La Catedral: Edición enriquecida. Intrigas y pasiones en la construcción de una catedral en la España del siglo XIX
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
Vicente Blasco Ibáñez
Vicente Blasco Ibáñez (Valencia, 1867-Menton, 1928) fue un escritor, periodista y político español propulsor del naturalismo y del realismo.
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La Catedral - Vicente Blasco Ibáñez
Vicente Blasco Ibáñez
La Catedral
Edición enriquecida. Intrigas y pasiones en la construcción de una catedral en la España del siglo XIX
Introducción, estudios y comentarios de Elisa Cordero
Editado y publicado por Good Press, 2023
goodpress@okpublishing.info
EAN 08596547822769
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
La Catedral
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
Bajo las bóvedas de una catedral que a la vez resguarda y somete, Vicente Blasco Ibáñez confronta la fe institucional con la conciencia social emergente, al convertir el laberinto de capillas, claustros y oficios invisibles en un teatro donde lo sagrado y lo cotidiano, la tradición y el anhelo de justicia, se rozan, se contradicen y se iluminan, haciendo del templo una metáfora palpitante de una España que, entre el rumor de las campanas y el murmullo de los necesitados, busca en la penumbra la salida de sus ataduras históricas sin saber si la encontrará dentro o fuera de sus muros.
Publicada en 1903, La Catedral es una novela realista de Vicente Blasco Ibáñez ambientada en Toledo, con el recinto catedralicio como eje físico y simbólico de la narración. Escrita en los años de la Restauración, cuando las tensiones entre clericalismo y modernización atravesaban la vida pública española, la obra se inserta en la tradición naturalista y social del autor, que combina observación minuciosa y propósito crítico. Su escenario, al mismo tiempo monumental y doméstico, permite explorar oficios, jerarquías y rituales que ordenan una microciudad dentro de la ciudad, con un ritmo que alterna estampas costumbristas, escenas corales y enfoques intimistas.
El planteamiento inicial convoca a un personaje que regresa a la sombra de la catedral y se integra en su intrincada comunidad de canónigos, sacristanes, obreros y vecinos, observando desde dentro la vida oculta que sostiene el esplendor del templo. Su mirada, cargada de experiencias previas y de dudas persistentes, teje el hilo que conecta escenas de trabajo, devoción, caridad y penuria, y abre fisuras por las que se filtran preguntas incómodas. La novela no busca el misterio sobrenatural, sino el de las conciencias: cómo se habita un lugar sacralizado cuando la necesidad aprieta y el pensamiento empieza a cuestionar.
La voz narrativa combina un realismo panorámico con una tensión ensayística que otorga a ciertas páginas el pulso de un alegato, sin abandonar la plasticidad de las descripciones y el brío de los diálogos. Blasco Ibáñez despliega un léxico sensorial para la piedra, la luz y el humo de los oficios, y alterna la crónica de costumbres con pasajes de reflexión que interpelan al lector. El tono, a ratos compasivo y a ratos combativo, evita el simple maniqueísmo: en la penumbra de capillas y talleres emergen perfiles humanos contradictorios, capaces de la ternura, la obediencia, la astucia o la rebeldía.
Entre los temas que vertebran la obra destacan el poder de las instituciones religiosas en la vida cotidiana, la desigualdad que se esconde tras la solemnidad del rito y la fricción entre conocimiento, conciencia y dogma. La catedral aparece como archivo material de una memoria compartida, pero también como estructura económica y simbólica que condiciona destinos. La novela examina la caridad y el trabajo, el prestigio y la obediencia, y muestra cómo el espacio sagrado puede convertirse en refugio o frontera según la posición social. La educación, la libertad de pensamiento y la justicia distributiva laten como preguntas persistentes.
