La terca audacia de la mosca
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La terca audacia de la mosca - Braulio Fernández Biggs
¡Evohé!
Entonces corrimos río abajo como unos locos, parecíamos desbocados saltando entre las piedras, como saltamontes hacia abajo río abajo persiguiendo al sol.
Avanzábamos dando saltos y piruetas sobre los bolones de piedra como conejos, y a ratos nos asemejábamos también a una horda de hormigas o tal vez de moscas. Y reíamos como ríen todos los niños que corren río abajo, y gritábamos, y le hacíamos higas al sol como si fuera una vieja gorda o el maestro de la escuela. Sobre el agua, las jorobas de las piedras estaban blancas; eran blancas pero no como huevos prehistóricos, sino como eso, como jorobas blancas, como gibas secas de tanto esperar al sol, y así no nos resbalábamos. Parecíamos una manada, unos locos saltamontes saltapiedras de los ríos haciéndole higas al sol, chillando como los indios de las películas y agitando nuestros palos. Con los torsos desnudos, quien nos hubiera visto desde atrás –y yo veía a mis compañeros adelante– habría pensado en sombras, tal vez en soldados griegos, en fantasmas furiosos por atrapar al sol o en algo así.
Y entonces reímos a carcajadas y parecimos bailar sobre las piedras haciendo piruetas, y si alguien daba un paso en falso luego se ufanaba ante los demás con dos pasos en verdadero, con dos volteretas de bailarín, y éramos osados y valientes, sí, fuimos osados y valientes esa tarde de río corrido y correoso, esa terrible tarde de río corrido en que le partieron la cabeza a Carlitos.
¿Por qué lo odiaron? Nunca nadie lo supo, nunca lo entendieron. El pelo en su cabeza era como una cama mal hecha, sí, o como si llevara un gato muerto, pero nada más (bueno, la misma nariz de sus once hermanos, esa cosa roma, torva, curva, extraña. Pero nada más). Carlitos no tenía nada más distinto a lo de todos nosotros (excepto a mí, claro, el tartamudo hijo del dueño). Pero para esas cosas yo no contaba, yo era exceptuado, pasaba como una salvedad. Pues en todo menos en eso era igual a ellos: igual de saltapiedras, igual de desenfrenado y niño. Corriendo río abajo una tarde persiguiendo al sol podía ser igualito a los demás. Y lo era; sí, lo era. Pero lo de Carlitos fue distinto. Nunca se burlaban de él, pero lo escuchaban distinto; nunca lo molestaban, pero lo miraban distinto. Tal vez Carlitos les recordaba algo malo de ellos mismos o le tenían envidia por sus once hermanos narigones. No lo supe, yo nunca lo llegué a saber. Pero a la otra tarde lo encontraron muerto, sí, esa misma otra tarde en que lo mataron, no alguno de nosotros, no, pero en que lo mataron, lo mataron esos otros, le partieron la cabeza con una piedra o algo así, y los del pueblo lo encontraron bajo el agua, todavía soltando sangre, a la tarde esa siguiente.
–Vámonos a casa, oscurece.
–¡Un poco más! ¡Un poco más!
–Pero el sol ya se pone.
–¡Lo cogeremos, lo cogeremos! ¡Al camino!
Y los pieles rojas comenzaron a ulular, haciéndose tapones en las bocas con las palmas de las manos, lanzando chillidos en dirección al boscaje que perseguía el curso del río a cada lado.
–¡No saldrán!
–¡No se atreverán a salir!
–¡Un poco más! ¡Vamos!
Ya se hacía difícil saltar sobre las piedras, pero habíamos desarrollado algo como un instinto, una especie de reflejo entre salto y salto, de corazonada, que nos impedía resbalar o caer. Allá seguía la jauría de saltapiedras en el río, en dirección al sol moribundo, y yo los veía adelante.
–¡Chillen más fuerte! ¡Chillen más fuerte! Así no se atreverán a salir.
Y los locos saltarines chillamos, chillamos hacia la espesura, como en un loco exorcismo o un rito de hipnosis.
–¡Au, au, au, au!
–¡Ay, ay, ay, ay!
–¡Yai, yai, yai, yai!
–¡Uí, uí, uí, uí!
No había reglas ni lenguajes preestablecidos, ni tampoco conjugaciones: se trataba de espantar al boscaje y todo lo que se ocultaba dentro.
–¡Lancemos nuestros palos! –gritó Carlitos, y todos los pieles rojas, como un solo puercoespín herido, arrojaron sus palos sin dejar de saltar las piedras del río en la negrura de lo espeso. El misterio no soltó siquiera un gemido y siguió acompañándonos unos diez minutos más, hasta que el loco más loco de todos los saltamontes, el más frenético de los saltapiedras, el que desbocaba adelante primero que nadie y antes que todos los demás, Ángel, sí, gritó a voz en cuello:
–¡Salir! ¡Al camino!
Habíamos llegado a poco de que se extinguiera la luz, habíamos venido una vez más a la agonía del sol. Junto a nosotros, y hacia la derecha, se abría el camino que llevaba al pueblo.
Sólo entonces pisamos el agua, hundimos nuestros pies cansados en el río y fuera de las rocas, después de una espléndida jornada de saltos y tumbos y giros y todo, en un gesto soberbio de victoria y de desprecio: así se nos pegaba muy bien el polvo del regreso, el polvo de una simple tregua.
Entonces todos salimos con los pies mojados del agua, pues había que atrapar al polvo. Si hubiera sido de abejas, nos habríamos embadurnado las pantorrillas con miel; pero sólo era polvo, polvo del camino...
