Los Piratas en Cartagena: Edición enriquecida. Crónicas histórico novelescas
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En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura:
- Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas.
- La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos.
- Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura.
- Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos.
- Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna.
- Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria.
- Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
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Los Piratas en Cartagena - Soledad Acosta de Samper
Soledad Acosta de Samper
Los Piratas en Cartagena
Edición enriquecida. Crónicas histórico novelescas
Introducción, estudios y comentarios de Iker Olmos
Editado y publicado por Good Press, 2023
goodpress@okpublishing.info
EAN 08596547825753
Índice
Introducción
Sinopsis
Contexto Histórico
Los Piratas en Cartagena
Análisis
Reflexión
Citas memorables
Notas
Introducción
Índice
En una ciudad amurallada donde la brisa salada no logra disipar el olor del miedo, cada campanada anuncia tanto el peligro del mar como las fracturas de la tierra firme. Los Piratas en Cartagena, de la escritora colombiana Soledad Acosta de Samper, convoca al lector a un umbral donde la amenaza corsaria pone a prueba el tejido moral y cívico de una comunidad. Lejos de un mero cuadro de aventuras, la obra dispone un escenario histórico para explorar cómo se construye la solidaridad cuando el asedio acecha. Esta introducción propone orientaciones de lectura sin anticipar desenlaces, destacando su densidad ética y su actualidad.
Se trata de una novela histórica ambientada en Cartagena de Indias durante la época colonial hispana, cuando la ciudad era plaza fuerte y puerto estratégico del Caribe. Publicada en el siglo XIX, la obra se inscribe en la labor de reconstrucción cultural y reflexión histórica que marcó a buena parte de la narrativa hispanoamericana de ese siglo. Acosta de Samper, figura central de las letras colombianas decimonónicas, recurre a la ficción para interrogar el pasado y, a la vez, examinar el carácter de una sociedad en formación. El marco cronológico y espacial es preciso sin volverse erudición árida, y favorece la inmersión.
El planteamiento inicial convoca la inminencia de incursiones piráticas sobre una urbe cosmopolita, conectada por rutas comerciales y atravesada por tensiones sociales. La llegada de amenazas por mar precipita decisiones que comprometen autoridades, militares, comerciantes, artesanos y familias, y obliga a calibrar qué se defiende cuando se defiende una ciudad. Sin adelantar episodios, basta decir que la narración hace sentir el peso del rumor, el retumbar de los cañones y la fragilidad de los vínculos cotidianos. El lector encontrará una aventura con conciencia histórica, donde la intriga colectiva importa tanto como el destino individual de sus personajes.
La voz narrativa combina la amplitud de la crónica con la tensión del relato de sitio, y administra la información con equilibrio entre explicación histórica y efectos dramáticos. La prosa, de trazo clásico y atento a las modulaciones del habla culta, alterna escenas de interior con panorámicas de murallas, baterías y mareas, de modo que el espacio urbano y el mar dialogan sin cesar. El ritmo es sostenido, sin prisas gratuitas, y privilegia el detalle significativo antes que el golpe fácil. Esa construcción cuidadosa vuelve verosímil el mundo representado y acrecienta el impacto emocional de las decisiones narradas.
Entre sus temas cardinales sobresale la ciudad como organismo moral: un entramado de oficios, devociones, intereses y lealtades que solo se revela plenamente al borde del desastre. Cartagena aparece como mosaico de orígenes y trayectorias, donde comercio, defensa y fe trenzan la vida diaria. La novela examina el choque entre legalidad y violencia, entre codicia externa y responsabilidad interna, y pregunta qué significa pertenecer cuando la supervivencia colectiva está en juego. También indaga en la memoria histórica, mostrando cómo el relato del pasado moldea expectativas del presente y abre un horizonte de lecciones cívicas sin dogmatismo ni complacencias.
Fiel al interés de su autora por la vida social y la educación, el libro atiende las experiencias cotidianas y las responsabilidades cívicas que emergen en tiempos de crisis, incluyendo el lugar que ocupan las mujeres en la trama de cuidados, información y decisión. La tensión entre honra y supervivencia, entre jerarquías coloniales y méritos adquiridos, atraviesa interacciones que revelan prejuicios, alianzas y conflictos de clase. Sin convertir la tesis en ariete, la narración sugiere que la comunidad política se prueba en el gesto concreto, allí donde la ética se vuelve práctica y la identidad, un acto compartido.
