistencia de preguntas sobre dignidad humana, ciudadanía, familia y ley. El libro muestra que las normas pueden legitimar la injusticia y que las personas, aun limitadas por su tiempo, pueden actuar movidas por la compasión y la valentía. Ese recordatorio ayuda a pensar dilemas actuales sobre derechos y pertenencia, y a medir el peso de las decisiones cotidianas en estructuras mayores. El llamado a mirar al otro no como categoría, sino como individuo, sigue siendo un desafío crítico frente a cualquier forma de deshumanización.
Por todo ello, La Cabaña del Tío Tom conserva su atractivo duradero. Es una invitación a leer con empatía y lucidez, a escuchar el rumor de las conciencias en conflicto y a evaluar la fuerza de la imaginación moral en la vida pública. Su condición de clásico no la aparta del presente: lo ilumina. Al ofrecer una historia que nace de un contexto preciso y, sin embargo, dialoga con interrogantes universales, la novela de Harriet Beecher Stowe se mantiene como una obra capaz de conmover, incomodar y, sobre todo, suscitar reflexión responsable.
Sinopsis
Índice
Publicada en 1852 por Harriet Beecher Stowe, La cabaña del Tío Tom es una novela abolicionista ambientada en Estados Unidos antes de la Guerra Civil. A través de varias tramas entrelazadas, retrata el sistema esclavista desde plantaciones del sur hasta comunidades del norte, mostrando el impacto moral, legal y afectivo de esa institución. Stowe construye un relato sentimental y religioso que busca conmover y persuadir, pero también ordenar episodios cotidianos, fugas, ventas y dilemas de conciencia. La obra sigue a Tom, hombre esclavizado de profunda fe, y a una familia que intenta mantenerse unida mientras la compraventa de personas amenaza con romperla para siempre.
La historia comienza en la hacienda de los Shelby, en Kentucky, donde las deudas obligan a negociar con un tratante que exige a Tom y a Harry, el hijo pequeño de Eliza. Ella, al enterarse, enfrenta la disyuntiva de aceptar la separación o huir con su niño. Tom, por su parte, decide no escapar para evitar represalias contra su comunidad y porque confía en que su conducta recta protegerá a los suyos. Así, se fija una doble trayectoria: una fuga arriesgada en busca de libertad y un viaje río abajo que pone a prueba la dignidad de un hombre en el comercio esclavista.
La fuga de Eliza se convierte en un camino de obstáculos marcado por la persecución de cazadores y por la estrechez de las leyes que penalizan la ayuda a personas esclavizadas. En su huida, recibirá auxilio de individuos que, por compasión o convicción, desafían la norma, y de redes solidarias que apuntan hacia estados libres. La figura de su esposo, George Harris, añade un segundo hilo de escape, que combina ingenio, cambios de identidad y redención de la propia autonomía. La tensión central reside en mantener a la familia unida mientras el sistema legal la desintegra, y en hallar refugio antes de que el cerco se cierre.
Entretanto, el trayecto de Tom, custodiado por el traficante, discurre por el Mississippi. Un incidente decisivo ocurre a bordo cuando rescata a una niña que cae al agua. Ese acto atrae la atención de su padre, un acaudalado caballero de Nueva Orleans que adquiere a Tom y lo lleva a su hogar. La casa St. Clare se presenta como un espacio de contradicciones: refinamiento y comodidad conviven con la servidumbre forzada. Allí, Tom halla un respiro relativo y un ámbito donde su integridad y fe pueden desplegarse, aunque no desaparece la realidad de ser propiedad en un marco de leyes que perpetúan su vulnerabilidad.
En el hogar St. Clare se cruzan posiciones morales contrastantes. El dueño, culto y carismático, critica la crueldad del sistema pero se muestra tibio al transformarlo. Su esposa encarna una indiferencia cómoda que normaliza la explotación doméstica. La presencia de una parienta del Norte, celosa del orden pero cargada de prejuicios, permite examinar la distancia entre la condena abstracta de la esclavitud y el trato cotidiano a personas negras. La amistad de Tom con la niña de la casa, símbolo de compasión cristiana, y la educación de una joven esclavizada revelan cómo la ternura puede abrir grietas en costumbres arraigadas, sin que por ello se disuelvan las estructuras de poder.
En paralelo, la ruta de George Harris intensifica el debate sobre identidad y libertad. Su capacidad profesional, negada por el régimen, y su decisión de presentarse con otra apariencia ponen en evidencia los artificios raciales que sostienen la esclavitud. Su reencuentro con aliados y su avance hacia una frontera prometida dependen tanto de su astucia como de la solidaridad civil que desobedece la normativa. Esta línea argumental subraya las tensiones entre ley y conciencia, y plantea una pregunta persistente: qué riesgos está dispuesto a asumir un individuo, y una comunidad entera, para deshacer una injusticia legalmente sancionada.
De vuelta en Nueva Orleans, la novela enfrenta a sus personajes con la inestabilidad jurídica de la emancipación. Buenas intenciones, testamentos y promesas chocan con intereses familiares y procedimientos que priorizan la propiedad por encima de la voluntad de liberar. Un suceso doloroso altera el equilibrio del hogar y reabre la posibilidad de venta. Tom, que había ganado afecto y confianza, se ve arrastrado nuevamente por la corriente de un mercado que decide su destino sin consultarlo, recordando que ningún alivio circunstancial protege, por sí solo, contra la lógica mercantil de la esclavitud.
El nuevo destino de Tom es una plantación donde la violencia y el temor gobiernan. Allí, la figura del amo se presenta sin adornos paternalistas: exige obediencia absoluta y se alimenta de la degradación ajena. Tom sostiene su resistencia moral mediante la fe y el consuelo que ofrece a otros, entre ellos mujeres cuya vulnerabilidad es explotada con particular saña. La novela explora tácticas de supervivencia, pactos frágiles y tentativas de huida que exponen el precio del coraje. La integridad de Tom, probada por mandatos inhumanos, trae consecuencias que afectan a todos los que lo rodean, sin resolver aún el desenlace de esas lealtades.
Sin cerrar con giros ni finales revelados, la obra deja claros sus ejes: la desintegración familiar causada por la venta de personas, el conflicto entre ley y conciencia, la fuerza del testimonio religioso y la responsabilidad individual frente a un sistema injusto. Su recepción histórica influyó en el debate público sobre la esclavitud y abrió discusiones que hoy se leen con mirada crítica por sus estereotipos y su sentimentalismo, pero cuya intención humanizadora sigue interpelando. La vigencia del libro reside en su pregunta de fondo: qué significa reconocer plenamente la humanidad del otro y qué exige ese reconocimiento en la práctica social.
