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Isabel de Baviera era una niña feliz, se sentía libre en su hogar rodeado de montañas y bosques. Apenas adolescente, un viaje a Viena en el que debía acompañar a su hermana Elena para conocer a su futuro marido, el emperador Francisco José, cambió su destino y el de la casa de Habsburgo para siempre. En lugar de Elena, Francisco se enamoró perdidamente de Isabel.
En su nueva vida en la corte austríaca, de rutinas asfixiantes, protocolos incomprensibles, una suegra hostil y conflictos diplomáticos que la tienen inesperadamente como protagonista, Sissi solo parece encontrar sosiego en largas cabalgatas por los jardines del palacio, lecturas a solas bajo los árboles florecidos y, claro, los brazos de su amado esposo.
Esta novela marca el inicio de una saga imprescindible: la de una joven heroína que luchará contra prejuicios y etiquetas hasta convertirse en un mito.
Marcel d'Isard
Fernando de Herrera (1534-1597) pasó toda la vida en su Sevilla natal. De origen humilde, estudió posiblemente en el colegio del humanista Rodrigo Fernández de Santaella, donde aprendería buen latín. No realizó estudios universitarios y obtuvo un beneficio eclesiástico en la parroquia de San Andrés, sin recibir órdenes mayores, cosa que le permitió gozar de una modesta renta y consagrar sus energías al estudio y la escritura. Formó parte del cenáculo intelectual de Juan de Mal Lara, uno de cuyos personajes clave fue Álvaro de Portugal, conde de Gelves, a quien también estuvo estrechamente vinculado. Publicó relativamente poco y es recordado por las Anotaciones a la poesía de Garcilaso de la Vega (1580), trabajo de enorme erudición, suma de poética y retórica al servicio de la elucidación del gran poeta toledano, y sobre todo por su propia colección poética, Algunas obras (1582), dechado de precisión clasicista y exquisitez lírica. Admiradores y amigos de Herrera, encabezados por el pintor Francisco Pacheco, publicaron en 1619 un grueso volumen de Versos del sevillano, muchos de ellos inéditos.
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Sissi - Marcel d'Isard
Marcel D’Isard
Sissi
Índice de contenido
I. Niñez en Baviera
II. Carta de Sofía, emperatriz de Austria
III. Planes y preparativos para el viaje
IV. Arribo al palacio de verano
V. Telegrama para el duque Maximiliano
VI. Un encuentro imprevisto
VII. Noticias de Sissi
VIII. Cita en el bosque
IX. Una encrucijada para la princesa
X. Cumpleaños en el palacio
XI. Cambio de planes
XII. Futura emperatriz de Austria
XIII. Amor fraternal
XIV. Visitas que traen gratas noticias
XV. Por las aguas del Danubio
XVI. Ultimando detalles con los más pequeños
XVII. De paseo por Viena
XVIII. Momentos previos a la boda
XIX. El banquete de compromiso
XX. Casamiento imperial
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Puntos de referencia
Portada
Portadilla
Legales
Tabla de contenidos
Página de legales
Título original: Sissi
Ilustración de tapa: Ángela Corti
Traducción y adaptación de textos:
Departamento Editorial de Grupo Editorial Planeta SAIC
Todos los derechos reservados
© 2025, Grupo Editorial Planeta S.A.I.C.
Publicado bajo el sello Emecé®
Ing. Enrique Butty 275, Piso 8, C1001AFA, C.A.B.A.
info@ar.planetadelibros.com
www.planetadelibros.com.ar
1.ª edición digital: noviembre de 2025
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto 451
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Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-950-04-4496-5
CAPÍTULO I
Niñez en Baviera
A mediados del siglo xix, la elegancia, el esplendor y el lujo dominaban los salones de la vieja Europa. Pero quizá el lugar donde más se concentraba esta grandeza era el Imperio austrohúngaro, en especial Austria, y más aún su capital: Viena, ciudad asentada en las mismas orillas del luminoso Danubio, nacido en la Selva Negra.
Era la época de los reinos de Sajonia y Prusia, de ducados como el de Brunswick, de los principados y las ciudades libres de Alemania, de Bohemia y Moravia, de Croacia y Bosnia dentro del Imperio austríaco. Un tiempo de reyes y emperatrices, de princesas y grandes duques, de condesas y mariscales, donde la etiqueta más estricta dirigía las costumbres de la alta sociedad.