Como experiencia de lectura, La Catedral propone una inmersión sostenida en un microcosmos que se recorre a distintas alturas: desde los andamios y las cubiertas hasta los apartamentos humildes adosados al templo, pasando por sacristías, archivos y talleres. La prosa, ágil cuando narra y más densa cuando argumenta, combina precisión documental con impulsos líricos que elevan la escena sin perder verosimilitud. El lector encuentra una atmósfera cargada, a veces áspera, donde la ironía atenúa la amargura y la compasión evita el panfleto. La tensión moral no se resuelve en certezas fáciles; se abre en dilemas que acompañan más allá del cierre.
Su vigencia se sostiene en la claridad con que interroga la relación entre instituciones, comunidad y vidas concretas. En tiempos de debate sobre el papel de lo religioso en la esfera pública, la conservación del patrimonio, la desigualdad persistente y la precariedad del trabajo invisible, la novela permite pensar cómo se entrelazan creencias, intereses y cuidados. También recuerda que la memoria monumental no suplanta la responsabilidad ética con quienes la custodian y la habitan. Al devolver centralidad a los oficios y a las conciencias que los ejercen, La Catedral propicia una lectura actual: crítica, empática y atenta a la complejidad.
Sinopsis
Índice
La catedral, publicada en 1903, es una novela de Vicente Blasco Ibáñez situada en el recinto monumental de la Catedral de Toledo. A partir de ese espacio cerrado y simbólico, el autor despliega un retrato realista de una comunidad que vive a la sombra del culto, dependiente de sus ritmos y jerarquías. El hilo narrativo sigue la llegada de Gabriel Luna, que vuelve tras años de ausencia y se refugia en ese microcosmos. Su presencia, cargada de inquietudes y recuerdos, se convierte en catalizador de observaciones sobre la vida cotidiana, la autoridad religiosa y las tensiones sociales que atraviesan la España de su tiempo.
La novela traza con detalle el pequeño mundo del claustro, una ciudad dentro de la ciudad hecha de sacristías, talleres, viviendas humildes y corredores en penumbra. Allí conviven campaneros, bordadoras, mozos de altar, guardianes y canónigos, unidos por una economía de servicios y favores. Gabriel se instala con un familiar que trabaja para la institución, aprende la lógica del lugar y vuelve a mirar con ojos nuevos lo que creía conocer. El contraste entre solemnidad y miseria se acentúa en escenas de trabajo y descanso, donde lo sagrado convive con lo profano y la tradición se impone como norma silenciosa.
A medida que Gabriel recupera fuerzas, comparte lecturas y experiencias del mundo exterior con vecinos y parientes, y su conversación despierta dudas y entusiasmos. Cuestiona la riqueza acumulada, la función social de los ritos y la autoridad de quienes los administran, proponiendo un horizonte de dignidad laica y progreso. No todos lo escuchan del mismo modo: algunos hallan en sus palabras una promesa de cambio, otros las sienten como amenaza a su sustento o a su fe. Estas conversaciones, íntimas y corales, van abriendo grietas en la rutina del claustro y llevan al primer plano conflictos latentes desde hace décadas.
En paralelo, Blasco Ibáñez describe con minuciosidad el aparato eclesiástico, sus cargos, sus gestos disciplinados y su relación con las riquezas artísticas que custodia. Las ceremonias se despliegan en un escenario de oro y piedra que deslumbra a los visitantes, mientras los oficios menudos sostienen la maquinaria del culto. La tensión dramática brota del contraste entre la magnificencia del templo y la precariedad de quienes habitan sus márgenes. Sin reducir a caricatura a los personajes clericales, la novela explora cómo el poder se organiza, cómo se legitima y cómo se protege, situando al lector ante un dilema ético persistente.
Con el tiempo, la inquietud provocada por las ideas de Gabriel trasciende las charlas de pasillo. Aparecen recelos, advertencias y miradas vigilantes; se multiplican las mediaciones para calmar los ánimos. La dependencia laboral de muchas familias del claustro hace que cualquier gesto sea leído como desafío. Gabriel oscila entre la discreción y la necesidad de decir, presionado por su propia conciencia y por la realidad que observa. La ciudad histórica, con sus murallas y leyendas, pesa sobre los personajes como un recordatorio de pasadas ortodoxias. El clima narrativo se espesa, y los vínculos familiares se ponen a prueba con silencios y pactos.