Contexto Histórico
Índice
La Cabaña del Tío Tom apareció en 1852, pero su mundo narrativo pertenece a los Estados Unidos anteriores a la Guerra de Secesión. El escenario abarca estados esclavistas del Sur y fronteras con el Norte libre, con ríos y caminos que conectan plantaciones, ciudades y hogares. Las instituciones dominantes eran la esclavitud de propiedad, una economía agraria intensiva en mano de obra, iglesias protestantes influyentes y un orden político obsesionado con equilibrar estados libres y esclavistas. El libro interviene en ese entramado, mostrando cómo la vida cotidiana, la fe y el comercio se entrelazan con un sistema que convierte a las personas en mercancías y somete afectos y conciencias a la ley del mercado.
La esclavitud de plantación creció con fuerza tras la desmotadora de algodón (1793), que hizo rentable el cultivo en el Sur profundo
. La prohibición del comercio transatlántico en 1808 no frenó el auge: lo sustituyó un intenso tráfico interno desde el Alto Sur hacia Alabama, Misisipi y Luisiana. Mercados como los de Nueva Orleans prosperaron con la venta de hombres, mujeres y niños. Este trasiego reorganizó familias y regiones, normalizó el crédito con personas como garantía y atrajo vigilancia y castigo institucionalizados. La novela denuncia la cosificación humana y la destrucción de lazos afectivos que ese comercio imponía, sin reducirlo a abuso excepcional.
El marco jurídico sostuvo y expandió la esclavitud. La Constitución incorporó la cláusula de fugitivos (1787), traducida en la ley de 1793. La Fugitive Slave Act de 1850 endureció el sistema: facultó comisionados federales, impuso multas a quienes auxiliaran a fugitivos, negó juicios con jurado y comprometió a autoridades del Norte. La aplicación extraterritorial de la esclavitud desató crisis en ciudades norteñas y puso en riesgo a afroamericanos libres por secuestros y falsas reclamaciones. La obra refleja ese clima de persecución, mostrando cómo la ley pretendía penetrar hogares, iglesias y calles del Norte, y convertir la obediencia civil en complicidad moral.
El equilibrio político entre Norte y Sur se sostuvo con pactos precarios. El Compromiso de Misuri (1820) trazó límites a la expansión esclavista. Tras la guerra con México (1846–1848), la incorporación de vastos territorios reabrió el debate, con propuestas como el Wilmot Proviso y, finalmente, el Compromiso de 1850, que admitió a California como estado libre y, a cambio, reforzó la captura de fugitivos. La novela apareció en el centro de esa tormenta seccional, cuando partidos, iglesias y periódicos libraban batallas por la opinión pública. Su narrativa ofreció al lector una síntesis moral de discusiones legislativas que muchos percibían remotas.
Desde la década de 1830, el abolicionismo transformó el discurso público. William Lloyd Garrison fundó The Liberator (1831) y la American Anti-Slavery Society (1833), defendiendo la persuasión moral
, mientras otros optaban por la vía política. Activistas afroamericanos —como Frederick Douglass, William Wells Brown o Sojourner Truth— aportaron relatos y oratoria que testimoniaban la violencia del sistema. Las narraciones de esclavos, best sellers de la época, sentaron formas y estrategias de credibilidad. Stowe adoptó recursos de ese repertorio testimonial, combinándolos con la novela sentimental para ampliar audiencias —en especial mujeres lectoras del Norte— y convertir simpatía en compromiso público.
Harriet Beecher Stowe nació en 1811 en Connecticut, dentro de una familia clerical influyente. Su padre, Lyman Beecher, y varios hermanos, entre ellos Henry Ward Beecher, participaron en redes evangélicas y de reforma social. En 1832 la familia se trasladó a Cincinnati, donde Lyman dirigió Lane Seminary, escenario de debates antiesclavistas en 1834. El río Ohio separaba Ohio de Kentucky, libre y esclavo, ofreciendo a Stowe una frontera viva de encuentros, fugas y conflictos, incluida violencia antiabolicionista en 1836. En 1850, ya casada con el profesor Calvin Stowe, se mudó a Brunswick (Maine). La nueva ley de fugitivos galvanizó su decisión de escribir.
Stowe reunió materiales de primera mano y de imprenta. Leyó relatos de personas esclavizadas —entre ellos los de Frederick Douglass (1845) y Josiah Henson (1849)—, prensa antiesclavista, informes judiciales y sermones. Cuando críticos sureños acusaron a la novela de exageración, publicó A Key to Uncle Tom’s Cabin (1853), donde citó fuentes, casos y testimonios para mostrar la base documental de episodios y personajes. Lectores contemporáneos señalaron paralelos con la vida de Henson; Stowe respondió que se había nutrido de múltiples historias, configurando tipos morales y sociales más que retratos únicos, para exponer mecanismos estructurales de la esclavitud.
La publicación fue un fenómeno editorial. La obra apareció por entregas en el semanario antiesclavista The National Era, de Washington D. C., entre mediados de 1851 y comienzos de 1852. En marzo de 1852, la edición en libro a cargo de John P. Jewett, en Boston, multiplicó el alcance: vendió centenares de miles de copias en Estados Unidos y Gran Bretaña en poco tiempo, y fue traducida a varias lenguas. Sobre su éxito crecieron adaptaciones teatrales no autorizadas, los llamados Tom shows
, que llevaron la historia a públicos sin acceso al libro, contribuyendo a fijar escenas y personajes en el imaginario popular.
La novela denunció no solo la violencia del Sur, sino la complicidad del Norte. Las hilanderías de Nueva Inglaterra dependían del algodón esclavo; bancos, aseguradoras y navieras del Norte financiaban plantaciones y comerciaban productos. Tras el fallo Prigg v. Pennsylvania (1842), varios estados aprobaron leyes de libertad personal
para limitar la colaboración local con la captura de fugitivos, lo que desató choques con autoridades federales tras 1850. La obra dramatiza ese dilema: ciudadanos, jueces y clérigos enfrentados a la disyuntiva entre obedecer leyes federales y sostener principios religiosos y republicanos que proclamaban la dignidad humana.
El trasfondo religioso fue decisivo. El Segundo Gran Despertar extendió avivamientos y sociedades de reforma que entrelazaban fe, moral y política. Iglesias y teólogos debatieron la esclavitud con la Biblia en la mano, produciendo fracturas denominacionales en las décadas de 1840. La familia Beecher estuvo en el centro de esas controversias. Stowe inscribió su novela en un horizonte evangélico: la compasión, la conciencia y la figura de Cristo se usan como criterio para juzgar instituciones. Al mismo tiempo, acusa la hipocresía de quienes justificaban la esclavitud con argumentos teológicos, y presenta prácticas devocionales de personas esclavizadas como fuente de resistencia.
