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No quiero pizza, quiero dinero: El lado oscuro de la cultura startup
No quiero pizza, quiero dinero: El lado oscuro de la cultura startup
No quiero pizza, quiero dinero: El lado oscuro de la cultura startup
Libro electrónico226 páginas2 horas

No quiero pizza, quiero dinero: El lado oscuro de la cultura startup

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¿Te pagan con "buen ambiente", cerveza gratis los viernes y promesas de cambiar el mundo, pero tu cuenta bancaria está temblando a día 20? Bienvenido a la estafa de la cultura startup.
Este no es otro libro aburrido de finanzas. Es tu manual de defensa personal contra el gaslighting corporativo. Si estás harto de escuchar que en la empresa "sois una familia" mientras te piden echar horas extra gratis, No quiero pizza, quiero dinero es la bofetada de realidad (y la herramienta) que necesitas.
Descubre cómo las mesas de ping-pong y las happy hours son estrategias diseñadas para camuflar salarios bajos y explotar tu pasión. Aprende a desactivar la bomba del burnout antes de que te estalle en la cara y, lo más importante, rompe el tabú del dinero.
Qué vas a conseguir con este libro:
? Guiones exactos para negociar tu salario sin miedo (literalmente, palabra por palabra).
? Detectar Red Flags: Identifica cuándo el "equity" o las stock options son papel mojado.
? Mentalidad de Tiburón Ético: Cómo pedir un aumento a los 6 meses basándote en datos, no en sentimientos.
? Finanzas para No-Financieros: Entiende tu nómina, el IRPF y crea un "Fondo de Libertad" para poder mandar a tu jefe a paseo cuando quieras.
Deja de conformarte con las migajas emocionales. Tu talento vale dinero, no porciones de pizza fría. Es hora de cobrar lo que te deben.
IdiomaEspañol
EditorialSin Filtro
Fecha de lanzamiento17 dic 2025
ISBN9791388151132
No quiero pizza, quiero dinero: El lado oscuro de la cultura startup

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    No quiero pizza, quiero dinero - Colectivo Sin Filtro

    Bloque 1: El espejismo 'cool': anatomía de la trampa startup

    Introducción: Bienvenidos al circo, crónica de una epifanía a base de pizza fría

    Eran las diez y media de la noche de un jueves cualquiera, aunque de «cualquiera» tenía poco. Llevábamos tres semanas inmersos en el lanzamiento de una nueva funcionalidad que, según nuestro CEO, iba a «revolucionar la industria». La oficina, normalmente un hervidero de llamadas y teclados frenéticos, estaba ahora sumida en un silencio denso, solo roto por el zumbido de los ordenadores y algún bostezo ahogado. El aire olía a café quemado y a una mezcla de ambición y agotamiento. Éramos jóvenes, éramos «disruptivos», éramos el futuro. O eso nos decían.

    De repente, la puerta se abrió con un golpe teatral. Era Marcos, el fundador, con una sonrisa que abarcaba más cara de la que tenía y una pila de cajas de pizza en los brazos. «¡Equipo, sois unas máquinas! ¡Cena por cuenta de la casa para recargar baterías!», exclamó con ese entusiasmo impostado de quien ha leído demasiados artículos en Forbes sobre cómo ser un líder inspirador. Hubo un murmullo de agradecimiento colectivo. En ese momento, la pizza parecía un gesto de camaradería, un reconocimiento a nuestro sacrificio. Nos sentimos parte de algo, una tropa en la misma trinchera.

    Me acerqué a la mesa de reuniones donde se habían depositado las cajas. Al abrir una, el olor no fue el de un queso fundido y glorioso, sino el de una masa tibia y un tomate algo ácido. La pizza estaba fría. No templada, sino inequívocamente fría. Probablemente llevaba una hora en el coche del repartidor. Cogí una porción de pepperoni, con el queso ya solidificado y pequeñas gotas de grasa anaranjada sobre los bordes acartonados. Volví a mi sitio y le di un bocado mientras revisaba una línea de código en mi pantalla.

