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Misceláneo (Ínsula n° 888, diciembre de 2020)
Misceláneo (Ínsula n° 888, diciembre de 2020)
Misceláneo (Ínsula n° 888, diciembre de 2020)
Libro electrónico269 páginas2 horas

Misceláneo (Ínsula n° 888, diciembre de 2020)

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Misceláneo (Ínsula n° 886, octubre de 2020)
Misceláneo, diciembre 2020
Santos SANZ VILLANUEVA / Joaquín Marco: vida cumplida de un poeta, editor, crítico e historiador de la literatura
Katerina VALENTOVÁ / Del hombre-máquina a la máquina hombre: el maquinismo en La desheredada de Galdós y el poshumanismo en Máquinas como yo de McEwan
Laurie-Anne LAGET / De Greguerías a Brouhahas: traducir el funambulismo verbal ramoniano
Laureano BONET / Jaime Gil de Biedma y Elaine Kerrigan: nuevos papeles inéditos
Arantxa FUENTES RÍOS / Desde extramuros: el epistolario de J.A. Valente con el hispanismo norteamericano
Daniel MESA GANCEDO / Showtime. Una guía (probablemente ya desactualizada) del relato de espectáculo en Hispanoamérica
Pura FERNÁNDEZ / Letras en tránsito: Pepa Novell o Magma editorial soy yo
José María FERRI COLL / Literatura y nación
José TERUEL / Américo Castro y J.Jiménez Lozano: historia de una correspondencia
Josefa ALVÁREZ / Juan José Lanz: la poesía, documento histórico
Juan MATAS CABALLERO / Las primeras voluntades de J.M. Micó
Rocío BADÍA FUMAZ / Certidumbre y símbolo: Jardín Gulbenkian de Juan Antonio González Iglesias
Joaquín FABRELLAS / El ingrávido sosiego. Sobre Libro de la Confusión de F.Ferrer Lerín
Ángel BASANTA / Somos lo que elegimos recordar: Alfons Cervera
Rebeca MARTÍN / Dos trampantojos: Un amor de Sara Mesa y La forastera de Olga Merino
Teresa IRIBARREN / Intertextualidad, subjetividad y violencia en Irene Solà
Miguel D'ORS / En sus propias palabras
IdiomaEspañol
EditorialEspasa
Fecha de lanzamiento22 dic 2020
ISBN9788467061451
Misceláneo (Ínsula n° 888, diciembre de 2020)

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    Misceláneo (Ínsula n° 888, diciembre de 2020) - AA. VV.

    KATEŘINA VALENTOVÁ / DEL HOMBRE-MÁQUINA A LA MÁQUINA HOMBRE: EL MAQUINISMO EN LA DESHEREDADA DE GALDÓS Y EL POSHUMANISMO EN MÁQUINAS COMO YO DE MCEWAN

    ÍNSULA 888

    DICIEMBRE 2020

    Imagen 05

    Nota: este artículo empieza en la página 5 de la edición en papel. El número entre corchetes [ Imagen 00 X] corresponde a la página de esa edición

    La rápida expansión del comercio y la industria que trajo consigo la Revolución Industrial grabó profundamente el carácter de la literatura de mediados del siglo XIX, marcada por sensibilidades estéticas de signo diverso, pero todas requeridas por el nuevo orden capitalista. Las grandes ciudades se convierten en escenario dilecto de las novelas realistas, y en ellas aparecen nuevos personajes surgidos de la clase trabajadora, testimonios o víctimas de los rápidos cambios. Se construyen numerosas fábricas, la producción en cadena es una nueva forma de organización y toda la industria crece exponencialmente, pero en detrimento de la calidad de vida de los más pobres, empujándolos a las periferias de las grandes ciudades. El hombre-máquina se convierte en un nuevo arquetipo literario, una figura metafórica que testifica las consecuencias sociales de una sociedad progresivamente sumergida en un nuevo sistema económico y político. Por otro lado, nuestra sociedad actual, en una nueva fase del régimen capitalista, se ha vuelto más global y más cosmopolita. El progreso tecnológico avanza rápidamente en muchas direcciones, no siempre concordantes, y trae consigo nuevos e interesantes temas para la dicotomía del hombre versus la máquina, un conflicto narrativo que se mantiene privilegiado en la literatura. Una importancia comparable a la que tenía la locomotora en el siglo XIX, la adquiere la inteligencia artificial para nuestra sociedad. En este artículo se trata el fenómeno de la maquinización del hombre, ejemplificando esta tendencia con la novela de Benito Pérez Galdós La desheredada (1881) y, por otro lado, la humanización de la máquina en la novela contemporánea Máquinas como yo (2019) de Ian McEwan, desde la perspectiva de los estudios poshumanísticos.

    Imagen 06

    Al margen de que sus adeptos hayan exagerado el caso, debemos a Foucault un importante golpe de efecto contra los alentadores y tradicionales tópicos del humanismo de la época renacentista; desde que este autor francés proclamó con énfasis la muerte del hombre, la corriente del pensamiento posmoderno se precipita en la elaboración de discursos que pretenden redefinir el lugar del hombre en el mundo (Braidotti 2013), siendo el poshumanismo entendido en este caso como una crítica, tanto para conceptualizar la naturaleza humana, como su polémica excepcionalidad. Esta se define por discursos filosóficos sobre la disolución o el desenfoque de los límites de lo humano como es el caso de los estructuralistas del siglo XX, o por planteamientos científicos y tecnológicos en diversos campos de la biotecnología, genética y cibernética (Simon 2003). Desde los mitos de Ícaro y Prometeo, la ambición del hombre ha sido el motor que empuja el ingenio para superar los límites del saber humano. La fuerza divina como creadora de vida se ha visto superada por la ciencia desde hace dos siglos, y el anhelo del ser humano para crear vida por su cuenta ha suscitado diversas reacciones.