Más allá, una media hora más allá, los perros de las primeras casas nos ladraron al pasar. Sólo vimos sus lenguas rojas y sus babas. Ángel sonreía, pues adoraba ser ladrado por los perros. Más adelante ya eran todos los perros del pueblo ladrándonos, y Ángel caminando dichoso.
–Bueno, hasta mañana –dijo, y se dio media vuelta frente al callejón que iba hasta su casa. Los demás aullamos y chillamos, como en el río, pero al unísono esta vez: una manada en la jungla, una hueste aquea perfecta. Un cuerno de la luna se apoyaba sobre el tejado de la casa de Ángel; tiempo después, yo fui el único que recordó haberlo visto saltar para cogerlo.
Seguimos caminando y la noche se cerró hambrienta sobre nosotros y nuestras casas, donde exhibimos con orgullo nuestras piernas llenas de polvo, heridas de la guerra.
Pero Carlitos no había llegado.
A la mañana siguiente nos volvimos a reunir en la naciente del río. Traíamos nuevos palos y los estómagos vacíos. Entonces Ángel habló:
–Hoy saltamos como conejos y los atrapamos. No existe otra posibilidad. Quien no esté dispuesto a morir, que se vaya ahora mismo.
Y hubo un gran silencio: un silencio como de valle y útero, que lejos de intimidarnos llenó nuestros corazones de júbilo. Y aunque Carlitos no estaba entre nosotros, no había llegado a su puesto aquella mañana, nadie dijo nada. Era tan evidente su ausencia que nadie dijo nada.
Rubén tomó la palabra y profetizó:
–Hoy seremos leyenda.
Entonces todos, como encendidos por un impulso eléctrico, comenzamos a saltar como conejos sobre las rocas, río abajo, gritando y aullando, una masa de pulgas saltarinas, de saltapiedras locos, desbocados, ululando y aullando, como saltamontes hacia abajo río abajo, persiguiendo al sol.
Pero aquella mañana ocurrió algo extraño, algo muy extraño que se extendió durante todo el día hasta el fin de la tarde. Y fue que los peces saltaron con nosotros. Eso nunca nos había sucedido, y fue como una premonición de lo que tenía que venir. Antes de que nos diéramos cuenta, rozamos los misterios del día con un millón de escamas de truchas –ahora– pegándosenos a los brazos. Todo nos supo a sal y a mar, a un lugar distinto del que estábamos acostumbrados, muy lejos de nuestras narices y nuestras cabezas, muy lejos del sol perseguido.
Si alguien nos hubiera visto desde atrás, habría pensado que una cierta locura se había introducido en la naturaleza. Pero no hubo cosa así: Ángel no perdió el control y eso que, a ratos, los peces intentaron mordernos las orejas. Mas bien, pegársenos como pendientes a las orejas. Quisieron ser novias de unos locos saltapiedras río abajo como si el mar ya no existiese más. Y por poco les resulta... Sí, por poco.
¿Y si lo hubieran logrado? Bueno, Ángel lo dijo: los clavábamos en nuestras puntas y ya, aunque doliera.
A mediodía alcanzamos el mediodía del río y tuvimos la firme sospecha de que no habría nada mejor que hacer, nada mejor hasta la caída de la tarde. Ángel ordenó y dispuso y distribuyó un descanso en mitad del río, aunque algunos locos siguieron avanzando como pulgas, como canguros fuera del tiempo y del lugar, saltapiedras desenfrenados por las piedras.
El resto comió. ¿Qué? Pues peces, pescados. Uno se quejó de la falta de sal, pero se le recordó aquel pasaje de las Escrituras (no dije que éramos creyentes…).
Y tras comer, tras llenarnos de peces y de escamas, tras engullir la mitad del río plateado y sus frutos, fue ahí, entonces y ahí, cuando Ángel se levantó y dijo:
–Los del boscaje van a matar a Carlitos.
Vesubio, con la carita más blanca que todos nosotros (con la carita más blanca que la de un niño, pues era como un príncipe de leyenda, de leyenda y de cuento, más pequeño que Carlitos y sin embargo más luminoso y más cerca de la muerte y de Dios), se levantó y tomó la palabra. Llevaba dos truchas colgadas de las tetillas, de sus tetillas aqueas, pero tan sinuosas que daba risa verle:
–Ángel, ¿estás seguro?
–Muy seguro.
Y entonces nos alzamos con fruición y volvimos a ser saltamontes, conejos, pulgas y canguros. Una manada de saltapiedras, saltabosques y ojiabiertos. ¡Evohé!
¿Qué había ocurrido? Como dije, nadie nunca lo supo. Dimos la alarma a las madres, que dieron la alarma a los padres que trabajaban en el campo, y todos juntos fueron hasta el cruce del camino con el río. Y ahí encontraron a Carlitos, boca abajo todavía en el agua, con el cráneo lo mismo que un caracol aplastado por un pie. El río seguía llevándose su sangre río abajo, en dirección al mar.
–Algún día el mar ya no existirá más, enseña el Apocalipsis –dijo Rubén absorbiendo la sangre con sus ojos.
–Entonces Carlitos tampoco –dijo Vesubio.
–Vamos al boscaje –dijo Ángel, y todos saltamos tras él.
¿Por qué le decíamos Vesubio? Porque tenía el cabello rojo como la lava, y cada vez que se ponía nervioso, se le encendía. Aquella tarde nos fue una antorcha, una antorcha roja en medio de la oscuridad. El arconte Vesubio.
No sabíamos quién o quiénes anidaban en el boscaje ni cuántos eran, pero sabíamos que estaba o estaban allí y que allí vivían. Que allí se ocultaban del mundo y a veces salían a cazar. Sí, como nosotros a cazar. Alzamos nuestros palos siguiendo a Vesubio, y Ángel nos cubría a todos desde la retaguardia. Sólo oíamos el ulular de los búhos y a las hojas en el
