El corazón de los malditos
Por Romina Garber
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Los habitantes del pueblo parecen saber más de lo que dicen, las paredes del castillo guardan secretos y por si fuera poco, un chico que solo ella puede ver y que la atormenta por las noches, parece ser la clave para resolver todos los misterios...
Una maldición ha caído sobre ambos y, a veces, hasta el mayor sacrificio no es suficiente para sanar lo que el pasado ha corrompido.
Romina Garber
Romina Garber (n. Romina Russell) nació en Buenos Aires, Argentina. Siendo adolescente, obtuvo su primer trabajo como escritora en una columna dominical para el Miami Herald (College She Wrote), que luego tuvo distribución nacional; desde entonces no ha dejado de escribir. Cuando no está trabajando en la serie ZODÍACO, podemos encontrar a Romina produciendo avances de películas, sacando fotos o fantaseando con comprar una nueva batería. Graduada de Harvard y virginiana hasta la médula, esta es su primera novela.
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El corazón de los malditos - Romina Garber
7 meses antes
Viajo junto a mis padres en el metro y, como no hemos conseguido asientos, nos tambaleamos con el movimiento del vagón. Mientras tanto, observo con detenimiento unos anillos de humo negro que se forman en el aire y desaparecen en un abrir y cerrar de ojos, entre los postes de metal.
En total, somos veintiséis pasajeros, entre los que hay adolescentes (como yo, que tengo diecisiete) y ancianos de más de ochenta años (como un hombre que está detrás de papá). Al igual que nosotros, dos mujeres viajan de pie, para así no estropearse sus trajes impecables con los asientos descoloridos del tren. Un grupo de turistas alemanes que huelen a tabaco y a alcohol permanecen juntos en un rincón. De repente, mi mirada se detiene en los asientos que tengo enfrente y que ocupan cuatro adolescentes, con faldas plisadas, que se sientan apretujadas. Mientras las oigo susurrar, imagino sus vidas y me pregunto si sería feliz en su lugar, con una rutina marcada, un uniforme y una habitación ordenada.
—¿Y bien? —pregunta papá.
Mirando de reojo, logro leer los títulos de los libros que una de ellas tiene en un bolso lleno de estrellas de colores: «Física», «Aritmética», «Sistemas de gobierno».
—Están en el último año de secundaria.
—¿Eso es todo? —insiste papá.
Acepto el desafío y me giro lentamente para observarlas con más detenimiento y, enseguida, noto que están todas ensimismadas en la pantalla de uno de sus móviles. Observo que la cámara apunta a un rincón del tren, donde una pareja se besa apasionadamente.
—Están grabando a esa pareja —confirmo.
Me quedo en silencio cuando una de las chicas levanta la mirada y nuestros ojos se encuentran. Me quedo embobada con la oscuridad de sus iris, negros como el carbón. La chica sigue mirando alrededor, como si estuviera buscando una ruta de escape. A diferencia de sus amigas, no va maquillada ni usa joyas y, curiosamente, parece más preocupada por el móvil que por la pareja a la que están grabando. Es un móvil antiguo con una cámara de una sola lente.
—Están usando el móvil de la chica de ojos negros —le susurro a papá—. Tal vez se trate de una prueba que debe superar para que las demás la acepten.
Me quedo mirando fijamente a papá y espero su veredicto. Me guiña el ojo en señal de aprobación y yo sonrío, satisfecha.
—Viene de una familia dominicana —añade— y le preocupa meterse en problemas porque su madre es empleada del colegio.
Al verme confundida, me explica su razonamiento:
—Cuando íbamos a subir, oí que hablaba en español con su madre por el móvil.
—Según las reglas del juego, está prohibido usar información que no esté en la escena —le echo la bronca a papá, de brazos cruzados, mientras la sangre me empieza a hervir de fastidio—. Y además...
—La plataforma del tren cuenta como parte de la escena —me interrumpe él.
—¡Pero es que tú no quieres enseñarme español! —digo, enfadada, alzando la voz—. Mamá y tú todavía lo usáis como un idioma secreto.
