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Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas: Edición enriquecida.
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Libro electrónico1919 páginas24 horas

Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas: Edición enriquecida.

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"Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas" es una obra emblemática de Benito Pérez Galdós, publicada en 1886, que se sumerge en las complejidades de la vida femenina en el Madrid del siglo XIX. El estilo narrativo de Galdós, caracterizado por su realismo detallado y penetrante carácter psicológico, permite una exploración profunda de las emociones y luchas internas de las protagonistas. Dividido en múltiples secciones, el libro entrelaza las vidas de Fortunata y Jacinta, reflejando las tensiones entre clases sociales y el contraste entre el amor romántico y la realidad matrimonial. La prosa de Galdós es rica y evocadora, lo que ofrece al lector una visión meticulosa de la época, mientras que su estructura fragmentada invita a reflexionar sobre los destinos alternativos de las mujeres en una sociedad patriarcal. Benito Pérez Galdós, uno de los más destacados autores de la literatura española, se vio influenciado por la situación social y política de su tiempo. Nacido en las Islas Canarias en 1843, su experiencia en la Península y su contacto con el movimiento realista lo llevaron a escribir obras que retratan la vida cotidiana y las inquietudes de los desfavorecidos. Galdós sostenía un profundo interés por la condición femenina, arrastrado por su deseo de ilustrar las injusticias sociales y la naturaleza humana en sus conflictos, lo que se manifiesta claramente en esta novela. Recomiendo encarecidamente "Fortunata y Jacinta" a cualquier lector interesado en la literatura realista del siglo XIX y en el estudio de la condición femenina. Galdós presenta personajes complejos y una crítica social aguda, lo que convierte a esta obra en un pilar del canon literario español. Su capacidad para capturar la esencia de su época, junto con la profundidad de sus personajes, asegura que esta novela siga siendo relevante y conmovedora para las generaciones actuales.

En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
IdiomaEspañol
EditorialDigiCat
Fecha de lanzamiento12 nov 2023
ISBN8596547719502
Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas: Edición enriquecida.
Autor

Benito Pérez Galdós

Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920) llegó a Madrid en 1862 para estudiar derecho. No tardó en introducirse en la vida cultural e intelectual de la ciudad y en relacionarse con los personajes más destacados de la época, como Leopoldo Alas «Clarín». En 1868 abandonó los estudios para dedicarse íntegramente a la escritura. Su primera novela, La Fontana de Oro (1870), escrita con apenas veinticinco años, anticipa el talento del que sería uno de los mayores narradores de nuestra literatura. Como autor, revolucionó la narrativa española incluyendo en sus obras expresiones populares para dar así más realismo al relato, ideas que aportó también al género teatral. Al mismo tiempo, Galdós tuvo una prolífica carrera en el campo de la política, donde llegó a ser diputado en varias ocasiones por distintas circunscripciones. De su extensa obra cabe remarcar algunas de sus obras maestras, como son Doña Perfecta (1876), Marianela (1878), La desheredada (1881), Tormento (1884), Fortunata y Jacinta (1886-1887), Miau (1888), Misericordia (1897) y los Episodios nacionales (1872-1912), una gran crónica de la España del siglo XIX, formada por cuarenta y seis episodios divididos en cinco series de diez novelas.

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    Fortunata y Jacinta - Benito Pérez Galdós

    Benito Pérez Galdós

    Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas

    Edición enriquecida.

    Introducción, estudios y comentarios de Inés Ferrer

    EAN 8596547719502

    Editado y publicado por DigiCat, 2023

    Índice

    Introducción

    Sinopsis

    Contexto Histórico

    Biografía del Autor

    Fortunata y Jacinta

    Análisis

    Reflexión

    Citas memorables

    Notas

    Introducción

    Índice

    En la encrucijada donde el deseo se mide con la ley social, Madrid levanta un espejo implacable. Fortunata y Jacinta relata la tensión entre la pasión íntima y el orden burgués, examinando cómo las fronteras de clase, género y moralidad moldean los destinos. En estas páginas, el sentimiento no es mera efusión romántica, sino fuerza que empuja, desvía y desvela las costuras de una ciudad en transformación. La novela propone una pregunta persistente: qué sucede cuando la vida privada se vuelve asunto público y la reputación pesa tanto como la verdad. Allí comienza su drama y su trascendencia.

    Escrita por Benito Pérez Galdós, figura mayor del realismo hispánico, la novela apareció en 1887 tras su gestación en la década de 1880. Subtitulada dos historias de casadas, se inscribe en la España de la Restauración, cuando el país buscaba estabilidad mientras la modernidad alteraba prácticas y sensibilidades. Ambientada en Madrid, su proyecto combina crónica urbana y novela de caracteres. Sin recurrir a proclamas, Galdós observa con rigor la vida cotidiana y sus mecanismos de poder. El resultado es un vasto fresco narrativo que explora la intersección entre afectos, economía y prestigio social en una capital que se acelera.

    La premisa inicial es precisa y reconocible. Juanito Santa Cruz, joven de familia acomodada, encarna las expectativas de un linaje burgués que privilegia la respetabilidad. Jacinta representa el orden y la aspiración de estabilidad que ese mundo reclama. Fortunata, de extracción popular, encarna una energía vital que desborda etiquetas. El vínculo entre los tres, desde el inicio, hace visibles las fricciones entre clases y la distancia entre los códigos morales públicos y las pulsiones privadas. Sobre ese triángulo, la narración despliega un abanico de relaciones, lealtades y malentendidos que iluminan la textura social del último tercio del siglo XIX.

    Fortunata y Jacinta es un clásico porque une ambición formal y lucidez histórica con una rara empatía hacia sus criaturas de papel. Su estatus se asienta en la amplitud del retrato de Madrid, en la hondura psicológica de sus protagonistas y en la capacidad de hacer de lo particular una parábola de su tiempo. Galdós consuma aquí un punto alto del realismo español, mostrando cómo la novela puede pensar una sociedad sin sacrificar el pulso narrativo. Su impacto se mide por su presencia constante en el canon, en la crítica y en la lectura pública, siglo tras siglo.

    El dispositivo narrativo contribuye decisivamente a esa altura. Con un narrador atento, irónico y flexible, la obra alterna registros, modula la distancia y penetra con naturalidad en las conciencias sin quebrar la verosimilitud. Galdós maneja con destreza el estilo indirecto libre y el diálogo, de modo que la ciudad habla por boca de sus habitantes y el lector recoge ecos de diferentes estratos sociales. La prosa, rica en matices sin alardes, equilibra el detalle costumbrista con la reflexión moral. Esta combinación permite que los conflictos broten orgánicamente del entorno y que la trama avance con una lógica precisa.

    Las figuras que pueblan la novela rehúyen el maniqueísmo. Fortunata y Jacinta despliegan rasgos contradictorios, deseos y temores, inteligencia y vulnerabilidad, en un arco delineado con paciencia y respeto. Juanito, por su parte, no es solo una voluntad caprichosa, sino un producto de la educación, el privilegio y los compromisos familiares. Alrededor, un amplio elenco de secundarios constituye una red que sostiene y constriñe: amistades, parientes, comerciantes, profesionales, religiosos. Cada interacción suma una pieza al mosaico de una sociedad que se explica en sus gestos mínimos. La psicología individual se vuelve entonces inseparable del tejido colectivo.

    El libro interroga, sin estridencia doctrinaria, la moral conyugal, la doble vara aplicada a hombres y mujeres, y el modo en que la apariencia ordena la vida pública. Examina la promesa de ascenso social y las resistencias que oponen los círculos cerrados del prestigio. Le interesa la educación sentimental tanto como la educación cívica, y considera las huellas de la religión en la conducta privada. De fondo, la modernización económica convoca nuevas prácticas y ansiedades. Todo ello se cruza con la pregunta por la libertad: qué puede elegir cada personaje, y a qué coste, dentro de su casillero social.