Su vigencia radica en la lucidez con que, desde la ficción histórica, ilumina preguntas que continúan abiertas: cómo conjugar seguridad y libertad, qué exigir a las autoridades y qué a la ciudadanía, de qué modo se reparte el riesgo cuando se resguarda lo común. En tiempos de incertidumbre global, la imagen de una ciudad portuaria que enfrenta presiones externas y debates internos ofrece un espejo sobrio y fértil. Además, la relectura decimonónica del periodo colonial invita a discutir memoria, patrimonio y narrativas nacionales, mientras la prosa cuidada de Acosta de Samper garantiza una experiencia estética a la altura.
Sinopsis
Índice
Los piratas en Cartagena, de Soledad Acosta de Samper, es un relato histórico que sitúa al lector en la Cartagena de Indias colonial para explorar, desde la ficción, un episodio de amenaza corsaria en el Caribe hispano. Con el temple analítico de una autora decimonónica atenta a las costumbres, Acosta reconstruye instituciones, jerarquías y ritmos cotidianos del puerto, y los somete a la prueba de un peligro externo. El resultado es una narración que combina aventura y observación social, donde la irrupción de los piratas funciona como motor dramático y como prisma para interrogar lealtades, miedos, valores y pertenencias.
El relato abre con la vida ordinaria de la ciudad amurallada: comercios y oficios en el puerto, celebraciones religiosas que marcan el calendario, y una estricta estratificación social que regula trato, indumentaria y aspiraciones. Sobre esa cotidianidad empiezan a circular noticias de naves sospechosas y de asaltos en islas cercanas, amplificando la inquietud de mercaderes, marineros y vecinos. La autora distribuye la perspectiva entre distintos estamentos, de autoridades a familias locales, para mostrar cómo cada esfera lee y reacciona a los signos de alarma. El clima de expectativa, más que el combate inmediato, impulsa las primeras decisiones y revela fisuras internas.
Cuando la amenaza se perfila con mayor claridad, el cabildo y los mandos militares disponen medidas defensivas, mientras la población organiza acopios, vigilias y rutas de resguardo. El texto examina tensiones entre obediencia a la autoridad imperial y autonomía criolla, y contrasta intereses de comerciantes, artesanos y terratenientes. En ese tejido, las mujeres ocupan un lugar activo en la circulación de información, la administración doméstica y la cohesión barrial, a la vez que enfrentan límites impuestos por usos y prejuicios. La proximidad del ataque obliga a conciliar la urgencia material con dilemas morales sobre honor, sacrificio y lealtad.
La irrupción de los corsarios no se presenta solo como choque de fuerzas, sino también como juego de inteligencia, tanteos y mensajes entre naves y autoridades. La autora describe movimientos costeros, señales, intimidaciones y escaramuzas que comprueban la vulnerabilidad de un enclave rico pero expuesto. Se contraponen dos opciones: comprar tiempo mediante arreglos provisionales o apostar por la resistencia con recursos limitados. El avance enemigo funciona como catalizador de alianzas inesperadas y de sospechas latentes. El relato evita caricaturas: la violencia es real, pero el interés se centra en las decisiones que toman los habitantes y en sus consecuencias sociales.
En paralelo, la narración entrelaza la gran historia con conflictos íntimos que revelan la textura moral de la ciudad. Promesas familiares, reputaciones puestas en entredicho y afectos sometidos a prueba muestran cómo la guerra penetra en patios, talleres y conventos. La fe, la honra y el cálculo pragmático entran en fricción, y personajes de orígenes diversos descubren afinidades o distancias inesperadas. Las incertidumbres sobre el día siguiente intensifican decisiones que, en tiempos de paz, parecerían impensables. Estas tramas no desplazan la acción principal, sino que la iluminan, planteando preguntas sobre qué debe preservarse primero cuando recursos y seguridades se agotan.
Sin adelantar su desenlace, el tramo culminante condensa la tensión acumulada en escenas donde cada decisión tiene costo tangible: se comprometen bienes, prestigios y vidas. La autora hace visibles los engranajes de la defensa urbana —desde guardias y murallas hasta redes de apoyo civil— y la forma en que el miedo reconfigura la autoridad y la solidaridad. No hay triunfalismo fácil: más allá del resultado puntual, lo que permanece es la huella en la memoria colectiva y la redefinición de vínculos. La obra pone en primer plano la pregunta por el precio de la seguridad y por el sentido de comunidad.
