30 años de amor y dulzura: Una historia de amor, emprendimiento y tenacidad
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30 años de amor y dulzura - Natalia Eugenia Hoyos Sepúlveda
PRIMERA PARTE
Osadía
ENCENDER SUEÑOS EN MEDIO DE LA OSCURIDAD
(1994-2004)
1. La casa de doña Maruja,
una historia del barrio Buenos Aires
En los años noventa del siglo pasado, la casa de doña Maruja y de su esposo Enrique Zuluaga, ubicada en el barrio Buenos Aires, grande y espaciosa, era el hogar de una familia extensa que, como buenos paisas, compartía allí la vida de la que ella, Maruja Aristizábal, era el centro. Su esposo don Enrique, ya jubilado, su hijo Ricardo Alonso y dos de sus hermanas aún jóvenes, giraban en torno a su habilidad para solucionarlo todo, para cocinar, para ser buena amiga y vecina; habilidad que se multiplicaba cuando llegaban los pedidos de su bizcocho negro de novia
–el de los bautizos, primeras comuniones y matrimonios– que sus amigas y conocidos le encargaban, porque era delicioso. Eran pocos encargos que se incrementaban por temporadas cuando se celebraban las Primeras Comuniones.
Foto 1: Alonso Zuluaga, celebra su primer año de vida con una torta preparada y decorada por doña Maruja.
Archivo familiar.
En esos tiempos, y como una tradición que aún se conserva, la receta heredada de la culinaria británica y difundida por toda América Latina, el bizcocho negro se reservaba para los momentos de celebración, se decoraba con el fondant blanco y con los motivos para adornarlo, todos realizados con azúcar blanca. Adobado con especias, frutas y nueces maceradas en licores fuertes, perfumado por días con vino de oporto, su olor se ha quedado por generaciones en la memoria como recuerdo de los días dulces de la vida. Buenas reposteras de Medellín fabricaban bizcochos, cada una con su particular receta, y hacían de esta industria una entrada más para el hogar.
El barrio Buenos Aires se conocía en Medellín, entre otras cosas, por las tortas negras que fabricaba la señora Teresita y que vendía en su casa. Una torta muy ligera, de buen precio y muy demandada. Alonso, el hijo adolescente de doña Maruja vio en ello una oportunidad. Por eso, se propuso equilibrar la receta y juntos experimentaron con la fórmula hasta dar en el clavo: nació la torta negra envinada, una torta más ligera en ingredientes, pero que conservó sus características de torta casera para celebraciones, económica y sabrosa.
Los vecinos, tal vez atraídos por el olor irresistible, se allegaban a la casa de Alonso y de doña Maruja para encargar la torta envinada. Alonso se apersonaba de revolver a mano la mezcla y de hornearlas en el pequeño y viejo horno de la casa. En ese entonces les pedían un promedio de diez tortas a la semana. Alonso estudiaba Sistemas en el CESDE y colaboraba con la preparación de las tortas, pero no solo en eso debía apoyar a su madre: doña Maruja también proveía pasantes y comida para fiestas, administraba una pequeña industria de confecciones de unos familiares que funcionaba en los cuartos de atrás y en la terraza de la casa; en fin, doña Maruja era incansable.
TORTA NEGRA ENVINADA
Es una torta tipo bizcocho, horneada con un alto contenido de frutas como brevas, pasas, coco y frutos secos, como las nueces del Brasil. Lleva color de caramelo o dulce quemado, esencias y su doble proceso de envinado la hacen de calidad superior a las que se encuentran en el mercado. Por su suave y compacta textura permite ser porcionada en tajadas que no se desmoronan; su envinada está en el punto justo. De igual manera por su alto contenido de frutas es especial para celebrar y acompañar las diferentes festividades navideñas.
TORTA NEGRA ENVINADA2. Buenos Aires, buenos aromas
Buenos Aires, uno de los barrios más tradicionales de Medellín y uno de los más antiguos, está ubicado en el oriente de la ciudad. Su origen se remonta a hace más de cien años, cuando en los solares de guayabos donde se asentaban unas cuantas fincas, don Modesto Molina comenzó a vender lotes a personas que, en su mayoría, provenían del Oriente del departamento de Antioquia. Durante los años cincuenta del siglo XX, el centro del barrio se consolidó como lugar de viviendas de familias de clase media y alta, que dejaron su huella en imponentes casas quintas a lo largo de la calle Ayacucho; y, también, fue asentamiento de familias de obreros, debido al auge del desarrollo industrial de la ciudad. Pueden verse aún algunas de las casonas aristocráticas, oír el fantasma del viejo tranvía de Medellín que palpita en el nuevo, de líneas contemporáneas.
Foto 2. Calle Ayacucho y vista lateral de la Iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, más conocida como Iglesia de Buenos Aires.Foto 2. Calle Ayacucho y vista lateral de la Iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, más conocida como Iglesia de Buenos Aires.
Foto Robinson Henao. Cortesía del periódico Vivir en El Poblado.
El barrio conservaba, para los inicios de los noventa, mucho de lo que había sido la vida tranquila de la década de los cincuenta: vecinos que se conocían desde la infancia, juegos en la calle, la vida de la parroquia alrededor de su bella iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón (1902) de estilo neogótico; los cafés, los viejos bares de siempre; el precioso claustro en donde funcionaba, y aún los hace, la Normal Antioqueña de Señoritas…
Rodeado de barrios como Loreto, La Toma, Enciso y El Salvador, no fue ajeno sin embargo a la violencia que había exacerbado el narcotráfico en Medellín y en el país. Sus habitantes enfrentaban los problemas de desempleo, la rápida proliferación de hogares que quedaban a cargo de las mujeres, el embarazo adolescente y la falta de oportunidades laborales para los más jóvenes, muchos de quienes encontraron en el negocio de las drogas una salida y un destino.