    Madrid no es un telón, sino un organismo que respira. Calles, plazas, tiendas y viviendas codifican pertenencias y deseos, marcando rutas posibles y barreras invisibles. El pulso urbano ordena encuentros fortuitos, malentendidos y decisiones cruciales. Se siente el ruido de la ciudad que crece, la circulación de mercancías e ideas, la nueva sociabilidad de cafés y paseos, la persistencia de rituales heredados. En este escenario, Galdós captura un instante histórico en que conviven lo tradicional y lo emergente. La ciudad, retratada con precisión afectuosa, se vuelve también una conciencia colectiva que vigila, legitima, sanciona y a veces redime.

    Reconocida como una de las cumbres de la novela en español del siglo XIX, la obra ha sostenido su prestigio por su eficacia artística y su capacidad de diálogo con lectores de épocas distintas. Ha sido leída en aulas, debatida por la crítica y traducida a diversas lenguas, consolidando su circulación internacional. Su influencia es visible en la consolidación de la novela urbana y en la confianza de la narrativa hispánica para pensar la realidad social desde la ficción. Más que un monumento, permanece como un laboratorio vivo de técnicas y enfoques que otros autores han retomado y transformado.

    La riqueza de Fortunata y Jacinta se multiplica al cruzar miradas críticas. Puede leerse como crónica madrileña, análisis de clase, estudio de carácter o indagación sobre el lugar de las mujeres en un orden que las nombra pero las contiene. La obra admite lecturas desde la historia cultural, los estudios de género, la sociología de la familia o la teoría de la novela. Ese pluralismo no desmiente su unidad: todas las vías conducen a la pregunta por cómo se construye una vida decente cuando la decencia está dictada por reglas cambiantes y a menudo interesadas.

    Su diseño en partes, su respiración amplia y su prosa sin estrépito invitan a una lectura atenta, más gozosa cuanto más paciente. La novela dosifica con maestría los momentos de humor, ternura, ironía y tensión, sosteniendo un ritmo que nunca se derrumba en el mero costumbrismo ni se precipita en el melodrama. Galdós confía en la observación y en la lógica de las acciones; por eso cada escena, por pequeña que parezca, cumple una función en la arquitectura total. El lector encuentra así un relato que recompensa la inmersión con una sensación rara de mundo completo.

    Hoy, cuando las ciudades siguen dictando posibilidades y límites, y cuando los afectos chocan con normas explícitas e implícitas, la novela conserva su filo. Desigualdad, respeto a la apariencia, negociación entre deseo y deber, circulación de influencias y rumores: todo permanece. Fortunata y Jacinta, al mirar sin prejuicios y sin complacencias, ofrece una compañía lúcida para pensar nuestras propias tensiones. Su atractivo duradero radica en esa doble virtud: levantar un retrato histórico nítido y, a la vez, hablar al presente con una voz que no envejece. Leerla es escuchar cómo la vida social modela, todavía, el corazón.

    Sinopsis

    Índice

    Fortunata y Jacinta, novela de Benito Pérez Galdós publicada en 1887, traza un amplio fresco del Madrid de fines del siglo XIX. En el centro se sitúa un triángulo desigual: Juanito Santa Cruz, heredero burgués; Jacinta, esposa legítima y modelo de respetabilidad; y Fortunata, mujer de origen humilde arrastrada por una pasión que desborda moldes sociales. Con un realismo minucioso, Galdós acompasa destinos individuales y vida urbana, exhibiendo comercios, tertulias, templos y callejones. La narración observa cómo el deseo y las conveniencias de clase condicionan decisiones íntimas, mientras la ciudad, en modernización, impone sus ritmos a la moral privada y a la reputación pública.

    La familia Santa Cruz, próspera en el comercio, encauza el porvenir de Juanito hacia un matrimonio ventajoso con su prima Jacinta. El noviazgo culmina en una boda celebrada con pompa doméstica, pero el pasado reciente del esposo pesa desde el inicio. Antes del enlace, Juanito mantuvo una relación con Fortunata, y la sombra de aquella aventura no se disipa. Jacinta, afectuosa y sensata, intenta consolidar el hogar y espera la maternidad como coronación del proyecto familiar. Sin embargo, relatos imprecisos sobre un posible hijo de Juanito y Fortunata abren una fisura que combina deseo frustrado, orgullo de casta y temor a la murmuración.

    El relato retrocede para iluminar la trayectoria de Fortunata desde barrios populares donde la precariedad obliga a la improvisación. Galdós la presenta compleja, vulnerable y decidida, observada por un vecindario que mezcla compasión y censura. Su encuentro con Juanito la impulsa a una ilusión que pronto colisiona con el desamparo material y la desigualdad de trato. Abandonada, debe buscar sostenes inestables y resistir la estigmatización. Vuelve, de manera intermitente, la versión de una maternidad pasada, nunca asentada del todo en datos firmes, que sirve para medir la distancia entre los discursos oficiales del honor y las necesidades íntimas.

    Tras la boda, la vida de los Santa Cruz alterna la solidez del negocio familiar con el ocio de cafés y paseos, ámbitos donde Juanito cultiva su ligereza. Jacinta, por su parte, refuerza vínculos con parientes y amigas, y encuentra en la caridad un cauce de sociabilidad y sentido, alentada por figuras de fe práctica como Guillermina Pacheco. La dificultad para tener hijos se convierte en un motivo silencioso que ordena su mirada sobre el matrimonio y el deber. Entre confidencias, rumores y gestos de cortesía, la nueva burguesía protege su prestigio, mientras la inquietud íntima deja huecos que otros tratan de ocupar.

    Para Fortunata, la posibilidad de rehacerse adopta forma disciplinaria en un convento de recogimiento regido por las Micaelas, promovido con la mediación de conocidas como Doña Lupe. Allí conviven impulsos contradictorios: el anhelo de dignidad y la fuerza de una pasión que no se extingue. Las amistades circunstanciales, como la de Mauricia la Dura, introducen un contrapunto áspero, hecho de franqueza, humor y caída. El retiro ofrece pausa y aprendizaje, pero también prueba los límites de la moral como terapia. La idea de regeneración se vuelve ambigua: ¿basta la corrección de hábitos para cicatrizar heridas trazadas por el deseo y la desigualdad?

    En ese vaivén, surge Maximiliano Rubín, joven enfermizo y entusiasta, emblema de un idealismo que roza la fragilidad. Pariente de Doña Lupe, estudioso y celoso de normas, ve en Fortunata la ocasión de una tarea moral y afectiva, y propone el matrimonio como vía de reforma. La unión, sin embargo, expone tensiones domésticas: salud quebradiza, celos, estrechez económica y choques entre expectativas y carácter. Doña Lupe interviene con una autoridad interesada que combina cálculo y tutela. La pareja se convierte en un laboratorio de la moral menor de la clase media, donde cada gesto cotidiano delata presiones sociales y dudas íntimas.

    El círculo se estrecha cuando los caminos de Fortunata y Juanito vuelven a cruzarse en una ciudad que fomenta encuentros furtivos y coartadas. La atracción persistente convoca alianzas discretas, silencios y pequeñas maniobras orientadas a mantener las apariencias. Jacinta, atenta y digna, percibe señales difíciles de encajar con el ideal del hogar. La casa Santa Cruz, celosa de su nombre, despliega prudencia y recursos, mientras el vecindario multiplica versiones. La narración enfatiza la tensión entre fidelidad, deseo y conveniencia, sin renunciar a la ironía con que observa la autocomplacencia burguesa. Nada se resuelve con facilidad; todo se complica con matices.