También operó un lenguaje de género y domesticidad. En una cultura que definía la esfera privada
como el ámbito propio de las mujeres, la novela sentimental ofrecía un acceso legítimo a la discusión pública a través del hogar, la maternidad y el sufrimiento empático. Mujeres abolicionistas habían impulsado campañas de peticiones desde la década de 1830. Stowe integró esa retórica, invitando a lectoras y lectores a trasladar ideales de cuidado y virtud doméstica a la arena cívica. El libro convirtió la sala de estar en un foro de política moral, donde la piedad cotidiana se oponía a la lógica mercantil de la esclavitud.
El control de la población esclavizada combinó leyes, patrullas y castigos. Tras la rebelión de Nat Turner (1831), el Sur endureció los códigos: restringió reuniones, movilidad, educación y culto autónomo. La vigilancia cotidiana —pases, toques de queda, cateos— sostuvo un régimen que temía la insurrección y la fuga. En ese entorno, surgieron formas de resistencia diversas: desde el sostenimiento de vínculos familiares y religiosos hasta la huida o el litigio. La novela refleja ese mundo de coerción y resiliencia, registrando tácticas de supervivencia y auxilio que, sin idealizar, exponen el coste humano permanente del sistema.
Cambios tecnológicos y de comunicaciones hicieron posible el impacto del libro. Los barcos de vapor transformaron las rutas fluviales del Ohio y el Misisipi, arterias del comercio y del traslado forzoso. Ferrocarriles y telégrafo, en expansión desde la década de 1840, aceleraron la circulación de noticias. La imprenta a vapor y el papel barato facilitaron tiradas masivas de periódicos y folletines. Una red postal reformada conectó lectores de ciudades y pueblos. En ese ecosistema, la serialización de la novela y la rápida edición en libro permitieron que miles de hogares debatieran, casi en tiempo real, tópicos antes confinados a tribunales y legislaturas.
En el Norte se consolidaron comunidades afroamericanas libres, con iglesias, escuelas y sociedades de ayuda mutua, pero expuestas a discriminación, violencia racial y a la amenaza de captura tras 1850. Al mismo tiempo, Canadá Oeste (hoy Ontario), bajo leyes británicas antiesclavistas, ofrecía refugio legal. La Vía del Ferrocarril Subterráneo
fue una red flexible de vecinos, iglesias y activistas —negros y blancos— que proveyó rutas, escondites y recursos. La novela recoge esa geografía de esperanza y peligro, aludiendo a travesías hacia la frontera y a la solidaridad que, con discreción y riesgo, sostenía esas empresas.
El contexto transatlántico favoreció la recepción. Gran Bretaña había abolido la esclavitud en su imperio en 1833, y sus lectores seguían con atención el conflicto estadounidense. En 1853, Stowe viajó a las islas británicas y al continente europeo, donde la recibieron círculos abolicionistas y religiosos. Las ediciones inglesas y las conferencias intensificaron la presión moral sobre Estados Unidos, aunque persistían paradojas: la industria textil británica dependía en gran medida del algodón norteamericano. La novela se insertó así en debates sobre algodón libre
y comercio ético, encarnando una conversación atlántica sobre economía, ley y conciencia.
El éxito trajo controversia. En el Sur, intelectuales y novelistas redactaron réplicas que defendían la benevolencia
señorial y negaban abusos sistémicos; entre ellas, Aunt Phillis’s Cabin (1852), de Mary H. Eastman, y The Planter’s Northern Bride (1854), de Caroline Hentz. Periódicos y políticos sureños denunciaron a Stowe y, en algunos lugares, se restringió o censuró la circulación del libro. En el Norte, críticos tacharon la obra de sentimental o inexacta; Stowe replicó con su Key (1853). Las polémicas continuaron mientras nuevas crisis —Kansas-Nebraska (1854), Dred Scott (1857)— mostraban la radicalización que la novela había contribuido a visibilizar.
La Cabaña del Tío Tom, surgida de cruzar testimonios, doctrina religiosa y observación social, funcionó como espejo y acusación de su tiempo. Al trasladar disputas jurídicas y económicas a escenas familiares y a una ética cristiana de la empatía, transformó percepciones y amplió la audiencia del abolicionismo. Que su impacto se multiplicara por tecnologías de impresión y redes transatlánticas revela cómo cultura y mercado podían movilizarse contra una institución arraigada. Leída hoy como producto de su época y como intervención moral, la obra ayuda a entender la intensidad, las contradicciones y los horizontes de cambio del Estados Unidos de los años 1850.
Biografía del Autor
Índice
Harriet Beecher Stowe (1811–1896) fue una escritora y reformista estadounidense cuya obra se volvió emblemática en las décadas previas a la Guerra Civil. Inscrita en el contexto de intensas disputas nacionales sobre la esclavitud, utilizó la ficción como herramienta moral y política. Su novela La cabaña del tío Tom convirtió la experiencia esclavista en un asunto de conciencia pública para amplios sectores del Norte y del extranjero, y la situó en el centro del debate cultural del siglo XIX. Reconocida por su estilo sentimental y su apelación a valores religiosos, Stowe articuló un humanitarismo cristiano que buscó persuadir a lectores de distintos credos y clases.
Criada en Nueva Inglaterra, Stowe recibió una formación avanzada para mujeres de su tiempo en el Hartford Female Seminary, donde la instrucción humanística y científica se combinaba con disciplina intelectual. En ese ambiente, afianzó un compromiso con la alfabetización femenina y con la reforma social, influida por corrientes evangélicas y por la tradición puritana reinterpretada en clave moral. La narrativa sentimental angloamericana y los sermones de persuasión moral nutrieron su sensibilidad estética. Pronto comenzó a publicar ensayos y relatos en periódicos y revistas, afinando una prosa orientada a la conciencia y al deber cristiano, con atención a los dilemas éticos de su entorno inmediato.
Un giro decisivo en su visión ocurrió durante los años vividos en Cincinnati, ciudad fronteriza sobre el río Ohio, donde la proximidad con estados esclavistas intensificó el contacto con tensiones raciales y legales. Allí escuchó relatos de personas esclavizadas que buscaban la libertad y observó los efectos concretos de las leyes federales sobre fugitivos. Asimismo, participó en tertulias literarias y ejerció la docencia, experiencias que consolidaron su oficio y ampliaron su red intelectual. Esos años formaron la base empírica y emocional de su literatura, al mostrarle la distancia entre los ideales religiosos predicados y la realidad de la esclavitud en la vida cotidiana.