Los acontecimientos desembocan en episodios públicos donde la tradición se exhibe y las diferencias se vuelven visibles. En ese marco, Gabriel y quienes lo rodean se ven forzados a tomar decisiones que comprometen su lugar en la comunidad. La trama avanza hacia un desenlace acorde con las fuerzas en juego, sin convertir la controversia en simple panfleto. El autor equilibra la intriga con el retrato social, manteniendo el foco en las consecuencias humanas de las ideas. Sin revelar resoluciones clave, puede decirse que el costo de hablar y el costo de callar se miden con igual dureza dentro y fuera del templo.
La catedral se lee como una crítica social que interroga la alianza entre tradición, poder y pobreza, y como una crónica de costumbres que atrapa por su densidad materialista y su prosa ágil. Suele considerarse la primera de un ciclo de novelas de tono anticlerical que Blasco Ibáñez continuó con El intruso y La bodega, y conserva vigencia por su examen de las instituciones y de la vida común que sostienen. Más que ofrecer respuestas cerradas, plantea preguntas sobre la dignidad del trabajo, la función pública de la fe y los límites de la obediencia, dejando al lector espacio para juzgar.
Contexto Histórico
Índice
Publicada en 1903, La Catedral se sitúa en la España de la Restauración borbónica (1874–1931), cuando el catolicismo ocupaba un lugar privilegiado en el Estado conforme al Concordato de 1851 y la Constitución de 1876. En Toledo, sede primada, el cabildo catedralicio administraba bienes, rentas y oficios, sostenido además por el Presupuesto de Culto y Clero. La catedral funcionaba como centro religioso y económico, con jerarquías rígidas entre canónigos, capellanes y personal subalterno. Ese entramado institucional permitió a la Iglesia influir en la vida pública y privada. La novela toma este escenario para observar su poder material y simbólico en la sociedad española contemporánea.
El llamado Desastre de 1898, con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, desencadenó un amplio debate regeneracionista sobre las causas de la decadencia nacional. Intelectuales y políticos cuestionaron el caciquismo, el atraso educativo y el peso del clericalismo en la vida pública. En paralelo, corrientes como el krausismo y la Institución Libre de Enseñanza promovieron una cultura laica y científica, enfrentada a modelos confesionales. La expansión de una prensa combativa amplificó la polémica. En ese clima, La Catedral examina las tensiones entre tradición y modernidad, situando la autoridad eclesiástica y el control del saber como temas centrales del conflicto social.
A fines del siglo XIX, la economía española mostraba industrialización desigual: polos fabriles en Cataluña y el País Vasco coexistían con regiones agrícolas estancadas. Castilla-La Mancha, con Toledo como capital histórica, conservaba fuerte peso de oficios artesanos y servicios ligados a la Iglesia y la administración. Las desamortizaciones del siglo XIX redujeron propiedades eclesiásticas, pero el clero mantuvo dotaciones estatales y rentas vinculadas a fundaciones y capellanías. La caridad parroquial convivía con una pobreza urbana persistente. Este trasfondo de desigualdad material, visible en los barrios cercanos a la catedral, dota a la novela de un contraste constante entre fasto litúrgico y penuria cotidiana.
La Restauración articuló el llamado turno pacífico entre liberales y conservadores, sostenido por el caciquismo y el encasillado electoral pese al sufragio universal masculino desde 1890. En muchas provincias, el clero parroquial y las jerarquías diocesanas actuaban como intermediarios sociales y políticos, alineados con sectores conservadores. En Toledo, sede del primado de España, la figura del arzobispo y el cabildo reforzaban la centralidad eclesial. Este entramado favorecía un orden moral vigilado y resistente a reformas secularizadoras. La Catedral se inscribe en ese escenario, subrayando cómo la proximidad entre poder religioso y poder civil condicionaba expectativas, carreras y silencios en la vida local.
