Curar el cuerpo, eliminar el dolor
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Comentarios para Curar el cuerpo, eliminar el dolor
45 clasificaciones4 comentarios
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Oct 5, 2021
Who reads this? People with chronic pain and they need help. If it's physical, then it can be fixed with drugs and surgery. But often times, the author notes that the pain comes and goes in different areas, at different times of the day and it's hard to diagnose. He notes that its evolved from rage and highly stressful times that may have been there for years and just happens to develop in a form of pain. He says that rather than drugs, the patient needs therapy or a change with their way of thinking when actually the physical body is fine.
It seems complicated but a lot of people have read this book and sometimes overnight the pain that has been with them for years just happens to disappear like one big miracle. He addresses various physical manifestations of mind-body orders in the book and the power of the mind that can change things. It's worth a try anyway to read the book and try to make some sense out of it. - Calificación: 5 de 5 estrellas5/5
Jun 7, 2015
About 15 years ago this book saved me from the chronic pain of RSI. Dr Sarno says that our emotions and particularly our unconscious anger cause chronic pain. He believes in the knowledge cure, that we have to understand and accept that we have a great unknown reservoir of rage and chronic pain is our body trying to distract from that. It sounds completely woo-woo and it may not be what the mainstream medical establishment (ie the money making machine) wants to hear but it made sense for me and it worked. Unfortunately I am suffering a flare up of a different kind of chronic pain at the moment and I had stopped doing the journalling that Sarno recommends, so I am currently rereading this book and some of the newer stuff that has been published (this is still the best though). But you can't just casually read it through, you have to reread and reread and makes notes on the bits that resonate with you and reread again until you are actually sick of it. I have returned to journalling to explore this current chronic pain. I know it won't be quick but it will work.
I am also reading for the first time the book by Ozanich - "The Great Pain deception" and that is so far striking me as a good companion for Sarno's book. Will reread that also and make notes.
If you would like a more scientific read on the control your brain has on your body, then "Molecules of Emotion" by Candace Pert is a good back up - but read Sarno first. - Calificación: 4 de 5 estrellas4/5
Jun 12, 2011
Dr. John Sarno has written another book on the mindbody connection or what he calls TMS (tension myositis syndrome), a psychosomatic disorder that can involve pain in many areas of the body, headache, high blood pressure, asthma, and many other disorders. He is very clear in the text that first, you must have a medical examination to rule out serious disease and follow the advice of your physician. But, when there is no apparent cause for the illness and pain (and signs of aging in neck and spine are probably not responsible for chronic pain), your mind may be using the pain or disease to avoid facing crises and rage in life. He has had great success with patients who are receptive to the ideas he presents, even after numerous treatments and surgeries that failed to help. The book lists the therapeutic program that is recommended to patients with the understanding that, in some patients, this is all they need; some need a lecture experience and some need psychotherapy with a trained therapist to recover. And it is not unusual for the cure to work and then the pain or disease recur in another part of the body, the minds way of repressing thoughts to difficult to bear.
The book is written for the layman in simple to understand language. Dr. Sarno has included an appendix for academic concerns with extensive notes and there is a complete bibliography and index.
Although I have not seen improvement in my case as it is probably medical rather than TMS, I am still open to any help in this area and am reading more of Dr. Sarno’s works as well as others in the field. Since the mind and body are interconnected, I am surprised that more doctors aren’t open to this theory. - Calificación: 3 de 5 estrellas3/5
Mar 9, 2009
Written for the masses, this book sometimes comes across as a long pat-on-the-author's-back. The author is trying to convince you of why his method to relieve pain works and why he knows without being too academic, but because of all this the book ends up being very self-congratulatory. Aside from that minor distraction, his argument is strong and the book really makes you wonder why more in the medical profession don't study the mindbody connection. I've only just finished it, so I can't say yet how well his methods work on my migraines, but I'm optiistic.