La aprobación de la Ley de Esclavos Fugitivos de 1850 catalizó su decisión de escribir una obra que interpelara al público nacional. La cabaña del tío Tom apareció primero por entregas en el periódico abolicionista The National Era y se publicó como libro en 1852. Se convirtió en un fenómeno editorial sin precedentes, con amplia circulación en Estados Unidos y Gran Bretaña, adaptación teatral y fuertes respuestas críticas. Los defensores de la esclavitud la denunciaron, mientras que abolicionistas la celebraron por su poder persuasivo. En 1853, Stowe publicó A Key to Uncle Tom’s Cabin, volumen documental destinado a sustentar con fuentes legales y testimoniales los hechos novelados.
Aun cuando su fama quedó ligada a esa novela, Stowe desarrolló una obra diversa. En Dred: A Tale of the Great Dismal Swamp (1856) retomó el tema antiesclavista desde otro ángulo. The Minister’s Wooing (1859) exploró el legado teológico de Nueva Inglaterra mediante la ficción. Entre sus libros de madurez destacan Oldtown Folks (1869) y The Pearl of Orr’s Island (1862), así como Sunny Memories of Foreign Lands (1854), crónica de viaje, y Palmetto-Leaves (1873), sobre la vida en Florida. Junto con Catharine Beecher, coescribió The American Woman’s Home (1869), tratado doméstico con aspiraciones educativas y reformistas. También intervino en controversias literarias con Lady Byron Vindicated (1870).
Stowe combinó literatura y activismo mediante conferencias, giras y una sostenida presencia periodística. Su recepción en Gran Bretaña consolidó redes transatlánticas de lectores y benefactores, fortaleciendo causas humanitarias. Publicó en revistas influyentes, entre ellas The Atlantic Monthly, y defendió ideales de reforma moral, educación y mejoramiento social a través del hogar y la comunidad. Tras la Guerra Civil, apoyó iniciativas vinculadas a la reconstrucción y la educación de la población liberada. Pasó temporadas en el Sur, experiencia que nutrió su escritura de no ficción. Sus intervenciones públicas buscaron articular un cristianismo práctico, orientado a la compasión, el trabajo cívico y la responsabilidad del lector.
En sus últimos años, Stowe residió en Hartford, donde continuó escribiendo y atendiendo su correspondencia literaria, aunque con salud declinante. Murió en 1896. Su legado perdura en la historia cultural de Estados Unidos y en los estudios de la novela decimonónica, tanto por su eficacia retórica como por los debates que suscita su representación racial y su sentimentalismo. La cabaña del tío Tom permanece como documento clave del imaginario antiesclavista y como punto de partida para discusiones críticas contemporáneas sobre literatura, política y ética. Su casa en Hartford se conserva como espacio dedicado a la memoria y al estudio de su obra y su impacto.
La Cabaña del Tío Tom
Tabla de Contenidos Principal
CAPÍTULO PRIMERO
En El Que Se Presenta Al Lector A Un Hombre Humanitario
CAPÍTULO II
La Madre
CAPÍTULO III
Marido Y Padre
CAPÍTULO IV
Una Tarde En La Cabaña Del Tío Tom
CAPÍTULO V
Donde Se Explican Los Sentimientos De Las Mercancías Humanas Al Cambiar De Dueño
CAPÍTULO VI
El Descubrimiento
CAPÍTULO VII
La Lucha De La Madre
CAPÍTULO VIII
La Huida De Eliza
CAPÍTULO IX
En El Que Parece Que El Senador Es Solo Humano
CAPÍTULO X
Se Llevan La Mercancía
CAPÍTULO XI
En El Que La Mercancía Humana Adopta Un Estado De Ánimo Poco Recomendable
CAPÍTULO XII
Un Incidente Propio Del Comercio Legítimo
CAPITULO XIII
La Colonia Cuáquera
CAPÍTULO XIV
Evangeline
CAPÍTULO XV
Sobre El Nuevo Amo De Tom Y Varios Otros Asuntos
CAPÍTULO XVI
El Ama De Tom Y Sus Opiniones
CAPÍTULO XVII
La Defensa Del Hombre Libre
CAPÍTULO XVIII
Las Experiencias Y Opiniones De La Señorita Ophelia
CAPÍTULO XIX
Más Experiencias Y Opiniones De La Señorita Ophelia
CAPÍTULO XX
Topsy
CAPÍTULO XXI
Kentucky
CAPÍTULO XXII
«La Hierba Se Seca, La Flor Se Marchita»
CAPÍTULO XXIII
Henrique
CAPÍTULO XXIV
Presagios
CAPÍTULO XXV
La Pequeña Evangelista
CAPÍTULO XXVI
La Muerte
CAPÍTULO XXVII
«Esto Es Lo Último De La Tierra»
CAPÍTULO XXVIII
Reencuentro
CAPÍTULO XXIX
Los Desamparados
CAPÍTULO XXX
El Almacén De Esclavos
CAPÍTULO XXXI
La Travesía
CAPÍTULO XXXII
Lugares Oscuros
CAPÍTULO XXXIII
Cassy
CAPÍTULO XXXIV
La Historia De La Cuarterona
CAPÍTULO XXXV
Señales
CAPÍTULO XXXVI
Emmeline Y Cassy
CAPÍTULO XXXVII
La Libertad
CAPÍTULO XXXVIII
La Victoria
CAPÍTULO XXXIX
La Estratagema
CAPÍTULO XL
El Mártir
CAPÍTULO XLI
El Joven Amo
CAPÍTULO XLII
Una Auténtica Historia De Fantasmas
CAPÍTULO XLIII
Resultados
CAPÍTULO XLIV
El Libertador
CAPÍTULO XLV
Comentarios Finales
Harriet Beecher Stowe
La Cabaña del Tío Tom
CAPÍTULO PRIMERO
Índice
En El Que Se Presenta Al Lector A Un Hombre Humanitario
Índice
A mediados de una fría tarde de febrero, dos hombres estaban sentados solos con una copa de vino delante en un comedor bien amueblado de la ciudad de P. de Kentucky. No había criados, y los caballeros estaban muy juntos y parecían estar hablando muy serios de algún tema. Por comodidad, los hemos llamado hasta ahora dos caballeros. Sin embargo, al observar de forma crítica a uno de ellos, no parecía ceñirse muy bien a esa categoría. Era bajo y fornido, con facciones bastas y vulgares, y el aspecto fanfarrón de un hombre de baja calaña que quiere trepar la escala social. Vestía llamativamente un chaleco multicolor, un pañuelo azul con lunares amarillos anudado alegremente al cuello con un gran lazo, muy acorde con su aspecto general. Las manos eran grandes y rudas y cubiertas de anillos; llevaba una gruesa cadena de reloj repleta de enormes sellos de gran variedad de colores, que solía hacer tintinear con patente satisfacción en el calor de la conversación. Ésta estaba totalmente exenta de las limitaciones de la Gramática de Murray, y salpicada regularmente con diversas expresiones profanas, que ni siquiera el deseo de dar una versión gráfica de la conversación nos hará transcribir.