La cuestión social cobró fuerza con el crecimiento del movimiento obrero. El PSOE (1879) y la UGT (1888) avanzaron en ciudades y núcleos fabriles, mientras el anarquismo prendía en sectores artesanos y jornaleros. Hubo huelgas significativas a inicios del siglo XX, como las de 1902 en Barcelona. Desde la Iglesia, la encíclica Rerum novarum (1891) inspiró asociaciones católicas de socorro y círculos obreros, que ofrecían respuesta moral y asistencial al conflicto. Ese choque de visiones sobre justicia, caridad y derechos laborales forma parte del horizonte de La Catedral, donde la proximidad del templo condensa debates sobre pobreza, dignidad y autoridad.
Vicente Blasco Ibáñez (1867–1928) fue periodista republicano y novelista de gran proyección popular. Dirigió el diario El Pueblo en Valencia y cultivó una narrativa realista y naturalista, influida por Émile Zola y por la tradición española de novela de tesis. En el cambio de siglo, el anticlericalismo literario tenía precedentes en autores como Galdós o Clarín, que exploraron la alianza entre moral, poder y costumbre. Blasco Ibáñez llevó ese impulso a un público amplio mediante un estilo directo, ambientes documentados y ritmo periodístico. La Catedral se inserta en esa corriente, usando la observación minuciosa para sostener una crítica social verificable.
La catedral de Toledo, iniciada en el siglo XIII y culminada a lo largo de la Edad Moderna, es un emblema gótico y la sede primada de España. Alberga un cabildo de canónigos con funciones litúrgicas y administrativas, capillas fundacionales, archivos y tesoros como la célebre custodia procesional utilizada en el Corpus Christi. A su alrededor se organizó durante siglos un vecindario de artesanos, sacristanes y servidores ligados al culto. Este entorno, regido por calendarios rituales y usos seculares, brinda a la novela un marco tangible donde contrastan la grandeza ceremonial y la vida común que sostiene el funcionamiento diario.
En este cruce de Restauración política, centralidad eclesiástica y cuestión social, La Catedral organiza su mirada sobre el poder y la desigualdad. Publicada en los años del debate regeneracionista, comparte con otras novelas sociales del autor —como El intruso (1904) y La bodega (1905)— el interés por describir instituciones y relaciones de clase. Su escenario toledano permite medir el peso material y simbólico de la Iglesia en la vida cotidiana, sin perder de vista los cambios que reclamaban educación laica, justicia laboral y modernización. Así, la obra actúa como espejo crítico de su tiempo, más observacional que doctrinario en sus detalles.
La Catedral
Tabla de Contenidos Principal
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
I
Índice
Comenzaba a amanecer cuando Gabriel Luna llegó ante la catedral[1q]. En las estrechas calles toledanas todavía era de noche. La azul claridad del alba, que apenas, lograba deslizarse entre los aleros de los tejados, se esparcía con mayor libertad en la plazuela del Ayuntamiento, sacando de la penumbra la vulgar fachada del palacio del arzobispo y las dos torres encaperuzadas de pizarra negra de la casa municipal, sombría construcción de la época de Carlos V[2].
Gabriel paseó largo rato por la desierta plazuela, subiéndose hasta las cejas el embozo de la capa, mientras tosía con estremecimientos dolorosos. Sin dejar de andar, para defenderse del frío, contemplaba la gran puerta llamada del Perdón, la única fachada de la iglesia que ofrece un aspecto monumental. Recordaba otras catedrales famosas, aisladas, en lugar preeminente, presentando libres todos sus costados, con el orgullo de su belleza, y las comparaba con la de Toledo, la iglesia-madre española, ahogada por el oleaje de apretados edificios que la rodean y parecen caer sobre sus flancos, adhiriéndose a ellos, sin dejarla mostrar sus galas exteriores más que en el reducido espacio de las callejuelas que la oprimen. Gabriel, que conocía su hermosura interior, pensaba en las viviendas engañosas de los pueblos orientales, sórdidas y miserables por fuera, cubiertas de alabastros y filigranas por dentro. No en balde habían vivido en Toledo, durante siglos, judíos y moros. Su aversión a las suntuosidades exteriores parecía haber inspirado la obra de la catedral, ahogada por el caserío que se empuja y arremolina en torno de ella como si buscase su sombra.