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Curar el cuerpo, eliminar el dolor - DR. JOHN E. SARNO
La información aquí contenida no pretende reemplazar los servicios de los profesionales de la salud. Se recomienda que consulte con su médico o cualquier profesional de la salud competente cualquier problema relacionado con su salud, especialmente en los casos que requieran un diagnóstico o atención médica.
Título original: the mindbody prescription
Traducido del ingles por José Vergara Varas
Diseño de portada: Editorial Sirio, S.A.
© de la edición original
1998 John E. Sarno M.D.
Publicado por acuerdo con Grand Central Publishing, una división de Hachette Book Group, Inc. NY, U.S.A.
Todos los derechos reservados.
© de la presente edición
Editorial Sirio, S.A.
C/ Rosa de los Vientos, 64
Pol. Ind. El Viso
29006-Málaga
España
www.editorialsirio.com
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I.S.B.N.: 978-84-10335-49-3
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Contenido
Cubierta
Créditos
Prólogo
Introducción: una perspectiva histórica
La psicología y fisiología de los trastornos psicosomáticos
La psicología de los trastornos psicosomáticos: una historia de dos mentes
La mecánica de los procesos psicosomáticos
Las manifestaciones físicas de los trastornos psicosomáticos
Introducción al síndrome de miositis tensional: manifestaciones en la zona lumbar y en las piernas
Manifestaciones en la parte alta de la espalda, el cuello, los hombros y los brazos
Manifestaciones en los tendones
El dolor crónico y la enfermedad de Lyme
Los equivalentes del SMT
Trastornos en los que las emociones pueden desempeñar un papel
El tratamiento de los trastornos psicosomáticos
El programa terapéutico: el poder del conocimiento
Apéndice: temas académicos
Bibliografía
Acerca del autor
Dedicado a mis pacientes, con gratitud y afecto.
Ellos han sido la fuente de mi placer y de mi saber
en la práctica de la medicina.
Prólogo
El dolor, la incapacidad física, la información errónea y el miedo —este cuarteto ha sido una plaga para el mundo occidental durante décadas, y esta plaga no da ninguna muestra de que vaya a remitir—. El dolor de espalda, de cuello, y en las extremidades es más común que nunca, y las estadísticas indican que la epidemia se extiende. La incapacidad laboral debida al dolor de espalda continúa aumentando año tras año en los Estados Unidos.
Las empresas que emplean a gran cantidad de gente que trabaja con ordenadores están teniendo altas tasas de incapacidad laboral y muchos problemas con el seguro de salud debido a una nueva dolencia conocida como lesión por estrés repetitivo (LER). Millones de estadounidenses, sobre todo mujeres, padecen una dolorosa enfermedad de causa desconocida llamada fibromialgia. A pesar de que han surgido gigantescas empresas médicas para diagnosticar y tratar estas dolencias, la plaga continúa.
Este libro trata acerca de esta epidemia. Describe tanto la experiencia clínica que ha identificado la causa de estas dolencias como el método para tratarlas. Desgraciadamente, la medicina convencional rechaza nuestro diagnóstico porque éste se basa en la teoría de que los síntomas físicos han sido producidos por fenómenos emocionales. Sin embargo, mucha gente inteligente no especializada ha aceptado la idea, sin duda porque están libres de los prejuicios que impone la educación médica tradicional.
Y por si la epidemia de dolor no fuera lo suficientemente importante, numerosas enfermedades han sido identificadas como equivalentes del síndrome de dolor, dado que parecen tener como origen el mismo proceso psicológico. Estas enfermedades llevan años siendo muy comunes y, junto a las afecciones dolorosas, son universales en la sociedad occidental. Me refiero a los muchos dolores de cabeza, síntomas gastrointestinales y alergias, así como a las enfermedades respiratorias, dermatológicas, genitourinarias y ginecológicas que son características de la vida cotidiana.
Si la mayoría de estos problemas son psicogénicos —es decir, tienen su origen en la mente (y mi meta es demostrar que es así)—, tenemos un problema de salud pública de proporciones gigantescas. Las consecuencias médicas, humanitarias y económicas son obvias, y las enumeraré todas.
