Juana la bruja
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Juana la bruja - José Caicedo Rojas
I
ACABABA de fundarse la Audiencia de la ciudad de Santafé, cuando esta contaba apenas algunos años de existencia, y habían venido de España con tal objeto, entre otros, los Oidores Beltrán de Góngora y Andrés López de Galarza, cuya historia fue agitada y ruidosa, y su muerte trágica. Pero las quejas que se levantaron contra ellos fueron originadas más por emulaciones y cuestiones personales, como sucedía casi siempre en esos tiempos, que por su mal gobierno o avieso carácter.
Estos dos sujetos eran jóvenes abogados, estudiosos, entendidos y bien intencionados, que se esmeraron en cumplir sus deberes y aumentar la ya bien sentada reputación de jurisconsultos que tenían en la Península, por lo mismo que iban a comenzar una carrera importante en el foro. El oficio de juez ha sido siempre delicado y peligroso; pero en las Audiencias de América lo era mucho más por la infinidad de competencias, ambiciones y bajas envidias de los pretendientes que trataban de hacerse lado en la Corte a costa del honor y de la fama de sus rivales.
El historiador Piedrahíta hace el elogio de los Oidores Góngora y Galarza diciendo: daban rienda al buen natural con que los había dotado el cielo con tan crecido interés de benevolencia, que la que no les granjeaban los beneficios por singulares, les conseguía la cortesía por general. Jamás les oyeron los reos palabra que desdijese del puesto, ni se empeñaron como jueces entre partes, sin que intentasen primero ser amigables componedores; de que resultaba la quietud de las provincias, buen progreso de las conquistas
, etc.
En esta sazón vino a tomar residencia al Licenciado Miguel Díez de Armendáriz, el Licenciado Zurita, enviado por la Audiencia de la isla de Santo Domingo, la cual, para abreviar tiempo y distancia, conocía de las apelaciones y otros incidentes de los juicios de residencia. Pero los oidores se opusieron tan tenazmente a que se instaurase esta visita, en que ellos mismos estaban comprendidos, que Zurita tuvo que desistir de su comisión, y volverse por donde había venido.
Sin embargo, las pasiones eran entonces tan extremadas, ya entre los gobernantes, ya entre estos y los gobernados, que no faltaron gentes de posición y valer que insistieran con instancia en reiterar quejas, fundadas o no, para que la Corte enviara otro visitador enérgico, fiel servidor de Su Majestad y celoso defensor de sus intereses, para que iniciase la visita contra la