En esos años, el duque Maximiliano vivía una vida tranquila en el palacio de Possenhofen, en la Alta Baviera, junto a su esposa, la duquesa Ludovica —hermana de la emperatriz Sofía de Austria— y sus ocho hijos.
En la Nochebuena de 1837 nació su tercera hija, una niña preciosa llamada Isabel, que con el tiempo se convertiría en una joven encantadora y a quien todos los que la conocían adoraban, especialmente su padre.
En el palacio de Possenhofen, ubicado a unos treinta kilómetros de Múnich, Isabel y sus hermanos pasaron sus primeros años rodeados de naturaleza y libertad, lejos de las estrictas normas de la capital. Estaba a orillas del lago Starnberg, en una pradera tranquila, rodeada por los montes Wetterstein y Zugspitze, que tenían picos cubiertos de nieve casi todo el año.
El duque Maximiliano era un hombre sencillo y amable. Aunque pertenecía a la familia que gobernaba Baviera, no le gustaban las diferencias sociales y siempre abría las puertas de su palacio para recibir a quien quisiera visitarlo, incluso a la gente más humilde.
La esposa de Max, como lo llamaban todos, era la duquesa Ludovica, hermana del rey Luis I de Baviera. Como buena dama de sangre noble, se preocupaba por la educación de sus hijos y por enseñarles las normas sociales que ella misma había aprendido desde pequeña.
Sin embargo, la personalidad de Max, que a pesar de su título prefería pasar el tiempo cazando, pescando o escribiendo poesía, marcó mucho a sus hijos. Él los animaba a seguir su deseo y a disfrutar de la vida al aire libre. Solo Elena se preocupaba por seguir las normas sociales sin falta, y por eso, desde pequeña se ganó un lugar especial en el corazón de su madre.
Cada verano, la duquesa Ludovica solía viajar al extranjero con varios de sus hijos.
En 1848 visitó Austria junto a las princesas Elena e Isabel, y los príncipes Luis y Carlos Teodoro.
En Innsbruck, la duquesa Ludovica se encontró con su hermana Sofía, que estaba casada con el archiduque Francisco Carlos, heredero del trono del Imperio. Sofía había viajado con sus tres hijos: Francisco José, Maximiliano y Carlos Luis. En ese momento, Francisco José, el mayor, tenía dieciocho años.
Como la hija mayor de Ludovica, Elena, tenía solo trece, el archiduque apenas le prestó atención. Tampoco se fijó en Isabel, que tenía once. En realidad, Francisco estaba más concentrado en la política de su país: ese verano había estallado una revolución en Francia que había acabado con la monarquía de Luis Felipe.
En cambio, su hermano menor, Carlos Luis, sí mostró mucho interés por Isabel. Le regalaba ramos de flores y otros pequeños obsequios, y siempre buscaba estar a su lado. Isabel tenía un carácter alegre y espontáneo que llamaba la atención de todos en la corte, y Carlos Luis se encariñó con ella.
Cuando el viaje terminó y los dos tuvieron que separarse, mantuvieron viva su conexión a través de cartas y algunos regalos. Querían demostrar con ellos su intención de no separarse jamás. Pero como Carlos Luis tenía solo quince años e Isabel apenas once, el idilio no duró demasiado. Sus cartas se fueron distanciando, hasta que se interrumpieron por completo.
En el invierno de ese mismo año, Francisco José ocupó el trono austrohúngaro. Su padre, Francisco Carlos, que era el legítimo heredero, había renunciado a sus derechos, así que poco después de haber compartido una temporada en Innsbruck con sus primas Elena e Isabel, se había convertido ahora en emperador.
Mientras tanto, en Baviera, la familia del gran duque Maximiliano vivía su vida en paz y sin preocupaciones. Los duques se querían de verdad, aunque tenían sus diferencias.