Este libro trata de la relación que existe entre las emociones y las enfermedades, y sobre lo que uno puede hacer para mejorar la salud y combatir ciertos trastornos físicos. Las ideas presentadas aquí están basadas en los éxitos obtenidos a lo largo de los últimos veinticuatro años en el tratamiento de un desorden físico de origen emocional conocido como el síndrome de miositis tensional (SMT). A pesar de que voy a proporcionar una descripción actualizada de este desorden, el tema principal de este libro es el impacto que las emociones provocan en el funcionamiento corporal.
Esta conexión estuvo a punto de ser aceptada por la medicina occidental durante la primera mitad del siglo xx, pero luego cayó en un desprestigio casi total. El repudio de la teoría psicoanalítica, el creciente interés por las investigaciones de laboratorio y la tendencia de los médicos a evitar los asuntos psicológicos (ellos se ven a sí mismos como ingenieros del cuerpo humano) son las razones más probables de esta tendencia histórica. Hoy, son pocos los profesionales, tanto en la medicina física como en la psicológica, que creen que las emociones reprimidas puedan originar enfermedades físicas. Los psicoanalistas son los únicos que han seguido aceptando esta idea, pero su influencia en el campo de la psiquiatría y de la medicina general es limitada. En el campo de las especialidades médicas no hay prácticamente nadie que sea partidario de esta idea.
Pero a pesar de la falta de interés de la medicina convencional, se ha escrito muchísimo sobre el tema de la «conexión psicosomática». Se han realizado cuidadosos estudios sobre la relación existente entre los factores psicológicos y ciertas patologías como la hipertensión o la enfermedad coronaria. Sólo conozco un investigador fuera del campo del psicoanálisis que haya identificado las emociones como la causa de una enfermedad física. El estrés, la ira, la ansiedad, la soledad y la depresión son abordadas como si fueran emociones puramente subjetivas. En muchos casos, se cree que estos sentimientos agravan los procesos patológicos estructurales subyacentes, tales como las hernias de disco, la fibromialgia o la lesión por estrés repetitivo.
Mis ideas están basadas en las observaciones clínicas y en las teorías de Freud. Supongo que esto será visto con bastante desaprobación dado lo mucho que se ha atacado a Freud en los últimos tiempos. De cualquier manera, mi objetivo nunca fue mostrar que Freud tenía razón. Mis ideas son producto de mis observaciones clínicas; nunca han estado basadas en nociones preconcebidas sobre la conexión mente-cuerpo. Al igual que sucedió con los pacientes de Freud, descubrí que los síntomas físicos de los míos son el resultado directo de fuertes emociones reprimidas en el inconsciente. Además, me he basado también en las teorías de otros tres psicoanalistas: Franz Alexander, fundador del Instituto de Psicoanálisis de Chicago, y que realizó investigaciones pioneras en la medicina psicosomática; Heinz Kohut, que conceptualizó lo que se conoce como la psicología del yo y señaló la importancia de la rabia narcisista, y Stanley Coen, que sugirió la idea crucial de que el trastorno psicosomático que yo estaba estudiando era en realidad una defensa, una estrategia evasiva diseñada para desviar la atención de las aterradoras emociones reprimidas.
Este libro aborda los problemas físicos que son causados por los sentimientos reprimidos e inconscientes. Al ser muy específicos, estos problemas pueden ser diagnosticados con precisión y tratados con éxito.
El síndrome de miositis tensional es actualmente el trastorno físico de origen emocional más común en los Estados Unidos y probablemente en todo el mundo occidental. Desde la publicación de Libérese del dolor de espalda, han surgido otras dolencias que también tienen un gran impacto en la salud pública. Ellas también son manifestaciones del SMT.
Este libro está dividido en tres partes. La primera es un comentario sobre la psicología que origina estos trastornos físicos, e incluye un capítulo que puede ser considerado puente, porque describe la psiconeurofisiología de los procesos psicogénicos; en otras palabras, cómo las emociones estimulan al cerebro para que produzca síntomas físicos. Después de atravesar este puente (algo que parece más difícil de lo que en realidad es), la segunda parte cubre los distintos trastornos de origen emocional, comenzando por el SMT, la enfermedad que me introdujo en el campo de la medicina psicosomática, e incluye trastornos físicos como los dolores de cabeza, las alergias, los problemas gastrointestinales y las afecciones de la piel.