Su compañero, el señor Shelby, sí parecía un caballero; y la organización y el aparente gobierno de la casa indicaban una posición cómoda si no opulenta. Como hemos apuntado, estaban los dos inmersos en una seria conversación.
—Así dispondría yo el asunto —dijo el señor Shelby.
—No puedo hacer negocios de esa forma, de verdad que no, señor Shelby —dijo el otro, alzando su copa entre él y la luz.
—Pues el caso es, Haley, que Tom es un muchacho poco común; desde luego que vale ese precio en cualquier parte, pues es formal, honrado, eficiente y me lleva la granja como la seda.
—Quiere usted decir honrado para ser negro —dijo Haley, sirviéndose una copa de coñac.
—No, quiero decir que Tom es un hombre bueno, formal, sensato y piadoso[1q]. Se convirtió a la religión hace cuatro años en una reunión, y creo que se convirtió de verdad. Desde entonces, le confío todo lo que tengo: dinero, casa, caballos, y lo dejo ir y venir por los alrededores; y siempre lo he encontrado honrado y cabal en todas las cosas.
—Algunas personas no creen que haya negros piadosos, Shelby —dijo Haley, con un movimiento candoroso de la mano—, pero yo sí. Había un tipo en este último lote que llevé a Orleans: era como un mitin religioso oír rezar a ese individuo; y era bastante tranquilo y callado. Me dieron un buen precio por él también, pues lo compré barato a un hombre que tuvo que venderlo todo; así pues gané seiscientos con él. Sí, creo que la religión es una cosa valiosa en un negro, cuando es de verdad, he de decirlo.
—Bien, Tom tiene religión de verdad, sin duda —respondió el otro—. El otoño pasado, le dejé ir solo a Cincinnati a hacer negocios en mi lugar y me trajo a casa quinientos dólares. «Tom», le dije, «me fío de ti porque creo que eres buen cristiano y se que no me engañarías». Tom volvió, desde luego, como ya lo sabía yo.
Cuentan que algunos tipos rastreros le dijeron: «Tom, ¿por qué no te largas al Canadá?» y él respondió: «El amo confía en mí y no podría hacerlo», eso me contaron. Me da pena desprenderme de Tom, he de confesarlo. Debería usted cogerle por toda la deuda, Haley; y si tuviera usted conciencia, lo haría.
—Pues tengo tanta conciencia como se puede permitir cualquier hombre de negocios, sólo un poco para ir tirando, como si dijéramos —dijo chistoso el comerciante—; y estoy dispuesto a hacer cualquier cosa razonable para contentar a mis amigos, pero lo que pide usted es un poco excesivo —el comerciante suspiró pensativo y se sirvió más coñac.
—¿Cómo quedamos, entonces, Haley? —preguntó el señor Shelby, después de una pausa incómoda.
—¿No tiene usted un niño o una niña que pueda meter en el lote con Tom?
—Bien, ninguno que me sobre; a decir verdad, si no fuera absolutamente necesario, no vendería a ninguno. La verdad es que no me hace gracia desprenderme de ninguno de mis muchachos.
En este momento, se abrió la puerta y entró en la habitación un pequeño cuarterón de entre cuatro y cinco años. Había algo hermoso y atractivo en su aspecto. El cabello negro, suave como la seda y de color azabache, caía en rizos brillantes alrededor de su rostro redondo con hoyuelos en las mejillas, mientras que unos grandes ojos negros, llenos de fuego y dulzura, se asomaban bajo unas pestañas largas y pobladas y miraban con curiosidad por el aposento.
Un alegre traje de cuadros rojos y amarillos, cuidadosamente cortado y entallado, resaltaba su belleza exótica; y un curioso aire de seguridad mezclado con timidez demostraba que estaba acostumbrado a que su amo se fijara en él y le hiciera mimos.
—Hola, Jim Crow[1]—dijo el señor Shelby, silbando y lanzando un racimo de pasas en dirección al niño—, recoge esto, vamos.
El muchacho salió corriendo en pos de su premio mientras se reía su amo.
—Ven aquí, Jim Crow —dijo. Se acercó el muchacho y el amo le dio golpecitos en la cabeza y le acarició la barbilla.
—Vamos, Jim, demuestra a este caballero lo bien que sabes bailar y cantar.
El muchacho comenzó a cantar con voz clara y rica una de esas canciones salvajes y grotescas de los negros, acompañando su canción con muchos movimientos cómicos de las manos, los pies y el cuerpo entero, todo al compás de la música.
—¡Bravo! —gritó Haley, echándole un cuarto de naranja. Vamos, Jim, anda como el viejo tío Cudjoe cuando le da el reuma —dijo su amo.
En el acto las flexibles extremidades del muchacho adoptaron la apariencia de la deformidad y la distorsión mientras, con la espalda encorvada y el bastón de su amo en la mano, andaba a trompicones por la habitación con su rostro de niño dibujando una mueca de dolor, escupiendo a diestro y siniestro como un viejo.
Los dos caballeros se rieron estrepitosamente.
—Ahora, Jim, muéstranos cómo el viejo Robbins canta el salmo —el muchacho rechoncho alargó la cara de manera sorprendente, con gravedad imperturbable, y comenzó a entonar nasalmente un salmo —¡Hurra, bravo! ¡Qué chico! —dijo Haley—; que me aspen si ese muchacho no es todo un caso. ¿Sabe lo que le digo? —dijo de repente, golpeando al señor Shelby en el hombro—, incluya usted a este muchacho y cerraremos el trato, se lo prometo. Venga ya, no diga usted que no es un buen trato.
En ese momento se abrió suavemente la puerta y entró en la habitación una joven cuarterona de unos veinticinco años. Sólo hacía falta una mirada al muchacho para identificarla como su madre.
Tenían los mismos ojos oscuros y expresivos con largas pestañas, los mismos rizos de cabello sedoso y negro. Su cutis moreno mostraba un rubor perceptible en las mejillas que se oscureció cuando se percató de la mirada osada de franca admiración del desconocido fija en ella. Su vestido se ceñía perfectamente a su cuerpo resaltando sus formas armoniosas; la mano de delicada factura y el pie y el tobillo pequeños no escapaban a la mirada perspicaz del comerciante, acostumbrado a evaluar con una mirada las ventajas de un buen ejemplar femenino.
—¿Y bien, Eliza? —preguntó su amo cuando ella se detuvo para mirarlo vacilante.
—Buscaba a Harry, señor, si no le importa —y el muchacho se le acercó de un salto mostrándole su botín, que había recogido en la falda de su vestido.
—Pues llévatelo, entonces —dijo el señor Shelby; y ella se retiró deprisa con su hijo en brazos.