    A principios del siglo XIX, Mary Shelley muestra cierto temor a la ciencia en su novela gótica Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), donde el monstruo creado por el científico, cuyo nombre da título al libro, comienza su vida como un ser más noble. Sin embargo, por el miedo a lo desconocido y por su aspecto monstruoso, es repudiado hasta morir. La lección moral de esta obra expresa el temor al castigo divino por aspirar a crear vida por medio de la ciencia: el monstruo de Frankenstein es un ser maligno porque solamente la divinidad puede crear un ser perfecto. Sin embargo, este monstruo es moralmente superior a la sociedad en la que se encuentra, y reproduce el ideal rousseauniano del buen salvaje. La lección implícita es que la sociedad de su época no estaba preparada para aceptar a un ser creado artificialmente y todavía no se había sacudido el manto de la superstición y de la ignorancia denunciadas por los ilustrados.

    A este ser de carne y hueso revitalizado por la electricidad le siguieron los primeros robots, máquinas capaces de cumplir eficazmente series interminables de órdenes y tareas cada vez más sofisticadas propias de los seres humanos. Es interesante observar que en un principio no fueron diseñadas con una configuración antropomórfica —salvo en la literatura—, sino que esta ha sido el objetivo de largos años de investigación tecnológica mediante prototipos diferentes. La inteligencia artificial, un fenómeno en auge, ha suscitado mucho debate en el campo del poshumanismo. Cuestiones como qué hace al hombre ser hombre, es decir, cuál es su esencia, y dónde quedaría un hombre creado artificialmente son muy interesantes no solo filosóficamente, sino también, por ejemplo, desde el punto de vista jurídico. ¿Tiene derechos un ser artificial que es capaz de pensar, se parece al hombre y actúa como un humano? ¿Es responsable de sus actos?

    Aunque todavía no disponemos de tales seres, sí que existen máquinas inteligentes que son capaces de conducir, hacer numerosos cálculos o disparar y matar. Por lo tanto, el debate que gira alrededor de la inteligencia artificial debe resolver muchas preguntas y dudas.[ Imagen 00 6] Donde se celebra el éxito del avance tecnológico, también surgen temores sobre las consecuencias y las implicaciones que este tendrá en el mundo. Y luego hay, por supuesto, este temor antiguo, la amenaza a la raza humana sustituida por un ser más perfecto, inteligente e inmortal. Encontramos así obras de ficción con fascinadoras intuiciones donde estos seres artificiales simulan los tejidos humanos, la manera de moverse y pensar, como el protagonista de Máquinas como yo de Ian McEwan, llamado irónicamente, o quizás muy conscientemente, Adán. Pero volvamos al siglo XIX, donde la dicotomía máquina versus hombre envuelve una fuerte crítica social y en cuyo sustrato estalló el germen de la ciencia.

    Imagen 07

    Benito Pérez Galdós

    La segunda mitad del siglo XIX está marcada por la filosofía positivista de Auguste Comte y por el entusiasmo científico. Émile Zola intenta aplicar la metodología científica al arte de novelar, como defiende en su tratado Le roman expérimental (1880). La corriente literaria que se extiende, de una manera muy diluida, en el territorio español, acoge algunas técnicas del autor francés y las añade a la tradición cervantina y de la picaresca, creando una literatura nueva que despierta la atención del público, tanto lego como crítico.

    En las novelas de Galdós podemos observar cierta experimentación con las nuevas posibilidades dramáticas que proporcionan el ambiente urbano y los personajes de clase obrera que viven en la capital, paulatina o atropelladamente concentrados como efecto de la Revolución Industrial. La explotación de ese nuevo escenario para el desarrollo de dramas sociales ni siquiera requería penetrar en los entresijos de la historia del desarrollo del capitalismo, sino que bastaba con observar los efectos de los movimientos demográficos derivados del crecimiento de las ciudades industrializadas. Una de las características particulares de esta literatura consiste en mostrar cómo la clase trabajadora sufre en las periferias de Madrid, sometida a duras condiciones de vida, dejándose la piel trabajando largas horas en las nuevas fábricas para poder pagarse el sustento y también para hacer competencia a las máquinas inánimes que amenazan al obrero con su incansable productividad, arrojando sobre él la infame sospecha de que es un ser inservible, destinado a extinguirse.

    En esta dicotomía podemos observar cómo el hombre se deshumaniza para convertirse en una máquina muda, realizando su cometido rutinario, y, por otro lado, cómo la máquina cobra vida mediante la prosopopeya, añadiéndole características humanas. El prototipo de personaje deshumanizado, en la estética realista (o naturalista mitigada, como se ha convenido muchas veces en conceptuar al naturalismo español), surge en cierto modo de un procedimiento de animalización (al estilo de Esopo o La Fontaine) o, más precisamente, de un proceso de maquinización. Ambos recursos (la transfiguración del hombre en animal o en máquina) tienen como propósito evidente el de intensificar la impresión del grado de deshumanización de los personajes. El topos del hombre-máquina, al igual que el del hombre-animal, apunta de forma crítica al mal funcionamiento de la sociedad y a las duras condiciones de vida, que fuerzan al ser humano a actuar de forma tan bestial como mecánica. Por ejemplo, las inhumanas condiciones en el manicomio de Leganés con que abre la novela de La desheredada (1881) conducen a los loqueros a actuar inmisericordemente, sin la menor simpatía, como robots, tratando al paciente como un

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