Nosotros También Leemos - Vol. 1: Nosotros También Leemos, #1
Por Marcel Pujol
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Quien sostenga que los jóvenes ya no leen, no puede estar más equivocado.
Las pantallas han reemplazado mucho del tiempo ocioso que los jóvenes de la era pre-celulares y pre-internet dedicaban a leer, es cierto, pero existen, y no en poco número, los "nuevos rebeldes", adolescentes que usan y aceptan la tecnología, pero ésta no les eclipsa todo lo demás... como la buena lectura.
A estos jóvenes rebeldes está dedicada esta serie.
Este primer volumen contiene 8 cuentos seleccionados que reflejan este sentimiento de no conformarse con lo que hay, sino marcar un camino propio, no forjado a partir del odio o del desconocimiento de contexto, sino a través de miradas inteligentes y críticas de la realidad. Hay comedia absurda, fábula, pero también romance e historias policiales. Vaya, ¡si hasta ficción histórica hay! Todo depende de qué cuento estemos hablando. De todo un poco, como la vida misma, ¿no?
Marcel Pujol
Marcel Pujol escribió entre 2005 y 2007 doce obras de los más variados temas y en diferentes géneros: thrillers, fantasía épica, compilados de cuentos, y también ensayos sobre temas tan serios como la histeria en la paternidad o el sistema carcelario uruguayo. En 2023 vuelve a tomar la pluma creativa y ya lleva escritos 20 nuevos títulos... ¡Y va por más! A este autor no se le puede identificar con género ninguno, pero sí tiene un estilo muy marcado que atraviesa su obra: - Las tramas son atrapantes - Los diálogos entre los personajes tienen una agilidad y una adrenalina propias del cine de acción - Los personajes principales progresan a través de la obra, y el ser que emerge de la novela puede tener escasos puntos de contacto con quien era al inicio - No hay personajes perfectos. Incluso los principales, van de antihéroes a personajes con cualidades destacables, quizás, pero imperfectas. Un poco como cada uno de nosotros, ¿no es así?
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Nosotros También Leemos - Vol. 1 - Marcel Pujol
BURROCRACIA
El Sr. Obrero se levantó como todos los días a las seis y treinta de la mañana, aunque ese día en particular no le tocase trabajar. Hacía ya dos años que no tomaba siquiera un solo día de licencia en el empleo que tenía en una empresa textil –valga la redundancia-, como obrero, y sus empleadores le hicieron tomarse al menos una semana a la fuerza.
Esto era nocivo para la salud de Agustín Obrero –la licencia, me refiero-, y en eso concordaban todos los doctores que consultaba. Porque, debido a su naturaleza hiperactiva, Agustín, cuando no estaba trabajando... se le ocurrían cosas para hacer
... ciertas cosas
... que de haberse realizado un reality show de su vida, lucirían en la pantalla junto a carteles anunciando en grandes caracteres: No hagáis esto en vuestras casas
, y recibiría el patrocinio publicitario de servicios de emergencia médica y líneas gratuitas de ayuda al suicida. Viéndolo desde una perspectiva optimista-realista, era casi un milagro que Agustín Obrero hubiera sobrevivido a sus licencias laborales hasta cumplir los 41 años.
Bien, como os decía, no había motivo real para que el Sr. Obrero se levantara temprano esa mañana, pero así lo hizo. En todo momento mientras preparaba el desayuno para su esposa y sus tres hijos, él era consciente de que les transmitiría una horrenda noticia cuando se encontraran desayunando, y eso se vio reflejado en la calidad misma de lo que preparaba. Hizo un exprimido natural de naranjas, por ejemplo, no sirvió el sintético, con conservantes y todo, como solía hacerlo. Fue al almacén y trajo dos variedades más de mermeladas y algo de café recién molido, que gustaba más a la Sra. Obrero que el polvillo descafeinado soluble que solía beber. En fin, luego de despertar a todos con dulzura, e ir con un equipo portátil y varios CD de cuarto en cuarto, cambiando la música según el gusto de cada uno, les esperó en la cocina con su parafernalia alimenticia pronta y leyendo el periódico... como si nada.
Su esposa fue la primera que bajó. Iba cautelosa, pues sabía en qué fatídico día estaban: el primero de la licencia.