La plazuela del Ayuntamiento era el único desgarrón que permitía al cristiano monumento respirar su grandeza[2q]. En este pequeño espacio de cielo libre, mostraba a la luz del alba los tres arcos ojivales de su fachada principal y la torre de las campanas, de enorme robustez y salientes aristas, rematada por la montera del «alcuzón», especie de tiara negra con tres coronas, que se perdía en el crepúsculo invernal nebuloso y plomizo.
Gabriel contemplaba con cariño el templo silencioso y cerrado, donde vivían los suyos y había transcurrido lo mejor de su vida. ¡Cuántos años sin verlo! ¡Con qué ansiedad aguardaba a que abriesen sus puertas...!
Había llegado a Toledo la noche anterior en el tren de Madrid. Antes de encerrarse en un cuartucho de la «Posada de la Sangre[1]»—el antiguo «Mesón del Sevillano», habitado por Cervantes—había sentido una ansiosa necesidad de ver la catedral; y pasó más de una hora en torno de ella, oyendo el ladrido del perro que guardaba el templo y rugía alarmado al percibir ruido de pasos en las callejuelas inmediatas, muertas y silenciosas. No había podido dormir. Le quitaba el sueño verse en su tierra después de tantos años de aventuras y miserias. De noche aún, salió del mesón para aguardar cerca de la catedral el momento en que la abrieran.
Para entretener la espera, iba repasando con la vista las bellezas y defectos de la portada, comentándolos en alta voz, como si quisiera hacer testigos de sus juicios a los bancos de piedra de la plaza y sus tristes arbolillos. Una verja rematada por jarrones del siglo XVIII se extendía ante la portada, cerrando un atrio de anchas losas, en el cual verificábanse en otros tiempos las aparatosas recepciones del cabildo y admiraba la muchedumbre los gigantones en días de gran fiesta.
El primer cuerpo de la fachada estaba rasgado en el centro por la puerta del Perdón, arco ojival enorme y profundo, que se estrecha siguiendo la gradación de sus ojivas interiores, adornadas con imágenes de apóstoles, calados doseletes y escudos con leones y castillos. En el pilar que divide las dos hojas de la puerta, Jesús, con corona y manto de rey, flaco, estirado, con el aire enfermizo y mísero que los imagineros medioevales daban a sus figuras para expresar la divina sublimidad. En el tímpano, un relieve representaba a la Virgen rodeada de ángeles, vistiendo una casulla a San Ildefonso, piadosa leyenda repetida en varios puntos de la catedral, como si fuese el mejor de los blasones. A un lado, la puerta llamada de la Torre; al otro, la de los Escribanos, por la que entraban en otros tiempos, con gran ceremonia, los depositarios de la fe pública a jurar el cumplimiento de su cargo; las dos con estatuas de piedra en sus jambas y rosarios de figurillas y emblemas que se desarrollaban entre las aristas hasta llegar a lo más alto de la ojiva.
Encima de estas tres puertas, de un gótico exuberante, se elevaba el segundo cuerpo, de arquitectura grecorromana y construcción casi moderna, causando a Gabriel Luna la misma molestia que si un trompetazo discordante interrumpiese el curso de una sinfonía. Jesús y los doce apóstoles, todos de tamaño natural, estaban sentados a la mesa, cada uno en su hornacina, encima de la portada del centro, limitados por dos contrafuertes como torres que partían la fachada en tres partes. Más allá extendían sus arcadas de medio punto dos galerías de palacio italiano, a las que más de una vez se había asomado Gabriel cuando jugaba, siendo niño, en la vivienda del campanero.
«La riqueza de la iglesia—pensaba Luna—fue un mal para el arte. En un templo pobre se hubiese conservado la uniformidad de la fachada antigua. Pero cuando los arzobispos de Toledo tenían once millones de renta y otros tantos el cabildo, y no se sabía qué hacer del dinero, se iniciaban obras, se hacían reconstrucciones, y el arte decadente paría mamarrachos como la Cena.»
