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Objetivo: redención: Malo Casavella II
Objetivo: redención: Malo Casavella II
Objetivo: redención: Malo Casavella II
Libro electrónico510 páginas6 horas

Objetivo: redención: Malo Casavella II

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Malo Casavella, de nuevo ante la juez. ¿Quién traiciona de nuevo al Ctres Club?

Massalterna, población imaginaria en la provincia de Valencia (España), en el litoral del Mediterráneo. Finales del 2004. Malo Casavella, concejal de dicha localidad desde mayo del 2001, ha sido derribado de su acta, no por los ataques de la trama corrupta, incluso juicio por acoso sexual, instigado por una empleada y apoyada por el testimonio de su socia y amiga, chantajeadas ambas por la citada trama. Su alejamiento de la política ha sido motivado por la división de células, un carcinoma de mama diagnosticado a su esposa.

Inmerso en la curación de su mujer, abandona su deseo de luchar contra la corrupción y llevar a los culpables ante la justicia. A pesar de ello, el lado oscuro —ignora él la causa— vuelve a darle un golpe bajo, destruyendo algo muy valioso para él y su primogénita, Milla.

Desapareciendo el mal que afectaba a su compañera, inicia su revenge contralos malos.

Enterados de su cruzada, se le van uniendo todos aquellos que le acusaron en el juicio, del cual salió absuelto por la rectificación de las que lo inculparon. Amén de que también se le unió como un colaborador importante el detective del lado oscuro, que movió los hilos y presionó a sus colaboradoras, siendo el artífice, entonces, de encontrar sus puntos débiles.

Así nació el Club Cruzada Contra la Corrupción (Ctres Club), dando así un giro de 180 grados en la intencionalidad de los componentes del mismo, dado que todos deseaban liberarse de su culpa y conseguir su redención.

Al margen del autor, los personajes decidieron redimirse, apartando la venganz a, plato más amargo.

Pero, en su lucha, nuevamente la traición volvió a irrumpir en sus intentos de llevar al cerebro instigador de la trama corrupta ante la justicia. Este era un personaje con mucho poder, tanto económico como en las áreas de la política local.

¿Logrará el Ctres Club descubrir el caballo de Troya en sus filas y cortar las cabezas de la hidra del mal?

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IdiomaEspañol
EditorialCaligrama
Fecha de lanzamiento25 ene 2021
ISBN9788418500640
Objetivo: redención: Malo Casavella II
Autor

Nelo S. Bacora

Nelo S. Bacora (La Pobla de Farnals, Valencia, 1943) es pensionista en la actualidad. Su vida laboral transcurrió durante aproximadamente cuarenta y dos años en una entidad benéficofinanciera, hoy desaparecida gracias al buen hacer de los políticos. No tiene títulos académicos ni tampoco másteres, allá por el año 50 del pasado siglo obtuvo lo que llamaban entonces «certificado de estudios primarios». Posteriormente, estudió unos cinco años en los Salesianos de la calle Sagunto de Valencia, los cuales dejaron huella de buena moral y conocimientos de cultura y algo de contabilidad. De allí opositó y entró a formar parte de la plantilla de la entidad referida por el año 1960, hasta su jubilación. Su bagaje cultural lo debe principalmente a su afición a leer novelas. Además de estas, ha devorado también manuales, libros de contabilidad, sobre administración de empresas, informática para usuarios, asistido a muchos cursillos, análisis de documentación legal y la lectura casi diaria de la prensa escrita, así como consultas a través de la red de Wikipedia. Hace unos años se propuso escribir una novela, por aquello de tener hijos, plantar árboles y escribir un libro. Ha plantado muchos árboles y plantas. Casado y con tres hijas, actualmente le quedan dos, tras perder a su primogénita, después de seis años de lucha contra el cáncer. Su añorada hija ha sido la estrella que ha guiado su mano a la hora de escribir, sin los recuerdos de su manera de ser, su obra hubiera sido estéril; y si no lo es, se debea su guía, que sosiega su espíritu.

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    Objetivo - Nelo S. Bacora

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    OBJETIVO: REDENCIÓN

    Malo Casavella II

    OBJETIVO: REDENCIÓN

    Malo Casavella II

    Nelo S. Bacora

    Esta es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Todos los personajes, nombres, hechos, organizaciones y diálogos en esta obra son o bien producto de la imaginación del autor o han sido utilizados de manera ficticia.