    Más allá del triángulo, la novela abre un panorama coral: comerciantes, empleados, periodistas, clérigos y sirvientes dibujan una sociedad ocupada en ascender y sobrevivir. Personajes como Estupiñá, Ido del Sagrario o la propia Guillermina enriquecen el lienzo con memorias, hábitos, devociones y astucias. El Madrid que atraviesan, entre barrios distinguidos y arrabales, muestra obras públicas, comercio en expansión, devociones colectivas y sociabilidades cambiantes. El trasfondo político de la época asoma en conversaciones y gestos, más que en proclamas. La ciudad actúa como agente moral: vigila, premia y castiga, y convierte la intimidad en asunto público a través de miradas y habladurías.

    Fortunata y Jacinta permanece como una de las grandes novelas realistas en lengua española por su ambición estructural y su humanidad. Galdós interroga la libertad individual frente a la coacción de clase, la doble moral, los mitos del amor romántico y las promesas de la respetabilidad. Lo hace con precisión psicológica, humor compasivo y una mirada urbana que sigue vigente. Su lectura, aún sin adelantar desenlaces, muestra cómo decisiones privadas sedimentan conflictos colectivos y cómo las etiquetas sociales moldean destinos. En su despliegue de voces y espacios, la obra invita a pensar la tensión entre deseo, justicia y cuidado mutuo.

    Contexto Histórico

    Índice

    Fortunata y Jacinta (1887) se inscribe en el Madrid de las décadas centrales del siglo XIX tardío, con un foco que abarca desde los últimos años de la monarquía isabelina y el Sexenio Democrático hasta la consolidación inicial de la Restauración borbónica. La ciudad, capital administrativa y simbólica, concentra las instituciones que ordenan la vida: la Corona, unas Cortes en reorganización casi permanente, la Iglesia católica y un aparato municipal que intenta modernizar servicios. En ese marco, la novela observa cómo la familia, el matrimonio, el crédito y el comercio regulan existencias individuales, mostrando el tejido fino por el que transitan aspiraciones, hábitos y desigualdades urbanas.

    La Revolución de 1868, la Gloriosa, derribó a Isabel II y abrió el Sexenio Democrático (1868-1874), período de ampliación de libertades, incertidumbres y experimentos políticos. La Constitución de 1869 reconoció derechos modernos y proclamó la soberanía nacional, mientras las calles de Madrid se llenaban de milicias ciudadanas, debates y prensa combativa. Galdós registra ese temblor de fondo: expectativas de ascenso, movilidad social y recomposición moral se cuelan en la vida cotidiana de sus personajes. Sin describir batallas parlamentarias, la novela deja oír los ecos del cambio en tertulias, tiendas y casas, donde las reglas de convivencia parecen negociarse de nuevo bajo el ruido de la política.

    Tras la Gloriosa, las Cortes eligieron a Amadeo de Saboya como rey (1871-1873), apuesta por un monarca constitucional extranjero que afrontó polarización, atentados y la muerte de su valedor, el general Prim. La frágil legitimidad del experimento se percibía en Madrid como una combinación de curiosidad y cansancio. En la obra, la vida urbana prosigue entre negocios, paseos y modas, pero la atmósfera de provisionalidad se filtra en conversaciones y expectativas. La burguesía comercial, preocupada por la estabilidad del crédito, procura blindarse en códigos de respeto y prudencia, mientras las clases populares combinan la supervivencia con la atención intermitente a los vaivenes del poder.

    La abdicación de Amadeo dio paso a la Primera República (1873-1874), breve y convulsa, marcada por debates federalistas, crisis hacendarias, cantonalismo y la reactivación de la guerra carlista. Aunque Madrid fue menos escenario de insurrecciones que otras regiones, vivió la ansiedad de un orden incierto. Galdós convierte ese clima en telón que vuelve frágiles promesas y compromisos. La novela muestra un repliegue hacia la esfera doméstica como refugio, a la par que los discursos públicos sobre virtud, autoridad y nación invaden comedores, talleres y cafés. El resultado es un retrato donde lo político permea lo íntimo sin monopolizar el foco narrativo.

    La Restauración de 1874, con Alfonso XII y el sistema articulado por Cánovas del Castillo, consagró la búsqueda de estabilidad mediante la alternancia pactada entre conservadores y liberales y la Constitución de 1876. Para Madrid significó normalización institucional, administración más previsible y un horizonte de crecimiento urbano. En el universo de la novela, esa pax política se refleja en hábitos burgueses consolidados: horarios, cuentas, dotaciones, herencias y un código de civilidad que aspira a ordenar pasiones y negocios. Galdós observa cómo ese orden tranquilizador convive con desigualdades persistentes y con la hipocresía moral que la respetabilidad pública pretende cubrir.

    El turno pacífico y el caciquismo sostuvieron la maquinaria electoral mediante redes de patronazgo y arreglos locales que desactivaban la competencia real. En la capital, esas prácticas se traducían en favores, recomendaciones, empleos y concesiones que atravesaban ministerios, comercios y vecindarios. La novela no dramatiza campañas, pero sí las mediaciones sociales: dependencias, cartas de presentación, protecciones y lealtades que lubrican transacciones y ascensos. Ese tejido clientelar condiciona destinos tanto como cualquier decreto. Galdós sugiere que la confianza no es solo virtud privada: es capital político y comercial que circula por manos discretas, sosteniendo reputaciones y endeudando conciencias.

    El trasfondo económico del periodo combina crisis y recuperación. El colapso financiero de 1866 y la paralización del negocio ferroviario contrajeron crédito y empleo, alimentando el descontento previo a 1868. En los setenta, una tímida reactivación ordena balances y relanza el pequeño comercio. Madrid vive de rentas administrativas, servicios, tiendas y casas de comercio que funcionan con cuentas corrientes, pagarés y fiado. La novela reproduce esa microeconomía: libretas, recibos, empeños en el Monte de Piedad y negociaciones domésticas que cuadran el mes. La prosperidad es volátil; el temor a la quiebra o al descrédito moldea conductas, empuja alianzas y justifica rigideces morales.

    La transformación urbana condiciona identidades. El Plan Castro (1860) impulsó el ensanche con barrios como Salamanca, destinado a clases acomodadas, mientras los barrios populares —Lavapiés, Embajadores— mantuvieron viviendas de alquiler, talleres y patios compartidos. La demolición parcial de cercas y la apertura de nuevas vías reconfiguraron trayectos y jerarquías espaciales. Galdós explota esa cartografía social: el desplazamiento entre calles encarna cruces de clase y deseo. Las fachadas elegantes protegen códigos de etiqueta; los patios humildes exponen vulnerabilidades. La ciudad deviene personaje: sus distancias, alquileres y mudanzas son fuerzas históricas que ordenan oportunidades y confinamientos.

    Las innovaciones técnicas alteran ritmos cotidianos. El ferrocarril integra mercados y acorta viajes; el telégrafo acelera noticias y la toma de decisiones; el alumbrado de gas alarga la vida pública en cafés y teatros. Desde 1871, los tranvías de mulas articulan ejes urbanos y difunden hábitos de movilidad. La novela incorpora esos cambios como ruido de fondo verosímil: cartas que llegan con inusual rapidez, recorridos más accesibles, escaparates iluminados que incitan al consumo. La técnica no aparece como epopeya, sino como tejido que facilita encuentros, malentendidos y tentaciones, llenando de modernidad la escena donde se juegan reputaciones y afectos.