—Por Júpiter —dijo el comerciante, mirándolo con admiración— ¡ése sí que es un buen artículo! Podría usted hacerse rico cuando quisiera con esa muchacha en Nueva Orleans. He visto a más de cien hombres pagar al contado por muchachas menos guapas.
—No quiero hacerme rico con ella —dijo secamente el señor Shelby; y, para cambiar de tema, descorchó otra botella de vino y pidió la opinión de su compañero al respecto.
—¡Excelente, señor, de primera! —dijo el tratante; y volviéndose y dando palmaditas en el hombro de Shelby, añadió—: Vamos, ¿qué me dice de la muchacha? ¿Qué le doy? ¿Cuánto quiere?
—Señor Haley, ella no está en venta —dijo Shelby—. Mi esposa no se desprendería de ella ni por su peso en oro.
—¡Bah! Las mujeres siempre dicen esas cosas, porque no entienden de números. Usted demuéstrele cuántos relojes, plumas y chucherías pueden comprar con su peso en oro, y cambiará de idea, me figuro.
—Ya le digo, Haley, que no se hable más del asunto; he dicho que no, y es que no —dijo Shelby con decisión.
—Bueno, pero me dará al muchacho, ¿verdad? —dijo el comerciante—. Tiene que reconocer que me porto bien al conformarme con él.
—¿Para qué demonios quiere usted al niño? —dijo Shelby.
—Bueno, pues, un amigo mío se va a dedicar a este negocio y quiere comprar muchachos guapos y criarlos para el mercado. Sólo de primera calidad, para venderlos como camareros y cosas así a los ricos, a los que pueden pagar por los guapos. Realza la calidad de una de estas casas solariegas tener a un muchacho realmente guapo para abrir la puerta y servir. Se pagan bien; y este diablillo es un niño tan gracioso y dotado para la música, que sería perfecto.
—Prefiero no venderlo —dijo el señor Shelby pensativo—. El caso es que soy un hombre humanitario y no me gustaría quitarle el hijo a su madre, señor.
—No me diga; vaya, algo parecido, ya, lo comprendo perfectamente. Es muy desagradable tener tratos con las mujeres a veces, a mí no me gusta nada que se pongan a gritar y a chillar. Son muy desagradables; pero yo, como soy hombre de negocios, evito tales escenas. Bien, aleje usted a la muchacha un día, o una semana o así; se hace la operación discretamente y todo habrá acabado antes de que vuelva. Su esposa podría comprarle pendientes, o un vestido nuevo, o algo así, para compensarle.
—Me temo que no.
—¡Dios me ampare, le digo que sí! Estas criaturas no son como la gente blanca, desde luego; superan las cosas, sólo hay que saberlos llevar. Pues dicen —dijo Haley con un aire franco y confidencial— que este tipo de negocios endurece los sentimientos; pero a mí no me lo parece. A decir verdad, nunca he podido hacer las cosas como algunos tipos las hacen en este negocio. He visto a quien arrancaba al hijo de brazos de su madre para ponerlo a la venta, con ella chillando como loca todo el rato; es muy mala política, pues daña el género y a veces los estropea para el servicio. Conocí a una muchacha muy guapa una vez en Nueva Orleans que se echó a perder del todo por un trato así. El tipo que la vendía no quería a su hijo, y ella era altiva cuando se enfadaba. Le digo que estranguló a su hijo con sus manos y siguió hablando de manera terrible. Me hiela la sangre recordarlo; y cuando se llevaron al hijo y a ella la encerraron, se volvió loca de atar y al cabo de una semana estaba muerta. Un desperdicio, señor, de mil dólares, sólo por no saber hacer negocios, esa es la verdad. Siempre es mejor hacer lo humanitario, señor, en mi experiencia —y el comerciante se repantigó en la silla y cruzó los brazos, con un aire decidido y virtuoso, considerándose como un segundo Wilberforce[2].
El tema parecía interesar mucho al caballero; mientras que el señor Shelby pelaba pensativo una naranja, empezó a hablar de nuevo, con decoroso apocamiento, como si la fuerza de la verdad le empujara a decir unas palabras más.
—No está bien visto que uno se elogie a sí mismo, pero lo digo porque es la verdad. Se dice que importo los mejores rebaños de negros de todos, por lo menos eso se dice; me lo han dicho más de cien veces, en cualquier caso, gordos y prometedores, y pierdo menos que cualquier otro comerciante. Y yo lo achaco todo a la organización, señor; y la humanidad, señor, si me permite, es el pilar de la organización.
El señor Shelby, al no saber qué decir, dijo simplemente:
—¡Vaya!
—Mis ideas han sido motivo de escarnio, señor, y de críticas. No son bien vistas, ni son corrientes; pero yo sigo en mis trece; yo sigo en mis trece y así me va; sí, puedo decir que he amortizado su pasaje —y el comerciante se rió de su broma.
Había algo tan provocativo y original en estas dilucidaciones de humanidad, que el señor Shelby no pudo menos que reír también.
Quizás te rías tú, también, querido lector; pero sabes que la humanidad se presenta hoy día de muchas maneras peculiares, y no hay límite a las cosas extrañas que dice y hace la gente humanitaria.
La carcajada del señor Shelby animó al comerciante a seguir.
—Es raro pero nunca he podido meterlo en la cabeza de la gente. Veamos el caso de mi viejo socio, Tom Loker, de Natchez; era un tipo muy listo, aunque era el mismísimo diablo con los negros, pero sólo por principio, porque jamás ha existido hombre con mejor corazón; era su sistema, señor. Yo lo comentaba con Tom. «Bueno, Tom», le decía, «cuando se ponen a llorar tus muchachas, ¿de qué sirve darles en la cabeza o pegarles una paliza? Es ridículo», decía yo, «y no sirve para nada. A mí no me parece mal que lloren», decía yo, «es la naturaleza», decía, «y si la naturaleza no se desahoga de una forma, lo hará de otra. Además, Tom», decía yo, «estropea a tus muchachas; enferman y se ponen tristes; y a veces se ponen feas, sobre todo las amarillas se ponen feas, y cuesta mucho trabajo que se domestiquen. Ahora bien», decía yo, «¿por qué no las engatusas y les hablas con amabilidad? Puedes creerme, Tom, una pequeña dosis de humanidad remedia más que tus regaños y golpes; y es más rentable, puedes creerme». Pero Tom no alcanzaba a comprenderlo; y me echó a perder a tantas que tuve que romper con él, aunque tenía buen corazón y era un hombre de negocios honrado.
—¿Y cree usted que su manera de hacer negocios es mejor que la de Tom? —preguntó el señor Shelby.