    Objetivo: Redención

    Malo Casavella II

    Primera edición: noviembre 2020

    ISBN: 9788418500114

    ISBN eBook: 9788418500640

    © del texto:

    Nelo S. Bacora

    © del diseño de esta edición:

    Penguin Random House Grupo Editorial

    (Caligrama, 2020

    www.caligramaeditorial.com

    info@caligramaeditorial.com)

    Impreso en España – Printed in Spain

    Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos en la ley y bajo los apercibimientos legalmente previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a info@caligramaeditorial.com si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

    A mi añorada filla Mila, la cual no ha podido conocer a su sobrino, Aritz, mi nieto, pues nació tras su pérdida en el 2015.

    Hay muchas cosas por las que daría la vida.

    No hay una sola por la que mataría

    Gandh

    Estoy en contra del altruismo.

    Ayn Rand

    A favor de la amistad.

    El autor

    En la actualidad

    2010

    5 de noviembre, viernes

    Efficonsa, despacho de Malo Casavella, socio fundador de dicha asesoría, junto con su compañera, ahora fuera de la mercantil, M2. La empresa la crearon tras ser despedidos de una multinacional alemana, en la cual llevaban el departamento contable-financiero.

    Se abre la puerta de la citada estancia y una intrigada Mamen le anuncia:

    —Una agente judicial desea entregarte un citación personalmente. —Esta parece menos agraciada pero más simpática que la de hace unos años—. ¿Qué ha hecho esta vez el malo de mi jefe?

    —Vale, dile que pase.

    Una, en efecto, agradable mujer de edad similar a la que acaba de salir inquiere:

    —¿Señor Malo Casavella?

    —El mismo, ¿qué se te ofrece?

    —Nada importante, entregarle una citación para que se presente ante su señoría, la jueza Mercedes Eres, que parece conocerle y que a regañadientes ha cursado esta.

    —¿Y puedes avanzarme algo?

    —Por supuesto, se…

    —Espera un momento —y dirigiéndose a la puerta, anuncia—: Mamen, pasa.

    Esta entra antes de terminar la frase su jefe, socio y, tras sentarse en uno de los sillones, invita a la visitante al otro.

    —Si no te molesta, mi socia, que es mi consejera en temas legales, me gustaría que escuchara tus palabras de forma directa y clara. —Sabía que iba a escucharlas tras la puerta—. Y, si no te incomoda, puedes darme tu gracia.

    Ante la expresión interrogante de esta, Mamen le apunta:

    —Tu nombre, mujer, antes se preguntaba así, con que puedes imaginarte la edad de este delincuente.

    Repuesta ante tal aclaración, la aludida responde:

    —Me llamo Pepa.

    —Pues bien, Pepa, dinos lo que sepas, si eres tan amable.

    —Pues se trata del «funeral vikingo» que parece que usted organizó hace unos días. Lo sé por una filtración, no podemos leer las citaciones.

    —Me lo imaginaba y…

    —No se preocupe, la jueza encargada del caso tiene buenos recuerdos de usted, de cuando lo acusaron por acoso sexual; seguramente, entre otras cosas halagó su ego femenino.

    —Dalo por seguro, este Malo no se pierde ocasión ante cualquier hembra que se ponga en su radio visual, pero, eso sí, con naturalidad e, igual que a mí, a las que trabajamos con él nos encanta y nos hace sentir más… eso.

    —Pues, como le decía —continúa la funcionaria—, parece ser que un prohombre está presionando a la jueza, así como tenemos conocimiento de que también lo está realizando en el club náutico. Pero estamos a su favor los que trabajamos con su señoría y corren rumores de que fue un espectáculo fantástico. Tiene por tanto la simpatía de la jueza y sus ayudantes; el mío también y con toda seguridad, cuando acuda, le va a echar una bronca de cara a la galería y nos consta que le pedirá en la intimidad, sin taquígrafo en su despacho, copia del vídeo que aseguran que tomó un noruego. Estamos todos con ganas de verlo.

    —Pues no tendré más remedio que acatar las órdenes de su señoría, no sea el caso que me envíe a la cárcel por desobediencia.

    —Ni de coña, hombre.

    —Vaya, Pepa, eres un encanto de mujer, aunque el aquí presente diría de hembra —apunta Mamen, sonriendo.

    —Que lo es, no te quepa duda, y añadiría que su simpatía hace palidecer el fuego de nuestras fallas.

    —¿Lo has oído, Pepa?

    La agente judicial, en efecto, recibió con gusto el halago del varón y comprendió a su jefa. Este hombre era terriblemente encantador.

    16 de noviembre, viernes

    La jueza Mercedes Eres iba a sustituir al de instrucción, de guardia el día de autos, por enfermedad del mismo y, al observar que el acusado era Malo Casavella, por el «funeral vikingo», como se había denominado el acto denunciado, amén de la denuncia que sumar a dicho acto, el de desobediencia a la autoridad, había movido sus contactos con el juez decano, aludiendo estar con tiempo para atender tal instrucción.