    La expansión de la prensa diaria —cabeceras como La Correspondencia de España (1859) o El Imparcial (1867)— crea una opinión pública más amplia y volátil. Suscripción, folletín y crónica social penetran salones y tiendas, fijando modas, escándalos y tópicos políticos. En la novela, la conversación convertida en tertulia y el rumor mediado por periódicos son mecanismos de control social. Leer y ser leído ordena prestigios. La retórica liberal de progreso convive con el conservadurismo de las buenas formas; Galdós muestra cómo titulares y chismografía alimentan expectativas y miedos, reforzando una moral de apariencia donde el honor depende tanto de la letra impresa como del gesto privado.

    La Iglesia católica conserva fuerte presencia social, pese a embates secularizadores del Sexenio. El Concordato de 1851 sustentaba su influencia en educación y beneficencia; durante la Restauración se reafirman prácticas devocionales y una moral pública vigilante. En Madrid operan congregaciones dedicadas a la caridad y a la disciplina de conductas, como las Adoratrices —conocidas popularmente como las Micaelas—, orientadas a mujeres en riesgo. La novela hace de estos espacios un dispositivo histórico: allí se cruzan redención, control y reputación familiar. La religión aparece menos como teología que como institución que negocia perdón, tutela y legitimidad social.

    Las normas legales sobre familia y patrimonio configuraron destinos. La ley de matrimonio civil de 1870, adoptada en el Sexenio, coexistió después con un marco confesional que mantuvo la indisolubilidad del vínculo; el divorcio vincular no existía y las separaciones no anulaban obligaciones. Dotes, capitulaciones y herencias definían alianzas y autonomía económica, especialmente para las mujeres. Galdós lee ese orden jurídico-moral como campo de tensiones: la respetabilidad burguesa exige disciplina, pero el deseo y la necesidad económica abren brechas. La novela interroga la doble moral que permite licencias masculinas mientras somete la conducta femenina a vigilancia, sanción y silencio.

    La cuestión social gana espesor en estos años. Tras 1868, la Asociación Internacional de Trabajadores se implantó en España, con mayor fuerza en focos industriales; en Madrid existieron sociedades obreras y círculos republicanos que debatían salarios, jornada y dignidad. Hubo huelgas y conflictos destacados en otras ciudades; la capital sintió su resonancia en la prensa y en el temor de patronos y autoridades. La novela no describe movimientos organizados, pero su mirada sobre precariedad, beneficencia y caridad privada refleja un orden donde el trabajo urbano —sirvientes, artesanos, empleadas de taller— oscila entre dependencia y orgullo, sin garantías estables de protección.

    En el plano intelectual, el krausismo y la Institución Libre de Enseñanza (fundada en 1876) promovieron una pedagogía laica, científica y moralmente exigente, influyendo en capas ilustradas de la burguesía madrileña. El ideal de perfeccionamiento personal, la disciplina del estudio y la urbanidad se filtraron en programas escolares y hábitos domésticos. Galdós sitúa a sus personajes entre esos ideales y las inercias de clase: afán de cultura, lecturas, conciertos y aspiraciones de decoro pugnan con rutinas mercantiles y cálculos matrimoniales. La novela capta esa transición: el progreso se declama, pero la autoridad real sigue repartiéndose entre fortuna, apellido y respetabilidad exterior.

    El higienismo reformuló la vida urbana. Madrid avanzó en el abastecimiento de agua con el Canal de Isabel II, ampliaciones de alcantarillado y campañas contra infecciones, en un siglo marcado por epidemias como el cólera (con olas destacadas en 1865 y la década de 1880). Hospitales de beneficencia, casas de socorro y juntas municipales estructuraron respuestas. En la obra, la limpieza, la dieta y la salud se vuelven indicadores de clase y moral. La preocupación por la decencia del hogar —sábanas, vajillas, hábitos— tiene dimensión histórica: orden, aseo y disciplina corporal son signos de respetabilidad, pero también instrumentos de distinción y control.

    La cultura urbana se alimenta de teatros, cafés y zarzuelas, de importaciones de moda parisina y de una economía del deseo que multiplica objetos. Grandes almacenes al estilo francés tardarán aún en consolidarse, pero proliferan tiendas especializadas, escaparates y novedades a crédito. El fiado y el empeño sostienen el consumo de las clases medias y populares. Galdós hace del vestido, los muebles y los dulces un archivo social: los objetos codifican estatus, promesas y frustraciones. En ese mundo de apariencias cuidadosamente gestionadas, la materialidad cotidiana revela la tensión entre aspiración y límite, entre el brillo público y la penuria doméstica.

    Aunque publicada en 1887, la novela dialoga con debates de su presente inmediato: regenerar la vida pública sin renunciar a la estabilidad; reconciliar progreso material y justicia social; ajustar libertad individual y moral colectiva. El realismo de Galdós, atento a la causalidad social, funciona como espejo y crítica de la Restauración: llega la normalidad, pero bajo ella persisten clientelismo, desigualdad y una doble vara para juzgar a hombres y mujeres. Al radiografiar Madrid —sus calles, cuentas y conciencias—, Fortunata y Jacinta convierte la historia en trama y la trama en documento, interrogando con paciencia los fundamentos de un orden que se dice moderno.

    Biografía del Autor

    Índice

    Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 – Madrid, 1920) es una figura central del realismo literario en lengua española. A lo largo de cinco décadas de trabajo, cultivó sobre todo la novela, aunque también escribió teatro y artículos. Observador minucioso de la vida urbana, hizo de Madrid un laboratorio narrativo para retratar la España liberal y conservadora de la Restauración y del fin del siglo XIX. Su obra combina ambición panorámica y precisión del detalle, con atención a las clases populares y a la burguesía. Su nombre suele asociarse a la renovación de la narrativa moderna, junto a Cervantes, Balzac o Dickens.

    Formado inicialmente en su ciudad natal, se trasladó a Madrid en la década de 1860 para cursar Derecho en la Universidad Central. Pronto se orientó hacia el periodismo, la crítica y la traducción, ámbitos que le permitieron observar la vida política y cultural de la capital. Frecuentó el Ateneo de Madrid y leyó con avidez a los clásicos españoles y a los realistas europeos. La influencia de Cervantes, Balzac y Dickens, junto con el clima liberal y la discusión intelectual de su tiempo, consolidaron un proyecto narrativo basado en la observación, el análisis social y la construcción verosímil de personajes.

    Su prestigio se afirmó con una serie de novelas de tesis que abordaron los conflictos entre tradición y modernidad. Doña Perfecta (1876), Gloria (1877), Marianela (1878) y La familia de León Roch (1878) examinan, desde registros diversos, el peso del dogmatismo religioso, las tensiones ideológicas y la desigualdad. El equilibrio entre narración eficaz y debate moral atrajo a un público amplio y provocó discusiones en la prensa. Estas obras, de ambientación urbana y provincial, muestran ya una prosa flexible, cercana al habla cotidiana, y la voluntad de convertir la vida española contemporánea en materia literaria de gran alcance.

    En la década de 1880 consolidó un ciclo de novelas contemporáneas centradas en Madrid y la vida burguesa. Títulos como La desheredada (1881), El amigo Manso (1882), El doctor Centeno (1883), Tormento (1884), La de Bringas (1884), Fortunata y Jacinta (1887), Miau (1888) o Tristana (1892) exploran ambición, pobreza, burocracia, deseo y condición femenina, con especial atención a los matices psicológicos. La construcción de personajes complejos, el uso de la ironía y la mezcla de crónica y ficción le dieron una voz propia. La recepción crítica, desigual en ocasiones, acabó reconociendo su alcance artístico y su retrato de una sociedad en transformación.

    En paralelo, emprendió el vasto proyecto de los Episodios nacionales, un ciclo de cinco series que combina historia y novela para narrar el siglo XIX español. Iniciado con Trafalgar (1873) y concluido décadas después con Cánovas (1912), el conjunto recorre guerras, revoluciones y cambios de régimen, integrando personajes ficticios con figuras históricas. La ambición pedagógica y el dinamismo narrativo hicieron de los Episodios una lectura popular y, a la vez, un archivo literario de la memoria política del país. La obra evidencia su capacidad para ensamblar múltiples registros, del heroísmo a la sátira, sin perder la atención al detalle cotidiano.