—¿No eres algo mayor para este juego? —pregunta mamá, que siempre cambia de tema cuando hablo del español, o de Argentina, el país de origen de mis padres, o cualquier cosa que esté relacionada con el pasado.
—¿Algo mayor? —continúa papá—. Liv, tu hija aún juega al escondite y su lista de reglas para este juego tiene más artículos que la Constitución.
Papá y mamá se miran con complicidad y, si bien estoy acostumbrada a sus bromas, sus indirectas no dejan de molestarme.
De repente, veo que regresan los hilos de humo negro y, cuando pestañeo, desparecen, como si nunca hubieran estado allí. La semana pasada, cuando comencé a ver puntos negros, busqué los síntomas en Internet y llegué a la conclusión de que puede que tenga una incipiente migraña ocular. Sin embargo, como no me duran mucho tiempo, he decidido ignorarlos.
Vuelvo a examinar con la mirada a las cuatro chicas y no puedo evitar fijarme en sus uniformes ceñidos al cuerpo, sus uñas pintadas de colores brillantes y sus cortes de cabello modernos. Observo las puntas de mi pelo desaliñado, mi jersey enorme de Goodwill, los vaqueros de mamá, que me quedan algo grandes… De repente, siento un vacío que no puedo describir.
Sin embargo, de pronto, mi atención se centra en el hombre que está detrás de papá, que tose y mancha su pañuelo impoluto con un hilo de sangre. Rápidamente, lo esconde y dirige la mirada a la mujer que está junto a él (que podría ser su hija), pero ella no se da cuenta, porque está absorta mirando su móvil.
—Papá…
En ese instante, comienzo a sentir que mis neuronas se activan, como si me inyectaran una nueva recarga de energía. Papá dice que ese sentimiento es natural en mí, y que es como mi «instinto de investigadora».
—¿En qué piensas, Stela?
—Aquel hombre acaba de toser sangre.
—¿Qué otros síntomas has notado? —pregunta papá, mientras me sigue la mirada.
—¡Raúl! ¡No la incentives! —lo regaña mamá.
Yo sigo observando los movimientos del anciano y veo que su cabeza parece un globo algo desinflado, lleno de colgajos de piel, como si hubiera perdido mucho peso en poco tiempo.
—Podría ser cáncer —digo en voz alta, pues he olvidado que pueden escucharme—. O tal vez, VIH.
—¿Por qué no dejas de jugar a la detective hasta que lleguemos al hotel? —dice mamá, incómoda.
—¿Qué podría investigar allí? —le respondo, fastidiada—. ¿El papel de la pared, tal vez?
—¿Acaso crees que eres Sherlock Holmes? —sigue regañándome.
—Papá es Sherlock. Yo soy Watson.
Papá sonríe y mamá contiene la risa. De repente, la luz se apaga y vuelve a encenderse rápidamente, pero mis padres no parecen notarlo.
—¿Habéis visto eso? —pregunto.
En ese instante, la intensidad de la luz baja o, quizá sea, de nuevo, mi migraña ocular.
—Creo que mi vista…
En cuestión de segundos hay una explosión y el tren se llena de humo, y mis palabras se ahogan en cenizas. Rodeada de nubes negras, permanezco en la oscuridad.
—¡Papá! ¿Mamá? —los llamo jadeando.
Apenas puedo oír mis propias palabras y solo intento mantener los ojos cerrados para protegerlos, mientras frunzo la nariz para no respirar el olor a cenizas. El silencio de mis padres me paraliza y siento que la sangre se me espesa y el corazón me late con fuerza por no poder respirar. En un instante, el humo se disipa y respiro profundamente, hasta que se produce una explosión plateada que inunda el aire de una bruma resplandeciente, tan fuerte que debo bajar la vista. Sin embargo, cuando la bruma se disipa, veo que todo está exactamente en el mismo lugar que antes de la explosión.
Exactamente en el mismo lugar.
Todos están en la misma posición, como las piezas dentro de una bola de nieve que permanecen inmóviles entre las partículas.
Las estudiantes siguen reunidas alrededor del teléfono móvil y el hombre enfermo aún sostiene el pañuelo. Los labios de mis padres mantienen las curvas de las sonrisas.