- Buen día, mi amor. ¿Te encuentras bien? –le preguntó ella.
- Sí-sí. Fenomenalmente, querida. ¿Cómo dormiste?
- ¿Yo? Eh... bien... bien, sí –masculló mientras recorría con la vista los portentos del soborno familiar matinal: café molido, exprimido natural, mermeladas-. ¿Sabes qué? Te reservé una cancha de tenis en el club, para que vayas con Víctor, que te llamó ayer para invitarte. ¿Te dije que te llamó ayer? –mintió en forma experta la Sra. Obrero, ya que el llamado había sido en exacto sentido contrario.
- No, no me dijiste. Pero... haberlo sabido antes... tengo algo que hacer hoy.
A María Obrero le tembló la jarra con leche tibia que sostenía en la mano derecha, y tuvo que ayudarse con la izquierda también, ante la seguridad demostrada por su esposo, y la previsible fatalidad implícita en ese simple algo
. Pero no tuvo tiempo de indagar más, ya que como uno solo bajaron sus tres hijos: Pilar, de quince, que era la que realmente criaba a sus hermanos menores mientras su madre se dedicaba a cuidar que Agustín no se matara cada vez que tenía un momento libre, Inés, de doce, y el pequeño Juanito, de tres, a quien las otras dos ayudaron a sentarse en su sillita elevada.
- Memelada de urazno –reconoció emocionado el pequeño.
- Mermelada de Durazno –corrigió Inés, la del medio.
- Ja, y jugo natural de naranjas –saboreó Pilar desconfiada, pues sabía que esto no era nada bueno-. Papá, ¿qué vas a hacer hoy, que tienes el día libre? –y le clavó a su progenitor una mirada taladrante.
- Eeee... estemmm... –dudó Agustín-. No, nada... tengo que ir a hacer un trámite.
- ¡¡¿¿TRÁMITE??!! –exclamó María, cayéndosele la taza de café con leche al suelo-. ¿Cómo que tienes que hacer un trámite? ¡Tú no vas a hacer ningún trámite! ¡Olvídalo!
- Papi –trató de tranquilizar la situación Pilar-, ya todos sabemos que eres adicto a los deportes extremos y las emociones fuertes pero... ¿un trámite? ¿Te parece? Vamos, dime que estabas bromeando. Es una broma, ¿verdad?
Juanito, el menor, había estado atareado con su tostada untada con la mermelada de durazno que tanto le gustaba hasta ese momento. Él, con esa sensibilidad especial que tienen los niños, podía sentir la tensión que había en la cocina, y paró la oreja.
- No, es en serio –anunció en tono grave Agustín-. ¡Tengo que hacerlo!
- A ver –dijo conteniendo la ira su mujer, María-. ¿Y qué trámite es ese que tienes que hacer tan grave y urgente como para arriesgar tu salud?
- ¿Papá se va morí’? –preguntó azorado Juanito, desde su sillita elevada.
- No, no se va a morir –le tranquilizó Inés, aunque ni ella estaba segura.
- Tengo que renovar la licencia de conducir. Se me venció ayer.
- Ah, pero... no tienes que renovarla –trató de convencerse a sí misma su esposa-. ¿Cuánta gente debe haber por ahí que conduce sin licencia, o con la licencia vencida?
- Es imprudente, María.
- ¡¡¿¿AH, SÍ??!! –estalló su esposa. ¡Yo te voy a decir qué es imprudente! ¿Debo recordarte lo que ocurrió la última vez que fuiste a hacer un trámite al Municipio? ¿Debo hacerlo?
- Me desmayé, pero...
- ¡Te vino un colapso nervioso y casi infartas, Agustín! ¡Estuviste internado dos meses en un manicomio para recuperarte! ¡Eso es lo que ocurrió!
- Bueno, desmayo... colapso... casi igual.
- ¿Papi se va morí’? –repitió Juanito, cada vez más convencido de que le estaban ocultando la verdad.
- ¡Te dije que no! –le reprendió Inés, la del medio, pero ya su hermano de tres años comenzó a gimotear.