    Desde los años noventa del siglo XIX intensificó su presencia teatral y pública. Cultivó el drama con piezas como Realidad y, sobre todo, Electra (1901), cuyo estreno generó fuertes polémicas por su ataque al fanatismo. Participó en la vida política de la Restauración y fue elegido diputado en varias legislaturas. Ingresó en la Real Academia Española a finales del siglo XIX. En el plano novelístico, libros como Nazarín (1895), Halma (1895) y Misericordia (1897) profundizan en cuestiones éticas, la compasión y la religiosidad vivida, mostrando un realismo abierto a lo espiritual sin renunciar a la crítica social que caracteriza su obra.

    En sus últimos años padeció problemas de salud y una pérdida progresiva de la vista que dificultó su trabajo; aun así, continuó dictando y revisando textos. Afrontó dificultades económicas y recibió el apoyo de sus lectores mediante suscripciones públicas. Falleció en Madrid en 1920, en medio de un reconocimiento popular excepcional. Su legado se asienta en la amplitud de su mirada histórica, la fuerza de sus personajes y la modernidad de su prosa. Ha sido traducido y adaptado con frecuencia, y su figura se considera fundamental en el canon hispánico. Fue propuesto para el Premio Nobel, que no obtuvo.

    Fortunata y Jacinta

    Tabla de Contenidos Principal

    PARTE PRIMERA

    -I-

    Juanito Santa Cruz

    - i -

    - ii -

    -II-

    Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histórico sobre el comercio matritense

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    -III-

    Estupiñá

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    -IV-

    Perdición y salvamento del Delfín

    - i -

    - ii -

    -V-

    Viaje de novios

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    - vii -

    -VI-

    Más y más pormenores referentes a esta ilustre familia

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    -VII-

    Guillermina, virgen y fundadora

    - i -

    - ii -

    - iii -

    -VIII-

    Escenas de la vida íntima

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    -IX-

    Una visita al Cuarto Estado

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    - vii -

    - viii -

    - ix -

    -X-

    Más escenas de la vida íntima

    - i -

    - ii -

    — iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    - vii -

    - viii -

    -XI-

    Final, que viene a ser principio

    - i -

    - ii -

    - iii -

    Madrid.—Enero de 1886.

    FIN DE LA PRIMERA PARTE

    Fortunata y Jacinta: (dos historias de casadas)

    por B. Pérez Galdós

    PARTE SEGUNDA

    -I-

    Maximiliano Rubín

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    -II-

    Afanes y contratiempos de un redentor

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    - vii -

    - viii -

    - ix -

    -III-

    Doña Lupe la de los Pavos

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    -IV-

    Nicolás y Juan Pablo Rubín.—Propónense nuevas artes y medios de redención

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    - vii -

    - viii -

    -V-

    Las Micaelas por fuera

    - i -

    - ii -

    - iii -

    -VI-

    Las Micaelas por dentro

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    - vii -

    - viii -

    - ix -

    - x -

    -VII-

    La boda y la luna de miel

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    - vii -

    - viii -

    - ix -

    - x -

    - xi -

    - xii -

    Madrid.—Mayo de 1886.

    FIN DE LA PARTE SEGUNDA

    Fortunata y Jacinta: (dos historias de casadas)

    por B. Pérez Galdós

    PARTE TERCERA

    -I-

    Costumbres turcas

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    -II-

    La restauración vencedora

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    -III-

    La revolución vencida

    - i -

    - ii -

    -IV-

    Un curso de filosofía práctica

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    - vii -

    - viii -

    - ix -

    - x -

    -V-

    Otra restauración

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    -VI-

    Naturalismo espiritual

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    - vii -

    - viii -

    - ix -

    - x -

    - xi -

    -VII-

    La idea... la pícara idea

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    Madrid.—Diciembre de 1886.

    FIN DE LA PARTE TERCERA

    Fortunata y Jacinta: (dos historias de casadas)

    por B. Pérez Galdós

    PARTE CUARTA

    -I-

    En la calle del Ave-María

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    - vii -

    - viii -

    - ix -

    - x -

    - xi -

    - xii -

    -II-

    Insomnio

    i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    -III-

    Disolución

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    - vii -

    - viii -

    -IV-

    Vida nueva

    - i -

    - ii -

    -V-

    La razón de la sinrazón

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    -VI-

    Final

    - i -

    - ii -

    - iii -

    - iv -

    - v -

    - vi -

    - vii -

    - viii -

    - ix -

    - x -

    - xi -

    - xii -

    - xiii -

    - xiv -

    - xv -

    - xvi -

    Madrid.—Junio de 1887.

    FIN DE LA NOVELA


    PARTE PRIMERA

    Índice


    -I-

    Índice

    Juanito Santa Cruz

    Índice

    -i-

    Índice

    Las noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombre me las ha dado Jacinto María Villalonga, y alcanzan al tiempo en que este amigo mío y el otro y el de más allá, Zalamero, Joaquinito Pez, Alejandro Miquis, iban a las aulas de la Universidad. No cursaban todos el mismo año, y aunque se reunían en la cátedra de Camús, separábanse en la de Derecho Romano: el chico de Santa Cruz era discípulo de Novar, y Villalonga de Coronado. Ni tenían todos el mismo grado de aplicación: Zalamero, juicioso y circunspecto como pocos, era de los que se ponen en la primera fila de bancos, mirando con faz complacida al profesor mientras explica, y haciendo con la cabeza discretas señales de asentimiento a todo lo que dice. Por el contrario, Santa Cruz y Villalonga se ponían siempre en la grada más alta, envueltos en sus capas y más parecidos a conspiradores que a estudiantes. Allí pasaban el rato charlando por lo bajo, leyendo novelas, dibujando caricaturas o soplándose recíprocamente la lección cuando el catedrático les preguntaba. Juanito Santa Cruz y Miquis llevaron un día una sartén (no sé si a la clase de Novar o a la de Uribe, que explicaba Metafísica) y frieron un par de huevos. Otras muchas tonterías de este jaez cuenta Villalonga, las cuales no copio por no alargar este relato. Todos ellos, a excepción de Miquis que se murió en el 64 soñando con la gloria de Schiller, metieron infernal bulla en el célebre alboroto de la noche de San Daniel[1]. Hasta el formalito Zalamero se descompuso en aquella ruidosa ocasión, dando pitidos y chillando como un salvaje, con lo cual se ganó dos bofetadas de un guardia veterano, sin más consecuencias. Pero Villalonga y Santa Cruz lo pasaron peor, porque el primero recibió un sablazo en el hombro que le tuvo derrengado por espacio de dos meses largos, y el segundo fue cogido junto a la esquina del Teatro Real y llevado a la prevención en una cuerda de presos, compuesta de varios estudiantes decentes y algunos pilluelos de muy mal pelaje. A la sombra me lo tuvieron veinte y tantas horas, y aún durara más su cautiverio, si de él no le sacara el día 11 su papá, sujeto respetabilísimo y muy bien relacionado.