Cojo a mamá de los dedos, pero no se mueven. Sacudo con fuerza el brazo de papá, pero aunque le clavo las uñas, no reacciona.
—¿Qué está sucediendo? —grito con la voz quebradiza—. ¡DESPERTAD DE UNA VEZ!
Una explosión metálica sacude el tren y oigo cómo veinticinco cuerpos se precipitan contra el suelo.
Capítulo 1
—¿Estela Amador? —pregunta el chofer que nos ha estado esperando en el aeropuerto y que, seguramente, me ha reconocido por las noticias, a pesar de que tenía un cartel que decía «Leticia Guerra», el nombre de mi enfermera, porque el mío iba a llamar demasiado la atención.
—¿Dónde está la doctora Brálaga? —pregunta la enfermera, bajando la voz.
El hombre, que no tiene pinta de ser el típico chofer, lleva puesta una mascarilla quirúrgica color azul y gafas de sol de aviador, con vaqueros ajustados y una chaqueta gris con capucha.
—No lo sé, solo hago mi trabajo —responde, en un muy buen inglés.
La enfermera frunce el ceño, preocupada. Su tarea era acompañarme en el vuelo hasta España así que, como su viaje de regreso es en tan solo un par de horas, decido despedirme en ese momento, para liberarla.
—¡Ven aquí, jovencita! —dice Leticia, y me da un abrazo.
Es la primera vez que alguien me abraza desde hace siete meses y permanezco inmóvil.
—¡Eres muy joven, Estelita! —me susurra al oído—. No te des por vencida tan pronto.
Antes de irse, Leticia saca un pastillero de su bolsillo para darme el medicamento por última vez. Rápidamente, me llevo las píldoras a la boca y bebo un trago de agua.
—Se han perdido veinticinco vidas —añade la mujer, más seria que nunca—, pero tú aún tienes la tuya.
Una vez que Leticia se va, escupo las pastillas.
Dos horas después, el chofer sigue conduciendo por el norte de España. De repente, la silueta del castillo Brálaga comienza a vislumbrarse en el horizonte, rodeada de una especie de neblina que me hace sentir como si estuviera en un sueño. Desde allí, el castillo parece tan solo una mancha negra. Mis últimos viajes en coche me habían llevado a interrogatorios con la NYPD, el FBI, el CDC y varias siglas más. A todos les repetía lo mismo: «Mi nombre es Estela Amador. Mis padres son Olivia y Raúl. Vivimos en Asheville, pero viajamos mucho. Vinimos a Nueva York porque les supliqué a mis padres que me trajeran aquí».
Yo misma se lo pedí.
Todo esto es mi culpa.
En ese momento, siento que me desvanezco, como si mi cuerpo perdiera fuerza y se apagara de repente. Bajo la ventanilla a la altura de los ojos y apoyo la mejilla en el cristal frío para que el viento me golpee el rostro y así pueda reanimarme… Pero no se puede resucitar un cuerpo muerto.
—¿Todo bien?
Miro al conductor en el espejo retrovisor. Casi había olvidado que él estaba allí. Por un instante, había sentido que ese era el asiento trasero del viejo Subaru de mis padres y que estaba observando el mundo desde mi punto de vista estratégico.
—¿Necesitas algo? —insiste el chofer, esta vez en español. Parece el Hombre Invisible, con la capucha, las gafas y la mascarilla, a pesar de que afuera ni siquiera hay sol—. Me detendré en una gasolinera y allí podrás tomar algo, aunque sea un poco de aire.
Asiento con la cabeza, solo para que deje de hablar, porque me molesta que use bastante el español cuando, en el aeropuerto, ha demostrado que habla muy bien inglés. Lo cierto es que yo debería haber estudiado español unas semanas antes de viajar, para llegar mejor preparada a mi nuevo lugar de residencia. Sin embargo, si lo hubiera hecho, me hubiera sentido como si venir a España hubiera sido mi propia decisión, y no podría soportar esa idea.
La niebla comienza a disiparse y, poco a poco, empiezo a divisar los bosques en lo alto de las colinas. A lo lejos, por encima de los árboles, veo un punto negro. Mi nuevo hogar.
