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Unai, periodista de investigación residente en María, se ve involucrado en toda la trama que le llevará a recorrer diferentes puntos de la Sierra de María, siguiendo pistas que le ayudarán a avanzar con la investigación. Solo tiene una duda, ¿por qué él?
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La piara - Chema Almar
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© Chema Almar
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-139-2
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DEDICATORIA
Por orden de edad, para que ninguna se me mosquee…
A mi abuela Carmen. Porque si las santas existieran, ella sería la madre de todas las santas.
A mi tía Pepita. Por acogerme en los momentos difíciles y porque merecía terminar sus días como su madre. Otra santa. Ya van dos.
A mi madre. Por traerme a este mundo. Por darme la mejor educación que pudo, por quererme tanto y por sus lentejas, que están de cine. Tercera santa.
A mi mujer. Porque a pesar de que soy un tipo insoportable, todavía se empeña en vivir conmigo. ¡Qué le vamos a hacer! Para todos los siempres… TQM.
A mi hermanita del alma. Porque si me dan a elegir, me seguiría quedando contigo. Y aunque te fastidié algún ligue, sé que ya no me lo tienes en cuenta.
Y a mis dos soles, Carmen y Marta. Que, aunque crecen demasiado rápido y ya no las puedo tomar en brazos, ya saben abrir una botella de vino, y eso, a mi edad, es lo más importante.
INTRODUCCIÓN
María, 31 de diciembre de 2022
Lo que se suponía que debía ser un día de fiesta, para Unai estaba siendo todo un infierno. Y todo apuntaba a que el día no iba a terminar mejor para él; nadie quiere acabar el año sintiendo el frío metálico de una pistola contra la cabeza. Pero eso él todavía no lo sabía.
Estaba exhausto, apoyado en la barra de la Taberna del Callejón. Había subido al pico de la Burrica en tiempo récord, vestido de Papá Noel, salvando un desnivel de novecientos metros de altura y catorce kilómetros de recorrido, para seguir una pista de la investigación. La semana estaba siendo de locos.
Los habitantes de María parecían no tener aún conocimiento de los terribles crímenes que se habían cometido días atrás en pleno corazón del parque. Les habían contado otra versión para que los vecinos no entraran en pánico; no querían que tuvieran constancia de lo sucedido hasta avanzar un poco más en la investigación. Solo se habían limitado a reforzar modestamente la vigilancia.
Pero lo cierto es que cuatro cuerpos habían sido hallados por un agente forestal en la Dehesa del Marqués. Todos estaban decapitados, y donde antes había cabezas humanas, ahora había, semicosidas a sus torsos con el tipo de cuerda que se utiliza para colgar y secar los jamones, cabezas de cerdo.
Y no solo eso. Otra característica hacía que la escena fuera aún más dantesca: todos los cuerpos, alineados uno junto a otro, estaban pintados íntegramente de rojo, con la sangre que previamente les habían extraído de alguna manera. Sus brazos derechos yacían de forma natural hacia los pies. Los izquierdos habían sido manipulados para que quedasen alzados.
Y lo más desconcertante de todo: ambas manos sujetaban una especie de hoz o sierra de madera, con sílex incrustado. Las manos izquierdas, aparte de la hoz, también sostenían lo que parecía ser el corazón de las víctimas.
La escena, aunque siniestra para los que descubrieron los cuerpos, era muy familiar para todos los habitantes de la Comarca de Los Vélez: se trataba de una reproducción exacta del brujo de la Cueva de los Letreros de Vélez Blanco.
.
Sábado, 24 de diciembre de 2022.
Unai se despertó temprano, como de costumbre, entre las siete y siete y media de la mañana. Tomó una ducha, se vistió y empezó a preparar el desayuno. Mientras calentaba la leche, salió al patio de su casa para ver cómo iban las habas y los ajos que había plantado meses antes.
Luego, echó un par de troncos a la Brompi del salón, para empezar a caldear la casa. Según la estación meteorológica que decoraba la mesa retro del salón, en el exterior la temperatura era de cinco grados. Algo normal si pensamos que María está situada a 1200 metros de altitud, junto al Parque Natural Sierra de María, y allí los inviernos son muy duros, sobre todo cuando nieva. Aunque ese año la nieve estaba tardando mucho en llegar.
Se sentó en uno de los sillones orejeros del salón, junto a la estufa de fundición, sujetando con las dos manos la taza de café. Era el día de Nochebuena y todavía no tenía ni idea de qué iba a preparar para cenar, ya que sus amigos Lola y Lucas se habían apuntado a cenar con él esa noche en La Mulica.
Unai, experiodista de investigación de un importante periódico de tirada nacional, decidió abandonar la gran ciudad para marcharse a vivir a María, un pequeño pueblo de montaña enclavado en la Comarca de los Vélez. Llegó en busca de paz, tranquilidad, una mejor calidad de vida y con la sana intención de hacerse un buen huerto en el patio de su casa.
María, a pesar de ser un pueblo de poco más de mil habitantes, tenía todos los servicios necesarios: farmacia, cuatro o cinco tiendas de alimentación, media docena de bares, peluquería, estanco, consultorio médico y ferretería. Su economía estaba basada en la agricultura, en la ganadería y sobre todo en la producción de jamones serranos.
Pero lo que realmente enamoró a Unai fueron sus montañas. «Mis montañas», como solía decir él cada vez que las miraba.
Era el pueblo perfecto para plantearse un retiro y recuperar lo esencial de la vida: vivir.
Por su manera de ser y por su predisposición meterse en todos los ajos, Unai cayó bien desde un principio entre los vecinos, a los que siempre solía ofrecer su ayuda para cualquier tarea que le pidieran. Esto era algo que a Unai también le venía bien, pues así podía tener ocupada su cabeza unas horas.
Y como él decía: «mente ocupada, cuerpo menos horas en el bar».
Sonó el timbre de la puerta. Uno de esos timbres antiguos que pueden llegar a reventarte un tímpano si pasas por su lado cuando alguien llama. Unai se levantó para abrir la puerta y al otro lado estaba Alíbey. Vestía un pantalón de montaña, un plumas azul sobre el que sobresalía un jersey de cuello vuelto y en la cabeza, para protegerse la calva del frío, calzaba un gorro de lana azul y blanco. Y si Alíbey iba vestido así es que tenía que hacer una rasca de narices.
Alíbey era un buen amigo de Unai. Lo conoció años atrás en una ruta de 4 x 4, pasión que ambos compartían. Como también compartían las rutas a pie por los diferentes caminos y senderos de la Sierra de María. Y, por supuesto, también era su compañero de farra.
—¡Unai!, ¿qué? ¿Te vienes a Los Viejos a tomar una cafelito? Hay un ambiente en el pueblo que flipas. Y la Sara está invitando a medio pueblo a anís y mistela. También a polvorones. ¿Te apuntas?
De la casa de Unai a
