Las máscaras de Omega
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Ana Isabel Conejo Alonso
Ana Alonso va néixer el 1970 a Terrassa (Vallès occidental), però ha passat la major part de la seva vida a Lleó. Es va llicenciar en Ciències biològiques i va completar els seus estudis a Escòcia i París. Durant dotze anys va exercir com a professora de Biologia d'Educació Secundària i Batxillerat, però fa ja temps que es dedica en exclusiva a l'escriptura. Ha obtingut premis de poesia com l'Hiperión (2005), l'Ojo Crítico (2006), l'Antonio Machado (2007) o l'Alfons el Magnànim (2008), i té publicats nombrosos títols infantils. Junts, Ana i Javier Pelegrín han publicat més de vint llibres juvenils, molts dels quals s'han traduït a nombrosos idiomes, des de l'anglès, el francès i l'alemany fins al japonès i el coreà.
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Las máscaras de Omega - Ana Isabel Conejo Alonso
Capítulo 1
Esta mañana ha llegado un incorpóreo nuevo a la tienda, y necesita mi ayuda. Tengo que averiguar el nombre de su asesino antes de que pasen cuarenta y ocho horas. Si no lo he conseguido para entonces, el pobre tendrá que esperar tres o cuatro siglos más a que alguien rompa la maldición que lo mantiene atado al mundo de los vivos.
Por el momento, como no recuerda tampoco su nombre, he decidido llamarlo Omega. Omega es la última letra del alfabeto griego, y se pronuncia más o menos como una «o» muy larga. Eso me lo contó mi abuelo Luis hace un rato, cuando me llamó para enseñarme el frasquito de cerámica que acababa de recibir.
—Mira, Luna, esto es un lekythos —me explicó—. Un lekythos es una jarra pequeña que los griegos de la Antigüedad utilizaban para conservar perfumes y ungüentos. Fíjate en el dibujo, es de una calidad extraordinaria.
Justo en ese momento vi a Omega por primera vez. Estaba detrás del abuelo, y sonreía. Sonreía con una de esas sonrisas de niño perdido que te parten el corazón. Pero Omega no es un niño. Por su aspecto, aparenta entre treinta y cuarenta años. Aunque, claro, eso es solo en apariencia, porque en realidad debe de tener dos mil y pico... ¡Debe ser espantoso llevar vagabundeando por ahí todo ese tiempo!
El problema de los incorpóreos que llegan a la tienda con las cajas de embalaje es precisamente ese: que son muy antiguos. Casi todos llevan muertos varios siglos, algunos incluso milenios. Como son tan viejos, muchos han olvidado lo que andan buscando, y para ayudarlos a encontrar su camino, tienes que devanarte los sesos intentando refrescarles la memoria.
Omega me miró con sus ojos oscuros y, de inmediato, se dio cuenta de que yo le veía. Eso le puso contentísimo. La vida de los incorpóreos es, por lo general, bastante aburrida. Se pasan años sin hablar con nadie, y eso les vuelve gruñones y raros.
—Ayúdame —me dijo Omega—. La última vez que hablé con un vivo fue en Francia, hace unos trescientos años. El tipo se creía muy importante y todos le hacían reverencias. Vivía en un palacio increíble, hay que reconocerlo. Me parece que se llamaba Versalles...
Mientras hablaba, yo le miraba de reojo sin decir palabra. Mi abuelo Luis había empezado a contarme lo que representaba la escena dibujada en el lekythos: algo sobre una diosa del amor y un dios muy feo que le dedicaba a la herrería. Pero yo con escuchar a Omega tenía bastante, así que no le pude prestar demasiada atención.
—Necesito que me ayudes a encontrar a mi asesino —suplicó Omega—. El tipo de Versalles no quiso hacerme caso, y el tiempo se me acaba. Tu abuelo va a llevarme a no sé dónde pasado mañana, se lo oí decir antes. Seguramente, no volveré a verte, y tendré que esperar trescientos o cuatrocientos años más para encontrar a otra persona que me pueda ayudar.
Cuando terminó de hablar, se alisó nerviosamente su raída túnica de color rosa sucio. Yo creo que en sus buenos tiempos debió de ser roja, pero a medida que Omega había ido perdiendo sus recuerdos, las ropas inmateriales que le cubrían se habían desgastado progresivamente.
—Ahora no puedo, más tarde —susurré—. Cuando el abuelo se vaya.
Omega asintió con resignación.
—¿Otra vez hablando sola, Luna? —preguntó el abuelo frunciendo el ceño—. La diosa Afrodita se enfadaría mucho si supiera que no escuchas cuando te cuentan sus hazañas. Y te advierto que las diosas griegas pueden ser terriblemente vengativas —añadió con una malévola sonrisa.
—Y crueles —suspiró el pobre Omega meneando tristemente la cabeza—. Que me lo digan a mí...
El abuelo se estremeció, como si de pronto sintiese un frío intenso. Le hice un gesto a Omega para que se callara. Yo sabía que la culpa era suya.
Lo que pasa es que los incorpóreos odian que los ignoren, y hacen lo que sea por llamar la atención. Eso incluye arrastrar cadenas, lanzar aullidos estridentes en plena noche o llenar las alfombras de manchas de sangre. Y, por supuesto, les encanta enviar una corriente de frío glacial a la espalda de los humanos que no les hacen caso. La gente se asusta, claro. En lugar de mirar a su alrededor y tratar de entender lo que pasa, casi siempre salen corriendo. Existe... ¿cómo decirlo? Un fallo de comunicación.
Los muertos y los vivos, en general, no hablan el mismo lenguaje. Y eso que los incorpóreos pueden expresarse en casi cualquier idioma. En realidad, hablan con el pensamiento, y si tienes dotes de médium, como yo, tu mente les oye en tu propia lengua. Pero si no las tienes, no oyes más que susurros extraños y terroríficos. Por eso la gente reacciona con miedo. ¿Qué queréis? ¡Es comprensible!
—Abuelo, quiero saberlo todo de esos griegos antiguos —dije yo con mi mejor sonrisa—. Y quiero saberlo hoy mismo, si puede ser.
—Ya… —el abuelo me miró burlonamente con sus preciosos ojos verdes—. Quizá te interese saber que hay personas que se han pasado cuarenta o cincuenta años estudiando a esos griegos antiguos, como tú dices, sin llegar a saberlo