La ciudad es tan pequeña que tengo que aumentar mucho el tamaño de la imagen para poder leer el nombre en el mapa. Aunque aún no puedo ver la comunidad de Oscuro, sé, gracias a mi investigación en Internet, que las casitas coloridas con techos empinados están ubicadas al costado del castillo. Lo primero que me salió en el buscador fue que Oscuro significa dark en inglés, pero no encontré ningún sitio web ni perfiles de la ciudad en redes sociales, ni siquiera una página de Wikipedia. Sin embargo, sí encontré información sobre el castillo:
Castillo Brálaga
Ubicado en el norte de España, este castillo de estilo gótico fue construido a finales del siglo XIII por un hombre adinerado de quien solo se conoce su apellido. La propiedad, que nunca se vendió, pasó de una generación a otra dentro de la familia Brálaga.
Con el paso del tiempo, el castillo se volvió famoso por su siniestra reputación. Como el pueblo de Oscuro se ubica a la sombra del castillo, sus habitantes lo llaman «la Sombra». Además, se dice que las personas que viven allí suelen tener mala suerte, ya que se cree que el castillo está maldito.
Aunque en el pasado me encantaba resolver enigmas de este estilo, para mi enorme frustración, el único hipervínculo de la página no funcionaba. Christie, Chandler, Capote… Papá y yo solíamos jugar a leer la misma novela policiaca y marcábamos la página en la que habíamos resuelto el caso y después, intercambiábamos las copias para ver quién lo había logrado primero. En cambio, en este momento, desearía cambiar mi misterio por un libro de «¡Elige tu propia aventura!» para que alguien más decidiera por mí.
«Tus padres han muerto. Si decides quedarte en el Centro de Salud Mental para Niños Rainbow
en Washington y que cuando cumplas los dieciocho te echen a la calle en dos semanas, ve a la página 6. Si decides mudarte a España con una tía lejana que no sabías que tenías, ve a la página 23. Para entrar en una máquina del tiempo y cambiar lo que sucedió hace siete meses… ve a la sección de ciencia ficción».
—Ya se puede ver el castillo en lo alto. Es esa sombra lejana, a la entrada del bosque.
El chofer vuelve a sorprenderme con su presencia. Como no parece estar haciendo una pregunta y, esta vez, no me ha traducido su comentario al inglés, no hago ningún gesto de aprobación. Aunque no puedo verle los ojos en el espejo, siento su mirada durante casi todo el viaje. La enfermera Leticia me advirtió de que, como era la única superviviente de una tragedia que había sido noticia en todo el mundo (los medios la llamaban «el Metro 25», por el número de víctimas), mi presencia iba a atraer la atención de todos.
Sin embargo, eso no me preparó para soportar las miradas en el aeropuerto, los dedos que me señalaban y las cámaras que me apuntaban todo el tiempo, ni para oír a los extraños que susurraban mi nombre en el avión, como si ya me conocieran.
Con la esperanza de que el chofer deje de hablarme, me quedo mirando fijamente por la ventana, y observo que el castillo ya no parece un punto lejano, sino una mancha puntiaguda, de mayor tamaño. Igual que en la foto de Wikipedia, su rasgo más distintivo es una única torre, que parece una flecha que apunta a las estrellas.
Como no hay mucho tráfico, es muy probable que lleguemos al castillo antes del atardecer, aunque yo no me sienta preparada todavía. Un hogar, para mí, nunca había sido algo permanente, sino más bien, algo fugaz y transitorio. Los escenarios comunes de los recuerdos de mi infancia son el asiento trasero del coche o la inmensidad del Océano Pacífico. Como mamá era periodista freelance y papá investigador privado, vivíamos tras el próximo caso por resolver o la siguiente historia para contar, por lo que no permanecíamos mucho tiempo en el mismo lugar. Por eso, la carretera siempre fue lo más parecido a un hogar. Solía pensar que mamá y papá eran dos espíritus libres, demasiado especiales para una vida convencional y que no me contaban nada sobre su familia y su pasado porque se habían distanciado de sus parientes y, tal vez, estaban esperando a que yo fuera mayor para revelar los detalles. Pero, después de su muerte, me di cuenta de lo inocente que había sido al pensar así.