    Y entonces, en medio de ese masticar desganado, me golpeó. No fue un pensamiento, fue una epifanía. Una revelación tan clara y contundente como el neón fluorescente que parpadeaba sobre mi cabeza. Miré a mi alrededor. Vi a mis compañeros, gente brillante y con talento, devorando pizza fría sobre sus teclados a las once de la noche. Estábamos sacrificando nuestra salud, nuestro tiempo libre y nuestras relaciones por un proyecto con un futuro incierto. ¿Y cuál era nuestra recompensa? Una pizza fría de oferta.

    En ese instante, hice un cálculo mental rápido. Mi sueldo, dividido entre las horas reales que trabajaba, arrojaba una cifra que rozaba lo insultante. Esa porción de pizza, que costaría quizá dos euros, era el pago por mis horas extra, por mi lealtad, por mi «pasión». Era un soborno barato para mantenerme callado y productivo unas horas más. Y me di cuenta de que no quería esa pizza. No quería ese sucedáneo de reconocimiento. Quería poder pagar mi propia cena, una cena caliente, en un restaurante, con mis amigos, a una hora decente. Quería que mi esfuerzo se tradujera en algo tangible, en algo que me diera seguridad y libertad.

    No quiero pizza, pensé con una rabia sorda. Quiero dinero.

    Ese fue mi despertar. El sabor amargo de esa pizza fría fue el sabor de la cultura startup despojada de su purpurina. Fue el momento en que comprendí que el futbolín en la esquina, las cervezas de los viernes y las frases motivacionales en las paredes no eran beneficios; eran herramientas de distracción. Eran el decorado de un circo diseñado para que los artistas, nosotros, siguiéramos actuando sin preguntar por el reparto de la taquilla. ¿Te suena esta historia? ¿Cuál ha sido tu «momento de la pizza fría»? Ese instante de lucidez en el que te das cuenta de que la fiesta es muy divertida, pero alguien más se está llevando el pastel.

    Aquella pizza fría no era solo una mala cena; era un símbolo. Era el telón que se rasgaba para mostrar la tramoya del escenario. Y una vez que ves lo que hay detrás, no puedes volver a mirar la función con los mismos ojos. Bienvenido al Gran Espectáculo, la producción más deslumbrante y rentable del mundo corporativo moderno: la cultura startup.

    El futbolín en la esquina, estratégicamente colocado junto a la máquina de café de grano, es el primer número. Es el trapecista que te distrae, que te hace pensar: ¡Qué guay es este sitio! ¡Aquí sí que saben cómo divertirse!. Te echas una partida rápida con un colega para desconectar del estrés de una entrega imposible. Quince minutos de risas y goles. Pero, ¿cuál es el truco? El truco es que son las ocho de la tarde y sigues en la oficina. El objetivo no es que te diviertas; es que asocies la oficina con el ocio, que difumines la frontera entre tu trabajo y tu vida hasta que desaparezca. Es un ancla psicológica diseñada para mantenerte dentro de esas cuatro paredes el mayor tiempo posible.

    Luego viene el número del mago: la nevera que se rellena sola. Llena de refrescos, bebidas energéticas, yogures y fruta. ¡Comida y bebida gratis! ¡Qué generosidad! Pero de nuevo, mira la mano que no estás viendo. Esa nevera elimina cualquier necesidad de salir a la calle. No tienes que ir al supermercado a por un snack, ni a la cafetería de enfrente a por un café decente. Es una transacción brillante para la empresa: te dan productos por valor de cinco euros para que tú les regales una o dos horas extra de tu tiempo, esas que perderías yendo y viniendo. Comes en tu escritorio, con la mirada fija en la pantalla, y vuelves al tajo. El mago ha convertido tu hora de comer en treinta minutos de productividad extra.