Foto 3. Casaquinta en Buenos AiresMedellín. Foto de Reinaldo Espitaleta. https://spitaletta.wordpress.com/tag/el-salvador/Foto 3. Casaquinta en Buenos AiresMedellín. Foto de Reinaldo Espitaleta. https://spitaletta.wordpress.com/tag/el-salvador/
3. La niña que llegó del pueblo
Natalia Hoyos llegó al barrio desde Abriaquí, –en donde había nacido hacía veinte años, en el seno de una familia campesina–, en búsqueda de un mejor destino. Había terminado su bachillerato en su pueblo y quería trabajar para seguir estudiando. Era el año de 1989. Tal vez porque la vida sabe lo que hace, llegó recomendada a vivir y a trabajar en la casa de doña Maruja y de Alonso. Era una jovencita menuda y de apariencia frágil, pero con una voluntad y un carácter inquebrantables, una voluntad que ha demostrado toda su vida.
Foto 4. Natalia Eugenia Hoyos Sepúlveda, el día de su grado como Secretaria de Gerencia. Diciembre de 1989. Archivo personal.Foto 4. Natalia Eugenia Hoyos Sepúlveda, el día de su grado como Secretaria de Gerencia. Diciembre de 1989. Archivo personal.
En la casa de doña Maruja, Natalia ocupó el cuarto con baño que quedaba en la terraza junto al taller de corte; trabajaba en los oficios domésticos, ayudaba en la fábrica de confecciones, con las tortas y estudiaba por las tardes Secretariado de Gerencia, de la que se graduó en el Instituto América. Poco a poco, se fue haciendo parte de la familia y ganándose el cariño de todos.
Dice Natalia:
Llegué a vivir a la casa de la señora Maruja, una mujer de estatura mediana, robusta, de pelo corto gris plateado por las canas, piel color canela; rondaba los cuarenta y cinco años y siempre estaba bien arreglada, muy activa y enérgica. Muy extrovertida, de hablar estridente y alegre, llevaba una vida social muy agitada rodeada de sus amigas de toda la vida, pasaba las tardes tejiendo, tomando el algo y conversando, sabía hacer muchas cosas: tejer, coser, cocinaba deliciosos platillos o recetas típicas y todo le quedaba delicioso. Además, hacía bizcochos de novia para ocasiones especiales de sus familiares y amigos, los vendía, así como algunos pasabocas para fiestas y reuniones. La casa era grande, rentada. Como la mayoría de las casas del barrio, a la vez era un taller de confecciones de ropa interior, que ella administraba a unos familiares y socios del negocio. Había además una terraza grande con una habitación pequeña que era donde yo habitaba y dormía las pocas horas que me quedaban de descanso, después de trabajar en los oficios domésticos de la casa, para ganarme la vivienda y la habitación; trabajar como patinadora, entregaba a cada operaria las prendas organizadas para que pudieran continuar el proceso de costura en el taller, ayudaba a inventariar las prendas; luego ir a estudiar y volver a casa a seguir con los oficios domésticos durante la noche para poder enviarle a mi mamá un mercado para la casa
.
Entretanto, la fabricación y venta de las tortas envinadas, con su receta más equilibrada, se habían convertido en una actividad a la que Alonso no le veía salida económica: a duras penas les daba para hacerlas y venderlas, pero no les quedaban más que carreras y deudas.
Cuenta Alonso:
Yo trabajaba bien duro todo el día en el carro de mis papás, un R4; unos tres o cuatro viajes, pero lo que hacía con el carro, se lo tenía que meter a las tortas. Confieso que mi sueño era montar una empresa de banquetes o manejar un camión por toda Colombia. Le ayudaba y apoyaba a mi mamá, pero no me daba. Y es que no sabía que, comprando los materiales al menudeo, eso no me salía. Mi mamá me decía: ‘Hágalas que cuando la gente nos compre más, podemos comprar más libritas de harina’. Fueron los amigos los que me orientaron y me alentaron para que guardara un poco del dinero de las ventas para que comprara un bulto de harina, una caja de grasa y no una o dos libras de mantequilla. Yo compraba y fiaba en el granero de a librita de todo y eso así no da. Entonces empecé a comprender que de pronto el negocio de las tortas en la casa, comprando los ingredientes al por mayor y por cajas, sí podría dar alguna cosa. Yo no pensaba entonces en empresas ni nada, solo en venderlas y ganarles, poder subsistir de ese negocio en la casa
.
Foto 5. El bizcocho negro decorado con fondant. Una tradición que ha permanecido en la empresa hasta el día de hoy. 2024. Archivo tdg.
El día del grado de Natalia como secretaria de Gerencia, 15 de diciembre de 1989, habían asesinado al capo del cartel del narcotráfico de Cali, Gonzalo Rodríguez Gacha. Por eso tuvieron que llegar al recinto del Concejo de Medellín en bus, pues, cuenta ella, no se conseguía taxi
.
Foto 6. Grado de Natalia Hoyos (de vestido azul) en el recinto del Concejo de Medellín. A la derecha, y de vestido rosado, está su amiga Berenice Giraldo, quien trabajó con tdg, y falleció cuando se habían trasladado a la sede de Los Colores. 1989. Archivo personal.
Ya egresada como secretaria, buscó empleo y lo encontró: un taller de mantenimiento de máquinas de escribir y calculadoras que atendía a empresas tan importantes como el SENA, Bancoquia, el Seguro Social, EPM, Banco de Occidente, Banco Popular, Bazar Americano, entre otras. Además, seguía ayudando en la casa y adelantaba estudios en Tecnología de Sistemas los sábados en el CESDE. A fuerza de