    Por un lado, por parte de un importante empresario, mecenas de cara a la galería, quizás como cortina de humo por sus actividades legales ¿pero éticas?, Juan Fortuna, que así se llamaba el citado mecenas, a través del abogado Dostorres, solicitaba un castigo ejemplar, ante tal acto, que calificaban de pagano, vandálico y poco al estilo de nuestras tradiciones. Visión esta muy lejos de la realidad, toda vez que se había realizado en una comunidad que rendía culto al fuego, a través de la quema de los monumentos falleros, amén de que se olvidaban de lo que sí fue vandalismo, la quema del velero anterior de la hija del citado Malo Casavella. Añadían que seglares del entorno de la jerarquía católica opinaban que no podían tolerarse manifestaciones ancestrales de culturas históricas, que no debían sacarse del baúl de la historia o leyenda, según opiniones, leyendas negras.¹

    Por el lado más realista y tolerante, en un estado democrático y laico, sumaba a su propio criterio, el de la jueza, el de la embajada noruega, a través de un diplomático, el cual manifestaba que su país vería con buenos ojos el que no se tomaran medidas disciplinarias contra el promotor del citado funeral vikingo, pues, aunque no se celebran este tipo de actos en la actualidad en su país, tachados sus ancestros de sanguinarios, era para ellos un acto importante tal celebración, siendo en la actualidad sus descendientes de los más tolerantes y prósperos en la Europa actual.²

    Malo acudió a la Ciudad de Justicia, situada frente a Cacsa,³ situada esta última en la parte sur del viejo cauce del Turia, ahora llamado jardín y parte en el mismo.

    Atendido por Pepa, la funcionaria que le entregó la citación —esta para ese día, 16 de noviembre de 2012 a las 10:30, faltando apenas unos dos minutos—, lo acompañó al despacho de la jueza Mercedes Eres, encargada de tal causa.

    Tras dar un par de golpes en la puerta de la dependencia judicial y escuchando un «adelante», la citada funcionaria, con una sonrisa, invitó a precederla al acusado.

    —Su señoría —anuncia—, el señor Malo Casavella. —Tras lo cual, muy a su pesar, se retiró. Después se enteraría por su compañera judicial.

    Al entrar, Malo observó que frente a su señoría se encontraba, con toda seguridad, un letrado, no para apoyarle, más bien suponía lo contrario, al servicio del señor Fortuna. Continuaba este queriendo derribarlo, no sabía de dónde ni por qué.

    A un lado de la mesa de la jueza se encontraba la auxiliar judicial, encargada de transcribir el acto, con sus útiles pertinentes, amén de la secretaria judicial.

    —Su señoría, un placer para mis ojos ver su elegante figura sin toga ni martillo.

    —Siéntese y limítese al saludo de cortesía y a contestar cuando se le solicite.

    —Como usted ordene.

    Sentándose a continuación en el sillón que se le indicaba con un gesto, en el libre de la izquierda, mirando la mesa, detrás de la cual se hallaba la jueza.

    —Tengo aquí dos denuncias contra su persona, la primera por el llamado funeral vikingo, dada la similitud con lo que dicen lo historiadores sobre el mismo acto, pero la más grave se refiere a su desobediencia a la autoridad, representada esta por dos agentes policiales. Parece que es habitual, en su conducta normal, molestar a otros o interponerse en el desarrollo de su profesión, los cuales sirven al Estado de derecho, con el que usted manifiesta ser respetuoso; otro cantar es a los que simplemente les ha molestado tal acto o bien quieren derribarlo, al igual que en el anterior caso que se vio ante mi tribunal, porfiando ahora en motivos nada fundados en derecho —ante la mirada glacial del ocupante del sillón derecho, continuó—: Esto último y no me gusta su mirada… —En alusión al citado ocupante—. Es a título personal, pues aún estamos en las presentaciones y aquí la funcionaria aún no ha iniciado su cometido, que dará sentido oficial cuando lo haga. Por ello le aconsejo, señor letrado meapilas, que se abstenga de criticar, ni tan siquiera con gestos o miradas, mis palabras.

    Dostorres, el abogado mencionado, encajó con temple la reprimenda particular de la jueza.

    Esta, haciendo un gesto afirmativo, con una ligera inclinación de su cabeza, transmitió a la susodicha funcionaria que iban a iniciarse las formalidades.