    Y para el gran final, el número de los payasos: las Happy Hours de los viernes y los eventos de team building. Son la apoteosis de la camaradería forzada. Se presentan como una recompensa, un momento para relajarse en familia. Pero no te engañes, sigues en el trabajo. Estás socializando con tu jefe y tus compañeros en un entorno controlado por la empresa, a menudo hablando del mismo trabajo del que se supone que estás desconectando. Es una forma sutil de control social, de reforzar la idea de que tu identidad y tus relaciones más importantes deben girar en torno a la misión de la startup.

    Seamos brutalmente honestos: el futbolín no paga el alquiler. La cerveza gratis no reduce la cuota de tu hipoteca. Y un puf de diseño, por muy instagrameable que sea, no cotiza para tu jubilación. Estos no son beneficios en el sentido estricto de la palabra. Los beneficios reales son un buen seguro médico, un plan de pensiones, formación pagada que te haga crecer profesionalmente y, sobre todo, un salario justo que refleje tu valor y te permita construir una vida fuera del trabajo. Lo demás es atrezo. Es el decorado del circo.

    Las startups más astutas han perfeccionado el arte de venderte cultura como si fuera compensación. Han creado un entorno tan divertido, una narrativa tan épica (estamos cambiando el mundo), que te sientes casi culpable por pensar en algo tan mundano como el dinero. Te han convencido de que pedir más sueldo es de ser un mercenario, alguien que no cree en el proyecto. Es una trampa psicológica extraordinariamente eficaz.

    Así que te invito a hacer un inventario. Mira a tu alrededor, en tu propia oficina o en la oferta que estás considerando. ¿Cuál es tu futbolín? ¿Cuál es tu pizza fría? ¿Es la mesa de ping-pong? ¿Los días de fruta? ¿El tobogán para bajar a la planta de abajo? Identificar el atrezo es el primer paso para dejar de actuar en el circo y empezar a dirigir tu propia carrera.

    Si el futbolín y la pizza fría son el atrezo del circo, la narrativa de la pasión es el guion que todos los actores se aprenden de memoria. Es el pegamento emocional que mantiene unido todo el espectáculo. Y el director de este circo, tu carismático CEO, tiene una frase estrella que repite hasta la saciedad, una frase tan cálida y reconfortante como peligrosa: Aquí no somos compañeros, somos una familia.

    Detengámonos un momento en esta afirmación. Suena bien, ¿verdad? Evoca imágenes de apoyo incondicional, de lealtad, de remar todos en la misma dirección por un bien común. Pero es, con diferencia, una de las mentiras más tóxicas del mundo corporativo. Una familia, la de verdad, no te despide porque los resultados del trimestre no han sido los esperados. Tu madre no te hace una evaluación de rendimiento semestral para decidir si sigues teniendo un sitio en la mesa para cenar. La relación con una familia es incondicional; la relación con una empresa es, y siempre debe ser, transaccional.

    Cuando un líder utiliza la palabra familia, no lo hace para ofrecerte seguridad, sino para exigirte un sacrificio. Es un chantaje emocional de manual. Si sois una familia, se espera de ti la misma devoción que tendrías por un hermano. Se espera que te quedes hasta tarde no porque te lo exija tu contrato, sino por lealtad a la familia. Se espera que aceptes un sueldo más bajo porque ahora mismo la familia tiene que apretarse el cinturón. Se espera que no te quejes, porque las quejas crean mal ambiente y en las familias, ya se sabe, los trapos sucios se lavan en casa.

    Esta manipulación se extiende a través de un vocabulario cuidadosamente diseñado para difuminar las fronteras profesionales. Te piden que te pongas la camiseta, una metáfora que implica que tu identidad personal y la de la empresa deben fusionarse. Te dicen que tienes que creer en la misión, sugiriendo que tu trabajo no es un simple intercambio de tiempo y habilidades por dinero, sino un acto de fe. Y si osas cuestionar algo o, peor aún, pedir una compensación justa por tu esfuerzo, de repente dejas de ser un creyente para convertirte en un mercenario. La culpa se convierte en una herramienta de gestión.