A continuación se elevaba el tercer cuerpo, dos grandes arcos que daban luz al rosetón de la nave central, coronado todo por una barandilla de calada piedra que seguía las sinuosidades de la fachada entre las dos masas salientes que la resguardan: la torre y la capilla Mozárabe[3].
Gabriel cesó en su contemplación, viendo que no estaba solo ante el templo. Era casi de día. Pasaban rozando la verja algunas mujeres con la cabeza baja y la mantilla sobre los ojos. En las baldosas de la acera sonaban las muletas de un cojo, y más allá de la torre, bajo el gran arco que pone en comunicación el palacio del arzobispo con la catedral, reuníanse los mendigos para tomar sitio en la puerta del claustro. Devotas y pordioseros se conocían. Eran todas las mañanas los primeros ocupantes del templo. Este encuentro diario establecía en ellos cierta fraternidad, y entre carraspeos y toses se lamentaban del frío de la mañana y de lo tardo que era el campanero en bajar a la iglesia.
Se abrió una puerta más allá del arco del Arzobispo, la de la escalera que conducía a la torre y las habitaciones del claustro alto, ocupadas por los empleados del templo. Un hombre atravesó la calle agitando un gran manojo de llaves, y rodeado de la clientela madrugadora comenzó a abrir la puerta del claustro bajo, estrecha y ojival como una saetera. Gabriel le conocía: era Mariano el campanero; y para evitar que pudiese verle, permaneció inmóvil en la plaza, dejando que se precipitasen por la puerta del Mollete las gentes ansiosas de penetrar en la Primada, como si pudieran robarlas el sitio.
Por fin se decidió a seguirlas, y bajó los siete escalones del claustro, pues la catedral, edificada en un barranco, se halla más baja que las calles contiguas.
Todo estaba lo mismo. A lo largo de los muros, los grandes frescos de Bayeu y Maella representando los trabajos y grandezas de San Eulogio, sus predicaciones en tierra de moros y las crueldades de la gente infiel de gran turbante y enormes bigotes que golpea al santo. En la parte interior de la puerta del Mollete, el horrendo martirio del niño de La Guardia[4], la leyenda nacida a la vez en varios pueblos católicos al calor del odio antisemita: el sacrificio del niño cristiano por judíos de torva catadura, que lo roban de su casa y lo crucifican para arrancarle el corazón y beber su sangre.
La humedad iba descascarillando y borrando gran parte de esa pintura novelesca que orlaba la ojiva como la portada de un libro; pero Gabriel aún vio la horrible cara del judío puesto al pie de la cruz y el gesto feroz del otro que, con el cuchillo en la boca, se inclina para entregarle el corazón del pequeño mártir: figuras teatrales que más de una vez habían turbado sus ensueños de niño.
El jardín, que se extiende entre los cuatro pórticos del claustro, mostraba en pleno invierno su vegetación helénica de altos laureles y cipreses, pasando sus ramas por entre las verjas que cierran los cinco arcos de cada lado hasta la altura de los capiteles. Gabriel miró largo rato el jardín, que está más alto que el claustro. Su cara se hallaba al nivel de aquella tierra que en otros tiempos había trabajado su padre. Por fin volvía a ver aquel rincón de verdura; el patio convertido en vergel por los canónigos de otros siglos. Su recuerdo le había acompañado cuando paseaba por el inmenso Bosque de Bolonia y por el Hyde-Park de Londres. Para él, el jardín de la catedral de Toledo resultaba el más hermoso de los jardines, por ser el primero que había visto en su vida.
Los pordioseros sentados en los escalones de la puerta le miraban curiosamente, sin atreverse a tenderle la mano. No sabían si aquel desconocido madrugador, con capa raída, sombrero ajado y botas viejas, era un curioso o uno del oficio que buscaba sitio en la catedral para pedir limosna.