    ¡Ay!, el susto que se llevaron D. Baldomero Santa Cruz y Barbarita no es para contado. ¡Qué noche de angustia la del 10 al 11! Ambos creían no volver a ver a su adorado nene, en quien, por ser único, se miraban y se recreaban con inefables goces de padres chochos de cariño, aunque no eran viejos. Cuando el tal Juanito entró en su casa, pálido y hambriento, descompuesta la faz graciosa, la ropita llena de sietes y oliendo a pueblo, su mamá vacilaba entre reñirle y comérsele a besos. El insigne Santa Cruz, que se había enriquecido honradamente en el comercio de paños, figuraba con timidez en el antiguo partido progresista; mas no era socio de la revoltosa Tertulia, porque las inclinaciones antidinásticas de Olózaga y Prim le hacían muy poca gracia. Su club era el salón de un amigo y pariente, al cual iban casi todas las noches D. Manuel Cantero, D. Cirilo Álvarez y D. Joaquín Aguirre, y algunas D. Pascual Madoz. No podía ser, pues, D. Baldomero, por razón de afinidades personales, sospechoso al poder. Creo que fue Cantero quien le acompañó a Gobernación para ver a González Bravo, y éste dio al punto la orden para que fuese puesto en libertad el revolucionario, el anarquista, el descamisado Juanito.

    Cuando el niño estudiaba los últimos años de su carrera, verificose en él uno de esos cambiazos críticos que tan comunes son en la edad juvenil. De travieso y alborotado volviose tan juiciosillo, que al mismo Zalamero daba quince y raya. Entrole la comezón de cumplir religiosamente sus deberes escolásticos y aun de instruirse por su cuenta con lecturas sin tasa y con ejercicios de controversia y palique declamatorio entre amiguitos. No sólo iba a clase puntualísimo y cargado de apuntes, sino que se ponía en la grada primera para mirar al profesor con cara de aprovechamiento, sin quitarle ojo, cual si fuera una novia, y aprobar con cabezadas la explicación, como diciendo: «yo también me sé eso y algo más». Al concluir la clase, era de los que le cortan el paso al catedrático para consultarle un punto oscuro del texto o que les resuelva una duda. Con estas dudas declaran los tales su furibunda aplicación. Fuera de la Universidad, la fiebre de la ciencia le traía muy desasosegado. Por aquellos días no era todavía costumbre que fuesen al Ateneo[2] los sabios de pecho que están mamando la leche del conocimiento. Juanito se reunía con otros cachorros en la casa del chico de Tellería (Gustavito) y allí armaban grandes peloteras. Los temas más sutiles de Filosofía de la Historia y del Derecho, de Metafísica y de otras ciencias especulativas (pues aún no estaban de moda los estudios experimentales, ni el transformismo, ni Darwin, ni Haeckel eran para ellos, lo que para otros el trompo o la cometa. ¡Qué gran progreso en los entretenimientos de la niñez! ¡Cuando uno piensa que aquellos mismos nenes, si hubieran vivido en edades remotas, se habrían pasado el tiempo mamándose el dedo, o haciendo y diciendo toda suerte de boberías...!

    Todos los dineros que su papá le daba, dejábalos Juanito en casa de Bailly-Baillière, a cuenta de los libros que iba tomando. Refiere Villalonga que un día fue Barbarita reventando de gozo y orgullo a la librería, y después de saldar los débitos del niño, dio orden de que entregaran a este todos los mamotretos que pidiera, aunque fuesen caros y tan grandes como misales. La bondadosa y angelical señora quería poner un freno de modestia a la expresión de su vanidad maternal. Figurábase que ofendía a los demás, haciendo ver la supremacía de su hijo entre todos los hijos nacidos y por nacer. No quería tampoco profanar, haciéndolo público, aquel encanto íntimo, aquel himno de la conciencia que podemos llamar los misterios gozosos de Barbarita. Únicamente se clareaba alguna vez, soltando como al descuido estas entrecortadas razones: «¡Ay qué chico!... ¡cuánto lee! Yo digo que esas cabezas tienen algo, algo, sí señor, que no tienen las demás... En fin, más vale que le dé por ahí».

    Concluyó Santa Cruz la carrera de Derecho, y de añadidura la de Filosofía y Letras. Sus papás eran muy ricos y no querían que el niño fuese comerciante, ni había para qué, pues ellos tampoco lo eran ya. Apenas terminados los estudios académicos, verificose en Juanito un nuevo cambiazo, una segunda crisis de crecimiento, de esas que marcan el misterioso paso o transición de edades en el desarrollo individual. Perdió bruscamente la afición a aquellas furiosas broncas oratorias por un más o un menos en cualquier punto de Filosofía o de Historia; empezó a creer ridículos los sofocones que se había tomado por probar que en las civilizaciones de Oriente el poder de las castas sacerdotales era un poquito más ilimitado que el de los reyes, contra la opinión de Gustavito Tellería, el cual sostenía, dando puñetazos sobre la mesa, que lo era un poquitín menos. Dio también en pensar que maldito lo que le importaba que la conciencia fuera la intimidad total del ser racional consigo mismo, o bien otra cosa semejante, como quería probar, hinchándose de convicción airada, Joaquinito Pez. No tardó, pues, en aflojar la cuerda a la manía de las lecturas, hasta llegar a no leer absolutamente nada. Barbarita creía de buena fe que su hijo no leía ya porque había agotado el pozo de la ciencia.

    Tenía Juanito entonces veinticuatro años. Le conocí un día en casa de Federico Cimarra en un almuerzo que este dio a sus amigos. Se me ha olvidado la fecha exacta; pero debió de ser esta hacia el 69, porque recuerdo que se habló mucho de Figuerola, de la capitación y del derribo de la torre de la iglesia de Santa Cruz. Era el hijo de D. Baldomero muy bien parecido y además muy simpático, de estos hombres que se recomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos que en una hora de conversación ganan más amigos que otros repartiendo favores positivos. Por lo bien que decía las cosas y la gracia de sus juicios, aparentaba saber más de lo que sabía, y en su boca las paradojas eran más bonitas que las verdades. Vestía con elegancia y tenía tan buena educación, que se le perdonaba fácilmente el hablar demasiado. Su instrucción y su ingenio agudísimo le hacían descollar sobre todos los demás mozos de la partida, y aunque a primera vista tenía cierta semejanza con Joaquinito Pez, tratándoles se echaban de ver entre ambos profundas diferencias, pues el chico de Pez, por su ligereza de carácter y la garrulería de su entendimiento, era un verdadero botarate.

    Barbarita estaba loca con su hijo; mas era tan discreta y delicada, que no se atrevía a elogiarle delante de sus amigas, sospechando que todas las demás señoras habían de tener celos de ella. Si esta pasión de madre daba a Barbarita inefables alegrías, también era causa de zozobras y cavilaciones. Temía que Dios la castigase por su orgullo; temía que el adorado hijo enfermara de la noche a la mañana y se muriera como tantos otros de menos mérito físico y moral. Porque no había que pensar que el mérito fuera una inmunidad. Al contrario, los más brutos, los más feos y los perversos son los que se hartan de vivir, y parece que la misma muerte no quiere nada con ellos. Del tormento que estas ideas daban a su alma se defendía Barbarita con su ardiente fe religiosa. Mientras oraba, una voz interior, susurro dulcísimo como chismes traídos por el Ángel de la Guarda, le decía que su hijo no moriría antes que ella. Los cuidados que al chico prodigaba eran esmeradísimos; pero no tenía aquella buena señora las tonterías dengosas de algunas madres, que hacen de su cariño una manía insoportable para los que la presencian, y corruptora para las criaturas que son objeto de él. No trataba a su hijo con mimo. Su ternura sabía ser inteligente y revestirse a veces de severidad dulce.