Como pieza del proyecto histórico-literario de Soledad Acosta de Samper, esta obra consolida su interés por recuperar escenas del pasado para pensar el presente. Su mirada, atenta a las costumbres y a la agencia femenina, inscribe Los piratas en Cartagena en la tradición de la novela histórica hispanoamericana, pero con acentos locales que la vuelven singular. La vigencia del libro se percibe en su examen de la vida urbana ante la violencia y en su reflexión sobre pertenencias múltiples en un puerto caribeño. Con prosa didáctica y vívida, propone entender el conflicto sin sensacionalismo, preservando el suspenso y la complejidad moral.
Contexto Histórico
Índice
Escrita por Soledad Acosta de Samper en la segunda mitad del siglo XIX, Los Piratas en Cartagena sitúa su acción en la Cartagena de Indias colonial, uno de los enclaves más estratégicos del Caribe hispano. Fundada en 1533 en la costa de Nueva Granada, la ciudad creció como puerto de escala de la Carrera de Indias y punto de concentración de mercancías, metales y personas. Su posición, frente a las rutas del istmo panameño y del golfo de México, la convirtió en objetivo de corsarios y potencias rivales de la Monarquía Hispánica, condicionando instituciones, urbanismo y vida cotidiana.
Durante los siglos XVI al XVIII, Cartagena funcionó como puerta de entrada al virreinato —primero bajo la jurisdicción del Perú y, desde 1717 (restablecido en 1739), como parte del Virreinato de la Nueva Granada—. Por su bahía fondeaban las flotas de Tierra Firme, camino de Portobelo y Panamá, dentro del sistema de convoyes que protegía el comercio imperial. Fue además uno de los principales puertos americanos del tráfico de esclavos africanos bajo el régimen del asiento. Gobernaciones, Real Hacienda y un tribunal del Santo Oficio establecido en 1610 estructuraban la vida institucional, articulada con cofradías, parroquias y corporaciones urbanas.
Las defensas de Cartagena se convirtieron en prioridad constante. Tras los tempranos ataques, ingenieros como Bautista Antonelli diseñaron un sistema abaluartado que combinó murallas, baterías costeras y castillos. Se consolidaron puntos clave como la entrada de Bocachica y el canal de Bocagrande, con fortines que cruzaban fuegos. El Castillo de San Felipe de Barajas, iniciado en 1639 y ampliado en el siglo XVIII, dominaba la ciudad y la bahía interior. Estas obras, financiadas por el tesoro imperial y administradas por gobernadores militares, buscaban disuadir incursiones, proteger los convoyes y dar refugio a población y bienes durante alarmas marítimas.
El auge del corsarismo y la piratería en el Caribe estuvo estrechamente ligado a rivalidades imperiales. En 1586, Sir Francis Drake asaltó Cartagena, impuso un rescate y evidenció la vulnerabilidad de la plaza, precipitando reformas defensivas de largo aliento. En los siglos XVII y XVIII actuaron corsarios ingleses, franceses y neerlandeses con patentes de corso, distintos de los piratas sin bandera, aunque sus métodos coincidían en el saqueo y la presión sobre rutas comerciales. Las Antillas proveían bases logísticas, y el corso se integraba a guerras europeas que trasladaban sus frentes al litoral americano.
En 1697, durante la Guerra de la Liga de Augsburgo, la expedición del barón de Pointis, respaldada por la Corona francesa y bucaneros, tomó y saqueó Cartagena. La destrucción y los rescates exigidos revelaron los límites del sistema defensivo y del financiamiento local. A comienzos del siglo XVIII, la dinastía borbónica impulsó reformas militares y fiscales: centralizó mandos, reforzó guarniciones, profesionalizó ingenieros y reordenó el dispositivo en Bocachica y las murallas. Paralelamente, la creación de la Armada de Barlovento había buscado desde 1635 patrullar el Caribe, aunque su eficacia dependió de presupuestos, clima y coyunturas bélicas.