    —Señor Malo y señor Dostorres, doy por sobreseída la causa contra el primero, en relación con el acto en sí, que hemos denominado funeral vikingo, por no hallar acto punible con arreglo a nuestras leyes, pues, al igual que como ocurre con la quema de nuestros monumentos falleros, el acto en sí se considera un acto purificador, siendo nuestra comunidad emblemática en tales actos, siendo tolerantes con las críticas que se representan en tales monumentos, posteriormente ofrecidos al fuego purificador, por distinto motivo al que nos ocupa, pues me consta el porqué de este acto particular del señor Malo: loa al cariño por su hija, si no elogiable, sí comprensible, desde la posición de cualquier padre o madre, causa esta irrelevante en derecho.

    »Pero analizando este hecho, desde un prisma de seguridad ciudadana, tengo declaraciones firmadas que afirman que se tomaron las medidas suficientes para no causar daños materiales ni personales, aparte de los del propio causante, en un bien de su propiedad. En cuanto a su simbología con las antiguas tradiciones escandinavas, tampoco veo que haya molestado, todo lo contrario, según manifestación de un diplomático, en nombre de la embajada de Noruega, su país, dado, además, que unos ciudadanos del mismo acudieron gustosos a presenciar dicho funeral simbólico, colaborando en el mismo. Pero en aras —continuó su señoría— de que todo tipo de fuegos debe contar con su permiso reglamentario, caso por ejemplo de la quema de rastrojos, insto al señor Casavella a que sea más respetuoso y pida en su caso las autorizaciones pertinentes.

    »Por ello y en atención a esto último expuesto, como no puedo imponer sanción alguna como lo haría el Ministerio del Medioambiente, aconsejo al señor Malo que haga un donativo de mil euros que se puede ingresar en cualquier cuenta bancaria de la ONG que elija, estando segura de la que se beneficiara de esta cantidad. Doy, por tanto, finalizado el acto reprobatorio al señor Casavella. Si bien queda pendiente la denuncia por desobediencia a la autoridad, la cual no atañe al letrado presente, por lo que le ruego que abandone este despacho.

    Tomado el informe de juez de instrucción, que inició esta, y tras la salida con gesto adusto del abogado, el cual no había tenido la mínima oportunidad de abrir la boca, tal como si fuera el invitado de piedra, manifestó:

    —Tengo la declaración de los agentes que se personaron cuando estaba finalizando el repetido funeral vikingo. El agente más veterano, Miguel Segovia, se mantiene firme en su postura de que usted hizo caso omiso de su autoridad, si bien la otra agente, Blanca Nieves, como antes se ha mencionado, considera que únicamente hubo, por su parte, un intento de aclarar tal acto, aludiendo a que hace unos años incendiaron el otro velero de su propiedad, quejándose usted de que ninguna autoridad hizo acto de presencia, amén de que probablemente archivarían su denuncia; sí, es cierto que hubo acaloramiento en su forma de expresarse a la autoridad de los dos policías. Por ello, señor Malo, espero su versión de los hechos en este período de instrucción.

    —Su señoría, mi versión coincide con la de la agente Blanca Nieves, aceptando que quizás me expresé de forma diferente a mi manera de ser, cosa que me ocurre cuando afecta a una de mis mujeres y, en este caso concreto, a mi amada hija Milla.

    —Señor Malo, ¿estaría dispuesto a pedirle disculpas? Que estoy convencida de que surtiría un efecto conciliador, pues más bien creo que a dicho agente lo que le corroe es su ego ante su falta, digamos, de sumisión ante sus requerimientos.

    —Su señoría, no me costaría nada y todo pedirle disculpas a tal agente, pero hay algo a lo que no estoy dispuesto a renunciar, algo tan simple que se llama dignidad. Usted ya sabe por lo que he pasado, que antes ha mencionado, y he renunciado a ejercer mi derecho contra los acusadores, ya que consideraba que mi dignidad estaba a salvo. Por ello me atendré a las consecuencias derivadas de mi actitud.

    —Bien —manifiesta la jueza—, como le conozco, no voy a insistir, pues no va a ceder, cueste lo que le cueste, pero lo lamentable son los daños colaterales que sufren los inocentes por hallarse en el lugar y tiempo equivocados, al igual que ocurrió en los que le traicionaron obligados por los chantajes que sufrieron.

    —¿Y eso…?

    —Se trata en esta ocasión de la joven agente Blanca, la cual igualmente se mantiene firme en defender su postura de que no hubo ninguna resistencia a la autoridad, lo cual es probable que le perjudique en su carrera.

    Malo se queda en silencio, maldiciendo que las personas con sentido común que sirven a la Justicia, en primer lugar, y luego a las leyes y reconociendo que quizás él también sea, debido a su ego, el que le condiciona a tal disculpa, tengan que sufrir sus consecuencias. Finalmente, toma la palabra y manifiesta:

    —En tal caso, pediré las disculpas pertinentes, estoy harto de que las personas de conducta seria y noble tengan que pagar los platos rotos por mí.