Capítulo 2
hace seis meses
—Han venido a por ti, Estelita —dice la enfermera Leticia desde la puerta de mi habitación.
Cuando llegué al centro, todos me miraban con lástima y me ofrecieron sus condolencias, excepto la enfermera Leticia, o «Lety», como nos pedía que la llamáramos. Cuando me vio por primera vez, me dijo con una sonrisa:
—Estás menos sola de lo que sientes.
Ahora, Bebe, mi compañera de habitación, me espía por detrás de Leticia. Ella solo viene por la noche, cuando piensa que estoy dormida, lo que, para mí, es ideal porque puedo llorar en paz. El dolor es como los cambios en el clima, porque el llanto aparece de repente e interrumpe mis pensamientos, al igual que las tormentas, que se forman sin previo aviso. Poco a poco, siento que el dolor me va transformando en alguien diferente.
—Aquí tienes —me dice Leticia, que apoya un par de vaqueros y una camisa sobre mi cama—. Seguramente sean de tu talla.
—¿Está la agente Navarro? —pregunto, mientras cojo la ropa para vestirme debajo de las sábanas—. ¿Ha sucedido algo? ¿Alguna novedad?
—Ay, Estelita, tú siempre con tantas preguntas —Leticia suspira—. Apresúrate y averígualo tú misma.
Bebe, que está aquí solo para cotillear, sale también de la habitación, detrás de Leticia.
Noto que, como no como demasiado, la ropa me queda más suelta. Pronto estoy sola, sentada en el asiento trasero de la furgoneta negra, pero sin la agente Navarro. Ella fue la primera agente del FBI con la que hablé, después de… lo que sucedió. Es una persona cálida, con un gran corazón, lo que la ayuda a resolver los casos, en lugar de perjudicarla, como siempre me recordaba papá. Como yo era menor de edad, mi nombre nunca debió haberse conocido públicamente; sin embargo, un reportero reveló mi identidad. Cuando la agente Navarro lo supo, estaba tan enfadada que dijo frente a los medios que lo que había hecho el reportero era «una ofensa para la humanidad».
Siempre llevaba conmigo mi cuaderno de notas, lleno de datos sobre mis investigaciones, que en algunas partes, estaban borrosas por las lágrimas que habían caído sobre las hojas. En el centro, me habían dado permiso para ver un poco la televisión y estar al día con las noticias, mientras demostrara que podía lidiar con ello. De lo contrario, ya no me dejarían participar en la investigación.
Durante el viaje, observo a través de los cristales tintados del vehículo cómo los barrios residenciales, llenos de espacios verdes, van desapareciendo a medida que nos acercamos al centro de la ciudad. El centro Rainbow es una institución para niños de la élite, como los hijos de políticos, celebridades y personas de mucho dinero, donde pueden recibir atención profesional lejos de la mirada pública. En mi caso, el Gobierno se hace cargo de pagar mi tratamiento, no solo para cuidarme, sino para tenerme vigilada.
Cuando bajo del vehículo, la agente Navarro me está esperando en la calle junto con otros hombres que ya había visto antes en ese mismo edificio. La primera vez, quise demostrarles con mis detalladas notas de cada uno de los pasajeros de aquel vagón que podía ayudar en el caso. Son como las que tomaba papá cuando investigaba. Es verdad que la agente Navarro y los demás se quedaron fascinados con mis observaciones al principio, pero todo cambió cuando mencioné el humo negro, porque no había ningún tipo de evidencia para sostener la teoría de un incendio, ni de un arma, ni de ningún culpable. Entonces, todos llegaron a la conclusión de que el humo era producto de mi imaginación y de que tenía estrés postraumático, por lo que necesitaba tiempo para recuperarme y ver las cosas con más claridad. Como ningún familiar me reclamó, quedé bajo responsabilidad del Estado, y así fue como terminé en el centro pediátrico de salud mental de Washington.
—¿Hay alguna novedad? —pregunto ahora, también con la intención de romper el hielo—. ¿Tienen algún sospechoso?