    ¿Y por qué le llamaba todo el mundo y le llama todavía casi unánimemente Juanito Santa Cruz? Esto sí que no lo sé. Hay en Madrid muchos casos de esta aplicación del diminutivo o de la fórmula familiar del nombre, aun tratándose de personas que han entrado en la madurez de la vida. Hasta hace pocos años, al autor cien veces ilustre de Pepita Jiménez, le llamaban sus amigos y los que no lo eran, Juanito Valera. En la sociedad madrileña, la más amena del mundo porque ha sabido combinar la cortesía con la confianza, hay algunos Pepes, Manolitos y Pacos que, aun después de haber conquistado la celebridad por diferentes conceptos, continúan nombrados con esta familiaridad democrática que demuestra la llaneza castiza del carácter español. El origen de esto habrá que buscarlo quizá en ternuras domésticas o en hábitos de servidumbre que trascienden sin saber cómo a la vida social. En algunas personas, puede relacionarse el diminutivo con el sino. Hay efectivamente Manueles que nacieron predestinados para ser Manolos toda su vida. Sea lo que quiera, al venturoso hijo de D. Baldomero Santa Cruz y de doña Bárbara Arnaiz le llamaban Juanito, y Juanito le dicen y le dirán quizá hasta que las canas de él y la muerte de los que le conocieron niño vayan alterando poco a poco la campechana costumbre.

    Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprenderá fácilmente la dirección que tomaron las ideas del joven Santa Cruz al verse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de éxito. Ni extrañará nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del arte de vestir, hijo único de padres ricos, inteligente, instruido, de frase seductora en la conversación, pronto en las respuestas, agudo y ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podría poner el rótulo social de brillante, considerara ocioso y hasta ridículo el meterse a averiguar si hubo o no un idioma único primitivo, si el Egipto fue una colonia bracmánica, si la China es absolutamente independiente de tal o cual civilización asiática, con otras cosas que años atrás le quitaban el sueño, pero que ya le tenían sin cuidado, mayormente si pensaba que lo que él no averiguase otro lo averiguaría... «Y por último —decía—pongamos que no se averigüe nunca. ¿Y qué...?». El mundo tangible y gustable le seducía más que los incompletos conocimientos de vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas sacadas a la fuerza, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusión de la voluntad, que es lo que constituye el estudio. Juanito acabó por declararse a sí mismo que más sabe el que vive sin querer saber que el que quiere saber sin vivir, o sea aprendiendo en los libros y en las aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar. La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una función cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisición de los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el trabajo. No paraban aquí las filosofías de Juanito, y hacía una comparación que no carece de exactitud. Decía que entre estas dos maneras de vivir, observaba él la diferencia que hay entre comerse una chuleta y que le vengan a contar a uno cómo y cuándo se la ha comido otro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo la cara que ponía, el gusto que le daba la masticación, la gana con que tragaba y el reposo con que digería.


    -ii-

    Índice

    Empezó entonces para Barbarita nueva época de sobresaltos. Si antes sus oraciones fueron pararrayos puestos sobre la cabeza de Juanito para apartar de ella el tifus y las viruelas, después intentaban librarle de otros enemigos no menos atroces. Temía los escándalos que ocasionan lances personales, las pasiones que destruyen la salud y envilecen el alma, los despilfarros, el desorden moral, físico y económico. Resolviose la insigne señora a tener carácter y a vigilar a su hijo. Hízose fiscalizadora, reparona, entrometida, y unas veces con dulzura, otras con aspereza que le costaba trabajo fingir, tomaba razón de todos los actos del joven, tundiéndole a preguntas: «¿A dónde vas con ese cuerpo?... ¿De dónde vienes ahora?... ¿Por qué entraste anoche a las tres de la mañana?... ¿En qué has gastado los mil reales que ayer te di?... A ver, ¿qué significa este perfume que se te ha pegado a la cara?...». Daba sus descargos el delincuente como podía, fatigando su imaginación para procurarse respuestas que tuvieran visos de lógica, aunque estos fueran como fulgor de relámpago. Ponía una de cal y otra de arena, mezclando las contestaciones categóricas con los mimos y las zalamerías. Bien sabía cuál era el flanco débil del enemigo. Pero Barbarita, mujer de tanto espíritu como corazón, se las tenía muy tiesas y sabía defenderse. En algunas ocasiones era tan fuerte la acometida de cariñitos, que la mamá estaba a punto de rendirse, fatigada de su entereza disciplinaria. Pero, ¡quia!, no se rendía; y vuelta al ajuste de cuentas, y al inquirir, y al tomar acta de todos los pasos que el predilecto daba por entre los peligros sociales. En honor a la verdad, debo decir que los desvaríos de Juanito no eran ninguna cosa del otro jueves. En esto, como en todo lo malo, hemos progresado de tal modo, que las barrabasadas de aquel niño bonito hace quince años, nos parecerían hoy timideces y aun actos de ejemplaridad relativa.

    Presentose en aquellos días al simpático joven la coyuntura de hacer su primer viaje a París, adonde iban Villalonga y Federico Ruiz comisionados por el Gobierno, el uno a comprar máquinas de agricultura, el otro a adquirir aparatos de astronomía. A D. Baldomero le pareció muy bien el viaje del chico, para que viese mundo; y Barbarita no se opuso, aunque le mortificaba mucho la idea de que su hijo correría en la capital de Francia temporales más recios que los de Madrid. A la pena de no verle uníase el temor de que le sorbieran aquellos gabachos y gabachas, tan diestros en desplumar al forastero y en maleficiar a los jóvenes más juiciosos. Bien se sabía ella que allá hilaban muy fino en esto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado en esta materia con París de Francia, un lugar de abstinencia y mortificación. Tan triste se puso un día pensando en estas cosas y tan al vivo se le representaban la próxima perdición de su querido hijo y las redes en que inexperto caía, que salió de su casa resuelta a implorar la misericordia divina del modo más solemne, conforme a sus grandes medios de fortuna. Primero se le ocurrió encargar muchas misas al cura de San Ginés, y no pareciéndole esto bastante, discurrió mandar poner de Manifiesto la Divina Majestad todo el tiempo que el niño estuviese en París. Ya dentro de la Iglesia, pensó que lo del Manifiesto era un lujo desmedido y por lo mismo quizá irreverente. No, guardaría el recurso gordo para los casos graves de enfermedad o peligro de muerte. Pero en lo de las misas sí que no se volvió atrás, y encargó la mar de ellas, repartiendo además aquella semana más limosnas que de costumbre.

    Cuando comunicaba sus temores a D. Baldomero, este se echaba a reír y le decía: «El chico es de buena índole. Déjale que se divierta y que la corra. Los jóvenes del día necesitan despabilarse y ver mucho mundo. No son estos tiempos como los míos, en que no la corría ningún chico del comercio, y nos tenían a todos metidos en un puño hasta que nos casaban. ¡Qué costumbres aquellas tan diferentes de las de ahora! La civilización, hija, es mucho cuento. ¿Qué padre le daría hoy un par de bofetadas a un hijo de veinte años por haberse puesto las botas nuevas en día de trabajo? ¿Ni cómo te atreverías hoy a proponerle a un mocetón de estos que rece el rosario con la familia? Hoy los jóvenes disfrutan de una libertad y de una iniciativa para divertirse que no gozaban los de antaño. Y no creas, no creas que por esto son peores. Y si me apuras, te diré que conviene que los chicos no sean tan encogidos como los de entonces. Me acuerdo de cuando yo era pollo. ¡Dios mío, qué soso era! Ya tenía veinticinco años, y no sabía decir a una mujer o señora sino que usted lo pase bien, y de ahí no me sacaba nadie. Como que me había pasado en la tienda y en el almacén toda la niñez y lo mejor de mi juventud. Mi padre era una fiera; no me perdonaba nada. Así me crié, así salí yo, con unas ideas de rectitud y unos hábitos de trabajo, que ya ya... Por eso bendigo hoy los coscorrones que fueron mis verdaderos maestros. Pero en lo referente a sociedad, yo era un salvaje. Como mis padres no me permitían más compañía que la de otros muchachones tan ñoños como yo, no sabía ninguna suerte de travesuras, ni había visto a una mujer más que por el forro, ni entendía de ningún juego, ni podía hablar de nada que fuera mundano y corriente. Los domingos, mi mamá tenía que ponerme la corbata y encasquetarme el sombrero, porque todas las prendas del día de fiesta parecían querer escapárseme del cuerpo. Tú bien te acuerdas. Anda, que también te has reído de mí. Cuando mis padres me hablaron... así, a boca de jarro, de que me iba a casar contigo, ¡me corrió un frío por todo el espinazo...! Todavía me acuerdo del miedo que te tenía. Nuestros padres nos dieron esto amasado y cocido. Nos casaron como se casa a los gatos, y punto concluido. Salió bien; pero hay tantos casos en que esta manera de hacer familias sale malditamente... ¡Qué risa! Lo que me daba más miedo cuando mi madre me habló de casarme, fue el compromiso en que estaba de hablar contigo... No tenía más remedio que decirte algo... ¡Caramba, qué sudores pasé! 'Pero yo ¿qué le voy a decir, si lo único que sé es que usted lo pase bien, y en saliendo de ahí soy hombre perdido...?'.

