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Almanaque 2024 (Ínsula n° 940, abril de 2025)
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Libro electrónico158 páginas1 hora

Almanaque 2024 (Ínsula n° 940, abril de 2025)

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Almanaque 2024 (Ínsula nº 940, abril de 2025)

- José BELMONTE SERRANO / Narrativa española del 2024: los amos de la pista
- Ángel Luis PRIETO DE PAULA / La poesía en 2024: una aguja en el mar de los Sargazos
- Clara MONZÓ RIBES / Panorama teatral del 2024: lo que se ve y lo que se lee
- Davide MOMBELLI / Ensayismo y estudios literarios: manifestaciones últimas
- Jordi CERDÀ SUBIRACHS / Estudios literarios de la Edad Media
- David GONZÁLEZ RAMÍREZ / Rosa de los vientos de la tradición áurea
- Dolores THION SORIANO-MOLLÁ / Los frutos de un rico legado: la literatura de los siglos XVIII y XIX
- Maria DASCA / La literatura catalana durante 2024
- Dolores VILAVEDRA / La literatura gallega en 2024
- Jon KORTAZAR / La literatura en lengua vasca en 2024
- Selena MILLARES / América, aún fábula de fábulas
- Paco GARCÍA BARCOS / Ilustraciones
IdiomaEspañol
EditorialEspasa
Fecha de lanzamiento16 abr 2025
ISBN9788467077131
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    Almanaque 2024 (Ínsula n° 940, abril de 2025) - AA. VV.

    JOSÉ BELMONTE SERRANO / NARRATIVA ESPAÑOLA DEL 2024: LOS AMOS DE LA PISTA

    Nota: este artículo empieza en la página 2 de la edición en papel. El número entre corchetes [ X] corresponde a la página de esa edición

    A la vista de lo aparecido durante el 2024, con una abundante cosecha de libros escritos con buen tono y que, en ciertos casos, ronda la excelencia, imaginamos que los jurados del Premio de la Crítica, así como el del Nacional de Narrativa, lo van a tener harto difícil en sus escrutinios y deliberaciones. Es verdad que no hay tantos «mirlos blancos» como ciertos críticos, cegados por el entusiasmo, aseguran, pero sí podemos contar con títulos que le han dado vida y colorido al ilusionante panorama literario de la pasada temporada.

    Títulos que llamaron la atención de la crítica como La península de las casas vacías, obra escrita por un joven, casi desconocido, llamado David Uclés, alumbrado en 1990 en tierras de Mágina, las mismas que las de su paisano Antonio Muñoz Molina; y Los escorpiones, de la más joven aún Sara Barquinero (1994). Tampoco han pasado inadvertidos otros de no poca relevancia como Perro negro, del malagueño Miguel Ángel Oeste; Mosturito, del también andaluz Daniel Ruiz, que, según Isaac Rosa, es «un prodigio de oralidad sevillana»; Las fieras, de Clara Usón, que es una nueva y flamante vuelta de tuerca a esos asuntos relacionados con el terrorismo etarra, tras abrir la espita, la puerta prohibida, autores como Aramburu y Edurne Portela en los años precedentes, y, finalmente, la aportación no menos valiosa del gallego, afincado en las Islas Baleares, Agustín Fernández Mallo con su Madre de corazón atómico, que ha dejado de ser un título que hace referencia a la música de Pink Floyd (Atom heart mother) para convertirse en carne de literatura que sabe a algo más que a simple ternera. Volveremos a ello.

    Luis Martín-Santos cumple cien años

    Así está el panorama. Pero no es lo único en este año, en el que se celebra el centenario del nacimiento del vasco Luis Martín-Santos (Larache, Marruecos). Ha estado a la altura de las circunstancias, en el sitio en que tenía que estar, la editorial Galaxia Gutenberg, que se ha encargado de editar meticulosamente en tres volúmenes, bajo dirección de Domingo Ródenas de Moya, sus obras completas, que incluyen abundante material adicional a Tiempo de silencio y Tiempo de destrucción. El primer volumen está dedicado a la narrativa breve; el segundo recoge Libertad, temporalidad y transferencia en el psicoanálisis existencial, y el tercero lo componen las novelas inéditas, de índole alegórica y agonismo existencial, El vientre hinchado y El Saco. Una de las secciones del primer volumen ofrece los microrrelatos de El amanecer podrido, que había salido en primera instancia en 2020, como un proyecto ideado al alimón por dos grandes amigos: Martín-Santos y Juan Benet, a quien, por lo que vimos plasmado hace unos años en la biografía del primero escrita por José Lázaro, no le hacía demasiada gracia que, con una sola novela, Martín-Santos tuviera mejor acogida y mayor repercusión que él. En la foto de cubierta de aquella edición, Benet y MartínSantos —el ilustre ingeniero y el no menos insigne doctor en Medicina— sonríen a la cámara y festejan con una copa el hecho de estar vivos, aunque la suerte se torciera muy poco después para uno de ellos. En Tiempo de libertad (Galaxia Gutenberg) se ofrecen textos y documentos complementarios, entre ellos los procedentes de la exposición-homenaje llevada a cabo por la Biblioteca Nacional y el Museo San Telmo de San Sebastián. Súmese a ello el monográfico de esta revista (n.º 936, diciembre de 2024), también a cargo de Domingo Ródenas de Moya.