—Ven, entremos —dice la agente, en un tono más serio que de costumbre.
Una vez que pasamos por los controles de seguridad y los detectores de metales, en lugar de ir a la oficina del director y que me traten como a una heroína, como suelen hacer, me llevan a una sala de interrogatorios, donde me dejan sola con la agente Navarro. Cuando veo que se sienta frente a mí, con un sobre de papel que deja sobre la mesa, se me seca la garganta. Su cabeza calva color caoba brilla con la luz fluorescente.
—Pensaba que teníamos un pacto de confianza —dice la agente.
En ese momento, siento una punzada en el estómago porque sé que algo no está bien.
—Tú me ayudabas a averiguar lo que les sucedió a tus padres y yo te permitía colaborar en el caso —continúa.
—Claro —digo, respirando hondo para soportar lo que me va a decir.
—Entonces, ¿por qué me dijiste que tu padre era policía en Los Ángeles?
Comienzo a pestañear, con la mente en blanco. Estaba preparada para escuchar algo acerca de nuestro estilo de vida nómada, de los familiares que no conocía o, incluso, sobre problemas con impuestos, pero esto me coge por sorpresa.
—Sí —respondo, recuperando la voz—, durante siete años.
—Pues resulta que el Departamento de Policía de Los Ángeles no tiene registros suyos como policía.
De repente, siento que el aire se me escapa de los pulmones y que la sangre me deja de fluir por el cuerpo, mientras todo se mueve a mi alrededor. El trabajo de papá como detective conforma las bases de mi identidad. «El universo no puede quitarme esto también», pienso.
—Mi padre era p… policía —intento decirlo con firmeza, pero me tiembla la voz.
—Lo era —confirma la agente Navarro, con una actitud más relajada que me devuelve el aliento—. Solo que no en este país. No tienes la residencia permanente en los Estados Unidos porque tus padres nunca la solicitaron como es debido.
—No lo entiendo, yo nací aquí — le respondo, convencida.
La agente Navarro permanece en silencio y saca tres pasaportes del sobre de papel que está encima de la mesa. Los tres son del mismo país, pero no alcanzo a leer el nombre porque se me nubla la vista de la angustia. Esta situación no parece real, porque mis padres y yo estamos —estábamos— unidos por la confianza y no había secretos entre nosotros. Los secretos no cabían en el Subaru.
«Excepto sobre el pasado», susurra una voz en mi cabeza.
—Argentina —digo, minutos más tarde.
Siento que me ahogo, como si algo se hubiera atascado en mi garganta.
—No.
—¿Cómo? —digo, sorprendida, mientras las mejillas se me llenan de lágrimas.
—Eres de España.
Eso es todo lo que la agente me dice antes de retirarse de la sala para reunirse con los otros. Mientras, yo permanezco allí sentada, estupefacta, intentando recuperar el aliento.
En ese momento, necesito ordenar mis pensamientos para poder entender lo que está sucediendo. ¿Acaso sospechan de mis padres? ¿O de mí? Nada parece tener sentido. ¿Por qué somos sospechosos? ¡Van a deportarme! Ya no soy un problema para los Estados Unidos.
La agente Navarro regresa a la sala y vuelve a sentarse enfrente de mí.
—Creo que tú no sabías nada de todo esto.
—¿Tengo algún familiar? —pregunto, con la esperanza de no acabar en algún programa de cuidado de menores en España hasta que me dejen en la calle.
—Nos hemos puesto en contacto con algunas agencias españolas para que nos ayuden a encontrar a tus parientes —me responde, en un tono más cálido que antes—. Mientras tanto, todo seguirá igual y continuarás en el centro hasta que los médicos confirmen que estás lista para irte. Este país es el único hogar que conoces y no te abandonaremos.
Siento que, por fin, puedo expulsar el aire, pero no puedo volver a inhalarlo. La agente Navarro se ha vuelto muy amable de repente y su actitud forzada es muy artificial, como cuando comes un dulce con sacarina.
—¿Qué quiere?
La pregunta se escapa de mi garganta. La agente levanta las cejas y evalúa mi actitud, sorprendida.