    —También estaba segura —continúa la jueza— de que, tras lo que le he enunciado, su decisión sería la que ha manifestado. No obstante, a mi parecer, esta actitud lo hace más digno.

    A continuación, su señoría le pide a la secretaria:

    —Haga pasar a los agentes que esperan a ser llamados.

    El secretario sale del despacho y a los pocos segundos regresa con los policías indicados: Miguel Segovia y Blanca Nieves.

    La cara del varón no indicaba que este estuviera predispuesto a aceptar las disculpas, o bien tenía algún problema; por otra parte, la joven agente lucía una mirada dirigida a Malo, con amago de sonrisa, que equivalía a decirle: «Estoy de tu parte».

    ¿Qué ocurriría en los minutos siguientes? ¿Aceptaría Miguel Segovia las disculpas o tenía en mente otros pensamientos?

    ЯЯЯ


    ¹ ¿Qué país colonizador no tiene en su historia hechos hoy censurables por su crueldad? Por ello, recordemos: «Aquel que esté libre de culpa que tire la primera piedra» (Juan 8, 7).

    ² El autor da una versión ficticia en cuanto a cómo se ve en Noruega en la actualidad tales ceremonias. No desea molestar ni ofender a nadie. Al contrario, dar una versión tolerante, al igual que la realidad en dicho país.

    ³ Ciudad de la Artes y la Ciencias, S. A. Empresa pública de la Comunidad Valenciana.

    I

    Unos años antes…

    El lado oscuro incendia

    el Halcón Milenario

    3 de diciembre de 2004

    Estamos en Massalterna, localidad cercana a la capital del Turia, en la vivienda del exconcejal de dicha localidad, Malo Casavella. Este, por necesidades perentorias de la próstata, como le ocurría muchas noches, se ha levantado para aliviarse; son las 06:30. Cuando termina, oye que suena el fijo de su cocina. Extrañado lo coge y oye que le dicen:

    —¿Señor Malo Casavellla?

    —Sí, dígame.

    —Soy uno de los vigilantes del club náutico. Lamento tener que molestarle a estas horas y más por lo que tengo que comunicarle, pues su velero deportivo es pasto de las llamas. A pesar de haber llamado a los bomberos y estos acudir rápidamente, no se ha podido evitar que haya quedado completamente destruido. No sabe cuánto lamentamos lo ocurrido, pues aún recordamos el acto vandálico que produjeron en el mismo.

    —Voy enseguida y me informará más ampliamente.

    Tras vestirse y decirle a su mujer que tenía que marcharse por un imprevisto de la asesoría, cogió su todoterreno y se dirigió hacia el club. No entendía por qué le habían hecho esto, pues no dudaba quiénes eran los autores de tal acto, aunque no se hubieran molestado en hacerlo ellos mismos. Casi había olvidado sus deseos de justicia, esto iba a despejar sus dudas sobre emprender la cruzada vengadora y llevar ante los tribunales a los responsables, ahora de este vil e innecesario acto y por lo demás, para intentar apartarle de su acta de concejal cuando una simple división de cédulas lo había logrado.

    Estaba cavilando cómo comunicárselo a su amada hija Milla, con la ilusión que tenía con el Halcón Milenario y que en la actualidad, junto con su amiga Inma, estaban logrando proezas que antes ni soñaban en realizar. De lo que estaba seguro es de que su hija tendría otro velero y mejor y cuantos tuviera que comprarle, pues, por muchos que le quemaran, su Milla navegaría viento en popa a toda vela, como el corsario de la canción.

    Sus pensamientos volvían a la pregunta que se hacía: «¿Por qué?». Ellos no sabían de sus intenciones de tomarse justa revenge, pues nunca había manifestado tal intención.

    Cuando llegó al club, tras aparcar, se encontró con el vigilante que le había llamado, el cual no sabía cómo manifestarle su pesar, puesto que, después del acto vandálico mencionado, todos los vigilantes procuraban echar más de un vistazo extra en el lugar de los amarres del velero del señor Casavella y su estimada hija.

    —Señor Malo, es lamentable este tipo de sucesos. Ninguno de nosotros comprende estas acciones, pues hasta la fecha nunca había ocurrido algo similar de forma intencionada, pues estamos seguros de que el incendio ha sido provocado, ya que dos horas antes pasé por su amarre y no había señal de fuego alguno. Ha habido accidentes fortuitos por negligencia o despistes, pero en ningún caso de esta importancia.

    —No tenéis que preocuparos, los autores parece que están muy bien informados de vuestros pasos y rondas.

    —De todas formas, es nuestra obligación evitar este tipo de actos y por ello siempre estamos en guardia cuando vemos personas ajenas a este club merodeando por él.