—Ya lo creo. Verá usted, cuando puedo, cuido de la parte desagradable, como la venta de los niños; alejo a las madres, pues ojos que no ven, corazón que no siente, ya sabe, y cuando la cosa está hecha y no tiene remedio, se resignan. No es como si fuera gente blanca, educada para quedarse con sus hijos y sus esposas y todo eso. Los negros bien criados no tienen expectativas de ninguna clase, así que aceptan más fácilmente todas estas cosas.
—Me temo que los míos no están bien criados entonces —dijo el señor Shelby.
—Supongo que no; ustedes los de Kentucky miman mucho a sus negros. Tienen ustedes buena intención, pero no es bueno para ellos. Verá, a un negro que tiene que ir de aquí para allá en el mundo y soportar que lo vendan a Mengano y a Zutano y a Dios sabe quién más, no es bueno llenarle la cabeza de ideas y expectativas y educarle demasiado, porque la dureza de la vida es mucho más difícil de soportar después. Estoy seguro de que los negros de usted estarían muy tristes en un lugar donde algunos negros de plantación cantarían y vitorearían como posesos. Es natural, señor Shelby, que cada hombre crea que sus propias maneras de hacer las cosas son las mejores; y yo creo que trato a los negros tan bien como merecen.
—Es una felicidad estar satisfecho —dijo el señor Shelby, encogiéndose ligeramente de hombros y dando muestras de incomodidad.
—Entonces —dijo Haley, después de que ambos hombres pasaran un rato comiendo frutos secos en silencio—, ¿qué me dice?
—Me lo pensaré y lo hablaré con mi esposa —dijo el señor Shelby—. Mientras tanto, Haley, si usted quiere que se maneje el asunto con la discreción que ha mencionado, más vale que lo mantenga en secreto en este vecindario. Correrá la voz entre mis muchachos, y no será un asunto nada discreto llevarse a alguno de mis muchachos si se enteran, se lo aseguro.
—¡Desde luego, naturalmente, ni una palabra! Pero mire usted, tengo muchísima prisa y quiero saber cuanto antes qué decide usted —dijo él, levantándose y poniéndose el abrigo.
—Pues venga esta tarde entre las seis y las siete y le contestaré —dijo el señor Shelby, mientras el tratante salía de la habitación con una reverencia.
«Me hubiera gustado echarlo de una patada», se dijo cuando vio que se había cerrado la puerta, «con ese aplomo descarado; pero sabe que me tiene a su merced. Si alguien me hubiera dicho que iba a vender a Tom a uno de estos bribones tratantes del sur, yo habría dicho: ¿Es un perro tu sirviente para que hagas eso?
Y ahora parece ser que tendrá que ser así. ¡Y el hijo de Eliza, también! Sé que tendré un problema con mi esposa por eso, y, de hecho, por el asunto de Tom también. Mala cosa tener deudas, ¡vaya! El tipo ve la ocasión y se aprovecha».
Quizás la forma más suave del sistema de la esclavitud es la del estado de Kentucky. El predominio general de los quehaceres agrícolas tranquilos y paulatinos, que no necesitan de esas prisas y presiones periódicas que tienen lugar en los asuntos de los estados de más al sur, hace que la tarea del negro sea más sana y razonable; mientras que el amo, satisfecho de seguir un estilo más gradual de adquisición, no siente la tentación de la crueldad que siempre vence a las naturalezas débiles cuando lo que está en la balanza es la posibilidad de una ganancia repentina y rápida, sin más contrapeso que los intereses de los indefensos y desvalidos.
Quien visita alguna finca de allí y observa la complacencia de algunos amos y amas y la lealtad cariñosa de algunos esclavos, podría caer en la tentación de pensar en la popular leyenda poética de la institución patriarcal; pero por encima de esta escena pende una sombra ominosa —la sombra de la ley—. Mientras que la ley considere a todos estos seres humanos, con sus corazones que laten y sus sentimientos vivos, como una serie de objetos que pertenecen a un amo, mientras que el fracaso, la desgracia, la imprudencia o la muerte del amo más amable pueda hacer que cambien una vida protegida e indulgente por otra desesperada de miseria y trabajos, es imposible hacer nada bello ni deseable dentro de la administración mejor regida de la esclavitud.
El señor Shelby era un hombre bastante común, amable y de buen corazón y bien dispuesto hacia los que lo rodeaban, y nunca había faltado nada que pudiera contribuir al bienestar físico de los negros de su finca. Sin embargo, se había dedicado a la especulación, se había endeudado mucho y sus pagarés por una gran suma habían caído en manos de Haley; esta pequeña información es la clave de la conversación precedente.
Bien, dio la casualidad de que, al acercarse a la puerta, Eliza había escuchado bastante de la conversación para saber que el comerciante quería que su amo le vendiera a alguien.
De buena gana se habría quedado escuchando detrás de la puerta al salir, pero tuvo que marcharse deprisa porque la llamó su ama en ese momento. Sin embargo, le parecía haber oído al comerciante hacer una puja por su hijo; ¿podía equivocarse? Se le encogió el corazón y comenzó a latir deprisa, y sin querer apretaba tanto al niño que éste le miró atónito a la cara.
—Eliza, muchacha, ¿qué te pasa hoy? —preguntó su ama, después de que ésta le volcara la jarra del lavabo, derribara el bastidor y le ofreciera distraída un camisón largo en lugar del vestido de seda que le había pedido que le trajera del armario.
Eliza dio un respingo.
—¡Oh, señora! —dijo, alzando los ojos y, rompiendo a llorar, se sentó en una silla y se puso a sollozar.
—Eliza, hija, ¿qué te ocurre? —preguntó su ama.
—¡Oh, señora, señora! —dijo Eliza—. ¡Había un tratante hablando con el amo en el salón! Lo he oído.
—Bueno, tonta, ¿y qué?
—Oh, señora, ¿usted cree que el amo vendería a mi Harry? —y la pobre criatura se lanzó a una silla y se puso a sollozar convulsivamente.
—¿Venderlo? ¡Qué va, tontita! Sabes que el amo no hace negocios con esos tratantes sureños y que nunca querrá vender a ninguno de sus criados, siempre que se porten bien. Vamos, tonta, ¿quién crees que querrá comprar a tu Harry? ¿Crees que todo el mundo lo quiere como tú, gansita? Venga, anímate y abróchame el vestido. Vamos, arréglame el pelo con esa trenza bonita que aprendiste el otro día, y deja de escuchar detrás de las puertas.
—Señora, usted nunca permitiría...
—¡Tonterías, niña! Por supuesto que no. ¿Cómo puedes hablar así? Antes dejaría vender a uno de mis propios hijos. Pero, Eliza, te estás enorgulleciendo demasiado de ese niño. No puede asomar la nariz un hombre por la puerta sin que creas que ha venido a comprarlo.
Reconfortada por el tono seguro de su ama, Eliza siguió ágil y mañosa con el tocado, riéndose de sus propios temores.