Lo que más los enfrentaba eran sus ideas sobre las normas sociales: Max era sencillo y espontáneo, y aunque no renegaba de su título, tampoco era muy aficionado a las etiquetas exageradas, de las cuales huía por completo en su casa. Eso a Ludovica no le hacía mucha gracia, sobre todo cuando notaba que los niños seguían el ejemplo de su padre. Como cualquier madre, la duquesa pensaba en el futuro de sus hijos.
—Por Dios, Max —exclamaba la duquesa durante algunas comidas—, si tú no usas los cubiertos para comer salchichas, ¿qué quieres que hagan los pequeños?
—Pues, simplemente, comer salchichas —contestaba Max con una amplia sonrisa.
—¡Eres terrible! —comentaba su esposa, mientras los pequeños, con una salchicha en cada mano, comían felices.
La infancia de los hijos de los duques de Baviera transcurría entre la sencillez y calidez de Maximiliano y la constante atención de la duquesa a las normas sociales. Pero a pesar de esas diferencias, eran muy unidos, y el ambiente en la casa no podía ser más armonioso. Todos disfrutaban de pasar tiempo juntos y compartir esos pequeños momentos de la vida cotidiana que con el tiempo pasan a ser los mejores recuerdos de la vida en familia.
Con el correr de los años, la princesa Elena se fue convirtiendo en una joven elegante, buena y considerada, capaz de participar en toda clase de reuniones con el máximo refinamiento. Nené escuchaba con atención los sabios consejos de su madre y era un orgullo para Ludovica.
Isabel, en cambio, mostraba otro espíritu. Alegre, curiosa, con una energía contagiosa y un amor enorme por la naturaleza, era la preferida de su padre. Tenía un don para conseguir de él lo que quería, y sus hermanos lo sabían: cuando necesitaban algo, siempre le pedían a ella que intercediera ante Max.
En la región donde vivía, todos amaban a Isabel, y la llamaban con cariño Sissi, que era el apodo que le habían puesto en su casa.
Sissi era una joven hermosa, que montaba a caballo con destreza incomparable y acompañaba a su padre tanto en sus excursiones de caza por el bosque como en las tranquilas jornadas de pesca en el lago.
Sus ojos claros reflejaban todas las bellezas de la naturaleza: el azul del cielo y el verde de los valles. Su rostro, de líneas perfectas, estaba enmarcado por una larga cabellera color caoba, que realzaba su belleza tanto cuando caía suavemente sobre sus hombros como cuando flotaba al viento. Su aspecto risueño, unido a un carácter sincero, le ganaban la simpatía de todos los que la conocían. Además, al igual que su padre, siempre estaba dispuesta a entablar conversación, y trataba con la misma atención y respeto tanto a la nobleza como a los criados.
Sissi también amaba a los animales y los cuidaba con dedicación. En el parque de Possenhofen tenía un ciervo que había rescatado. Mandó a construir un corral para él y lo alimentaba con mamadera. El ciervo solo quería comer con ella, y Sissi no dudaba en sentarse en el suelo para alimentarlo. También tenía muchos pájaros de distintas especies, conejos blancos, gallinas y un cordero. Eso, además de su amado caballo y sus tres perros, que la seguían adonde fuera.
Cuando cumplió dieciséis años, mostraba el mismo carácter alegre y espontáneo de su infancia. Seguía participando de excursiones de caza y pesca, y montando a caballo con libertad. Esto último preocupaba mucho a su madre, sobre todo cuando galopaba a toda velocidad por los prados y valles, haciendo saltar al caballo sobre arbustos, piedras, ramas y cualquier otro obstáculo que se interpusiera en su camino.
Sissi disfrutaba de esa libertad salvaje que también incluía nadar en el lago Starnberg. Seguía cuidando a sus animales con esmero, a pesar de que, algunas veces, eso significaba dejar de lado otras obligaciones, como sentarse a la mesa a la hora exacta (algo que casi nunca lograba).
En resumen, a la princesa no le parecía nada raro que sus hermanitos comieran las salchichas como lo hacían, porque, cuando quería, ella también lo hacía así.
El conde Maximiliano estaba encantado con su hija y jamás le hacía el menor reproche. Al contrario, la elogiaba sin cesar, especialmente cuando Sissi demostraba su habilidad sobre el caballo.
—Muy bien, hija mía —le dijo un día el duque cuando la vio desmontar con destreza—. Estoy