    —Acompáñame a ver lo que queda del precioso velero que tanto estimaba mi hija.

    —Cierto, su encantadora hija parecía muy feliz cuando subía a su Halcón y cómo algunas veces hemos oído que dirigiéndose a usted le decía: «Pare, vamos a volar con nuestro Halcón Milenario».

    —Eso es lo que me preocupa, que no sé cómo se lo voy a comunicar, aunque no va a tardar en tener otro y mejor, pues acaba de obtener el PER⁴ y voy a comprarle uno de los mejores y más rápidos, como los drakkares vikingos.

    —Ahora que ha nombrado a dichos navegantes, tenemos en el club un noruego que tiene un hermoso velero de las características que ha mencionado y me ha parecido oír que desea venderlo, pues su intención es construirse uno más grande.

    —Ahora no, pero no tardaré en ponerme en contacto con él. Si lo ves, dile que te dé su tarjeta o señas, pues me interesaría hablar con dicho señor cuando acabe de digerir esta destrozo que no tenía que haber ocurrido.

    Tras cumplimentar la correspondiente denuncia ante las autoridades portuarias y firmar los documentos pertinentes, con una de las copias de dicha denuncia, que guardó en su cartera profesional, subió a su coche, un jeep Wrangler 4.00 litros con parachoques adaptados para realizar rallies, se dirigió a su oficina. Después de aparcar en la avenida de Aragón y como aún eran las 07:00, entró en la cafetería habitual a tomar un buen desayuno, pues, aunque le habían dejado sin las alas de su pájaro navegador, se sentía bien, ya que su esposa había salido del peligro; tras la analítica que le efectuaron la semana anterior, el oncólogo les comunicó que no quedaba señal alguna y, en cuanto a Efficonsa (Estudio Financiero Fiscal Contable, S. A.), esta iba muy bien y sus alas aguantarían el fuego que le echaran, esperando terminar el 2004 con buenos resultados económicos y un sustancioso reparto de beneficios para cada uno de los socios.

    Recordemos que la asesoría Efficonsa, antes llamada Efficon, S. L., fue creada por él y su entonces excompañera de una multinacional alemana, que los echó a la calle de mala manera y con la indemnización ajustada a ley, tras amenazar al directivo de la misma, ante la magistratura de lo laboral, a principios del año 2000, María Manuel, M2 para él, había vendido sus acciones a la actual socia, Mamen, Mari Carmen Montesinos, dejando el estudio financiero a raíz de haber prestado declaración contra su socio y amigo en la causa incoada contra él por acoso sexual a una de las empleadas, Helena Trollanos: joven de espléndida figura y muy hermosa, chantajeada igualmente y que al final rectificó y confesó la verdad, también ausente por la misma causa. Por tanto, en la actualidad el Estudio Financiero Fiscal Contable, S. A., contaba con los tres socios, los dos antes mencionados y Ernesto Laguia, especialista en el tema tributario y fiscal, que se incorporó el 15 de febrero de 2002, comprando un tercio del capital de entonces a los fundadores de la misma, Malo y M2, momento en que los tres decidieron ampliar el citado capital y convertir la asesoría en sociedad anónima. Estaban convencidos de que el proyecto de los fundadores iba a crecer en clientes y querían dar una imagen de solidez empresarial: con el mínimo de 60 000 €, muy diferente de los 3000 de una sociedad limitada.

    Desde su inicio, tenían la sede en la calle Amadeo de Saboya, cerca de la confluencia de esta con la avenida de Aragón y que, junto con la vivienda que remozaron y les servía de oficinas, habían alquilado como conjunto a una inmobiliaria afín de la Banca Mass, donde su amigo Pere era el director de la sucursal de dicha entidad financiera en la avenida citada, la mencionada vivienda y dos plazas de parking en el sótano del mismo edificio y que, tras la ampliación de capital citada, habían adquirido en propiedad.

    La amistad con el mencionado directivo les venía de sus contactos con el mismo cuando ellos llevaban la división financiera de la multinacional alemana que los despidió.

    Tras desayunar, Malo se dirigió a su oficina, entrando en la misma junto con su socia Mamen, la cual era bastante madrugadora.

    —Hola, jefe, ¿cómo estás?

    —Echando humo, vengo del club náutico. Esta madrugada, un poco antes de las seis, me ha llamado un vigilante de dicho club para informarme que el velero de la meua filla, pues últimamente lo llevan ella y su amiga, había sido pasto de las llamas, como si de una falla se tratara.

    —¿Cómo? ¿Han vuelto a meterse con vuestro Halcón?

    —Sí, pero esta vez definitivamente, no van a tener que molestarse otra vez.