    Ya te he contado mil veces la saliva amarga que tragaba ¡ay, Dios mío!, cuando mi madre me mandaba ponerme la levita de paño negro para llevarme a tu casa. Bien te acuerdas de mi famosa levita, de lo mal que me estaba y de lo desmañado que era en tu presencia, pues no me arrancaba a decir una palabra sino cuando alguien me ayudaba. Los primeros días me inspirabas verdadero terror, y me pasaba las horas pensando cómo había de entrar y qué cosas había de decir, y discurriendo alguna triquiñuela para hacer menos ridícula mi cortedad... Dígase lo que se quiera, hija, aquella educación no era buena. Hoy no se puede criar a los hijos de esa manera. Yo ¡qué quieres que te diga!, creo que en lo esencial Juanito no ha de faltarnos. Es de casta honrada, tiene la formalidad en la masa de la sangre. Por eso estoy tranquilo, y no veo con malos ojos que se despabile, que conozca el mundo, que adquiera soltura de modales...».

    —No, si lo que menos falta hace a mi hijo es adquirir soltura, porque la tiene desde que era una criatura... Si no es eso. No se trata aquí de modales, sino de que me le coman esas bribonas...

    —Mira, mujer, para que los jóvenes adquieran energía contra el vicio, es preciso que lo conozcan, que lo caten, sí, hija, que lo caten. No hay peor situación para un hombre que pasarse la mitad de la vida rabiando por probarlo y no pudiendo conseguirlo, ya por timidez, ya por esclavitud. No hay muchos casos como yo, bien lo sabes; ni de estos tipos que jamás, ni antes ni después de casados, tuvieron trapicheos, entran muchos en libra. Cada cual en su época. Juanito, en la suya, no puede ser mejor de lo que es, y si te empeñas en hacer de él un anacronismo o una rareza, un non como su padre, puede que lo eches a perder.

    Estas razones no convencían a Barbarita, que seguía con toda el alma fija en los peligros y escollos de la Babilonia parisiense, porque había oído contar horrores de lo que allí pasaba. Como que estaba infestada la gran ciudad de unas mujeronas muy guapas y elegantes que al pronto parecían duquesas, vestidas con los más bonitos y los más nuevos arreos de la moda. Mas cuando se las veía y oía de cerca, resultaban ser unas tiotas relajadas, comilonas, borrachas y ávidas de dinero, que desplumaban y resecaban al pobrecito que en sus garras caía. Contábale estas cosas el marqués de Casa-Muñoz que casi todos los veranos iba al extranjero.

    Las inquietudes de aquella incomparable señora acabaron con el regreso de Juanito. ¡Y quién lo diría! Volvió mejor de lo que fue. Tanto hablar de París, y cuando Barbarita creía ver entrar a su hijo hecho una lástima, todo rechupado y anémico, se le ve más gordo y lucio que antes, con mejor color y los ojos más vivos, muchísimo más alegre, más hombre en fin, y con una amplitud de ideas y una puntería de juicio que a todos dejaba pasmados. ¡Vaya con París!... El marqués de Casa-Muñoz se lo decía a Barbarita: «No hay que involucrar, París es muy malo; pero también es muy bueno».


    -II-

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    Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histórico sobre el comercio matritense

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    -i-

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    Don Baldomero Santa Cruz era hijo de otro D. Baldomero Santa Cruz que en el siglo pasado tuvo ya tienda de paños del Reino en la calle de la Sal, en el mismo local que después ocupó D. Mauro Requejo. Había empezado el padre por la más humilde jerarquía comercial, y a fuerza de trabajo, constancia y orden, el hortera de 1796 tenía, por los años del 10 al 15, uno de los más reputados establecimientos de la Corte en pañería nacional y extranjera. Don Baldomero II, que así es forzoso llamarle para distinguirle del fundador de la dinastía, heredó en 1848 el copioso almacén, el sólido crédito y la respetabilísima firma de D. Baldomero I, y continuando las tradiciones de la casa por espacio de veinte años más, retirose de los negocios con un capital sano y limpio de quince millones de reales, después de traspasar la casa a dos muchachos que servían en ella, el uno pariente suyo y el otro de su mujer. La casa se denominó desde entonces Sobrinos de Santa Cruz, y a estos sobrinos, D. Baldomero y Barbarita les llamaban familiarmente los Chicos.

    En el reinado de D. Baldomero I, o sea desde los orígenes hasta 1848, la casa trabajó más en géneros del país que en los extranjeros. Escaray y Pradoluengo la surtían de paños, Brihuega de bayetas, Antequera de pañuelos de lana. En las postrimerías de aquel reinado fue cuando la casa empezó a trabajar en géneros de fuera, y la reforma arancelaria de 1849 lanzó a D. Baldomero II a mayores empresas. No sólo realizó contratos con las fábricas de Béjar y Alcoy para dar mejor salida a los productos nacionales, sino que introdujo los famosos Sedanes para levitas, y las telas que tanto se usaron del 45 al 55, aquellos patencures, anascotes, cúbicas y chinchillas que ilustran la gloriosa historia de la sastrería moderna. Pero de lo que más provecho sacó la casa fue del ramo de capotes y uniformes para el Ejército y la Milicia Nacional[4], no siendo tampoco despreciable el beneficio que obtuvo del artículo para capas, el abrigo propiamente español que resiste a todas las modas de vestir, como el garbanzo resiste a todas las modas de comer. Santa Cruz, Bringas y Arnaiz el gordo, monopolizaban toda la pañería de Madrid y surtían a los tenderos de la calle de Atocha, de la Cruz y Toledo.

    En las contratas de vestuario para el Ejército y Milicia Nacional, ni Santa Cruz, ni Arnaiz, ni tampoco Bringas daban la cara. Aparecía como contratista un tal Albert, de origen belga, que había empezado por introducir paños extranjeros con mala fortuna. Este Albert era hombre muy para el caso, activo, despabilado, seguro en sus tratos aunque no estuvieran escritos. Fue el auxiliar eficacísimo de Casarredonda en sus valiosas contratas de lienzos gallegos para la tropa. El pantalón blanco de los soldados de hace cuarenta años ha sido origen de grandísimas riquezas. Los fardos de Coruñas y Viveros dieron a Casarredonda y al tal Albert más dinero que a los Santa Cruz y a los Bringas los capotes y levitas militares de Béjar, aunque en rigor de verdad estos comerciantes no tenían por qué quejarse. Albert murió el 55, dejando una gran fortuna, que heredó su hija casada con el sucesor de Muñoz, el de la inmemorial ferretería de la calle de Tintoreros.

    En el reinado de D. Baldomero II,

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