    ¿Por qué caemos en esta trampa? Porque explota nuestro deseo más profundo de pertenencia y de propósito. Especialmente cuando somos jóvenes, no solo buscamos un trabajo, buscamos una causa. Queremos sentir que lo que hacemos importa, que estamos cambiando el mundo. Y los fundadores de startups son maestros en vender esta epopeya. Te cuentan la historia del garaje, del sueño imposible, de la lucha contra los gigantes. Te invitan a ser parte de esa leyenda. El problema es que mientras tú pones la pasión y el sacrificio, ellos se quedan con las stock options y el control del capital.

    Así que la próxima vez que escuches la palabra familia en una reunión, haz sonar una alarma en tu cabeza. La próxima vez que te pidan un esfuerzo extra en nombre de la misión, pregúntate si esa misión se refleja de forma proporcional en tu nómina. Una empresa sana no necesita llamarse familia; le basta con ser un lugar de trabajo respetuoso, justo y profesional. Un lugar donde las expectativas están claras, el trabajo se reconoce con dinero y, cuando acaba la jornada, te vas a casa a estar con tu familia de verdad. La que no te va a despedir si no cumples tus objetivos.

    Si has llegado hasta aquí, es probable que algo de esto te resuene. Quizá no fue una pizza, sino un bono de regalo de cincuenta euros después de un trimestre de ventas récord. O una palmadita en la espalda del CEO mientras tú cancelabas por tercera vez consecutiva una cena con tus amigos. Todos tenemos un momento en el que el decorado se cae y vemos la cruda realidad del escenario. La pregunta es: una vez que has visto la tramoya del circo, ¿qué haces? ¿Sigues aplaudiendo o buscas la salida de emergencia?

    Este libro no es un panfleto para que mañana quemes la oficina y te lances a una vida de anarquía corporativa. Es algo mucho más útil y, a largo plazo, mucho más revolucionario. Es un mapa de escape. Y más que eso, es tu navaja suiza personal para navegar por la jungla de la cultura startup. Cada capítulo es una herramienta diseñada para un propósito específico, para que dejes de ser un extra en la película de otro y te conviertas en el director de la tuya.

    La primera herramienta es un abrelatas, uno diseñado para reventar el tabú más grande de todos: hablar de dinero. Vamos a desmontar la idea de que es de mal gusto o de mercenarios poner el sueldo sobre la mesa desde el primer día. Te daré los guiones exactos, palabra por palabra, para preguntar por la banda salarial en la primera llamada con Recursos Humanos. Aprenderás a anclar la negociación a tu favor y a responder a la temida pregunta ¿cuáles son tus expectativas salariales? sin infravalorarte ni pasarte de frenada.

    Luego sacaremos la lupa. Con ella, aprenderás a leer una oferta de trabajo como un detective. Desglosaremos qué es un beneficio real y qué es simple atrezo. Te enseñaré a calcular el valor total de una compensación, más allá del salario bruto anual. Y lo más importante, abriremos juntos una nómina. Sí, ese documento indescifrable que te llega cada mes. Entenderás de una vez por todas qué es el IRPF, por qué es importante lo que cotizas a la Seguridad Social y cómo detectar si te están aplicando las retenciones correctas. Se acabó el miedo a los tecnicismos; el conocimiento es poder, y en este caso, es dinero en tu bolsillo.

    También encontrarás un destornillador, porque tu carrera no es algo estático, necesita ajustes constantes. Te guiaré para preparar la conversación más incómoda para muchos: la petición de un aumento. Veremos cuándo es el momento adecuado, cómo construir un caso sólido basado en datos y resultados, y cómo negociar un no como respuesta para convertirlo en un plan de acción con objetivos claros para el futuro.

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