- María, es imprudente que conduzca con la licencia vencida. Llego a tener un accidente y el seguro no cubrirá nada: ni mis daños, ni los del otro, ni la responsabilidad civil. ¡Hasta podría ir preso!
- Mejor preso y no muerto, ¿no? –acotó sarcásticamente Pilar, con una mirada funesta.
- ¡Tú cállate! ¡Nadie te dio vela en este entierro! –le espetó su madre.
- ¡Pues no me callo nada! ¿No ves, madre? ¿No ves que lo está haciendo para vengarse porque estoy saliendo con Santiago?
- ¿Qué Santiago? –preguntó extrañado Agustín.
- Eso... ¿qué Santiago? –repreguntó su madre-. ¿No será ese peludo motociclista, ese que está viendo qué tatuarse en los dos centímetros cuadrados de piel que aún tiene libres, no?
- Mmm... no... –masculló la joven, mientras pensaba una buena salida para su autoincriminación-. Ese era Solano... y no era dos... eran casi diez los centímetros cuadrados... Santiago es mucho más sanito: escucha música clásica, practica yoga y ese tipo de cosas.
- Luego hablaremos al respecto –advirtió María, y dirigió nuevamente la atención a Agustín-. Mira, ya en las ciudades modernas casi no se usa el coche, la gente anda en bicicletas... o toma el tranvía o el metro...
- Pero, si no hay tranvías ni metros en Uruguay, querida...
- Bueno, el autobús, lo que sea.
- Vivimos en una quinta, María, a dos kilómetros de caminata de la parada más cercana. Razona un poco lo que dices.
- Pero... ¡te hará bien el ejercicio! Dos de ida, dos de vuelta todos los días... ¿Eh? ¿Qué opinas? O bien podríamos mudarnos más cerca de la ciudad, también.
- María...
- Es que... Agustín... no quiero perderte por un trámite.
- ¡Eda ciedto! ¡Eda Ciedto! –chillaba Juanito-. ¡Papá se noz muede!
Lo cierto es que al rato se estaban despidiendo todos, en la puerta de su hogar. Ese día la Sra. Obrero haría el reparto de los niños en la escuela, y el liceo y el jardín, mientras Agustín caminaría los dos kilómetros con suma tranquilidad hasta la parada y se tomaría el autobús, para ir a su cita impostergable... con el temible edificio municipal. Pero antes de despedirse, tuvo lugar un acto más parecido a la extremaunción que a otra cosa.
- Ten, papá, toma mi reloj –ofreció Inés-. ¿Ves ese botón ahí?
- ¿Este?
- No, ese no, este. Bien, lo aprietas y te da las pulsaciones por minuto. No dejes que pasen las 170, ¿me lo prometes?
- Te lo prometo. ¿Esto qué es, María?
- Mi crucifijo, ¿qué crees?
- Pero si yo no soy Cristiano.
- No importa. Llévalo y listo, ¿quieres? Ah, y esta pata de conejo también.
- ¿Mezclando lo profano con lo religioso, mamá? –le cuestionó su hija mayor.
- ¿Yo qué sé? Si no le salva uno, tal vez el otro sí... o los dos...
- Bien, llevaré ambos.
- Creo que no necesitaré esto hoy –dijo Pilar a su padre, entregándole su lector de CD portátil y los auriculares-. Y te puse dentro la selección de boleros románticos y baladas de soul que te había compilado en formato MP3.
- Gracias, hija –y le besó la frente.
- Toma –sólo dijo Juanito, a quien apenas habían podido convencer acerca de que su padre no iba a morir, mientras le entregaba su juguete preferido: el osito de peluche.
Algunas horas más tarde, por fin Agustín Obrero estaba allí: frente a la fachada del edificio municipal. La monstruosa mole de ladrillos rojos de dos calles de ancho por dos de profundidad en sus cinco primeros pisos, y estrechándose considerablemente en los restantes quince, parecía mirarle desde sus cientos de ventanitas. La estructura parecía burlarse de él como si dijera: Por fin hete aquí nuevamente. Creíste que podrías huir pero no... Esta vez no saldrás con vida de mi interior
. El Sr. Obrero hasta podía oír las risas macabras del edificio, y se tuvo que golpear la cabeza con su mano diciéndose en voz baja:
- Basta