La tercera parte aborda los tratamientos para todas estas dolencias.
Para aquellos que puedan estar interesados, el apéndice cubre los aspectos más académicos del proceso muerte-cuerpo (o psicosomático).
Una advertencia para el lector: lo que sigue es una descripción de mi experiencia clínica y de las teorías derivadas de mi trabajo. Nadie debería dar por sentado que sus síntomas tienen un origen psicológico hasta que un médico haya eliminado la posibilidad de una enfermedad grave.
Introducción:
una perspectiva histórica
Desde que me gradué como médico, el problema de los distintos tipos de dolor se ha convertido en una gran epidemia en la mayoría de los países industrializados. Es como un cáncer que crece sin parar. En los Estados Unidos, el diagnóstico y tratamiento de estas dolencias se ha convertido en una industria gigantesca. Sólo el problema del dolor de espalda le cuesta al país más de setenta mil millones de dólares al año, y si le agregamos todas las epidemias de dolencias modernas, como el síndrome del túnel carpiano, esa cifra probablemente se duplicaría. Estos problemas médicos no son considerados una epidemia porque en general no suponen un riesgo para la vida y porque el público no es plenamente consciente de sus consecuencias financieras, sociales y emocionales. El hecho de que no representen un riesgo para la vida es lo único positivo que se puede decir sobre ellos, dado que pueden ser física y emocionalmente más incapacitantes que muchas enfermedades aparentemente catastróficas. Una persona con parálisis en ambas piernas que ha pasado por un buen proceso de rehabilitación puede llevar una vida esencialmente normal, mientras que alguien con un fuerte dolor crónico puede quedar completamente incapacitado, sin poder trabajar y con problemas para realizar la más mínima actividad física.
La pregunta inevitable es: ¿cómo y por qué ha sucedido esto? Después de millones de años de evolución, ¿es posible que nos hayamos convertido de repente en seres incapaces de funcionar normalmente? ¿Tendrán acaso nuestros cuerpos defectos estructurales que sólo se han hecho aparentes en los últimos cuarenta años? Si estas dolencias no han sido causadas por anormalidades estructurales, ¿de qué otra forma se puede explicar esta epidemia?
Mi trabajo inicial en el diagnóstico y tratamiento de los síndromes de dolor en la espalda, el cuello y los hombros fue decididamente frustrante y desagradable. Los diagnósticos convencionales y los tratamientos conservadores (no quirúrgicos) producían resultados decepcionantes y poco duraderos. Me sentía incómodo incluso cuando les explicaba los fundamentos del diagnóstico y del tratamiento a los pacientes porque las explicaciones parecían carecer de lógica fisiológica y anatómica.
Ya en el año 1904 los médicos habían descrito una dolorosa patología muscular —llamada diversamente fibromialgia, miofascitis, fibrositis o fibromiositis—, pero nadie había sido capaz de identificar la patología exacta o la causa de esta dolencia. Al final comencé a tratar el dolor de espalda como si no se supiera nada sobre sus causas. Pronto me di cuenta de que el músculo era el principal tejido comprometido en este proceso. Algo les estaba ocurriendo a los músculos del cuello, de los hombros, de la espalda y de las nalgas.