Molestado por este espionaje, Luna siguió adelante por el claustro, pasando ante las dos puertas que lo ponen en comunicación con el templo. La llamada de la Presentación, toda de piedra blanquísima, es una alegre muestra del arte plateresco, cincelada cual una joya, con adornos caprichosos y alegres de juguete. A continuación venía el respaldo del hueco de la escalera por la que los arzobispos descienden desde su palacio a la iglesia, un muro de junquillos góticos y grandes escudos, y casi a ras del suelo, la famosa «piedra de luz», delgada lámina de mármol transparente como un vidrio, que alumbra la escalera y es la principal admiración de los rústicos que visitan el claustro. Después, la puerta de Santa Catalina, negra y dorada, con gran riqueza de follajes policromos, castillos y leones en las jambas y dos estatuas de profetas.
Gabriel se alejó algunos pasos, viendo que por la parte de adentro abrían el postigo de esta portada. Era el campanero, que acababa de dar la vuelta al templo, abriendo todas sus puertas. Salió un perrazo estirando el cuello, como si fuese a: ladrar de hambre; después, dos hombres con la gorra hasta las cejas, envueltos en capas de pañol pardo. El campanero sostuvo la cancela para que saliesen.
—¡Vaya, buenos días, Mariano!—dijo uno de ellos a guisa de despedida.
—Buenos nos los dé Dios... y dormir bien.
Gabriel reconoció a los guardianes nocturnos de la catedral. Encerrados en el templo desde la tarde anterior, se retiraban a sus casas a dormir. El perro emprendía el camino del Seminario para devorar las sobras de la comida de los estudiantes, hasta que le buscasen los guardianes para encerrarse de nuevo.
Luna bajó los peldaños de la portada y entró en la catedral. Apenas hubo pisado las baldosas del pavimento, sintió en el rostro la caricia fría y un tanto pegajosa de aquel ambiente de bodega subterránea. En el templo todavía era de noche. Arriba, las vidrieras de colores de los centenares de ventanas que, escalonándose, dan luz a las cinco naves, brillaban con la luz del amanecer. Eran como flores mágicas que se abrían a los primeros resplandores del día. Abajo, entre las enormes pilastras que formaban un bosque de piedra, reinaba la obscuridad, rasgada a trechos por las manchas rojas y vacilantes de las lámparas que ardían en las capillas haciendo temblar las sombras. Los murciélagos revoloteaban en las encrucijadas de las columnas, queriendo prolongar algunos instantes su posesión del templo, hasta que se filtrase por las vidrieras el primer rayo de sol. Pasaban volando sobre las cabezas de las devotas que, arrodilladas ante los altares, rezaban a gritos, satisfechas de estar en la catedral a aquella hora como en su propia casa. Otras hablaban con los acólitos y demás servidores del templo que iban entrando por todas las puertas, soñolientos y desperezándose como obreros que acuden al taller. En la obscuridad deslizábanse las manchas negras de algunos manteos camino de la sacristía, deteniéndose con grandes genuflexiones ante cada imagen; y a lo lejos, invisible en la obscuridad, adivinábase al campanero, como un duende incansable, por el ruido de sus llaves y el chirriar de las puertas que iba abriendo.
Despertaba el templo. Sonaban como cañonazos los golpes de las puertas, repitiéndolos el eco de nave en nave. Una escoba comenzó a barrer por la parte de la sacristía, produciendo el ruido de una enorme sierra. La iglesia vibraba con los golpes de algunos monaguillos que sacudían el polvo a la famosa sillería del coro. Parecía desperezarse la catedral con los nervios excitados: el menor frote le arrancaba quejidos.