—Dígame qué necesita —insisto, impaciente.
Ella se cruza de brazos, sin apartar la mirada de mí.
—Necesitamos que des una conferencia de prensa.
Aunque la idea no me agrada, ya he estado en varias conferencias durante las semanas anteriores. Cuando se reveló mi identidad, el Gobierno me convirtió rápidamente en la imagen de la tragedia.
—¿Qué debo decir?
—Ni una palabra, no tienes que hablar.
Aunque las instrucciones me ponen un poco nerviosa, no me opongo, porque prefiero permanecer en silencio. Poco después, me llevan a una sala donde está la prensa reunida con el director del FBI y otras personas importantes. Me piden que me siente junto al director, que me da una palmada en el hombro y me sonríe. Es muy probable que el Gobierno esté a punto de dar un anuncio importante.
—Hoy se cumple un mes del día en el que veintiséis personas subieron al mismo tren —comienza el director con seriedad—. A las cuatro y seis minutos de la tarde, algo sucedió en los vagones que hizo que veinticinco corazones se detuvieran al mismo tiempo. Esto sucedió en Nueva York, pero no solo le sucedió a Nueva York, sino a todos los Estados Unidos y a todo el mundo.
Antes de continuar, el director me mira con compasión. Sus palabras inundan la sala de un silencio tan profundo que los clics de las cámaras se oyen como bombas, mientras todos esperamos, con la respiración contenida, a que se revele la identidad del villano al que podremos culpar por la tragedia. La semana anterior, Alemania anunció públicamente que enviaría a sus mejores investigadores para colaborar con nuestras fuerzas policiales, porque un tercio de las víctimas eran ciudadanas de ese país. Tal vez, es por eso que el FBI se ha visto obligado a hacer un anuncio.
—Hoy, estamos en condiciones de revelar por qué murieron los veinticinco pasajeros.
El director, por fin, rompe el silencio ante la inquieta multitud. Yo no puedo respirar, pestañear ni, mucho menos, pensar. Tan solo me dispongo a escuchar, con todos mis sentidos, como si me hubiesen brotado orejas por todo el cuerpo.
—Después de analizar la evidencia, podemos confirmar que no se trató de un ataque terrorista, ni de ningún otro tipo —continúa—. Esa línea del metro es la más vieja que existe en la actualidad, por lo que la ciudad de Nueva York ha ido retirando esos trenes de su funcionamiento para reemplazarlos por unidades nuevas. Desafortunadamente, el tren en cuestión era de un modelo anterior y por eso, en uno de los compartimentos hubo un escape de gas letal.
«¿Un escape de gas? ¿Entonces cómo es que yo he sobrevivido?», pienso indignada.
—Ha sido solo gracias al testimonio de Estela que pudimos dar con la verdad —agrega el director, que me da palmadas en el hombro—. Ella vio que un hombre tosía con sangre, justo antes de que todos se desvanecieran. Estela sufrió algunos efectos alucinógenos, pero afortunadamente, no aspiró demasiado gas. Por ahora, continúa recuperándose bajo supervisión médica, por lo que no responderá ninguna pregunta.
Después de mirarme fijamente, continúa:
—Todo el país, y todo el mundo, te acompaña en este dolor, Estela. Te agradecemos profundamente que hayas colaborado para descubrir la causa de esta tragedia.
Permanezco inmóvil, pero con un gran deseo de gritar «¡MIENTE!» que me quema por dentro. El Gobierno ha inventado su propia versión de los hechos para contar una historia fácil de controlar. Si aceptamos esa teoría falsa, nunca sabremos la verdad.
La agente Navarro me abraza con fuerza. Si bien siento un enorme impulso de gritar con todas mis fuerzas, una voz en mi interior me lo impide. «¿Estás segura?». Y luego aparece la pregunta inevitable que me harán: «¿Es que acaso tienes una teoría mejor?».
Antes de que pueda decidir qué hacer, la agente me retira de la escena y me guía hacia el vehículo que me llevará de regreso al centro. Aunque sigo intentando gritar, no encuentro las palabras. Cuando llego