Como son fácilmente identificables en una radiografía, la mayoría de los profesionales atribuyeron los síntomas a una variedad de anormalidades estructurales de la columna, tales como cambios producidos por el envejecimiento, anomalías congénitas o mala alineación. Otros creyeron que los músculos dolían porque estaban débiles o debido a algún tipo de sobrecarga o de desgarro. Además, los dolores de espalda, de cuello o de hombro venían a menudo acompañados de dolor (y otros síntomas neurológicos) en un brazo o en una pierna. Por lo tanto, si se hubiese encontrado una anormalidad estructural en la proximidad de un nervio vertebral cuyo destino fuese un brazo o una pierna, el clínico se habría sentido muy tentado a atribuir los síntomas de dolor a esa anormalidad, sin preocuparse demasiado por hacer un diagnóstico científico riguroso. Sin embargo, un cuidadoso examen físico y del historial médico solía revelar que el presunto culpable era inocente y que la distorsión ósea o de disco no podía ser la responsable de los síntomas. A pesar de todo, se le seguía echando la culpa del dolor a la columna vertebral.
Surgió una improbable alianza entre disciplinas dispares. Los quiroprácticos, criticados por los médicos durante años por no ser muy científicos, poco a poco comenzaron a ser plenamente aceptados como los especialistas en el tratamiento y diagnóstico de la espalda. Ellos siempre habían mantenido que las anormalidades estructurales de la columna eran la causa del dolor de espalda. Y como los médicos también creían lo mismo, era inevitable que los quiroprácticos se convirtieran en miembros de la comunidad de los terapeutas de la espalda. Los otros componentes de esta comunidad terapéutica son los osteópatas, los fisiatras (especialistas en medicina física y rehabilitación), los ortopedistas, los neurólogos, los neurocirujanos, los fisioterapeutas, los acupuntores, los quinesiólogos y una multitud de otros profesionales que usan regímenes especiales de ejercicio o de masaje. Lo que todos tienen en común es la idea de que la columna vertebral y su musculatura circundante son deficientes y fácilmente susceptibles de lesión, y necesitan algún tipo de intervención física. La cirugía es la intervención más drástica y una de las más comunes.
Como se supone que algún tipo de inflamación de origen estructural, cuya naturaleza nunca ha sido aclarada, es el responsable de la mayor parte del dolor, se suele recetar una gran cantidad de medicamentos esteroides y no esteroides.
En vista de los muchos programas terapéuticos y de diagnóstico que se siguen hoy en día para el tratamiento de estas dolencias, cualquier interrupción importante en la aplicación de las terapias existentes produciría un gran descalabro económico, ya que el diagnóstico y el tratamiento del dolor crónico son actualmente una industria gigantesca en los Estados Unidos. Pero un diagnóstico y un tratamiento acertados economizarían enormes cantidades de dinero.
En el inicio de la década de los setenta y en medio de esta creciente epidemia, comencé a dudar de la validez de los diagnósticos convencionales —y por lo tanto de los tratamientos— sobre los síndromes de dolor de cuello, hombro y espalda. Un examen más detallado había indicado que los músculos de esta última, desde la nuca hasta las nalgas, eran los principales implicados. Esto confirmaba el trabajo de todos los profesionales que a través de los años describieron aquello que llamaron fibromialgia, fibrositis o dolor miofascial. Mi estudio de la literatura médica y una creciente experiencia con mis pacientes me llevaron a pensar que estas dolencias formaban parte de una patología dolorosa que llamo el síndrome de miositis tensional (SMT) (miositis quiere decir alteración fisiológica de los músculos). El SMT es un doloroso pero inofensivo cambio en el estado de los músculos.
Pero ¿qué sucede con las señales neurológicas y los síntomas en las piernas y los brazos? Durante un tiempo pensé que debían de ser causados por una compresión estructural en la columna o por esa misteriosa «inflamación» tan citada por otros profesionales. Sin embargo, a medida que el número de inconsistencias aumentaba, me vi obligado a concluir que el proceso que provocaba el dolor muscular también era el causante de los síntomas nerviosos. Pero ¿cuál era ese proceso?