La señora Shelby era una dama de clase alta, hablando tanto intelectual como moralmente. Además de la magnanimidad y generosidad mentales que a menudo tipifican el carácter de las mujeres de Kentucky, tenía grandes sensibilidades y principios morales y religiosos, que se plasmaban en resultados prácticos realizados con gran energía y habilidad. Su marido, que no profesaba ninguna religión en particular, reverenciaba y veneraba la consistencia de la religiosidad de su esposa y su opinión le imponía respeto. Era verdad que le daba carta blanca en todos sus esfuerzos benévolos para el confort, instrucción y mejora de sus criados, aunque él personalmente no intervenía en ello. De hecho, si no creía exactamente en la doctrina de la eficiencia del excedente de las buenas obras realizadas por los santos, sí parecía pensar que su esposa tenía suficiente piedad y benevolencia para los dos y albergaba una vaga esperanza de entrar en el cielo gracias a la sobreabundancia de cualidades de ella que él mismo no pretendía poseer.
Lo que más le pesaba a él, después de su conversación con el tratante, era tener que informar a su esposa del negocio propuesto, y enfrentarse a las objeciones y oposición que sabía que le esperaban.
La señora Shelby, totalmente ignorante de las deudas de su marido y conociendo sólo la bondad habitual de su temperamento, era sincera al reaccionar ante las sospechas de Eliza con absoluta incredulidad. De hecho, había descartado la idea sin pensarlo dos veces; y, ocupada como estaba con los preparativos de una visita por la tarde, se le fue totalmente de la mente.
CAPÍTULO II
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La Madre
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Eliza había sido criada desde pequeña como favorita de su ama.
El viajero del sur debió de notar ese peculiar aire de refinamiento, la dulzura de voz y de modales, que parecen ser un don especial de las cuarteronas[3] y mulatas. Estas gracias naturales de la cuarterona a menudo van parejas con la belleza más deslumbrante y casi siempre con un aspecto atractivo y agradable. Eliza, como la hemos descrito, no es un bosquejo imaginario sino el dibujo de memoria de una mujer que vimos hace años en Kentucky. Segura bajo los cuidados protectores de su ama, Eliza había llegado a la madurez sin las tentaciones que convierten la belleza en una herencia fatal para una esclava. La habían casado con un inteligente mulato de talento que era esclavo en una finca colindante y se llamaba George Harris.
El amo había alquilado a este joven para que trabajara en una fábrica de bolsas, donde era considerado el mejor trabajador por su destreza e ingenuidad. Había inventado una máquina para limpiar el cáñamo que, teniendo en cuenta la educación y las circunstancias del inventor, mostraba un genio mecánico parecido al de la despepitadora de algodón de Whitney.
Era guapo y tenía modales agradables, y era muy querido en la fábrica. Sin embargo, como a los ojos de la ley este joven no era un hombre sino una cosa, todas sus cualidades superiores estaban sujetas al control de un amo tiránico, intolerante y vulgar. Al oír hablar de la fama del invento de George, este caballero se acercó a la fábrica para ver la obra de este esclavo inteligente. Lo recibió con gran entusiasmo el empresario, que lo felicitó por poseer un esclavo tan valioso.
Le acompañó a ver la fábrica, donde, al mostrarle la máquina, George, animado, hablaba tan fluidamente y tenía un aspecto tan bello y viril, allí erguido, que su amo comenzó a tener una desagradable sensación de inferioridad. ¿Cómo se atrevía su esclavo a andar por el país inventando máquinas e irguiendo la cabeza entre caballeros? No pensaba tolerarlo. Lo llevaría de vuelta, lo pondría a trabajar con la azada y la pala y «a ver si se iba a pavonear tanto entonces». En consecuencia, el patrón y los trabajadores se quedaron de piedra cuando reclamó de repente el salario de George y anunció su intención de llevárselo a casa.
—Pero, señor Harris —objetó el patrón—, ¿no es un poco repentino?
—¿Y qué, si es así? ¿No es mío el hombre?
—Estaríamos dispuestos a aumentar el pago de compensación.
—No sirve de nada, señor. No tengo necesidad de alquilar a mis trabajadores si no quiero.
—Pero, señor, parece estar muy bien adaptado a este negocio.
—Puede que sí; no se adaptaba muy bien nunca a nada de lo que yo le mandaba, sin embargo.
—Pero dese cuenta de que ha inventado esta máquina —interrumpió uno de los obreros, algo inoportuno.
—¡Oh, sí! Una máquina para ahorrar trabado, ¿verdad? No me extraña que inventara eso; un negro es especialista en eso. Todos ellos son máquinas para el ahorro del trabajo. No, ¡se marchará!
George se quedó como paralizado al oír a una potencia que sabía irresistible pronunciar su condena. Se cruzó de brazos, comprimió los labios, pero un volcán de sentimientos amargos ardió en su pecho, enviando ríos de fuego por sus venas. Jadeaba y sus grandes ojos negros llameaban como brasas ardientes, y hubiera podido estallar en algún tipo de ebullición peligrosa si el bondadoso patrón no le hubiera tocado el brazo, diciendo en voz queda:
—Déjate llevar, George; ve con él de momento. Intentaremos ayudarte más adelante.
El tirano vio este susurro y adivinó su significado aunque no oyó lo que se dijo; y le fortaleció aún más en su empeño interno de mantener el poder que ejercía sobre su víctima.
George fue llevado a casa y puesto a trabajar en las tareas más humildes y fatigosas de la granja. Había conseguido reprimir cada palabra irrespetuosa; pero los ojos llameantes y la frente triste y preocupada formaban parte de un lenguaje natural que no podía reprimir: señales inequívocas de que un hombre no se podía convertir en una cosa.
Fue durante la época feliz de su trabajo en la fábrica cuando George conoció y se casó con su esposa. En ese período, como su patrón confiaba en él y lo trataba bien, tenía libertad para ir y venir a su antojo. La señora Shelby aprobó totalmente la boda y, con algo de la satisfacción de casamentera típica de una mujer, se alegró de unir a su guapa favorita con uno de su misma clase que parecía digno de ella; de modo que se casaron en el salón del ama, que adornó personalmente con azahar el hermoso cabello de la novia y le echó por encima el velo nupcial, que no hubiera podido posarse en una cabeza más bella; y no faltaban guantes blancos, ni tarta, ni vino, ni invitados que admiraron la belleza de la novia y la indulgencia y generosidad de su ama. Durante un año o dos, Eliza vio a menudo a su marido y nada interrumpió su felicidad salvo la pérdida de dos niños, que ella amaba apasionadamente y que lloró con una pena tan intensa que su ama le riñó dulcemente, procurando, con solicitud maternal, mantener sus sentimientos, tan