Los pasos resonaban con eco gigantesco, como si se conmovieran todos los sepulcros de reyes, en la catedral. Apenas hubo pisado las baldosas del pavimento, sintió en el rostro la caricia fría y un tanto pegajosa de aquel ambiente de bodega subterránea. En el templo todavía era de noche. Arriba, las vidrieras de colores de los centenares de ventanas que, escalonándose, dan luz a las cinco naves, brillaban con la luz del amanecer. Eran como flores mágicas que se abrían a los primeros resplandores del día. Abajo, entre las enormes pilastras que formaban un bosque de piedra, reinaba la obscuridad, rasgada a trechos por las manchas rojas y vacilantes de las lámparas que ardían en las capillas haciendo temblar las sombras. Los murciélagos revoloteaban en las encrucijadas de las columnas, queriendo prolongar algunos instantes su posesión del templo, hasta que se filtrase por las vidrieras el primer rayo de sol. Pasaban volando sobre las cabezas de las devotas que, arrodilladas ante los altares, rezaban a gritos, satisfechas de estar en la catedral a aquella hora como en su propia casa. Otras hablaban con los acólitos y demás servidores del templo que iban entrando por todas las puertas, soñolientos y desperezándose como obreros que acuden al taller. En la obscuridad deslizábanse las manchas negras de algunos manteos camino de la sacristía, deteniéndose con grandes genuflexiones ante cada imagen; y a lo lejos, invisible en la obscuridad, adivinábase al campanero, como un duende incansable, por el ruido de sus llaves y el chirriar de las puertas que iba abriendo.
Despertaba el templo. Sonaban como cañonazos los golpes de las puertas, repitiéndolos el eco de nave en nave. Una escoba comenzó a barrer por la parte de la sacristía, produciendo el ruido de una enorme sierra. La iglesia vibraba con los golpes de algunos monaguillos que sacudían el polvo a la famosa sillería del coro. Parecía desperezarse la catedral con los nervios excitados: el menor frote le arrancaba quejidos.
Los pasos resonaban con eco gigantesco, como si se conmovieran todos los sepulcros de reyes, arzobispos y guerreros ocultos bajo sus baldosas.
El frío era más intenso en la iglesia que fuera de ella. Uníase a la baja temperatura la humedad de su suelo atravesado por las alcantarillas de desagüe, el rezumar de ocultos y subterráneos estanques, que manchaba el pavimento y hacía toser a los canónigos en el coro, «acortando su vida», como decían ellos quejumbrosamente.
La luz de la mañana comenzaba a esparcirse por las naves. Salía de la sombra la inmaculada blancura de la catedral toledana, la nitidez de su piedra, que hace de ella el más alegre y hermoso de los templos. Se marcaban con toda su elegante y atrevida esbeltez las ochenta y ocho pilastras robustos haces de columnas que suben audazmente cortando el espacio, blancos como si fuesen de nieve solidificada, y esparcen y entrecruzan sus nervios para sostener las bóvedas. En lo alto se abrían los grandes ventanales, con sus vidrieras que parecen jardines mágicos cubiertos de flores de luz.
Gabriel se había sentado en el zócalo de una pilastra, entre dos columnas, pero a los pocos instantes tuvo que ponerse de pie. La humedad de la piedra, el frío de tumba que circulaba por toda la catedral, le penetraba hasta los huesos. Anduvo por las naves, llamando la atención de las devotas, que interrumpían sus rezos al verle. Un forastero a aquellas horas, que eran las de los familiares de la iglesia, excitaba su curiosidad. El campanero se cruzó varias veces con él, siguiéndole con mirada inquieta, como si le inspirase poca confianza aquel desconocido de mísero aspecto vagando a la hora en que las riquezas de las capillas no pueden ser vigiladas.
Otro hombre tropezó con él cerca del altar mayor. Luna lo conoció. Era Eusebio, el sacristán de la capilla del Sagrario, el Azul de la Virgen, como se le llamaba entre la gente de la catedral por el traje color celeste que vestía en los días de ceremonia. Seis años iban transcurridos desde que Gabriel le vio por última vez, y no había olvidado su corpachón mantecoso, la cara granujienta, de frente angosta y rugosa, orlada de pelos hirsutos, y el cuello taurino, que apenas si le permitía respirar, convirtiendo sus aspiraciones en un resoplido de fuelle. Todos los empleados que vivían en el claustro alto envidiaban