    —¿Y tu hija cómo se lo ha tomado?, con lo feliz que navega con él, según nos cuentas.

    —Aún no lo sabe y, la verdad, no sé cómo comunicárselo. Igualmente, ignoro el motivo, aunque me figuro las manos que lo han provocado, no físicamente, a eso no se rebajan tales mezquinos.

    —Serán malnacidos. Estoy de acuerdo contigo, ahora ya no estás en política y, si te soy sincera, espero que les devuelvas la pelota con un buen revés, al estilo tenístico del manacorense.

    —Lo tenía en mente desde que finalizó el juicio, pero ahora ya no tengo dudas, voy a poner todos los medios que consiga para tomarme mi revenge o justicia, porque no voy a rebajarme a sus métodos. Como defensor de un Estado de derecho, voy a llevarlos ante los tribunales.

    —Eso y más deberías hacer. Cuenta conmigo y seguro que Ernesto también nos ayudará y, por descontado, Benito y Cassandra.

    —Sospecho que esta última ya lo está haciendo. Repito, sospecho.

    —¿Quieres que me encargue de la gestión ante la aseguradora?, pues me comentaste que tras el acto vandálico que sufristeis lo habías asegurado contra este tipo de acciones incomprensibles.

    —Pues sí, te agradecería que tu encantadora persona se pusiera en contacto con la compañía aseguradora, pero no recuerdo dónde tengo la póliza, la busco y te la entregaré. Toma de momento la copia de la denuncia y algunas fotos que tomó el vigilante nocturno del club cuando aún había algunos restos y algo de humo. Te las paso por WhatsApp.

    —Ya tardabas demasiado en decirme algo agradable. Me pongo a ello y, como se trata de la misma compañía con las que tenemos todos los seguros, Marino, el agente que nos presentaste y que también lleva todos los tuyos, seguro que no va a necesitar que la busques, te conoce de sobra y sabe todos los riesgos, tanto los tuyos particulares como los de la asesoría.

    —Además de lo que te he dicho, eres un sol de persona y eficaz como socia —finaliza un sonriente Malo.

    —Bien, jefe, nos vemos luego, ahora ya me parece más luminoso el día con lo que acabas de decirme y, por supuesto, estoy segura de que tu hija lo tomará bien, ya que no has parado de decirnos que ha obtenido el PER y que seguramente le comprarías uno de mayor eslora.

    —De eso puedes estar segura. Dentro de unos días, en cuanto el vigilante que ha comunicado el suceso tome contacto con un noruego que ha comentado su intención de vender uno precioso, con algunas características de las naves de sus antepasados.

    —Vaya, parece que no paras.

    —Ha sido circunstancial, al mencionarle al citado vigilante que la meua filla tendría pronto uno mejor y haber oído comentar al escandinavo su intención de desprenderse del que ahora posee, con la intención de construirse otro de mayor envergadura, del tamaño aproximado a los pequeños yates. Cuando hables con la compañía aseguradora, intenta sonsacarle la cifra que percibiré y así iré haciendo números.

    Esa misma mañana, Sonia, la amiga de Milla y compañera de aventuras náuticas con sus veleros, pues últimamente navegaban ellas dos solas, sin sus respectivos progenitores, formaban un dúo, ya que sin apenas hablar tenían una compenetración para que cada una de ellas realizara la tarea precisa en cada momento y, actualmente, estaban consiguiendo que ambos veleros cruzaran el Mare Nostrum a siete nudos. Se estaban preparando para una de las regatas para PNB que organizaba el club náutico para embarcaciones de su categoría; fue al citado club para efectuar un poco de limpieza en su velero cuando eran aproximadamente la 10:20, observando al acercarse a su amarre, que estaba muy cerca del de su amiga, a un grupo de gente, y uno de los vigilantes se le acercó y le informó de lo ocurrido.

    —No lo comprendo, mi amiga y su padre son unas excelentes personas y, actualmente, el señor Malo está alejado de la política que tantos quebraderos le ha causado.

    —Pues parece que hay gente mala, por supuesto, que no para de fastidiarlos. No sabemos si tu amiga ya lo sabe. Su padre ha estado a primera hora, tras recibir el aviso de mi compañero del turno nocturno, que descubrió los restos algo humeantes aún.

    —No lo sabrá, ahora la llamaré, así le ahorraré un mal trago a su padre, que estará cavilando cómo comunicárselo.

    A continuación, la joven se dirigió a su embarcación y, tras dejar sus cosas en el pequeño camarote, cogió su móvil y se dispuso a llamar a su homóloga en navegación. Pulsó el contacto deseado en su agenda electrónica y al oír la voz de respuesta dijo:

    —Hola, Milla, ¿cómo estás?