Cuando los médicos realizan el historial del paciente, normalmente preguntan sobre enfermedades o síntomas pasados o presentes. Comprobé que el 88% de mis pacientes tenía un historial de enfermedades gastrointestinales menores tales como acidez, síntomas preulcerosos, hernia de hiato, colitis, colon espástico, síndrome de irritación intestinal y otras reacciones inducidas por la tensión como el dolor de cabeza, la migraña, el eccema y la micción frecuente. Aunque no todos los médicos están dispuestos a aceptar que estos problemas estén relacionados con fenómenos emocionales o psicológicos, mi experiencia clínica como médico de familia y mi propio historial médico hacen que me sienta muy tranquilo con esta conclusión. Por ejemplo, durante varios años he padecido frecuentes dolores de cabeza, con las típicas visiones de «luces» que preceden el inicio del dolor. Alguien me sugirió que la base de estos dolores podía ser la rabia reprimida. La siguiente vez que vi las luces —presagio de jaqueca—, me senté e intenté pensar cuál era esa rabia que estaba reprimiendo. No conseguí encontrar una respuesta, pero por primera vez en mi vida el dolor de cabeza no se manifestó. Fue una clara prueba de que el dolor de cabeza era causado por fenómenos emocionales.
Por lo tanto, era lógico suponer que los dolores de espalda también pudiesen formar parte del mismo grupo de trastornos de origen emocional. Cuando puse a prueba esta hipótesis y le dije a los pacientes que creía que su dolor se debía a la «tensión», me sorprendió comprobar que aquellos que aceptaban el diagnóstico mejoraban. Aquellos que lo rechazaban seguían igual.
En aquellos primeros tiempos, todos mis pacientes acudían a sesiones de fisioterapia, y yo le pedí al fisioterapeuta que les dijera que el objetivo de la terapia era solamente proporcionar un alivio provisional de los síntomas y que la verdadera recuperación dependía de que se reconociera la naturaleza del proceso. Aquellos que mejoraron estuvieron de acuerdo con el diagnóstico. Fue algo parecido a mi experiencia con el dolor de cabeza: el reconocimiento de una causa emocional en la génesis de los síntomas servía de alguna manera para eliminar esos síntomas. Tendrían que pasar muchos años antes de que llegara a comprender la razón de este fascinante y misterioso fenómeno.
En aquel tiempo se me hacía difícil decirles a los pacientes que su dolor era causado por la «tensión». Cualquier médico se reiría de esa idea; la persona corriente se sentiría insultada si uno le sugiriese que sus síntomas físicos estaban «en la cabeza». Ésta es una frase que yo evitaba a causa de su connotación peyorativa, aunque muchas veces era el propio paciente el que la mencionaba. En ocasiones conseguía explicar satisfactoriamente la conexión entre la tensión y el dolor, pero me veía obstaculizado por mi propia falta de comprensión de la psicodinámica implicada. Otras veces mencionaba ciertas características personales que eran muy corrientes entre los pacientes con SMT, y explicaba cómo podían producir tensión y ansiedad. También señalé que los síntomas eran una expresión física de la ansiedad y que los individuos perfeccionistas, meticulosos, responsables, compulsivos y muy trabajadores eran más proclives al SMT. No pude proporcionar una definición clínica del vocablo tensión, pero era una palabra con la que la gente se podía identificar. Psicológico y emocional eran términos peyorativos que parecían insinuar que el paciente tenía algo raro; también evité la palabra psicosomático porque para la mayoría significaba que el dolor era falso o imaginario. Pero seguí haciendo el mismo diagnóstico y mi tasa de éxito comenzó a subir sustancialmente. En ese momento sentí que comprendía la naturaleza de la dolencia y que podía predecir con alguna precisión quién iba a experimentar una mejoría y quién no.
Durante el examen físico, casi todos los pacientes experimentaban sensibilidad a la palpación de ciertos músculos, independientemente del lugar del cuello o de la espalda en que sentían dolor. Por ejemplo, alguien podía sentir dolor únicamente en el lado derecho de la región lumbar pero luego también lo experimentaba cuando apretaba la parte superior de los hombros (músculo trapecio superior), la musculatura paraespinal lumbar y la parte exterior de las nalgas (glúteos). Este hecho indica que el síndrome se origina en el sistema nervioso central (cerebro) y no en una anormalidad estructural local.
Hacia la mitad de la década de los setenta yo ya había concluido