El episodio más célebre llegó en 1741, cuando una gran escuadra británica al mando de Edward Vernon cercó Cartagena en el marco de la llamada Guerra del Asiento o de la Oreja de Jenkins. La defensa española, dirigida por Blas de Lezo y el gobernador Sebastián de Eslava, resistió el asalto tras intensos combates en Bocachica y San Felipe. La campaña consolidó la reputación de la plaza y coincidió con la reactivación del Virreinato de la Nueva Granada (1739). Siguieron ampliaciones de fortificaciones y ajustes al sistema de convoyes, en un Caribe aún expuesto al contrabando y a guerras intermitentes.
La ciudad era un cruce de poblaciones: peninsulares y criollos, indígenas de la región y una numerosa población africana esclavizada y libre. Las cofradías, los gremios y las milicias urbanas —incluidas compañías de pardos y morenos— tejían redes de sociabilidad y defensa. El tribunal de la Inquisición regulaba ortodoxias religiosas y censuraba publicaciones, mientras parroquias y conventos marcaban calendarios y ritos. El ciclo de arribos y zarpes de flotas, epidemias y toques de queda durante alertas marítimas modulaban la vida cotidiana. El contrabando, extendido en el litoral, coexistía con los circuitos oficiales y alimentaba tensiones locales.
Soledad Acosta de Samper, figura central de las letras colombianas decimonónicas, cultivó la novela histórica en diálogo con modelos europeos y fuentes americanas. En Los Piratas en Cartagena, los episodios de asaltos y defensas sirven para explorar el peligro externo y las respuestas institucionales y comunitarias, atendiendo a jerarquías sociales y costumbres coloniales. La obra se apoya en crónicas y memorias del periodo y acerca al público republicano una memoria de Cartagena como bastión imperial. Sin revelar su trama, refleja preocupaciones del siglo XIX sobre identidad nacional y virtud cívica, al tiempo que visibiliza tensiones y desigualdades heredadas del orden colonial.
Los Piratas en Cartagena
Tabla de Contenidos Principal
Introducción
Cuadro primero. La venganza de un piloto (1544)
I
II
III
Cuadro segundo. El almirante corsario Francisco Drake (1586)
I
II
III
IV
V
Epílogo
Cuadro tercero. Los filibusteros y Sancho Jimeno (1697)
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
Epílogo
Cuadro quinto. La expedición del almirante Vernon (1738)
I. La oreja del capitán Jenkins
II. La declaración de guerra, 1739
III. El ataque a Portobelo
IV. Albertina de Leyva
V. En alta mar
VI. En Inglaterra
VII. Se reúnen las escuadras para atacar a Cartagena
VIII. Dentro de las murallas de Cartagena
IX. El castillo de San Lázaro
X. El asalto
XI. El desenlace de todo
Introducción
Índice
La envidia, la emulación y el odio que el gran poderío de España en el nuevo mundo despertó entre las demás naciones europeas, se había traducido por medio de ataques y vías de hecho: cosa natural en un tiempo recién emancipado de la barbarie y que acababa de salir de la época de transición llamada de la Edad Media. Aquellos ataques injustos contra España se pusieron en planta por ciertas asociaciones y compañías de piratas, corsarios, filibusteros, bucaneros y aventureros de diferentes naciones, y particularmente ingleses y franceses, los cuales, con el pretexto de auxiliar a sus gobiernos y reyes —casi continuamente en guerra contra España—, se dieron a robar los tesoros que llevaban de las colonias a la madre patria, cometiendo al mismo tiempo innumerables desafueros y cruelísimas acciones en los puertos hispanoamericanos, como podía temerse de malandrines sin Dios ni ley.
Establecidas aquellas asociaciones de piratas en varias islas de las Antillas, que habían logrado tomar por su cuenta, muy en breve se hicieron poderosos y temibles, y las expediciones que sus jefes enviaban contra la tierra firme causaban el espanto y el terror de los colonos, que jamás podían vivir tranquilos y seguros.
Señalaremos aquí muy de paso los nombres de las expediciones más importantes que atacaron las costas de los territorios que hoy forman la República de Colombia.
Los primeros que arruinaron las recién fundadas poblaciones de Santa Marta y Cartagena, en 1544, pertenecían a la nación francesa, y los historiadores españoles llaman a su jefe Roberto Baal o Bahal. Tras éstos vinieron los tolerados y enviados por la reina Isabel de Inglaterra, al mando de los Hawkins, padre e hijo, los cuales arruinaron a Nombre de Dios y a Río de Hacha. Después Francisco Drake atacó a Santa Marta, Cartagena,