    El «año Martín-Santos» tiene, como todo en la vida, su cara oculta, su lado menos favorecido en este festejo. La editorial Seix Barral, que siempre ha apostado por la carrera literaria de Martín-Santos, ha sacado a la luz una «Edición conmemorativa» del centenario con la única novela finalizada, Tiempo de silencio, con prólogo —más que prólogo, parece el inicio de otra de sus novelas, que giran siempre sobre el mismo eje sin desviarse una micra— de Enrique Vila-Matas, quien, como suele ser habitual en él cuando aborda parecidos casos, apenas habla de la novela, apenas se refiere al autor, al margen de un par de frases que podrían calificarse de ocurrentes, sino a sí mismo: yo y mi circunstancia. Con todo, la mejor noticia es que la novela de Martín-Santos, que revolucionó la literatura española de los años sesenta, sigue intacta, con ese lenguaje rico y barroco tan difícil de descifrar para un lector con mucha prisa, pero repleto de frases para subrayar y de críticas apenas veladas contra el garrulismo torticero de la época.

    Los amos de la pista

    Los viejos maestros nunca mueren, y con sus voces, aún firmes y templadas, animan el cotarro y predican con el ejemplo. Luis Mateo Díez, José María Merino —ambos pertenecientes a la vieja guardia leonesa—, Manuel Vicent y Eduardo Mendoza, que sigue empecinado en su línea sarcástico-humorística, con una media que roza los ochenta y cinco años, han demostrado estar en forma, quedarles mecha para rato con textos que están a la altura —o casi— de lo que se puede esperar de ellos. Mendoza, con Tres enigmas para la Organización (Seix Barral), que va más por la línea de Mortadelo y Filemón, lo cual tampoco es un mal camino, apuesta por el humor, con escenas de marcado color surrealista, que tanto divierten a sus muchos lectores que, en su mayoría, ya no recuerdan que fue el autor de La ciudad de los prodigios y, mucho más alejada en el tiempo, La verdad sobre el caso Savolta, palabras —y obras— mayores. Por su parte, el más veterano de este grupo de sabios incombustibles, el valenciano Manuel Vicent, que ya roza los noventa años, vuelve a las andadas, en la línea memorialista de Tranvía a la Malvarrosa, con Una historia particular (Alfaguara). Y tan particular, porque, como sucede en la famosa película de David Lynch, se trata de una historia verdadera, con frases para enmarcar, y donde pone de manifiesto las locas y apasionadas aventuras de su juventud, con ese humor entre cervantino y quevedesco que tanto nos divierte. Relata desde su primera sensación de poderío, al ser [ 3] dueño de un flamante balón de reglamento, hasta sus iniciales pasos en el mundo de la literatura, con finos retratos de la época, sin olvidar el drama que se apunta en estas páginas, y que no es otro que su infructuosa lucha contra el tiempo, por recobrar, al modo de Proust, el ya perdido.

    Luis Mateo Díez se decanta, sin embargo, por aquella vieja canción del anuncio del ColaCao, en los tiempos de la tele en blanco y negro, con su novela El amo de la pista (Alfaguara). Lo de siempre y con el mismo ímpetu de siempre: imaginación desbordante, interpretación grotesca de la realidad, humor a raudales e hipérboles de raigambre valleinclanesca, amén de personajes, de nombres tan raros como siempre, a los que desearía adoptar cualquier lector: Cirro Cobalto, la tía Calacita, don Centeno y Cantero, al que se le amontona el trabajo y mete la pata constantemente.

    El relato breve, que tanta importancia tuvo en la generación de los nacidos en los años cuarenta del siglo pasado, también tiene cabida con títulos tan curiosos como Yo y yo en breve (Alfaguara), de José María Merino: textos breves, concentrados, en donde se aprecian las habituales armas de su autor, que incorpora a su nómina nuevos y modernos temas, como la tan traída y llevada Inteligencia Artificial. Merino, no haría falta decirlo, es un verdadero maestro a la hora de (con)fundir la ficción con la realidad, lo que supone todo un fino ejercicio literario solo al alcance de unos pocos.

    Ya que hablamos de relatos breves, no menos apreciables son los libros de cuentos de Clara Morales (Ya casi no me acuerdo, Tránsito), Pedro Ugarte (Un lugar mejor, Páginas de Espuma) y Manuel Moyano (La versión de Judas, Talentura). Trece relatos, en el caso de Morales, que apelan a la memoria y no rehúyen la dureza de sus temas. Son cuentos sugerentes en los que se aprecia la sensibilidad y la delicadeza de la autora a la hora de tratar asuntos de hondo calado. Con un lenguaje sencillo, sin apenas complicaciones y con diálogos bien construidos, Pedro Ugarte deja a la vista la acción erosiva del tiempo cuando trata de los sentimientos, si bien apuesta por la esperanza frente a la desolación. A la vista quedan las huellas de Kafka y Borges. Moyano, finalmente, sigue fiel a su inspiración fantástica y a la unidad estilística con unos cuentos muy bien resueltos y escritos con esmero y elegancia.

    Una mujer sabia y misteriosa

    Sostiene Reverte. Y Luis Landero. El de Alburquerque, en La última función (Tusquets), con su prosa limpia y sugerente, con su lenguaje sencillo, evocador y algo poético, vuelve a sus habituales criaturas —Ernesto Gil, Tito, el niño prodigio capaz de hipnotizar con su voz, Rufete, Galindo, Blas—, que, con su eterno afán, ay, el afán, parecen extraviadas en un mundo que se diría hecho para ellos. Landero resuelve magistralmente los diálogos y sale airoso de las situaciones más complejas que le plantea la trama. El teatro, el más modesto de todos los teatros, es el elemento fundamental en esta ocasión, con sorprendentes imágenes, como la pormenorizada descripción de un melancólico día de lluvia. ¿Dónde está

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