    —Muy bien, ¿y tú? ¿Dónde estás ahora?

    —Estoy en mi velero, quería limpiar un poco y asearlo, así como ver qué cosas hacen falta.

    —Lo mismo tendré que hacer yo. A mon pare, aunque lo intenta, se le escapan algunos rincones a la hora de una buena limpieza.

    —Te he llamado porque hay un hecho que aún no te habrá comunicado él, pero no has de preocuparte: el Halcón Milenario ha sido incendiado por algún vándalo.

    —¿Cómo? ¿Que han quemado mi velero?

    —Así es, Milla, pero seguro que ton pare ya está buscando otro y le haría bien si tú le llamas, pues seguro que estará pasándolo mal estudiando la forma de que lo sepas.

    —Eso voy a hacer, pues aciertas en lo que has pensado y gracias por informarme, vamos a tener que hacer la próxima travesía en el tuyo.

    —Ya sabes que puedes disponer de él. Vamos a realizar un recorrido similar al de la cercana regata y cronometrar bien el tiempo y practicar las maniobras bien ajustadas para las bordadas y virajes que tendremos que efectuar en la misma.

    —Estupendo Sonia, voy a llamar a mon pare, no quiero que continúe preocupado por mí.

    —Vale, nos vemos mañana.

    Despacho de Malo Casavella, en Efficonsa

    Estaba su ocupante analizando los balances de una promotora inmobiliaria cuando notó que le vibraba el móvil y al cogerlo observó que se trataba de la seua filla Milla. Algo preocupado respondió:

    —Dime, filla, ¿cómo estás? Tengo que…

    —Ya lo sé, pare, y no tienes que preocuparte. Me acaba de llamar mi amiga Sonia y me ha contado lo que han hecho con nuestro pájaro volador. Ahora sí que voy a tener el que insinuabas que íbamos a comprar, de más eslora.

    —Tenlo por seguro, ya estoy en ello, pues un escandinavo que está en nuestra ciudad por motivos de negocios y tiene amarrado en nuestro club uno precioso parece que desea vender para construirse otro del tamaño aproximado de un yate.

    —Vaya, pare, casi tengo uno nuevo antes de enterarme de lo ocurrido a nuestro Halcón.

    Sábado, 4 de diciembre

    Cuando Malo y Milla llegan al club náutico, los llaman de recepción y, tras acercarse, la recepcionista le entrega una tarjeta de visita que había dejado el vigilante de noche, indicando que se la entregaran personalmente.

    Se trataba de la señas del noruego, Olaf era su nombre. Tras consultar a la joven que le había dado la tarjeta sobre si sabía que el titular de la misma se encontraba en alguna de las dependencias del citado club, esta le indicó que seguramente se encontraría en la cafetería.

    Milla dejó a su padre y se dirigió a ver a su amiga Sonia, con la que había quedado en el velero de ella, pues iban a efectuar una pequeña travesía ellas solas al día siguiente y querían comprobar si todo estaba a punto y hablar un poco de las estrategias que tenían pensadas. La huérfana de su Halcón Milenario se hallaba repuesta de la pérdida e ilusionada con su nuevo velero, el que estaba convencida que pronto le compraría su padre. Con esta agradable perspectiva, ella y su amiga iban a echarle un vistazo a la nave de estilo vikingo, que así se llamaba la embarcación del noruego, pues les habían informado que estaba amarrado en la calle paralela a la de Inma.

    Cafetería del club

    Al entrar en la misma, Malo distinguió rápidamente al escandinavo sentado en uno de los sillones de una mesa, con el pelo cortado estilo militar, rubio y de aspecto atlético, intuyendo, a pesar de su situación en la silla, que su estatura pasaría de 1,80. Llevaba ropa de abrigo, seguramente de su guardarropa familiar; por ello se había desprendido de lo que le pareció una cazadora, ya que la temperatura en la citada estancia era agradable.

    —¿Señor Olaf? —inquirió el valenciano.

    Yes.

    —He entendido su afirmación, pero no hablo inglés.

    —No problema, aunque mal entender español.

    —En primer lugar, saludarle y desearle que su estancia en nuestra comunidad le sea satisfactoria.

    —Estar muy a gusto. Su sol es una delicia para nosotros, que vivimos en el norte. Lástima no poder envasarse y llevarme algo a mi país.

    —En efecto, nuestro clima es muy agradable, aquí en Valencia apenas notamos el rigor del invierno, aunque el nivel de humedad es algo fastidioso. El motivo de molestarle era porque me han informado que usted tiene intención de vender su precioso velero y hace una semana incendiaron el que mi hija y yo teníamos, de unos ocho metros de eslora y que hasta la fecha nos había hecho disfrutar del placer de la

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